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El efecto VOX

Tras conocer el resultado electoral en las tierras andaluzas, escribí el siguiente tuit: "lo preocupante del triunfo de VOX es que hay un sector de la sociedad que defiende la violencia de género, la xenofobia y el odio interautonómico". Acto seguido, varios tuiteros y seguidores de mi blog criticaron la utilización término del "triunfo". Triunfo negativo, les contesté, para la convivencia democrática y triunfo electoral en el sentido constitucional del concepto. El aterrizaje de Abascal en el Palacio de San Telmo abre un nuevo ciclo en la parrilla política de este país. La abolición de las autonomías, la supresión del impuesto de sucesiones, el control de la inmigración, la derogación de la Ley de Violencia de Género y de Memoria Histórica son, entre otras, las condiciones que ha puesto VOX para la gobernabilidad de la derecha en el feudo de Susana. Ante estas condiciones – xenofóbicas, anticonstitucionalistas y machistas – no sería ético, para la convivencia democrática, que Ciudadanos y el Pepé bailasen con la fea.

Aunque en Francia ningún partido sensato pactaría con las filas de Le Pen, en este país los susurros del diálogo van por otros derroteros. El pacto nacional de Sánchez con Podemos y los nacionalistas – con "populistas y terroristas", en términos peperos – justificaría un probable "acuerdo inmoral" en la Junta de Andalucía. Resulta muy posible que las grietas de la derecha se junten, con tal de sacar tajada en las próximas generales. El descenso del PSOE, el sorpasso frustrado de Ciudadanos, la irrupción de VOX y el descrédito del CIS abren un nuevo ciclo político en la aritmética nacional. La falta de entendimiento entre Madrid y Cataluña ha suscitado un pensamiento colectivo con diferente puerto. Por un lado hay un grupo de votantes del PSOE que miran con malos ojos los guiños de Sánchez al catalanismo, aunque sea dentro de la Constitución. Por otro lado hay un grupo de votantes de la derecha, que sueñan con una España unionista que sustituya al Estado de las Autonomías; los anticonstitucionalistas. Mientras los primeros han manifestado su castigo al sanchismo por medio de la abstención, los segundos han manifestado su enojo con Casado mediante su voto a VOX.

Ese cabreo con la nefasta gestión de la crisis catalana es el que justifica, de alguna manera, el descenso del PSOE y la irrupción de VOX en las instituciones andaluzas. Así las cosas, este mensaje podría ser extrapolado a las urnas generales. Estamos ante un partido – VOX – que ha recogido, en los pergaminos de su argumentario, el pensamiento xenófobo, centralista y franquista que impera el ala radical de la derecha. Una derecha rota que nos recuerda a los tiempos del fraguismo. Así las cosas, el panorama político se encuentra más fragmentado que nunca. Una fragmentación que dividirá al hemiciclo, de cumplirse la hecatombe, entre unionistas y federalistas, monárquicos y republicanos, constitucionalistas y anticonstitucionalistas, liberales y socialdemócratas, europeístas y euroescépticos, partidistas y estadistas, y populistas y realistas. Estamos, por tanto ante el fin de los grandes partidos, de los mensajes atrápalo-todo y de las legislaturas duraderas. La irrupción de VOX en el espectro nos acerca, una vez más, a jugar con quienes cuestionan las reglas de juego, ponen sus condiciones y amenazan con abandonar la partida. Lo mismo que hicieron los separatistas en las instituciones catalanas.

El velo de los rodillos

La llegada de don Felipe a la Zarzuela supuso un antes y un después en el panorama político de la Hispania marianista. Su investidura coincidió con la irrupción de Podemos en los aposentos europeos, y con la llegada de Ciudadanos a los márgenes de la derecha.  El discurso de "la casta" y los nuevos rostros de la gaviota pusieron fin al bipartidismo decadente. El "pacto a la valenciana" rompió los muros infranqueables de la "coalición a la alemana". Desde entonces, con Pedro Sánchez a la cabeza, las turbinas del pluralismo marcan la senda de los tiempos venideros. Tiempos donde el turnismo galdosiano se ha convertido en una reliquia del pasado. Hoy, pese al grito incómodo de millones de nostálgicos, los pactos y alianzas sustituyen al rodillo de las mayorías. Este "nuevo tiempo", anunciado por S.M. durante su mensaje de investidura resulta formidable para la madurez democrática.

