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Volver a votar

Si Podemos fuera coherente con sus discursos electorales, no pactaría con otras fuerzas políticas. No lo haría, como digo, porque ello supondría bailar con la casta; la misma que tanto criticaron desde las tribunas de la Tuerka. Una alianza con Sánchez; Garzón y otras confluencias, sería una patada en el trasero a millones de votantes polemistas. Votantes que confiaron en el morado, y ahora ven como sus papeletas vuelan hacia el tallo de la rosa. Aún así, a pesar de tanto veneno vertido contra la casta; los recién llegados al hemiciclo hablan de diálogo y entendimiento como si nada hubiera pasado. Es, precisamente, esta incoherencia entre hechos y palabras; la que invita al sociólogo a detener su mirada en los recovecos del asunto.

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Sobre rastas y corbatas

El otro día, las palabras de Celia Villalobos: "no me importan las rastas, pero limpias y sin piojos", me recordaron a otras, que treinta y tantos años antes, pronunció doña Amelia, una maestra de colegio. Decía aquella "señorita" de la Hispania de Felipe, que no le molestaba que las niñas lucieran el pelo suelto, siempre y cuando lo llevaran recogido y sin bichitos. Los piojos, la verdad sea dicha, eran muy comunes en las aulas olvidadas. A lo largo de la infancia, muchos niños sufrían el picor y las carreras de dichos animalitos por las grietas de sus tejados. En aquellos tiempos, no estaban tan adelantados los productos antipiojos y, la vedad sea dicha, un buen corte de pelo al cero era la mejor solución para vencer al enemigo. Así las cosas, muchos niños parecían soldaditos de reemplazo corriendo por el patio de recreo.

Aunque sea prejuicioso, ustedes convendrán conmigo que el pelo largo en los hombres; siempre ha estado asociado con movimientos revolucionarios. Si miramos por el retrovisor de los tiempos, desde los protagonistas del mayo del 68 hasta los integrantes de los Beatles; todos han lucido sus melenas como símbolo de rebeldía. Las gominas a lo Conde y las frentes despobladas han sido – en la mayoría de las ocasiones – patrimonio de la derecha. Tanto es así, que si hiciéramos un experimento sociológico; consistente en clasificar ideológicamente a los sujetos por la forma de su peinado; la mayoría pondría la etiqueta roja a las greñas y coletas y, la azul a los cortes a tijera al estilo de Rajoy. Dicho de otra manera, mientras el pelo corto tiene connotaciones conservadoras, el largo se asocia con rebeldes y radicales. Aunque, no haga falta decirlo, ni todos los rebeldes llevan coleta, ni todos los conservadores peinan con cepillo.

Si los diputados fueran vestidos de uniforme; con pelo corto y afeitados – decía esta mañana un colega a las puertas del África – nos costaría – a simple vista – saber si son del Pepé o de las filas de Podemos. En este supuesto, las identidades políticas perderían el vestido como instrumento de captura. El lenguaje y los hechos serían las únicas herramientas para que los votantes decidiesen su voto, sin el sesgo de las rastas y corbatas. Así las cosas, si Pablo Iglesias se cortara la coleta perdería – en palabras de Rodolfo – la esencia de su marca. Ya no sería el muchacho rebelde de Podemos sino uno más de la izquierda moderada; aunque dijera lo mismo o radicalizara su mensaje. Llegados a este punto, Celia Villalobos, probablemente, no diría lo mismo si las rastas, en lugar de portarlas los miembros de Podemos, las lucieran los diputados de su partido.

Es motivo de alegría que en el hemiciclo cohabiten rastas con corbatas. Es algo positivo, como digo, porque esas rastas y corbatas representan a la España del ahora. Detrás de tales rastas, hay un pedacito del movimiento 15-M, de aquellos “camorristas y pendencieros", "perroflautas" y "yayoflautas" que, en su día, inundaron de indignación la plaza sol. Detrás de esas rastas, queridísimos lectores, se esconde el grito desgarrado de cientos de mareas al unísono por los recortes abusivos en "tizas y ambulancias". Detrás de tales rastas, se hallan miles de parados; de personas desahuciadas y jóvenes emigrantes. Detrás de las corbatas, se hallan las heridas de la gaviota; las lágrimas del camarada y los pétalos marchitados de la rosa.

