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Cuestión de ideología

La igualdad y la libertad han sido, desde siempre, el tira y afloja entre la izquierda y la derecha. Mientras los progresistas han apostado por un Estado intervencionista, garantizador de las posibilidades de ascenso social; los conservadores, por su parte, se han inclinado por el "darwinismo social", como modelo para subir peldaños en la escalera de Hobbes. Sendos paradigmas – igualdad y libertad – impregnan el pedigrí de las políticas socialdemócratas y liberales desde los tiempos de la Bastilla. Las políticas educativas beben – valga la expresión – de tales moldes ideológicos. Según quien gobierne el chiringuito estatal, tendremos  un Sistema Educativo con más o con menos integración. Cuando manda la izquierda – como fue en la Hispania de Felipe y Zapatero – los mimbres legales tienen como finalidad la construcción de escuelas públicas de calidad. Escuelas públicas, decía, en las que: tanto el hijo del mileurista como el hijo del banquero, tengan garantizadas las mismas condiciones de igualdad para promocionar como personas en la jungla existencial. Cuando gobierna la derecha – como ahora lo hace – su "buque insignia de la libertad",  le impide seguir cocinando educación con los fogones de la izquierda. Su finalidad  -como muy bien, saben ustedes- reside en el fomento del individualismo neoliberal en detrimento de la igualdad.

En tiempos de derecha, el enfoque hacia los mercados cambia las tornas reguladoras del derecho a la educación. Mientras la izquierda, como les decía atrás,  busca la integración de todos en el seno del sistema; la derecha, por su parte, fomenta el espíritu competitivo como" valor añadido" para luchar en el escenario global. La educación – desde el prisma neoliberal – se convierte en una fábrica de talentos al servicio del sistema productivo. Una fábrica – valga el símil –  en la que únicamente sobreviven los alumnos y alumnas aventajados. Aquellos que la  herencia biológica y el bolsillo de sus padres les permiten llegar en buen estado a los muelles de salida. Los productos con taras y defectos – me refiero a los alumnos menos aptos – son separados de las cintas transportadoras para ser trasladados a los outlets o almacenes de segunda. Al final, los supervivientes de las vías – los que no llevan taras ni defectos-, o dicho de otro modo, los hijos de ricos y los afortunados por su genética, serán los mejores pagados por las dictaduras del consumo. Los otros, los productos defectuosos – los que no consiguieron sobrevivir en la cinta transportadora – estarán condenados a vivir como esclavos en las empresas de los aventajados. Así, una y otra vez, el cierre social provocado por los "brazos cruzados" del Estado, perpetúa la brecha social entre los fuertes – los que quieren y pueden – y los débiles – los que quieren y no pueden-.  

Los fuertes de la balanza – o sea, los hijos de la derecha – no tienen ningún problema en perpetuar su posición social. Con un "cinco pelao" – en la jerga estudiantil- es suficiente para plantarse en el piso de arriba, sin tener que pedir ningún euro prestado para presionar el botón de subida.  Los débiles, sin embargo, lo tienen muy crudo para escapar de su condena social impuesta por su orígenes de clase. Mientras el hijo del banquero viaja en coche cama por los paraninfos españoles, el hijo del operario lo hace en tartana para llegar al mismo destino que su compañero de pupitre. Es precisamente esta desigualdad en los vagones de la derecha, la que invita a la Crítica a denunciar en voz alta el "desinterés de la derecha" en ponérselo fácil al débil de la balanza para que el día de mañana viva como el rico, a pesar de sus orígenes humildes. El cierre social, al que antes aludía, sirve a la derecha – la de siempre, la de toda la vida – para proteger su poder ante las amenazas incipientes de una clase media acomodada.

