• LIBROS

  • open_southeners_logo

    Diseño y desarrollo web a medida

De mitos y relatos

La filosofía, como saben, es una disciplina que se distingue por su carácter crítico, radical, racional e independiente. Surgió en el siglo VI a.C. en la Grecia antigua. Y surgió allí, queridísimos amigos, y no en otro sitio por, entre otras razones, las discrepancias entre los dioses de la época. Las explicaciones de los fenómenos naturales, a través de relatos mitológicos, no fueron suficientes para el espíritu crítico de entonces. Un espíritu desarrollado por el contacto de los griegos con otras culturas. Y un contacto determinado por la ubicación geopolítica de Grecia. Así las cosas, el surgimiento de la filosofía se conoce como el paso del mito al logos. El uso de la razón sustituyó al mito como herramienta explicativa del mundo. Hoy, en palabras del borracho, estamos ante una situación similar a la de hace dos mil seiscientos años.

Ayer, tras visionar "el debate a siete", me vino a la mente la lucha entre los mitos. Me vino a la mente, queridísimos nostálgicos, porque la política carece de verdades absolutas. En Ciencia Política no existen certezas como dos más dos son cuatro o que la distancia más cerca entre dos puntos es la línea recta. Este margen de error es ocupado por la Doxa, la opinión, o "saber de segunda" que diría Platón. La prevalencia de la opinión frente al conocimiento es lo común en la política. Una regla que sirve a los sofistas – los asesores políticos del ahora – para enseñar, a sus clientes, retórica y oratoria. Esta ausencia de verdades nos conduce a la Grecia de los mitos. Existen tantas interpretaciones de la realidad social como partidos políticos en la parrilla. Esta amalgama de lecturas suscita puntos de vista diferentes e incluso contradicciones, dentro de un mismo partido, entre relatos pasados y presentes. Tanta contradicción nos sitúa a una crisis del logos, que dirían los antiguos, para explicar los hechos del momento.

Esta crisis del logos – de la razón – como arma explicativa de la actualidad, nos sitúa en una transición hacia la "emotio". Estamos ante el paso del logos a la emotio. De tal modo que las emociones se han convertido en las sustitutas de la razón. Una sustitución que explica el auge de los nacionalismos y populismos. Así las cosas, el toque de vísceras y la exaltación de las pasiones sirven a los partidos en su pugna por el cetro. La razón ha fracasado en el arte de la política. Las encuestas, los datos económicos y sociales han perdido su credibilidad. Y la han perdido, queridísimos amigos, porque las fuentes – el CIS y la información mediática, entre otras – han sido cuestionadas de forma interesada. La postverdad ha matado a la razón. Y sin razón solo sirve la emoción. Esta crisis del logos nos arrastra hacia un discurso de adjetivos, símbolos y paralenguajes. Un discurso, claro que sí, marcado por las heridas del pasado. La muerte de los grandes relatos – como diría François Lyotard – nos conduce al mundo de las impresiones. Un mundo donde la tristeza, la ira, el asco, el desprecio, el miedo, la felicidad y la sorpresa explican el sino de los votos.

Mentideros políticos

Todos los días, después de cenar, aprovecho para sacar la basura y pasear a Diana. Un ritual, como les digo, que se ha convertido en un momento sagrado. Tanto es así que si no lo hago, la perrita llora, patalea e insiste hasta la saciedad. En uno de esos paseos, conocí a Manolo; un octogenario de las tripas de mi pueblo. Desde que lo conozco, él espera con Robin – su perro – hasta que yo bajo con el mío. Durante el paseo, solemos hablar de actualidad. Un día, me dijo: "si alguna vez, discutes acaloradamente con alguien. Si discutes sobre un tema político y el otro se aferra a sus ideas; no le sigas el juego". Según él, la intransigencia es un mal que contamina nuestro tiempo. Tanto que, en pleno siglo XXI, amistades de toda la vida se han roto por discrepancias ideológicas. Luego, para evitar males mayores, en ocasiones es mejor callar que nadar contra la corriente.

