• LIBROS

  • open_southeners_logo

    Diseño y desarrollo web a medida

Choques y alianzas

El otro día, asistí a una tertulia sobre feminismo y multiculturalismo. Aparte del recorrido histórico por la igualdad de género, lo que más despertó mi interés, fue el debate entre choque y alianza de civilizaciones. Entre los defensores del "choque" destacan Samuel Huntington, Toynbee y Quigley, entre otros. La idea que defienden es el conflicto inevitable entre dos culturas antagónicas: Occidente y Oriente. Entre los defensores de la alianza, destaca el politólogo Sami Naïr. Según este pensador, la modernidad debería ser una oportunidad para el diálogo intercultural.

Los seguidores del choque – decía un contertulio – defienden la ley francesa que prohíbe el velo islámico en las aulas. Dicha prenda, según ellos, es un símbolo religioso que atenta contra el laicismo educativo francés. Cada país debería proteger sus valores culturales y preservar, por tanto, su identidad nacional. La colisión de culturas, concluyen tales pensadores, es un hecho irreversible. La globalización no ha supuesto avances significativos en el diálogo intercultural. "La expansión de muchas ciudades – en palabras de un invitado – ha sido la consecuencia del espíritu monocultural existente. Barrios que ayer estaban habitados por nativos, hoy se han convertido en guetos. Guetos formados por musulmanes, gitanos y otras minorías".

La globalización, en palabras de la corriente aliancista, condena al interculturalismo a entenderse. Para ellos, el entendimiento es posible, siempre y cuando haya una voluntad política. Una voluntad política, alejada de los populismos, que ponga las condiciones necesarias para el diálogo. Para tales pensadores, la prohibición del velo islámico, por parte de las leyes francesas, atenta contra la libertad individual. Son ellas, las usuarias del velo, quienes deberían decidir, de forma libre y autónoma, si se lo quitan o se lo ponen. El Estado no debería intervenir en los asuntos privados. Una cosa es un sistema educativo laico – sin enseñazas religiosas – y otra, bien distinta, es portar elementos religiosos que simbolicen las creencias individuales.

Resulta muy difícil despojarse del "atuendo nacionalista" que todos llevamos dentro. Es muy complicado deshacerse del acento, las creencias y de todo el simbolismo que nos distingue como seres culturales. Aún así, la escasez y la distribución asimétrica de los recursos han condenado al hombre a caminar por el mundo en busca de alimento. En ese camino, se han producido violaciones de derechos e imposiciones culturales. Desde los tiempos de Roma hasta la colonización de África, los conquistadores han impuesto su cultura; han afrancesado África, romanizado Hispania y españolizado a América. En días como hoy seguimos con el mismo ritual de imposición y resistencia.

Aunque muchas musulmanas acudan sin velo a las aulas francesas. Lo cierto y verdad es que el velo sigue intacto en los intramuros de sus mentes. Sigue intacto porque la imposición solo tiene efectos estéticos de cara a la galería. Las creencias del ser humano son, y valga la metáfora, como el caparazón de la tortuga. Forman parte del todo – de la integridad del individuo – Ninguna ley debería amputar las manifestaciones culturales, sean sociales o religiosas. Por ello, queridísimos lectores, critico el choque de civilizaciones y me quedo con la alianza. Es necesario, por tanto, que los gobiernos establezcan las condiciones para la integración de lo diverso. Sobre los Estados recae el compromiso de construir sociedades fragmentadas – mediante muros y discursos xenófobos – o sociedades multiculturales, ricas en acentos, religiones y colores.

Sobre CIS y periodismo

Como saben, ha salido publicado el último barómetro del CIS. Con referencia a la encuesta de octubre, todos los partidos pierden fuelle, salvo el PSOE que remonta con 1,6 puntos. Tras conocer esta información, he dado una vuelta por las calles del vertedero. Me interesaba saber cómo las distintas cabeceras han cocinado el plato y se lo han servido a sus comensales. No olvidemos que estamos ante una prensa de partidos, donde cada escoba barre para los suyos. Mientras el Diario Público, bastión progresista, ha titulado: "El PP baja y el PSOE recupera terreno, aunque sigue por detrás de Unidos Podemos", El País, por su parte, ha escogido: "El PSOE, único de los grandes partidos que sube, según el CIS". Mientras Público – y sigo con la comparación – subraya el deterioro del Pepé con respecto al partido socialista, El País no afea al partido de Rajoy. No olvidemos que desde que Caño llegó a la casa de Cebrián, El País ha perdido el color rojo que lucía durante los años de Felipe.

