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El péndulo

La crítica de Joseph de Maistre al pensamiento ilustrado de finales del siglo XVIII se basó en una defensa a ultranza de los valores del Antiguo Régimen. Decía el pensador que la tradición era una razón heredada y la legitimación del poder tenía sus bases en la providencia divina. Según Maistre; Montesquieu y John Locke habían descentrado a la sociedad de su orden natural. El antropocentrismo social había desplazado a la religión de su lugar. La pérdida de cohesión civil provocada por la secularización ilustrada era la causante de una revolución cuyo fin sería una vuelta al prejuicio  auspiciado por una militarización forzosa del poder.

La reacción conservadora sentó las bases posteriores de los doctrinarios y su ideología se materializó a través de la restauración monárquica. Esta dialéctica entre el pensamiento conservador y el ilustrado, o dicho de otro modo, el baile entre tradición y modernidad de nuestro devenir político han llegado inmune al pensamiento contemporáneo. Las finas líneas que separan los territorios de la derecha y la izquierda siguen marcados por la línea blanca de los paradigmas de la igualdad y la secularización de ayer. El bipartidismo de los tiempos de Galdós caracterizado por el rodillo de los recién llegados sobre los salidos puede claramente extrapolarse a la derechización actual.

Con la nueva reforma laboral podemos revivir las miserias que vivió Ramón Vilaamil, protagonista de Miau,  cuando fue cesado como empleado del Ministerio de Hacienda,  tras la restauración de la monarquía por la figura de Alfonso XIII. Hoy  miles de empleados públicos podrán ser despedidos de forma barata con el objeto de "redimensionar sus plantillas". Redimensionar, o dicho de un modo más claro, tener más poder unilateral para limpiar las administraciones sin los obstáculos de ayer. Es precisamente esta media y el desmantelamiento del Estado del Bienestar la que nos aproxima e identifica con la cruda realidad que retrató Galdós.

El homenaje a don Manuel Fraga Iribarne en el orden del día del Congreso del PP en Sevilla pone de manifiesto la vigencia de las teorías tradicionalistas y doctrinarias que decíamos atrás. El péndulo histórico vuelve a resucitar los puntos simbólicos  que reivindicaron  Louis de Bonald, Edmund Burke y Joseph de Maistre ante los objetivos conseguidos por la masa ilustrada. En dicho congreso se estableció en su pimer día, por mayoría de los congregados,  la definición del PP como un partido inspirado en "los valores del humanismo cristiano". Una vez más, la ligadura del poder azul con la doctrina papal estigmatiza la relación histórica de la derecha con las teorías de Jacques Maritain. La sombra teológica sigue viva como imagen de marca del tradicionalismo actual.

La inevitable desigualdad ha sido el buque insignia del paradigma conservador a lo largo de la historia. La teoría clásica de Ricardo fue absorbida por los precursores del utilitarismo actual. Ya lo dijo Stuart Mill y Jeremy Bentham "el ser humano busca saciar su interés privado para conseguir su felicidad". La sociedad no es una entidad de voluntad cívica sino una suma de voluntades privadas. El mercado debe ser respetado por los gobernantes como garantía de libertad negativa en detrimento con la factura de la igualdad. A partir de ese momento, la dialéctica entre la porción de mercado y Estado en la gestión del poder ha sido otra línea divisoria de la derecha y la izquierda contemporánea. Mientras la izquierda sigue solicitando una mayor porción de intervención en los mercados para disminuir la brecha social, la derecha por su parte, defiende la política como una puesta en escena de condiciones favorables para que el mercado pueda desarrollar la principal de sus funciones.

El XVII Congreso del PP pone en evidencia la estética política de la derecha. El homenaje a su fundador y la consolidación del término "humanismo cristiano" como elemento definidor de sus siglas resucita doscientos años más tarde, buena parte de la crítica de Maistre a los postulados ilustrados. La eliminación de "educación para la ciudadanía" por el supuesto "adoctrinamiento social" pone en evidencia la vuelta a los valores doctrinarios de Cánovas del Castillo. Hoy con la reforma laboral y el despido barato de los empleados públicos podemos darle un abrazo a Stuart Mill y sentir la ira de Ramón Vilaamil.

