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De Unamuno y Amenábar

El otro día vi: "Mientras dure la guerra", la última de Amenábar. Hacia años que no iba al cine. Tantos que ni siquiera estaba casado ni peinaba tantas canas. La figura de Unamuno siempre atrajo mi atención. En los años de instituto leí: "San Manuel Bueno Mártir" y, desde entonces, siempre he estado vinculado a Miguel. La película, si quieren que les diga la verdad, me dejó con mal sabor de boca. El relato de la guerra, me pareció demasiado neutral. Tanto que Alejandro pasa de puntillas por la cara más cruda de la contienda.  Más allá de los paseíllos y los cadáveres en la cuneta faltó algo más de preámbulo sobre la vida en la República. Aparte de esta observación, me gustó el retrato que se hace de Unamuno. Un retrato que, sin embargo, no ha contentado – por las críticas leídas – al gran público. Y no ha contentado, como les digo, por el carácter contradictorio de Miguel. Por ese repliegue a los sublevados desde su alma republicana.

Tras salir del cine, visité a Peter. Según él, Unamuno no estuvo a la altura de las circunstancias. Su carácter arrogante impedía que vislumbrara los nubarrones en el horizonte de la plebe. No fue consciente de la crudeza del momento, ni tampoco se mostró receptivo ante los cientos de cartas que recibía con mensajes de socorro. El manto del prestigio social impedía que su Quijote interior percibiera la realidad con los ojos de escudero. Solo cuando los correveidiles de Franco arremetieron contra Salvador y Atilano, sus amigos de tertulia. Solo cuando vio afectada su zona de confort, fue cuando Miguel recobra la compostura. Y es en ese momento, cuando nuestro autor se enfrenta a Millán Astray en el Paraninfo de Salamanca. Carga contra la mediocridad de los sublevados, ridiculiza el razonamiento legionario y arriesga su vida ante la visibilidad de sus ideas.

La valentía de Unamuno estuvo salpicada por las manchas de su solapa. Manchas por su atornillamiento al sillón del rectorado, por sus donaciones a los sublevados, y por su apoyo – en nombre de la universidad – a la causa franquista. Tales manchas fueron – según Manolo, el cuñado de Peter – por los miedos y temores de Miguel. Por su temor, claro que sí, a correr el mismo riesgo que masones, rojos y protestantes. Y por su miedo a dejar huérfanas de padre y abuelo a sus hijas y nieto. Esa condición, de lo humano por encima de lo ideológico, explica por qué don Miguel se cambió tantas veces de chaqueta. Si hoy, por hache o por be, se montara otro enfrentamiento civil. Si se montara otra guerra, me decía Peter, los callados del ahora serían los menos perjudicados. Lo serían porque solo los intelectuales, aquellos que hacen públicas sus críticas políticas, son los primeros que aparecen en el punto de mira. Y todo ello, Unamuno lo sabía. Sabía que no merecía la pena morir por las ideas. Y sabía que, en ocasiones, la contradicción es necesaria como protección ante la vida. Salir de la contradicción fue su perdición.

Los restos de Franco

La exhumación de los restos de Franco alivia pero no cura la herida de su legado. Y no la cura, queridísimos camaradas, porque todavía existe un espíritu franquista en la Hispania del ahora. Todavía hay quienes dicen aquello de: "con Franco se vivía mejor" y, todavía hay nostálgicos de su simbología. Nostálgicos del "cara al sol", del águila y los Nodos que aplauden, sin decoro, el estribillo de su época. Más allá de los exiliados, de los rojos republicanos, hay quienes durante cuarenta años vivieron como marqueses bajo la sombra de Francisco. Tuvieron buenos trabajos y sus hijos fueron a colegios de pago. Tales afines al caudillo comulgaron con los principios del régimen. Fueron a misa los domingos, respetaron la integridad del matrimonio y no cometieron actos impuros.

