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De cubatas y sobrasada

Ayer, tras cenar con los míos, bajé al Capri. El humo y la música ochentera inundaban el garito de miradas y pecados. En la pista estaban las cuatro busconas del barrio. Mujeres de la noche, con pantalones apretados y escotes por el ombligo. Rubias de bote con lentillas de colores, y con los dientes amarillos de tanto fumar Ducados. La Nochevieja, me decía Jacinto, es una noche falsa. Una noche donde el maquillaje disimula los surcos de las arrugas. Y una noche donde los deseos de prosperidad forman parte del protocolo. Peter estaba pletórico. Llevaba su traje a rayas, el mismo que se puso hace cuatro años para la boda de Sofía. Tras un fuerte abrazo, le pedí un carajillo. Necesitaba, la verdad sea dicha, desatascar mi intestino de tantos langostinos. A dos taburetes del mío estaba Manolo, el pavimentador de mi pueblo. Manolo es un hombre sencillo. Un hombre que para ser feliz solo necesita un buen vaso de vino.

El garito estaba abarrotado. Lleno de señores trajeados. Trajes, en su mayoría, antiguos como los cuadros de Picasso. Trajes grises y negros, con pantalones acampanados y americanas marineras. Mientras movía el carajillo, me vino a la mente las palabras de mi abuelo. Abel, me decía: "nunca te fíes de los hombres con traje". Hay ladrones de gallinas y delincuentes de ilusiones. Los primeros, son pobres desgraciados. Pobres con vaqueros remendados y angustias en los bolsillos. Los segundos, son vampiros de oficina. Hombres con corbata, palabras refinadas y gatillos oxidados en el interior de sus estómagos. Hay hombres a deshoras donde el único traje que tienen es el de su boda. Ese traje se lo suelen poner el día de Nochevieja para impresionar a las fulanas. Y es el mismo que algunos eligen para el día de su muerte. A las tres de la madrugada, el que más y el que menos se ha desabrochado el botón de la camisa. A esas horas, muchos bailan el "Nel blu dipinto di blu" con los faldones por fuera, y los pantalones tan bajos que se parecen a Cantinflas.

En la calle, el vómito de la Juana se transforma en el plato de Kuki, el perro de Gregorio. Separada desde hace cuatro meses, el gintonic se ha convertido en su segunda casa. El aseo del garito es un ir y venir de hombres malolientes y mujeres sin decoro. Mujeres alegres, unas más guapas y otras más feas. Mujeres, rubias y morenas, con el tubo en la mano, bailando al son de los cubitos y con el maquillaje grasiento de tanto mover el culo. A esas horas, a las cinco de la madrugada, todos los gatos son pardos. La gente está fuera de sí por el efecto de los cubatas. Tanto que el tímido se convierte en aquel político carismático en lo alto de la tribuna. Y tanto que algunas cincuentonas bailan como si fueran adolescentes alocadas en medio de la playa. A esas horas, Peter suele sacar rebanadas de pan con sobrasada. Es una vieja costumbre para apaciguar las aguas antes de que el alba asome por la ventana del garito. A las diez de la mañana, El Capri está cerrado, con las persianas bajadas a cal y canto. Por la calle pasan hombres trajeados y mujeres bien vestidas. Gente, como dirían algunos, que no salieron de casa el día de Nochevieja.

El problema laboral

El otro día, mientras caminaba por las calles del vertedero, tropecé con un titular que despertó mis neuronas. Según Unai Sordo, secretario general de CCOO, "si con el nuevo Ejecutivo no hay cambios en la legislación laboral, iremos a un escenario de movilización". Un "escenario de movilización", o dicho más claro, de huelga laboral, tras casi una década de sequía sindical. Tras casi diez años, maldita sea, sin apenas protestas callejeras; más allá del postureo del uno de mayo. Por ello, ante estos titulares, la crítica no puede pasar de puntillas. Y no puede pasar, queridísimos camaradas, porque no hay excusas para la parálisis. Seguimos con la Reforma de Báñez. Aquella que dinamitó el Estatuto de los Trabajadores y tiró por la borda los logros sindicales de los años felipistas. Estamos inmersos en el mileurismo, la temporalidad y el éxodo de talentos.

