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La nueva esclavitud

Después de una semana, desconectado del mundanal ruido, ayer volví al campo de batalla. En la bandeja de entrada, encontré decenas de mensajes de lectores cabreados. Lectores, como les digo, indignados porque últimamente casi no actualizo el blog. Disuelto entre los "correos no deseados", hallé un mensaje de un periódico de renombre. Un mensaje sobre una propuesta de colaboración a través de una columna de opinión. Acto seguido, contesté que "no". Que "no", queridísimos amigos, porque el compromiso con lo intelectual nunca debe pasar por el sesgo editorial. Si lo hiciera, caería en el rebaño de quienes escriben a sueldo de intereses privados. En el capitalismo, aunque no lo asumamos, la información es mercancía. Una mercancía envuelta de precinto ideológico y con valor económico en las baldas del mercado. Casi no hay versos sueltos en las estrofas del ahora. Todo es una falsa rima que asoma desde las ruedas del carruaje.

Esa falsa rima nos somete a una alienación digital. La calle se ha convertido en una alfombra de miles de cabizbajos al unísono. De miles de sonámbulos que viven en sus mundos digitales y que solo levantan la cabeza ante los cantos de sirena. Viven a merced de grandes plataformas digitales. Plataformas que saben sus gustos, preferencias e incluso hasta sus posibles decisiones. Ese nuevo Gran Hermano es el arquitecto global. Es quien diseña calzadas, pinta pasos de cebra y decide, por nosotros, dónde están los "ceda el paso"  y los semáforos de nuestras vidas. Nosotros – los sonámbulos – deambulamos por sus espacios sin ver más allá de la luz de nuestros móviles. Estamos ante una sociedad dormida, gregaria y dirigida por una nueva religión que algunos llaman tecnología. Esa "nueva religión" crea nuevas comunidades, insufla protocolos y remedios contra la soledad. Contra una soledad real que encuentra su solución en la dimensión digital. El móvil se ha convertido en el mundo inteligible de Platón. Un mundo sin distancias cuyo tamaño no es otro que la palma de nuestra mano.

Esa alienación – o nueva esclavitud – necesita una toma de conciencia. Hace falta una dosis de marxismo aplicado a la cuestión tecnológica. La tecnodependencia destruye relaciones sentimentales, laborales y educativas. Existe una crisis de la comunicación tradicional. Una crisis, como les digo, que afecta a las habilidades sociales y destroza – de alguna manera – la inteligencia emocional. El "hombre cabizbajo" es un contemplador pasivo de realidades digitales. Es un ser que mira constantemente desde la ventana de su móvil y, de vez en cuando, corre la cortina. Una cortina que impregna su tejido de postverdad, manipulación y espirales de silencio. Esa alienación, que decíamos atrás, desemboca en libros de autoayuda y consultas al psicólogo. Cursa con sentimientos de culpa, costes de oportunidad y, en ocasiones, ideas suicidas. Aún así, el tecnodependiente vuelve, una y otra vez, a su fuente de placer. Vuelve a interactuar en las redes sociales. Y lo hace en busca de "likes". La búsqueda constante de reconocimiento pone, en evidencia, la falta de autoestima que mostramos como especie.

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