Sin talento

La rendición de Mariano a la moda "merkeliana" está debilitando la identidad de nuestra marca en beneficio de la  rivalidad internacional. El desmantelamiento de la Administración Pública, o dicho de otro modo, la fórmula neoliberal "más mercado y menos Estado" y la reforma laboral hecha con los moldes de la patronal, pone de manifiesto nuestra carencia de personalidad para construir nuestra ventaja competitiva en el mercado monopolístico global.

La renuncia a nuestra peseta como manifestación de vanguardia a la postmodernidad europea ha hecho de nuestro modelo productivo una copia barata de las formas alemanas. La lucha por sobrevivir en el carruaje de la moda occidental ha impedido mostrar al consumidor soberano el auténtico pedigrí de nuestros caballos. La fuga de cerebros y la caída drástica de la calidad de los servicios públicos por las asfixiantes condiciones de pago de nuestras púas de Estado, invita al país a posicionarse en las últimas filas de una abstracción endémica llamada Europa.

El recorte en 600 millones de euros de las partidas para la investigación como medida añadida para seguir alienados a la moda europea,  siembra el camino de espinas de nuestra involución como marca e irresponsabilidad como Estado. El descuido del talento, o dicho en otros términos, la percepción del valor trabajo como un coste a minimizar en lugar de un recurso a optimizar ponen de manifiesto la desmotivación general de la mano de obra y el éxodo incesante de nuestro capital humano en búsqueda de otras Américas que les reconozcan con justas recompensas los frutos de sus esfuerzos. Es precisamente esta visión retrógrada del tejido productivo español por parte de las "élites tóxicas del poder",  la que contribuye, al margen de la crisis recurrente, al deterioro imparable del mensaje  publicitario de ayer.

El abaratamiento de nuestro factor trabajo y la anorexia crónica de nuestras administraciones públicas como recetas para seguir alienados al engaño de Europa; deja a nuestro país a las puertas de la servidumbre global. La construcción de nuestro modelo productivo basado en mano de obra barata y sin talento pone a España al mismo nivel de aquellos países de segunda que sin imagen de marca viven subordinados a la explotación sistémica del capital. Es totalmente deplorable que nuestros propios cerebros, aquéllos que hoy dejamos marchar con objeto de seguir alienados a la moda de Europa,  sean los mismos que el día de mañana retornen a España en búsqueda de mercancía barata para optimizar los beneficios de su talento. Si no tomamos las riendas de nuestros caballos, la carroza de Europa nos conducirá a las tierras de los explotados. Las mismas tierras que hemos pisado durante largos periodos de nuestro pasado y que abandonamos gracias a los esfuerzos democráticos en la construcción de la sociedad del conocimiento.

Con los mimbres de la ilógica sobre la mesa. Sólamente nos queda sumarnos a la iniciativa de Francisco Javier Hernández,  bloguero español y "cerebro fugado" a Gran Bretaña. Iniciativa consistente en  habilitar una casilla en la declaración de la renta para suplir "la dejadez de su país" en la consideración de sus talentos. Lamentable.

PD: Siempre que no se contraponga con la suya, la Iglesia no se opone a incluir una casilla para la ciencia en la declaración del IRPF.

El disfraz

Decía un viejo conocido que "los contratos nunca se deben firmar sin desnudar previamente el disfraz que los envuelve". La lectura precipitada de su partitura impide a las partes contratantes comprender el mensaje latente de su estructura. Entre las líneas de la retórica se esconden los trozos de verdad ocultos en el cajón del engaño. La lectura panorámica del bosque evita conocer con detalle la carcoma de sus  árboles. Después de un mes y medio de las electorales, la erosión de la mentira comienza a vislumbrar el fósil de la verdad en el programa de Mariano. Hoy más que ayer los firmantes de aquel contrato, viciado por los silencios de sus líneas y las promesas incumplidas, sienten en su ira como se  deshoja la margarita en su fase de primavera.

La reciente reforma laboral aprobada por el ejecutivo invita a la crítica a derretir el maquillaje que esconde el verdadero rostro de sus renglones. Hoy, sin duda alguna, la coherencia neoliberal deja en desamparo a los verdugos incrédulos de Zapatero. Una vez más la escoba de la derecha barre para las alcobas de la burguesía. La CEOE vuelve a brindar con el mismo cava que años atrás les sirvió la mano derecha de José María. La segunda parte de aquella polémica reforma de finales de los noventa, que tanto criticó la izquierda y le costó el puesto a Urdaci por la tergiversación de los datos, es prorrogada hoy por el discípulo aventajado de Aznar. Hoy, gracias a Mariano, la parte débil de la balanza lee entre líneas el mensaje latente de aquel misterioso programa que les prometió comida para hoy y hambre para mañana.