Las subidas de las tasas universitarias, las reválidas para pasar de etapas, el despido masivo de interinos y ahora, el 6.5 de nota mínima para poder ejercer el derecho a una beca son, entre otros, los instrumentos utilizados por la derecha para conseguir la pureza de su estirpe que antes le comentaba. El triaje educativo – o dicho de otro modo – ponérselo difícil al hijo del mileurista para que el sueño del obrero tropiece con la cruda realidad pone en evidencia la verdad que se esconde detrás de las buenas "palabricas" de el extertuliano de la Moncloa. Gracias a estos fogones el día de mañana tendremos en las tribunas de las empresas a miles de mediocres procedentes de la derecha mandando – a diestro y siniestro – a subordinados frustrados por no disponer, en su día, de los recursos necesarios para prescindir de la beca. Mientras tanto, en Francia , Hollande ha anunciado la contratación de 10.000 titulados en paro para educación secundaria. 10.000 nuevos profesores que se sumarán a los 60.000 prometidos con el fin de garantizar la calidad de un servicio público llamado educación. En España, sin embargo, les doy algún dato para que ustedes reflexionen, se han reducido, en lo que llevamos de crisis, 60.000 puestos docentes y se ha eliminado el plan PROA de clases de refuerzo. Unos – los franceses – tienen un gobierno de izquierda y otros – nosotros – tenemos uno de derecha. Cuestión de ideología.

La suerte de Bretón

Una vez al mes, en la calle Cervantes de Madrid, se reúnen padres y madres provenientes de diferentes puntos del país. Gregorio, María, Andrés… buscan en el testimonio del otro, el aliento de sosiego que años atrás les arrebató la vida. A través de la palabra ilustran – los reunidos – cómo luchan cada día en la búsqueda de sentido a su golpeada biografía. Todos los presentes comparten el dolor por la pérdida de sus hijos. Cuenta Gregorio que aquel fatídico día – se refiere al día que falleció su Francisco – le llamaron al trabajo para decirle que su pequeño todavía no había llegado al colegio. A los pocos minutos, otra llamada, con un "número muy largo",  le avisó de que su hijo estaba ingresado en estado grave con pronóstico reservado. Desde el día de su entierro – hace ahora cinco años – cada vez que me levanto  y veo su cama vacía -dice este padre de ojos apagados- no puedo resistir el impulso de acercarme a la almohada y darle el beso de "buenos días". El mismo beso que durante diez años le di a mi retoño antes de irme al trabajo.

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Marx tenía razón

Como sabéis, casi todos los días, suelo escribir una mini reflexión en facebook. Son pensamientos que llegan como flashes a mi mente y siento la necesidad de compartirlos con ustedes. Ayer, sin ir más lejos, sobre las cuatro de la tarde- después de tomar café – sentí ese gusanillo que azota el intelecto de cualquier escritor. Escribía, en un fragmento del muro que: "la derecha está sacando tajada de la crisis. Está sacando tajada – decía – porque gracias a los recortes ha puesto el punto y final a las clases medias. Las mismas que no contempló Marx y han hecho posible que sus premoniciones no se cumpliesen. Hoy, sin clase media – concluía – la derecha – la de siempre, la de toda la vida – vuelve a consagrar su especie para que usted y yo – o sea, los humildes – no podamos llegar a sus tribunas". Horas más tarde, sobre las nueve y media – más o menos – abrí el correo y me sorprendí – la verdad sea dicha – del "overbooking" de mensajes que colapsaban la bandeja de entrada. Desde Bilbao hasta Valencia, pasando por Madrid, muchos lectores y lectoras me pidieron que hiciese un post, en el Rincón, sobre dicha reflexión. Un artículo – cito textualmente, las palabras de un lector – que: "ponga en el lugar que se merece al pensador que mejor entendió la lógica del Capital".

Cuando el viejo alemán desarrolló su crítica ácida a la Economía de Mercado no se percató del desarrollo, a posteriori, del Estado de Bienestar. Un Estado Social que ha permitido la compatibilidad entre: las fuerzas explotadoras del neoliberalismo occidental y  la protección del "ejército de reserva". Gracias a la tolerancia del intervencionismo estatal, por parte de las manos invisibles de Smith, los cuellos azules del proletariado han apaciguado sus deseos de rebelión y han tolerado – a regañadientes – su debilidad en el campo de batalla. Es precisamente, ese estado de confort de las clases medias del ayer – gracias al desarrollo del Estado protector – el que ha permitido que la indignación contra la globalización no se haya generalizado – de forma acusada –  a los países con altas dosis de bienestar. Como ustedes observarán: Estados Unidos – el país con menor intervencionismo estatal – ha sido el buque insignia del movimiento antiglobalización. Lo ha sido,  porque la brecha de la desigualdad ha perpetuado a "los de abajo" en una jaula existencial. Una jaula – valga el símil – con muy pocas posibilidades de ascenso social. Sin embargo, en los países del Norte Europeo, la fortaleza de su modelo socialdemócrata ha permitido que la comodidad económica de sus clases medias no ponga en jaque el "establishment" de sus mimbres económicos.

