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El pluralismo incómodo

Durante los años cuarenta, el comportamiento político de los ciudadanos se explicaba mediante variables sociales. Según los estudios de Rokkan y Lipset existían vínculos estrechos entre los votantes y los partidos políticos. Lazos fuertes, les decía, determinados por las relaciones familiares y las identidades de clase. Los resultados electorales se podían predecir mediante el análisis, a priori, de la estructura social de un territorio dado. Mientras los "cuellos azules" – la clase trabajadora- votaban a la izquierda, los "cuellos blancos" – las clases medias y altas -, por su parte, lo hacían a la derecha, en el noventa y nueve coma nueve de los casos. Este determinismo social de la política estuvo avalado por las teorías conductistas y, sobre todo, por la hipótesis de la disonancia cognitiva de Leon Festinger. Según este psicólogo social, los individuos se exponían a la información de manera selectiva; evitando aquella que pudiera perturbar sus estructuras mentales. Por ejemplo, un adolescente de tendencia progresista  sería muy poco probable que leyera el ABC o que visionara los informativos de Antena 3, porque ello supondría – según diría Festinger –  una disonancia cognitiva entre sus esquemas endógenos – una socialización política de corte progresista – y los estímulos externos consumidos – los discursos mediáticos conservadores – . El consumo selecto de información política como mecanismo de coherencia cognitiva (teoría de Festinger) y la estructura social definida por grandes grupos homogéneos y estancos; explicaría la estabilidad del voto desde los años cuarenta hasta finales de los sesenta.

A partir de los años setenta, las teorías acerca de la estabilidad del voto, aludidas en el párrafo anterior, fueron cambiando por las teorías basadas en explicaciones políticas por la volatilidad incipiente del voto. El tránsito de una sociedad industrial – caracterizada por la producción en cadena y la cultura del "tener"- a otra postindustrial de valores postmaterialistas estuvo detrás de este cambio de paradigma. La escuela de Michigan defendió que la fuerza del marketing político (líderes, campañas electorales, medios de comunicación y demás) influía de manera determinante en las explicaciones electorales. Para estos señores, la alfabetización ciudadana; el interés por los problemas políticos y, la heterogeneidad social del momento dieron como resultado el nacimiento de un nuevo votante. Un votante racional en contraste con el tradicional y emocional de Lipset y Rokkand. El elector postindustrial ejerce -según los pensadores de Michigan – su participación democrática en función del resultado que obtiene de la evaluación "costes y beneficios".

La corriente actual que explica los comportamientos políticos defiende que éstos son el resultado de la mezcla entre variables sociales (clase, religión, cultura, lugar geográfico.) y políticas (liderazgos, programas electorales, aciertos y errores). Tanto a derecha como a izquierda del espectro político hay votantes emocionales y racionales. Ahora bien, saber cuántos hay de cada rama es el problema al que a diario nos enfrentamos los politólogos y sociólogos. A pesar de que este país es sociológicamente de izquierdas, o dicho de otro modo, hay un mayor número de ciudadanos de clases trabajadoras que conservadoras, gobierna por aplastante mayoría el Partido Popular, un partido que cuenta con menos posibilidades, a priori, de ganar por goleada si atendemos a la estructura social de su mercado. Esta evidencia empírica otorga la razón a la Escuela de Michigan. Son, precisamente, las variables políticas, las que han conseguido que se produzca un desalineamiento electoral del votante progresista en pro de la derecha. Un desalineamiento o cambio a corto plazo en el sistema de partidos provocado, entre otras razones, por la crisis económica; la desideologización socialista y las promesas marianistas.

A parte del desalineamiento partidista ocurrido en las pasadas elecciones generales, por las causas mencionadas, existe otro desde los comicios europeos. Las variables políticas (nuevos líderes – Pablo Iglesias – nuevos mensajes – la casta política-) han calado en el elector racional de la izquierda, suscitando un cambio político coyuntural que podría convertirse en crónico y alterar, a largo plazo, el sistema de partidos vigente en España desde los tiempos felipistas. Dicho fenómeno político sería fenomenal para nuestra democracia porque supondría un realineamiento electoral consistente en el fin del bipartidismo. Para que esto no ocurra, para que el pluralismo no venza al bipartidismo, el buque insignia de la izquierda, el partido socialista, está apelando al voto útil para las próximas elecciones. Está apelando al voto útil, les decía, porque Pedro Sánchez desde que llegó a la secretaría general de su partido defiende que éste es "la única fuerza política progresista que gana elecciones". El PSOE es el antídoto para que los ciudadanos voten una "opción segura" y se olviden de los recién llegados – en este caso Podemos – ante el miedo a que los nuevos – por muy bueno que sean – no consigan la necesaria mayoría para convertirse en alternativa. Ojalá, los próximos comicios sirvan para que se consolide el pluralismo latente de las pasadas elecciones europeas. Si no se consolida, si cala el mensaje de Sánchez en el electorado socialista, probablemente volvamos a los tiempos galdosianos del bipartidismo.

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2 COMENTARIOS

  1. Caspa mater

     /  30 julio, 2014

    En los cuarenta?
    Dónde era eso?
    Es Caspañistan (España) no había, gracias a la dejación de los aliados, más que un régimen fascista y genocida heredero de Hitler y de Musolini. E incluso hoy en día no andan muy alejados de esa linea AUTORITARIA.
    No se engañen ni intenten engañar.

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  2. Un gran artículo sobre el interés de un pluralismo…todavía un poco lejano!

    Un cordial saludo
    Mark de Zabaleta

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