Ayer, mientras tomaba café en El Capri, me acordé de Manolo. Tras un diálogo "pacífico", terminé discutiendo con un señor sobre Cataluña, Franco y la parálisis del Ejecutivo. En un momento de la discusión, me dijo que el próximo diez de noviembre votará a Vox. Votará a Santiago Abascal porque, según él, la Ley sobre Violencia de Género – del "amigo Zapatero" – es una vergüenza por su clara asimetría. Tanto que "la mayoría de mujeres – me decía – cursan denuncias falsas para cobrar pagas indebidas y adueñarse de las viviendas de sus parejas". Así las cosas, este señor no estaba de acuerdo con dicha ley porque tilda a los hombres de asesinos y a "las mujeres de santas". Los hombres – afirmaba – matan igual o más que las mujeres. Le dije que no estaba de acuerdo; que las estadísticas – el histórico de noticias y los datos oficiales – no ilustraban sus palabras. Y le dije que no todas las mujeres burlan la ley de la violencia. Que al menos tenemos una ley y que dicha ley fue gracias al gobierno de Rodríguez Zapatero. Unas palabras, las mías, que incendiaron su razón y distanciaron nuestras posturas.

Seguir con la discusión – cuánta razón tenía Manolo – sirvió – al señor de Capri – para arrojar todo su arsenal de retórica barata contra los míos; los "sociópatas", los "rojos" y "comunistas". Me dijo que ZP  fue muy tóxico para España. Nos llevó a la ruina. Se cargó "los logros de José María Aznar" y dejó una Hispania en bancarrota. La mayoría absoluta de Rajoy – le intenté explicar – solo sirvió para desmantelar el Estado del Bienestar, fomentar el darwinismo educativo y restringir la libertad de expresión. Tres efectos derivados de su Reforma Laboral, la Lomce y la Ley Mordaza, entre otras. La crisis económica – replicó – fue culpa de Zapatero. Fue su tardanza, en reconocer los nubarrones, quien dejó a España a punto del rescate. Acto seguido arremetió contra Sánchez, "Zapatero II". Tras escuchar sus palabras, volví a casa. Estaba cansado, necesitaba, la verdad sea dicha, un momento de sosiego. Encendí la "caja tonta", puse Canal de Historia y visioné un documental sobre las Gradas de San Felipe.

De Cataluña y elecciones

El otro día, un lector del blog – profesor en un instituto de Barcelona – me comentaba que no aguantaba, ni un minuto más, en las aulas de Cataluña. Y no aguataba más porque, según él, ya no existía una línea que separara el fondo de la figura. No existía una frontera entre razón y tolerancia. Las aulas, y los claustros, reproducían el malestar de la calle. Un malestar en forma de bandos enfrentados. De defensores de la independencia, por un lado, y detractores de la misma, por otro. El fallo de la sentencia "del procés", en palabras del politólogo, ha sido el detonante del brote separatista. Un brote que, más allá de las manifestaciones y el grito callejero, sirve de pretexto para la construcción de los relatos partidistas. Unos relatos que enfrentan a quienes defienden la aplicación de la ley – en este caso el artículo 155 – y quienes admiten el diálogo, como complemento de la ley, para la solución al conflicto. Relatos que contaminan el espectro político. Y lo contaminan porque encasillan a la izquierda con el lado separatista – "los violentos" – y a las derechas con el lado nacional – "los pacíficos" -.

A pocas semanas de las elecciones generales, la "tecla" del diálogo, por parte del PSOE, no encaja – en estos momentos – en el tablero. Y no encaja, queridísimos lectores, porque la escena de Barcelona – una escena dantesca y surrealista – no invita a hablar con Torra y su séquito separatista. Y no invita porque el diálogo y la violencia no deben ir cogidos de la mano. Solo con la paz como telón de fondo justificaría una conversación entre los de abajo – Madrid – y los de arriba – Barcelona -. La figura del relator – anunciada, en su día, por Pedro Sánchez – no era tan mala como parecía. La aplicación de la ley y nada más que la ley no cura el resfriado. Y no lo cura, y valga la metáfora, porque detrás de la enfermedad se ocultan miedos y temores. Miedo a que pueda derivar en neumonía. Y temor a que, por complicaciones inesperadas, desemboque en la agonía. Por ello, ley y diálogo es el camino para que Cataluña encaje en el puzzle de la discordia.