La llegada de la democracia no acabó con el duelo del franquismo. Y no acabó, como les digo, porque sus principios ideológicos  fueron representados por la fragancia del fraguismo. Un partido democrático, de puertas hacia afuera, y con marcado conservadurismo retrógrado de puertas hacia adentro. Fue precisamente José María Aznar quien neutralizó el espíritu franquista. Él fue quien fusionó lo antiguo – la derecha fraguista – con lo nuevo – las cenizas del suarismo -. Gracias a su estrategia, la derecha consiguió enterrar el fantasma de la dictadura y reconquistar el poder en la era democrática. Así las cosas, durante cuarenta años, convivieron en un mismo saco extremistas y moderados del mismo espectro ideológico. La llegada de Ciudadanos y Vox ha supuesto la ruptura del hechizo. Ha supuesto la transformación de su encanto en la demacrada Cenicienta. Esta escisión de la derecha, en pleno siglo XXI,  ha traído consigo la afluencia de ciertos residuos franquistas.

Tales residuos franquistas debemos denunciarlos desde las trincheras de la crítica. Residuos en forma de ciertas actitudes xenófobas,  de defensa de los toros y los cotos de caza. Residuos en forma de privilegios a las sotanas, elogio a los colegios concertados y menosprecio a la clase trabajadora. Tales brisas franquistas, por desgracia, soplan en los prados de nuestra democracia. Y soplan, queridísimos lectores, porque todavía existe una nostalgia social por aquellos cuarenta años de rombos, Nodos y tricornios. Años de pseudointelectulidad, doble moral y empobrecimiento económico y geopolítico. La ruptura de la derecha aznariana ha dejado al descubierto ese pensamiento retrógrado que contamina al Estado Social, Democrático y de Derecho. Es necesario que los demócratas tomen conciencia de esta realidad sociológica. Una realidad que afecta a la convivencia y reaviva, de alguna manera, los miedos y temores del pasado. Así las cosas, Casado está preocupado. Preocupado porque quiere, a toda, costa refundir la derecha aznariana. Quiere, como les digo, esconder debajo de la alfombra los restos de Franco.

Crítica a Platón

Aparte de escribir en los pergaminos de este blog, me gano el pan como profesor de filosofía. Aristóteles, Descartes o Kant, por ejemplo, forman parte de mi vida. Tales autores son clásicos del pensamiento que, a pesar de los siglos, siguen vivos entre nosotros. Hoy, tras explicar, la idea de belleza de Aristocles – más conocido como Platón -, me ha venido a la mente una conversación que mantuve con Ernesto, catedrático de filosofía y, seguidor del Rincón. Según él, las ideas platónicas han resistido los ataques de la crítica. Más allá de los martillazos de Nietzsche, el platonismo – decía este lector – vive reencarnado en la religión católica. El mundo terrenal – como diría Agustín de Hipona –  está hecho a imagen y semejanza de Dios. Dicha "semenjanza" coincide, en parte, con el dualismo ontológico que defendió Platón. En parte, como les digo, porque para Platón el mundo sensible, más que una "semejanza del mundo divino", sería una "copia imperfecta" del inteligible, del ideal.

El pensamiento de Platón, repliqué a mi lector, no ha pasado la "prueba del algodón". Y no la ha pasado, queridísimos amigos, porque las mayores atrocidades de la historia europea reciente se han cometido por la búsqueda de la perfección. Esa perfección, que según Aristocles, estaba situada en el mundo de las ideas ha corrompido, en muchas ocasiones, la pureza de la razón. Así las cosas, en el siglo XX, miles de judíos fueron asesinados por no ajustarse al mimbre de una idea, la idea hitleriana de lo humano. Más allá de este uso torpe de la razón, las ideas de Platón no han pasado la prueba de lo absoluto. Aunque Platón "odiara" a los sofistas por su condición de relativistas, sus ideas tampoco han sido tan necesarias y universales como él las defendía. Así las cosas, el canon de belleza, por ejemplo, no es el mismo ahora que en la Edad Media. Luego existe un factor de temporalidad dentro de lo supuestamente perfecto.