La letra pequeña de aquel rico caramelo, escrita por la derecha  como la panacea para  calmar las aguas del desempleo, debe ser leída con las gafas de cerca, para evitar que nos engañen como a niños con una pirueta a las puertas de una rabieta. El nuevo contrato indefinido y bonificado para PYMES, o dicho de otro modo, el buque insignia de la reforma, lleva consigo en su pie de página el periodo de prueba de un año. Mientras los anteriores contratos progresistas llevaban implícito los límites de dos, tres y seis meses de prueba en función de la titulación del contratado. El recién contrato ha aumentado hasta doce meses dicho periodo. Periodo donde el coste del despido es cero euros para el empresario. Solamente a partir del año de antigüedad comienza a computar la famosa indemnización de los treinta y tres días por despido. En suma, despido gratis hasta los doce meses.

Aquel famoso spot de la izquierda que criticaba la hipocresía de la derecha del "donde dije digo, digo Diego", se está convirtiendo en la regla básica del "know how" conservador del ahora. La herencia de zapatero será la excusa perfecta para que la ética de las filas populares justifiquen ante sus compradores las palabras rotas de sus fines. Los cinco millones de parados, que tanto sirvieron a Rajoy para culpabilizar a ZP y sacar tajada en su camino a la Moncloa,  miran como niños desengañados ante los ojos de un  mago que les prometió la luna y les dió la nada. Son precisamente estas lecciones sociológicas de la política,  las que deben abrir los ojos a aquellos desencatados que en su día interpretaron a su antojo los silencios de Mariano.

La sombra de los barrotes

La luz intermitente de aquella farola proyectaba la silueta de los barrotes en la celda de sus ilusiones. Aquel hombre con "cara de patata" ocultaba desde la tinta de su pluma el estigma de su ideología. Los azotes de madrugada en las frías noches de enero dibujaban en su espalda los trazos rectos de la dictadura. El silencio de las miradas  en aquella cárcel de Alicante de los años de la posguerra, nos invita a los demócratas a escuchar el testimonio vivo de los compañeros octogenarios de la jaula  del poeta. Son precisamente esos gritos arrugados de la historiografía los que nos llenan de empatía para sentir el aliento de miles de familias que, angustiadas por el dolor del fraquismo siguen perdidas en el laberinto de su pasado.

La deuda de los pueblos con las atrocidades de su legado debe servir al ideario colectivo para construir la solidaridad intergeneracional con los mimbres apagados de nuestros mayores. La Ley de Memoria Histórica, que probablemente será  el siguiente bastión progresista en caer ante la contrarreforma acelerada de Mariano, ha sido el instrumento necesario para que la igualdad intrahistórica entre los unos, los ganadores, y los otros, los perdedores, sea distinguida de las fosas del anonimato. Las víctimas del franquismo. Aquéllas que en su día perdieron a seres queridos por la toxicidad de la intolerancia y la venganza del caudillo, tiene derecho a una explicación  inteligible de aquellos crímenes políticos o humanitarios que hoy se discuten en el Supremo.

La supuesta prevaricación de Baltasar Garzón, por buscar el sentido existencial a miles de víctimas que viven ancladas en el desconcierto de su ayer,  ha abierto el debate  sobre los límites del concepto universal de justicia. Probablemente el juez que ha estado durante una semana sentado en el banquillo de los acusados por querer cerrar las heridas de su pasado sea inhabilitado durante veinte años, por intentar poner nombre y apellidos a los huesos del olvido. Hoy, como ya denunciamos en el puzle, somos la vergüenza en las portadas del discurso internacional. Somos, en palabras de la línea editorialista de la izquierda, la  nación que se jacta de esclarecer la verdad con los pasados de ultramar pero, sin embargo somos el país que admite a  trámite demandas provenientes de grupos ultraliberales cuyo móvil latente ha sido poner una zancadilla a la rendición de cuentas con nuestro pasado.