El placer de la calada

Este mes es especial para mí. Lo es, como digo, porque hace cinco años – en enero del 2011 – comencé mi andadura por las callejuelas del Rincón. Desde entonces, una semana sí y otra también, no he parado de escribir. A día de hoy, si quieren que les diga la verdad, no sé las visitas que recibe el blog. No las sé, ni me interesan, porque no escribo con ánimo de lucro, ni afán de notoriedad. Escribo, como he manifestado en más de una ocasión, por necesidad. Gracias al blog, comprendo mejor cómo funciona la industria de la cultura. Comprendo lo difícil que resulta para los escritores noveles, labrarse un futuro en los huertos de la literatura. Y comprendo cómo se mueven los hilos en los estercoleros del presente. Aún así, a pesar de tanta adversidad, sigo aquí; escribiendo para aprender a pensar en un mundo alienado por los hilos del capital. 

El otro día quedé con un viejo conocido en El Capri. Necesitaba hablar con alguien sobre la incomprensión social que padecemos los escritores. Le conté que cuando publiqué El Pensamiento Atrapado, me sentí desnudo en un mundo de navajas y cuchillos; viví los efectos perniciosos de la envidia y descubrí a las falsas amistades. Como saben, nunca presenté la obra. No la presenté – a pesar del enfado de mi editor – porque nunca he creído en las presentaciones de libros. Siempre las he visto como un chiringuito de mercadillo; donde el autor vende su producto a familiares y conocidos, como si se tratara de un kilo de limones. En días como hoy, para muchos seré un escritor fracasado. Lo seré, queridísimos lectores, porque en las tripas del sistema: "tanto vendes, tanto vales". Luego, por muy buena que sea la obra, si la editorial no cumple con las expectativas, el escritor tiene los días contados en la jungla de las librerías. 

Hace unas semanas rompí la regularidad de los escritos; necesitaba reflexionar sobre si merecía la pena continuar con el blog o abandonarlo para siempre. He intentado – y valga la metáfora – "dejar de fumar" pero he fallado en el intento. Entre el silencio de los renglones, he frecuentado La Academia; El Liceo y los jardines de Epicuro. A través de ellos, he aprendido que cada persona debe esculpir su destino con las piedras del camino. No apartarse de la senda, es la condición necesaria para lograr ser felices en los infiernos del ahora. Por ello, queridísimos lectores, a pesar del daño que me produce la esclavitud de mis palabras; a pesar de que la crítica incomode a las tripas del sistema; "el placer de la calada" ha sido superior al cáncer que padecen los siervos del cigarrillo. Después de cinco años de críticas y reflexiones, miro para atrás y observo como los artículos del ayer se han convertido en pedagogía del presente. Una colección de pensamientos encadenados; necesarios para asomarse al pasado y vehicular las soluciones del futuro.

Como saben, el blog cuenta con más de mil suscritos; con los que mantengo diálogos semanales a través del correo electrónico y las redes sociales. Lectores, en su mayoría sociólogos, filósofos, politólogos, escritores y periodistas, amantes de la lectura y críticos con la actualidad. A través de sus comentarios en el blog – los leo todos de forma detenida – he aprendido que el respeto hacia las ideas del otro, es el principal cimiento de toda democracia. Muchos lectores, me dicen que no comparten mis reflexiones. No las comparten y me lo dicen abiertamente pero, no por ello, dejan de leer textos díscolos con sus ideas e ideologías. Es, precisamente, esa grandeza de tolerar el pensamiento del otro; el que mantiene vivas las líneas del Rincón. Ojalá, este humilde proyecto; que solo se alimenta del boca – oído de sus lectores; se convierta en los próximos años en un lugar de encuentro para la crítica. Una crítica libre, plural e independiente; necesaria para los tiempos que vivimos. 