La persecución de las ideas ha desembocado en utopías. Utopías como, por ejemplo, La República de Platón, el anarquismo y el fin de las ideologías, defendido por Fukuyama. El canon de belleza actual, invita a la irracionalidad. Una irracionalidad entendida, en términos orteguianos, como algo perjudicial para el cuerpo, para la vida. El modelo de mujer que desfila por las pasarelas – mujeres excesivamente delgadas – supone, en ocasiones, conductas alimenticias que acarrean problemas de salud. La anorexia o la bulimia, sin ir más lejos, ha llevado por el camino de la amargura a miles de jóvenes, y no tan jóvenes, cegados por la belleza en sí. La dicotomía entre dos mundos, uno perfecto y otro imperfecto implica una apología de la infelicidad. Los medios de comunicación – como marcadores de los cánones sociales – contribuyen, de alguna manera, a esa amalgama de sentimientos contrarios entre los perfectos – aquellos que se aproximan a los ideales sociales – y los imperfectos. Dos grupos que refuerzan su posición a través del sistema de clases. Un sistema que imita, como diría Platón, el ideal capitalista.

La derecha habla, la izquierda calla

Esta mañana, Javier Ortega Smith – secretario general de Vox y concejal en Madrid – ha dicho que las mujeres, conocidas como las 13 Rosas: "torturaban, asesinaban y violaban vilmente en las checas de Madrid". Al parecer, según él, en la Guerra Civil todos cometieron errores. Al oír estas palabras, me ha venido a la mente una conversación que, hace años, mantuve en El Capri. A eso de las dos de la madrugada, cuando no quedaba ni un alma por la calle, llegó un señor trajeado con el ABC en la mano. Corría el año 2008, España estaba gobernaba por Zapatero. Y la Ley de Memoria Histórica formaba parte de los foros callejeros. Para los simpatizantes del Pepé, la Ley era un ácido contra las heridas del pasado. Para los del PSOE, un bálsamo para la reconciliación entre hermanos. Aquel señor, como han podido intuir, era afín a la derecha. No sé cómo, me dijo que el relato histórico estaba tergiversado. Según él, nosotros – los rojos – también hicimos de las nuestras en tiempos republicanos.

Este señor, al parecer, era un industrial de las tierras alcoyanas. Se notaba, por su forma de expresarse, que tenía dinero en la cartilla. Hablaba con fuerza, con el cuello erguido y la barriga levantada. No tenía pelos en la lengua. Tanto es así que puso a parir a los "sociópatas", a quienes votamos a ZP. Habló de una supuesta conspiración por los atentados de Atocha. De la desgracia que España estuviera gobernada por Rodríguez Zapatero. Arremetió contra Carrillo, Anguita y todos los comunistas juntos. Tras tomar el cortado, nos echó la mano, "bueno señores, voy a seguir la marcha", nos dijo. Dejó dos euros de propina, arrancó el Mercedes y si te he visto, no me acuerdo. Peter estaba aturdido, se sentía mal porque no le había contestado. Mal, porque no le "había dicho cuatro cosas a la cara". Por callar lo que pensaba sobre Aznar, Rajoy y toda la derecha junta. La izquierda, contestó un señor que se hallaba en el fondo de la barra, casi siempre ha estado callada. Nunca ha hablado claro por su complejo de inferioridad.

La izquierda, nos decía ese señor – de aspecto desaliñado – sale a votar cuando la situación es insostenible. Vota cuando "de tanto tragar ha agotado la saliva". La izquierda calla, maldita sea, porque raras veces ha tenido alegría en los bolsillos. Por ello, por su situación de debilidad social, la derecha siempre ha tenido el monopolio de la osadía. Una osadía por la tranquilidad que supone el colchón del dinero. Movimientos como el 15-M surgen muy de vez en cuando. Surgen, queridísimos camaradas, cuando la situación es insostenible. Surgen cuando el rico progresa a costa del moribundo. Y surgen cuando existe conciencia de clase. Una conciencia de clase que  sirvió para la legalización de los sindicatos. Hoy, desgraciadamente, casi no hay conciencia. Hay mucha inconciencia de clase. El individualismo, la defensa del interés local, ha destrozado a la izquierda. No es admisible que hermanos ideológicos no construyan una propuesta de gobierno. Esa grieta de la izquierda, producto de su inconciencia, convierte las elecciones en un eterno retorno. Es necesario que la izquierda recupere su conciencia. La misma que reivindicó Marx en el siglo XIX.

