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Malos humos

Desde el otro día, los fogones del Congreso cocinan la nueva Ley Antitabaco que aumenta los espacios sin humo y prohíbe – entre otros – fumar en playas y terrazas. Este proyecto de ley levanta críticas y simpatías. Críticas por parte de hosteleros. Y simpatías por parte de las asociaciones sanitarias. Más allá de la polémica, os cuento una anécdota de mis tiempos infantiles. Hace más de cuarenta años – cuando cursaba octavo de EGB -, el humo inundaba las aulas del colegio. Recuerdo, como si fuera hoy, como los profesores apagaban sus colillas en el cenicero de la mesa. Un día, el maestro de sociales, tras la última calada, nos preguntó: "A ver, ¿os molesta que fume en clase?". Por aplastante mayoría, ganó el sí. Desde ese momento, apagó la colilla y nunca volvió a fumar en el aula. No existía ninguna ley que se lo prohibiera, pero él lo hizo por ética. Desde aquel día, supe lo que era el respeto por los bienes comunes. 

En mis comienzos en la enseñanza, sufrí el humo de las salas de profesores. Recuerdo que las salas eran lugares inundados de alquitrán y nicotina. Tanto que, en más de una ocasión, desarrollé conjuntivitis y sequedad de boca. No soportaba, la verdad sea dicha, salir de aquellos lugares con la ropa impregnada de tabaco. Una y otra vez, recordaba las enseñanzas de mi maestro. Decía Anaxímenes, filósofo de Mileto, que el aire es el elemento que explica el mundo. El aire es como un hilo invisible e indivisible que nos mantiene vivos. Tanto que cada día, cuando me levanto, doy las gracias a la vida por el aire que nos brinda. Un aire que nos une y nos envuelve. Un aire que no distingue entre ricos ni pobres. Y ese aire, deberíamos velar por su limpieza. Velar, como les digo, para que la polución – y entre ella, el humo del tabaco – no lo contamine. Y ahí, en ese preciso instante, es cuando la calidad del bien común se convierte en una responsabilidad del Estado.

El proyecto de Ley Antitabaco supone un avance para la integridad de la especie que compensa, de alguna manera, la privación de libertad. Aunque algunos filósofos defiendan la inmoralidad, siempre he pensado que la libertad de Manolo termina donde empieza la de Paco, y viceversa. Sin ley mediante, la gente seguiría respirando aire contaminado por el humo del tabaco. Un aire que, si no está alejado, resulta perjudicial para la salud del otro. Así las cosas, la nueva ley vela por proteger a los afectados por el humo no deseado. Esta medida interfiere en intereses económicos. Si antes, Manolo fumaba mientras se tomaba un café en la terraza de Inés. Ahora – en caso de que se apruebe la ley – fumará en otros lugares permitidos y, quizás, alejados de consumos paralelos. Con la Ley Antitabaco, gana la calidad del bien común y la salud de los fumadores pasivos en general, pero pierden las oportunidades del fumador. Asistimos a una sociedad divida entre fumadores y no fumadores. Y todo, por el bien común. 

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
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