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Réquiem por lo privado

Leo, por las páginas del vertedero, que <<el cáncer de próstata de Joe Biden se ha extendido a los huesos: "Es muy doloroso y debilitante en muchos aspectos">>. Desde la crítica, debemos reflexionar acerca de este tipo de noticias. Lejos de la relevancia del personaje, existe el derecho a la intimidad y el respeto a la sensibilidad. ¿Debe un periodista publicarlo todo? Desde la crítica, pienso que no. No, todo lo personal no es público. Se debe trazar una línea roja entre los asuntos del personaje y la vida del actor. Existe una Ley de Protección de Datos que vela por la privacidad de los ciudadanos. Tanto es así que cualquier información, que curse con nombre y apellidos, debe ser autorizada o destruida. Dentro de una sociedad de cristal donde todo es transparente, debemos encontrar rincones opacos donde no existan cámaras, ni micrófonos que nos vigilen continuamente. Ni todo lo personal debe ser público, ni todo lo público se debe llevar al ámbito privado.

Aun así, el periodismo no deja de ser un negocio. Detrás de cualquier cabecera hay, no nos engañemos, intereses económicos. Y, por desgracia, lo personal vende. Si no vendiera, no existirían los programas de cotilleo. A la gente le gusta saber sobre las miserias del importante. De ahí que, paralelamente al interés del personaje, hay todo un mercado en torno al actor. Un actor, de carne y hueso, que comparte penas y alegrías con el resto de los mortales. El actor – cuando deja la toga de político – sufre de ardores y diarreas. Ese actor, desprovisto de la fama, es un ser gregario como Juan, el chatarrero. De puertas para dentro, vive lo privado. Y lo privado debería ser respetado. Ese respeto solo se consigue mediante un cambio de cultura. Un cambio, como digo, que pasa por vehicular una sociedad en sentido contrario al que navega. Si transitamos hacia la transparencia total, caeremos en el precipicio de la vulnerabilidad. No, no somos, figuras de cristal sino seres con zonas claras y oscuras, que se deben respetar. El periodismo, como divulgador de la tragedia, debe tomar conciencia de "portador de vulnerabilidad".

Existe un choque de trenes entre el derecho a la información y el derecho a la intimidad. El derecho a la información se nutre de la actualidad. La actualidad lleva consigo escenarios y personajes que suscitan, durante un tiempo, el interés social. Es en ese "durante" es donde el derecho a la intimidad gana en elasticidad. Mientras los focos enfocan es cuando se diluyen las líneas que separan lo público de privado. Apagados estos, lo personal se convierte en oscuro y cerrado al ojo de los demás. Sin embargo, cuando el personaje abandona su interpretación – cuando el político deja de ser político – es cuando solo es interesante por su vida privada. En ese momento, es cuando entra en juego la trituradora del cotilleo. Ahí, antiguos personajes se convierten en noticia por temas personales. Ahí, en ese fango de dimes y diretes, afloran los divorcios y las enfermedades. Dos fenómenos cotidianos que recobran notoriedad y, se convierten en extraordinarios, por el pasado del actor. Estamos, por tanto, ante una industria mediática que se nutre de presentes cotidianos ensamblados de pasados relevantes. 

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
    [email protected]

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