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Sobre la DANA y el periodismo ciudadano

Esta semana, la Vega Baja del Segura – la tierra que me vio nacer – ha sido noticia a nivel mundial. Noticia, queridísimos lectores, por culpa de la DANA, el temporal que azota el levante español desde hace un par de días. Días en los que la investidura de Pedro Sánchez ha pasado a un segundo plano. Y días donde la UME ha sido la protagonista en los sumarios de la mañana. Hoy, a diferencia de hace treinta años, las catástrofes climatológicas son más llevaderas. Y lo son, como les digo, porque la interconexión a través de los móviles y las redes sociales hace que el grito de socorro sea más oído. Me contaba Peter que, en la riada del ochenta y siete, la función de la radio fue clave para la coordinación de los equipos de emergencias. Recuerdo que la emisora de mi pueblo – Radio Callosa – emitió, durante veinticuatro horas seguidas, un especial "inundaciones". Gracias a esa emisión supimos el paradero de José, Manolo y decenas de vecinos. Vecinos que, tras la jornada laboral, quedaron atrapados en los coches de la época

Hoy, la coyuntura es distinta. Distinta porque los móviles y las redes sociales permiten que la angustia ciudadana sea más llevadera. Más allá del postureo político, de Instagran y la foto de políticos trajeados en las calles inundadas, el mérito es para los avances tecnológicos y la función del ejército. La llegada de políticos al lugar de la tragedia, nos recuerda a aquel alcalde anglosajón que, gracias a las botas verdes, ganó las elecciones. Es precisamente la UME, Guardia Civil, Policía Local y los bomberos quienes deberían, entre otros, aparecer en los selfies de cientos de damnificados. Son ellos, maldita sea, y no los políticos quienes deberían ostentar el mérito colectivo. Y son ellos – y no los políticos – porque, en muchas ocasiones, las consecuencias nefastas de ciertas inundaciones son provocadas por la mala praxis en las políticas urbanísticas. Así las cosas, sería urgente que las corporaciones locales tomaran cartas en el asunto. Sería urgente que los ayuntamientos hicieran una revisión de sus planes urbanísticos. Una revisión de las edificaciones ilegales en los caudales de las ramblas. De las rotondas en lugares equivocados y de casoplones en medio de la huerta.

Ante momentos catastróficos, como los vividos esta semana, los medios de comunicación deberían reconsiderar su función. Digo deberían, y digo bien, si no queremos caer en la prostitución de la información. Una prostitución marcada por la circulación de miles de fotografías repetidas en la selva de los aparatos. Es precisamente, ese aluvión de noticias procedentes del boca-oído colectivo el que ningunea la labor del periodista. Para ello, para que ambos medios – el periodismo ciudadano y el profesional – coexistan en un mismo espacio, es necesario que el segundo reinvente su función. Hace falta que el periodismo profesional se convierta en la voz crítica del otro. Un periodismo de entrevistas, de voces técnicas y formación social sería una apuesta segura para sobrevivir a la amenaza de su depredador, la corresponsalía ciudadana. Corresponsalía compuesta por millones de personas que, desde cualquier rincón del mundo, inmortalizan el suceso y lo hacen noticiable.

La inmediatez ya no es la ventaja competitiva de los medios audiovisuales frente a las tortugas del papel. La inmediatez ciudadana invalida la espera informativa de los tiempos ochenteros. Sin el monopolio de la exclusividad visual, sin el obstáculo de la distancia y sin el control de la agenda setting; los medios de comunicación están enfermos de por vida. La cura pasa, como subrayo en el párrafo de arriba, por la crítica informativa. Una crítica consistente en contrastar, desmentir y esclarecer lo que se vierte desde el periodismo ciudadano. Hace falta que los medios se conviertan en los jueces, o los guardianes, del fenómeno informativo. Un fenómeno que no podemos frenar pero sí gestionar con las herramientas profesionales. El medio de toda la vida, el periódico bajo el brazo, se ha convertido en un artilugio para nostálgicos del pasado. Ante este panorama, desolador, el periodista debería convertirse en un gestor, u organizador, de la información callejera. Una información, la mayoría de las veces, con sesgos de postverdad y cantidad.