ABC, bastión conservador, ha titulado: "El PP ganaría las elecciones con un 33 por ciento y el PSOE recupera 1,6 puntos desde octubre". Si observamos, los escribas de Rubido han callado como tumbas que el Pepé ha perdido fuelle con respecto al sondeo anterior. La Razón ha titulado: "El PSOE sube tras la salida de Sánchez pero no supera a Podemos". Si nos damos cuenta, los empleados de Marhuenda han lanzado los dardos contra el ex líder socialista. No olvidemos que, a partir de ahora, este CIS será la losa que lastre el liderazgo de Pedro Sánchez. Un liderazgo basado en convencer a los suyos que el "no es no" era la opción acertada. Libertad Digital, de Federico Jiménez Losantos, tampoco afea al Pepé. Asimismo titula: "El PSOE sigue hundido por debajo de Podemos pese a la guerra civil Iglesias – Errejón". Los escribas de Jiménez callan el descenso del PP, el ascenso del PSOE, e interpretan el resultado de una forma sesgada. Lo interpretan "mal" porque, precisamente, el PSOE ha subido puntos en medio de la crisis de Podemos. El PSOE sigue hundido, cierto, pero menos que antes. ¿No será que el conflicto podemita, está beneficiando al partido socialista?

Llegados a este punto, nos damos cuenta, queridísimos lectores, que el periodismo de datos interpreta los mismos conforme al perfil de sus clientes de kiosco. Así las cosas, aunque el PSOE sea, en términos relativos, el único partido agraciado con respecto al sondeo de octubre, los datos se pueden mirar desde perspectivas diferentes. Todos los titulares son veraces – faltaría más – pero, los silencios y, en ocasiones, las interpretaciones forzadas hacen que lo blanco parezca negro y viceversa. Por ello es importante que antes de leer un titular vayamos a la fuente original – en este caso el CIS -. Es importante que ustedes cocinen sus propios titulares, y que sean críticos con las palabras que abanderan los cuerpos de la noticia. Solamente así, caminando por la senda de la fuente original – aunque a veces también sea cuestionada -, conseguiremos tomar conciencia de que una prensa veraz; es algo más que, unos cuantos profesionales contando una verdad.

La cuestión nacionalista

Esta mañana, he leído en el New York que las grandes empresas de Silicon Valley (Google, Facebook y Twitter) han presentado un escrito judicial contra el decreto de Trump. Según tales firmas, la medida del magnate viola, valga el verbo, sus intereses comerciales con los inmigrantes. Al leer esta noticia, me han venido a la mente las palabras de don Antonio, un viejo profesor que conocí en El Capri. Decía este señor, de acento andaluz y cabeza despoblada, que los nacionalismos volverían algún día a escribir los interlineados de la historia. Decía que el ser humano es egoísta desde la cuna y, que la protección del interés ha causado guerras desde los tiempos de Siracusa.

Antes de Internet, la vuelta a los nacionalismos era una tarea fácil para cualquier proteccionista. Lo era, queridísimos lectores, porque la libertad de comunicación entre polos antagónicos era más tímida que ahora. En días como hoy, las redes sociales han eliminado los relieves políticos que separan a banderas y naciones. Por ello, por mucho que Trump levantara un muro de tres metros en las frontera de México, lo cierto y verdad, es que su veto no podrá cerrar; el diálogo intercultural que se produce por medio de Twitter y Facebook. Es precisamente esta paradoja entre el muro medieval y la libertad virtual, la que invita a la crítica a reflexionar sobre el asunto. La seguridad internacional, aparte de ser una responsabilidad de cualquier Estado, no debería ser un juego de suma cero, sino una estrategia de "ganar – ganar" entre Estados y mercados.