Si nos miramos el ombligo, nos daremos cuenta que en España: sí hay indicios para otorgarle la razón a Marx. Desde que la derecha empuñó el cetro de la Moncloa, se ha producido un desmantelamiento crónico del Estado Social. Un desmantelamiento suscitado por las políticas austeras llevadas a cabo por Rajoy y los suyos. Tales políticas,  han ensanchado las distancias que separan las migajas de los lazarillos de los manjares burgueses. El "ejército de reserva" – en palabras de Marx – a día de hoy, ya no cuenta con un Estado protector que le tienda la mano -como antes- ante situaciones de necesidad. Sin el Estado Social – o un debilitamiento significativo del mismo – la crítica ácida de Karl al Capital resucita en la globalidad actual. Los pronósticos del viejo comunista cobran vida en una Hispania azotada por la crisis. Una crisis cuyo único instrumento ha sido proteger al mercado por encima del interés ciudadano. Una crisis – y valga la redundancia – que ha estado más preocupada en escuchar a  Smith que otorgarle voz a los seguidores de Keynes.

Ahora que el Estado nos ha abandonado – decía esta mañana el búho de la rama – echamos de menos la conciencia cívica de antaño. El individualismo de los últimos años – característico del paradigma neoliberal – ha hecho que cada uno de nosotros – ustedes y yo – hayamos ido a lo nuestro, sin tomar en consideración la probabilidad de que algún día se pinchase el flotador de la piscina. Hoy, sin flotador en las aguas turbias del presente, el náufrago social busca, en el consuelo del otro, la energía necesaria para llegar a la orilla, sin el confort de su pasado. El espíritu marxista, o dicho de otro modo, la conversión de una clase “en sí” en  otra “para sí” inunda los asfaltos de Madrid de mareas blancas y verdes unidas por los flujos de la indignación. El cabreo de las masas – la clase media – por su pérdida de confort económico y posición social ha devuelto a la palestra a las tesis de Marx. Hoy, sin clase media, los alienados de la burbuja han despertado de su letargo. El malestar contra las élites impregna al ideario social del licor anarquista que reinó en los preámbulos del Capital. ¡Coca – Cola, por favor!

Cosmética política

En la España postfranquista – decía esta mañana, el viejo camarada – los pactos antinatura entre la izquierda y la derecha fueron necesarios para construir los cimientos de la casa democrática. Hoy, casi cuarenta años después, la búsqueda de alianzas puntuales entre rojos y azules, invita a la Crítica a reflexionar sobre los porqués y los efectos sobre el pacto reciente entre Alfredo y Mariano. La asfixia continuada de políticas contractivas, en medio de conyunturas adversas, ha propiciado que la izquierdización de Rajoy y la derechización de Rubalcaba encuentren, en los silencios de Moncloa, un cosmético político de cara a la galería. Un cosmético, decía, porque a los hombres de negro, les  da igual "so que arre" para llevar a cabo sus políticas austeras. Es precisamente, esta falta de maniobra por parte de nuestras élites elegidas, la que provoca que: progreistas – me refiero al PSOE – y conservardores – al PP –  estrechen sus manos en los camerinos de Moncloa. Mientras tanto, la Izquierda de Cayo y las piedras de Aznar a su propio tejado, siembran de espinas este nuevo clima de pactos en el seno de una "holgada mayoría".

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Regates fiscales

Hoy, sin duda alguna, Messi ha hecho bueno al peor de los Bárcenas. Con cuatro millones de euros, supuestamente, sacados por la puerta de atrás – como diría mi abuelo -, la estrella de Pep – Leo – se convierte en el estrellado del Barça. Son precisamente, estos estallidos esporádicos de la burbuja futbolera, los que invitan a la Crítica a mirar con lupa, los goles que se marcan a la Hacienda de Montoro. Mientras usted y yo hacemos malabarismos, con el borrador de la Renta, para ahorrarnos unos cuantos euros en nuestra Declaración anual, otros – los espabilados, o sea los ricos – tejen con sus asesores, los hilos necesarios para que sus grandes fortunas pasen invisibles por los pasillos del Fisco.

