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Huesos sin nombre

Tras un año de investigaciones y 114.000 euros gastados, lo cierto y verdad, es que no se sabe a ciencia cierta, si los huesos enterrados en las Trinitarias Descalzas pertenecen al "manco de Lepanto". No se sabe, queridísimos lectores, porque no hay ADN que lo corrobore. Luego, por muchas evidencias arqueológicas, históricas y antropológicas que respalden la teoría; siempre nos quedará la duda sobre la veracidad del hallazgo. Es, precisamente, este margen de error, o dicho de otro modo, esta ausencia de certeza absoluta sobre la autenticidad de los restos de Cervantes; la que invita a la crítica a reflexionar sobre el asunto. A reflexionar, como digo, para no caer en el mismo error del Quijote, que quiso ver gigantes cuando solo eran molinos. Así las cosas, señoras y señores, por mucho entusiasmo que muestren algunos investigadores, en el fondo de sus palabras subyace el sabor amargo de la frustración. El mismo sabor a limón, que sienten los atletas cuando no llegan a la meta.

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Prostitutas de Pompeya

Cuando estudiaba en la universidad, recuerdo que asistí a un seminario sobre "prostitución, drogas y armas", que organizaba el departamento de filosofía del derecho. Cada viernes, el profesor nos proporcionaba los materiales necesarios – recortes de prensa, películas, documentales, y demás – para que nosotros – sus alumnos – preparásemos el debate de la semana siguiente. Así las cosas, teníamos siete días para elaborar nuestros argumentos acerca de los asuntos encomendados. En aquellos tiempos, aprendí que la razón es relativa y que hay tantas opiniones como bocas en el mundo. Aprendí que la verdad está formada por millones de razones y, aprendí – y disculpen por la redundancia – que hasta las razones más sólidas tienen grietas y goteras. El seminario se dividía en dos bandos enfrentados. Amparo pertenecía al nuestro. Sabía muchísimo sobre derecho internacional y, la verdad sea dicha, tenerla entre nosotros era un punto a nuestro favor. Ella se ocupaba de poner los temas en perspectiva comparada. Si hablábamos de prostitución. Ahí estaba ella con el estudio comparativo entre Holanda y España. Alberto, por su parte, era un "caballo de Troya". Se encargaba de estudiar a fondo las debilidades de los otros; para así, nosotros preparar el contraataque.  Por otro lado estaba José Luis, un espadachín del pensamiento pero lento en los reflejos. Y por último estaba yo, un cazador de silencios en un mundo tan ruidoso.

Aquel viernes, el debate de la semana versaba sobre el oficio más viejo del mundo, la prostitución. Lo echamos a suertes y a nosotros nos tocó defender su legalización. La despenalización de la prostitución – en palabras del otro grupo- contribuiría a la expansión del tráfico sexual y a la proliferación de proxenetas. Javier – brillante seminarista, hoy profesor de filosofía en un instituto madrileño – argumentaba que la despenalización del oficio aumentaría el consumo de pornografía infantil y avivaría, todavía más, la llama de la clandestinidad. Por su parte, Gloria – educada en un colegio de monjas – defendía, a capa y espada, que la legalización de "las putas", sería muy pernicioso para la institución del matrimonio. Lo sería – decía esta vieja compañera – porque muchos hombres, que hoy frecuentan poco los locales de alterne, por el miedo a contraer enfermedades infecciosas, lo harían sin temores. La legalización supondría un avance en los controles sanitarios y ello -sentenciaba Gloria – resultaría un estímulo para su consumo; algo nefasto, por tanto, para el adulterio. La legalización – en palabras de Enrique, actualmente abogado en un pueblo de Castilla – no aumentaría la posibilidad de que las mujeres eligieran "el oficio del sexo" como medio de vida. No lo elegirían – decía – porque para la mayoría de ellas, el sexo es algo más serio que mero " tráfico y mercancía".

