Puigdemont entre barrotes

Hace meses escribí "De Isidoro y Puigdemont", un artículo que analizaba los paralelismos entre el exilio de Felipe González (Isidoro) y Puigdemont. En él criticaba a Rajoy por la convocatoria inminente de las elecciones catalanas, tras proclamarse la República Independiente – e Imaginaria – de Catalunya (RIIC) y, tras la huída a Bélgica del líder separatista. En aquel texto, defendía que el exilio del President serviría para idealizar su figura y movilizar, a su favor, al independentismo. Aunque Ciudadanos ganara las elecciones, lo cierto y verdad, es que la aritmética de la cámara favorecía a los artífices del "procés". Desde el exilio, Puigdemont ha intentado manejar los hilos de su partido, gobernar su ínsula Barataria y, para más inri, jugar al gato y al ratón con el Estado de Derecho.

La detención de Carles Puigdemont, esta mañana en Alemania, pone un punto y final al surrealismo catalán. Gracias a su detención, la RIIC se desmorona como un castillo de naipes en medio de una playa. Tarde o temprano, me decía un tipo que conocí en El Capri, todas las brevas caen de maduras. Y caen, por que en la vida real no hay hojas perennes; no existe la eternidad y, la huida no siempre es la mejor escapatoria. Tras varios meses de ruta por Bélgica, Dinamarca, Finlandia y Alemania; los gigantes del Quijote se han convertido en los barrotes de una cárcel alemana. Este golpe en la mesa, aunque tarde en el tiempo, era necesario para salvaguardar la transparencia de las reglas de juego. Unas reglas de juego cuestionadas, por la opinión pública, ante la pasividad del Gobierno en la captura de quién en su día burló al Estado de Derecho.

La captura del líder independentista abre un antes y un después en la cuestión catalana. De cara a unas próximas elecciones, las fuerzas separatistas han perdido la cohesión que tenían durante la víspera de la República Independiente de Catalunya. El encarcelamiento de la cúpula, la huída de empresas y el descenso del turismo; ponen en evidencia que el separatismo no es una buena idea. Así las cosas, la razón, la aplicación del Artículo 155, está ganando la batalla a la emoción, el sentimiento catalanista. La detención de Puigdemont otorga credibilidad a nuestro Estado de Derecho, refuerza la imagen de España en la esfera internacional e insufla una bocanada de aire fresco a su débil economía. Ahora bien, esta detención no es condición suficiente para que el Pepé se recupere del resbalón de las pasadas elecciones. Mientras el PP y el PSOE gobernaron con los catalanes en épocas de mayorías relativas, Ciudadanos – por carecer de experiencia de gobierno – no tiene manchas en su solapa.

Ante el fracaso judicial del catalanismo, ahora es el momento de que nuevos líderes cojan el timón y cambien la ruta del "procés". Un "procés" con fecha de vencimiento, que para lo único que ha servido es para enfrentar a nuestros vecinos catalanes. Ahora, con Puigdemont entre barrotes, es el momento de vehicular un discurso catalanista dentro del Estado de Derecho; un discurso basado en el diálogo y la negociación por encima del surrealismo. Esta es, por mucho que algunos no la quieran ver, la única vía posible para que Catalunya recupere la cordura en su océano de locura. Para ello, para recuperar la cordura, hace falta que el radicalismo catalán modere su discurso. Desde los tiempos de Artur Mas, parte de Catalunya vive inmersa en la frustración del querer y no poder. Es el momento de comunicar los sentimientos desde la asertividad. Una asertividad consistente en la reivindicación de los derechos sin atentar contra el otro. Una asertividad basada en la corrección, sin pasar la línea de la agresividad y, sin dejar de lado la pasividad.

El efecto Cifuentes

Tras estudiar Sociología y Ciencias Políticas por la UNED – aparte de Relaciones Laborales por la Universidad de Alicante -, tenía casi decidido cursar el grado de periodismo en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) de Madrid. De todas las facultades públicas de este país, ésta es la única que ofertaba – y oferta –  dicha titulación de forma on-line. Aunque no fuera santo de mi devoción, por el escándalo de plagio de su antiguo rector, era la única universidad que se adapta a mis circunstancias sociolaborales. Durante varios meses, analicé el plan de estudios, el sistema de convalidaciones y, por si fuera poco, hasta envié un correo electrónico al coordinador del grado. Rápido en la respuesta, me dijo que, salvo dos semanas de prácticas presenciales, la titulación se impartía, en su totalidad, a distancia. Desde los tiempos de locutor en la radio de mi pueblo, siempre soñé con el mundo del periodismo. La crisis económica familiar y otros obstáculos insalvables hicieron que mi vida corriera por otros derroteros.

