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Odios políticos

Según las estadísticas, ocho de cada diez ofertas de empleo se cubren con gente conocida. Yo, como millones de españoles, pertenezco a ese veinte por ciento de ciudadanos que no tiene padrino ni agua que lo bautice. Así las cosas, todo lo que he conseguido en esta vida; ha sido gracias a mi esfuerzo. Hace doce años, me presente a una oposición para una plaza de profesor en un ayuntamiento. Era una plaza en una Escuela Taller para dos años, comida para hoy y hambre para mañana. El tribunal estaba compuesto por concejales del consistorio y personal técnico de la Consellería de Empleo. Aún así, sin conocer a nadie de los examinadores, fui seleccionado; algo anómalo en un país de "redes clientelares" como el nuestro. Después, me enteré que la mayoría de mis compañeros procedían de los "burgos podridos", como diría un inglés si me oyera. Como sabéis, aunque no milito en ningún partido, mi ideología es afín a la socialdemocracia. No soy de derechas – si por derecha se entiende la libertad por encima de la igualdad -, ni soy comunista – si por comunismo se entiende la abolición de la economía de mercado -. Aún así, respeto cualquier opinión distinta a mis principios; tengo amigos del Pepé y, para inri, suelo leer ABC.

En aquel trabajo, la mayoría de mis compañeros eran peperos de pedigrí. Militantes de rodillo; de esos que pegan carteles en las campañas electorales, y discuten apasionadamente cuando defienden a Rajoy. Recuerdo que todas las mañanas, cuando leían la prensa hacían comentarios insultantes dirigidos a ZP. A Zapatero le llamaban "zapatones"; a los socialistas "sociópatas" y a los comunistas "leninistas". No toleraban que alguien les llevara la contraria. No soportaban que alguien les dijera lo que no querían oír. Tanto es así, que defendían la intervención de España en Irak; negaban la autoría de los atentados de Atocha, y culpaban de todos los males de este mundo a ZP. Decía que Zapatero era un presidente de chiripa; que gobernaba gracias a la inercia del "España va bien" de Aznar, Rato y compañía. Aparte de su férrea ideología, aquellos compañeros llevaban en su sangre "savia nacionalista". Hablaban en valenciano y miraban mal a quienes no respondían en "su idioma". Me sentí, la verdad sea dicha, como un rojo perseguido de la España en blanco y negro del ayer.

Tras la jornada de trabajo, solía ir al Capri a tomar café. Allí, le contaba a Gregorio lo mal que me sentía. Mal, porque si decía todo lo que pensaba; quizá mi contrato no se renovara. Ellos tenían la sartén cogida por el mango y, valga el dicho, no era inteligente escupir en la olla que me daba de comer. Por ello fui discreto, me mordí la lengua y nadé contracorriente. En una ocasión, me dijo Peter – el dueño del Capri – que los comunistas odiaban a los socialistas porque los consideraban un estorbo para instaurar el comunismo. A los comunistas les "jodía" que el Estado del Bienestar tirara por la borda las páginas de "El Capital". Y, les "jodía" que la socialdemocracia impidiera la expansión del "Manifiesto comunista". Lo que no entendía Peter, ni yo, por qué tanto odio entre peperos y socialistas. Por qué tanto odio, si ambos defendían – y defienden – el libre mercado y el Estado Social. Por qué tanto odio, si ambos juegan en el terreno de la democracia. Y, por qué tanto odio, si algún día ambos polos se puedían encontrar. Son las heridas de la Guerra Civil, contestó un señor de la barra, las que explican la atracción fatal entre rojos y azules.

Hoy, muchos de aquellos compañeros sentirían vergüenza por la gran coalición entre "peperos" y "sociópatas". Sentirían vergüenza – pienso para mis adentros -, porque del odio al amor no se pasa de un día para el otro. Ahora, con el matrimonio político en sus narices, callarían como tumbas en las barras de los bares. No entenderían por qué los sucesores de ZP hacen migas con los suyos. Ahora, por mucho que quisieran, no arrojarían todo su arsenal de insultos verduleros contra sus socios de gobierno. Ahora, el objeto de sus frustraciones son "los comunistas". Ahora es Podemos el centro de su diana. En días como hoy, Podemos se ha convertido en el PSOE de los tiempos de Zapatero. Ahora son ellos, los "frikis y saltimbanquis" de Arriola, quienes son sus enemigos. El pacto antinatura entre Pepé y PSOE está sirviendo para limar las asperezas de los tiempos republicanos. Asperezas, que todavía perduran en las cabezas de muchos franquistas con traje de demócratas.

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