Hoy, en España, también se habla, y mucho, de nacionalismos. Como saben, Artur Mas y otros peces gordos de su partido comparecen ante el juez por la causa catalana. Se enfrentan a penas de inhabilitación a cargo público por ordenar, supuestamente, la consulta independista del 9-N. Una consulta ilegal que puede costarle caro a los líderes del momento. Lo que une a Cataluña con el republicanismo de Trump es, precisamente, el levantamiento de muros políticos contra los otros. Mientras el magnate defiende un país puro – libre de inmigrantes -, Puigdemont persigue una Cataluña independiente, libre de "españoles". Una Cataluña y una América, alejada de intereses compartidos, que ponga en solfa el establishment internacional. Lo mismo que recientemente ha hecho Gran Bretaña con el "Brexit" y que programa Le Pen con el "Francexit".

Lo preocupante del populismo de ultraderecha no es la vuelta a los nacionalismos, sino la amputación ideológica que ello supone. Un hipotético mundo basado en la pureza cultural va en contra de las ventajas alcanzadas con la globalización. Va en contra, como les digo, de los valores del respeto y la tolerancia. Valores basados en el relativismo cultural que ayudan a edificar sociedades multiculturales. Sociedades ricas en conocimiento, ante la sinergia que supone la mezcla de tradiciones, costumbres y religiones. Las amenazas internacionales no deberían ser tratadas con medidas basadas en falacias. Falacias consistentes en asignar al "todo" – el país en cuestión – la responsabilidad de la "parte" – grupos terroristas y otras amenazas – . Internet se convierte, llegado a este punto, en el arma indiscutible para parar el auge de los nacionalismos. Nacionalismos, y valga el recuerdo, que durante el siglo XX escribieron los episodios más negros de nuestra historia. Cuánta razón tenía don Antonio.

De líderes y PSOE

Ayer compré la prensa, necesitaba papel para el suelo de la galería. Mi perrita, como saben, hace ahí sus necesidades. Las hace desde que tenía un mes y, desde entonces, el papel de periódico no ha faltado en la república independiente de mi casa. Antes, leí las noticias y disfruté con las opiniones sobre Trump, las primarias del PSOE y el Zipi Zape de Podemos. Tras pasearme por los escombros del vertedero, tomé café en El Capri. Estaba dos semanas sin dejarme caer por allí y, la verdad sea dicha, echaba de menos a Peter y la música ambiental de Caligari. Estando allí, llegó Gregorio. Gregorio, por si no lo saben, es un socialista de pedigrí. De esos que votan con el corazón, con independencia de que el líder sea Sánchez, Patxi o "la rubia de Andalucía".

Con Gregorio no suelo hablar de política. No lo hago, queridísimos amigos, porque sus convicciones socialistas, le impiden mantener un diálogo autocrítico acerca de los problemas de su partido. Tanto es así que votaría a Trump, si este se presentara como líder de la causa socialista. Ante esta dificultad, Gregorio y yo hablamos del FC Barcelona y del Atlético del Cholo Simeone. Tras tomar café, entré en Google; necesitaba ponerme al día sobre la crisis del PSOE. Para ello, hice un repaso de los titulares recientes. Unos con más salsa y otros con menos, al fin y al cabo, todos decían lo mismo. En esencia, venían a decir que Sánchez y Patxi medirían su talento en las primarias. Lo medirían a la espera de que Susana Díaz, y no Díez como dicen la mayoría de tertulianos, diera el esperado paso al frente.

Tras inundarme de retórica política, llegué a la siguiente conclusión: "es absurdo hablar de liderazgo en un sistema parlamentarista". Es absurdo, como les digo, porque en esta orilla del charco – en España – las reglas de juego son distintas a la América "Trumpista". Aquí lo que importan, queridísimos lectores, son los partidos y sus programas. Tanto es así que el día de las urnas, salvo que "el cabeza de cartel" se presente por nuestra circunscripción, no conocemos con detalle al diputado, o diputados, que abanderan la lista de nuestra papeleta. El líder electoral – el que todos conocemos – puede pasar, si quiere, al anonimato; tras la conversión de los votos en escaños. Y para más inri, el líder – salvo casos excepcionales – siempre respetará la disciplina de voto, es decir, lo que diga su partido. Luego, el líder no es más que una "cara bonita", con escaso margen de maniobra, de cara a la galería.