Así las cosas, Sánchez se halla en la encrucijada. Por un lado debería, a toda costa, buscar un relator que trace puentes entre separatistas y unionistas. Un relator que apague la llama y devuelva la paz a la sociedad catalana. Por otro lado, Pedro debería explicar que la ley, y nada más que la ley – tal y como defienden las derechas – alivia pero no soluciona el conflicto catalanista. Esta apuesta por la ley y el diálogo supone un riesgo para Pedro. Un riesgo en forma de pérdida de escaños el día de las urnas. Una pérdida como castigo a su intención de entendimiento con "los violentos", con quienes quieren "romper España" y con "quienes no respetan las reglas de juego". Esta ecuación "Pedro igual a malo", "Sánchez igual a desastre nacional" recuerda a aquella vieja fórmula de "la culpa fue de ZP". Si ello sucede, si en la gente cala este relato, el sueño de Pedro será destronado. Estaríamos ante un posible sorpasso de las a las izquierdas. Un sorpasso que otorgaría el poder a Vox, PP y Ciudadanos salvo que Sánchez bailara con alguna de las feas.

De sentencias y contratos

Más allá de la sentencia del "procés". Más allá de que las penas a los afectados sean duras o blandas, lo que está claro, clarísimo, es que de aquellos polvos, estos lodos. La Revolución Francesa sirvió, entre otras cosas, para la construcción del Estado Liberal, hoy conocido como Estado de Derecho. Un Estado que puso fin a las monarquías absolutas y evitó, como diría Hobbes y otros contractualistas, el salvajismo del estado natural. El Estado de Derecho trajo consigo la articulación de ordenamientos jurídicos consentidos y basados en la soberanía popular. Es el pueblo, con el ejercicio de su derecho al voto, quien elige a sus representantes. Y son estos, los elegidos, quienes – con el poder de las mayorías – aprueban las leyes en el seno del bicameralismo. Estas "reglas de juego", que entendería hasta un niño de primaria, delimitan las libertades de un Estado Democrático y regulan la convivencia.

La privación de libertad en beneficio del contractualismo implica la cesión del monopolio de la violencia al Estado. Una violencia cuya finalidad es el cumplimiento forzoso de la legalidad vigente. Desde la crítica jurídica podemos, faltaría más, cuestionar el contenido de las normas. Podemos opinar acerca de la moral que sustenta nuestras leyes. Y podemos, por qué no, influir en nuestros elegidos para que aprueben, modifiquen o deroguen determinadas leyes. Lo que no debemos es ejercer la desobediencia civil. Tal desobediencia, el incumplimiento voluntario de las leyes, atenta contra las reglas juegos y vulnera el espíritu del contrato social. La desobediencia, el ejercicio de la violencia por parte de la masa, contradice los principios del Estado Democrático. Una contradicción que desemboca, tarde o temprano, en un Estado de Sitio o Excepción. En un Estado Fallido, en palabras del politólogo, que destruye la paz, fomenta el odio y debilita sus cimientos económicos.

La intromisión en las decisiones judiciales, por parte de algunos partidos, contamina la separación de poderes y cuestiona, por tanto, la independencia del poder judicial. Un país que no delimita, de forma clara y concisa, las fronteras entre el poder político y judicial se convierte en un caldo de cultivo para el totalitarismo. El poder judicial aplica e interpreta la ley. Y la interpreta de conformidad con principios jurídicos. De conformidad con atenuantes, agravantes y votos particulares. Esa aplicación e interpretación que fundamenta las sentencias debe ser acatada. Y debe acatarse, queridísimos lectores, por una cuestión de compromiso ciudadano con el contrato social. Dicha sentencia debe ser respetada por el poder ejecutivo y legislativo. Se puede opinar sobre la misma pero siempre desde el respeto y la obediencia a lo dictaminado por las togas. Cuando una sociedad no respeta las decisiones de sus togas. Cuando acusa a las élites de politización de la justicia. Es cuando se debe replantear un nuevo modelo de contrato social.