El velo de los rodillos no puede permanecer ni un minuto más en los ojos de los líderes. No resulta responsable, por ética política, que ante las primeras piedras en el camino, las voces del hemiciclo clamen elecciones. Y no lo es, queridísimos amigos, porque cada cita con las urnas se traduce en términos de fracaso. Fracaso por la incapacidad de los grupos parlamentarios en llegar a acuerdos. Fracaso por no cumplir con el mandato del electorado. Y fracaso por buscar soluciones desde el prisma de lo fácil. Por ello, desde la crítica debemos clamar el "quédese, señor Sánchez". Quédese porque ello supone un esfuerzo por tejer la cultura del acuerdo. Y quédese porque ello implica encender las luces largas de los tiempos adolfinos. No olvidemos que nuevas elecciones no condicionarían la fragmentación del hemiciclo. Escaño arriba, escaño abajo, el nuevo Gobierno estaría condenado a negociar con los vecinos. Por ello no tiene sentido que se caiga en el error de legislaturas cortas y frustradas por las conquista de sillones.

En días como hoy hacen falta más hombres de Estado y menos de partido. Hace falta que se construya una cultura de pactos. Para ello, para que la diversidad del hemiciclo se convierta en productiva, es necesario que la tolerancia, el diálogo y el respeto vuelvan a emerger en el patio de los leones. Resulta bochornoso para los ecos internacionales que nuestros líderes se parezcan, cada vez más, a charlatanes de mercadillo. Esta pérdida de las formas es el camino contrario para conseguir el ideal parlamentario de los países escandinavos. No podemos consentir que nuestros elegidos se pierdan el respeto ante la falta de rodillos. La oratoria – en palabras del sofista – es necesaria que cumpla con una serie de requisitos. Hace falta que los políticos aprendan a guardar el turno de palabra, a callar mientras se escucha, a mirar a los ojos a quien habla y, lo más importante de todo, a la crítica constructiva. Muchos políticos, cegados por el velo de los rodillos, continúan erre que erre apeados en la demagogia, en las descalificaciones personales y en sus sueños de grandeza. Lamentable.

La cultura del buen trato

Tras varios meses sin leer la prensa impresa, el domingo decidí comprar El País. Necesitaba, la verdad sea dicha, papel para envolver un jarrón de los tiempos cadavéricos y, como saben, no hay nada mejor como el papel de periódico para estos menesteres. Tras hacer el dobladillo en las páginas más relevantes, leí de forma superficial los titulares de la mañana. La Violencia de Género ocupaba, por aplastante mayoría, a los escribas de Gallego. A pesar de la indignación por la masacre, en pleno siglo XXI, el macho continúa asesinando a las hembras en los intramuros de sus celdas. Seguimos, como diría el loco de la colina, en el kilómetro cero en cuanto a violencia se refiere. Y seguimos así, queridísimos indignados, a pesar de cientos de pancartas, minutos de silencio, tertulias radiofónicas y un sinfín de bombos y platillos contra el problema que nos ocupa. Estamos, por mucho que lo neguemos, ante un asunto que necesita ser tratado desde el prisma de la cultura. No olvidemos que la Violencia de Género no es algo universal, sino una cuestión local. Una cuestión que distingue a unos países de otros, más allá de la globalización y otras interconexiones.

Hace tiempo, en los pergaminos de este blog, escribí "sobre violencia y soluciones", un post – leído en varias facultades de filosofía -, que vehiculaba soluciones a la complejidad del problema. Tras su publicación, recibí un correo de Gabriela, una socióloga de las tripas andaluzas. Aparte de la educación emocional, como hipotética asignatura obligatoria tanto en primaria como en secundaria, la solución a la masacre pasaría – me decía – por un endurecimiento de los látigos del castigo. Hace falta un giro de ciento ochenta grados en el sistema coercitivo. Mientras los insultos, los desprecios y las palabras malsonantes no se castiguen de forma severa; el maltrato seguirá erre que erre en los sumarios del vertedero. Esta solución – le contesté – tendría un efecto indeseado. Es muy probable que muchas víctimas, por miedo al endurecimiento de las penas, no denunciasen de buenas a primeras los inicios del maltrato. Y sin denuncia mediante, como saben, resulta imposible arrancar la anestesia de las togas. Así las cosas, romper las barreras del arrepentimiento sería, sin duda alguna, la primera lanza para vencer a las garras de los leones. Aún así, la cultura del maltrato no se borraría de un día para otro. La losa del patriarcado y la educación de muchas jóvenes, bajo la sombra del franquismo, impedirían que las cifras del cementerio bajaran de la noche a la mañana.