El sueño de los rodillos

El otro día, me comentaba Andrés que estaba arrepentido de haber votado a Pablo Iglesias. Lo estaba, decía este señor de las tripas alicantinas, porque su papeleta – y el resto de las moradas – solo habían servido para dividir a los rojos en las gradas del hemiciclo. Tanto es así, que si se convocaran nuevas elecciones – algo muy probable, tal y como está el patio – lo más seguro es que votara en blanco por la intransigencia de algunos ante los posibles pactos postelectorales. Mientras hablaba con Andrés, la hermana del panadero charlaba con Ernesto sobre la encrucijada socialista. Decía esta señora – Sanchista hasta las cejas – que si Pedro pactara con la derecha, no le volvería a votar en lo que le queda de vida.

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Hablemos de paz

Durante tres semanas, como saben, he estado desconectado del mundanal ruido. Necesitaba, la verdad sea dicha, un "ayuno intelectual" que limpiara mi mente de las toxinas mediáticas y pusiera un poquito de orden en la inquietud de mi espíritu. Tanto es así, que no he visto informativos; ni he leído periódicos, ni tan siquiera he escuchado Las Mañanas de Menéndez durante la soledad del volante. Tan solo, he ojeado revistas de filosofía y algún que otro blog sobre recomendaciones literarias. Veinte minutos diarios de meditación y las zapatillas de deporte han sido suficientes para oxigenar las ideas y reemprender el camino. Durante este tiempo, he probado los frutos de mis semillas. Frutos, por cierto, amargos y envenenados como si fueran manzanas podridas en un huerto abandonado. Aún así, a pesar de las poquísimas satisfacciones que obtengo con la escritura, la considero un ejercicio necesario para amueblar la mente; mejorar el discurso y dialogar con los otros.

Aunque, la verdad sea dicha, he desconectado de las “telarañas mediáticas”, no he podido librarme de sus ecos callejeros. No he podido, como les digo, porque en los mentideros de la esquina; llueven comentarios sobre la realidad del ahora. Comentarios, inevitables, sobre las elecciones generales; la subida del paro; las afirmaciones de Marina; la desconexión catalana; la violencia de género; los refugiados de Siria y, un sinfín de quebraderos de cabeza; que surgen a diario en las portadas tradicionales. El pasado viernes por la noche, decidí acostarme temprano. Necesitaba dormir ocho horas; levantarme temprano; corregir exámenes; estudiar filosofía y, salir a correr a eso de las doce. A las nueve de la mañana, tras tres horas de trabajo, fui a la panadería. Mientras esperaba en la cola, supe lo de París. Tras los comentarios de la espera, decidí romper mi promesa de "desintoxicación y mediática" y, ni corto ni perezoso, corrí como un galgo al quiosco de costumbre; compré el periódico y leí de forma detenida la tragedia de Bataclan.

Mientras leía la noticia, me vinieron a la memoria las torres gemelas, las mochilas de Atocha, las víctimas de ETA, la violencia de género y un cúmulo de desgracias que siempre terminan pagando la gente inocente. Gente que, “sin quererlo ni beberlo”, sufre los efectos colaterales de los conflictos políticos. Ante tanta impotencia, decidí volver al blog; sentarme delante del teclado y escribir para la paz. Desde antes de Cristo, la violencia ha convivido con los hombres. Si miramos por el retrovisor de los tiempos, nos damos cuenta que la tranquilidad entre los pueblos – y siglos más tarde, entre Estados – solamente ha sido la excepción a la regla. Desde las Guerras clásicas hasta los conflictos recientes; siempre ha existido – y existirá – una violencia estructural determinada por factores económicos y/o culturales.