De periodismo y utopía

El otro día, escribí: "Podemos, sueño y desencanto", un artículo que analizaba las luces y sombras de la organización morada. Acto seguido, muchos lectores cancelaron su suscripción al blog. No entendían, según me comentaba Alejandro, un periodista político afincado en Madrid, por qué – desde El Rincón – se "afeaba" a Pablo Iglesias. Como saben, este blog no recibe subvenciones de partidos, ni siquiera tiene una línea editorial definida. Estamos ante un medio de crítica plural, libre e independiente. Un "árbitro de las reglas de juego" que, aunque tenga sus inclinaciones, su crítica está por encima de la preferencia lectora. Y está por encima, queridísimos amigos y amigas, para minimizar el riesgo de caída en el servilismo periodístico. Estamos, en pleno siglo XXI, ante un modelo de prensa predecible y aburrido. Predecible porque el interés del capital prevalece sobre el interés general. Aburrido porque los empleados de los diarios escriben para el perfil de sus clientes.

Esta rebeldía contra los tentáculos del sistema supone un obstáculo para la consolidación del Rincón. Y lo supone, como les digo, porque son muy pocos lectores, quienes entienden el objetivo último del blog. Hace años, como saben, decidí apartarme de los medios. Fue una decisión difícil por el coste de invisibilidad que el asunto suponía. Me importaba un bledo, y así se lo dije a Peter, que la foto de mi cara firmara columnas semanales. La libertad de un hombre debería estar por encima del prestigio y la popularidad que otorgan los grandes medios. El miedo a perder cuota de mercado contribuye a que muchos articulistas, de izquierdas y derechas, pisen el freno cuando escriben para otros. Me contaba Alejandro que, en más de una y en más de dos ocasiones, ha reescrito sus artículos. Y los ha reescrito por el miedo a que una palabra mal dicha acabase con su puesto de trabajo. Es precisamente esta verdad – callada por algunos – la que hace que, entre todos, asesinemos el periodismo. Son, y perdonen por mi enfado, los intereses del mercado, quienes por su intransigencia impiden que los escribas salgan de sus celdas.

La defensa de una prensa libre roza la utopía. La "prensa libre" es una idea genial, de cara a la galería, pero casi imposible de puertas para adentro. Mientras el periodismo se realice con fines económicos. Mientras existan periódicos subvencionados por partidos y financiados por grandes corporaciones no habrá libertad. Y no la habrá, y lo digo como lo siento, porque el poder del dinero secuestra las intenciones. Son los intereses privados quienes mueven los hilos de muchas redacciones. Redacciones, como les digo, que – por cuestiones de supervivencia – no esputan en la olla que les suministra la comida. Y esta realidad, tan real como la vida la misma, es la que le resta calidad a la libertad de información y expresión. Por ello, solo blogs como El Rincón, blogs desiertos de dinero, pueden otorgar su granito de crítica libre al sistema. Aún así queda mucho por hacer. A pesar de las cuatro décadas que llevamos de democracia, no estamos lo suficientemente maduros para la lectura de textos contrarios a nuestras ideas. Esta falta de autocrítica, tolerancia y permisividad lectora explica, en buena parte, por qué somos presa fácil para las garras del populismo.

Podemos, sueño y desencanto

En los últimos días, he leído varios artículos referidos al 15-M. Al parecer, mucha gente siente nostalgia por la desaparición del movimiento. Una nostalgia que se relaciona, sin mucho sentido, con la escisión de Podemos en pablistas y errejonistas. Al parecer, la entrada de Más País en la trinchera política pone fin, según algunos columnistas, al platonismo que acompañó a los jóvenes de la Tuerka. Hoy, varios años después, de la fundación de Podemos estamos cerca de analizar por qué "el brazo político" del 15-M llora su derrota. Durante el momento álgido de la crisis económica – allá por mayo del 2011 – se produjo, en España, una caída de su modelo económico. Un modelo, como sabemos, desequilibrado desde el punto de vista sectorial y geográfico. Ese revés económico, popularmente conocido como el pinchazo de la burbuja, supuso un descenso brusco del empleo que tuvo sus efectos más dañinos en los jóvenes.