Si analizamos las estadísticas del maltrato, nos damos cuenta que en unos países se asesina más que en otros. Y esto es así, queridísimos lectores, porque las diferencias culturales desembocan en puertos diferentes. Por ello, la tortilla de la violencia – y perdonen por la expresión – solo se daría la vuelta si los gobernantes tocaran teclas diferentes. Para ello hace falta un Pacto Educativo. Un pacto que vaya más allá de intereses partidistas, y tenga por finalidad la edificación de actitudes y habilidades sociales contra las toxinas del maltrato. Asignaturas como Técnicas de Negociación y Resolución de Conflictos, Educación para la Vida y Alfabetización Emocional contribuirían a solucionar las crisis de pareja con los mimbres del diálogo. Más allá de las aulas, la industria de la cultura se convierte en un agente de cambio necesario para combatir a las garras del maltrato. Hace falta que el cine, la literatura y los medios de comunicación ejerzan su función de formadores, más allá del entretenimiento acostumbrado. Más documentales, ensayos y cine social contribuiría, sin duda alguna, a dar un giro a la cultura del maltrato. Es necesario construir una crítica hacia la Violencia de Género que vaya más allá de los gestos de indignación colectiva. Una crítica, que supere las pancartas y el ruido del asfalto, para vehicular – de una vez por todas – la cultura del buen trato.

El botón de la limpieza

Desde que escribo en los pergaminos de este blog, muchos lectores me han preguntado por qué no doy el salto a la política. Con lo que tú sabes, me dicen, qué haces que no estás metido en ningún partido. No lo estoy – le respondí el otro día a Gregorio – porque no comulgo, valga el verbo, con la política de los aparatos. En la mayoría de las veces, en la cúspide de las organizaciones no están los mejores sino los más adecuados. La política, me decía un zorro viejo de las tripas alicantinas, debería ser un viaje de ida y vuelta. Sin embargo, en este país el salto a la palestra se ha convertido – casi siempre – en un ascensor social hacia el sueño americano. Tanto es así que hay concejales, alcaldes y demás cargos públicos, a quienes no se les conoce ni oficio ni beneficio, más allá de la política. Son, como diría el filósofo de Atenas, dinosaurios de la polis que viven como dioses en los prados de la plebe.

Desde el ruido mediático de Bárcenas y ahora con las nuevas de Villarejo, nos damos cuenta que algo está fallando en la Hispania del ahora. Hace falta una ley que le ponga, como dicen en mi pueblo, el cascabel al gato. Hace falta una norma que corrija y subsane los errores del sistema. Una norma, como les digo, que limite la duración de los mandatos. Sería conveniente, por higiene democrática, que los presidentes de Gobierno, de las Comunidades Autónomas y alcaldes, entre otros, fueran elegidos con fecha de vencimiento. El encadenamiento de mandatos guarda correlación con la corrupción de los políticos. A mayor tiempo en el sillón, más conocimiento de los recovecos del sistema y más tentación, por tanto, de caer en las inmoralidades del cortijo. Otra reforma de la partidocracia presente sería, sin duda alguna, la exigencia de un diploma de capacitación política. No es de recibo que la gestión de lo público se encomiende a personas que, en muchas ocasiones, no cuentan ni con la  formación,  ni con la  experiencia necesaria para afrontar el cometido.

Otra solución, queridísimos lectores, pasaría por habilitar mecanismos para detectar la falsedad en los curriculums. No es de recibo que algunos elegidos pongan y quiten titulaciones en sus historiales académicos. Aparte de los portales de transparencia hace falta, para la eficiencia de los mismos, instrumentos que comprueben la veracidad de los datos. Con tales herramientas evitaríamos tropezar, una vez más, con casos como el de Cifuentes. Es necesario para que la clase política recobre la honorabilidad perdida que el político recobre la ejemplaridad perdida. Hace falta que los partidos hagan un uso más frecuente del botón de la limpieza. Un botón necesario para expulsar a quienes, por su afán del dinero, confunden la política con oportunidades de riqueza. Y por último, y no por ello menos importante, es necesario que se prohíban las puertas giratorias. Para ello, para evitar que el plebeyo salga noble tras su paso por los sillones, es urgente que los expresidentes del Gobierno retornen a su nido tras sus años de corona.

