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Precariado

El Primero de Mayo – decía esta mañana Andrés en la cantina de la Citröen – ha perdido fuelle en la España de Rajoy. Mientras en Madrid – decía este sindicalista de los tiempos felipistas -éramos cuatro gatos, en Benidorm las playas estaban abarrotadas de jóvenes y no tan jóvenes provenientes del INEM. Ni las Huelgas Generales, ni las llamadas al Pacto Social han surtido efecto para congregar en el asfalto de la capital a los seis millones de parados arrojados por la EPA. Es el desgaste civil – en palabras del avestruz – el que explica al ciudadano de a pie: el silencio progresivo en las plazas de Madrid.

La falta de credibilidad del discurso sindical y la ineficacia de su poder han convertido a los intermediarios del trabajo en un florero más de los bosques democráticos. A día de hoy – decía esta tarde, el tertuliano de la SER – el pueblo ha perdido la fe en  las promesas sindicales. La ineficacia de las Huelgas Generales desde el "mayo de ZP" y la incapacidad para influir en las políticas del Ejecutivo, sitúan a las filas de Cándido y Toxo en las mismas butacas vacías que, treinta y tantos años atrás, ocuparon los sindicatos de Francisco. Tanto el Movimiento 15-M como la Plataforma de Ada Colau ejercen más influencia que las siglas sindicales en los ruidos callejeros. A día de hoy – se preguntaba con enojo el abuelo de la perdiz – la evidencia del ahora otorga la razón al maestro del Capital. La pérdida paulatina de la clase media y la perpetuación de la riqueza en los bolsillos de la derecha, nos reconvierte en la sociedad blanca y negra de la posguerra.

En engrosamiento progresivo de las colas del paro ha dibujado una Hispania dividida entre: las corbatas de arriba y los rostros de las calderas. La derechización de las políticas ha abandonado  en el arcén a las clases medias de París. El desmantelamiento del bienestar por las políticas austeras del marco neoliberal ha situado a nuestra bandera en un lugar periférico de los sueños europeos. La España Tercermundista – en palabras del ratón – siembra de mendigos acostados a las calles de Madrid. Las mismas calles que años atrás se vestían con alfombras elegantes para celebrar los logros alcanzados por los débiles de Marx. ¿Dónde está el corazón cuando se pierde la razón? En la desesperación, escribía Rosalía en su cementerio interior.

Mientras el "ejército de reserva" – desempleados, en los términos de Karl – no adquiera conciencia de "clase para sí", no luchará con garantías contra los sables del poder. La defensa de los "minijobs", por parte de Rosell, sitúa al sino del parado en  las mismas condiciones degradantes que millones de inmigrantes soportaron en los tiempos aznarianos. El escudo de la crisis sirve al tejido empresarial para percibir a sus obreros como lazarillos de Tormes en pleno XXI. El trabajador como un "coste a minimizar" en lugar de un "recurso a optimizar" pone sobre la mesa: la cultura laboral que se cocina en los fogones de la Patronal. Es precisamente, este cambio de mentalidad empresarial en contraste con la pasividad manifiesta del ejército de Marx, el que invita a la Crítica a vislumbrar un horizonte de abusos y explotaciones consentidas en las lógicas productivas. La miopía liberal, en palabras del mileurista,  impide ver a las élites elegidas: las sombras que se esconden detrás del precariado laboral.

Las portadas de Marhuenda

Las carcajadas de don Juan Carlos y Florentino en el decisivo contra Borussia, pintan de  optimismo la portada de Marhuenda. En los balcones de la fachada, los pronósticos del paro y el PIB para dentro de seis años,  visten de fantasía el primer día de mayo, más negro de la democracia. Con más de seis millones de parados arrojados por la EPA. El ejemplar nº 5249 de La Razón anuncia a bombo y platillo un paro del 14.9% y un PIB del 3.2 para el 2019.  Es precisamente, la búsqueda de una aguja para tejer, con suposiciones y premoniciones, las vergüenzas de su partido, la que mancha de rubor la profesión del periodista por la praxis de los otros.

En los zócalos de la portada, los discípulos de la Caverna tapan con sus rodillos las grietas de la Derecha. La línea del Supremo en cuanto a "la invalidez de las fotocopias como prueba judicial" es vendida con alegría por la casa de Marhuenda. La satisfacción por destacar en la fachada: un titular que deja en buen lugar al ex-tesorero de las gaviotas, sirve al director de La Razón para ponerse la medalla en el circo de los suyos. Gracias a que son fotocopias "los papeles de Bárcenas", podemos dormir tranquilos.

