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La derecha rota

No sé si ustedes han visto "El Método", es una película protagonizada por Eduardo Noriega que versa sobre la frialdad de los negocios y el capitalismo salvaje de nuestros días. El título del filme hace referencia a la forma peculiar que tiene una multinacional para seleccionar a candidatos para un puesto de alta dirección. La trama se desarrolla en las oficinas de un  "rascacielos" de la capital, allí están sentados, alrededor de una mesa ovalada, un grupo de aspirantes, entre 30 y 40 años, altamente preparados a los que se les somete a todo tipo de pruebas, donde la ética brilla por su ausencia. A lo largo de la película se narran dos escenas paralelas; por un lado: el escenario de la oficina con diseño minimalista y paredes blancas, frías como el hielo; por otro lado: en la calle hay una masiva manifestación en contra de la globalización, en ella vemos como la policía se ensaña a porrazos contra todo aquel que traspasa las líneas de lo permitido. Como habrán comprobado, su director – Marcelo Piñeyro – transmite al espectador el juego de contrastes entre la indignación de la calle y la avaricia de los negocios. Mientras unos compiten por altísimos puestos en los cuadros directivos, puestos desprovistos de toda ética y principios, en el asfalto miles de individuos claman más igualdad y equidad en su sistema.

Ayer, mientras veía las imágenes por televisión de la Convención del PP en Valladolid, tuve la sensación que estaba viendo las mismas secuencias que, años atrás visioné con El Método. Justo enfrente del auditorio Antonio Miguel Delibes – lugar de la convención – estaban concentrados cientos de manifestantes provenientes de distintas "mareas". Mientras en el interior del auditorio hablaban de política, miles de señores encorbatados y señoras de "punto en blanco", en la calle – a escasos metros del recinto – se hallaba la muestra de un pueblo cabreado, o mejor dicho, indignado con sus elegidos. Mientras dentro se hablaba de "lo bien que va el partido" y lo "felices que somos con el poder en la mano", fuera se gritaban los eslóganes en contra de: el aborto, los desahucios, las preferentes, la lomce, la cuestión catalana, el paro, la corrupción… temas, por cierto, que no se hablaban dentro. Es, queridos lectores y lectoras, el contraste entre la "miopía liberal" de quienes "le-gí-ti-ma-men-te" nos gobiernan y “el realismo" de la calle, el que pone los "pelos de gallina" a cualquier ciudadano que se considere demócrata.

Por mucho que defienda Cospedal “la unificación del partido", lo cierto y verdad, es que su Presidente de Honor – el señor Aznar – no ha estado presente en un acto, tan importante para su partido, como lo es una Convención con miles de militantes y barones regionales. Posiblemente José María esté ocupadísimo con sus cursillos, conferencias y presentaciones de libros – posiblemente – pero yo me pregunto: ¿tan importantes son tales menesteres como para plantar a los suyos en un acontecimiento semejante?, ¿no será que su orgullo herido y nostalgia de “expresidente” han sido más fuertes que la humildad de un "simple" militante? La cuestión es que la ausencia del "honorífico" solamente siembra dudas y enturbia las aguas de su partido. No solamente ha estado ausente José María sino que Mayor Oreja, exministro de Aznar, tampoco se ha dejado ver por allí. El cabeza de cartel, durante años, a las elecciones europeas – digo durante años porque para las próximas ha confirmado que "no se presentará" – no ha estado presente en el acto, según él: "para evitar controversia", o sea, manchar la imagen idílica que se desea vender con la convención acerca de un "partido unido", tal y como dejó "ordenado" Fraga antes de morir. Y para postre, de los postrísimos, tampoco han estado presentes ni  Vidal Cuadras ni Ortega Lara; no lo han estado porque, como ustedes saben bien, estarán preparando la estrategia de su "nueva empresa", el partido VOX, para quitarles  votos, no podía ser de otra manera, al PP. 

Llegados a este punto, ¿no les parece a ustedes que la derecha está rota?, sinceramente pienso que sí. Pienso que sí y lo argumento porque desde el caso Bárcenas; las declaraciones de Aznar, en su famosa entrevista en Antena 3; la doctrina Parot  y la Ley del Aborto, se han producido escisiones, o sea, grietas en el seno del PP. Las voces discordantes de Cifuentes acerca del "proyecto Gallardón"; los dardos lanzados por Aznar sobre su hipotético regreso;  el platón de Oreja al proyecto europeo, según las "malas lenguas" provocado por las desavenencias con Rajoy acerca del terrorismo; la "marcha atrás" sobre la privatización de la sanidad madrileña; las declaraciones intermitentes de Aguirre y; por supuesto, no nos olvidemos, del caso Bárcenas que aunque esté algo enfriado, y más que lo estará con la destitución de Pedro Jota, seguirá arrojando alguna que otra "perlita" a lo largo del año. A pesar de todos estos indicios, en la Convención de Valladolid todo ha transcurrido con "normalidad". Nos han lanzado el bulo que son un "partido ejemplar" y que España va "en la buena dirección", pero se han olvidado de hablar de la "basura" que nos están dejando en sus dos años de gobierno. Claro, de eso no interesa hablar. ¡Saben poco!

Sobre Bárcenas y Pedro J.