A pesar de aquellos argumentos – todos respetables, faltaría más -, para nosotros, la praxis del oficio – de la prostitución – cumplía – y cumple-, en muchas ocasiones, con las condiciones establecidas, por el Estatuto de los Trabajadores. Se considera, por tanto, relación laboral – en términos legales – cuando un trabajador presta, de forma personal y voluntaria, sus servicios retribuidos por cuenta ajena, dentro del ámbito de organización y dirección de otra persona, llamada empleador o empresario. Así las cosas, cuando la prostitución se ejerce de forma voluntaria y dentro de un local de alterne; cumple con todos los requisitos establecidos por el derecho del trabajo. Otra cosa muy distinta sería que la prostitución fuera ejercida bajo coacción y violencia, en cuyo caso no sería legal por adolecer de vicios en el consentimiento. Así las cosas, las mujeres que se dedican voluntariamente, y por cuenta ajena, al sexo retribuido; cumplen su cometido bajo el poder de dirección y disciplinario de un empleador o empresario. Lo mismo que millones de españoles cuando acuden, cada mañana, a su lugar de trabajo. 

Aunque la prostitución sea ilegal por cuestiones éticas y morales. Nadie puede negar – y en eso le doy la razón a Alejandro, compañero de seminario – que con el Estatuto de los Trabajadores en la mano; se debiera equipar al resto de relaciones laborales. La legalización de la prostitución supondría una bocanada de aire fresco para nuestra economía; por el incremento de las cotizaciones a la Seguridad Social y las declaraciones a Hacienda. La despenalización de la prostitución repercutiría en una mejoría de las condiciones de seguridad e higiene de las instalaciones de trabajo – o sea, los locales de alterne – y, sobre todo, en una eficaz prevención de los riesgos laborales derivados de su ejercicio. Si no se legaliza, algo improbable por la sensibilidad social del problema, miles de mujeres seguirán ejerciendo el oficio con contratos mercantiles en lugar de laborales. El oficio continuará ejerciéndose por la puerta trasera, y haremos un flaco favor a la salud pública. Argumentos, queridísimos lectores, que nos costaron un aprobado raspado a los integrantes de mi bando. Años más tarde nos enteramos, que el profesor era del Opus y, que su hermano ejercía como cura en un pueblo de Extremadura.

El otro día un Juzgado de Barcelona reconocía los derechos laborales a la mujeres que ejerzan la prostitución en locales de masaje y otros lugares, equiparándolas al resto de empleados.No olvidemos que la prostitución fue legal en los tiempos de Pompeya; tributaba en la Hacienda Pública y, era una variable fundamental para entender su economía. Tanto es así, que por sus calzadas colgaban señales con la ubicación de los burdeles y penes esculpidos en los zócalos de los mismos. Lo mismo que sucede hoy en el Barrio Rojo de Ámsterdam; donde la industria del sexo resulta visible en los grandes ventanales de mcuhos escaparates. Luego, la sentencia del Juzgado de lo Social número 10 de Barcelona, no es una cuestión descabellada.

Sobre encuestas y demagogia

Mientras los médicos requieren análisis de sangre para conocer el estado de sus pacientes, los sociólogos utilizan encuestas para el estudio de la gente. Tanto los primeros como los segundos se sirven de técnicas basadas en métodos científicos. Ambos observan la realidad; plantean hipótesis y emiten teorías, que posteriormente serán corroboradas o refutadas por la evidencia de los hechos. Tanto las ciencias experimentales como las sociales necesitan medios válidos y fiables para el avance del conocimiento. En medicina, la validez se mide por la idoneidad de las pruebas elegidas para el diagnóstico de enfermedades y afecciones. La fiabilidad se define como la probabilidad de que una prueba arroje los mismos resultados en diferentes momentos, siempre y cuando se repitan las mismas condiciones. Así las cosas, una fractura de hueso saldrá reflejada tanto en un hospital como en otro; con independencia de que el radiólogo sea licenciado por la universidad de Granada o “la Miguel Hernández” de Elche.