Llegados a este punto, no tiene sentido esta pérdida de energía en saber quién pilotará la nave socialista. No lo tiene porque esto no es América. En Estados Unidos, el líder no es elegido por el Parlamento sino por un electorado directo o indirecto – colegio de electores -. El líder, como saben, es independiente del Legislativo. El líder americano – y perdonen por la redundancia – es un gigante ante una organización débil y casi rota como es su partido. Por ello, lo que interesa es la reconstrucción del PSOE. Una reconstrucción, ideológica y estratégica, para "ensanchar el lugar que ocupa, en su baile con la derecha". Así las cosas, el partido socialista debe buscar su "nicho de mercado" y, si no lo encuentra, optimizar sus fortalezas y reorientar sus debilidades. Las fortalezas del PSOE son su pasado – tres mayorías absolutas consecutivas -, sus avances en derechos sociales – durante el periplo de Zapatero – y, su discurso antipopulista – basado en realidades, alejadas de utopías -.

De Trump y la pseudodemocracia

Esta mañana, comentaba en twitter que tanto Trump como la crisis de Podemos colapsan los campos del vertedero. Desde que el republicano empuñó el cetro de la Casa Blanca, su popularidad no para de crecer como la espuma. Aunque ni harto de vino votaría a un individuo como este, lo cierto y verdad es que me quito el sombrero ante su coherencia como líder. Me lo quito, aparte de que no comulgue con sus medidas proteccionistas y xenófobas, como les digo – porque en España las campañas son papel mojado. Tanto es así, que Rajoy ha gobernado, en los últimos años, sin cumplir con los puntos y comas de su programa. Don Mariano dijo digo en la campaña e hizo Diego en la Moncloa. Una incoherencia en un país – el nuestro – con instrumentos suficientes para exigirle responsabilidad parlamentaria a quienes no cumplen con su programa.

En Estados Unidos, sin embargo, las tornas son distintas. Si miramos atrás, Obama consiguió el Premio Nobel de la Paz incumpliendo la mayoría de sus promesas. Supo emocionar con el "Yes we can" pero, sin embargo, por incompatibilidad ideológica con el Congreso; no consiguió llevar a cabo su cometido. En EEUU, como saben, los mandatos son rígidos. Allí no existen los votos de censura, ni las cuestiones de confianza. Los periodos ejecutivos son sagrados y, salvo dimisión voluntaria del Presidente, no existen elecciones anticipadas. Esta medida es buena para la estabilidad del Gobierno pero mala para la higiene democrática. Allí, en EEUU, el Presidente no tiene a nadie que le "tosa" por su gestión. El sistema electoral basado en un juego de suma cero, deja huérfano de protagonismo al rival electoral. Un rival que pasa al limbo de los anónimos, tan pronto como el ganador es proclamado Presidente. Y si no, que se lo pregunten a Hillary Clinton.

Así las cosas, el Presidente de los Estados Unidos se convierte en una figura omnipresente. Una figura con la única oposición de los medios de comunicación díscolos con el poder. Los mismos que Donald Trump tanto criticó y odió durante su campaña electoral. En España – y por tanto, en los sistemas parlamentarios – el Presidente del Ejecutivo emana del Legislativo. El líder de la oposición goza de una popularidad similar o mayor que el elegido. En el Parlamentarismo, la proporcionalidad del sistema electoral produce un hemiciclo cercano al resultado de las urnas. En EEUU, queridísimos lectores – siempre hay – por su sistema bipartidista – un sector de la población – a veces superior al cincuenta por ciento – sin representación presidencial. Un problema grave, para que el interés de la minoría se tome en cuenta en las decisiones de arriba.

Aparte de todo esto. La principal crítica que le hago al presidencialismo de los Estados Unidos es que hoy, más que nunca, con Trump a la cabeza se corre el peligro de que el sistema se convierta en un sistema presidencial de corte latinoamericano. Sin oposición política mediante y con un Senado ideológicamente afín al Presidente, el riesgo de una "dictadura", vestida de pseudodemocracia, se convierte en una cuestión preocupante. Lo mismo que ocurre en otros sistemas presidencialistas como Argentina, Brasil o Venezuela. Por ello, la figura de Trump y su urgencia por consolidar el populismo de derechas – la salida de los Tratados de libre comercio y la ejecución inmediata del muro mexicano – no debería pasar de puntillas para la crítica internacional. Estamos pues – fruto de las reglas de juego y del sino electoral americano – ante un nuevo capitulo de las Relaciones Internacionales. Hemos pasado, en cuestión de días, del idealismo de Obama al realismo de Trump. Un realismo, como les digo, de aristas unilaterales y brisas populistas; que puede tambalear los pilares de la tranquilidad internacional.