Hace unos meses escribí en este blog un artículo titulado: "el efecto Bárcenas", en él analizaba las razones que llevaron al diario El Mundo a destapar las miserias del PP, en contra de su línea editorial. No era normal que un periódico de corte conservador arrojara piedras contra su propio tejado. Recuerdo que publiqué un tuit que decía: "lo que no ha conseguido el PSOE en sus dos años de oposición, lo ha conseguido Pedro Jota con cuatro titulares". Pedro Jota consiguió, con sus portadas sobre el caso Bárcenas, recuperar la España de Roldán, Vera  y Barrionuevo, pero esta vez desde la trinchera contraria. En aquel artículo llegué a la conclusión de que los dardos envenenados no iban contra la derecha sino contra Rajoy. De todos es sabida la gran amistad que el exdirector de El Mundo tenía -y tiene- con Aznar. Desde los atentados de Atocha, Pedro Jota ha sembrado la teoría de la conspiración, con tal de lavar la imagen de su amigo José María. Nunca ha dado titulares en contra del expresidente y siempre le ha dedicado grandes editoriales, después de que fuera defenestrado por Zapatero. El caso Bárcenas le vino como anillo al dedo al exdirector de El Mundo para pedir la cabeza de Mariano; mediante titulares comprometidos que cuestionaban su "honorabilidad" como presidente. Tanto es así que Rajoy tuvo que comparecer en el Congreso para salvar su pellejo ante el aluvión de pruebas mostradas por Ramírez contra su figura. Si en el año 1993, lo que le interesaba al director de El Mundo era que rodase la cabeza de Felipe – y rodó – , ahora la finalidad estaba clara: cargarse a Rajoy para que el ala extrema del PP (José María, Aguirre y compañía) recuperasen su "Bastilla".

Tanto se obsesionó Pedro Jota por la cabeza de Mariano que su equipo – El Mundo – comenzó a mostrar síntomas de flaqueza en las gradas de los "mercados". Así las cosas, muchos lectores no vieron con buenos ojos que su periódico – de corte neoliberal – se dedicase a destapar las vergüenzas de su partido. Hoy, varios meses después de la famosa entrevista de Pedro J. con el preso de Soto – Bárcenas-, nos damos cuenta que aquella gran portada, al estilo americano, era tan solo "comida hoy y hambre para mañana". Seis meses después ha quedado claro que en este país, los discursos mediáticos están encorsetados por sus clientes soberanos. Si existiese una prensa libre, plural e independiente probablemente Pedro Jota no estaría de patitas en la calle. Pero, queridos lectores y lectoras, mientras hayan intereses económicos y políticos detrás de los elefantes – los grandes medios – no habrá un discurso libre y ajeno a las líneas editoriales.

En los medios pasa algo parecido como en el fútbol, cuando el equipo no mete goles, o dicho de otro modo, cuando la afición no está contenta, el primero en salir por la puerta siempre es el entrenador de turno. A Pedro Jota todos lo querían mientras lanzaba dardos contra la corrupción de la izquierda, una vez que se saltó el guión establecido y quiso ir más allá de lo permitido – conseguir la cabeza de Rajoy –  ha sido desplazado por los mismos que lo elevaban como si de un estorbo se tratara.

Ahora con Casimiro García Abadillo al frente; El Mundo, probablemente, recuperará la línea que siempre había tenido. Posiblemente, ojalá me equivoque, su diario ya no servirá de vehículo para que Bárcenas filtre el veneno contra su partido, el PP. Así las cosas, el lector de la mañana acudirá todos los días a su quiosco a comprar El Mundo sin ningún tipo de riesgos de encontrarse con alguna perla que vaya en contra de lo esperado. Posiblemente, a partir de este momento, Rajoy levantará cabeza en las páginas de Casimiro; ya no sufrirá el acoso y derribo que ha tenido, por Pedro Jota, desde que piso La Moncloa. Aznar, sin embargo, será el gran perjudicado, su amiguito de periódico ya no estará para taparle, ni tampoco, para allanarle el camino, en caso de volver a liderar el partido. Sin Pedro Jota mediante, Aznar se queda sin escudo ante los dardos provenientes de El País. Ataques provenientes de una guerra silenciosa desde los tiempos de Sogecable. ¿Han ganado la batalla los lectores? Sí, sin duda. ¿Ha perdido la democracia la oportunidad de un periodismo independiente? Sí.

La "cabeza de Ramírez" sienta un antes y un después en la forma de hacer periodismo en este país. Yo no es que sea un gran admirador de Pedro Jota pero, lo cierto y verdad, es que aunque quiso a toda costa cargarse a Rajoy con las publicaciones de Bárcenas, lo hizo a sabiendas del coste de oportunidad que ello suponía para los ingresos de su periódico. Hasta ahora no ha habido ni un solo director de periódico que se haya atrevido a ser infiel a la línea ideológica de su medio. Pedro J. fue parte y noticia al mismo tiempo. Parte, porque él fue quien bajó a la cloacas de la derecha y, al mismo tiempo fue noticia, por la izquierdización de su periódico. Me gustaría que algún día el director de ABC, Bieito Rubido, arrojase algún que otro dardo contra los asuntos de la monarquía o que, aunque sea mucho pedir, que Marhuenda tirase piedras contra Génova; o, por qué no, que Enric Sopena manchase la imagen de Rubalcaba. No lo harán porque si lo hiciesen tendrían los días contados. Los mismos días que tuvo contados Pedro Jota cuando quiso ir más allá de lo permitido.