El multipartidismo y la inestabilidad política han silenciado el grito del asfalto. La brevedad de las legislaturas ha perjudicado, y mucho, la acción sindical. Tanto es así que sus líderes han perdido el poder de influencia de los tiempos olvidados. Hoy, con el SMI y las prestaciones congeladas, los sindicatos deberían actuar. Es necesario que el sindicalismo influya en los ejecutivos, que presione para que se desarrolle, de una vez por todas, una Ley Orgánica sobre el derecho de huelga. Hace falta que las organizaciones sindicales modernicen sus medios de comunicación y saquen los dientes a la partidocracia. Una sociedad civil débil y pasiva es lo peor que le puede pasar a una democracia. Por ello, hoy más que nunca, hace falta que resurja un movimiento obrero que integre las voces del feminismo, el ecologismo y la discapacidad. Es urgente que los inspectores de trabajo escuchen a los sindicatos. Y es urgente, y no me cansaré de denunciarlo, que se active la conciencia de clase.

El "divide y vencerás", de muchas empresas actuales, ha hecho que el individualismo liberal eclipse el espíritu cívico de antaño. Un individualismo o "sálvese quien pueda" que destruye a la clase media y la somete a los tiempos premarxistas. Una clase encogida – con menos hijos de los deseados; con menos viajes de los soñados y  con altas probabilidades de bajar de escalón social -, se convierte en una tortuga para el progreso. Ante esta clase frustrada, los sindicatos deberían actuar. Actuar para recuperar las ganas de combate. Aparte del problema catalán. Aparte de que Junqueras salga o no de la cárcel. Aparte de que haya investidura de gobierno, en este país persiste el problema laboral. Un problema que se manifiesta en salarios bajos, baja productividad, temporalidad, siniestralidad, absentismo y altas tasas de paro. Un panorama desolador que se incrementa por la ingobernabilidad del país, la parálisis legal y el poder del tejido empresarial.

2019, año mudo

Si mirásemos por el retrovisor de los tiempos, podríamos juntar los acontecimientos históricos en muy poco espacio. Tanto es así que en dos o tres tomos sintetizaríamos la historia de España, por ejemplo. Así las cosas, los puntos de inflexión son los encargados de hilar el relato. Si no fuera por tales puntos – revoluciones, elecciones, alzamientos militares… – estaríamos inmersos en el pasado. Hay décadas que pasan en silencio por la ausencia de tales puntos. Décadas, como les digo, donde no hay nada importante que escribir y, por tanto, pasan desapercibidas. Así, por ejemplo, la Edad Media tuvo cientos de años callados. Años callados hasta que la escolástica fue sustituida por la ciencia moderna. Sin embargo, otros periodos históricos han sido convulsos y llenos de noticias. El siglo XIX español estuvo marcado por el rifirrafe entre liberales y conservadores. Y el siglo XX, a nivel europeo, por dos guerras mundiales y los totalitarismos.

El año que nos deja, el 2019 pasará a la historia por ser un año mudo. Un año sin datos relevantes, e inmerso en el inmovilismo. Hoy, a punto de comernos las uvas, estamos en el kilómetro cero que hace doce meses. Seguimos con un multipartidismo anquilosado y polarizado. Continuamos con el problema catalán pisándonos los talones. Y estamos, como diría Gregorio, en una situación que "ni palante, ni patrás". Lo único significativo, por subrayar algún fenómeno, ha sido la dimisión de Rivera y el auge de Vox. Más allá de tales titulares, el panorama político se presenta desolador. Desolador, y digo bien, porque – aunque tengamos investidura en breve – el inmovilismo legal está garantizado. Y lo está, queridísimos lectores, porque en este país de pandereta la partidocracia y el multipartidismo es un coctel explosivo. La política española se ha convertido en un juego de suma cero. Un juego donde cada uno barre para su lado. Y un juego donde los relatos están tan definidos que casi nadie mueve ni un punto ni una coma.

