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El teletrabajo como agente de cambio cultural

El otro día, tras leer la noticia, sobre la aprobación del Decreto Ley para regular el teletrabajo, me vino a la mente una colaboración periodística que hice, hace unos meses, sobre el "éxodo urbano". El reportaje versaba sobre la movilidad de la ciudad al campo con ocasión de la posible expansión del "trabajo desde casa". En aquella pieza, varios sociólogos y expertos en la materia, aportamos nuestro granito de arena al respecto. En España, como saben, existe un alto grado de presencialismo laboral. La mayoría de los trabajadores prestan sus servicios a cambio de salarios por unidad de tiempo. Salarios basados en horarios fijos con poca, o ninguna, flexibilidad. Esta forma tradicional de prestación laboral no se traduce, en la mayoría de las ocasiones, en un aumento de la productividad. Y no se traduce porque, en ciertos trabajos, existen "tiempos muertos" durante la jornada laboral.

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Vivir sin tiempo

Aquella noche, no podía dormir. Por mi cabeza colgaban decenas de pensamientos negativos. Pensamientos que situaban a mi persona en las jaulas del fracaso. Harto de tanta tortura, me levanté de la cama. Cogí un par de galletas y salí a la calle. La calle, me dijo un tipo que conocí en El Capri, cura los males del espíritu. Mientras deambulaba por los senderos del vertedero, soñé con un mundo sin tiempo. Un mundo donde no existieran los relojes, ni las citas, ni los planes de futuro. Ni siquiera el testimonio del pasado. Un mundo donde solo fuéramos, presente. Donde lo único real fuera el instante. Y donde la gente viviera, cada día, como si fuera el último de sus vidas. En ese mundo, pensaba para mis adentros, seríamos más felices. Y lo seríamos porque una sociedad sin tiempo, nos haría más conscientes del espacio. Nos cambiaría nuestra escala de valores y el sentido de la vida.

Mientras caminaba, veo – en la puerta de la Iglesia – la esquela de Paco. Del mismo compañero de colegio que soñaba con ser cirujano y viajar a Granada. A lo lejos, me saluda Manolo. Recuerdo cuando, hace más de treinta años, jugaba con él en el patio de su casa. El tiempo y los cuerpos están relacionados. Las arrugas muestran, en los rostros, los surcos de la vida. El dolor de las rodillas nos refleja el cansancio del camino. Y las enfermedades nos recuerdan que somos frágiles y que algún día moriremos. Sin tiempo, la vida no sería un cúmulo de días. Y sin tiempo, no haría falta la angustia de la espera. En el instante ganaríamos el aprecio por los detalles. Ganaríamos, la ausencia de golpes en la carrocería de nuestro coche. Seríamos seres condenados a mirar hacia nuestros intramuros vitales. A vivir en el ahora. A ocuparnos por las cosas sin preocuparnos por las mismas. Sin tiempo, sin la angustia por el devenir de nuestras vidas, viviríamos más calmados. Viviríamos más centrados en la lógica de la tarea.

Hoy, con la Covid-19 en nuestras vidas, las personas piensan más en el ahora. Piensan que de nada ha servido la construcción de puentes sin orillas. Y piensan que el futuro no es más que una construcción mental para mantener a raya el sentido de la vida. En estas circunstancias, el presente nos invita a velar por el detalle. A velar, como les digo, por el aprecio del espacio. Por el aprecio de aquellos encuentros que antes estaban vivos y ahora yacen en lo alto del cementerio. Somos espacio. Espacio físico que ocupamos. Y espacio que necesita de otros para redactar el relato de lo vivido. Ese espacio, que nos identifica, justifica las relaciones amistosas, sentimentales y laborales. La vida se convierte, pues, en un cúmulo de espacios. De espacios que tienen lugar en el presente. Nuestro presente no es otro que un espacio físico y virtual contaminado. Contaminado por relaciones tóxicas, químicas y biológicas. Relaciones que demuestran la fragilidad de nuestro sitio.