Con el juicio visto para sentencia, la democracia deja dibujada en la celda oscura de la indignación ciudadana la luz en la prisión del juez juzgado. Los mismos hierros oxidados que en la España en blanco y negro mantenían encerradas las palabras del poeta son las esperanzas presentes de los afectados. Las mismas paredes de aquella celda de Alicante,  que inspiraron las nanas de la cebolla para doña Josefina,  son los miedos y temores que han acompañado a las miles de víctimas del franquismo en el silencio de sus hogares. Todos los años los versos de aquel rojo republicano se recitan desde su casa de Orihuela,  mientras su condena política sigue oculta entre la sombra de los barrotes.

La doble moral

Los valores del catolicismo han sido el compañero de viaje preferido del neoliberalismo occidental. Es precisamente esta correlación estadística entre los postulados católicos y la ideología conservadora, la que ha marcado el devenir histórico en  la identidad sociológica del partido popular. Después de dos meses en el sillón de la Moncloa,  las líneas invisibles que separan la fe y la razón se han vuelto a cruzar en el lienzo azul de las sotanas y los paradigmas transitorios de la ciencia.

La probable derogación de los mimbres progresistas del aborto y la supresión de la asignatura educación para la ciudadanía por parte de la derecha, siembra de semillas los campos discursivos de la ética. La libertad negativa como impronta  de la ideología liberal, o dicho de otro modo, la no intromisión en las habitaciones privadas del ciudadano como garantía de su poder de decisión, activan la contradicción en el discurso azul del aborto. La inminente prohibición legal de la interrupción   libre y voluntaria del embarazo,  pone los puntos sobre las íes en el error ideológico de la derecha. La doble moral, o dicho en otros términos, la ecuación falaz "praxis igual a teoría" ha sido la deslegitimación civil del discurso clerical. La clandestinidad de las prácticas abortivas en clínicas privadas de este país,  ante la falta diacrónica de un  instrumento legal para decidir en libertad,  ponen de relieve las distancias del partido popular entre su ética civil y su moral. Es precisamente esta falsedad  e infidelidad a los postulados de la fe católica las que invitan a la izquierda a la defensa de la coherencia entre el hecho y el derecho como una responsabilidad más del Estado constitucional.

La supresión de la asignatura educación para la ciudadanía por su supuesto "adoctrinamiento político", en polémicas palabras de Wert, pone el acento en el "adoctrinamiento negativo" de la nueva materia educación cívica y constitucional. La eliminación de contenidos referidos a la orientación sexual y a las diferentes realidades de convivencia familiar abren el mensaje latente de la omisión como instrumento pedagógico para inculcar la primacía de valores tradicionales,  nublados eso sí,  por los avances de la  modernidad. La inminente destrucción de tales contenidos, asociados al discurso de la izquierda,  así como, los miles de casos de objeciones a la obligatoriedad de la agonizante asignatura,  retratan la crisis civil del "valor de la tolerancia" como principio fundamental de la convivencia democrática. Una vez más, la doble moral que decíamos atrás, o dicho en otros términos, educar a los jóvenes en negativo para vivir en coherencia postiva con realidades sociales distintas a los valores del catolicismo en la España aconfesional, deja abierta la puerta de la vergüenza a los tiempos del ayer.

Las políticas del "plumazo", o dicho en otros términos, las consecuencias irresponsables de las mayorías absolutas arrojan acciones legítimas de esta naturaleza. Las construcciones progresistas del zapaterismo están siendo destruidas por el rodillo azul de la derecha. Es esta falta de respeto con los avances democráticos del pasado la que debe invitar a la crítica a reivindicar un ¡basta ya! al involucionismo actual. Es una mancha institucional para la crítica jurídica de este país y los derechos fundamentales, que leyes orgánicas aprobadas por mayorías progresistas sean derogadas en un "plis plas" por los "abusos de poder" de los presentes. El sondeo democrático por medio de estudios demoscópicos debería servir a las élites tóxicas del poder para abrir canales de reflexión en las antesalas de la derogación precipitada. Hoy la mayoría absoluta de don Mariano legitima el retorno a la restauración de  los tiempos bipartidistas que tanto criticó Galdós.

