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Recordando a Gregorio

Me contaba Peter – el dueño del Capri – que el otro día habló con Gregorio, un viejo profesor del Cardenal Belluga. Le pregunté por él, y me dijo que vivía en una residencia de ancianos. María lo dejó hace cinco años por un empresario de pelo blanco; de esos que visten con tirantes y beben Chivas los jueves de madrugada.  Tras separase "el maestro" – así es como conocíamos a Gregorio – se fue a vivir a Torrevieja, a un apartamento que heredó de sus padres. Un pisito de setenta metros cuadrados ubicado en la playa de La Mata. Sus hijos no quisieron saber nada de Gregorio. Al perro viejo – como dice el dicho – pulgas con él. Tanto Fran como Blanca prefirieron al novio de su madre – rico y con contactos – que a un alcohólico, con olor a Gintonics, haciendo eses por la calles de su barrio.

Durante su estancia en la costa, "el maestro" contrató a una ecuatoriana para que le limpiara la casa. Una mujer educada, de esas que tratan de usted, y dan los buenos días a los ruiseñores de la mañana. Le hizo un contrato de empleada de hogar; la tenía – como dicen por El Capri – con todos los papeles en regla. Aquella señora se aprovechó de sus borracheras, de su estado de dejadez, y de la depresión que padecía. Tanto es así, que consiguió que Gregorio le avalara un préstamo hipotecario. Un préstamo avalado con el pisito de Torrevieja, y el Renault que compró al poco tiempo de separarse. Esta empleada disponía de las cuentas de Gregorio. Sacaba dinero de la Caixa como Pedro por su casa. Tanto sacó que "el maestro" no tenía ni para pagar la luz. El maestro vivía como la mujer que falleció el otro día a causa de una vela. Cuando la ecuatoriana lo arruinó, cuando ya no tenía más que rascar, se fue a su país y, "si te he visto, no me acuerdo".

Al poco tiempo, Gregorio recibió la orden del desahucio. Un lunes por la mañana, a eso de las doce del mediodía, un policía y una secretaria judicial tocaron a su puerta. ¿Quién le iba a decir al maestro que, tal día como ese, se vería con lo puesto y de patitas en la calle? La vida – me decía Peter – es como una noria. Hoy estás arriba y mañana estás abajo. Tan abajo que hasta las ratas de la alcantarilla te miran de reojo. Tras el desahucio, Gregorio llamó a varios compañeros del instituto. Llamó a los mismos que durante años le invitaron a café en la cantina, cuando él era el director del Belluga. Ninguno le ofreció un plato de fideos y, por supuesto, nadie le dijo "aquí tienes mi casa para lo que te haga falta". Sancionado por sus continuas borracheras, sin un sueldo para hacer frente a las necesidades mínimas de la vida, Gregorio tuvo que recurrir a una residencia de ancianos. Allí gracias a una paga asistencial que le gestionó su hermana, el maestro consiguió techo, comida y compañía. De vez en cuando, Alejandro – un viejo conocido del Capri – le lleva un paquete de Ducados. Se lo lleva para que disfrute de vez en cuando del placer de la calada.

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