Recuerdos políticos

Normalmente no suelo anunciar a mis alumnos que tengo un blog y, mucho menos, que versa sobre política. No se lo suelo comunicar, les decía, porque en este país, a pesar de vivir en democracia, hay ciertos temas que son tabú para ciertos ciudadanos, o mejor dicho, no está bien visto que un profesor hable de política en el seno de su aula. Aunque intente no vender mi producto – el blog, me refiero – siempre hay algún que otro pupilo que teclea mi nombre en Google y, sin quererlo ni beberlo, descubre "el pastel" en los océanos de la red. Por ello, por mucho que quiera disimularlo, al final toda mi clase sabe que tengo un blog y que hablo de política. Cuando llega ese momento, normalmente en el primer mes de curso, no pasa un día que entre clase y clase terminemos, algunos de mis alumnos y yo, hablando de política. 

Hace dos años, aproximadamente, tuve un alumno con el que mantuve largas conversaciones sobre el sistema democrático y sus imperfecciones. Decía este discípulo, ahora matriculado en políticas, que Cataluña algún día abriría "el melón" de la independencia para convertirse en el nuevo "paraíso fiscal europeo". Al principio me costaba compartir sus reflexiones porque no había indicios para sostener lo que decía. Hoy, sin embargo, con la "cuestión catalana" como tema candente en todas las portadas nacionales, recuerdo las palabras de Paco (nombre ficticio) y, la verdad sea dicha, pienso que quizá tuviera razón. En otra ocasión hablamos sobre los recortes drásticos que hacía Rajoy durante los meses siguientes a su victoria, allá por febrero del 2012. Decía mi alumno que él había votado a la derecha "no por convicción, ni ideología sino por necesidad". Su situación era tan precaria que su fe "ciega" en las palabras electorales de Rajoy hicieron que se cambiara de chaqueta y votase, en contra de sus principios, al PP. "Cuando la izquierda te abandona en medio de la tormenta- se refería a ZP – es el momento de mirar a otro lado para encontrar a otros que te echen una mano", decía. Hoy, dos años después de aquellas sabias conversaciones, he recibido un Whatsapp de él, que ponía: "cuando Europa está por encima de las ideologías, no tiene sentido ni votar al PSOE ni al PP, porque, al fin y al cabo, todos están cortados por las tijeras de Merkel, luego mientras siga esta señora al mando del chiringuito seguiremos siendo, para desgracia de muchos, neoliberales".

A parte de conversar con los alumnos también hablaba de política con Ernesto – un compañero de profesión – docente de matemáticas. Todas las mañanas en la sala de profesores nos sentábamos en los sillones de la entrada y mientras leíamos El País, comentábamos los titulares de su portada. Un día hablamos, largo y tendido, de los partidos políticos, sus estructuras y liderazgos. Decía Ernesto que llegaría algún día en que el PP se dividiría y volveríamos a los tiempos de Hernández Mancha. Tiempos en los que la derecha estaba agrietada, hasta que Aznar "unificó" el partido y aglutinó en su seno a centristas y falangistas. Esta semana he recordado las palabras de mi compañero. Efectivamente tenía razón; el PP muestra, dos años después de aquellos diálogos, sus primeros síntomas de debilidad. La creación de VOX por Ortega Lara; el abandono de Vidal Quadras; el plantón de Aznar a Rajoy en la próxima Convención de su partido en Valladolid y, el rechazo de Oreja a ser cabeza de cartel en las europeas, son entre otras, las grietas que se vislumbran en los techos de la derecha. Grietas que otorgan al ciudadano de a pie una imagen de deterioro y falta de liderazgo en el seno de sus siglas.

En aquellas conversaciones también hablamos del Caso Nóos. Recuerdo que en la prensa salían las primeras noticias acerca de los tejes y manejes del Duque y su exsocio, Diego Torres. En más de una ocasión discutíamos sobre la posible imputación de la Infanta. Decía Ernesto que veía improbable que en este país de "poderes entrelazados" y “balanzas desiguales", viéramos algún día a Doña Cristina sentada en un banquillo. En todo caso, decía, "le auguro un lugar oscuro en el Museo de Cera junto a su excuñado, Jaime de Marichalar. Pero no creo que un juez sea tan independiente e imparcial para humillar a la monarquía con la imputación de su preferida". Hoy, dos años después, quién nos lo iba a decir a Ernesto y a mí que la hija del Rey esté a punto de declarar, o sea, esté imputada por los "negocietes" de su marido. Está imputada, cierto, pero no olvidemos que lo está con privilegios y distinciones. Privilegios, por cierto, que nunca tendríamos los que no tenemos a un padre Rey ni a un hermano Príncipe. Declarará sin ser grabada por video y lo hará sin ningún móvil en la sala que pueda filtrar a la prensa sus palabras en la vista. Irá a declarar -muy probablemente – en coche, sin bajar a pie por la misma rampa que, meses atrás, pisó su marido. Lo hará así porque es la "hija del Rey" y en este país, por mucho que diga S.M. en mensajes navideños, existen dos raseros para juzgar a quienes se sientan en el banquillo.