Réquiem por Alberto

Tras el entierro de Alberto, me dejé caer por El Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, emborracharme con la soledad de mis rarezas. Una soledad amarga como la que sentiría Sócrates en los minutos antes de beber la cicuta. Mientras tomaba café, llegó Juana, una mujer a deshoras de las tripas de mi pueblo. Me preguntó por Diana, mi perrita de tres años. Le conté, días atrás, que le había salido un bultito al lado de una patita. Hoy, gracias a Dios – como diría un cura del franquismo – se encontraba bien. Hablamos de Alberto, del bicho que le picó. La vida, querida Juana, son dos días. Uno para aprenderla y otro para vivirla. Uno para explorar el camino y otro para andar con cuidado. Recuerdas, me dijo, cuando estudiábamos octavo de EGB. Recuerdas cuando tú y yo catábamos el "sufre mamón" en la clase de don Manolo. Hoy, la vida nos ha devuelto los frutos de lo labrado. A ti, una mujer y una hija. A mí, una vida de alcohol, drogas y desenfreno.

Mientras hablaba con Juana, recibí un wasap de Alberto. Un wasap del mismo señor que horas antes habíamos enterrado en el nicho del cementerio. Abel, pásate por mi casa y te llevas el libro de mi marido. Él me dijo que te lo regalara. Quería que lo leyeras, que le dijeras si te gustaba. En la foto de perfil estaba él. Estaba con su frente despejada, abrazando a su mujer, con el fondo de París. Y yo que pensaba que morir era el fin. Que tras la muerte "no hay na de na". Que somos un animal como Diana o un coche, como mi Peugeot, que algún día “ni palante ni patrás”. Yo que nunca creí en el cristianismo de Platón. Y yo que siempre defendí a Nietzsche cuando hablaba de la muerte de Dios. El wasap de Alberto, me hizo reflexionar. Por un momento creí que alguien me llamaba del más allá. Sentí un cosquilleo en el estomago, el mismo que sintió Juan de la Cruz o María Teresa de Jesús cuando experimentaban con Dios. Enseguida supe que no. Enseguida supe que me gustaría creer. Me gustaría, maldita sea, creerme el relato de los curas. De esa manera quizás, hoy, sería más feliz.

Tras llegar a casa, no podía dormir. El recuerdo de Alberto impedía el estado de relajación. Me acordaba de cuando jugábamos al futbolín. De cuando quería pedir de salir a su mujer. De cuando nos emborrachamos como cubas en las fiestas de San Roque. Y de cuando Juana se acostó con él. Me acordé cuando estaba indeciso entre votar o no votar y, tras mucha insistencia, votó al PSOE. Votó a Pedro, el mismo que le echó la mano en la Casa del Pueblo cuando nadie daba un duro por él. El mismo que le dijo: "Alberto de esta tenemos que salir". Y el mismo que resucitó su ilusión por la política. En la cama, leí todos sus wasaps. Wasaps escritos sin faltas de ortografía, sin palabras a medio terminar. Wasaps de quien se acuerda de ti. De quien te escribe para preguntarte cómo estás. De quien te felicita por tus logros. De quien se alegra por tu bien. Así era Alberto. Tras leer sus mensajes decidí tenerlos ahí. Decidí no borrar sus wasaps. En los tiempos tecnológicos todos pueden vivir. Un abrazo, amigo.

Bipartidismo por bloques

El otro día, recibí un correo de André, un politólogo francés que sigue el blog desde los tiempos indignados. Aparte de impartir clases en el Instituto de Estudios Políticos de París, escribe columnas de opinión para diversos medios del país. Hijo de emigrantes andaluces, no entiende por qué, en la Hispania del ahora, el multipartidismo ha fracasado. No entiende por qué la partidocracia está por encima de las luces largas del suarismo. La fragmentación de la izquierda y la derecha solo ha servido para la parálisis institucional. Una parálisis que daña nuestra imagen internacional, desincentiva la inversión económica y desalienta la soberanía popular. La falta de entendimiento entre Iglesias y Sánchez pone en evidencia el abismo que existe en el núcleo de la izquierda. Un abismo que justificaría, de alguna manera, la convocatoria inminente de nuevas elecciones.