Si nadie tuerce el brazo. Si los partidos y sus líderes no son capaces de encender las luces largas; España derivará hacia una democracia bananera. Una democracia caracterizada por la incompetencia de sus elegidos, las legislaturas cortas y el insulto verdulero. Un país galdosiano marcado por el mantra del "rey muerto, rey puesto". Ante esta situación, la soberanía popular, más allá de la abstención o el cambio de chaqueta, no puede hacer gran cosa. Estamos cerca, muy cerca, de parecernos países como Israel. Países donde votar una y otra vez se ha convertido en un círculo vicioso. Un círculo vicioso cuyo final es el cabreo colectivo, la parálisis legal y el éxodo de capitales. Es necesario, maldita sea, que pasemos página a la España de los rojos y los azules. Es urgente que inauguremos la cultura de la postpartidocracia. Una cultura que rompa con los estereotipos de la derecha y la izquierda. Y una cultura donde prevalezcan los planteamientos, las previsiones cuantitativas y la autocrítica. Una nueva cultura necesaria para salir, de una vez por todas, del sesgo del año mudo.

De vidas y pergaminos

El otro día, tras salir del trabajo, fui al supermercado. Necesitaba comprar una bolsa de fideos y algo de verduras. En la puerta estaba Carmelo, un viejo conocido de mi pueblo. Un chico que conozco desde mis tiempos desviados. Tiempos donde los cigarrillos, la juerga y las mujeres eran lo más importante en mi vida. Tras un saludo, nos deseamos felices fiestas. Le di un abrazo y un apretón de manos. Sus manos estaban frías. Frías como una farola en una plaza de Siberia. Me dijo que no tenía dinero. Que acaba de salir del talego y lo único que llevaba en el bolsillo era la chapa de la cerveza. Saqué la cartera, y arrojé sobre sus manos un puñado de calderilla. Le pregunté con quién iba a pasar la Nochebuena. Me dijo que tenía una orden de alejamiento de su madre. Una orden por agresión. Su "vieja" no comprendía que estaba enfermo. Enfermo de hachís, coca y nicotina.

Me despedí de él. Me fui cabizbajo por toda la avenida. Tocado y "jodido" por aquella conversación. La vida es generosa para unos y cruel para otros. Unos, decía mi abuelo, nacen con estrella y otros estrellados. Estaba tan mal que, tras dejar la compra encima de la mesa, bajé al Capri. Tomé un café, saludé a Peter, y volví a casa. Ese día comía solo. Mi mujer hacía jornada continua y mi hija comía en casa de una amiga. Nunca me ha gustado comer solo. Me molesta la soledad de la casa. Necesito diálogo. Soy, aunque no lo aparento, un ser bastante social; un "animal político" como diría Aristóteles si viviera. Mientras hervían los fideos, me iba y venía a la mente la imagen de Carmelo. La imagen de aquel niño que jugaba al futbolín en los recreativos de Manuela. La imagen, maldita sea, de aquel adolescente que hacía caballitos con la moto en la puerta de la Trébol. Aunque aquellos tiempos hayan pasado. Aunque agua pasada no mueva molinos. Lo cierto y verdad es que detrás de cada hombre hay un pergamino.

La vida es un misterio. Sabes cuando empieza pero no, cuando termina. Por eso es tan importante vivir el día a día. Vivir en el "eterno retorno" que dría Nietzsche. Vivir porque hoy, queridísimos amigos, estamos bien y mañana no sabemos lo que será de nuestro sino. Hay tantas probabilidades y posibilidades en el camino; que la excepción en la vida es el cumplimiento de los planes. Por ello, porque vivir es una oportunidad única e irrepetible hay que aprovecharla. Hay que saborear los pequeños detalles. Detalles como el olor a café o el saludo del vecino son, al fin y al cabo, los que merecen la pena. Hoy, recuerdo a Carmelo. Y lo recuerdo porque es él, el mismo que aparece en la esquela del bar Joaquín. Es él, aunque no lo pueda creer, quien ha dejado de ser. Y es él, aquel que saludé a las puertas del supermercado, quien puso el punto y final al contenido de su pergamino. D.E.P.