Sobre líderes y CIS

Según el último barómetro del CIS, ninguno de nuestros elegidos alcanza el aprobado. Aún así, Pedro Sánchez e Inés Arrimadas se proclaman como los líderes mejor valorados. Con un 2.3 de nota, Santiago Abascal se sitúa como el político peor valorado. Tras conocer esta noticia, recibo varios correos electrónicos de lectores del Rincón. Lectores, la mayoría periodistas de profesión, que buscan una interpretación académica a la instantánea de la encuesta. En este país existe una grave crisis de liderazgo político. Desde hace varios años, la valoración de nuestros líderes no pasa del aprobado. Y no pasa, queridísimos lectores, porque existe un desengaño social con la partidocracia. Existe una percepción negativa sobre nuestra clase política. Una percepción causada, entre otras causas, por la corrupción de los partidos, la ingobernabilidad del país desde la irrupción del multipartidismo y, la tensión entre unionistas y federalistas

La Covid-19 no ha pasado factura a Pedro Sánchez. Y no ha pasado factura, a pesar de la estrategia derrotista del Partido Popular. Una estrategia, como saben, basada en culpabilizar al presidente del Gobierno de todos los errores cometidos en la gestión de la pandemia. Una estrategia similar a la que utilizó Mariano Rajoy, contra Rodríguez Zapatero, en la crisis del 2008. Y una estrategia, y disculpen por la redundancia, que le salió redonda al partido de la gaviota. En este caso, Pablo Casado no ha conseguido sacar el mismo beneficio que su maestro. Y no lo ha conseguido, claro que no, porque el protagonismo de Díaz Ayuso, al frente de la Comunidad de Madrid, ha puesto en evidencia los errores de su gestión. Errores como la dudosa gestión de las residencias madrileñas han debilitado las críticas de Casado al gobierno estatal. Así las cosas, el pueblo ha castigado a sus líderes. Y los ha castigado, entre otras cosas, porque, más allá de la defensa del interés general, ha prevalecido – en el sentir de la calle – el interés de los partidos.

Inés Arrimadas ha salido fortalecida. Y ha salido, queridísimos lectores, porque su defensa del interés general ha arrinconado, en el extremo del abanico, a Casado y Abascal. Tanto que el líder del PP ha destituido a Álvarez de Toledo. Una destitución que pone en evidencia el problema de identidad que tiene la derecha. Una derecha enferma por dos heridas. La primera, el éxodo del votante más conservador hacia la orilla de Vox. La segunda, el riesgo de huida del votante moderado hacia la tierra de Ciudadanos. Una doble herida que necesita, hoy más que nunca, un buen doctor. Un doctor – un líder – que sepa cortar las hemorragias sin necesidad de sacrificar un miembro por el uso del torniquete. Ese líder – que hoy no aprueba en el CIS – lo tiene muy complicado. Y lo tiene, queridísimos amigos, porque su partido ha caído en la misma trampa que cayó el partido de Rivera. En esa trampa que caen la mayoría de los "partidos atrapalotodo". Partidos desideologizados que nunca los vemos venir de cara. Y que tarde, o temprano, el electorado los ubica en el olvido.

Tras medio año de Covid

Haces dos meses, mientras tomaba la última copa en El Capri, recibí un wasap de Nietzsche. Estaba sin saber de él desde que publicó El crepúsculo de los ídolos. Me preguntó por Diana, mi perrita de cuatro años. Le dije que se encontraba bien. Bien, a pesar de sus dos hernias discales y sus problemas estomacales. Le puse al día sobre la Covid-19 y le conté que Dios, en contra de sus pronósticos, seguía vivito y coleando en pleno siglo XXI. Le dije que las religiones habían resistido los azotes de la ciencia. Y le conté que el vitalismo tampoco había servido para explicar la lógica social de nuestros días. Sorprendido por mis afirmaciones, quedamos en casa de Peter. Tras un rato de tertulia, salimos por las callejuelas de mi pueblo. Antes, fuimos a Mercadona y compramos un paquete de mascarillas.

