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Ceuta y la sombra del Leviatán

Aquella noche, El Capri estaba repleto. Peter volvía de Francia, en su Seat 127, con una mochila cargada de ilusiones. Corría septiembre de 1990 y Duncan Dhu tocaba en Rafal, un pueblo vecino del mío. En aquellos años, la gente fumaba. Fumar era como un gesto de hombría frente al público femenino. Recuerdo que Manolo hacía aros con el humo del Ducados. En España gobernaba la izquierda. Felipe González hablaba de Europa en la Maestranza de Sevilla. La derecha estaba asociada con hombres antiguos. Hombres con barrigas prominentes que recordaban a los clérigos medievales. España quería vivir o, mejor dicho, "no perderse nada" como diría un adolescente. En El Capri, emborrachaba mis penas con vasos de tequila. Quería huir, por un momento, de mis miedos y temores. Hoy, leo a Schopenhauer y veo – en su reflejo – la huella de mi pasado. Mientras escribo este artículo, Diana aguarda en el salón para que la saque a la calle. 

Por la televisión, veo como varios todólogos comentan las imágenes de Ceuta. Son señores que hablan como si fueran sofistas en el ágora de Atenas. Desde el plató, todos son soluciones fáciles ante problemas complejos. Mientras veo el debate, reflexiono sobre los hechos. Me vienen a la mente, asignaturas de sociología y de ciencia política. Recuerdo la lectura sobre El choque de civilizaciones de Huntington y la Alianza de las cotizaciones que defendía Zapatero. Existen derechos naturales que nos igualan como humanos, pero existe – a su vez – contrastes culturales que nos enfrentan como especie. Somos, como diría un divulgador científico, una comunidad de células culturales que interactúa con el medio para sobrevivir. Esa comunidad defiende, como cualquier animal, su territorio. De ahí que Ceuta, en estos momentos, sea un territorio ocupado por seres semejantes y con culturas diferentes. Tales seres tienen sed y hambre. Son seres que deambulan por la intemperie y duermen bajo las cornisas de la barbarie.

Mientras escribo, me viene a la mente El señor de las moscas de William Golding. Observo como el intento de organizar una sociedad civilizada fracasa y deriva en salvajismo y crueldad. En el estado de naturaleza, el hombre era un animal que protegía su espacio. El contrato social sirvió para realizar la transición hacia el Estado Civil. Thomas Hobbes defendió el Leviatán, un ser que ostentando el monopolio de la fuerza garantizase la paz y el orden. Ceuta se ha convertido en una ciudad fallida. El paso del orden al desorden tira por la borda las proclamas anarquistas. El hambre y el calor no entienden de racionalidad. No hay Ilustración que valga cuando las tripas suenan ante la ausencia de comida. La paz perpetua, que defendía Kant, falla cuando no existe solidaridad internacional. Ante esta situación, Sánchez se halla en la encrucijada. Por un lado, las CCAA miran para otro lado mientras Ceuta sufre los efectos de la "invasión". Por otro, las derechas arrojan todo su arsenal contra el presidente ante la llegada de elecciones. Por la calle, Diana ladra a los otros cuando invaden su territorio. 

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1 COMENTARIO

  1. Antonio Papell

     /  6 septiembre, 2026

    Escribe usted bien. Es un relato interesante.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
    [email protected]

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