La "Ley de Talión" empleada por Hollande no resuelve los brotes terroristas del conflicto internacional. Es, necesario, repensar el concepto de paz para combatir la violencia estructural. La ecuación de la paz: "paz igual a seguridad", es – en estos momentos – la solución más inteligente para devolver la calma a tanta tempestad. Para ello, para construir el andamiaje de la "seguridad", los Estados deberían realizar una política basada en la prevención del riesgo terrorista; con objeto de eliminarlo y/o minimizar sus consecuencias. Las "zonas inseguras" son el tendón de Aquiles, que sirve al terrorismo internacional para hacer visibles las debilidades del otro en el escaparate mundial. Por ello, queridísimos lectores, investigar para la paz implica: revisar las bases de datos policiales; aumentar los protocolos de seguridad en estaciones, puertos y aeropuertos; incrementar la vigilancia policial en las aglomeraciones; coordinar la actuación de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad en el espectro internacional; solicitar "certificados de penales" para la formalización de contratos – de alquiler y venta de vehículos y viviendas -; endurecer los requisitos para la venta de armas; aumentar las penas por actos terroristas; incrementar las funciones de los servicios de Inteligencia y, fomentar la Alianza entre Civilizaciones. Solamente así, reforzando la seguridad, conseguiremos combatir la inevitable violencia estructural y podremos, por fin, hablar de paz.

Las barras de Epicuro

Ayer fui al Capri. Estaba un mes sin dejarme caer por allí y, la verdad sea dicha, echaba de menos los taburetes de la barra; el ruido del futbolín y el olor a coñac que desprenden las amigas de Inés. Como sabéis no suelo tomar café; me altera la cafeína y después, por la noche, me cuesta horrores dormir. Por ello, prefiero ingerir manzanilla con un poquito de limón; dicen que es buena para el estómago; que calma el dolor de muelas y sana el espíritu. Mientras saboreo la infusión, suelo leer Información, un diario local con noticias sobre la provincia de Alicante y sus comarcas. A veces, me molesta la soledad de la barra; observo rostros grises abrazados a las jarras de cerveza. Me indigna que el alcohol sirva para medicar las penas del corazón. Penas, como digo, regadas por el desamor; el desempleo y un sinfín de angustias similares.

Mientras leía una noticia sobre el alcalde de mi pueblo; oí, entre el vocerío de la barra, a Epicuro – un viejo conocido de la antigüedad clásica -. Estaba sin saber de él, desde que se marchitaron las flores de mi jardín. El último día que nos vimos fue allá por el 2011, justo antes de que Rajoy ganara las elecciones. Recuerdo que hablamos sobre la correlación existente entre arte y libertad. Decía este coetáneo de Platón, que el buen artista es un esclavo de su obra. Alguien que escribe, pinta y esculpa desde las heridas del alma; es merecedor del placer. Un placer, decía Epicuro, basado en la tranquilidad del espíritu y la quietud de la mente. Gracias a él, al maestro ateniense, descubrí los diálogos socráticos sobre las hierbas del retiro. Lejos del mundanal ruido; a las orillas del río, los alumnos del filósofo conversaban sobre la manera de librarse del dolor y alcanzar el placer.

Desde la ventana del Capri vimos a varios niños jugando a la pelota. Uno de ellos, el más alto de todos, llevaba los pantalones remendados con rodilleras marrones. Mira ese zagal – me dijo Epicuro – sabe las artes del oficio; es hábil en la coordinación y preciso con el balón. Ojalá que algún día, la oportunidad se cruce en su camino e ilumine su talento. Un talento – querido amigo – es como un diamante en bruto. Tiene valor, salta a la vista de los demás, pero necesita un pulidor que saque el brillo de su interior. Si no encuentra a alguien que lo descubra; probablemente nunca brillará en la mente de los demás. Llevas razón Epicuro – le contesté -. En la Hispania del Pepé, muchos jóvenes con talento han emigrado a otros países en búsqueda de un tren, que los traslade a su destino. El destino – en palabras del filósofo – no existe como tal. Nadie se debe a su destino; aunque las circunstancias determinan el camino. Luego, es importante conocer el recorrido; para no confundir los espejismos del asfalto con los charcos verdaderos.