De Unamuno y Amenábar

El otro día vi: "Mientras dure la guerra", la última de Amenábar. Hacia años que no iba al cine. Tantos que ni siquiera estaba casado ni peinaba tantas canas. La figura de Unamuno siempre atrajo mi atención. En los años de instituto leí: "San Manuel Bueno Mártir" y, desde entonces, siempre he estado vinculado a Miguel. La película, si quieren que les diga la verdad, me dejó con mal sabor de boca. El relato de la guerra, me pareció demasiado neutral. Tanto que Alejandro pasa de puntillas por la cara más cruda de la contienda.  Más allá de los paseíllos y los cadáveres en la cuneta faltó algo más de preámbulo sobre la vida en la República. Aparte de esta observación, me gustó el retrato que se hace de Unamuno. Un retrato que, sin embargo, no ha contentado – por las críticas leídas – al gran público. Y no ha contentado, como les digo, por el carácter contradictorio de Miguel. Por ese repliegue a los sublevados desde su alma republicana.

Tras salir del cine, visité a Peter. Según él, Unamuno no estuvo a la altura de las circunstancias. Su carácter arrogante impedía que vislumbrara los nubarrones en el horizonte de la plebe. No fue consciente de la crudeza del momento, ni tampoco se mostró receptivo ante los cientos de cartas que recibía con mensajes de socorro. El manto del prestigio social impedía que su Quijote interior percibiera la realidad con los ojos de escudero. Solo cuando los correveidiles de Franco arremetieron contra Salvador y Atilano, sus amigos de tertulia. Solo cuando vio afectada su zona de confort, fue cuando Miguel recobra la compostura. Y es en ese momento, cuando nuestro autor se enfrenta a Millán Astray en el Paraninfo de Salamanca. Carga contra la mediocridad de los sublevados, ridiculiza el razonamiento legionario y arriesga su vida ante la visibilidad de sus ideas.

La valentía de Unamuno estuvo salpicada por las manchas de su solapa. Manchas por su atornillamiento al sillón del rectorado, por sus donaciones a los sublevados, y por su apoyo – en nombre de la universidad – a la causa franquista. Tales manchas fueron – según Manolo, el cuñado de Peter – por los miedos y temores de Miguel. Por su temor, claro que sí, a correr el mismo riesgo que masones, rojos y protestantes. Y por su miedo a dejar huérfanas de padre y abuelo a sus hijas y nieto. Esa condición, de lo humano por encima de lo ideológico, explica por qué don Miguel se cambió tantas veces de chaqueta. Si hoy, por hache o por be, se montara otro enfrentamiento civil. Si se montara otra guerra, me decía Peter, los callados del ahora serían los menos perjudicados. Lo serían porque solo los intelectuales, aquellos que hacen públicas sus críticas políticas, son los primeros que aparecen en el punto de mira. Y todo ello, Unamuno lo sabía. Sabía que no merecía la pena morir por las ideas. Y sabía que, en ocasiones, la contradicción es necesaria como protección ante la vida. Salir de la contradicción fue su perdición.

Los restos de Franco

La exhumación de los restos de Franco alivia pero no cura la herida de su legado. Y no la cura, queridísimos camaradas, porque todavía existe un espíritu franquista en la Hispania del ahora. Todavía hay quienes dicen aquello de: "con Franco se vivía mejor" y, todavía hay nostálgicos de su simbología. Nostálgicos del "cara al sol", del águila y los Nodos que aplauden, sin decoro, el estribillo de su época. Más allá de los exiliados, de los rojos republicanos, hay quienes durante cuarenta años vivieron como marqueses bajo la sombra de Francisco. Tuvieron buenos trabajos y sus hijos fueron a colegios de pago. Tales afines al caudillo comulgaron con los principios del régimen. Fueron a misa los domingos, respetaron la integridad del matrimonio y no cometieron actos impuros.