Más allá de las nuevas elecciones, España tiene dos problemas esenciales. Uno, estructural y otro, cultural. El primero tiene su origen en la rigidez constitucional. La dificultad para cambiar nuestro sistema electoral, nuestras reglas de juego, impide corregir el sesgo de las investiduras fallidas. La necesidad de más síes que noes supone, en ocasiones, escenarios de aritmética parlamentaria complicados de salvar. Escenarios como el actual donde el candidato más votado quiere y no puede gobernar. Esta paradoja democrática, e institucional, conduce a un callejón sin salida. Un callejón de tiempos perdidos, estancamiento institucional y desesperanza electoral. Así las cosas, la reforma constitucional serviría para que gobernase, tras dos investiduras fallidas – por ejemplo -, el partido que atesorase más diputados en los escaños del hemiciclo. De esta manera, Sánchez sería, en este caso, – si fallara un hipotética segunda investidura – el presidente del Gobierno. Esta medida consistiría en extrapolar las reglas del corporativismo local – la constitución de los ayuntamientos – a la esfera nacional.

El segundo problema esencial, el cultural. La cultura política de nuestro país explica, en buena parte, su ingobernabilidad. Desde los tiempos felipistas, la izquierda siempre se ha llevado mal. Más allá de la unificación de las derechas por parte de Aznar, la izquierda nunca ha estado unida. Nunca ha habido una fusión o absorción del pez grande sobre el chico. Y nunca ha habido una integración formal y pacífica entre "comunistas" y "socialistas". Esta enemistad entre "rojos buenos" y "rojos malos" no ha sido un obstáculo hasta el momento. Y no lo ha sido, queridísimos amigos, porque el socialismo de Felipe siempre tuvo el comodín nacionalista. Hoy, las tornas han cambiado. Los socios nacionalistas,  son condición necesaria pero no suficiente para salvar la investidura. Hace falta que entre rojos haya acuerdo. Hace falta que el socialismo se "podemice" y que Podemos se "socialice". Solo así, cosiendo un frente popular se conseguiría un bloque de izquierdas. Un bloque que, tarde o temprano, tendría su respuesta en una unificación de las derechas. De esa manera, entraríamos en un bipartidismo por bloques ideológicos. Un bipartidismo necesario para evitar la reforma constitucional y conseguir la estabilidad parlamentaria.

La pseudointelectualidad

El otro día, Fernando Vallespín escribía, en los pergaminos de El País, una columna sobre la crisis de la intelectualidad. Decía, este politólogo y profesor universitario, que los tertulianos de plató se han convertido, por desgracia, en líderes de opinión. Tras leer su artículo, le puse el collar a Diana y deambulé por la orilla de "los locos", la playa donde veraneo. Mientras caminaba, oí – en los mentideros de la arena – a señores de pelo blanco como apelaban a tertulianos de la tele. Apelaban a ellos, como les digo, para defender sus posiciones. Decía Comte, el padre de la sociología, que, de en vez en cuando, es necesario el ayuno intelectual. La desintoxicación mediática serviría a la Doxa – a la opinión de la calle, en términos platónicos – para construir una razón libre, plural e independiente. Hace falta, queridísimos lectores, que el espíritu crítico resucite en la Hispania del ahora. Una sociedad que se nutre de fuentes deficientes corre el riesgo de caer en la trampa del populismo.

Ante esta situación, es necesario que la filosofía recupere su función. Es necesario, y disculpen la repetición, que vuelvan los tiempos de Kant. Tiempos obligados para no caer en las redes de la manipulación. El análisis de las fuentes – de dónde salen las palabras – es fundamental para salvar la intelectualidad. La crisis de las humanidades, el auge de lectores de novela y el descenso acelerado de los libros de ensayo contribuyen, de alguna manera, a la pseudointelectualidad. Más allá del fomento de las letras; los periódicos deberían prescindir de algunas voces en sus firmas de opinión. Voces que – al margen de su popularidad – carecen, por déficit de formación, de los mimbres necesarios para opinar con propiedad. La complejidad de la actualidad nacional, y sobre todo internacional, requiere de filósofos, politólogos y sociólogos. Una sociedad que construye su opinión mediante el argumento de perfiles generalistas – de literatos y verborrea imprecisa – se convierte en un caldo de cultivo para la manipulación y el engaño.