Sobre las cabezas de Pérez y el Monarca lucen como rótulos futboleros las frases extraídas de las entrevistas mantenidas con el presidente de la CEOE y el líder de Comisiones.Para alegría de los jóvenes, Rosell: "está seguro de que todos los jóvenes desempleados dirían que sí a un "minijobs" – o dicho de otro modo: a un trabajo basura de 40 horas a la semana y unos 400 euros al mes -". Para Toxo – con la que está cayendo en las angustias civiles – no "especula" con otra huelga general. 

La portada comentada en los párrafos de arriba ilustra con creces la antítesis a la "democracia de audiencia" reivindicada hace una semana en las páginas del Rincón. La búsqueda de un titular alejado de la realidad – a seis años vista – contrasta con un primero de mayo, marcado por la indignación de un país que: "quiere y no puede" trabajar. La imagen del Rey pletórico y sonriente alejado de la Zarzuela, distorsiona la realidad de una Corona deteriorada por sus grietas. Las frases entrecomilladas de Fernández y Rosell muestran la desesperación de un Director por maquillar la verdad con el propósito de agradar a sus fieles ideológicos. Desde la Crítica solamente nos queda denunciar ante la intelectualidad: los discursos que se cuecen en las cloacas de La derecha. Cierto.

Sobre Sanchos y Quijotes

Mientras Rajoy anuncia paciencia y perseverancia en las tierras de Granada, en el país de la bota: dos "carabineri" resultan heridos por los tiros de Luigi Preiti  -un parado desesperado y con problemas familiares-  a las puertas del Chigi. Es precisamente este contraste entre los mensajes tranquilizadores de las tribunas políticas y la evidencia empírica de las angustias civiles; el que invita al crítico del Rincón  a reflexionar sobre el descontento social con las reglas de Rousseau. Con más de la mitad de la población joven en paro y con las cifras más altas de desempleo en la historia de la EPA, el presidente que nos gobierna adolece de los mismos espejismos que en su día afectaron a los ojos de Zapatero. Dice el optimista de la Moncloa que: "hoy estamos mejor que hace un año". Estamos, dice Rajoy, "caminando por la senda de la recuperación" y "contra todas las predicciones internacionales" al "año que viene – concluye – se creará empleo".

Después de un año de la Reforma Laboral, los árboles de Báñez no han dado los frutos deseados en la ansiada primavera. El abaratamiento del despido y la creación del "Contrato Indefinido para el Emprendimiento", no han servido para enderezar las curvas trimestrales del INE. A día de hoy, seguimos siendo la bandera de Europa en destrucción de empleo. Cada día que pasa, la cola de los parados inmunda de rostros apagados las esquinas del INEM. Mientras EEUU y Japón van saliendo airosos de la quema, en este país: los soplos merkelianos impiden a nuestros bomberos apagar los fuegos avivados por los troncos escondidos. Es la carrera inútil entre el galgo y la liebre – en palabras de Valenzuela – la que impide a la Hispania de Rajoy ver los gigantes del Quijote con los ojos de Rocinante. Las políticas de recortes y la pérdida de un modelo productivo basado en los ladrillos, son los ingredientes malolientes que hacen de nuestro caldo el peor de los cocidos. Mientras no cambiemos los recortes por estímulos y retengamos en nuestros muros al talento que formamos, seguiremos erre que erre por una senda de espinas alejada de los prados visualizados por el líder de la derecha.

Según Javier: "estamos entrando en la segunda recta del gobierno de Rajoy. Ahora toca – decía esta mañana Arenas en la COPE – la ejecución de su programa". Son precisamente estas palabras, extraídas de las frustraciones andaluzas, las que sitúan al Ejecutivo presente en la misma quijotización que Sancho sufrió en la obra de Saavedra. Mientras la troika y el FMI – los Sanchos de la baraja- auguran tempestad en el fondo del horizonte. Rajoy – el Quijote de la Moncloa – visualiza en las imperfecciones de su pueblo a la bella Dulcinea. Las palabras de su mensaje a las puertas de Granada reproducen los mismos anhelos de Panza cuando empuñó el cetro de la Barataria. El contraste entre: las palabras del hidalgo y las realidades de su pueblo, invitan a la Crítica a solicitar cordura en el discurso de sus élites. Mientras no lo consigamos – decía esta madrugada, el búho de la rama – estaremos leyendo las mismas letras y comas que siglos atrás decodificaron los coetáneos de Lepanto.