El otro día, tras enterarme de la supuesta falsificación del expediente académico de Cristina Cifuentes por esta misma universidad, tuve dudas acerca de seguir adelante con mi aventura académica. La corrupción, como bien escribía Ignacio Escolar en su blog, no solo es una cuestión política sino también institucional. De corroborarse la exclusiva del Diario.es, la URJC perdería el poco prestigio que le quedaba, tras el varapalo de su exrector. La falsificación de tales notas atentaría, no solo contra el honor de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, sino también contra la honestidad de la institución académica. Aunque ambas implicadas – Cristina y la URJC – están haciendo sus deberes para desmontar el titular de la semana; lo cierto y verdad es que la cosa no pinta bien. Y no pinta bien, queridísimos lectores, porque es muy poco probable que tales "errores administrativos" ocurran a diario y, para más inri, que el equivoco no sea con un alumno cualquiera; sino con Cristina Cifuentes, ex delegada del Gobierno cuando se matriculó en el máster.

Lo más sensato, por higiene democrática, sería que Cifuentes dimitiera si se demostrase la noticia. Aún así, ella ya ha dicho que no piensa dimitir, aferrándose – faltaría más – a su presunción de inocencia. Si esto hubiese ocurrido, por ejemplo en Alemania, otro gallo hubiese cantado tras conocerse la noticia. Pero en España, como todos sabemos, las cosas de palacio van despacio y el sillón, es el sillón. Dimita o no, lo cierto y verdad, es que esta mancha en el expediente político de Cifuentes tira por la borda sus ambiciones políticas. Ella, y así lo he defendido en más de una ocasión en la barra del Capri, hubiese sido una apuesta segura como sucesora de Rajoy. Apartada – y valga la expresión – Esperanza Aguirre del camino, Cristina estaba más cerca del marianismo que del aznarismo. Y lo estaba, porque ella misma se definía, y así lo hizo en el chester de Mejide, como: "agnóstica, republicana y defensora del matrimonio homosexual", tres características que la alejaban del conservadurismo religioso y monárquico del fraguismo. Los supuestos dos notables de Cifuentes atentan contra el mérito y es esfuerzo que defiende su partido. Mientras unos alumnos se las ven y desean para llegar a la meta; otros, al parecer, atraviesan la línea blanca sin el sudor en la frente. Es precisamente esta falta de respeto a la comunidad universitaria, la que invita a la crítica a exigir la dimisión de Cristina.

Si no dimitiera Cifuentes, si se atornillara a la silla tras demostrarse la veracidad de la noticia, no cabría otra que plantearle una moción de censura. No sería ético, por honestidad democrática, que esta señora siguiera de rositas con la corona del pueblo. Por su parte, la URJC debería exigir responsabilidades a quienes, supuestamente, convirtieron los No Presentados por dos Notables inmerecidos. Responsabilidades en forma de suspensión temporal o cese definitiva de sus cargos. No estaría de más que se investigaran los expedientes de todos los políticos de renombre que han cursado estudios en este paraninfo. Una comisión de investigación, más allá de Cifuentes, serviría para demostrar la honorabilidad de la institución universitaria; demostrar que este es un caso aislado y apartar los garbanzos negros del cocido. A día de hoy, la URJC está en boca de todos por su supuesto trato de favor a la Presidenta madrileña; un discurso tóxico que abre los ojos a la opinión pública sobre cómo funciona el sistema; más allá de la legalidad vigente. Ante este jarro de agua fría, la imagen de la universidad española se empaña en el espejo internacional. Una imagen borrosa, de bordes difusos que impide distinguir la pureza de su figura.

De sátiras y mordazas

Tras conocer la noticia sobre Mongolia, la revista satírica condenada a pagar 40.000 euros y las costas del juicio a Ortega Cano por vulnerar su honor, me vino a la mente "sobre piedras y palabras", un artículo que escribí hace años en los pergaminos de este blog. En aquel texto, reflexionaba sobre la responsabilidad del artista ante la receptividad de su obra. Reflexionaba, dicho en términos coloquiales, sobre el dicho popular: "no hay palabras mal dichas sino mal entendidas". Como saben, mi blog versa sobre temas comprometidos. La crítica, por muy independiente y constructiva que sea, no deja de ser incómoda para el sistema. A menudo, la verdad sea dicha, recibo comentarios insultantes. Comentarios provenientes de gente desconocida que, indignada por mis palabras, arremete contra mi persona. Por ello, el primer comentario de cualquier lector del Rincón pasa por el filtro de la moderación. Lo hago, como saben, para evitar la crítica destructiva, algo que va en contra de la esencia de este medio. Un medio que nació, precisamente, para contribuir al espíritu crítico de este país. Un espíritu basado en la tolerancia y el respeto al pensamiento libre del escritor. Un pensamiento, en mi caso, alejado de los sesgos editoriales y de los intereses del capital.