De paseo, Nietzsche me preguntaba por la organización social del sistema educativo en un contexto de riesgo sanitario. Le dije que, en las aulas, se respetaba la distancia de seguridad. Y le conté que a los alumnos se les tomaba la temperatura a primera hora de la mañana. Aún así, la gente tiene miedo. Miedo al contagio. Y miedo, faltaría más, a la severidad de la enfermedad en el seno de sus cuerpos. Ese miedo, me dijo Friedrich, no es bueno para el espíritu. Y no es bueno porque nos encierra, todavía más, en la cultura del rebaño. Un rebaño de ovejas miedicas resulta tóxico para el progreso. Más allá de las amenazas físicas del cuerpo. Más allá del temor a enfermar, existe el efecto colateral de la sospecha social. Y esa sospecha, me comentaba Friedrich, destruye al politikon, al animal social, que diría el filósofo de Estagira. Desde que comenzó la pandemia, le conté a Nietzsche, se han puesto en valor las lecciones de su ética. Y hoy, más que nunca, el bien y el mal están relacionados con el contacto social y la protección de nuestro cuerpo.

Después de seis meses de pandemia, los abrazos y besos del ayer se han convertido en las amenazas del ahora. Unas amenazas que nos sitúan a un metro y medio de distancia a los unos de los otros. Esta lejanía social se aprecia en el paisaje urbano. Y se aprecia, le decía a Nietzsche, porque – tras medio año de Covid – somos capaces de diferenciar imágenes del antes y después de la pandemia. Del antes, vemos lienzos con avenidas nutridas de peatones, centros comerciales abarrotados de consumidores y rostros desnudos. De rostros con labios, dientes y expresiones que transmiten amor, penas y alegrías. Del después, visionamos gente guardando distancia en las cajas de los supermercados. Vemos geles hidroalcohólicos por todos los rincones. Y vemos playas, cines, teatros y recintos musicales con aforos limitados. Observamos una España sin fiestas patronales y sin reuniones a lo grande. Vemos una España apagada. Una España con rostros tapados por la tela de las mascarillas.

De censura y periodismo

Tras dos semanas, alejado de las calles del vertedero, el domingo compré El País. Necesitaba, la verdad sea dicha, papel para encender una barbacoa y, como saben, no hay nada mejor como el papel del periódico. Antes, hice un dobladillo en las páginas de  interés. Con el titular "La BBC, contra la opinión en redes de sus periodistas", leo, en la cuarenta y seis,  que el nuevo director de la radiotelevisión pública británica – Tim Davie – no permitirá que sus columnistas emitan opiniones personales – sobre actualidad – en las redes sociales. Esta medida tiene como finalidad combatir los ataques del conservador Boris Johnson. Ataques que cuestionan la imparcialidad informativa en temas como el Brexit o la gestión de la pandemia, por ejemplo. Así las cosas, los periodistas de la BBC no podrán desvincularse de la línea editorial tras su jornada laboral.

Esta noticia, que pasa desapercibida para la mayoría de los lectores, cobra una importancia relevante para el juicio de la crítica. Y la cobra, queridísimos amigos, porque atenta contra la libertad de expresión. Una libertad que se consagra como derecho fundamental en las democracias avanzadas. Y una libertad que contrasta con la censura mediática de las autocracias. Lo preocupante de esta medida no es otro que su posible contagio. Su posible contagio, como digo, a otros medios de renombre. Un contagio que supondría una involución sobre los avances conseguidos en libertad de opinión. Y una involución que devolvería parte del poder perdido a los tigres de papel. Desde la crítica debemos denunciar todo tipo de censuras en contextos democráticos. El periodista, más allá de su condición profesional, es libre de opinar sobre la actualidad en el ámbito privado. Si no lo hace, si reprime su expresión se convierte en un súbdito del mercado.