Artículo completo en Levante-EMV 

Uñas rotas

Marta y María quedan todos los días a las cinco de la madrugada en la puerta del África, el único bar del pueblo que abre tan temprano. Allí acuden los camioneros y vendedores ambulantes a tomar sus primeros carajillos antes de partir al trabajo. Francisco – el dueño del África – suele poner en el plasma de la barra una película de "destape". Esto lo viene haciendo desde que los rombos del franquismo pasaron al olvido y las películas de Pajares entraron en escena. Hoy, Marta no tiene buena cara. Ernesto – su hijo de cinco años – se ha despertado varias veces por la noche. Se ha tomado una Hemicraneal – una pastilla para el dolor de cabeza – para aguantar la jornada. Le queda por delante doce horas en la vía envasadora y, para inri, su jefe la tiene tomada con ella. Tanto es así, que el otro día le dijo que si no iba más deprisa, lo tenía muy crudo para que le renovara el contrato. Aunque le paga una mierda, y perdonen por la expresión, Marta no puede dejarse el trabajo. Hace un año que se separó y Miguel todavía no le pasa la pensión. María conoce a Marta desde que iban al colegio. Son las dos del mismo barrio y fue ella – María -, quien habló con su jefe para que la contratara. María es coqueta. Le gusta que los tíos le miren el culo cuando anda por la calle. Su marido, al parecer tiene a otra. A ella solo la quiere para que le haga la cena y le planche las camisas. Esta harta, cuenta Marta, que después de doce horas, soportando al "baboso" de su jefe, tenga que ser la criada de su esposo.

A la doce del mediodía, tras media jornada de trabajo, Marta y María suelen tomar algo en el bar de enfrente. Allí se juntan con Manuela, una vieja conocida que trabaja de administrativa en un concesionario de coches. Manuela suele pedirse una tostada con tomate y un descafeinado con leche. Marta, por su parte, toma un café largo con algo de bollería y, María suele pedirse media con mantequilla y zumo de naranja. Gabriel, el chico de la barra, es bastante eficiente. "Es una máquina sirviendo mesas", en palabras de Manuela, y ello, como dice María, se agradece muchísimo porque así les da tiempo a fumarse el cigarrillo. Marta se encuentra mejor del dolor de cabeza.

Al parecer, la Hemicraneal le ha hecho efecto. Acaba de enviarle un wasap a su madre para preguntarle por Ernesto. María, sin embargo, no lleva bien la mañana. Su jefe, le ha llamado la atención porque ha estado más del tiempo permitido en el aseo. Manuela está preocupada. Al parecer, la venta de coches está bajando y ha oído que posiblemente se acerquen nubarrones. En el fondo, como dice Marta, no se pueden quejar. Tienen trabajo y, hoy en día, con la que está cayendo es un lujo. A pesar de que trabajan muchas horas, tienen contratos basuras y ganan menos que Jacinto y Enrique, sus compañeros de envases. Han pasado los treinta minutos, es hora de volver a la fábrica. Con el estómago lleno – dice María – las horas se hacen más llevaderas

Son las seis de la tarde, por fin ha sonado la sirena: fin de la jornada. Tras doce horas a sus espaldas, Marta y María se enfrentan a las tareas de sus casas. El marido de María comienza a las ocho de la mañana y no llega hasta las nueve de la noche; luego es María, la primera en poner lavadoras; fregar los platos y comprar algo para la cena. Su marido, aparte de bajar la basura; no hace nada en la casa – “res de res", como diría Perico – mi primo, el valenciano-. María se queja de que no tiene tiempo para ella. Trabajar doce horas diarias pasa factura a la más bella de las plebeyas. Tanto es así, que ni siquiera puede dejarse las uñas largas; las tiene rotas de tocar los disolventes de la fábrica. Marta, le ha enviado un wasap. Son las diez de la noche y ni siquiera se ha duchado. Está con Ernesto, su hijo. Mañana tiene examen de matemáticas y no quiere que lo suspenda. Ernesto echa de menos a su padre, a pesar de que éste se fue al extranjero y si "te he visto, no me acuerdo". Manuela acaba de acostarse. Hoy su marido tiene guardia, luego no se verán hasta mañana al mediodía. Casi siempre suele enviar un wasap a Marta y a María. Es tarde. Son las doce de la noche. Marta está en el sofá medio dormida, y María está viendo un documental acerca del 8 de marzo, día de la mujer trabajadora. Mañana hay que madrugar, el móvil está programado para que suene a las cinco de la madrugada.

