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Jaulas de cartón

Hace años, escribí – en Levante-EMV – "Playas, qué lugares". En aquella pieza, hice una especie de sociología veraniega. Conté anécdotas de mi niñez y los veranos en Torrevieja. Allí, en la playa del Cura, jugaba con mis primos a la pelota. Mis padres, en la treintena, hablaban con mis tíos sobre la España de los ochenta. No existían los móviles, ni las tabletas. Ni tampoco las redes sociales, ni los influencers, ni nada por el estilo. La vida era distinta. Todo transcurría más pausado. Recuerdo el sabor de la sandía. De sandía con pepitas a la luz de la Luna. Hoy, todo ha cambiado. La gente no levanta la cabeza de sus móviles. Las playas se han convertido en un mosaico de personas cabizbajas al acecho de las pantallas. No hay diálogo en las toallas, ni siquiera se vislumbran castillos en la arena. Mientras escribo este artículo, me vienen a la mente decenas de recuerdos. Recuerdo cuando mi padre compraba El País en el kiosco de Manolo. Recuerdo cuando, en el Tintero, comíamos calamares a la romana. 

El agua sigue tan salada como antes. Las olas mueren al llegar a la orilla. Las huellas de la gente quedan impregnadas en la arena. El sol, decía mi tía, sale cada mañana para todos. El sol no discrimina entre ricos y pobres. Cambian los hábitos y las costumbres. Cambia la tecnología, pero no cambian las emociones de la gente. No cambia el miedo, ni la alegría. Ni siquiera el asco, ni la ira. Hay cosas que siguen perennes a lo largo de los tiempos. La esencia es aquella que compartimos como humanos. Compartimos el dolor y el sufrimiento ante la muerte de los otros. Compartimos la esperanza ante el aviso de la nada. Y compartimos la indignación ante las injusticias que se cometen en el mundo. Llevamos mal el abuso del fuerte sobre el débil. No nos gusta que nos digan las verdades. Ni siquiera soportamos el recuerdo de la vejez a través de nuestro rostro. Y en esa constante, vivimos. Vivimos como si fuéramos agua que se mueve en medio de la tragedia. 

En la playa convergen diversidad de opiniones. Desde mi toalla, observo cómo la arena sirve de refugio ante el ruido mundano. La toalla es la metáfora del lago en medio de una orquesta de timbales. Desde las toallas se cruzan las miradas de madres, hijos y amores clandestinos. La toalla es la propiedad privada en medio de un capitalismo salvaje que lucha por el espacio. La gente respeta ese rectángulo que tiene nombre y apellidos. Rectángulos rojos y azules. Amarillos y decorados con trozos de melón. Fuera de la toalla, existe un laberinto de callejuelas de arena. Callejuelas que recuerdan a pueblos olvidados. Son calles impregnadas de huellas. De huellas que nacen y mueren en el juego de pisadas. En las toallas cada uno disfruta de su tiempo. Unos miran el móvil y otros leen libros de bolsillo. La gente se protege del enemigo. Un enemigo que quema las pieles y las convierte en jaulas de cartón. En el agua, están los otros. Están quienes abandonan su guarida en búsqueda de alegría. Las olas moldean los barrotes. Barrotes de castillos, palacios y celdas prohibidas.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
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