Postfilosofía

Hace años, un viejo conocido del Capri, me dijo que de vez en cuando era bueno parar el reloj de la pelea. Era bueno, me decía, para desintoxicar la mente de los residuos que contaminan el intelecto. Residuos, provenientes de los vertederos mediáticos, las redes sociales y el diálogo callejero. Aquel tipo, que de meditación y energías sabía más que Platón de filosofía, me dijo que estamos inmersos en tanto ruido que hemos perdido la capacidad de escucha interna. En este mundanal ruido – como diría Fray Luis de León si nos oyera – no hay cabida para el silencio. Y, sin silencio, la reflexión se convierte en una tarea difícil. Difícil para quienes buscan un trozo de calma en un océano turbulento.

En días como hoy se habla, y mucho, de la Lomce y de la filosofía. Como saben, el Pepé redujo la carga horaria de tan honorable asignatura. Tanto es así que las humanidades quedaron a "la altura del betún" en contraste con las matemáticas u otras disciplinas científicas. Ahora bien, aparte de esta "aberración intelectual", las generaciones actuales están perdiendo la calma para pensar. Una calma necesaria para desarrollar la atención, la memoria y, lo más importante de todo, la capacidad para tomar decisiones. Tanto "wasap", redes sociales, consolas y videos de YouTube, han hecho que los jóvenes y no tan jóvenes les cueste desconectar. Han hecho que, cada día, estemos más bloqueados ante los cientos de pantallas abiertas que amanencen en "nuestro ordenador".

Para "filosofar" es necesario calmar el griterío interior. Es necesario, queridísimos lectores, una educación mental, que ayude a los jóvenes a espantar los miles de pensamientos que cuelgan y bloquean su concentración. Pensamientos que distraen sus objetivos y que, en la mayoría de las ocasiones, se esconden detrás del fracaso escolar. Así las cosas, es necesario que los jóvenes, y no tan jóvenes, practiquen el ayuno intelectual. Que practiquen un día sin móvil, sin televisión, sin pareja, sin amigos, sin prensa o sin ordenador. Un día de soledad, en periodos quincenales o mensuales, para que se "conozcan así mismos". Solamente así, desde la desconexión conseguirán la calma necesaria para pensar en libertad. A partir de ahí es cuando podríamos hablar de  Platón, Aristóteles, Descartes y todos los pensadores juntos. Bienvenidos a la postfilosofía.

Los grises de Obama

El otro día, mientras tomaba café, eché un vistazo a los periódicos. Aparte de las noticias habituales del cortijo – la clase política española y sus corruptelas de siempre -, el buque insignia fue, como saben, el discurso de despedida de Barack Obama. Antes de asomarme al vertedero, leí por encima el New York Times. Desde hace años, me gusta echarle un ojo a la prensa internacional. Mientras el rotatorio americano – y esta fue mi sorpresa – destacaba, a bombo y platillo, la figura de Obama como el Mesías del siglo XXI, el editorialista de La Razón "lo ponía a parir". Dos lecturas antagónicas – la del New York y la del diario de Marhuenda – que han motivado la redacción de este artículo. Un texto, como les digo, que pone grises entre sendos antagónicos, y ubica a Obama en el lugar que se merece.

Si quieren que les sea sincero, nunca creí las promesas de Obama. No las creí porque, aunque comparta su ideología, una cosa es conquistar el poder y otra, muy distinta, gobernar un país o, mejor dicho, mantenerse en el sillón. Entre los logros de Barack, destacan, entre otros: "la cabeza" de Bin Laden, la "Obamacare" o Seguridad Social a la europea, el acuerdo nuclear con Irán, el acuerdo climático de París y la apertura a Cuba, gracias a la mediación de don Francisco. Entre sus sombras asoman, entre otras: el cierre frustrado de Guantánamo, la permanencia de tropas en Irak y Afganistán, y la persistencia del conflicto entre Israel y Palestina. Barack Obama pasará a la historia, con sus luces y sus sombras, por ser el primer presidente negro que conquistó la Casa Blanca. Un mérito enorme para alguien de Chicago que hizo realidad su sueño americano. Alguien, como les digo, que por su oratoria y persuasión consiguió el Premio Nobel de la Paz.

