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La sociedad del esperpento

El ser humano se diluye en los discursos cotidianos. En esos diálogos – con el vecino, el jefe o el camarero – es donde se elaboran millones de percepciones en la selva de lo urbano. Somos una imagen en la mente de los otros. Y esa imagen se construye con los datos de la presencia y los recuerdos de la ausencia. Dentro de ese rincón mental, dibujamos la silueta de quienes interactúan con nosotros a lo largo de la vida. Ahí, elaboramos el retrato de los otros. Un retrato que se obtiene con la cámara de las circunstancias. Hoy, las circunstancias se hallan en el esperpento. En ese huerto – de cadáveres grotescos, formas irregulares y bromas de mal gusto – el vagabundo racional busca su cobijo. Muerto el intelectual de antaño, nace una nueva figura, que surca los mares del ahora. Nace el hombre grotesco, el mismo que viste extravagante, abomba la voz y dice sandeces en las barras de los bares. Ese señor o señora habla de todo sin ser especialista de nada. Refuerza sus argumentos con noticias de Internet y ejemplos de la calle. Habla para una audiencia de taburete, que goza de lo inmediato y evita la reflexión.

El todólogo prolifera en la España del ahora. Y lo más fuerte de todo es que su ruido sirve de ejemplo a jóvenes y no tan jóvenes. En este mundo – de titulares, eslóganes y noticias fugaces – muere el análisis. El analista de antaño pierde fuelle en la sociedad del esperpento. La brevedad de los discursos provoca un desarrollo evolutivo del análisis en detrimento de la síntesis. Y sin análisis, la mayoría de los relatos caen por el precipicio reduccionista. En la sociedad de las prisas, todo el mundo corre de aquí para allá. Muere el gusto por los detalles y el goce de la parada. Sin detalles, las miradas son superficiales. Vemos la copa de los árboles pero perdemos la ardilla que corre por sus ramas. En este modelo – de síntesis y atropello – la angustia se apodera de los esclavos de la espera. La espera se convierte en la tortura de nuestro siglo. La gente lo quiere todo al instante. Todo, como les digo, a golpe de clip. Internet ha demolido las esperas ante la taquilla de los cines, de bancos e instituciones. Ahora, el consumo es inmediato. Ahora la espera reside en el sofá de nuestras casas. Ahí, sentados, el consumidor espera la pizza y las cápsulas de café.

En la sociedad del esperpento, el conocimiento científico queda arrinconado en el seno de los paraninfos. La televisión se nutre de vísceras, llantos y miserias morales. El títere de nuestro tiempo se ha convertido en un devorador de lo banal. El consumo de chismes y diretes insufla aire a miles de vidas descendentes. Vidas que buscan el éxito inmediato. Un éxito en forma de postureo y número de seguidores. El famoso de hoy ya no es el cantante de ayer sino el influencer. Se aplaude la recomendación de calcetines, de cremas depilatorias y demás. Los adolescentes buscan sus guías en plataformas digitales. Ahora son las redes – y no los medios tradicionales – los nuevos agentes culturales. Las redes son la nueva droga. Crean adicción y síndrome de abstinencia. Ahora la sustancia placentera es el "like". En el esperpento, el "like" llena de autoestima a millones de anónimos callejeros. Se busca el reconocimiento de lo frívolo. Se aplaude a la taza del café, a la toalla en la playa y al selfie en el ascensor. El investigador del laboratorio, el opositor a juez o el profesor de secundaria se convierten en una especie de rara avis. Se extiende el valor de la suerte. De una suerte, sin mérito ni esfuerzo. De una suerte que viene servida por las nuevas administraciones de lotería. Ahora, la suerte se llama viralidad. Ahora, el decimo de lotería es el contenido. Un contenido cuya calidad se mide por su efecto viral.

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1 COMENTARIO

  1. sgarllan

     /  23 junio, 2024

    Excelente texto, Abel.
    Muy descriptivo

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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