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Tributo a Pericles

Después de varios años sin saber de él, el otro día recibí un wasap de Pericles. Me dijo que estaba preocupado por su polis. La liga del Peloponeso era más fuerte de lo que aparentaba y la conquista de Sicilia no parecía una buena idea. Tras una larga travesía por la Edad Media y la Moderna, el ateniense llegó a las tripas alicantinas. Quedamos en El Capri. Allí hablamos largo y tendido de democracia y filosofía. Me preguntó por la política del ahora. Le dije que aquí, en el siglo XXI, casi no existen asambleas. La gente no se reune en el Ágora. Ahora el Ágora no es otra cosa que las porterías de los edificios. Porterías que sirven para las reuniones y tomas de decisiones que afectan a las comunidades de propietarios. Ahora, le dije, los filósofos no van por las calles como lo hace Sócrates por las callejuelas de Atenas. Los jóvenes actuales escuchan a sus ídolos a través de directos que suceden en las redes sociales. Me preguntó por nuestra estructura social. Le dije que tras las sociedades estamentales del medievo, la Revolución Industrial trajo consigo la sociedad de clases.

En la sociedad de clases, la educación se convierte en el ascensor social. Un ascensor que sirve de sueño americano para que el hijo del chatarrero llegue algún día a ser médico o abogado, por ejemplo. En nuestra organización social, las mujeres – a diferencia de lo que ocurre en la tierra de Pericles – tienen derecho al voto. Derecho al voto y a la educación. Dos derechos que diferenciaron a las espartanas de las atenienses. Las mujeres atenienses casi no salían a la calle. Estaban recluidas en sus casas como si fueran monjas de clausura. Una discriminación, dije a Pericles, que va más allá de aquel relato mitológico donde el sufragio femenino fue eliminado de Atenas por el enojo de Poseidón tras ser derrotado por Atenea. La esclavitud ya no existe en el ahora. La colonización de "las Indias", por parte de los españoles, hizo mucho daño a nuestra especie. Fue el papa Francisco de Vitoria quien defendió los derechos naturales como inherentes al ser humano. De tal modo que los "otros", los colonizados, no eran salvajes sino personas como lo fuimos los europeos en estadios anteriores.

Pericles quedó sorprendido cuando le conté los estragos de la Covid-19. Me dijo que en Atenas también existía un virus conocido como la peste. Una peste que partía el aire de Anaxímenes y separaba al alma de los cuerpos. Le pregunté por Sócrates. Me dijo que se llevaba a matar con los sofistas. Ambos discutían sobre el fin de la educación. Para el maestro de Platón, la educación debía tener un fin ético. El discípulo debía conocer ciertas verdades absolutas que lo guiasen en su ruta por la vida. Para Gorgias, por ejemplo, la educación no era otra cosa que adiestrar a los hijos de los ricos para que adquirieran prestigio social y éxito en la política. Un adiestramiento relativista, convencionalista y escéptico. Así las cosas, el fin justificaba los medios, tal y como siglos más tarde defendería Nicolás Maquiavelo. El último día, antes de partir para Atenas, Pericles asistió a una de mis clases. Clases donde tocaba hablar de Platón y el filósofo gobernante. Y clases donde comprendió que el prisionero, liberado de las cadenas de la caverna, debía ejercer el poder. Un poder, diríamos hoy, basado en el bien. Un bien transversal y universal que sirviera de punto de partida para edificar la "paz perpetua" de Kant.

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