La crisis que azota el periodismo no se salvará sino salvamos antes a la intelectualidad de la pseudointelectualidad. Más allá del sensacionalismo barato, de los sucesos y la sangre, hace falta análisis. Análisis de los fenómenos noticiables mediante el rigor de los expertos. Los expertos son quienes deberían abanderar las columnas de opinión. Son ellos, y no las firmas de siempre, quienes están más capacitados para comentar los resultados del CIS, la crisis de gobierno o el aumento del paro, por ejemplo. El periodista, aparte de saber hablar y escribir, necesitaría complementar sus estudios. Si no lo hace, si se conforma con los conocimientos generales, adquiridos en la Facultad, se convierte en un profesional incompleto para las exigencias de su función. Así las cosas, el periodismo debería ser adjetivo. Debería convertirse en un postgrado. Un postgrado que sirviera como colofón académico a los cimientos del oficio. Si seguimos así, si no hacemos nada. Si no exigimos calidad y rigor a la opinión mediática, asistiremos al funeral de la crítica. Algo nefasto para la sociedad del engaño.

Tributo a Granada

Después de una semana, perdido por las callejuelas de Granada, tomé café en El Capri. Hacía tiempo que no me dejaba caer por allí y, la verdad sea dicha, echaba de menos a Peter. Le regalé un llavero que compré en una tienda del Albaicín. Un llavero, como les digo, de dos euros y pico con la imagen de la Alhambra. A Peter le gustó. Le gustó porque él siente una gran devoción por las tripas granadinas. En los tiempos del franquismo, su padre fue desterrado allí. Desterrado por hablar más de la cuenta, por decir lo que pensaba al vecino inadecuado. Fueron, me cuenta Peter, momentos crudos para los suyos. Momentos de hambre, de pantalones remendados y miradas de odio por los correveidiles del caudillo. En Granada, su padre vivió durante cuatro años en la posada de Gabriela. Una posada a orillas del Darro, en el barrio del Violón.

Al lado de la posada, me cuenta Peter, había una fábrica de chocolate. Después de doce horas de trabajo, en los rastrilladores del cáñamo, su padre paseaba por aquellos rincones. Rincones de desterrados, de apestados del régimen que sufrían en silencio la lejanía de los suyos. Su tío Manuel, el hermano de su padre, estaba preso en Alicante. Preso por la misma causa que "cara de patata", el poeta de Orihuela. Preso por intentar escapar a pie de la Hispania del caudillo. En la cárcel sufrió las consecuencias de ser alguien visible en los tiempos de República. Allí le azotaron y allí, queridos camaradas, murió tiroteado a las seis de la mañana. Hoy sus huesos yacen revueltos debajo de cientos de cruces de bambú. Su tía María también sufrió las miserias de la época. Tanto que, dicen las malas lenguas, se dedicó al oficio más viejo del mundo. Curas, nobles y burgueses la miraban de reojo cuando paseaba a deshoras por el parque de su pueblo.

En Granada, me cuenta Peter, los hijos de los ricos iban a la Abadía del Sacromonte. Iban a estudiar a la primera universidad privada de España. Una universidad donde estudiaron grandes ilustres como Saavedra Fajardo, por ejemplo. Allí, en las callejuelas del Albaicín se cruzaban las chaquetas de la nobleza con los pantalones remendados de los rojos. Era, le contaba su padre, una ciudad de contrastes. Una ciudad encantadora para los ojos de Carlos V y nefasta para los desterrados de Francisco. Hoy, le contaba a Peter, los turistas saborean los Piononos de Santa Fe y Soplillos de la Alpujarra. Degustan el jamón y comen comida turca en las calles del Albaicín. Mientras iba en el autobús, de regreso al hotel, conocí a un cura jubilado. Me dijo que en el fondo del Darro ya no quedaba Dauro. Ni siquiera quedaban sapos, ni ranas. Ni tampoco, nostálgicos de Quevedo caminando cabizbajos por el claustro de la Cartuja. En la pared del Capri, detrás de la barra, luce un almanaque de Granada. Un almanaque con niños jugando a la pelota en el paseo del Violón.

Sobre ética y Open Arms

Tras varios años sin saber de él, el otro día recibí un wasap de Kant. Me preguntaba el filósofo de Könisberg por la situación del Open Arms y sus posibles soluciones. Le dije que su ética, aquella máxima de "no hagas aquello que no te gustaría que te hicieran", no se cumple en la Hispania del ahora. En pleno siglo XXI, la paz perpetua y la alianza entre naciones no ha pasado de la mismísima utopía. Y no ha pasado, queridísimos lectores, porque la Declaración Universal de los Derechos Humanos se quedó en agua de borrajas. La dignidad de las personas, aquella que nos distingue como humanos. Aquella que nos hace únicos e irrepetibles no sirve de fundamento para las políticas migratorias. Y no sirve, como les digo, porque los costes económicos prevalecen sobre el sufrimiento de los otros.