Migajas

Los proletarios de Rajoy miran con recelo desde el sillón de sus anhelos las palabras inoportunas de su mentor en los mentideros europeos. Marx tenía razón. Los intereses de la clase media nunca fueron defendidos por las plusvalías del capital. Las corbatas de la derecha no ajustaron bien en los cuellos azules de la izquierda. Hoy el ejército de Karl aumenta sus reservas ante la mirada irónica del vampiro occidental. Las gotas de sudor del currante manual han estigmatizado el pan del mileurista ante la pancarta civil indignada. La pasividad sindical ante el robo exacerbado del guante blanco  ha desestructurado las masas sociales de la desigualdad hacia el peso de la pobreza.

Ya lo decía el maestro Simmel en su teoría del dinero. El maldito parné es el barco que transporta al tripulante desde la orilla de sus sueños hasta el puerto de sus realidades. A través del dinero, decía el filósofo del XIX, conseguimos estrechar los márgenes de los valores materiales. A mayor distancia en el alcance menos valor otorgamos al fruto de nuestros deseos y viceversa;  no valoramos aquello que tenemos al alcance de la mano. Desde el prisma de Georg, el trabajo ha perdido su valor. Los incrementos del ejército de reserva que decíamos atrás, mantienen al parado enclaustrado en la jaula weberiana en espera de su libertad. La lejanía entre las dos orillas, o dicho en otros términos, las pérdidas de perspectiva entre la búsqueda de empleo y las probabilidades de su alcance han desvalorizado el factor productivo en beneficio del capital.

La desmoralización colectiva producida por la desvalorización del trabajo aumenta los colmillos del vampiro. El aumento diacrónico de la EPA invita al empresario a mirar en el sudor del obrero las oportunidades de su competitividad. Es precisamente esta ventaja económica en la balanza del poder la que alimenta la dialéctica de la huelga general. Hoy más que ayer, los parados de Rosell suben los sables desde la fila del INEM para romper los barrotes de la jaula existencial que priva de libertad sus deseos de consumir. La falta de valor del factor trabajo por los aumentos de la reserva marxista y las dificultades de su alcance siembran las semillas del abuso de poder en la tripulación que en su día embarcó en la ruta de Rajoy.

Hoy la alfombra del paro. Aquella que le sirvió a don Mariano para pisar los peldaños de la Moncloa se halla manchada por el polvo levantado tras el carruaje de los mercados. La misma alfombra que fue decorada por las  rosas de la izquierda es recogida por los puños neoliberales de la derecha. Hoy solo queda mirar debajo de aquella tela roja y recoger las migajas que las capas de la nobleza arrojan desde la ventana de su carroza a su paso por Europa.

El veredicto de Camps

El veredicto de Camps ha abierto el debate  civil sobre la salud democrática de nuestra racionalidad judicial. Mientras el tejido social del Partido Popular rinde homenaje al hombre obstáculo que dimitió como "president" para no enturbiar las aguas limpias del resultado electoral. La malla civil de la izquierda, clama indignada por la transformación súbita del estruendo mediático de los trajes en aguas de borrajas y titulares de honorabilidad. Es precisamente esta dialéctica entre la razón azul y la indignación roja la que extiende la mancha internacional de nuestra institución judicial.

Desde la crítica de la izquierda, o dicho en otros términos, desde la indignación de la emoción debemos analizar con rigor las causas que alimentan la razón de nuestra frustración. La absolución de Costa y Camps ha quebrado las expectativas culpatorias del veredicto. La esperanza de su culpabilidad por parte de las siglas progresistas  ha sido la causante de este mal sabor de boca marcado por ingredientes de razón y frustración.  Los juicios paralelos en el tejido mediático de este país,  la dimisión del "president" y la acusación de Garzón por prevaricación en la causa,  han contribuido, sin duda alguna, a la indignación roja, que decíamos atrás.

Durante tres años, la prensa, y sobre todo El País, ha mercantilizado el discurso de los trajes en pro de sus mercados. Un día sí y otro también, se han estado vendiendo por capítulos las filtraciones interesadas de la trama. La misma música pero en distinto escenario que actualmente está sucediendo con Urdangarín. Este deterioro paulatino de la presunción de inocencia por parte del cuarto poder  ha contribuido a la generación de expectativas irracionales en la opinión pública y sesgos perceptivos en la marca judicial.