Después de quinientos días al frente de la Moncloa, seguimos en el kilómetro cero de los tiempos socialistas. La bajada de la Prima de Riesgo no justifica – en palabras de la Crítica – el ¡España va bien! entonado por la Derecha. En días como hoy, como diría Juan Ramón en la España roja de Zapatero, el llamamiento a la paciencia por parte de Rajoy suena en los oídos de la calle como un mensaje desesperante proveniente de un político de segunda sujeto a las órdenes alemanas. Cuando una sociedad pierde la paciencia por el descrédito de sus gobernantes se activan mecanismos de defensa para expulsar por cauces informales la frustración contenida. Son precisamente, los episodios de suicidios y las situaciones dantescas como las acontecidas en Roma las que otorgan la razón al sociólogo francés en la obra del "Suicidio". Mientras el gobierno que nos representa vea el horizonte con los ojos del Quijote, los Sanchos de su pueblo seguiremos padeciendo los relinches doloridos del famélico Rocinante. 

Vacas flacas

La verdad sea dicha. No soy un gran amante de los viajes. No es que no me guste conocer otras culturas, que sí, pero prefiero leer y  contrastar informaciones, sin necesidad de desplazarme a miles de kilómetros para corroborar lo leído. Me llamaréis carroza pero, por mis experiencias de viajero, reconozco que no tengo ninguna motivación en fotografiar las pirámides de Gizeh o la gran muralla China. Me llena más comprender la lógica social que se esconde detrás de sus ladrillos que las manifestaciones estéticas de los mismos ante el detenido. Cuando viajas conoces otras maneras de vivir distintas a las tuyas. Cambia – le decía esta mañana a Inés – la organización de la vida pero no su sentido. La esencia de las personas sigue siendo la misma aquí, en Francia o en la otra punta de Pekín. Ahora bien, los matices del carácter divergen de un lugar a otro. Es el estereotipo, o dicho en otras palabras, el estigma que todos llevamos colgado, por ser: de aquí o de allá, el que determina la actitud del turista en la travesía por sus viajes.

Hace aproximadamente ocho años, después de tres meses de debate, decidimos – mi mujer y yo –  viajar a Italia con motivo de nuestro  viaje de novios. A pesar de que soy bastante reacio a la gastronomía ajena. Entre comer: "vaya usted a saber qué", en un país perdido del Congo, y comer: espaguetis, en un bar  italiano. Nos decantamos – después de algún que otro rifirrafe –  por la pasta de los martes. A pesar de las turbulencias a las puertas de Roma. Al final llegamos, como diría mi abuela: "sanos y salvos",  al hotel de destino. Allí – en Roma –  es cuando tomé conciencia del país en que vivía. Me di cuenta – y así se lo dije a mi mujer – que: "o los españoles somos muy ricos o aquí – en Italia – todavía no se han descubierto el oro de sus gallinas". Mientras en España – mi país – las grúas estorbaban al turista para realizar su instantánea desde las panorámicas de Benidorm, en Italia una grúa era – y lo digo con toda sinceridad – un buen motivo para inmortalizar su figura en la Canon digital. Los Audis, Mercedes y todo lo que sonase a "tecnología germana" eran – se podría decir así – los versos sueltos de Roma. Por las calles solo se veían Fiats y más Fiats aparcados o arrancados. Pero eso sí, la mayoría de las veces con conductores alocados, bien peinados y trajeados,  al volante de sus Ferraris – me refiero a sus Fiats, claro está -. En las calles de Roma, cruzar la acera se convertía en una odisea no apta para cardiacos. Hasta el más radical de los ateos – doy fe de ello – se tenía que santiguar dos veces, antes de visualizarse dando pasos en la otra esquina.

