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Las portadas del debate

En los debates sobre el estado de la nación ocurre algo parecido a lo que sucede el día después de unas elecciones generales. Los datos son interpretados por cada partido desde el prisma de sus colores, de tal manera que esa leyenda relativa de los mismos hace que todos los bandos hayan ganado las elecciones, salvo en situaciones puntuales de aplastante mayoría o debacle electoral. Las portadas del 26-F pasarán a las bolsas de la basura por la ausencia de crítica en el análisis del debate. Como no podía ser de otra manera, las portadas de la mañana han contentado a sus clientes de quiosco sin ofrecer una visión contrastada de lo acontecido en el patio de los leones.

Sin ir más lejos, la prensa de la caverna ha tejido "el lienzo del ahora" en términos deportivos como si de un combate de boxeo se tratara. En la portada de Marhuenda: "la ambición de Rajoy derrota al apocalipsis de Rubalcaba"; en el monárquico de la parrilla, ABC: "Rajoy descoloca a Rubalcaba con una gran rebaja de las cotizaciones" y, en La Vanguardia de Màrius: "Rajoy promete mejoría, Rubalcaba pide realismo".  El titular más amarillo se lo ha llevado El País: "Rajoy da por concluida la crisis y da estímulos y anuncia estímulos al empleo". Finalmente, El Mundo de Casimiro ha optado por el titular más moderado: "Rajoy presume de daños y Rubalcaba le culpa de el sufrimiento de la gente".

 

Si analizamos los titulares del párrafo de arriba, nos damos cuenta, de que no hay ninguno dedicado a la cuestión soberanista; al desarme de ETA; a las "pelotas de goma"; a Bárcenas y, mucho menos, a la ley del aborto. Tampoco existen alusiones a la falta de consenso entre los principales partidos del hemiciclo en políticas económicas y sociales. El debate de este año pasará a la historia por sus tintes mitineros y las huellas del bipartidismo reinante en la Hispania de Mariano. Más que un foro político para discutir los principales temas que preocupan al conjunto ciudadano, hemos presenciado una suma de monólogos encendidos cuyo final ha sido levantar el aplauso de los suyos. Rajoy ha pintado con datos encontrados un lienzo de optimismo y luces encendidas. Rubalcaba, como era predecible, ha dibujado un óleo de nubarrones oscuros y tinieblas inquietantes. Tanto el uno como el otro – tanto monta, monta tanto – no han sido fieles a la realidad de nuestros días. Don Mariano nos ha recordado al ZP que sacaba "conejos de la chistera" y don Alfredo ha sido Rajoy en tiempos de Zapatero. El diagnóstico de la realidad no ha sido el correcto. Ni el enfermo está tan grave, ni el enfermo está para correr la San Silvestre Vallecana. 

Es, precisamente, esta distorsión de los datos, por parte del bipartidismo agonizante, la que invita al espectador de la butaca a mirar para otro lado cuando se habla de política. La realidad que vislumbran – vislumbramos – los españoles es la de un gobierno que ha desmantelado el Estado del Bienestar y una oposición carente de liderazgo. Un gobierno, les decía, que gobierna sin programa con el ordeno y mando de su mayoría; un presidente, que se esconde detrás de un plasma para no desgastar su figura ante las preguntas de los periodistas; un PP con su extesorero entre rejas por una supuesta financiación ilegal del partido; una oposición, que no ha levantado cabeza desde que ZP nombró por el "artículo 13" al ministro preferido;  un país con seis millones de parados y miles de desahuciados por no poder pagar sus hipotecas; una Infanta cuestionada por los tejes y manejes de su marido. Esta es y no otra, señores y señoras del debate, la España que tenemos en las portadas internacionales.

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