De barras y pecados

El olor a mujer envolvía de pecado los rincones del garito. Aquella noche, la música de los Héroes hizo que Gabriela bailara con Jacinto hasta altas horas de la madrugada. Era un baile sucio. Un baile de susurros entre adultos casados, con hijos y canas en las axilas. Recuerdo que vivía Manolo, toda una institución en El Capri. Peón de albañilería, todos los fines de mes, fundía su nómina por la ranura de las máquinas tragaperras. La perdición de un hombre, le dije en una ocasión, es el vicio. El vicio es como una alcantarilla donde desembocan las aguas fecales de la vida. Sin mujer, ni perro que le ladrara, lo único que tenía en la vida era la telaraña de sus bolsillos. Aquella noche, Manolo conoció a la Juana, una fulana de las tripas de mi pueblo. Era una mujer sin cultura, de esas que dicen hostia, beben vino tinto y juegan a las cartas.

Tras varias copas, Manolo y la Juana salieron por la puerta de atrás del Capri. En la barra, yacía el vaso de la fulana manchado de carmín. Un vaso, la verdad sea dicha, con cubitos derretidos e impregnado de Ducados. En la pista, la gente bailaba el chuchuchú del tren. Un chucuchú de mujeres enfajadas, hombres calvos y descamisados. Un chuchuchú de pecado, tentaciones y sueños prohibidos. Pasaron por delante de mí, un carrusel de miradas lujuriosas hizo que me sintiera desnudo en medio del garito. En la soledad de la barra estaba Martín, un hombre silencioso de esos que mueven la copa antes de acercarla a la boca. Le pregunté por su hijo. Me dijo que se había independizado. Que se había ido del nido. Ahora, me decía, necesitaba devolver a su matrimonio miles de detalles. La última vez que tocó a su mujer fue el día de su cumpleaños. Hace siete meses que duermo solo. Solo como un perro abandonado en la alfombra del salón. La pareja, le dije, es como un huerto. No lo debes descuidar sino se llena de maleza.

En el taburete del fondo, Rodrigo leía El Marca. Lo leía como de costumbre, desde atrás hacia delante. Era un hombre culto, de esos que hablan finodo y bombean la voz cuando toman la palabra. Le gustaba hablar de viajes. De su escapada a Roma, de su aniversario en París o de su picadero en Santander. Le gustaba ostentar y disfrutar del aplauso de la barra. Era un señor con suerte. De esos que fuman pipa, van con rubias de bote y conducen coches caros. Un hombre de la vida, como diría mi abuelo si levantara la cabeza. En una ocasión, Manolo y él discutieron. Recuerdo que Manolo, le dijo: "si de algo tengo pena es de los ricos". Pena porque el dinero corrompe a los hombres, los llena de vanidad y les deshumaniza el espíritu. Rodrigo se reía del "discurso de los pobres". Los pobres "siempre se están quejando". Se quejan de sus vidas, de la miseria de sus trabajos. Se quejan de vicio y no hacen nada para cambiar su destino. Desde lo alto del caballo, le respondió Manolo, el prado se ve diferente. Ojalá que, algún día, los Quijotes sean Sanchos y los Sanchos Quijotes.

Reinventar Europa

El Reino Unido siempre ha sido el verso suelto de Europa. En el ámbito religioso, los ingleses cuestionaron – desde el protestantismo – los dogmas del catolicismo. En el área filosófica, fue su empirismo – con David Hume y John Locke a la cabeza – quien le hizo cara al racionalismo de Descartes, Leibniz y Spinoza. A diferencia de los continentales, los ingleses conducen por la izquierda, beben té a todas horas, entran gratis a los museos, visten diferente y reviven con entusiasmo las cenizas de su imperio. Aún así, el gran mérito de la Unión Europea – la misma que reniegan – se lo debemos a Winston Churchill. Él fue quien paró los pies a Hitler. Y él fue – un inglés de pura cepa –  quien soñó con la reconstrucción de la "familia europea". Quién pensó en "los Estados Unidos de Europa". Y quien dijo aquello de: "la seguridad y la prosperidad de Europa residen en la unidad”.