La visita del Vaticano – hacía pocos meses de la muerte de Wojtyła – me llamó muchísimo la atención. Lo primero que pensé: "¡Vaya, éstos son los que tanto hablan de pobreza!". Mientras el patrimonio civil de las calles romanas estaba sucio y seriamente deteriorado, los pasillos de San Pedro brillaban como una gargantilla en las vitrinas de la joyería. Me sorprendió – le decía a un compañero de ruta – la ostentación de tanto lujo en contraste con los dientes amarillos de los mendigos de afuera.  Es la Iglesia – decía la novia de Manolo, mientras contemplaba los techos de la Sixtina – la que come con la plebe y duerme con los ricos. En  aquellos tiempos de mieles y alegrías, el nuevo pontificado liderado por  Benedicto marcada un antes y un después entre el atractivo mediático de Juan Pablo y los tiempos enigmáticos del Nombre de la Rosa. Hemos vuelto – decía Carlota – a los mismos muros de Umberto cuando el latín y la liturgia barata se convirtieron en un arma de ostentación entre las tribunas de las sotanas y las migajas feligresas.

A la vuelta. Desde las ventanillas del tubo se veían los cientos de grúas que emergían de las tierras del Pocero. Mientras los Audis y Mercedes esperaban la luz verde en los semáforos de Lavapiés, los albañiles del andamio lanzaban sus piropos obscenos a las ejecutivas de Madrid. Los bungalows de Torrevieja y los apartamentos de Guardamar invadían los cristales de inmobiliarias omnipresentes en los rincones de la capital. El contraste entre las calles sucias de Roma y el glamour español marcaban las diferencias económicas entre las alegrías de aquí y las penurias de allí. Hoy – ocho años más tarde – miro con nostálgica la fotos pixeladas en las pantalla de mi PC. Me doy cuenta que la Italia de ayer  se ha convertido en  la España de hoy. Los Audis y los Mercedes son la excepción en los semáforos de Lavapiés. Los apartamentos y bungalows que colgaban de los escaparates madrileños son los mismos, que hoy, están cerrados a la espera de comprador. Estamos – decía esta mañana Inés, mientras leía las cifras catastróficas de la EPA – al borde de morir como país. Las vacas gordas del ayer  ya no dicen Muu… en los tiempos de Rajoy.

Muñecos de cera

Mientras Alejandro esculpía las aristas del Duque en su taller valenciano, el chirrido de la carretilla trasladaba – en papel de burbujas- a las ceras de la tonadillera. Es la dialéctica – decía el filósofo alicantino – entre: los muñecos del museo y las esfinges de la plaza, la que invita al crítico de la poesía, a contemplar con sus lupas, los contrastes metafísicos entre: el silencio de la ceras y el estruendo de las fallas. En los recovecos de la trastienda se oían las adulaciones despertadas por los verticales de las vitrinas. El ruido de las termitas se entremezclaba con los sonidos agudos provenientes de las gotas que caían sobre las tejas de Uralita. Los restos de la Pantoja recorrían los pasillos del cementerio ante la mirada cadavérica de sus compañeros de fracaso. La momia de cera – como se conoce en la jerga, a los muñecos de la trastienda – yacía acostada en la carretilla de Francisco, en búsqueda de un nicho vacío para cumplir la sentencia impuesta: en la selva de los vivos.

Entre martillos y púas, la cara del "empalmado" aguardaba en el perchero a la horquilla de su cuello. En la mesa de Alejandro aún quedaban los restos caducados de Montoro y Gallardón. Restos – en palabras de su creador – de una falla que no consiguió – por desgracia para los suyos – el indulto ciudadano. En la hoguera – decía Alejandro, mientras pintaba las orejas de Urdangarín – arden las vergüenzas de una Hispania rota por el caminar de sus cangrejos. Las grietas de la Corona, los sobresueldos del PP y los yogures de Cañete; sirven a los cinceles de Aristóteles para esculpir los mensajes que se esconden en las sombras de las élites. Mientras unos – los indecentes –  se transforman en cenizas ante los ojos del transeúnte. Otros – los honestos –  son salvados de la quema por los valores intrínsecos que transmiten las palmas de sus manos. Las mismas palmas rudas y temblorosas que trabajaron como plebeyas en los momentos de la vendimia.