De diálogos y garitos

A las tres de la madrugada – mientras tomo mi última copa en El Capri – hablo con Aurelio, un viejo conocido de las tripas de mi barrio. Con los dientes amarillos de tanto cigarrillo, me dice que está harto de discutir con su señora. Tras cuarenta años de casado, el insulto y el reproche se han convertido en el estribillo de su vida. Estoy delante de un hombre roto. Un hombre vacío y apagado como las velas del cementerio en las frías noches de enero. Lo único que quiere es el desahogo. No busca soluciones. No quiere recetas mágicas para arreglar el desastre de su vida, sino unos oídos que aguanten como mástiles la tormenta de sus penas. Mientras le escucho, Amalia se deja querer en los taburetes de la barra. El Cadillac solitario envuelve de nostalgia a los gatos del garito. En la mesa, que hay junto al póster de Samantha, Francisco y Manolo queman sus billetes en las máquinas tragaperras. Allí, por la ranura de las máquinas, cae el sudor de cuarenta horas de ladrillos y dolores de lumbago.

Entre los contactos de wasap tengo a Gregorio, un excompañero de colegio de los tiempos felipistas. Un "bicho" en la garganta acabó con su pelea. Su foto en el teléfono mantiene viva la esperanza de que algún día reciba un mensaje de los suyos. Mientras leo sus últimas conversaciones, el olor a Ducados inunda de sabor el color de las burbujas. Es una noche cálida, de esas que los perros deambulan como gatos hasta las tantas de la madrugada. Detrás de la barra, Peter seca las tazas, sirve cafés y gasta bromas con las viudas del garito. El Capri está en su salsa. Hay gente bailando, riéndose y con ganas de sexo en la antesala del aseo. En un taburete cercano está Lola, la mujer del abogado. Lola frecuenta el garito de uvas a peras. Lo frecuenta, como les digo, cuando su marido vuela a Bruselas por cuestiones de trabajo. A Lola, le gusta emborracharse, beber hasta el vómito, para olvidar la catástrofe de su sino. La huella de sus labios queda impregnaba en las copas de gintonic.

Desde la ventana del garito se ve a los señores del camión de la basura. Señores que, de vez en cuando, se dejan caer por El Capri en busca de tabaco. Son hombres humildes, sin grandes aspiraciones. Hombres sin corbata, donde su único traje es el  de su boda. Tras sacar el paquete de Fortuna, suelen decir: "bueno amigos, seguimos con la faena". "Venga, qué tengáis buena noche", les contesta Peter desde la penumbra de la barra. En la soledad del garito, el vaso se convierte en el principal aliado. Una noche, un tipo me dijo que la mejor almohada para dormir es la conciencia del hombre. Mientras muchos pobres duermen a "pata suelta", miles de corruptos dan vueltas y vueltas entre los laberintos de su culpa. A las tres de la mañana, Peter apaga la música y baja las persianas. Es hora de abandonar la cueva. Una cueva que sirve de cobijo para las arañas del fracaso. En la calle, mientras arranco el coche, observo como la mujer del abogado vomita en el zócalo del garito. En la radio, escucho la última de Villarejo.

Cartas de despedida

Tras varias horas, atrapado en la cueva de mi recreo, decidí pasear a Diana por las calles del vertedero. Mientras deambulaba por los callejones de la hipocresía, encontré cientos de postverdades en los contenedores del ahora. Entre los escombros de mi mente, se hallaban recuerdos de los tiempos cadavéricos. Entre ellos, estaba el día que conocí a Lola, una mujer a deshoras de las tripas alicantinas. Tras varios minutos de disimulo y cortesía, entendí que, en ocasiones, la intuición sirve más que miles de discursos al estilo aristotélico. Hablamos sobre Felipe González y los contratos basura; sobre el mercado común y las cenizas del fraguismo. Y hablamos de máquinas tragaperras, de amores clandestinos, de secretos de alcoba y de los tentáculos que mueven la realidad del sistema. Era, lo recuerdo con nitidez, una noche de enero; de esas que el frío enoja a la luz de las farolas. Una noche de luna llena, como la que lucía en los campos de Mauthausen en la víspera del paseíllo.