Columnas de papel

Como saben, aparte de escribir en el Rincón, colaboro con distintos medios de comunicación. En todos lo hago desinteresadamente. No es que no quiera cobrar – que falta me hace porque hago malabarismos para llegar a fin de mes -, sino porque, en este país, si no eres Vargas Llosa o Arturo Pérez Reverte, lo tienes muy complicado para que alguien pague por tus renglones. Recuerdo, que cuando llevaba un año escribiendo en el blog, recibí un correo electrónico de un señor invitándome a colaborar en su medio. Después de varias conversaciones, me preguntó: "cuál era mi caché" y, tras un periodo de negociaciones, pactamos que escribiría una columna semanal por cien euros al mes. Así las cosas, ingenuo de mí, escribí para este individuo – que prefiero no citar su nombre – durante cuatro semanas. Cuando llegó el día "D", el día de "San Pagarín", todo fueron evasivas y excusas para no pagarme. Hasta me dijo que le parecía una descortesía – por parte mía – ponerme así por cien euros. La cuestión es que no seguí escribiendo para él – faltaría más – y, por supuesto, no cobré; ni cobraré. Después de ese escarmiento, de esa hostia – de tantas – que te da la vida; decidí dedicarme a mi blog sin fines lucrativos. Escribir, señoras y señores, como una manera de amueblar mi pensamiento, sin tener que pasar por los sesgos editoriales, ni por la censura de los otros. Escribir, la verdad sea dicha, sin tener que arrastrarme por un plato de lentejas, ni sentirme despreciado porque el señor de la corbata – el director de un diario cualquiera – no quiera pagar la factura de mis palabras.

Aquella historia – la del señor que no me pagó -decidí contársela a Gabriel – un viejo lector del Rincón y profesor de periodismo en una escuela de París -. Después de escucharme, me dijo que en España, los columnistas eran escritores de segunda porque la mayoría – periodistas y novelistas – no se dedicaban a cultivar el  columnismo. ¿Dónde está la prosa de Camba?, se preguntaba, ¿dónde, los renglones de Gasset?, ¿dónde, los artículos de Larra? Azorín – me dijo – fue el precursor del periodismo que tenéis (que tenemos nosotros, los españoles). Un periodismo de verbo fácil, sin florituras ni artificios literarios, para un público acrítico; que lo único que busca son lecturas populistas para reforzar sus convicciones políticas.

Con estos mimbres – me dijo – muchos escritores huyen del columnismo y se refugian en la novela para no ser tachados de "fachas" o de "sociatas", por escribir en las páginas de Marhuenda o en el Plural de Sopena. Hoy, y en eso le doy la razón a Gabriel, hay un cierto complejo extendido entre los columnistas de este país. A la mayoría les sienta como una patada en el culo no ser escritores de novela. Parece, que si no dan el salto a la "no ficción", nunca serán considerados por la crítica literaria. Y no se dan cuenta, señoras y señores, que Ortega y Gasset o incluso nuestro querido Alvite, recientemente fallecido, fueron excelentes escritores por sus artículos de periódico. Sin nada que envidiar a grandes novelistas como Cercas o Marías.

Después de aquello, me fui al Halley a tomar un café. Necesitaba reflexionar sobre los argumentos de Gabriel. Me molestaba que algunos periódicos rechazaran a columnistas, que no fueran ni novelistas ni periodistas. Me indignaba – y me indigna – que en un mismo diario, haya trabajadores con nóminas y otros – muchos columnistas – trabajen por "la cara". Lo mismo que sucedería si en Mercadona – por poner un ejemplo – las cajeras cobrasen por realizar su cometido  y, sin embargo, las fruteras o verduleras – por tener menos estatus social que las primeras – repusieran las manzanas;  lechugas y melones de forma gratuita. Sería una injusticia, ¿a qué sí? Tanto que, probablemente, ni siquiera trabajarían.

Mientras reflexionaba sobre la mala consideración que tienen los articulistas, leí por encima las columnas de opinión que habitaban en el periódico de la barra. Las que estaban escritas por novelistas eran riquísimas en las formas pero pobres en el contenido. Las que estaban escritas por periodistas; eran brillantes en el fondo – planteamiento de problemas, propuestas de soluciones, análisis de datos…- pero endémicas de rima – de recursos literarios y matices novelescos-. En ese momento comprendí que una cosa es dar noticias y escribir novelas; y otra, bien distinta, dedicarse al columnismo. Aunque los columnistas seamos "escritores de segunda", lo cierto y verdad, es que usamos las mismas herramientas que los periodistas y novelistas: el martillo para romper el mármol y, el cincel para esculpirlo. Con la única diferencia, queridísimos lectores, que son muy pocos, los que pagan por lo nuestro.