Mientras en el almacén de Cera descansan acostados los muñecos desterrados del escaparate ciudadano, en el Museo de las Fallas permanecen erguidos los ninots indultados de las aguas de Manrique. Es precisamente, este juego artificial entre: los muñecos de la trastienda y los ninots valencianos, el que retrata la maquinaria que mueve los hilos en el sino de las élites. En el Museo de Cera – decía esta mañana, el abuelo de Enriqueta – las esculturas de los rincones simbolizan los lugares que ocupan sus vergüenzas en las luces de sus vida. A tales recovecos, desprovistos de luz y visibilidad,  son trasladados los muñecos que están a punto de traspasar las líneas de la trastienda. Allí se sitúan los futbolistas envejecidos y los pasados de moda. Allí, se ubican los personajes que, día tras día, agonizan lentamente en la hoguera de su noticia. Allí, se sitúan los imputados y cuestionados por los ojos ciudadanos. Es, por desgracia, en uno de esos rincones donde los cuerpos estirados de la Infanta y el Duque esperan el momento de ser trasladados a los lugares de la Pantoja. Los mismos lugares oscuros y polvorientos que años atrás acogieron a Jaime de Marichalar.

En las oscuridades de la trastienda, muchos de los acostados, son los elegidos por los talleres de Alejandro para caricaturizar su traslado en las tribunas de la calle. La escenificación del ridículo en las plazas de Valencia sirve al transeúnte para oír los chirridos que desprenden las ruedas de la carretilla. En el museo de la calle, la idealización de la cera se derrite sin decoro ante los cinceles de Aristóteles. Mientras las canas del Duque lucen espléndidas en los fondos del Museo, en las calles de Valencia se convierten en grandes pasos de cebra inundados de dinero. Los rizos de la tonadillera son distorsionados por grandes tentáculos de pulpos adheridos a los ladrillos de Marbella. Probablemente hayan sido tantas las vergüenzas escondidas que, el próximo año en las fallas de Rita, tanto el Duque como la Pantoja, verán como arden sus ninots en el estruendo de la hoguera. Mientras tanto, la Infanta Cristina espera erguida en su rincón de Cera hasta que la carretilla de Castro decida el sino de su muñeca.

Democracia de Audiencia

Según Hallin y Mancini, el sistema mediático que distingue a la Hispania presente, responde a las características del Modelo Mediterráneo. Para  Daniel y Paolo, este paradigma se define por: la escasa lectura de prensa, la politización de los medios, la instrumentalización de los periodistas y el intervencionismo estatal en los tejidos informativos. Tales trazos arrojan una coyuntura mediática de Democracia de Partidos muy alejada del ideal de Democracia de Audiencia. Esta última, se caracteriza por una esfera pública protagonizada por unos medios privados relativamente autónomos de los partidos políticos y unos medios públicos relativamente autónomos del gobierno.

El periodismo ideal ubicado en el paradigma de la Audiencia se convierte en un árbitro del conflicto político y en un servicio público, ajeno a los intereses gubernamentales. En precisamente este escenario platónico alejado del que tenemos, el que sitúa al patrón de la opinión pública en una audiencia informada y capacitada para confeccionar opiniones fundadas sobre la agenda del momento. La Democracia de Audiencia se corresponde con la uniformidad de los mensajes y la transparencia de las cabeceras. El lector de la mañana, en  los sistemas ideales, compra su ejemplar atendiendo a la calidad de los escritos, con independencia de sus preferencias electorales y mimbres  ideológicos. La despolitización de los medios sirve a la sociedad ideal para fabricar espíritus críticos ajenos al corsé editorial de la polarización mediática.

El intervencionismo estatal, denunciado en el párrafo primero, se manifiesta en la radio-televisión pública española y autonómica. Según Sampedro, tales televisiones: "cumplen disciplinariamente una función de propaganda del gobierno de turno". En dichos medios, "no suelen realizarse debates entre candidatos por miedo a la manipulación". "El despilfarro económico de la televisión pública – en palabras de Fernández, amigo de José Luis – no se corresponde con la calidad de los contenidos". "No hay consejos audiovisuales independientes de los partidos y en condiciones de controlar a los medios". "Las concesiones de licencias de emisión – criticadas por Mancini – suelen estar contaminadas de clientelismo". En definitiva, "la oferta audiovisual no satisface los estándares que cabría esperar de un servicio público". Estamos – como diría el cuñado de mi prima – a años luz de un periodismo que sirva a los ciudadanos en lugar de a los partidos.