Las faldas de Hollande

Si Hollande no fuera presidente de Francia – decía esta mañana Amalia – probablemente en estos momentos no estaríamos hablando de "cuernos" en el Palacio del Elíseo. Digo esto, porque este señor no es precisamente ningún George Clooney ni nada por el estilo. Es uno más del montón de los mediocres. Un señorito cincuentón, en esto se parece al "bombón" de la Nespresso, con entradas; gafas disimuladas y algo de barriga". Es, querida Amalia, el poder de su figura y no sus encantos de "hombre", el que atrae a la jovenzuelas a lucrarse con su nombre. Efectivamente, y en ello te doy toda la razón, si este señor fuese uno más del Metro de París, quizá no tendría nada que hacer con la inaccesible Gayet. Pero como es – ni nada más, ni nada menos – el Presidente de Francia, esto cambia las tornas de la atracción y lo convierte, para envidia de muchos, en un "buen partido" para el "sueño parisino".  

"En la historia de los cetros – decía mi cuñado, mientras comentábamos la noticia de Hollande – siempre ha habido alguna que otra salpicadura de cuernos que ha eclipsado, por un tiempo, las agendas políticas. Recuerdo cuando "la pelandusca" de Lewinsky salió a la palestra por sus "amoríos" con Clinton, no se hablaba de otra cosa en los corrillos de los bares. Era como si la "felación" en el despacho Oval – el mismo que acogió, el otro día, el encuentro de Mariano con Obama – fuese más importante que el PIB y todos los parados juntos. Terminé, querido cuñado, de la becaria y las "canas de Bill", hasta los mismísimos "cojones" y, todo para que al final, el susodicho admitiese que había tenido una "relación inapropiada" con la becaria despeinada". La erótica del poder, estimado Alejandro, es como el efecto anestiasante que desprende la flauta ante los mimbres de la serpiente. Los líos de faldas en los aposentos presidenciales siempre han estado presentes desde los tiempos de Juana.

"Grandes hombres -en palabras de Aurelio – han visto como sus torres de naipes han caído ante tacones lejanos y tetas desconocidas. Si Dominique Strauss-Kahn no hubiese sido denunciado por la camarera del Sofitel, probablemente otro gallo cantaría, hoy, en las faldas de Hollande. Fue, paradojas del destino, la libido incontrolada del exdirector del FMI, la que entorpeció su carrera hacia los cetros del Elíseo. El socialista francés fue acusado de abuso sexual; intento de violación y encarcelamiento ilegal. ¿Tenía este señor necesidad de tirar de por la borda su carrera hacia el poder, por no saber controlar sus instintos animales?" No, le respondió el avestruz, pero en ocasiones, querido Aurelio, los hombres inteligentes se comportan como tontos al bajar la guardia de su razón. Es, precisamente, en esos momentos de desliz cuando el sexo y el poder se nutren entre sí en los mares de Manrique. "Después del calentón – en palabras de Javier – los demonios de la razón azotan las culpa que se esconde en la débil emoción". 

"En la vida – decía una sabia señora – todos los cadáveres salen a la luz por la inercia de la erosión. Por mucho que ocultes la mentira, tarde o temprano, la misma palabra que te sirvió para coserla, será descosida por las debilidades de tu memoria. Por ello, es mil veces más aconsejable que lo que lleves por dentro – tu realidad – sea el reflejo de lo que otros ven desde fuera – tu verdad -." Aunque Hollande no quiera hablar de sus "asuntos privados", no se da cuenta que su "escándalo" dará de comer a los principales medios del país. Aunque – y valga la redundancia – no quiera hablar de sus "asuntos privados", tendrá que reconocer sus deslices para que los franceses no vean en él al Clinton de la Lewinsky. Si no lo hace – tarde o temprano -, otros y otras hablarán. Hablarán por él hasta que su sombra se asemeje a la misma de Dominique. Mientras tanto, Ségolèn – la ex de Hollande – acude a Pitié Salprêtière a consolar a Valérie, la mujer que años atrás le "levantó" a su marido, el padre de sus cuatro hijos.

La Infanta, ETA y los catalanes

Si el año pasado fueron los papeles de Bárcenas y los ERE de Andalucía, los dos temas que acapararon la actualidad mediática. Éste, probablemente sea el año de la "cuestión catalana"; los "presos de ETA" y la "imputación de la Infanta". Digo esto, porque desde que comenzó el 2014 no se escapa el día que en los informativos aparezcan alusiones a la "sota, caballo y rey" acostumbrados. Parece como si los seis millones de parados; los desahucios; las preferentes; la violencia de género y la gestión nefasta de Rajoy no fueran "importantes" para los jinetes de la mañana. En cualquier tertulia televisiva se habla de catalanes, infanta y terrorismo. ¿No habíamos pasado ya la página de ETA?, ¿qué hacemos, por tanto, erre que erre levantando el polvo de un rebaño silenciado? Parece, no sé si a ustedes les pasará lo mismo que a mí, como si existiesen ciertos temas "cotidianos" que cotizan más que otros en los quioscos de la esquina. Desde la crítica no debemos consentir que los elefantes – me refiero a los grandes medios de este país – nos manejen como títeres. Nos manejen, les decía, para que hablemos de los temas que interesan a las élites burguesas, o sea, a las manos que les pagan.

