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Eclipses humanos

Ayer recibí un correo de Gabriel. Gabriel, por si no lo saben, es un periodista afincado en Madrid. Desde hace más de una década, sigue los renglones de este blog. Le gusta la crítica independiente. Él trabaja a sueldo de una cabecera de renombre. Aunque tiene libertad para escribir, me dice que siente miedo a ir contra la línea editorial. Desde aquí le envío un saludo. Me suplicó que, por favor, escribiese una pieza sobre el eclipse. Hay eclipses, que lejos de ser astronómicos, hacen daño a la vista. No se miran con gafas ISO 12312-2 sino que se contemplan desde la razón y/o el corazón. Hace años, conocí a dos alumnos que me llamaron la atención. Uno era tímido y el otro extrovertido. Eran como el Sol y la Luna. En mis clases de filosofía, me gusta fomentar el debate a través de dilemas morales. En esos debates, Manuel siempre llevaba la voz cantante. Se expresaba con frescura, pero, sin embargo, sus argumentos no eran tan brillantes como los de José. José – el alumno introvertido – casi no participaba, pero – cuando lo hacía – su intervención era sublime.

Los alumnos de clase aplaudían a Manuel. Manuel era alto, con ojos azules, y futbolista. Era un líder de aula. Sabía muy bien disimular sus carencias. Era ruidoso y ostentoso. José, sin embargo, era un alumno neutral. No sobresalía en inteligencia emocional, pero tenía olfato para la filosofía. Citaba a grandes del pensamiento. Tenía capacidad de abstracción. Miraba desde lo alto de la colina. Un día, tras la intervención de Manuel, José defendió el ateísmo. Citó a Sartre y añadió argumentos de su cosecha. La gente lo miraba con la boca semiabierta, pero nadie le otorgaba el beneplácito del liderazgo. Alejandra, una compañera de clase, tras la intervención de Manuel dijo: "El Sol no se puede tapar con un dedo". La clase, resignada, aplaudió al compañero raro y sabio a la vez. En ese momento, José eclipsó a Manuel. Apagó, por un momento, su fama. El tiempo, decía mi abuela, pone a cada uno en su sitio. El paso de los años hace justicia y la verdad siempre gana a la mentira. 

Aquella situación, aquel eclipse humano, me sirvió para entender el duelo entre adecuados y mejores. En política, por ejemplo, arriba casi siempre están los adecuados y abajo, los mejores. Los adecuados – aquellos que se mueven bien por los tentáculos del sistema – eclipsan a los mejores. Los mejores, queridísimos amigos, son como diamantes recubiertos de arena. Necesitan que las tormentas saquen su luz en medio del desierto. Son como soles eclipsados por lunas en cielos estrellados. Por ello, el profesor tiene una tarea difícil, pero necesaria. El docente debe sacar el brillo de los diamantes. Debe descubrir el trigo en medio de la paja. El profesor debe detectar los eclipses que se producen en su clase. Y tras su detección, debe separar el sol de la luna. El diamante necesita ojos para que contemplen su brillo. Hay diamantes brutos que pasan por la vida sin pena, ni gloria. Gente que nadie ha descubierto su luz. Ni siquiera esa gente ha sabido mirar a su interior. Estamos ante un mundo de diamantes eclipsados por la envidia de los otros. 

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
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