Hoy, varias décadas después de aquellas narrativas, la victoria de Boris Johnson tira por la borda el sueño de Churchill. La ejecución inmediata del Brexit pone de relieve el choque de civilizaciones avistado por Huntington. La salida del Reino Unido de Europa exalta el péndulo de Foucault Un péndulo que oscila de la integración a la vertebración mundial y viceversa. La globalización, o dicho de otro modo, la tendencia a la homogeneidad. La tendencia a que todos bebamos Coca Cola, comamos hamburguesas y vistamos similares, no se cumple en ciertos territorios. La vuelta a los nacionalismos. La vuelta a exaltar lo distinto en detrimento de lo parecido hace que surjan ovejas negras en el seno de Europa. Un hecho que no sería preocupante sino fuera por el riesgo de contagio. La crisis económica ha emergido cadáveres de batallas olvidadas. Ha sacado a la palestra el mantra de una Europa a dos velocidades. Dos motores dentro de un coche que neutralizan la optimización de su arranque y lo convierten en mediocre.

El Brexit reconfigura las relaciones comerciales internacionales, cambia los socios preferentes y reabre un episodio de amenazas y oportunidades. Hoy, el Reino Unido vuelve a sus orígenes. Vuelve a poner el punto de mira en sus antiguas colonias del norte, los Estados Unidos. Una alianza que determinará, tarde o temprano, nuestra mirada a Latinoamérica.  Así las cosas, es necesario que Europa busque nuevos aliados comerciales. Nuevos aliados para frenar a los tigres asiáticos y el nuevo elefante yanqui. Con el eje Estados Unidos – Reino Unido, por un lado, y China, por otro, no nos queda otra que mirar a México, Argentina y Chile, por ejemplo. Hace falta que Europa mire más allá de sus líneas continentales. Si no lo hace, si se queda de brazos cruzados, será la nueva África del mundo. Y lo será, queridísimos lectores, porque en el entramado geopolítico, el Norte siempre ha ganado la batalla al Sur en cuestiones económicas. Así las cosas, es necesario que la Troika, Bruselas y toda la parafernalia junta reinventen, de una vez por todas, esta idea llamada Europa.

Bardem, Greta y puntos suspensivos

Ayer, compré el ABC. Necesitaba, la verdad sea dicha, una dosis de "liberalismo monárquico" para encender mis neuronas. Tras un recorrido por las noticias del día, aterricé en la sección de opinión. Allí se encontraban, entre otros, Antonio Burgos, Jon Juaristi, Álvaro Vargas y José María Carrascal. Con el título "Bardem, Greta y la Civilización", Luis Ventoso dedicaba su columna a las palabras del actor. Según él, el protagonista de "Jamón, jamón", "estaba fuera de lugar en el discurso de clausura de la marcha por el medio ambiente". Y lo estaba porque "no es un científico, ni un político vinculado al ecologismo ni un filántropo de los que parte de su fortuna por el bien común". Aparte de de no estar legitimado para hablar del cambio climático, tampoco lo está moralmente. Y no lo está porque, según Ventoso, "nada de su vida particular parece ejemplarmente verde. Conduce haigas contaminantes, va en avión y su mujer anuncia cruceros, que manchan los mares, y colonias cuyos vaporizadores también son ahora pecado".

La columna referida se publica, y valga el inciso, después de que nuestro actor pidiera disculpas en una red social. Disculpas por llamar "estúpido" al alcalde de Madrid. Un insulto que le propinó, en el acto de clausura sobre el clima, "por revertir el Madrid  Central y permitir circular por la capital los vehículos contaminantes". Según Bardem: "el insulto ilegitimiza cualquier discurso y conversación. Por eso – dijo – pido disculpas por haberme dejado llevar por un impulso en absoluto constructivo que flaco favor hacer al verdadero mensaje, único y realmente importante". Más allá del insulto – totalmente reprochable, faltaría más – su función como "telonero" de Greta no es del todo criticable. Y no lo es, queridísimos lectores, porque en este país, precisamente, hay muy poca "legitimidad" en los discursos. Hay mucha, muchísima, gente – tertulianos, sobre todo – que analizan la política, sin ser politólogos. Que analizan los sucesos, sin ser criminólogos. Que hablan de economía sin ser economistas. Y ministros, valga el ejemplo, que gestionan sus carteras sin ser expertos en la materia.

