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Elogio a Forges

Tras enterarme del fallecimiento de Forges, me acorde de Antonio, toda una institución en El Capri. Todas las tardes, a eso de las cinco, tomaba su copa de Ricard mientras leía El País en los taburetes del fondo, el lugar elegido por las mujeres a deshoras y los aficionados a las máquinas tragaperras. De vez en cuando se dejaba querer por La Juana, una prostituta de las tripas de mi pueblo. Tras recorrer las páginas del vertedero, solía recortar la viñeta de Forges para regalársela a Francisco, un viejo conocido del barrio. Gracias a él, la verdad sea dicha, adquirir mi afición por el humor gráfico. Durante un tiempo estuve enganchado a Máximo, un viñetista que dibujaba para ABC. Y, desde hace más de un año, estoy suscrito al Jueves, una revista que ha sido censurada un par de veces por los caprichos del poder.

Aunque lo mío sea la escritura, tengo que reconocer el talento que se esconde detrás de unos cuantos garabatos. Mi fascinación por Forges no era tanto por su dibujo, de trazo fácil y astuto, sino por su mensaje. Sabia, como la mayoría de los artistas, mirar al mundo desde un prisma diferente. Un prisma que nos hacía reflexionar sobre los detalles invisibles que marcan la fugacidad de las noticias. Forges supo juntar creatividad y crítica en su obra; algo muy difícil para el común de los mortales. Supo, como les digo, escapar del qué dirán y volar, como lo hacen las palomas durante los días de sol. Esa grandeza de ser libre es la que más admiro de Forges. La admiro, queridísimos lectores, porque quienes nos desnudamos a través del arte hemos sentido, en más de una ocasión, el miedo a que nuestra obra se convierta en enemiga. Forges supo incomodar desde al humor. Supo sacarle los trapos sucios al poder, ruborizar a la corrupción y, denunciar la demagogia que se esconde en la sociedad.

Cuando estudiaba la EGB, recuerdo que colaboré en la realización de una pancarta para el día de la Paz. En ella, no se me ocurrió otra cosa que dibujar una viñeta con los rostros de varios maestros. Era una viñeta que reflejaba el sentir general de las aulas de los ochenta. Aulas donde a los profesores se les trataba de "Don"; donde el humo del Ducados impregnaba las explicaciones y donde – y disculpen por la redundancia – existía mucho abuso de poder. En este contexto de rombos postfranquistas y barrigas fraguistas, la crítica era observada desde los campanarios del sistema. Aquella mañana de enero aprendí más que ocho años de escuela. Aprendí que una cosa es la democracia de puertas hacia afuera y otra, muy distinta, el despotismo ilustrado que reina en la mayoría de las instituciones. Aquella mañana, los maestros de mi viñeta se rebelaron contra mí, como si yo fuera un enemigo o un garbanzo negro en el seno de sus cocidos. Aquellos maestros no valoraron la libertad de expresión, la tolerancia y todos los valores que impregnaban a la España Juancarlista de la época.

Hoy, treinta años después, miro por el retrovisor de mi vida y siento la misma vergüenza que ayer. Una vergüenza por querer ser libre y no poder. Vergüenza por vivir en un país acomplejado por la losa de su pasado. Un país de intelectuales blandos, más próximos a las pseudodemocracias venezolanas que a los avances de la postmodernidad. Por ello siento admiración por Forges. Por Forges y por todos aquellos seres que transmiten su mensaje desde la independencia de su juicio. Me preocupa que nuestra masa lectora opte más por la ficción que por el ensayo. Un país que no lee ensayos desemboca, tarde o temprano, en la irreflexión. Hace falta más Quevedos y Unamunos; más escritores y dibujantes fieles a sus ideas. Hace falta, queridísimos lectores, más crítica constructiva para vehicular soluciones a la complejidad del presente. Una crítica alejada del columnismo de literatos, del periodismo polarizado y de los debates encorsetados. Una crítica forgiana, de pinceladas creativas y contrastes ácidos. Una crítica que ponga en solfa a la industria de la cultura, sin caer en la demagogia ni en el insulto barato.

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1 COMENTARIO

  1. Muy bueno …

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