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Los ladrillos del silencio

España, por si ustedes no lo saben – decía don Gregorio a sus alumnos de grado – es el país más ruidoso del mundo, después de Japón. Vivimos, en palabras del antropólogo, en una cultura de bares y mercadillos que nos impide calmar el chirrido de máquinas que invade nuestro interior. Máquinas, les decía, que fabrican, las veinticuatro horas del día, pensamientos incontrolados. Pensamientos tóxicos que azotan nuestras conciencias y nos impiden alcanzar la esencia de nuestro "yo". Es necesario luchar para que la sociedad del silencio llegue a nuestras orillas y nos salve los oídos. Una sociedad, queridos lectores y lectoras, incómoda por el malestar que sentimos ante la callada del otro, pero imprescindible para reducir la ansiedad y el estrés que sacude nuestras vidas. Sin silencio, la ciudad se convierte en una jungla de timbales y trompetas; de graves y agudos; de tijeras y cuchillos, donde solamente son oídos quienes alzan la voz por encima del rebaño.

Las "sociedades del silencio" son aquellas que valoran la reflexión de los otros como un bien necesario para la construcción del conocimiento. En tales ambientes, los niños son socializados a través de hogares y escuelas calladas, donde los gritos y voceríos son considerados como síntomas de inmadurez emocional y desviación ante las reglas sociales. Es, precisamente, en tales ambientes donde los ladrillos del silencio son necesarios para que los decibelios mundanos desciendan hasta los umbrales del respeto. En los hogares callados hay menos violencia doméstica que en los entornos turbulentos. Hay menos violencia, les decía, porque los efectos del ruido sobre el organismo son sustituidos por las consecuencias positivas de una paz aprendida. En los colegios, de tales sociedades, se recogen los frutos del silencio cosechado en los hogares. Son aulas calmadas, de aguas quietas y voces apagadas, donde la voz del maestro se deja oír sin ser censurada por el travieso de la mañana. En tales colegios, no se oye ni un alma por el horizonte de los pasillos. Son, como diría el filósofo, espacios determinantes para la construcción del conocimiento.

Las calles de las "sociedades calladas" son la viva imagen de una película del cine mudo de los años olvidados. Las avenidas están repletas de desconocidos inculturizados tras los barrotes del silencio. Desconocidos que hablan por sus móviles en lugares apartados, para evitar invadir con su voz el espacio del otro. Hablar alto en tales avenidas se considera una infracción muy grave, por la violencia que supone la ruptura mental del viandante de la esquina. El ruido se considera un tóxico social que atenta contra la privacidad mundana. Una privacidad necesaria para conseguir la calma interior, que todo mortal necesita, para encontrar el sentido a una vida marcada por las prisas, el dinero y la angustia existencial. Calmar la mente, estimados lectores del rincón, es necesario para revitalizar la creatividad y construir una sociedad basada en la innovación e investigación. Una sociedad, les decía, alejada del ruido permanente de las redes sociales y los medios de comunicación.

Para conseguir la utopía – la utopía del silencio – es necesario cambiar nuestros cimientos culturales por otros que nos alejen, de una vez por todas, del ranking de los más ruidosos del mundo. El cambio de mimbres implica introducir en nuestras vidas instrumentos que silencien nuestros ruidos vitales. Para ello, para calmar nuestras vidas, es recomendable habilitar, en nuestro día a día, momentos de lectura y escritura. Momentos de lectura y escritura – cierto – consistentes en leer y escribir sobre aquellos temas que nos permitan desconectar de los tóxicos de afuera. La meditación y el yoga, tanto en los hogares como en los colegios, debería ser una asignatura obligatoria para depurar y dilatar la frecuencia de los ruidos que invaden nuestras mentes. Estos mimbres personales son necesarios, pero no suficientes, para conseguir la utopía. Para conseguirla es necesario institucionalizar el silencio mediante normas y sanciones, más severas que las actuales. Una institucionalización, les decía, que extrapole el silencio de las bibliotecas, iglesias, tanatorios y cementerios, a los intramuros de los hogares; los espacios educativos; los espacios laborales y, los rincones de la calle.

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1 COMENTARIO

  1. Un gran artículo, pero…”soñar es gratis” !

    Saludos
    Mark de Zabaleta

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