La dimisión orquestada del "President" con fines partidistas pero vendida al electorado en clave de "honorabilidad" ha sido la segunda causa explicativa del enojo social. El desplome del "campsismo" por trece insignificantes trajes, en palabras de Camps, ha sido servido hoy a las filas populares para borrar parte de la mancha por corrupción incrustada en su tejido conservador. La percepción civil de la baja voluntaria como "president"  contribuyó, sin duda alguna, a la construcción de las expectativas sociales de su culpabilidad. El ideario colectivo no entendió que la dimisión no fue con fines de honorabilidad sino con fines políticos para salvar el  posible tropiezo de Rajoy.

La simultaneidad del juicio a Baltasar Garzón por la autorización de supuestas escuchas ilegales en la causa de Camps ha contribuido a levantar la ira del veredicto entre los incondicionales del juez. Como bien decíamos en la red social, "mientras Garzón espera la sentencia por la presunta prevaricación en la trama Gürtel, Camps es declarado culpable". Este juego de palabras basado en la evidencia empírica pero nublado por la paradoja de su argumento contribuye, sin duda alguna, al análisis de los efectos sociales del veredicto.

Finalmente, la declaración de Camps no culpable por cinco votos a cuatro,  emitida por un jurado popular siembra de espinas los campos de la crítica. Jurado popular formado por ciudadanos de la Comunidad Valenciana y  con altas probabilidades de haber contribuido a la mayoría absoluta de su acusado. Jurado popular "imparcial" pero eso sí influenciado, sin duda alguna, por los efectos del tóxico mediático que decíamos atrás y la dimisión del hombre que defendió su supuesta "honorabilidad". Con un jurado popular deslocalizado y sin sesgos perceptivos otro gallo hubiera cantado.

El puzle

Mientras la corriente ultraliberal de este país pinta con Manos Limpias los barrotes oxidados de la jaula judicial, miles de víctimas del franquismo lloran sin piedad por  la llave que quiso abrir las puertas de su ayer. La búsqueda de la verdad en el puzle polvoriento de la maldad ha debilitado nuestra imagen institucional en el qué dirán de ultramar. Hoy el juez Garzón,  el mismo magistrado que hace una semana luchaba con la afonía de su voz  contra los sables de la prevaricación, se vuelve a sentar en el banquillo legal por querer descifrar los códigos óseos de supuestos crímenes de lesa humanidad.

La paradoja ha vestido de vergüenza nuestro ego global. El juez estrella, como así es conocido en los mentideros de los tiempos de Quevedo, ha sido azotado con el mismo látigo azul que dibujó la balanza en los lienzos rotos de chilenos y argentinos. La indignación social ante las imperfecciones del sistema judicial siembran las dudas sobre las finas líneas que unen la ética civil de los pueblos con la idea sesgada de su orden social. Desde la crítica intelectual debemos reflexionar sobre las consecuencias nefastas que supondrá la inhabilitación de Garzón en el tejido institucional de este país.

La balanza inclinada por la prevaricación, o dicho de otro modo, el fallo de la sentencia a favor de  la acusación ultraliberal,  apartaría al "juez incómodo" de la carrera judicial y otorgaría rigor a las togas azules de este país. Pero, sin duda alguna, el orgullo jurisdiccional no sería compensado por las lágrimas derramadas de miles de víctimas de la dictadura franquista que a diario miran la fotografía en blanco y negro  de sus familiares y se preguntan,  una y otra vez por la verdad en los precipicios crónicos de la duda. Son precisamente por  estas víctimas atrapadas en la angustia de su pasado,  por las que supuestamente el juez Garzón "prevaricó". Prevaricó con objeto de finalizar el puzle diacrónico de su pueblo y encajar las piezas dispersas por su pasado en el discurso intrahistórico de sus presentes.

Hoy la izquierda de Cayo y  Llamazares abraza a  Garzón ante los sables azules de la derecha. Hoy miles de jóvenes y no tan jóvenes, actrices y juristas,  claman ética a la cúspide judicial ante la mirada atónita de observadores internacionales y el flash deslumbrante de la prensa global. Hoy, como bien decíamos en la red social se escribe la vergüenza de nuestro país con las letras mayúsculas de la indignación. Por favor, apliquemos el sentido común como principio fundamental para curar el alzheimer histórico que azota la razón de este país. Desde la ética civil, nos situamos detrás de aquella pancarta amarilla que con letras inglesas, a las puertas del Supremo,  decía "the crime is to hide the crime". Insólito.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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