Esta mañana, para no ir más lejos, escuchando la tertulia radiofónica de una casa "moderada",  he cambiado de emisora ante la lluvia de retórica barata lanzada por la boca de algunos. Mientras hace escasas semanas, el contertulio de turno solicitaba a bombo y platillo la cabeza del Duque por lo que usted y yo sabemos. Hoy, este mismo individuo, apelaba a la "presunción de inocencia" por el fraude de Leo. Decía este espadachín de la palabra que: "ha sido el Real Madrid quien ha sacado a la palestra este desaguisado para hundir al Barça en la más auténtica miseria". "Los madridistas – decía – nunca han soportado que el genio del regate sea el buque insignia de Camp Nou embravecido". "Desde hoy – concluía – la marca Barça llevará durante mucho tiempo el San Benito colgando de una falta merecida".

Desde Lola Flores, pasando por Arantxa y terminando por Torroja; han sido muchos – los famosos –  que han jugado al gato y a ratón por los recovecos de Hacienda. La búsqueda de paraísos occidentales para esquivar las obligaciones fiscales, ha marcado el devenir de una España ineficaz en su lucha contra el fraude. En lo que llevamos de año, la factura del dinero evaporado podría servir, entre otros menesteres, para evitar algún que otro recorte en las economías asfixiadas. Si sumamos: los trapicheos de la trama Gürtel,  los fajos de billetes ocultos en los furgones de Gao Ping, las cuentas suizas de Bárcenas y los ERE andaluces… nos daremos cuenta que: al final los honrados – o sea, usted y yo -, somos los raros en esta jaula de grillos. Con estos mimbres, el caso Messi se convierte en un titular pasajero en las cabeceras de la mañana.

Probablemente, Leo, no conociese los pasadizos y túneles, por los que, supuestamente, pasaban los fajos provenientes de sus derechos de imagen. Leo, sabrá mucho de regates, saques y chutes pero, tengo mis serias dudas, en que haya sido él, el artífice de mover cuatro millones de euros por detrás del vigilante. Para marcar este gol por  las escuadras de Hacienda – decía esta mañana, un experto en economía – se necesita disponer de una estructura organizativa a nivel internacional. Una estructura – en palabras del teórico –  basada en organigramas laberínticos y en complejas redes logísticas. Sin tales ingredientes es muy difícil que los regates de Messi pasen desapercibidos por los ojos de Hacienda.

Sobre Keynes y pensiones

Las pensiones han sido el principal escollo de la contienda electoral desde los tiempos adolfinos. Decía Andrés – pensionista alicantino – que los jubilados de este país deberían salir a la calle para defender sus intereses de clase. Desde que comenzó la crisis – decía este indignado del treinta y seis  -, los abuelos de Rajoy  compramos menos pan con el mismo parné. Primero fue la congelación de la paga, después el "recetazo" y ahora: la pérdida encubierta de poder adquisitivo con ese dardo envenenado de la "esperanza de vida". Es una vergüenza, decía este señor, que volvamos a los tiempos galdosianos. Los mismos años, pero dos siglos atrás, cuando los viejos representaban un estorbo económico para el ahorro y la prosperidad de la incipiente burguesía. 

Son precisamente estos fragmentos extraídos de los mentideros callejeros, los que invitan a la Crítica a vislumbrar las sombras que se esconden entre las arrugas de los mayores. La jubilación para el año 2027 del "baby boom" de los sesenta, probablemente borrará los acuerdos alcanzados en el Pacto de Toledo. La cuestión aritmética, o mejor dicho, el desequilibrio futuro entre: viejos y jóvenes, ha sido el argumento esgrimido por los "Sabios de Europa". Argumento esgrimido para encubrir la nueva hornada de recortes que se cocinan en los fogones merkelianos. Nueva hornada, decía, porque existen otros mecanismos – igual de eficaces – para garantizar el sistema de reparto, sin necesidad de tocar la hucha de las pensiones. 