La llegada de la democracia no acabó con el duelo del franquismo. Y no acabó, como les digo, porque sus principios ideológicos  fueron representados por la fragancia del fraguismo. Un partido democrático, de puertas hacia afuera, y con marcado conservadurismo retrógrado de puertas hacia adentro. Fue precisamente José María Aznar quien neutralizó el espíritu franquista. Él fue quien fusionó lo antiguo – la derecha fraguista – con lo nuevo – las cenizas del suarismo -. Gracias a su estrategia, la derecha consiguió enterrar el fantasma de la dictadura y reconquistar el poder en la era democrática. Así las cosas, durante cuarenta años, convivieron en un mismo saco extremistas y moderados del mismo espectro ideológico. La llegada de Ciudadanos y Vox ha supuesto la ruptura del hechizo. Ha supuesto la transformación de su encanto en la demacrada Cenicienta. Esta escisión de la derecha, en pleno siglo XXI,  ha traído consigo la afluencia de ciertos residuos franquistas.

Tales residuos franquistas debemos denunciarlos desde las trincheras de la crítica. Residuos en forma de ciertas actitudes xenófobas,  de defensa de los toros y los cotos de caza. Residuos en forma de privilegios a las sotanas, elogio a los colegios concertados y menosprecio a la clase trabajadora. Tales brisas franquistas, por desgracia, soplan en los prados de nuestra democracia. Y soplan, queridísimos lectores, porque todavía existe una nostalgia social por aquellos cuarenta años de rombos, Nodos y tricornios. Años de pseudointelectulidad, doble moral y empobrecimiento económico y geopolítico. La ruptura de la derecha aznariana ha dejado al descubierto ese pensamiento retrógrado que contamina al Estado Social, Democrático y de Derecho. Es necesario que los demócratas tomen conciencia de esta realidad sociológica. Una realidad que afecta a la convivencia y reaviva, de alguna manera, los miedos y temores del pasado. Así las cosas, Casado está preocupado. Preocupado porque quiere, a toda, costa refundir la derecha aznariana. Quiere, como les digo, esconder debajo de la alfombra los restos de Franco.

Crítica a Platón

Aparte de escribir en los pergaminos de este blog, me gano el pan como profesor de filosofía. Aristóteles, Descartes o Kant, por ejemplo, forman parte de mi vida. Tales autores son clásicos del pensamiento que, a pesar de los siglos, siguen vivos entre nosotros. Hoy, tras explicar, la idea de belleza de Aristocles – más conocido como Platón -, me ha venido a la mente una conversación que mantuve con Ernesto, catedrático de filosofía y, seguidor del Rincón. Según él, las ideas platónicas han resistido los ataques de la crítica. Más allá de los martillazos de Nietzsche, el platonismo – decía este lector – vive reencarnado en la religión católica. El mundo terrenal – como diría Agustín de Hipona –  está hecho a imagen y semejanza de Dios. Dicha "semenjanza" coincide, en parte, con el dualismo ontológico que defendió Platón. En parte, como les digo, porque para Platón el mundo sensible, más que una "semejanza del mundo divino", sería una "copia imperfecta" del inteligible, del ideal.

El pensamiento de Platón, repliqué a mi lector, no ha pasado la "prueba del algodón". Y no la ha pasado, queridísimos amigos, porque las mayores atrocidades de la historia europea reciente se han cometido por la búsqueda de la perfección. Esa perfección, que según Aristocles, estaba situada en el mundo de las ideas ha corrompido, en muchas ocasiones, la pureza de la razón. Así las cosas, en el siglo XX, miles de judíos fueron asesinados por no ajustarse al mimbre de una idea, la idea hitleriana de lo humano. Más allá de este uso torpe de la razón, las ideas de Platón no han pasado la prueba de lo absoluto. Aunque Platón "odiara" a los sofistas por su condición de relativistas, sus ideas tampoco han sido tan necesarias y universales como él las defendía. Así las cosas, el canon de belleza, por ejemplo, no es el mismo ahora que en la Edad Media. Luego existe un factor de temporalidad dentro de lo supuestamente perfecto.

