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Sobre Keynes y pensiones

Las pensiones han sido el principal escollo de la contienda electoral desde los tiempos adolfinos. Decía Andrés – pensionista alicantino – que los jubilados de este país deberían salir a la calle para defender sus intereses de clase. Desde que comenzó la crisis – decía este indignado del treinta y seis  -, los abuelos de Rajoy  compramos menos pan con el mismo parné. Primero fue la congelación de la paga, después el "recetazo" y ahora: la pérdida encubierta de poder adquisitivo con ese dardo envenenado de la "esperanza de vida". Es una vergüenza, decía este señor, que volvamos a los tiempos galdosianos. Los mismos años, pero dos siglos atrás, cuando los viejos representaban un estorbo económico para el ahorro y la prosperidad de la incipiente burguesía. 

Son precisamente estos fragmentos extraídos de los mentideros callejeros, los que invitan a la Crítica a vislumbrar las sombras que se esconden entre las arrugas de los mayores. La jubilación para el año 2027 del "baby boom" de los sesenta, probablemente borrará los acuerdos alcanzados en el Pacto de Toledo. La cuestión aritmética, o mejor dicho, el desequilibrio futuro entre: viejos y jóvenes, ha sido el argumento esgrimido por los "Sabios de Europa". Argumento esgrimido para encubrir la nueva hornada de recortes que se cocinan en los fogones merkelianos. Nueva hornada, decía, porque existen otros mecanismos – igual de eficaces – para garantizar el sistema de reparto, sin necesidad de tocar la hucha de las pensiones. 

Con seis millones de parados en las tablas de la EPA; una Tasa de Fecundidad encogida desde los cheques de Zapatero y una longevidad con tintes nipones,  resulta complicado materializar el Derecho a la Jubilación, garantizado por la Suprema. Para solucionar este embrollo demográfico existen dos recetas de calado político. Dos recetas antagónicas marcadas por el broche ideológico de sus detractores y defensores. Una, consiste en inyectar dinero para que los Ni Ni de ZP mantengan con sus cotizaciones a los longevos de Felipe. La otra, consiste en tensar la cuerda de las pensiones para que el vuelo de la Tercera Edad soporte en sus asientos al overbooking de los "viejos". La primera medida implica darle al botón del dinero y aumentar los porcentajes del déficit. La segunda, por su parte,  mantiene a raya nuestros deberes con Europa pero a cambio supone otra vuelta de tuerca más a nuestro endémico Estado Asistencial.

Con Políticas Activas de Empleo (Escuelas Taller, Talleres de Empleo, Planes de Choque, Talleres de Inserción Laboral, etcétera) "matamos – como diría el campanero de mi pueblo – dos pájaros de un tiro". Por un lado;  insuflamos oxígeno al enfermo juvenil y por otro generamos cash en la hucha de lo público, para pagar la factura del envejecimiento social. Por otro lado, con políticas pronatalidad conseguimos incentivar la fecundidad y corregir en el horizonte a largo plazo el déficit poblacional. Ambos remedios paliarían la cuestión aritmética, que decíamos atrás, favorecerían el bienestar de los mayores y adelgazarían las tasas alarmantes de desempleo juvenil. Todo esto está muy bien pero, sin embargo, los tiros de Europa no van por ahí.

Las medidas del párrafo anterior estarían bien si el paradigma político económico apostase por los planes Marshall al estilo americano. Pero, en esta parte del globo, queridos amigos y amigas,  las tornas no son así. Aquí, como ustedes saben bien, la cuadrícula alemana continúa su periplo por el discurso de la austeridad. Austeridad hasta decir ¡basta ya!, con tal de mantener la inflación y "salvar el culo", perdonen la expresión, a las élites de Bruselas. Con este marco político, basado en el sinsentido económico, los pensionistas se convierten en un lastre más para el Estado. Una carga social a la que hay que minimizar para que las cuentas de Montoro salgan bien paradas ante los ojos de la Troika. Mientras tanto, hoy en Japón, ha fallecido a los 116 años: Jiroemon Kimura, el hombre – dicen- más viejo del mundo. Entre los secretos de su longevidad ha sido comer mucho pescado. Quizás si en España comiéramos menos pescado no harían falta: ni políticas keynesianas, ni recortes merkelianos.

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