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Repensar el presente

La filosofía de la historia siempre ha sido una de mis principales inquietudes intelectuales. Desde mis años de instituto recuerdo, como si fuera hoy, que solía hacerme la siguiente pregunta: ¿cómo demonios hemos llegado hasta aquí? En Historia del Arte, Antonio – profesor de la asignatura  – nos decía que el devenir de las obras – pintura, escultura y arquitectura – era cíclico, o dicho de otro modo, a lo largo del camino, los seres humanos siempre hemos dado: "tres pasos para adelante y dos pasitos para atrás". A períodos de lienzos con líneas rectas y simétricas figuras – en referencia al clasicismo – le han seguido etapas artísticas con curvas y asimétricos paisajes. "La historia – nos decía este profesor de las aulas oriolanas – es como un océano con aguas tranquilas y olas embravecidas". A pesar de sus explicaciones, por mi carácter crítico y reflexivo nunca estuve conforme con semejante teoría. No lo estuve porque dichos planteamientos no eran extrapolables a todas las disciplinas. ¿Desde cuándo la tecnología y la medicina, por poner algún ejemplo, han sido cíclicas? Si lo fuesen: ¿volverán nuestros nietos a las épocas analógicas?, ¿volveremos a las máquinas de escribir? Probablemente no, luego cómo se explica que, evidentemente, hayan existido a lo largo de la historia: periodos de avance y retroceso.

Estas cuestiones acerca de la evolución, como les decía en el párrafo de arriba, han surcado mis mares desde que tengo "uso de razón". Tal fue la inquietud por las mismas que durante un año decidí leer buena parte de lo escrito sobre "filosofía de la ciencia". Recuerdo que después de clase, mientras mis "amigos" se iban a los recreativos a jugar al futbolín, éste – el que escribe – se iba a la biblioteca "Fernando de Loaces", en Orihuela (Alicante), a leer a los maestros de la materia: Popper, Comte, Waismann, Frege y Wittgenstein, entre otros. Después de cada lectura hacía, como si de un doctorando se tratase – unas anotaciones en un cuaderno de Anaya que, por cierto, aún conservo en el trastero. Leer a Thomas Kuhn, fallecido en el año 1996, fue el contraejemplo a cientos de lecturas marcadas por las tesis darwinistas. Según este filósofo de la ciencia, el devenir científico no siempre es lineal sino que en su seno – en la comunidad científica – existen cuestionamientos, o dicho en palabras del filósofo, "revoluciones" que terminan invalidando los "paradigmas" existentes y cediendo el paso a los nuevos planteamientos. Es, valga la metáfora mundana, como si cambiásemos las ruedas del coche, tras enterarnos por consejo del mecánico, que la que teníamos no eran del todo seguras. Esta reflexión de Kuhn a diferencia de la defendida por Antonio – mi profesor de Arte – no implica necesariamente una vuelta al pasado. El cambio de paradigma puede ser sustituido por una "forma de hacer" anterior o, simplemente, inaugurar una manera – hasta entonces inexistente – de hacer ciencia.

Aquellas tardes en la biblioteca de “Loaces”, me sirvieron para comprender que la historia de la evolución no era, como decía Antonio, una cuestión de "tres pasos para adelante y dos pasitos para atrás", sino que había grises en el entramado, y uno de ellos era el sesgo científico. Para ir más lejos en la resolución de mi cuestión (¿Cómo demonios hemos llegados hasta aquí?) no podía pasar de perfil por la ciencia política. De modo que decidí estudiar sociología para encontrar algo de luz en el camino. En el devenir político de las sociedades, ocurre algo parecido a lo que defendía Antonio; existen periodos de progreso y fases de estancamiento. A la Revolución Francesa, tiempo de libertades y razones, le siguieron años de absolutismo y tradiciones; a la Segunda República, cuarenta años de estancamiento y dictadura; y así podríamos citar cientos de ejemplos marcados por el paralelismo de los contrastes. Si seguimos con este planteamiento caeremos en el mismo error que denuncié en los párrafos de arriba, "la predicción". ¿Es predecible que después de estos treinta y tantos años de democracia, volvamos a una crisis de libertades y caos burocrático que nos conduzca – otra vez – a tiempos de autocracia y dictaduras militares?, ¿Podría ser?, todo es posible.  Todo es posible, decía, porque de la misma manera que la Primavera Árabe, después de casi medio siglo de dictaduras militares, movió su péndulo histórico hacia olas democráticas, ¿quién sabe si algún día se mueva el nuestro hacia olas dictatoriales?

Así las cosas, dudo muchísimo – aunque mi opinión no vaya a ninguna parte – que los españoles saludemos algún día a un nuevo Generalísimo. Lo que si es cierto y verdad es que en el ideario colectivo se percibe un cierto malestar entre: el antes y el después de Rajoy. El antes: tuvimos una España gobernada con los mimbres de la izquierda, donde se consiguieron los mayores avances en derechos y libertades (matrimonios entre personas del mismo sexo, ley de plazos para el aborto, ley de igualdad, etc.); el después: tenemos una Hispania vestida con las capas de la derecha, donde se ha desmantelado el Estado del Bienestar y se ha vuelto a una Ley del Aborto que tira por la borda los logros de su antecesora. Llegados a este punto, cabría que nos preguntemos: ¿es todo esto – "el antes y el después"-, una reproducción más de los ciclos históricos? La respuesta, no. No, queridos lectores y lectoras del Rincón, porque en tiempos democráticos es la razón la que guía el sino de los pueblos. Estamos donde estamos, nada más, ni nada menos, porque una mayoría de ciudadanos, con derecho a voto, así lo han elegido. Si tal mayoría no hubiese comprado en el mercado electoral la "cesta azul", probablemente hoy seguiríamos destapando las sorpresas de "la roja". Por ello, porque en democracia es la "razón", la única causante de la realidad que construimos, no vale que miremos al péndulo para justificar el destino. Solamente la fuerza de las urnas es la que mueve los tiempos y determina el curso de los hechos. Luego ahora entendemos un poquito más, "cómo demonios hemos llegado hasta aquí". Hemos llegado hasta aquí, no por los ciclos de las curvas y la rectas – como diría Antonio -, sino por la voluntad de nuestras manos en el trazo de las mismas.

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