Si criticamos a Javier por ser un actor. Si decimos que Bardem no fue el adecuado para cerrar la manifestación. Y criticamos que no lo fue por carecer de carreras y masteres sobre el clima. También podríamos extrapolar el argumento al activismo en general. Podríamos criticar a Greta Thunberg por no ser una científica en la materia. Y podríamos criticar a todo aquel que defiende una causa sin tener un diploma que lo legitime. Así las cosas, existen, por ejemplo, columnistas que no son periodistas. Gente que escribe novela histórica sin ser historiadora. Y sujetos que cambian el aceite de su coche sin ser  mecánicos titulados. Por ello, la elección de Bardem debería entenderse más por su condición de famoso que por experto en emisiones de gases invernadero. Así las cosas, podría haber sido, por qué no, cualquier artista del candelero como Antonio Banderas o Rafa Nadal, entre otros. Y no por ello, su presencia hubiese sido criticable. No olvidemos que el análisis del activismo van más allá de lo meramente intelectual. El activismo se nutre de emoción, indignación y denuncia de las injusticias. Se entiende como llamada de atención, eco mediático y puesta en escena. Y no hay nada mejor como un actor para conectar con la masa.

Tributo a Descartes

El siglo XVII, o mejor dicho, los tiempos de Leibniz, Descartes y Spinoza estuvieron marcados por la cruzada entre protestantes y católicos, el absolutismo regio, el desmoronamiento gradual de la sociedad estamental y la crisis del teocentrismo. El método compositivo-resolutivo acabó, de una vez por todas, con el método inductivo-deductivo aristotélico. Gracias a Guillermo de Ockham, la separación entre fe y razón, y por tanto el derrumbe de la escolástica, desembocó en la Nueva Ciencia. Una Nueva Ciencia que tiró por la borda la cosmovisión geocéntrica del mundo y las metafísicas del momento. La resurrección de los pitagóricos contribuyó a la instauración de los números como elementos explicativos del mundo. Es precisamente en este siglo, de convulsiones sociales, culturales y políticas, donde el racionalismo y el empirismo se mantuvieron enfrentados. Un enfrentamiento que culminó con la síntesis kantiana. Fue Inmanuel Kant, un señor tímido de Konisgberg, quien unió sendas corrientes y sentó las bases de la psicología contemporánea.

Descartes, junto con Leonardo Da Vinci y otros pensadores del momento, fue un intelectual polifacético. Cultivó la geometría, la óptica y la cosmología. Formado en la escolástica de Suárez, y crítico con sus ideas, soñó con la "Mathesis Universalis". Soñó, como les digo, con una unidad de la razón y un método de inspiración matemática. Las cuatro reglas de su método – la evidencia, el análisis, la síntesis y la enumeración – sirvieron para encontrar las verdades universales. Verdades, alejadas de la observación empírica y, fundamentadas en la deducción. Su primera verdad – el pienso luego existo o, dicho en términos de la época, el cogito ergo sum – quedaba inmune ante los dardos de la duda. A pesar de su crítica a la escolástica, Descartes recurrió a la muleta divina para justiciar sus sustancias derivadas. Recurrió a Dios – como idea de perfección – para la fundamentación de la res extensa. En cuanto a su pensamiento antropológico, Descartes, como todos los racionalistas,  tuvo que enfrentarse al problema de las dos sustancias: cuerpo y alma. Un problema que solucionó con el recurso a la glándula pineal, una bisagra necesaria para unir dos realidades antagónicas.

Hoy, varios siglos después, Descartes no levanta mis pasiones. Y no las levanta, queridísimos lectores, porque fue un autor errático. En primer lugar, utilizó un método para la unificación de la ciencia. Un método que fue condición necesaria pero no suficiente para acabar con los residuos metafísicos. Un método que no explicó, contra toda expectativa, los misterios de la física. René utilizó, como fuente de inspiración, el método geométrico. Un método que pretendió hacer de la filosofía una ciencia. Un intento que en pleno siglo XXI ha quedado reducido a un catálogo de buenas intenciones. Quiso unificar la ciencia bajo la "mathesis universalis". Hoy, los caminos del conocimiento han ido por otros derroteros. Lejos de una universalización de la ciencia, la ciencia ha sido espectadora de su propia vertebración. La medicina actual también ha demostrado que no existe la glándula pineal. Descartes será recordado, por tanto, como aquel señor que quiso salvar a la filosofía de la oscuridad de las sotanas y las luces de la ciencia. En pleno siglo XXI, la ética es el único salvavidas que le queda, valga la paradoja, a "la madre de las ciencias".

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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