La imparcialidad de un periódico, querido Davie,  no se debería medir por el silencio de sus columnistas en su ámbito privado. La imparcialidad reside en la suma de perspectivas. Se consideran noticias "imparciales" aquellas que ponen todas las cartas sobre la mesa. Aquellas que analizan la información desde distintos puntos de vista. Y aquellas, y valga la redundancia, donde el periodista se convierte en un mero transmisor de acontecimientos relevantes. La imparcialidad, querido Davie, reside en cabeceras desideologizadas. Cabeceras desprovistas de intereses partidistas. Y cabeceras provistas de firmas de opinión policromadas. Firmas de opinión, ajenas a la línea editorial, que, de forma libre, emitan sus opiniones de manera transversal. Hoy, la imparcialidad se ha convertido en utopía. Y es así, queridísimos lectores, porque los periódicos más que información venden ideología. Una ideología patente en la construcción de titulares, la selección de noticias y el comentario de las mismas.

¡Era otra España!

Mientras tomaba café, en El Capri, recibí una llamada de Antoine; un periodista afincado en París. Me preguntaba acerca de un tuit que publiqué, hace unos días, sobre la Monarquía. El tuit decía así: "Es bueno para una democracia que se abra un debate acerca de su forma de Estado. Es cierto que el referéndum constitucional llevaba implícito la aceptación, o no, de la Monarquía Parlamentaria. Aquello fue en el 1978. ¡Era otra España!". En Francia, por la misma regla de tres – me comentaba Antoine – también tendría cabida un plebiscito para la restauración de la Monarquía. Y lo tendría, como les digo,  porque el contexto histórico también habría cambiado. En los ordenamientos jurídicos escritos, los hechos preceden al Derecho. Primero surgen los problemas sociales y después las soluciones en forma de leyes y reglamentos. Primero, y valga el ejemplo, surge Internet y acto seguido las leyes que regulan los delitos informáticos. Algo pareceido ocurre con las Formas de Estado.

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Transversalidad contra la pandemia

Siempre, he sido muy crítico con el Estado de Alarma. Y lo he sido, queridísimos lectores, porque la Covid-19 ha tenido un comportamiento desigual a nivel territorial. El contraste de cifras entre Comunidades Autónomas ha puesto en evidencia la ineficacia del mismo rasero para realidades divergentes. Un nuevo confinamiento general sería contraproducente para enderezar el volante de la recuperación económica. Y lo sería porque pagarían "comunidades justas" por "pecadoras". Así las cosas, la delegación autonómica, en la lucha contra la pandemia, tiene un doble efecto político. En primer lugar, diluye la responsabilidad del Gobierno, cierto. Y, en segundo lugar, pone en el espejo público a la política local. Sitúa a las diputaciones y ayuntamientos como los responsables inmediatos en la lucha contra el virus.

El paso de la "patata caliente" a las Comunidades Autónomas beneficia, y mucho, al PSOE y sus socios de Gobierno. Sin Estado de Alarma, por en medio, el PP no tiene diana donde disparar sus dardos. Tanto es así que Casado, sin responsable nacional, culpabiliza a Pedro Sánchez por "abandonar el barco" y disfrutar de vacaciones. Dos críticas desmontables por cualquier aprendiz de politólogo. La primera porque en España el poder está descentralizado entre las diferentes regiones. La segunda porque la responsabilidad de gobierno es compatible con el derecho de vacaciones. Gracias al Estado de las Autonomías, España goza de flexibilidad política para combatir el bicho. Un bicho que daña más en Madrid, País Vasco y Aragón, por ejemplo, que a otras partes de la selva. Este comportamiento local de la pandemia invita a que se enciendan las luces de la gobernanza. Una gobernanza, como les digo, que aporte valor a la coordinación de las políticas regionales. Una coordinación basada en estrategias distintas ante un enemigo común.