Fue precisamente esa indignación colectiva, ese cabreo con el dinero fácil del pasado y las penurias del presente, la que invadió de color la plaza Sol madrileña. Los partidos de izquierdas intentaron sacar rédito político de ese movimiento social abstracto, heterogéneo y apolítico. Y en ese intento de politizar el movimiento se fue fraguando, a fuego lento, Podemos. Un partido que supo, los años posteriores, sistematizar las inquietudes del 15-M. Así las cosas, el postzapaterismo y los recortes de Rajoy sirvieron a los líderes emergentes – Iglesias, Errejón y Echenique – de pretexto idóneo para redactar su relato. Un relato, como saben, basado en la utilización del cabreo social contra el establishment. De ahí, los términos de la "casta", los ataques contra la banca, la defensa a ultranza del Estado del Bienestar, la cuestión monárquica y otros temas que, hasta el momento, eran vacas sagradas. Esta estrategia tuvo, como saben, sus primeros resultados en las elecciones europeas. La obtención de cinco diputados alimentó, de alguna manera, el cuento de la lechera.

Podemos no supo gestionar su éxito. Y ese fue principalmente el motivo de su derrota. No lo supo por una serie de torpezas que todos conocemos. En primer lugar, sus resultados negativos en las primeras elecciones andaluzas. Digo negativos en contraste con lo esperado. Lo segundo, la frustración por el sorpasso socialista que, a bombo y platillo, anunciaban las encuestas. Lo tercero, la desmembración de su cúpula: Monedero, Bescansa y Errejón, entre otros. Lo cuarto, ciertas incoherencias entre su discurso público y su praxis en lo privado. Y lo quinto, entorpecer la investidura de Pedro. Si antes fue el referéndum catalán, quien marcó la línea roja, ahora ha sido el anhelo de sillones en el Consejo de Ministros. En estos momentos, Podemos tiene sus piezas muy mal situadas en el tablero de la partida. Por un lado, los probables mordiscos de Más Madrid. Por otro, la posible negativa de Sánchez a su consideración como socio preferente. Estamos pues ante un partido cuya única defensa pasa por el ataque. Ataque a Pedro por no aprobar su propuesta. Y ataque a Errejón por su desplante a Podemos.

De sofistas y verdades

Esta mañana he deambulado por las callejuelas de Atenas. Necesitaba, la verdad sea dicha, hablar con algún sofista sobre la democracia de Pericles. Allí, he encontrado a Gorgias. Tras un abrazo y apretón de manos, me ha preguntado por la Hispania del ahora. Le he dicho que aquí, dentro de un mes y medio, volveremos a votar. Y volveremos a votar porque, a diferencia de Atenas, nuestra soberanía se reduce al día de las urnas. Le he dicho que necesitaba que él, o alguien de su escuela – Hipias, Trasímaco, Calicles o Pródico, por ejemplo – me diera algunas clases de retórica, erística u oratoria. A pesar de mi condición de politólogo, de sofista del siglo XXI, necesito sabiduría clásica para ilustrar mis artículos. Según Trasímaco, y esto es lo que he aprendido en su primera clase, no existe la verdad. No hay nada que podamos ponerle la etiqueta de cierto. Esta incertidumbre omnipresente nos traslada al escepticismo, convencionalismo y empirismo político.

Sin verdad por delante, el único conocimiento que existe es la opinión. Una opinión que no distingue entre ser y parecer. Y una opinión, queridísimos filósofos, huérfana del conocimiento de la verdad o del científico, como diría Parménides o Platón. Así las cosas, lo único que podemos poner en valor es el arte del lenguaje. Un vehículo – el lenguaje – para construir el relato. Un relato basado en la convención y el relativismo moral. Esta conclusión, me contaba Trasímaco, le sirvió a Wittgenstein – muchos siglos después – para afirmar que la única realidad es el lenguaje. El lenguaje solo sirve, palabras de Gorgias, para emocionar, convencer y persuadir en la Asamblea. Un lenguaje, la palabra, que no sirve para expresar verdades universales y objetivas. Sin objetividad, el sofista se convierte – en palabras despectivas de  Sócrates y Platón – en "cazadores de sueños de jóvenes adinerados", "comerciantes de enseñanzas que alimentan el alma, "atletas de los debates", "charlatanes terribles" y "protitutos del espíritu". Según los detractores de la sofística, más allá de la opinión, dos más dos son cuatro aquí, en España, y en Pekín. 