Con seis millones de parados en las tablas de la EPA; una Tasa de Fecundidad encogida desde los cheques de Zapatero y una longevidad con tintes nipones,  resulta complicado materializar el Derecho a la Jubilación, garantizado por la Suprema. Para solucionar este embrollo demográfico existen dos recetas de calado político. Dos recetas antagónicas marcadas por el broche ideológico de sus detractores y defensores. Una, consiste en inyectar dinero para que los Ni Ni de ZP mantengan con sus cotizaciones a los longevos de Felipe. La otra, consiste en tensar la cuerda de las pensiones para que el vuelo de la Tercera Edad soporte en sus asientos al overbooking de los "viejos". La primera medida implica darle al botón del dinero y aumentar los porcentajes del déficit. La segunda, por su parte,  mantiene a raya nuestros deberes con Europa pero a cambio supone otra vuelta de tuerca más a nuestro endémico Estado Asistencial.

Con Políticas Activas de Empleo (Escuelas Taller, Talleres de Empleo, Planes de Choque, Talleres de Inserción Laboral, etcétera) "matamos – como diría el campanero de mi pueblo – dos pájaros de un tiro". Por un lado;  insuflamos oxígeno al enfermo juvenil y por otro generamos cash en la hucha de lo público, para pagar la factura del envejecimiento social. Por otro lado, con políticas pronatalidad conseguimos incentivar la fecundidad y corregir en el horizonte a largo plazo el déficit poblacional. Ambos remedios paliarían la cuestión aritmética, que decíamos atrás, favorecerían el bienestar de los mayores y adelgazarían las tasas alarmantes de desempleo juvenil. Todo esto está muy bien pero, sin embargo, los tiros de Europa no van por ahí.

Las medidas del párrafo anterior estarían bien si el paradigma político económico apostase por los planes Marshall al estilo americano. Pero, en esta parte del globo, queridos amigos y amigas,  las tornas no son así. Aquí, como ustedes saben bien, la cuadrícula alemana continúa su periplo por el discurso de la austeridad. Austeridad hasta decir ¡basta ya!, con tal de mantener la inflación y "salvar el culo", perdonen la expresión, a las élites de Bruselas. Con este marco político, basado en el sinsentido económico, los pensionistas se convierten en un lastre más para el Estado. Una carga social a la que hay que minimizar para que las cuentas de Montoro salgan bien paradas ante los ojos de la Troika. Mientras tanto, hoy en Japón, ha fallecido a los 116 años: Jiroemon Kimura, el hombre – dicen- más viejo del mundo. Entre los secretos de su longevidad ha sido comer mucho pescado. Quizás si en España comiéramos menos pescado no harían falta: ni políticas keynesianas, ni recortes merkelianos.

Sesgos informativos

La noticia espeluznante del falso monje shaolín invita a la crítica a reflexionar sobre la falta de rigor existente en las informaciones vertidas por los medios de comunicación. No sé si a ustedes les habrá pasado lo que a mí,  pero en más de una ocasión he visto grandes distorsiones entre: los hechos ocurridos en un determinado lugar y la información publicada el día después en la prensa del kiosco. Cuando estudiaba en la universidad, recuerdo a un profesor de Psicología Social, al que le gustaba hablar de "rumores" y "tergiversaciones". Decía este Asociado de la Universidad de Alicante que existía un experimento sobre el deterioro existente entre: información recibida y lejanía de la fuente.  El experimento consistía, nos explicaba, en que: "ustedes – nosotros – transmitan un mensaje boca – oído a su compañero de silla hasta llegar al último de la fila." Por ejemplo: "usted – se refería a mí – transmita el siguiente comunicado a su compañero de pupitre: Alberto está resfriado y no ha podido venir a clase – me lo dijo muy flojo para los demás no lo oyesen -". Cuando el mensaje le llegó al último de la clase, éste – Antonio, se llamaba – hizo pública la información recibida al resto del aula. Se levanto de su silla y dijo: "acaban de comunicarme que Alberto no ha venido a clase porque le han diagnosticado un tumor en el pulmón y posiblemente abandone el curso". Curioso.

