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Elogio al logos

Todos los años, tal día como hoy, quedo con Platón y Aristóteles. Quedo, como les digo, con motivo del Día Internacional de la Filosofía. En la comida, también se dan cita otros colegas de profesión. Hoy, sin ir más lejos, he compartido mesa con Guillermo, Agustín, Kant, y Hume, entre otros. Me preguntaba Plotino, qué había sido del Neoplatonismo a lo largo de los siglos. El neoplatonismo, le he contestado, fue muy criticado por Nietzsche, un filósofo disgustado con la razón y los efectos del cristianismo. Tanto es así, que quiso eliminar al platonismo y, en consecuencia, acabar con Dios. En pleno siglo XXI, el cristianismo sigue vivo. Y sigue vivo, a pesar de las críticas de Lutero y las atrocidades de la Inquisición. La fe y la razón, en palabras de Tomás – un señor de las tripas de Aquino -, van cogidas de la mano. Si no fuera por la navaja de Guillermo, hoy la escolástica seguiría más viva que nunca. Fue el señor de Ockham quien separó a las sotanas de la física de Aristóteles.

Immanuel Kant, un señor introvertido, proveniente de Königsberg, me preguntaba por la trascendencia de su teoría. Él hizo posible la intersección entre racionalistas y empiristas. Este pensador, como les digo, quería saber si el noúmeno – o dicho en otros términos, la cosa en sí – podía ser conocida. Hoy, en pleno siglo XXI, sus conjeturas han sido resueltas por buena parte de la psicología. La psicología se descolgó de la filosofía a finales del diecinueve. Y desde entonces, la percepción, el aprendizaje y la memoria cabalgan en solitario. Hoy, los fundamentos biológicos de la conducta explican lo que sucede en buena parte de la mente. La percepción ha sustituido, casi en su totalidad, a la epistemología. Aún así, existen tantas puntos de vista como personas en el mundo. Esta subjetividad de la realidad fue recogida por el perspectivismo de Gasset, un pensador del siglo XX.  Así las cosas, nada es feo ni bello sino que todo depende del cristal con que se mire.

Justo a mi derecha, a dos sillas de la mía, estaba David Hume. Tras darnos un abrazo y un apretón de manos, hablamos largo y tendido sobre la universalidad de la ciencia. Según él, como saben, la ciencia no es una cuestión de certezas sino de probabilidades. Me decía que de los sentidos no podemos inducir universales. La premisa universal del silogismo aristotélico; aquella que decía "Todos los cisnes son blancos", no es una condición necesaria. Y no lo es, como diría Popper, porque siempre existirá la duda de que algún día aparezca, ante nosotros, un cisne negro. Le conté a Hume que Bertrand Russell, un señor del siglo XX, defendió sus ideas. Y las defendió, le dije, con un ejemplo muy sencillo. Si a un pavo todos los días le das de comer a la misma hora, nuestro pavo inducirá que siempre comerá a la misma hora. Un día, el día de Navidad, no ocurre lo esperado y termina troceado en el horno de su amo. En el fondo de la mesa, Maquiavelo hablaba largo y tendido con Agustín de Hipona, un clérigo del medievo. Nicolás decía que la Iglesia y el poder terrenal no debían ir cogidos de la mano. Una cosa son las cuestiones del espíritu y otra, bien distinta, los asuntos de la calle. No mezclenos sotanas con coronas.

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1 COMENTARIO

  1. Pues algo falla en esa reunión de filósofos, porque sotanas y coronas son indisolubles. No se entienden las unas sin las otras. Por eso, Tomás de Aquino tenía razón: razón (de estado) y fe hacen buenas migas ad eternum…La experiencia lo confirma.

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