Así las cosas, el periodismo que nos informa agoniza lentamente ante la falta de motivación lectora y la determinación "política" de sus escritos. El País se ha convertido en un periódico aburrido, carente de toda crítica y moderado hasta el hastío. Todo ello, estimados lectores y lectoras, para no enfadar a los bancos que sostienen las tintas de sus renglones. La Razón, de Marhuenda, es el vivo retrato de un diario sometido a las "corbatas y barrigas" de la “derechona clásica" de siempre. El ABC, "el pedigrí de la corona", lucha hasta la médula para dejar en buen lugar a las "joyas" de la monarquía. El Mundo de Pedro Jota, "un periódico de trincheras", nunca dirá nada que ruborice al expresidente de la gaviota, Aznar. Ante este panorama: ¿quién dice la verdad de todo lo que pasa? Nadie. Todo son, en palabras de Alejandro, mentiras a medias o verdades disimuladas, con tal de no espantar a sus clientes alienados. Probablemente, y con todo margen de acierto, los temas de moda: Cataluña, ETA y la Infanta, serán tratados de una manera u otra según los cocine ABC, La Razón, El País o El Mundo de Ramírez. Si desean sentir pena por Cristina, compren ABC. Si lo que prefieren es sentirse español y odio por Cataluña, compren a Marhuenda. Y, si lo que anhelan es una narración austera de los hechos, entonces no lo duden, y lean El País.

Mientras aquí – en esta Hispania de partidos, ajena a las democracias de audiencia- son cuatro gallos quienes deciden qué pienso se come en el corral de sus gallinas, en los prados del Norte existen otros "modelos de verdad", diferentes al que tenemos. Su modelo periodístico está formado por la suma de muchísimos felinos. Muchos medios, les decía, financiados con pequeñas aportaciones de lectores anónimos e independientes, sobreviven en la selva ante la quietud del cocodrilo. Son, precisamente, los lectores exigentes con los renglones de sus escritores, quienes están dispuestos a donar un poquito de sus monedas a cambio de una "verdad ácida" desprovista de intereses. Con tales aportaciones, los felinos investigan aquellos temas que interesan a la pluralidad de sus lectores. Solamente así, de esta sencilla manera, para todos sale el sol al caer la escarcha de la mañana. La suma de blogs y diarios independientes – supervivientes por las aportaciones lectoras – añaden conocimiento a una sociedad sujeta a los efectos del entramado. No existen poderes de los grandes sobre los pequeños, ni siquiera el pez grande se come al "chico" porque el tamaño de los mismos es similar en los fondos del océano. Aquí, en esta España de "envidiosos y casposos", en palabras de Unamuno, son muy pocos "los guapos" que se rascan la cartera para pagar informaciones veraces, plurales e independientes. Ante esta cultura de resistencia y burla ante lo pequeño, los grandes – los elefantes – aplastan sin decoro a las hormigas que rondan por la punta de sus pezuñas.

Si se dan cuenta, la noticia sobre la Ley del Aborto fue anunciada en vísperas de Navidad, justo en el momento en que miles de españoles desconectaban de la actualidad para descansar con los suyos y olvidar, por unos días, los dimes y diretes entre Alfredos y Marianos. Justo en ese momento, cuando la Sociedad Civil bajó la guardia, es cuando las élites elegidas aprovecharon para clavar sus puñales al herido del ring. Así, con esta táctica silenciosa, la mayoría que nos gobierna cocina sus venenos, para sorpresa de muchos, en los fogones de la Moncloa. Gracias a esta estrategia, más de Arriola que de Mariano, los periódicos, "afines a la derecha", dedicaron sus columnas a hablar de la "salud y el dinero",  en lugar de difundir: las malformaciones del feto y la caída del último reducto de Zapatero, la ley de plazos. Si no fuera por Cifuentes – para desgracia del PP – y por la "disciplina del voto", quizá el tema del aborto estaría más que zanjado, sin pasar por el "bombo y platillo" que pasará, sin duda alguna: la Infanta, ETA y los catalanes.

El efecto Gallardón

El bar de Inés está situado a dos manzanas del hospital, entre la Iglesia de San José y la panadería de Martín. Allí – en el bar – todas las mañanas se citan las mismas caras para desayunar. En la barra se entremezclan los "monos azules" del taller de Andrés con los "cuellos blancos" del Banco Sabadell. En la mesa del fondo, justo al lado del futbolín, “las maestras" del Azorín", son las primeras en llegar.  Ayer, mientras desayunaba la tostada y el café, tuve la ocasión de hablar con Antonio. Antonio es un viejo profesor de matemáticas que, por cuestiones de amor, viaja con frecuencia a Caracas. "La gran diferencia entre España y Caracas – decía este humilde señor – es su nefasta organización. Allí, en el país de Chávez, existe el robo de baja intensidad. Mientras aquí – en Hispania – es muy poco probable que atraquen a alguien en plena calle para robarle diez o veinte euros, allí – en Caracas – el robo del monedero está a la orden día. Tanto es así – decía Antonio – que a los turistas se les advierte que circulen por las aceras sin portar nada que, por insignificante que sea (collares, relojes, anillos…), pueda llamar la atención a los ojos del ladrón. Hace tres meses, la última vez que estuve allí, cuatro encapuchados secuestraron el autocar que nos conducía con destino a Altamira (un barrio "bien" de la zona Este). Encañonaron al conductor; nos pusieron a todos contra las ventanas y nos cachearon, como si fuéramos delincuentes de la calle, hasta desnudar nuestros bolsillos. Y todo ello, querido Abel, por unos cuantos móviles, cámaras de video y algún que otro objeto de escaso valor. Después, obligaron al conductor a parar el autobús y, corrieron como galgos asustados escapando de su cazador". 