Si a este deterioro de la fuente original – consecuencia de su lejanía – le sumamos "la fe de verdad" al mensaje recibido; tenemos el cóctel perfecto para estar mal informados. Por ello y apoyándome en el experimento de mi antiguo profesor; pienso en alto y digo: "¿es posible que buena parte de lo que leemos, vemos y oímos en los medios esté tergiversado por el efecto del boca-oído entre los intermediarios? Uno de los motivos por lo que inicie este blog fue precisamente por ello. Fue para romper una lanza contra aquellos medios que, tan preocupados por sus audiencias, publican informaciones sin comprobar de primera mano su fuente original. Volviendo al tema del falso monje shaolín me preocupa que este señor haya ido de plató en plató vendiendo una mentira y, a ningún periodista de facultad, se le haya ocurrido indagar detrás de sus palabras para descubrir la veracidad de la fuente. Lo mismo pasó con Roldán. Recuerdan, se puso todos los galones habidos y por haber. Llegó a ser director de la guardia civil, que no es "moco de pavo", y sin embargo no llegó ni a tercero de BUP. Como ustedes saben, a parte de escribir me dedico a enseñar. En las aulas se respira esta cultura de creer sin cuestionar al argumento de autoridad.

A día de hoy, muchos alumnos (jóvenes y no tan jóvenes), otorgan fe de verdad a todo lo que se publica en Internet. Alguna que otra vez, después de una explicación algún alumno ha levantado la mano y ha dicho aquello de: "pues éso no es así porque lo he visto de otra forma en Internet". Estas intervenciones no me preocupan en absoluto, al contrario; me gusta porque indican que existe un clima de participación en el aula, pero  en ocasiones tales  manifestaciones – basadas en Internet – son erróneas. Es precisamente, en ese momento cuando las luces rojas se encienden ante el sesgo de verdad que provoca la red en la transmisión del conocimiento. Por ello a mis alumnos les digo: "comprobar las fuentes contrastarlas". Se lo digo así para que perciban las diferencias y matices entre los mensajes encontrados.

A parte de este sesgo que suscita Internet, existe el sesgo de la inmediatez. Cuando escribes en un medio de comunicación son tantas las prisas por llegar a ser el primero dar la  noticia que se crean efectos inesperados en la circulación "a posteri" del mensaje. Me explico. En un Telediario de unos treinta minutos aproximadamente es muy difícil, por no decir imposible, contar la realidad "de cabo a rabo" sin dejarse ninguna coma en el camino. La función sintetizadora de los medios, no olvidemos que trabajan a contrarreloj, impide dedicar el tiempo necesario a analizar, o mejor dicho, desmenuzar los dos o tres minutos que duran las palabras dedicadas a ese menester. Por ello cuando se conoce de cerca el hecho sin que nadie nos lo haya contado. O mejor dicho, cuando eres de los primeros en filtrar por tus sentidos el hecho acaecido, es cuando uno se da cuenta del abismo existente entre: lo que nos cuentan los otros y la realidad filtrada por nuestros sentidos.

Ante estos sesgos informativos: la lejanía de la fuente, la falta de comprobación de las mismas y la inmediatez por querer llegar a tiempo; hay que ir con los pies de plomo para no nos confundan con aquéllos que sacan pecho y con toda la seguridad del mundo dicen, aquello de: "lo sé de buena tinta, lo he leído en la prensa o lo he visto en el telediario"; o con esos alumnos que abomban la voz con el conocido: "profesor: lo he visto en Internet".

Llegados a este punto debemos evitar leer siempre las mismas fuentes para darnos cuenta que a en ocasiones somos un rebaño, lo digo cariñosamente, que se nos lleva de aquí para allá sin pararnos a mirar el suelo que pisamos. Es importante reivindicar un cambio a las leyes que regulan el derecho de la información. No digo que sean para tirarlas a la basura. Ahora bien, no entiendo – y me da igual que ustedes me llamen cuadriculado – que los periodistas no digan cuáles son las fuentes de información que sustentan sus noticias. Si nos diesen ese dato, nos daríamos cuenta que mucho, mejor dicho, muchísimo, de lo que leemos en los medios de comunicación ha sido publicado tras la información vertida por el último de la fila.