Sobre Kant y Villalobos

Ayer, me contó Antonio que vio a Manolo; un viejo amigo que estábamos sin saber de él desde mediados de los noventa. Al principio, no lo conoció. Ya no vestía con camisetas de Iron Maiden ni calzaba botas del ejército. Ni tan siquiera llevaba el pelo largo, ni pendientes de hojalata. Si no fuera porque él, le saludó primero; Antonio nunca lo hubiese reconocido. Ahora, Manolo es un hombre con gafas de pasta, calvo y con barriga. Un cuarentón descuidado – como diría mi abuela si lo viera – de esos que beben carajillo; ojean el Marca y, miran de reojo a las rubias que salen del aseo. Manolo fue nuestro compañero de pupitre en el Instituto Gabriel Miró de Orihuela. Allí estudiamos juntos el antiguo COU de ciencias sociales. La filosofía era nuestra asignatura preferida. Tanto es así, que en la cantina del instituto, mantuvimos largas conversaciones sobre la muerte, la felicidad y las religiones. Diálogos acalorados, que forjaron nuestros cimientos morales y actitudes ante la vida. Pues bien, ese señor de la barra, – calvo y con barriga -, era Manolo; o Manolet, como le llamaba cariñosamente Javier, el conserje del instituto.

Artículo completo en Diario Inforamción

Clientelismo y corrupción

En la España de Nicolás, por si ustedes no lo saben, el ochenta por ciento de las ofertas de empleo son cubiertas por personas conocidas. Son los "enchufes" de toda la vida, en términos de andar por casa, los que mueven los hilos del mercado de trabajo. Tanto es así, que en la mayoría de las empresas – y no lo digo yo, lo dicen las estadísticas – abundan "los cuñados de", "los primos de" o “los hermanos de".  Conocidos, que si no fuera por su condición de "ahijados laborales", probablemente, otro gallo cantaría en el seno de sus corrales. Otro gallo cantaría, cierto, porque sin padrino no hay bautizo. Así las cosas, el hijo del abogado lo tiene más fácil para ejercer la abogacía que el hijo del barrendero. Aunque ambos hayan sido compañeros de mesa en la Facultad de Derecho, los contactos del primero siempre serán más propicios que las redes del segundo para trabajar "de lo suyo". De tal modo, y a los hechos me remito, en las junglas del mercado no entran, a priori, los mejores sino los más agraciados. Ahora bien, una vez dentro de las empresas, todos deben remar al unísono para evitar el hundimiento. Luego, aunque el tejido de contactos sea una condición suficiente para encontrar un empleo, no es razón necesaria para su mantenimiento. Sin rendimiento mediante, el que más y el que menos tiene los días contados en las jaulas de su empresa; por mucho que sea Jacinto (el amigo del jefe) o Francisco, el talento de la calle.

En política ocurre algo parecido. Muchos alcaldes ganan, una y otra vez, las elecciones porque tienen a casi todo su pueblo endeudado. Endeudado, como digo, de favores electorales. Favores por emplear en sus ayuntamientos a ciudadanos provenientes de cualquier ideología, a cambio de un puñado de votos el día de las urnas. A esta praxis, los sociólogos la llamamos "clientelismo político". Gracias al clientelismo; miles de votantes se cambian de chaqueta para que su alcalde continúe con el cetro y ellos con su nómina. Lo mismo que sucedía en la Hispania de Galdós; cuando los funcionarios eran elegidos a dedo, o mediante oposiciones amañadas, hasta que cesaba el mandatario de turno. Es, precisamente, esta práctica caciquil de las tripas españolas, la que convierte a la política en un negocio redondo para pillos y granujas. "En días como hoy – decía Manolo, un señor que conocí en el Halley mientras tomaba café – hay alcaldes que ganaron las elecciones siendo unos muertos de hambre y hoy, varias legislaturas después, van por las calles con coches de alta gama y polos de Ralph Lauren". Alcaldes, ¡cuánta razón tenía Manolo!, que "no los levanta de su silla, ni los huracanes más salvajes que soplan en América". Es, "el favor por favor" de los tiempos de Castaña, el que explica por qué muchos políticos ganan elecciones, a pesar de estar imputados o manchados de sospecha.