Al final, no sé muy bien por qué, siempre terminamos – Antonio y yo – hablando de política. "En Caracas – me decía – he leído con frecuencia las últimas publicaciones de "El País". Quién nos iba a decir, que el verso suelto del PP – en referencia a Gallardón – se convertiría, a día de hoy, en el estribillo retrógrado de Rajoy. Me arrepiento cuando en los años del "Tamayazo" defendí, en este mismo taburete, al ministro de Mariano como el nuevo Suárez de los tiempos aznarianos. Hoy, se ha demostrado, que aquel alcalde de Madrid era uno más del pedigrí. Uno más, querido Ros, de la derecha en blanco y negro, que tanto daño hizo al devenir de este país. Dentro de unos años veremos en las alfombras mundanas a cientos de discapacitados deambulando como zombis por las selvas neoliberales. Estamos, en temas del Aborto, más atrasados que nuestra querida Venezuela. Allí, en el país de Maduro, siguen perennes los tres supuestos abortivos (amenaza para la salud de la mujer, malformación del feto y violación). Los mismos, que teníamos aquí en la era de Felipe. Hoy, con la gallordanada de Alberto se ha eliminado de un plumazo la Ley de Zapatero y, para desgracia de la Izquierda, también se han cargado el supuesto de las "malformaciones fetales", o sea, que si, por "h" o por "b", tu hijo – el antesnacido, en términos de Gallardón – te sale "defectuoso", no te cabe otra que apechugar con el "marrón" o abortar en el extranjero".

Por mucho que don Alberto nos venda la moto con el rollo de la "igualdad entre nacidos" – en referencia a "fetos normales" y "fetos anormales" – no hay nada más dictatorial que una Ley cocinada con el final de prohibir. Prohibir, le dije al matemático, porque mientras que con la ley de ZP – la de la libertad – la mujer tenía el instrumento legal para elegir, con la nueva norma del exalcalde madrileño, quien pierde es la mujer. Pierde la mujer, he dicho bien, porque sea su "feto normal o anormal", no tendrá más remedio que parir – sí o sí – a un ser que probablemente pasará las de Caín, si no tiene un buen papá que le garantice un porvenir. El efecto Gallardón, como así se conoce en los foros sociológicos de la izquierda, será un aumento "involuntario" de la natalidad y un incremento de la discapacidad. Una discapacidad condenada a vivir en la precariedad de las redes "merkelianas". Las "niñas y niños de Rajoy" vivirán en un entorno liderado por el "darwinismo educativo" de Wert. Una escuela futura, y ustedes lo saben bien, con escasas adaptaciones curriculares y con la puesta de perfil ante los débiles de la clase. Solamente los mejores, o mejor dicho, los mejores dotados por su genética y socialización culta podrán tocar la tecla del ascensor social. Los otros – los discapacitados o "malformados de Gallardón" – serán vistos como bichos raros a la espera de que Rajoy apruebe alguna ley que los salve de la marginalidad.

"Es, querido Abel, el coste que pagarán nuestros hijos por la ley de Gallardón. Una norma nacida en el seno de un gobierno que no ha hecho otra cosa que desmantelar el Estado del Bienestar. Me molesta que Alberto y los suyos hablen de "Igualdad", cuando son, precisamente ellos, quienes han hecho de España, la "España desigual". Hablan de "libertad", cuando son ellos quienes intervienen en la libertad privada de la mujer y le cortan las alas de su "derecho a decidir".  Son ellos, quienes hablan de moralidad, los mismos que fomentan la "doble moral". Con la nueva ley volveremos a la mentira y al disimulo de las barrigas. Volverán, las mujeres de la "derecha", a viajar a clínicas clandestinas para desprenderse de sus barrigas y contar su fechoría al señor de la eucaristía. Volverán las plebeyas de Felipe a abortar como "antes" en las mesas de la cocina. La nueva ley de Gallardón nos sitúa a la cola de Europa en prácticas abortivas y nos acerca a los postulados de Caracas. Allí, en la tierra de Maduro, por abortar, de forma ilegal, a la mujer le pueden caer entre: seis y dos años de cárcel". ¿Veremos en España a alguna mujer encarcelada por abortar a un "antesnacido malformado"? Al este ritmo, probablemente sí.