El periodismo actual, sujeto a la Democracia de Partidos, agoniza día tras día, ante la pérdida de su argumentación racional y el punto bajo de miras en el debate de las ideas. La prensa que nos envuelve se distingue por su falta de compromiso con las reglas más elementales de imparcialidad informativa y contrastación de fuentes. Las "dos Españas mediáticas", denunciadas hasta la saciedad por las páginas del Rincón, se pelean como perros y gatos para tejer el titular que mejor satisfaga a los intereses de sus partidos. Decía Bouza que: "la batalla por la comunicación es la forma que hoy parece tomar la (antigua) lucha de clases". En días como hoy, la información se disfraza de opinión y, viceversa, en un escenario de agresividad envenenado por los mercados. El periodista se ha erigido en un exhibidor moral con capacidad para condenar a cualquier ciudadano que le cuestione o, ponga en riesgo su protagonismo en los lagos de lo público. Mientras el periodismo no recupere su humildad estaremos – como decía José –  a "años luz" de conseguir el ideal. Cierto.

Las grietas de la Corona

Sin guerra mediante – decía esta mañana el nostálgico de Andrés – otro gallo hubiera cantado en el sino republicano. La antítesis  entre: la legitimidad de los Borbones y el cetro de la Moncloa, marcan en la España del ahora, las bases del descontento civil entre: el pedigrí de la democracia y el cruce con la Corona. Es precisamente esta mezcla entre genes y razón, la que invita a la Crítica a reflexionar sobre las grietas que emergen en las cenizas de la Zarzuela. En días como hoy, la Hispania Juancarlista de los tiempos adolfinos, se erosiona, día tras día, desde que el barrito del elefante despertó a los cocodrilos que se hallaban en los lagos del camarada. 

Las gafas de Quevedo servían al viejo republicano para ver de cerca las inquietudes escondidas en las vitrinas de María. Después de comer el cocido de los domingos. La actualidad del día envolvió al abuelo y a su nieta en un diálogo intergeneracional entre: los "ni-ni" del XXI y los rojos del treinta y uno. Es precisamente este contraste entre los grises del ayer y los rosas del presente, el que sirve de ventana a las portadas de Gasset, para comprender la verdad que se esconde en la suma de perspectivas. En los tiempos de República – exclamaba Andrés, mientras apuraba su Ducados – conseguimos que las sotanas del régimen se dedicasen a rezar y se alejasen de la política. Se consiguió paliar el analfabetismo heredado de los tiempos alfonsinos. Gracias a aquel fragmento de nuestra historia reciente, los hijos de la plebe soñaron como franceses a las puertas de la Bastilla. Fue tanto cultivo de derechos y libertades que después de ochenta y dos malditos años, aún sigo soñando con el día que cambiemos el rojo de abajo por el morado republicano. Por muchas grietas que tenga la Corona -intervino la hija de su María  – no podemos olvidar la labor histórica de don Juan Carlos. Su función esencial para entender las tablas que nos mantienen. Gracias a él, dice mi profesor de instituto, el "discípulo rebelde de Franco" hizo que se cambiasen las tornas en el devenir de nuestro Estado.

 Podría haber seguido los pasos del Generalísimo pero, sin embargo, renunció al absolutismo de su abuelo: "el africano", para instaurar en los océanos malolientes de la dictadura agonizante, una isla de libertades llamada: democracia. Supo, plantar cara a los tiros de Tejero. Aunque esté mal decirlo, tuvo un par de cojones para decirle al venezolano aquello de: "¿Por qué no te callas?". Pero ahora que el árbol de nuestras libertades está bien sujeto a sus raíces constitucionales: no nos gusta que entre sus frutos haya uno que se llame "la Corona". Soy republicana. No confío en un poder legitimado por los genes tradicionales pero, reconozco abiertamente, que sin la figura de Juan Carlos, probablemente hubiesemos tenido otra Guerra Civil similar a la de entonces.

Yo, ¡el padre de tu madre! – dijo un enérgico Andrés, mientras leía la portada de un "Público" descatalogado – llevo en el interior de mis venas la sangre roja que durante cuarenta años envenenó el nacional-catolicismo. El mismo régimen dicatorial que nos obligó a pensar como el caudillo y a vivir reprimidos en las celdas de la contradicción. Yo, tu abuelo Andrés, le doy gracias a tu Rey por las semillas que arrojó en los desiertos de libertad. Ahora bien, querida María, si seguimos con la Monarquía nos covertiremos en la Iglesia que tanto odié en mis tiempos republicanos. La misma Iglesia que varios siglos después vive con los mismos mimbres medievales del ayer, a pesar de los nuevos aires que soplan en las sotanas de Francisco.