El problema del Open Arms no es otro que un dilema moral. Moral por la difícil decisión entre un desembarco ilegal – con penas de cárcel y altas multas económicas – o dejar el barco a la deriva. Una deriva, como saben, que pondría en riesgo la supervivencia de ciento cincuenta hombres de carne y hueso como nosotros. La solución pasaría porque algún país costero – Italia, Malta o España, por ejemplo – autorizara, de una vez por todas, el ansiado desembarco. Esta autorización no sería tan fácil como parece. Y no lo sería, desde los prismas políticos, porque infringiría la política migratoria. Supondría, en palabras del filósofo, un agravio comparativo con aquellos que se destrozan las manos en la valla de Melilla. Con aquellos que mueren ahogados en cayucos hacinados. Y con aquellos, y disculpen por la redundancia, que piden asilo desde los campos de refugiados. Más allá de estos perjuicios, el desembarco suscitaría desequilibrios en las cuotas migratorias, en las macromagnitudes europeas y en la solidaridad intercomunitaria.

Sin autorización mediante, no quedaría otra que apelar a los Derechos Humanos. Derechos basados en la dignidad. Y derechos que deberían prevalecer sobre los intereses políticos. Derechos, como la libertad, la intimidad, la no discriminación y la integridad física y psíquica, no quedan garantizados a bordo del Open Arms. Y no quedan, queridísimos amigos, porque ciento cincuenta personas malviven en ciento ochenta metros cuadrados en un barco a la deriva. Personas que luchan por satisfacer las primeras necesidades de la pirámide de Maslow. Y personas que buscaron el sueño de sus vidas y encontraron el miedo ante la muerte. Ante esta situación – de hacinamiento, hambre, sueño, angustia y discusiones por un trocito de sombra en la cubierta del barco -, el Primer Mundo no debería mirar hacia otro lado. Y no debería, maldita sea, porque las personas – sean blancas o negras, pobres o ricas – son más importantes que las fronteras y naciones. Son en estas situaciones extremas – de sufrimiento y desencanto -, cuando se sabe a ciencia cierta quién es quien en el campo de batalla.

¡Ave Pedro!

Después de doce años impartiendo clases de Formación y Orientación Laboral, este mes he obtenido la plaza de Filosofía en la Comunidad Valenciana. Necesitaba reinventar mi sino, deconstruir el pasado y afrontar con energía nuevos retos y alegrías. Tras treinta días, encerrado en la cárcel del propósito, hoy he visitado a Peter. Le he comunicado la noticia e invitado a café a Jacinto, el marido de Gabriela. Allí, en la soledad de la barra, he leído Información, un diario de la zona. Entre sus páginas, la misma música que sonaba antes del desembarco: la investidura fallida de Sánchez y el fantasma de las nuevas elecciones. Al parecer, leo con atención, las soluciones pasarían por la abstención de las derechas o la sustitución de Pedro Sánchez. Otras soluciones, más absurdas que reales, serían la proclamación de Casado mediante la abstención socialista.

Tras leer el periódico, he vuelto a casa. Allí, en la soledad de mi despacho, he recibido un wasap de Platón. Según el discípulo de Sócrates, la democracia ateniense solo ha servido para que gobiernen los inadecuados; aquellos que por sorteo son elegidos. Es necesario, maldita sea, que gobiernen los filósofos. Un país no puede estar en manos de los necios. Y no puede, me decía, porque se necesita abstracción, altitud de miras. Luces largas, en la jerga del ahora, para que el rumbo de una nación sea algo más que un cúmulo de palos de ciego. En la Hispania del presente, el multipartidismo se ha convertido en un problema de Estado. Un problema, como les digo, porque el exceso de democracia ha desembocado en la parálisis. Una parálisis en forma de elecciones y reelecciones, de investiduras fallidas y mociones de censura. Esta quietud, de retórica barata y enfrentamiento político, trae consigo una desafección ciudadana por los asuntos de la polis. Desafección en forma de abstención electoral y desinterés por las élites.