En la Hispania del ahora, la sofística subyace en la idiosincrasia de los pueblos. Hoy, la postverdad ha asesinado a la verdad. Y la ha asesinado, queridísimos lectores, porque ha muerto el argumento de autoridad. Un argumento que Nietzsche defendió hasta la saciedad y que hoy, en la era de Internet ha perdido su valor. ¿Quién dice la verdad? Estamos ante la misma desconfianza que aludía Platón. El lenguaje se ha convertido en una herramienta para la consecución del poder. Estamos, como diría Aristóteles, ante la resurrección de una ética material. Una ética, como les digo, alejada del imperativo categórico, el mismo que defendió Immanuel Kant en su ciudad natal. Esta crisis de lo universal, de resurgimiento de lo parcial, nos ha llevado a la resurrección de Maquiavelo. Un filósofo cuyo pensamiento subyace en la praxis política del momento. Hoy, maldita sea, los políticos utilizan el lenguaje para construir el relato de su verdad. Un relato afín a los mimbres ideológicos de sus partidos y lejos, muy lejos, del interés general. Una sociedad, huérfana de verdad – que no lee, que cree en la pseudointelectualidad y que carece del argumento de autoridad – se convierte en un problema para la prosperidad.

Elecciones, Sánchez y los socios preferentes

En el 2014, escribí: "El péndulo político", un artículo que reflexionaba sobre el devenir de la política. En él, tal y como hizo Foucault con la filosofía, defendía que ésta es cíclica. En la historia, aunque las circunstancias sean distintas, existen estructuras que se repiten. Así las cosas, existe – tal y como dijo Hebert Spencer – un evolucionismo social que transita de la homogeneidad a la heterogeneidad y viceversa. Algo similar, queridísimos lectores, ocurre con la política. A ciclos de unidad le siguen episodios de ruptura y diversidad. Esta mañana, Pablo Casado llamaba a "copiar la refundación de Aznar del centroderecha". Esta voluntad escenifica, sin ir más lejos, el cambio de ciclo que se avecina. Un cambio de ciclo hacia un bipartidismo por bloques que ponga fin al fracaso del multipartidismo. Un multipartidismo que será difícil de apagar desde las filas de la izquierda.

La irrupción de Íñigo Errejón a la palestra nacional, más allá de poner en evidencia la escisión de Podemos, cambia el comportamiento electoral. La posible abstención, anunciada a bombo y platillo por los medios de la caverna, no será tan significativa el día de las urnas. El paso del tiempo, siete semanas de hoy hasta el 10-N, erosionará buena parte del cabreo colectivo. La estrategia de Pedro Sánchez pasa por construir un relato basado en la coherencia y el victimismo. Coherencia por no pactar con los nacionalistas y por cumplir, a rajatabla, el "con Rivera no" que le clamaron los suyos. Victimismo por no configurar un gobierno ante las exigencias de Podemos y los obstáculos de las derechas. A estos dos pilares del relato socialista hay que sumar los  logros en sus doce meses de gobierno. Coherencia, victimismo y logros son los dardos que empleará Pedro en la lucha de contrarios. Con esta estrategia, el éxito del PSOE estaría asegurado; siempre y cuando el líder de Podemos no remonte en las encuestas.

La campaña se presenta como una lucha aguda entre los líderes de la izquierda frente a la cuasi unión de las derechas. Los reproches de Pedro Sánchez a Pablo Iglesias, y viceversa, tendrán como finalidad la destrucción recíproca del adversario. A esta estrategia, de polarización roja, hay que sumar los embates de Íñigo. El exmilitante podemita pescará miles de votos en las aguas de Pablo. Con el mordisco de Íñigo a Podemos, la debilidad de este – desgraciadamente – está servida. El día después del 10-N es muy probable que sigamos con el multipartidismo. Pero un multipartidismo más cercano del acuerdo. Tras el rifirrafe electoral entre Podemos y PSOE resultará muy probable que Sánchez cambie de socio preferente. Es muy posible que Pedro baile con Íñigo y, al mismo tiempo, luche por la abstención de Ciudadanos. Una abstención fácil si tenemos en cuenta que los tres – Pedro, Iñigo y Albert – están situados en el centro del espectro. Difícil si sumamos la ambigüedad clásica de Ciudadanos.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
    [email protected]

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