El rebaño de los anónimos

Si el año pasado fue "La vida iba en serio" de Jorge Javier, uno de los libros más vendidos de la temporada; éste: “Ambiciones y reflexiones" de Belén Esteban, va por el mismo camino de convertirse en el "Best Seller" del 2013. Digo esto porque, a día de hoy, la obra de la "princesa del pueblo" lleva vendidos más de 100.000 ejemplares tras la séptima edición, editada por Espasa. Mientras hay escritores, noveles y no tan noveles, que abandonan el oficio de escribir porque no les proporciona los medios necesarios para subsistir, otros, sin embargo, por el simple hecho de ser "famosos", o mejor dicho, por "salir en la tele", venden hasta – y perdonen por la expresión- "una mierda pinchada en un palo", siempre y cuando ésta lleve en su etiqueta esculpidas las siglas del elegido. No digo, y me gustaría que quede claro, que Belén; Jorge Javier; y todos los que se sientan en el plató de "Sálvame", no sepan escribir. No, simplemente que su visibilidad social es el factor que determina la fuerza de sus ventas.

Esta fórmula: "visibilidad igual a ventas", es extrapolable a todos los ámbitos de la cultura. Sin ir más lejos, en la industria del cine ocurre algo parecido. Las grandes producciones suelen ir acompañadas de multimillonarias campañas mediáticas. Son, precisamente, las inversiones en la promoción del producto, las que hacen que la "pareja" que espera en la cola de la taquilla opte por visionar la "película de moda" en lugar de "la otra", que por su "invisibilidad social" pasa desapercibida para sus ojos soberanos. Así las cosas, la cultura se convierte en una mercancía más al servicio del "ordeno y mando" de los mercados. Ante esta lógica, desgraciadamente real, la mayoría de los grandes editores y productores miran con lupa las autorías de los manuscritos y maquetas que, día tras día, les llegan a sus manos. Las miran, les decía, para saber si su autoría procede de alguien "popular" o simplemente se trata de uno más del "rebaño de los anónimos".  Entre cientos y cientos de manuscritos, el texto de Belén siempre será visto por los ojos del dinero con mayor entusiasmo que la última joya de la literatura, escrita por un tal " José Antonio".

Desde que comenzó la crisis, los libros se han convertido en un artículo de lujo. Si tenemos en cuenta que España es uno de los países que menos prensa lee de toda la Unión Europea, no debemos extrañarnos que en tiempos de "vacas flacas" el consumidor del ahora, se lo piense dos veces antes de comprar el ejemplar de un "desconocido". Es, precisamente, esta falta de confianza en la compra de "los noveles", la que envuelve a la literatura del XXI en un catálogo de libros monopolizados por los autores de siempre. Los escritores noveles, o dicho de otro modo, los menos conocidos -entre los que me incluyo – andan – andamos – como hormigas en la jungla de los leones. Sin ir más lejos, estas navidades han abundando los libros de "renombre": "El dilema" de Zapatero; “Nadie es más que nadie" de Miguel Ángel Revilla; "El francotirador paciente" de Reverte; "El tiempo entre costuras" de María Dueñas; "El compromiso del poder" de José María Aznar; entre otros. Son, como ustedes habrán comprobado, libros de autor, o dicho en palabras del editor: "libros que se venden solos". Libros, decía bien, que no necesitan pasar por los rodajes del "boca – oído" para ser vendidos. Son las siglas y fotos de sus solapas, las que sirven de credenciales para que la demanda lectora, los compre sin necesidad de ser recomendados.

Llegados a este punto es fácil comprender por qué: mientras Belén vende 100.000 ejemplares, otros – los invisibles- , no se comen "ni un torrao" – , valga la expresión, en las baldas del Fnac. Desde la Crítica debemos reflexionar para que el mundo de los libros no se convierta en un oligopolio más al servicio del "famoseo". Para ello, para que los intereses de la intelectualidad no se vean cortocircuitados por los intereses del capital, es necesario que el pueblo – el cliente soberano – sepa distinguir entre el "libro-mercancía" y “los otros", los libros ocultos en los rincones polvorientos de muchas librerías. Para ello, para que el consumidor tenga esa capacidad para discernir entre "lo bueno" y "lo malo" debe desarrollar una capacidad crítica que le permita, a través de los contrastes, tener independencia para comprar sin las influencias de la publicidad. Solamente así, salvando al intelecto de la "toxicidad mediática" conseguiremos despertar de su letargo al "rebaño de los anónimos". Un rebaño de millones de renglones escritos por plumas sin padrinos y endémicas de igualdad. Es, queridos lectores y lectoras, el cierre social de la cultura, el que encierra a la intelectualidad en una celda de barrotes y candados vigilados por la frivolidad.

Repensar el presente

La filosofía de la historia siempre ha sido una de mis principales inquietudes intelectuales. Desde mis años de instituto recuerdo, como si fuera hoy, que solía hacerme la siguiente pregunta: ¿cómo demonios hemos llegado hasta aquí? En Historia del Arte, Antonio – profesor de la asignatura  – nos decía que el devenir de las obras – pintura, escultura y arquitectura – era cíclico, o dicho de otro modo, a lo largo del camino, los seres humanos siempre hemos dado: "tres pasos para adelante y dos pasitos para atrás". A períodos de lienzos con líneas rectas y simétricas figuras – en referencia al clasicismo – le han seguido etapas artísticas con curvas y asimétricos paisajes. "La historia – nos decía este profesor de las aulas oriolanas – es como un océano con aguas tranquilas y olas embravecidas". A pesar de sus explicaciones, por mi carácter crítico y reflexivo nunca estuve conforme con semejante teoría. No lo estuve porque dichos planteamientos no eran extrapolables a todas las disciplinas. ¿Desde cuándo la tecnología y la medicina, por poner algún ejemplo, han sido cíclicas? Si lo fuesen: ¿volverán nuestros nietos a las épocas analógicas?, ¿volveremos a las máquinas de escribir? Probablemente no, luego cómo se explica que, evidentemente, hayan existido a lo largo de la historia: periodos de avance y retroceso.