Obama no pasará a la historia por el cumplimiento de sus promesas electorales sino por sus innovaciones en comunicación política. Barack cambió el atril y los mítines convencionales por las redes sociales. Gracias a él, hoy, la mayoría de partidos políticos hacen campaña a lo Obama. Campañas realizadas desde Twitter, Facebook y YouTube. Campañas, como les digo, que humanizan a las élites y rompen la barrera infranqueable entre ideales y realidades. Barack consiguió restaurar la ilusión por la política. Una ilusión que, día tras día, se ha ido evaporando por su gestión al frente de la Casa Blanca. Una gestión mediocre; marcada por la falta de correlación entre "sus dichos" y "sus hechos". Barack ha sido un títere del sistema; un presidente atado de pies y manos por la mayoría adversa del Capitolio. Hoy, Donald Trump ha conseguido el cetro de los Estados Unidos. Lo ha conseguido gracias al miedo insuflado a las clases medias de pedigrí americano. Miedo, como les digo, para impedir que se hiciera realidad el "yes we can" de Obama.

El postperiodismo

El otro día, me preguntaba un seguidor por Twitter si yo era periodista. Le respondí que todos – inclusive él – éramos periodistas. A diferencia de otras profesiones como la medicina, ingeniería o abogacía; el periodista no necesita una formación específica para ejercer su profesión. Así las cosas, hay periodistas conocidos como Javier Valenzuela, Carles Fancino, Ángels Barceló y Carlos Herrera, por poner algunos ejemplos; que no son licenciados en periodismo. Aún así, tales profesionales han llegado muy lejos en el oficio de la información, sin necesidad de una credencial – un título universitario – que los legitimara para ello. El periodista – le comentaba a mi lector – nace, no se hace.

El periodista nace. Nace porque contar secretos es algo que el ser humano ha hecho desde los tiempos de Atapuerca. Al fin y al cabo, una noticia es "decir en voz alta, lo que otros no quieren que se sepa". Hacer visible lo invisible es lo que millones de personas hacen cada día en los intramuros de sus vidas. Cuando el secreto es conocido por todos, cuando todo el mundo sabe que fulano o mengano ha sido infiel a su señora, es cuando fallece el periodismo. Las redes sociales han roto el oligopolio del secreto. Hasta hace una década, el poder de la información residía en los tigres de papel. Eran ellos – El País, El Mundo y ABC – quienes se llevaban el gato al agua. Ahora son los "periodistas ciudadanos" quienes cuentan, desde Twitter, los secretos de sus vidas.

El exceso de información, el caos informativo, no es tan malo como Saramago decía. No lo es porque "democracia" e "información" van cogidas de la mano. En los regímenes dictatoriales existe la censura, el control sobre la opinión pública y el atentado, por tanto, contra las libertades públicas. En España, aunque tenemos democracia y derecho a ser informados, nuestro modelo de periodismo es partidista. Estamos ante un periodismo aburrido y previsible. Una prensa ideologizada que frena el espíritu crítico a quienes solicitan una información plural e independiente. Las redes sociales son, por tanto, una válvula de escape para apartarse del guión establecido. Una válvula rica en aristas y contrastes que saca los colores a los escribas del vertedero.

Esta semana se cumplen seis años de mi blog. Seis años de lucha contra los dinosaurios del secreto. Seis años de crítica constructiva para una minoría abierta y selecta. Una minoría que lee desde la distancia. Distancia necesaria para no manchar su juicio con las salpicaduras de los tópicos y prejuicios. Esta libertad – libertad para escribir sin estar sometido a líneas editoriales – es la grandeza de Internet. Un medio que sin él no podríamos vencer a los tigres de papel. Hoy en día, en respuesta a mi lector, todos somos periodistas. Todos podemos – cada uno a su modo – contar secretos, analizar información y opinar sobre temas relevantes. Todos somos corresponsales de nuestro trocito de libertad. Lo único que nos hace falta, para que el periodismo humano gane en calidad, es el respeto. Respeto al juicio de los demás, y asertividad para criticar sin herir los sentimientos de los demás. Bienvenidos al postperiodismo.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

  • Categorías

  • Bitakoras
  • Comentarios recientes

  • Archivos