Más allá de la labor de los sanitarios, la lucha contra el Covid-19 necesita el trabajo de sociólogos, estadísticos y documentalistas. Es importante la construcción de bases de datos. Bases de datos que sirvan para la identificación de los perfiles vulnerables. Perfiles, como les digo, desglosados por edades, sexos, zonas geográficas, pautas de consumo, roles laborales y otros datos de interés. Tales perfiles son necesarios para actuaciones concretas, tales como rastreos específicos, cierres temporales de locales sospechosos y cuarentenas controladas. También se debería actuar, tal y como dijo Simón, desde los diferentes líderes de opinión. Es necesario hoy, más que nunca, que las redes sociales sirvan para concienciar a la sociedad de los riesgos que supone la irresponsabilidad. El poder de las redes debería contribuir para crear corrientes de denuncia ciudadana. La lucha contra el Covid-19 se debería vencer desde la transversalidad. Desde la coordinación autonómica, el consejo de los expertos y el liderazgo social. Si no lo hacemos, si cada uno actúa por separado, no nos quedará otra que el "sálvese quien pueda".

La deriva juancarlista

La huida del Rey emérito a la República Dominicana calma pero no acalla las bocas contra la Corona. Contra una Corona agrietada por los escándalos familiares. Escándalos por el caso Nóos, Corina y los elefantes de Botsuana. Y escándalos por el supuesto cobro de comisiones. Comisiones, al parecer, procedentes de la adjudicación del AVE a la Meca. Estos escándalos hay que enmarcarlos dentro de una amalgama de supuestas infidelidades y comportamientos alejados de la buena praxis monárquica. El exilio de don Juan Carlos contrasta con la trascendencia histórica de su figura. Una figura que puso en valor la Transición Democrática, plantó cara al Golpe de Estado de 1981. Se enfrentó a Hugo Chávez y supo abdicar en el momento adecuado. Durante décadas, el juancarlismo fue sinónimo de coraje, luces largas y cohesión nacional. Tanto que su figura fue respetada por el cuarto poder y la opinión pública.

El paso de los años, y el relevo generacional, ha enturbiado la figura del Rey emérito. Una figura deteriorada que se convierte en un lastre para la monarquía. Y en una mochila, cargada de piedras, que mancha la honorabilidad de su hijo y levanta las ampollas de los ecos republicanos. Tales ecos cuestionan el traspaso genético del poder, el coste social de la Corona y el papel de la misma en pleno siglo XXI. Un papel simbólico, innecesario, y representativo que contrasta con los principios del Estado democrático. Con los principios, como les digo, de la soberanía popular, el sufragio universal y las voces de la Revolución Francesa. La Monarquía Parlamentaria como forma de Estado supone un encaje de bolillos entre lo antiguo y lo moderno. Un encaje entre el poder heredado – vacío y simbólico – y el poder conquistado – lleno y representativo -. Este encaje antinatura ha resistido el paso del tiempo. Y lo ha resistido por el respeto social al artífice de la Transición. Un artífice que institucionalizó la compatibilidad entre su interés particular – la monarquía – y el general – el parlamentarismo -.

La deriva del juancarlismo pone en jaque el reinado de Felipe. Un reinado, amparado por la Constitución y, sujeto a la crítica de las brisas republicanas. Brisas, cada vez más fuertes, que claman la convocatoria de un referéndum acerca de la monarquía. Un referéndum que legitime, en términos sociales, a la Corona. Y un referéndum que sirva para consolidar, o no, la Monarquía Parlamentaria como forma de Estado. Una forma de Estado blindada, incuestionable y eterna. Así las cosas, nuestra Constitución se convierte en un lastre para el progreso. Un lastre, por su rigidez, ante los nuevos retos institucionales de las nuevas generaciones. No es bueno, para la salud del Estado Democrático, que su Estado de Derecho se asiente sobre cimientos retrógrados. La huida de Rey emérito escenifica, de alguna manera, el final del juancarlismo. La huida pone en valor la crisis del concepto de monarquía. Un concepto, de los tiempos pretéritos, difícil de encajar en las democracias avanzadas.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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