Esta mañana, sin ir más lejos, he hablado sobre estos y otros temas con Antonio, un compañero de instituto. Antonio es un profesor de filosofía, con barba de tres días y pelo desgreñado. Solemos coincidir los miércoles a tercera en la sala de reuniones, la cantina. Desde hace dos años, lee mi blog y cada vez que escribo un artículo, al otro día, suele darme su impresión al respecto. A veces, sus opiniones son tan sabias y constructivas que me da muchísima rabia – y así se lo digo – que no las comente en el Rincón, para que todos los seguidores las lean. Hoy, hemos hablado sobre las relaciones entre clientelismo y corrupción. Según Antonio, la corrupción es una cuestión de "amiguismo" y "tentación". Amiguismo, porque se basa en informaciones y secretos. Y, como saben, los amigos y conocidos son, para cuestiones de este tipo, los mejores elegidos. Y tentación, porque sin anzuelo no hay pescado.  Antonio, me ponía el siguiente ejemplo para explicarme la relación que existe entre tentación y corrupción: "si a Manolo, un tío honrado – de esos que no beben, no fuman y no van de putas – durante una temporada decide salir de marcha con Ernesto, una oveja descarriada. El primer viernes, quizá no fumará un Nobel, ni beberá Gin Tonic. El segundo, probablemente le dará una calada al cigarrillo. El tercero, sustituirá la Coca Cola por el Ponche y, el cuarto; terminará fumando, bebiendo y, si te descuidas hasta se irá de putas". A mayor tiempo de exposición a la tentación – concluía Antonio -, mayor probabilidad existe de que el santo se corrompa.

El otro día, sin ir más lejos, Albert Rivera – líder de Ciudadanos – fue entrevistado por Ana Pastor en el Objetivo de la Sexta. Aunque no converja con sus ideas – por los tintes liberales de las mismas – me gustó algo que dijo acerca de la corrupción y el mal funcionamiento de las instituciones. Dijo que si él gobernara establecería, por un lado: una jerarquía salarial donde el Presidente de la nación ganara más que los autonómicos y; por otro lado: no permitiría que los alcaldes se autorregulasen sus sueldos, sino que estos estarían limitados por baremos salariales. Aunque los alcaldes, estimado Albert, se autorregularan sus sueldos y acercaran sus cifras a las penurias de la calle, lo cierto y verdad, es que mientras exista "amiguismo" y "tentación", lo que no entra por la delantera, lo hace por la trasera. Para ello, para frenar la pillería, sería conveniente limitar los mandatos. Con ello, estimados lectores, evitaríamos la presencia de alcaldes que han hecho de la política, la razón de su existencia. La han hecho, cierto, porque juraron su primer cargo con patillas y pelo largo. Y hoy, treinta años después, lo siguen jurando calvos y con barriga. Aunque no podemos decir, que todos los alcaldes "veteranos" tienen alto riesgo de corromperse; lo cierto y verdad, es que si aplicásemos la teoría de Antonio – mi compañero de instituto -, no hay nada como el tiempo, para que los formalismos se evaporen; los constructores se conviertan en amigos, los banqueros en colegas, y las concejalas en queridas.

El efecto Sánchez

La destitución de Tomás mantiene enfrentados a los tigres de papel. Mientras los escribas de Caño – el director de El País – consideran que la decisión de Sánchez ha favorecido al Pesoe, las plumas de Casimiro analizan, en clave de derrota, el hundimiento del buque insignia madrileño. Es, precisamente, esta contradicción en la interpretación de la información entre unos y otros, la que invita a la crítica a reflexionar sobre el asunto.  Las razones de la destitución de Tomás – en palabras Pedro Sánchez – se deben, por un lado, a las presuntas irregularidades – denunciadas hace seis años por ABC – acerca de los sobrecostes en la construcción del tranvía de Parla y, por otro lado, a la baja expectación demoscópica, que producía su candidatura de cara a los próximos comicios autonómicos. No olvidemos que la destitución de Tomás se produce justo el día después de la entrevista que Sánchez concedió a informativos de Tele Cinco. En dicha entrevista, el líder socialista criticó la pasividad de Pablo Iglesias en el caso Monedero y dijo que si por él fuera ya lo hubiese destituido.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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