La persecución de las ideas ha desembocado en utopías. Utopías como, por ejemplo, La República de Platón, el anarquismo y el fin de las ideologías, defendido por Fukuyama. El canon de belleza actual, invita a la irracionalidad. Una irracionalidad entendida, en términos orteguianos, como algo perjudicial para el cuerpo, para la vida. El modelo de mujer que desfila por las pasarelas – mujeres excesivamente delgadas – supone, en ocasiones, conductas alimenticias que acarrean problemas de salud. La anorexia o la bulimia, sin ir más lejos, ha llevado por el camino de la amargura a miles de jóvenes, y no tan jóvenes, cegados por la belleza en sí. La dicotomía entre dos mundos, uno perfecto y otro imperfecto implica una apología de la infelicidad. Los medios de comunicación – como marcadores de los cánones sociales – contribuyen, de alguna manera, a esa amalgama de sentimientos contrarios entre los perfectos – aquellos que se aproximan a los ideales sociales – y los imperfectos. Dos grupos que refuerzan su posición a través del sistema de clases. Un sistema que imita, como diría Platón, el ideal capitalista.

La derecha habla, la izquierda calla

Esta mañana, Javier Ortega Smith – secretario general de Vox y concejal en Madrid – ha dicho que las mujeres, conocidas como las 13 Rosas: "torturaban, asesinaban y violaban vilmente en las checas de Madrid". Al parecer, según él, en la Guerra Civil todos cometieron errores. Al oír estas palabras, me ha venido a la mente una conversación que, hace años, mantuve en El Capri. A eso de las dos de la madrugada, cuando no quedaba ni un alma por la calle, llegó un señor trajeado con el ABC en la mano. Corría el año 2008, España estaba gobernaba por Zapatero. Y la Ley de Memoria Histórica formaba parte de los foros callejeros. Para los simpatizantes del Pepé, la Ley era un ácido contra las heridas del pasado. Para los del PSOE, un bálsamo para la reconciliación entre hermanos. Aquel señor, como han podido intuir, era afín a la derecha. No sé cómo, me dijo que el relato histórico estaba tergiversado. Según él, nosotros – los rojos – también hicimos de las nuestras en tiempos republicanos.

Este señor, al parecer, era un industrial de las tierras alcoyanas. Se notaba, por su forma de expresarse, que tenía dinero en la cartilla. Hablaba con fuerza, con el cuello erguido y la barriga levantada. No tenía pelos en la lengua. Tanto es así que puso a parir a los "sociópatas", a quienes votamos a ZP. Habló de una supuesta conspiración por los atentados de Atocha. De la desgracia que España estuviera gobernada por Rodríguez Zapatero. Arremetió contra Carrillo, Anguita y todos los comunistas juntos. Tras tomar el cortado, nos echó la mano, "bueno señores, voy a seguir la marcha", nos dijo. Dejó dos euros de propina, arrancó el Mercedes y si te he visto, no me acuerdo. Peter estaba aturdido, se sentía mal porque no le había contestado. Mal, porque no le "había dicho cuatro cosas a la cara". Por callar lo que pensaba sobre Aznar, Rajoy y toda la derecha junta. La izquierda, contestó un señor que se hallaba en el fondo de la barra, casi siempre ha estado callada. Nunca ha hablado claro por su complejo de inferioridad.

La izquierda, nos decía ese señor – de aspecto desaliñado – sale a votar cuando la situación es insostenible. Vota cuando "de tanto tragar ha agotado la saliva". La izquierda calla, maldita sea, porque raras veces ha tenido alegría en los bolsillos. Por ello, por su situación de debilidad social, la derecha siempre ha tenido el monopolio de la osadía. Una osadía por la tranquilidad que supone el colchón del dinero. Movimientos como el 15-M surgen muy de vez en cuando. Surgen, queridísimos camaradas, cuando la situación es insostenible. Surgen cuando el rico progresa a costa del moribundo. Y surgen cuando existe conciencia de clase. Una conciencia de clase que  sirvió para la legalización de los sindicatos. Hoy, desgraciadamente, casi no hay conciencia. Hay mucha inconciencia de clase. El individualismo, la defensa del interés local, ha destrozado a la izquierda. No es admisible que hermanos ideológicos no construyan una propuesta de gobierno. Esa grieta de la izquierda, producto de su inconciencia, convierte las elecciones en un eterno retorno. Es necesario que la izquierda recupere su conciencia. La misma que reivindicó Marx en el siglo XIX.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

  • Categorías

  • Bitakoras
  • Comentarios recientes

  • Archivos