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La copa de los paraguas

Aquel entierro tambaleó los cimientos de mi interior. Detrás del ataúd, acompañando a la familia, deambulaban cientos de personas, jóvenes y no tan jóvenes, para despedir a José. Era el segundo día de Navidad; un día muy lluvioso, de esos que los relámpagos y los truenos, despiertan el llanto amargo de los lobos en lo alto de la cima. Detrás del ataúd, se mezclaban los ríos de lágrimas con la tempestad de la tormenta. Desde mi balcón, se veían cientos de paraguas. Paraguas frágiles y sufridores, que resistían como podían la fuerza de las gotas en la lona de sus copas. Cuatro nazarenos, de entre sesenta y ochenta años, llevaban a sus hombros el ataúd de José. Entre el silencio de la rambla, una señora cantó desde su ventana una saeta. Se me pusieron los pelos como escarpias, nunca había oído tanto dolor ni olido tanta verdad.

El agua del ataúd caía por los rostros de los cuatro nazarenos. Nazarenos, amigos de José, que sufrían en su interior el sabor amargo de los ríos cuando mueren en la mar. No pude resistir, quería saber quién era ese señor que iba en el ataúd. Quería saber si era algún burgués. No podía ser plebeyo. Era casi imposible que un anónimo de la vida despertara tanto dolor el día de su entierro. Desde el portal, esperé a que llegase el féretro cerca de mis pies. Seguí como uno más a José, el señor que por la mañana había visto en la esquela del bar. El mismo hombre con bigote y sombrero, de semblante serio y traje gris; que decenas de vecinos se paraban a mirar. Detrás del ataúd, debajo de cientos de paraguas; con los zapatos empapados de agua, seguí a José. Lo seguí sin saber nada de él. Sin saber si era  político, empresario o alguien importante de la generación de mis abuelos. Lo seguí por convicción. Necesitaba inundarme de dolor, sentir lo mismo que los otros desde la frialdad de lo desconocido.

Detrás del ataúd, le pregunté a un hombre por José. Perdone señor: ¿quién era este señor, el del ataúd? El valor de las personas – me respondió – se mide el día del entierro. En el entierro es cuando se ve la honestidad de los humanos, y la cosecha sembrada a lo largo de la vida. José, el hombre del ataúd, era un vendedor ambulante. De esos que venden mantas en agosto y helados en enero. Era un hombre honrado y callado. Un caballero de otra época. A muchos clientes, a la mayoría, les regalaba prendas. Decía que en la vida una docena eran trece unidades; que hay que dar mucho a cambio de nada. Preso en la cárcel, en los tiempos de Franco, desayunó durante años el azote de los látigos en la curva de su espalda. A varios mendigos, les regalaba trajes con cincuenta euros en los bolsillos, el día de Nochebuena. Y a otros, les compraba carros de comida en el supermercado de la esquina. Los surcos del asfalto se convertían en ríos que se sumaban a la despedida de aquel hombre. Un hombre bueno, de esos que no hacen ruido y pasan invisibles por la senda de sus vidas.

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