Mientras paseaba a Diana, el olor a Ducados se entremezclaba con los agudos del saxo en las tinieblas del garito. El jazz se convirtió en el refugio de mis penas. Un refugio que insuflaba a mi vida el aliento necesario para evitar la condena. Eran tiempos malos para los míos, tiempos de migajas, de envidias y recelos. Tiempos de perversión y deseo. Tiempos, y disculpen por el abuso, donde el olor a carmín envolvía de pecado el sudor de la camisa. La tentación, me dijo un tipo en El Capri, es la manzana prohibida que muerden los honestos cuando, por hache o por be, la vida les premia con dinero. El humo era tan espeso que los recuerdos se perdían por las calles del vertedero. En un momento del paseo, la perrita se detuvo. Me miró a los ojos con cara de vergüenza. Me miró con el mismo rubor que miran los honrados cuando son pillados con la gallina entre las manos.

Desde mi espalda colgaba una mochila con piedras pesadas, residuos del pasado y cicatrices de navajas. Tras una hora de camino por el fango, decidí tomar una cerveza en las tinieblas de El Capri. Allí, en la barra del garito estaba Jacinto, un albañil jubilado, de esos que dicen tacos y hablan sin tapujos en la lengua. Tras un apretón de manos, sacó de la cartera una carta manuscrita de la España del franquismo. Era una carta de su padre, un hombre asesinado, decía él, por decir lo que pensaba; por nadar contra corriente; por ser un ingenuo de la vida. Me dijo que por favor se la leyera. Quería saber el mensaje que habitaba entre los interlineados del manuscrito. Mientras se la leía, escuchaba en mis adentros las voces angustiadas de quienes murieron aquella noche en el patio la cárcel. Era una carta bien escrita, con los puntos sobre las íes y un lenguaje culto propio de los curas. Era, maldita sea, un relato escrito, escrito en nombre de su padre, por un escriba del régimen. Un servidor de Franco que se ocupaba, sin más honra ni pecado, de la escritura de cartas de despedida.

Tras la sombra del taburete

El otro día, tomé café en El Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, despejar mi mente de las tinieblas del ahora. Allí, en la penumbra de barra estaba Martina, una mujer de las tripas provincianas. Separada desde hace dos años, su vida ha transcurrido entre whiskys y gintonics. Mientras hablaba con ella, el olor de su aliento tiraba por la borda la cordura de sus ojos. Me dijo que no creía en Dios, que ya no rezaba el Padrenuestro los viernes de madrugada. Sus palabras se entremezclaban con el ruido de mi mente. Ruido en forma de recuerdos. Y recuerdos en forma de cuchillos que abrían las grietas de mi lado nietzscheano. Al lado de ella estaba Jacinto, un señor de ochenta y cinco, que fumaba Ducados y bebía carajillos. Le pregunté por su Pepe y me dijo que estaba con Francisca, una mujer a deshoras, de esas que llevan escote, beben ginebra barata y dicen palabrotas.

Mientras leía las postverdades que yacían en un periódico caducado, el olor a café inundaba de sosiego las paredes del garito. Peter ya no es el mismo desde que falleció su señora. La delgadez de su figura ha transformado el gesto de su cara. Peter ya no gasta bromas, ni cuenta chistes verdes a los clientes de la barra. El tiempo pasa, pasa tan deprisa que cuando miras el reloj de la pelea; es hora de encargar la corona en la floristería de la esquina. La vida, cuánta razón tenía mi abuela, son dos días: una para vivirla y otro para disfrutarla. Hay tantos muertos en vida, tanta gente quieta por la comodidad de sus rutinas, que cuando emprenden la aventura, se hallan desnudos ante sus miedos y temores. Me contaba Peter que todavía recuerda aquellos años cuando sus hijos eran pequeños. Hoy, por circunstancias de la vida, aquellos niños se han hechos mayores. Hoy son hombres que, de año en año, se acuerdan de aquel señor de la perilla que le contaba cuentos los domingos de madrugada.