En días como hoy, la monarquía ha perdido su función. Se ha convertido en un florero más. Una flor marchitada, a la que todos los días hay que regar. Me resisto a seguir pagando, con el sudor de mi pensión, los caprichos de un señor que: un día sí y otro también, nos sitúa a ti y a mí – españoles de a pie –  en el punto de mira de las vergüenzas internacionales. Las noticias acerca de la Infanta,  Urdangarín, la misteriosa herencia del Rey y la "x" de Corinna son, como diría mi gran amigo José: "las grietas que desintegran la imagen de la Corona".

Escraches

Los escraches, o dicho de  otro modo, el traslado de la indignación ciudadana a los portales de la calle, se ha convertido en una práctica habitual en el malestar del día a día. Escraches contra diputados, banqueros, profesores y todo lo que suene a poder, ponen de relieve para el sociólogo de hoy, la ineficacia de los mimbres tradicionales para la consecución de los fines civiles. Es precisamente,  la frustración ciudadana ante los abusos de las mayorías, la que mueve al descontento civil a ejercer su derecho de reunión en el ámbito de lo privado. Los "maquis" del ayer – decía esta mañana, el rojo de Andrés – son los escrachadores de hoy. Mientras las resistencias franquistas transitaban por las montañas más densas y rocosas de Galicia y León, los enfadados del presente- desahuciados, jubilados, parados, etcétera – utilizan los adoquines urbanos para conseguir, con la molestia de su presencia, lo que no han conseguido con la fuerza de las urnas.

Cuando la política no cumple con las expectativas ciudadanas – en palabras del filósofo –  emergen mecanismos psicológicos en la idiosincrasia de los pueblos para expulsar la ira que recorre el enojo de sus adentros. Es precisamente el estallido de la frustración reprimida, la que invita al indignado de Hessel a visibilizar su descontento político ante los ojos de sus élites. El escrache sirve al ciudadano para trasladar su incomodidad vital al bienestar de los elegidos. Gracias a estas medidas – criticadas por unos y aplaudidas por otros – el pueblo manifiesta en el asfalto aquello que no puede hacer en las alfombras de los leones. El cruce de las líneas que separan lo formal de lo informal, son las que ponen sobre la mesa las debilidades del pacto social. El mismo pacto que tanto defendió el ilustrado francés para domesticar a las fieras de Hobbes.

El derecho de reunión e intimidad, o dicho de otro modo, la visibilidad de la queja  en las esferas de lo privado sitúa al discurso racional de las élites tóxicas del poder en las fibras sensibles de la gente. El enfado del desgraciado con las políticas de sus elegidos ha cambiado los silencios de la almohada por los ruidos de la calle. Mientras hace unos años, los sindicatos eran los encargados de canalizar formalmente las sumas individuales. En días como hoy, el fracaso de las Huelgas Generales y las "mareas" han hecho que el ejercicio del derecho de reunión y manifestación adquiera nuevas formas de expresión a las acostumbradas. Nuevas formas basadas en el poder de la molestia y la agudización de sus mensajes en el centro de las dianas. El escrache desnuda el misticismo que envuelve la figura del político y lo convierte en el responsable principal de las desgracias mundanas. 

La medida del Ejecutivo para poner tierra por medio entre los escrachadores y escrachados, conjuga la compatibilidad entre reunión e intimidad en el campo de batalla. Los 300 metros, decretados por la Derecha, para legitimar el ejercicio y respeto de sendas libertades alivian los síntomas del enfermo pero no cura la herida abierta en el seno de sus pulmones. No cura, decíamos atrás, las grietas de una democracia caracterizada por el exceso de representatividad y deficitaria en cuanto a canales directos de expresión social. Cada día que pasa – decía el nostálgico de Grecia – el pacto social de Rousseau ha cambiado la esencia de los acuerdos por la sustancia de los decretos. Los escraches son la viva manifestación de una sociedad indignada con el organigrama formal del Estado.
Una guerrilla urbana formada por filas de hombres humildes y líderes informales procedentes del desánimo. Ciudadanos que han dicho NO a los abusos de poder del sistema establecido.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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