Cuando escribo artículos referidos al Capri – el bar imaginario que ilustra la sección de relatos del Rincón -, me siento libre. Libre porque tengo la seguridad de que nadie se querellará contra mí. Libre, porque puedo hablar de corrupción, de política y de un sinfín de temas comprometidos; sin preocuparme lo más mínimo de la receptividad del mensaje. Este tipo de escritura es la que, tarde temprano, por desgracia, se impondrá en España ante el miedo a la "mordaza". Cuántas veces he reescrito una frase ante el temor a que una interpretación torticera, por parte de lectores malévolos, derivara en una multa por vulnerar algún que otro derecho fundamental. Así las cosas, en ocasiones he pensado en cerrar el blog y dejarme de problemas. Sin embargo, nunca lo he hecho. Nunca lo he hecho, como les digo, porque hacerlo sería un paso atrás en mis convicciones democráticas. Una democracia que acalla a los críticos se convierte, tarde o temprano, en una “quasi dictadura” en cuanto a libertad de expresión se refiere. En el franquismo, el principal miedo de los vecinos era hablar más de lo debido. Miedo a ser descubierto por los correveidiles del régimen. Y miedo, como saben, a ser sentenciado sin garantías judiciales.

La sátira, como género literario, nos ha acompañado desde el arcipreste de Hita hasta nuestros días. Un género que ha traspasado los barrotes del teatro, la novela picaresca, la fábula, el artículo periodístico y, recientemente, la viñeta. La Celestina; el Lazarillo de Tormes; El coloquio de los perros; el Criticón, y muchísimas obras de nuestra literatura, han usado la sátira como medio de expresión. Una sátira necesaria para ridiculizar las costumbres del clero, los excesos de la nobleza, la desigualdad estamental, la hipocresía religiosa y las corrupciones palaciegas. En ocasiones, releo el Buscón de Quevedo y la única diferencia que encuentro, con la España de nuestros días, son los carruajes de caballos. Por lo demás, siguen perennes las envidias, los chismes, los rumores, los dimes y diretes. Seguimos siendo, aunque a veces cueste reconocerlo, un país de pandereta; de pícaros y granujas; de jamón y chatos de vino. Seguimos siendo, a su vez, un país que todavía no ha aprendido a reírse de sí mismo; un complejo que nos daña nuestra autoestima desde los tiempos isabelinos.

Bombillas fundidas

Antes de llegar a casa, paré a tomar un café en El Capri. Necesitaba hablar con Peter acerca de Fermín, un viejo cliente que le dejó a deber un par de cañas el sábado de madrugada. Allí, en el taburete de la esquina, había un tipo raro; de esos que no se bajan de la atalaya aunque no tengan donde caerse muertos. En París, me contaba mi primo, hay muchos pobres con traje; gente que lo único que tienen en la vida es la camisa que llevan puesta. Aquel señor del taburete no era ningún muerto de hambre sino un inspector de trabajo; un funcionario de las altas esferas del reino, que vigila a los bares por si cometen errores. Ese día, valga la casualidad, Rebeca – la sobrina de Peter – estaba sirviendo un JB a Gregorio, toda una institución en el garito. El inspector le pidió que se identificara y, semanas más tarde, le vino a Peter una multa con nueve mil euros y pico. Nueve mil, un millón y medio de las antiguas pesetas, por no tener afiliada a su sobrina.

Tras conocer la noticia, decidí salir a la calle a tomar una bocanada de aire fresco. Necesitaba, la verdad sea dicha, desintoxicarme, por un instante, del olor a tabaco que inundaba los intramuros del Capri. En la calle, Peter solía poner tres mesas con tres sombrillas de la Coca Cola. A esas tres mesas, les llamaba "las tres jotas". Las tres jotas porque siempre se sentaban los mismos; Francisco con sus suegros, Amalia con su marido y Enrique con sus colegas. Desde la ventana del garito, Peter veía las tres jotas. De vez en cuando, Quique subía el brazo con la jarra vacía y decía aquello de: "Peter, otraaaa cuando puedas, que esta ya esta muerta". Enfrente del Capri había dos contenedores de basura que solían atraer a los gatos de la calle. Desde que se fundieron las bombillas de la farola, aparte de los gatos acudían los nuevos pobres en busca de algo para llevarse a la boca. Abrían la tapa y, con un estómago digno de medalla, cogían algún que otro yogurt caducado. Ya lo decía el lazarillo, detrás de un rico siempre habrá alguien que recogerá sus migajas.