Agotada la vía de Podemos – la propuesta de dos gobiernos en uno – solo quedaría recurrir a la abstención. Es necesario que las derechas dejen gobernar a Pedro Sánchez. Y lo hagan, por deuda histórica, como hizo el socialista en los tiempos marianistas. Dicha abstención, queridísimos lectores, no tendrá lugar. Y no tendrá lugar, y disculpen por mi pesimismo, por el miedo que supone dejar gobernar al líder socialista. Miedo por la posible muerte de Podemos y Ciudadanos. Muerte de Podemos ante la vuelta de tuerca a las políticas sociales. Y muerte de Ciudadanos por la reducción de su discurso al tema nacionalista. Un discurso que, sin los apoyos catalanes a la investidura de Pedro, no tendría sentido en la contienda política. Son precisamente  esos temores políticos, y no otros, los que impiden que tanto Pablo como Rivera dejen gobernar al socialista. Unos temores que se agudizan ante la inminente caída del multipartidismo y la vuelta al bipartidismo. Una vuelta al pragmatismo en detrimento de la parálisis que supone una democracia exacerbada. ¡Ave Pedro, morituri te salutant!

Votar, ¿para qué?

Hace tiempo, escribí "La España ingobernable", un artículo que reflexionaba sobre el probable fracaso del multipartidismo. Hoy, cuatro años después, la hipótesis se mantiene en pie. Y se mantiene, queridísimos lectores, porque sin la abstención de Ciudadanos y sin el sillón que pide Podemos, es posible que volvamos a votar a mediados de noviembre. A pesar de que fuimos un país ejemplar en los tiempos postfranquistas. A pesar de que consensuamos la Constitución y los Pactos de la Moncloa, lo cierto y verdad es que las circunstancias del suarismo eran distintas a la Hispania del ahora. La mochila de cuarenta años de Nodo, de tricornios y sotanas todavía mandaba mucha romana en el sufrimiento colectivo. Un sufrimiento que pedía a gritos la lucha por el interés general, el Estado Democrático y la paz social. Una pelea que evitaba, a toda costa, el interés parcial, la dictadura y la crispación social.

Hoy, España se parece más a la Franja de Gaza que a los países escandinavos. Y se parece más, salvando las distancias, por la dificultad para llegar acuerdos, por las líneas rojas de los rivales y, por si fuera poco, por la frustración y nihilismo que sufren sus ciudadanos. Más allá del interés partidista, de las heridas de la Guerra Civil y del surco que ha supuesto tres décadas de turnismo y bipartidismo; las causas de esta parálisis se hallan en las propias reglas de juego. Son las reglas, maldita sea, las que impiden que el mejor jugador gane la partida. A diferencia de los ayuntamientos y diputaciones, en el Congreso mandan los síes por encima de los noes. La aritmética electoral se convierte en un juego de suma cero. Un juego, como les digo, donde la victoria electoral, siempre y cuando no sea absoluta, no es condición necesaria ni suficiente para gobernar. Así las cosas, el multipartidismo, tal y como está diseñado el tablero, se convierte en un obstáculo para la estabilidad y la gobernabilidad. Un obstáculo que no se salva con nuevas elecciones sino con un cambio legal.

Aunque volvamos a votar – escaño arriba, escaño abajo – el resultado estructural no cambiará. Y no cambiará, y disculpen por mi pesimismo, porque en este país cada partido lucha por su cuota de mercado. Y lucha, maldita sea, protegiendo su producto por encima de posibles alianzas y fórmulas de cooperación. Ante esta partidocracia, marcada por la cultura de la competitividad y la desconfianza, es muy complicado vehicular aritméticas basadas en el consenso y la durabilidad. Estamos, como diría Hobbes si viviera, ante una jungla de miedos y temores. Una jungla donde, tarde o temprano, la democracia enfermará. Y enfermará por el hartazgo social que supone, una y otra vez, volver a votar a cambio de nada. Este desgaste democrático alimenta el fantasma del nuevo populismo. Un nuevo populismo que probablemente pondrá voz al nihilismo social actual. Un nihilismo que se manifiesta en expresiones como: "los políticos no se entienden", "lo importante son los sillones" y "votar, ¿para qué?".

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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