En las máquinas tragaperras se encuentra Manolo, el marido de Juana. Todos los viernes, el salario de la semana se evapora por el hueco de la ranura. Es triste, en palabras de Jacinto, que alguien pierda la compostura ante los tentáculos del juego. Entre sorbo y sorbo, se oyen las palabras malsonantes del barrendero de mi pueblo. Rojo hasta las cejas, pierde sus casillas cuando habla de Casado. No entiende por qué el líder de la derecha no tira la toalla por la cuestión de su máster. Nostálgico de Anguita y de los discursos de Carrillo, no tiene pelos en la lengua cuando habla de los curas, los políticos y el dinero. Trabajador desde los seis años en las fábricas de mi pueblo, hoy malvive con setecientos euros al mes para él y su señora. Mientras hablo con Jacinto, en la televisión de la columna, asoma la noticia de Celia Villalobos; la misma que hace unos años fue pillada jugando al Candy Crush, ahora se dedica a ver páginas de ropa on line tras la sombra del "taburete". Es indigno, en palabras de Martina, que no exista el despido procedente para los "clientes" del Congreso.

De Casados y cazados

Decía don Felipe, un viejo conocido de las tripas de El Capri, que escribir es como montar en bicicleta, una habilidad que nunca se olvida. Tras un mes apartado de la pelea, hoy he vuelto a deambular por las calles del vertedero. Desde lo alto de la colina huelo las miserias que se cuecen en los fogones de la política. Miserias, en forma de plagios y mentiras, que tiran por la borda la confianza depositada en los ideales, los elegidos. Hoy, queridísimos lectores, siento la vergüenza que sufren los honestos por los garbanzos negros en sus familias. Estamos, como diría el tío Andrés si viviera, ante una España decadente y corrupta. Una Hispania que se descose por las costuras del prestigio y del honor. Ante este panorama, de desengaño y desafección ciudadana, no nos queda otra que clamar al unísono desde las sombras de Hessel. La dimisión de Cifuentes y Montón; la oscuridad del caso Casado y la tesis de Pedro ponen en jaque la independencia del poder educativo. Una independencia necesaria para no tropezar con el clientelismo de las pseudodemocracias.

Ante este panorama, de irregularidades en la élite educativa, debemos ir más allá del mero análisis de los hechos. Debemos, como diría Carlos Marx, transformar la sociedad desde los mimbres de la filosofía. Para ello, para frenar la hemorragia, se deben corregir algunos desperfectos que hay en las turbinas de los paraninfos. Sin ir más lejos, las universidades deberían vehicular mecanismos para salvaguardar, de alguna manera, los efectos malévolos del tráfico de influencias. Para ello, para que todos – tanto el hijo del barrendero, como la hija del banquero – tengan las mismas garantías ante el sistema de calificaciones, sería de recibo que se repensaran los instrumentos de transparencia. Hace falta, como les digo, más mecanismos para detectar el plagio y detectar el amiguismo. Haría falta, tal y como se están desencadenando los hechos, que todos los trabajos académicos pasaran por los detectores del plagio; más allá de la mera declaración jurada acostumbrada. También sería conveniente que se desdoblase, de una vez por todas, la figura del tutor y el examinador.

Aparte de tales mecanismos, necesarios para la higiene educativa, es urgente que se construya una prensa ética. No podemos, en pleno siglo XXI, permitir que la postverdad se convierta en una fuente de riqueza. No es bueno para la democracia que el tráfico informativo derive en un corral de dimes y diretes, de afirmaciones y desmentidos. Hace falta más rigor periodístico. Un rigor alejado del servilismo a los partidos. Un rigor que muestre todas las aristas del hecho informativo y sea leal con la verdad, una verdad construida por la suma de perspectivas. Es necesaria una prensa estricta, que controle a los políticos, sin caer en la tentación de la crítica destructiva. Para ello, para que el lector de periódicos reivindique la verdad; es urgente que el Gobierno apueste por la filosofía. Sin filosofía, sin un espíritu crítico que sepa separar la paja del trigo, seguiremos alienados ante el espectáculo de la cultura. Así las cosas, en ocasiones es bueno parar el reloj de la pelea. Es bueno, como les digo, apearse del camino para mirar atrás y tomar conciencia del recorrido. Si no lo hacemos, si caminamos sin el retrovisor del pasado, nos convertiremos en seres sin sentido.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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