Leo el informe PISA y me vienen a la mente recuerdos de mis años juveniles. Tras abandonar los estudios, mi vida transcurrió entre barras y garitos. La revista Súper Pop se convirtió en mi lectura preferida. En la mesa del salón aguardaban decenas de ejemplares que hoy, casi cuatro décadas después, yacen apiladas en el trastero de la memoria. En aquellos años, consumía las horas jugando a videojuegos en el Amstrad CPC. Fueron tantos meses delante de la pantalla que perdí gran parte de la capacidad lectora. Me costaba, la verdad sea dicha, leer dos párrafos seguidos. Y cuando lo conseguía, no entendía lo que leía. En la vida cualquier destreza necesita ensayo y disciplina. Mientras escribo, miro de reojo las cartas que escribí a mi primo cuando prestaba servicio en los Regulares de Melilla. Cartas repletas de faltas de ortografía, renglones torcidos, y letra ilegible. Cartas, queridísimos lectores, que son el testimonio vivo de un adolescente que soñaba con la nada.
Hoy, con cuatro grados en la mochila, todavía me duelen las heridas de las pantallas. Ensimismado en el mundo de los videojuegos, perdí trenes con destino a paraísos idílicos. Perdí ferrocarriles, como digo, repletos de vidas con sentido. Mi vida era como una brújula rota en medio de un laberinto. Recuerdo, el estruendo de la metralla en un prado de marcianos. Un prado similar a la vida de un perro pulgoso en un rincón palaciego. Mientras escribo, veo la angustia que sufrí en la senda del encuentro. Desde el desierto, añoraba la hierba que envolvió las torpezas de mi infancia. Ese niño brillante, con gafas de pasta y granos en la cara, se convirtió en un trozo de hojalata por culpa de las pantallas. Las pantallas asesinaron a ese león de libros que leía el Quijote hasta altas horas de la madrugada. Un león que quiso ser alguien en la ínsula Barataria, pero quedó atrapado en una jungla de miedos y temores. Hoy, desde la ventanilla del AVE, veo gigantes en los secarrales de Castilla. Quién te ha visto y quién te ve.
España sabe leer, pero no sabe lo que lee. El progreso técnico – el boom de las redes sociales, la IA y los videojuegos – no camina paralelo al progreso cultural. No, el avance tecnológico no ha traído más cohesión social sino más desintegración. La "marca personal" ha sustituido a la comunidad. Esa pérdida del "nosotros" ha suscitado una sociedad del "sálvese quien pueda". Los libros, sin embargo, narran historias basadas en grupos y dilemas morales. Las tramas se desarrollan en paisajes geográficos y humanos. Esas narraciones no se corresponden con el individualismo real. Ensimismados en las pantallas, los jóvenes viven en sus mundos interiores. Viven para la creación de su avatar y, en ese menester, pierden la noción de complejidad. Desde su isla, construyen sus casas imaginarias. Sin salir a la intemperie, no conocen la magnitud de la barbarie, ni siquiera la paz de un diálogo sosegado. De ahí que lean y no comprendan porque leer implica empatía con otras formas de vivir. La vida aislada impide la mirada de pájaro que necesitan las humanidades. Es urgente que surja un renacimiento juvenil. Un renacimiento de las relaciones, con el mundo, más allá de las pantallas.











Juan Antonio Luque
/ 12 septiembre, 2026Que daño hizo sacar el pensamiento de las aulas. Que bien ha trabajado el neoliberalismo con su idea de deformación basada en las redes sociales. Que lastima de generación.