Patatas, naranjas y melones

Mientras Alejandro – catedrático de Derecho Laboral – explica a sus alumnos el "principio de norma mínima", Luis María Linde y Esperanza Aguirre arrojan sus municiones contra los logros laborales. El Salario Mínimo Interprofesional (SMI), en palabras del viejo letrado, sirve para que cualquier trabajador, llámese abogado, peón o camarero, tenga garantizado un nivel mínimo de renta por encima de los umbrales de pobreza. Esta barrera jurídica impide al "vampiro del capital" – en referencia a Marx – exprimir con sus colmillos a los "cuellos azules" del "ejército de reserva". Los mismos cuellos azules – se refiere al atuendo del proletariado – que lucharon durante cien años para que su debilidad en la balanza se inclinase, un poquito más, hacia sus intereses de clase.

Sin SMI, dicen los seguidores de Aguirre y compañía, España sería más competitiva en los campos de batalla. Gracias a la eliminación de la barrera salarial,  los hombres fuertes del capital – o sea, los empresarios – contratarían más trabajadores por menos dinero. Habría más trabajo – en palabras de Josefa – y al mismo tiempo más compras en las calles del mercado. Subiría el consumo – dice esta señora de las tripas de Santiago – y ello serviría de palanca para que los flujos de la renta volviesen a sus cauces olvidados. Sin SMI, trabajaríamos más por menos pero, a cambio, conseguiríamos inculturizar a los nuestros con los mimbres orientales. Con los "minijobs de Rosell" – o dicho de otro modo, los cuatro cientos euros de nuestros vecinos germanos,  saldrían de las colas del antiguo INEM miles de parados. Miles de parados, cuya fuerza laboral no está en consonancia con el pulso del mercado. El precio del trabajo – en palabras de Josefa- es el indicador que sirve al economista para comprender el desequilibrio presente entre la Oferta y la Demanda. A 645.30 euros al mes – SMI 2013 – nuestra mercancía laboral sigue siendo cara para los bolsillos del patrono. Bajando el precio del sudor,  se conseguiría que nuestros compradores no tuviesen que buscar en lugares alejados, los sables de sus batallas.

Sin SMI, dicen los defensores de la barrera, corremos el riesgo de convertirnos en la Nueva China de Europa. La supresión de la medida implicaría un nuevo marco estructural para la Negociación Colectiva. La renegociación de los marcos salariales serviría – en palabras del viejo letrado – para estrechar, desde abajo, todos los eslabones de las cadenas profesionales. Actualmente las normas sectoriales no pueden establecer  para sus categorías inferiores, salarios por debajo del umbral Ejecutivo. Ahora bien, sin norma mínima mediante, la dictadura de las empresas cabalgaría a sus anchas por los contratos debilitados. Los "cuellos blancos" de los despachos dejarían para sus lazarillos las migajas de sus panes. Las mismas migajas que siglos atrás comían las manos ásperas del capital en los campos de labranza. Sin SMI – y en eso le doy la razón a Josefa – se encontrarían las curvas de la Oferta y la Demanda. Cierto. Ahora bien, se encontrarían, decía, en un punto de equilibrio muy por debajo de los umbrales de pobreza. Entraríamos en un mercado de trabajo orquestado por la subasta. Una subasta de mercancía barata sometida a una explotación consentida del derecho al trabajo.

La americanización de España, o dicho de otro modo, el desmantelamiento del Bienestar por el neoliberalismo occidental invita a la Crítica a posicionar su discurso en defensa del Salario Mínimo Interprofesional. Sin SMI, el mercado de factor – trabajo – se convierte en un mercadillo más de patatas, naranjas y melones. Un mercadillo, decía,  sujeto a los mismos abusos salvajes del capitalismo presente. Un escenario marcado por el precio como único indicador de ajuste entre la Oferta y la Demanda. Desde este prisma – por cierto: defendido por Aguirre y el banquero – los trabajadores no son considerados un recurso a optimizar sino un coste a minimizar para salvar los márgenes estrechos de competitividad. Un melón o una naranja más – como ustedes lo quieran llamar – cuyo precio de mercado está en función de lo que otros – los patronos – quieran pagar. Triste.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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