Hay hombres que buscan el placer en los excesos de la vida. Hombres – me decía el ateniense – que inundan sus penas con alcohol y se arruinan con el juego. Mientras tanto – mientras Epicuro me hablaba de los riesgos del exceso – , Antonio – un asiduo cliente del África – arrojaba el último euro de su nómina por las tragaperras del fondo. Probablemente, ese individuo de la máquina no duerma tranquilo. Su espíritu está enfermo por el vicio del juego. Es tanto el dolor que sufrirá cuando pierda lo ganado, que volverá en búsqueda de placer al lugar equivocado. Para ello, para evitar los errores del placer, es necesaria una buena educación. Y qué entiendes por "buena educación" – le pregunté al filósofo del jardín -. Una educación basada en el conocimiento de la filosofía. Una filosofía necesaria para moldear el espíritu y conseguir la sabiduría. Solamente así, con la sabiduría en nuestro interior; conseguiremos el placer y evitaremos el dolor. Algo insólito en la Hispania de Rajoy.

Repensar el camino

Desde hace cuatro años y medio, escribo en los pergaminos del Rincón. Aquí, en este humilde blog, desnudo mis pensamientos ante los ojos de los otros. Pensamientos alejados del sesgo editorial de los medios de comunicación y, pensamientos – perdonen por la redundancia – desprovistos de intereses económicos y partidistas. A través de esta bitácora, realizo una crítica al modelo de periodismo mediterráneo que nos envuelve. Un modelo, como digo, caracterizado por el escaso desarrollo de su mercado; por los altos niveles de “partidocracia” y, por la falta de autonomía de los periodistas. Este modelo, común en España, Francia e Italia, está a años luz del que se practica en los países anglosajones. En tales lugares, se ejerce un periodismo marcado por la neutralidad política; la intensa profesionalización de los periodistas y la baja intervención estatal en el derecho a la información. Tanto es así, que muchos medios son financiados por la soberanía lectora.

En España, queridísimos lectores, tenemos una escasa tradición de prensa libre, plural e independiente. No olvidemos, que todavía pagamos la factura del Caudillo. Una deuda de cuarenta años de cerrojos a las voces ciudadanas. Así las cosas, no es extraño que la prensa que se cuece en los fogones españoles, esté en desventaja comparativa con respecto a Estados Unidos, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda. A esta debilidad – a los paréntesis históricos de las dictaduras – tenemos que sumar nuestros índices de lectura. Unos índices, como saben, muy reducidos en comparación con el resto. Somos – en palabras del sociólogo – el país que menos periódicos lee de Europa. Y muestra de ello: el cierre de varios rotativos en los últimos años. Aparte de leer poco, la prensa que nos envuelve está dirigida, en su mayoría, a las élites económicas, sociales y políticas. Unas élites que utilizan a los medios para transmitir sus mensajes desde trincheras enfrentadas.

Aparte de nuestra escasa tradición periodística, el modelo mediterráneo se caracteriza – como dije en el párrafo primero – por sus altos niveles de afinidad con los partidos políticos. Tanto es así, que el discurso de los medios es altamente predecible por el lector de la mañana. Esta condición es tóxica para la democracia, por la pérdida de independencia que ello supone para los escribas del ahora. La ideologización de los medios o, mejor dicho, la prensa de partidos; impide – en muchas ocasiones – que se construya una opinión pública con libertad para juzgar y criticar la información suministrada. La información está determinada por las líneas ideológicas de las tres o cuatro cabeceras que lideran el mercado. La grieta entre periódicos progresistas y conservadores impide a la España actual cerrar las heridas de la contienda. El "fracaso" de mi blog radica precisamente, en querer navegar contracorriente. Querer, como digo, construir una masa de lectores diversos y reflexivos; capaces de leer artículos y comentarios sin los prejuicios acostumbrados.

Desde la crítica debemos denunciar la injerencia del Estado en los medios de comunicación. No olvidemos que el Ejecutivo es propietario de cadenas televisivas – estatales y regionales -; reparte el abanico radiofónico y concede licencias audiovisuales. Algo bueno para la democracia – claro que sí – pero nefasto, cuando tales intervenciones sirven para construir discursos afines a intereses partidistas. Y, por último, hace falta – muchísima falta – dignificar la profesión. Hacen faltan más periodistas especializados; un código deontológico al unísono; menos parcialidad; más autonomía de los obreros de la información y, sobre todo, dotar de más poder real a las asociaciones profesionales. Solamente así, conseguiremos el modelo de periodismo anglosajón que tanto merecemos. Mientras tanto, mientras sigamos erre que erre en "el modelo de partidos"; seguiré escribiendo en el Rincón. Seguiré aquí, estimados lectores, con el martillo y el cincel; luchando contra el sistema y alzando la voz contra aquellos que han querido silenciarla y, sin embargo, no han podido.

