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Brazos cruzados

El miedo de los ocupados a perder su sustento será probablemente el aliento de Mariano que justificará la eficacia de la reforma laboral. La argumentación demagógica de "más vale algo que nada" ha convertido al panorama laboral en un escenario de mano de obra barata al servicio del capital. La búsqueda de la competitividad en el sudor del proletario nos pone a la altura de  países como China cuya potencia deriva en la devaluación de sus obreros. En un país como el nuestro lapidado por el saco roto de sus excesos y los desequilibrios económicos de sus estructuras es momento de reinventar nuestro DAFO para conocer nuestras armas y luchar con acierto en el campo de batalla.

La fuga de cerebros a otros rincones del charco ha dejado en pañales nuestras ventajas creativas. La sociedad del conocimiento como arma de innovación y desarrollo ha perdido su crédito en la marcha atrás del presente. Sin talento, el país involuciona  hacia los precipicios del pasado sin el salvavidas del Estado para corregir los fallos del mercado. El sistema de estratificación mundial clasifica a los Estados en centrales, periféricos y semiperiféricos. Los centrales son las clases altas del capitalismo. Poseen la mayoría de los medios de producción y reciben la mayor tajada del excedente global. Los periféricos trabajan al servicio de los grandes. Sus estructuras económicas  están tejidas por trabajadores descalificados que prestan sus brazos a la maquinaria de los gigantes. A caballo entre el centro y la periférica se hallan los estados medios o semiperífericos. Están en la bisagra de caer en los precipicios del subdesarrollo o subirse definitivamente al carro del progreso.

El abaratamiento de la mano de obra y el éxodo de nuestro talento nos sitúa a las puertas de la periferia mundial. Una periferia marcada por nuestra ubicación en las últimas butacas de Europa y en los márgenes del globo. Estamos más cerca de Grecia y Portugal que de Francia y Alemania. Estamos, como decía el filósofo, más cerca del pobre que del rico. Esta situación de desventaja competitiva suscitada por la crisis y la gestión nefasta de la misma invita al ciudadano a indignarse con sus élites y manifestar su ira a golpe de pancarta y de huelga general.
Las declaraciones de Aguirre, "El PP de Madrid hace un llamamiento a todos los ciudadanos para ir a trabajar y considera que esta huelga no tiene ningún sentido y mucho menos en este momento", ponen en evidencia la lejanía de las élites con las penurias de la plebe. Hoy más que ayer, "con la que está cayendo", es cuando hay que quitarse el sombrero ante el obrero que libremente ha decidido romper sus miedos, y salir a la calle a decir no al ordeno y mano de los de arriba.

En días como hoy,  29 de marzo, el silencio de las calles y el discurso de los sindicatos ponen a los cuellos azules de la periferia en el centro de la noticia. El ajuste del déficit por la vía neoliberal del gasto sienta las bases de la indignación civil con sus gobernantes. Una vez más, los débiles de la balanza han sido las víctimas que han pagado el pato de este desaguisado. El movimiento obrero unido es la única razón que nos queda para frenar la decisión legítima de las mayorías. Los brazos cruzados del plebeyo son el símbolo del escudo social que resistirá y vencerá a  las flechas lanzadas desde los caballos de la nobleza.

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