Estas cuestiones acerca de la evolución, como les decía en el párrafo de arriba, han surcado mis mares desde que tengo "uso de razón". Tal fue la inquietud por las mismas que durante un año decidí leer buena parte de lo escrito sobre "filosofía de la ciencia". Recuerdo que después de clase, mientras mis "amigos" se iban a los recreativos a jugar al futbolín, éste – el que escribe – se iba a la biblioteca "Fernando de Loaces", en Orihuela (Alicante), a leer a los maestros de la materia: Popper, Comte, Waismann, Frege y Wittgenstein, entre otros. Después de cada lectura hacía, como si de un doctorando se tratase – unas anotaciones en un cuaderno de Anaya que, por cierto, aún conservo en el trastero. Leer a Thomas Kuhn, fallecido en el año 1996, fue el contraejemplo a cientos de lecturas marcadas por las tesis darwinistas. Según este filósofo de la ciencia, el devenir científico no siempre es lineal sino que en su seno – en la comunidad científica – existen cuestionamientos, o dicho en palabras del filósofo, "revoluciones" que terminan invalidando los "paradigmas" existentes y cediendo el paso a los nuevos planteamientos. Es, valga la metáfora mundana, como si cambiásemos las ruedas del coche, tras enterarnos por consejo del mecánico, que la que teníamos no eran del todo seguras. Esta reflexión de Kuhn a diferencia de la defendida por Antonio – mi profesor de Arte – no implica necesariamente una vuelta al pasado. El cambio de paradigma puede ser sustituido por una "forma de hacer" anterior o, simplemente, inaugurar una manera – hasta entonces inexistente – de hacer ciencia.

Aquellas tardes en la biblioteca de “Loaces”, me sirvieron para comprender que la historia de la evolución no era, como decía Antonio, una cuestión de "tres pasos para adelante y dos pasitos para atrás", sino que había grises en el entramado, y uno de ellos era el sesgo científico. Para ir más lejos en la resolución de mi cuestión (¿Cómo demonios hemos llegados hasta aquí?) no podía pasar de perfil por la ciencia política. De modo que decidí estudiar sociología para encontrar algo de luz en el camino. En el devenir político de las sociedades, ocurre algo parecido a lo que defendía Antonio; existen periodos de progreso y fases de estancamiento. A la Revolución Francesa, tiempo de libertades y razones, le siguieron años de absolutismo y tradiciones; a la Segunda República, cuarenta años de estancamiento y dictadura; y así podríamos citar cientos de ejemplos marcados por el paralelismo de los contrastes. Si seguimos con este planteamiento caeremos en el mismo error que denuncié en los párrafos de arriba, "la predicción". ¿Es predecible que después de estos treinta y tantos años de democracia, volvamos a una crisis de libertades y caos burocrático que nos conduzca – otra vez – a tiempos de autocracia y dictaduras militares?, ¿Podría ser?, todo es posible.  Todo es posible, decía, porque de la misma manera que la Primavera Árabe, después de casi medio siglo de dictaduras militares, movió su péndulo histórico hacia olas democráticas, ¿quién sabe si algún día se mueva el nuestro hacia olas dictatoriales?

Así las cosas, dudo muchísimo – aunque mi opinión no vaya a ninguna parte – que los españoles saludemos algún día a un nuevo Generalísimo. Lo que si es cierto y verdad es que en el ideario colectivo se percibe un cierto malestar entre: el antes y el después de Rajoy. El antes: tuvimos una España gobernada con los mimbres de la izquierda, donde se consiguieron los mayores avances en derechos y libertades (matrimonios entre personas del mismo sexo, ley de plazos para el aborto, ley de igualdad, etc.); el después: tenemos una Hispania vestida con las capas de la derecha, donde se ha desmantelado el Estado del Bienestar y se ha vuelto a una Ley del Aborto que tira por la borda los logros de su antecesora. Llegados a este punto, cabría que nos preguntemos: ¿es todo esto – "el antes y el después"-, una reproducción más de los ciclos históricos? La respuesta, no. No, queridos lectores y lectoras del Rincón, porque en tiempos democráticos es la razón la que guía el sino de los pueblos. Estamos donde estamos, nada más, ni nada menos, porque una mayoría de ciudadanos, con derecho a voto, así lo han elegido. Si tal mayoría no hubiese comprado en el mercado electoral la "cesta azul", probablemente hoy seguiríamos destapando las sorpresas de "la roja". Por ello, porque en democracia es la "razón", la única causante de la realidad que construimos, no vale que miremos al péndulo para justificar el destino. Solamente la fuerza de las urnas es la que mueve los tiempos y determina el curso de los hechos. Luego ahora entendemos un poquito más, "cómo demonios hemos llegado hasta aquí". Hemos llegado hasta aquí, no por los ciclos de las curvas y la rectas – como diría Antonio -, sino por la voluntad de nuestras manos en el trazo de las mismas.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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