Monedas de hierro

En medio de la crisis económica, Jacinto viajó a Esparta para hablar con Licurgo, un legislador de la época. Durante el viaje – cuentan los ruiseñores del bosque – conoció la España de Quevedo; oyó como ardían los troncos de la Inquisición, y pisó, sin darse cuenta, una rata que habitaba en las calderas de un Galeón. Tras más de dos mil años de travesía, el joven del siglo XXI se dio cuenta que los paisajes se repetían; a episodios de libertad, le seguían calvarios de tiranía y viceversa. Era, precisamente, ese bucle de calma y tempestad, el que movía las turbinas de la historia. A través del recorrido, vio por el retrovisor de los tiempos cómo el conocimiento científico se erosionaba hasta convertirse en mitos y creencias. Durante el viaje, hizo alguna que otra parada para estirar las piernas y respirar aire puro en los prados medievales. Allí conoció a hombres temerosos de castigos divinos y seres encerrados en barrotes estamentales; algo insólito en la Hispania del ahora.

Tras su paso por Atenas, Jacinto visitó La Academia, una escuela de pensadores regentada por Platón, un filósofo de la época. En ella conoció la dialéctica; el arte de aprender mediante preguntas y respuestas. Tras leer La República, entendió que los políticos deberían ser ciudadanos habilitados para ello; seres instruidos para hacer feliz a la gente, en lugar de personajes con fines personales. “En mi país no hay sitio para la filosofía. La educación se ha convertido en una fábrica de marionetas al servicio del gobernante; la prensa en un instrumento ideológico de los partidos, y la democracia en un patio de grillos bajo un cielo de mentiras. El egoísmo – afirmaba Jacinto – mueve los intereses de la gente”. Después de la charla con el discípulo de Sócrates, el viajero continúo hacia Esparta en búsqueda de respuestas.

A su espalda colgaba una mochila llena de problemas: la corrupción de los partidos, la desilusión por la política; la cuestión territorial; la desigualdad social y las penurias plebeyas. Tras llegar a su destino, habló largo y tendido con Licurgo. Le entregó los males de su mochila, y dialogaron hasta altas horas de la madrugada sobre los efectos perniciosos del dinero. “En Esparta, las monedas pesan tanto como los leones del circo. Tanto pesan – en palabras de Liturgo – que los ladrones son reacios a robarlas, y los ricos a guardarlas por la falta de espacio en sus graneros. Para nosotros, el dinero es la epidemia que enferma a los pueblos de corrupción; envidias y desigualdades civiles. Una epidemia que se transmite por el virus de la ambición y desata los nudos del amor. Amor necesario para cohesionar a los hombres en los paraninfos de la Asamblea. Y amor – estimado Jacinto – para que Esparta no muera por las grietas del dinero”.

“En mi país, hay un puñado de hombres que luchan para separase del conjunto. Son separatistas, señores que prefieren navegar en un barco distinto por considerarse diferentes. Tanto es así – estimado Liturgo – que la cuestión ha dividido a una región entre quienes proclaman el derecho a la autodeterminación y quienes defienden lo contrario“. “En Esparta, respetamos los límites de las polis sin necesidad de conquistarlas. Vivimos bajo un mismo techo con opiniones; religiones y lenguas diferentes. En esta morada somos únicos e irrepetibles; cada uno es hijo de un padre y una madre. Aunque compartimos costumbres y leyes temporales, siempre hay ovejas que convencen a otras y alteran la estructura del rebaño. Ovejas que terminan a las órdenes de otro amo. Ovejas – querido Jacinto – que transitan por otro lado".

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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