Peter está hundido. Si le costaba llegar a final de mes; si casi no podía hacer frente a la factura de la luz, cómo narices iba a pagar nueve mil euros de multa. En las mesas de la calle, en las "tres jotas", ya no queda nadie. Son las dos de la madrugada; en El Capri solo hay una mujer en la penumbra de la barra. Una mujer a deshoras; de esas que fuman Ducados, beben JB y juegan a las máquinas tragaperras. Mientras tanto, Peter baja las persianas; enjuaga los vasos y, se distrae haciendo crucigramas hasta que toque la campana. El Capri cierra a las tres de la madrugada. Solo queda un cuarto de hora; el tiempo suficiente para escuchar dos más de Caligari, vaciar ceniceros y fregar el suelo. Tras bajar la persiana, Peter se va a su Toledo; un coche que compró a tocateja cuando El Capri era un referente en la comarca del Segura. En el coche se fuma el último del día. Mientras arranca, dos perros famélicos deambulan por los alrededores del garito. Desde el retrovisor, se ve la silueta de María, una prostituta que suele hacer la calle los lunes de madrugada.

De rostros y relatos

Tras conocer el asesinato del pequeño Gabriel, me vino a la mente una conversación que mantuve hace años con Fermín, un policía local de que solía tomar café en El Capri. Lector infatigable de El Caso, sabía muchísimo de criminología. Tanto que algunos medios tiraban de él, para que diera su opinión acerca de los sucesos del momento. Nos hablaba, a Peter y a mí, del asesino de la catana, la parricida de Santomera, las niñas de Alcàsser, la masacre de Puerto Hurraco, y de un sinfín de crímenes que han escrito la crónica negra de este país. Mientras el hombre sea imperfecto, nos decía, nunca existirá el crimen perfecto. Al final, tarde o temprano, todos los cadáveres flotan; solo hace falta la pericia del investigador para aflorar lo que la verdad esconde. Una pericia que será, más o menos laboriosa, en función de la capacidad intelectual del asesino.

La cara, dicen los psiquiatras, es el espejo del alma; tanto que los buenos actores son capaces de conectar rostro y pensamiento. Así las cosas, creerse la propia mentira es condición necesaria para que nuestra cara forme parte de la coartada. El relato que hay detrás de cada uno de nosotros, es el responsable de nuestro rostro social. Un rostro que se va construyendo a través del discurso que creamos en los demás. Así las cosas, sabemos que los tigres y leones son agresivos por el relato que los envuelve. Si nadie – ni la familia, ni la escuela, ni los medios – nos hubiese dicho que tales animales son peligrosos; quizá no nos pondríamos nerviosos cuando los vemos de cerca. Lo mismo ocurre con las personas. Las personas, a priori, no sabemos si son envidiosas, celosas, neuróticas o asesinas. Solo les ponemos tales etiquetas cuando el relato, el “boca-oído” sobre las mismas, nos advierte del pie que cojean. Por ello, cuando el crimen salta a los medios, la cara del vecino se convierte en el rostro del asesino.

A diferencia del león o del tigre, que todos sabemos que son animales salvajes, las personas son invisibles en la jungla de los humanos. Decía un viejo conocido, y cuánta razón tenía, que al ser humano nunca se termina de conocerlo. Las personas tienen tantas caras – tantas aristas – como relatos hay en torno a ellas. Ante esta incertidumbre, de no saber a ciencia cierta con quien nos cruzamos en nuestras vida, resulta imprescindible que leamos más allá del lenguaje. El lenguaje, como sabemos, es una herramienta necesaria pero insuficiente para reflejar el pensamiento. Necesaria, como les digo, porque a través de las palabras decimos lo que pensamos. Insuficiente, porque no todo lo que decimos es fiel al pensamiento. Solamente la cara es el espejo del mundo interior. A través de millones de expresiones, el rostro refleja la envidia, el miedo, la ira, los celos, la alegría, la tristeza, la ansiedad y un sinfín de emociones. Solamente quienes saben leer la letra pequeña – quienes tienen la sensibilidad necesaria para interpretar los interlineados del rostro -, entienden al ser humano.

Viuda de blanco roto

Tras varias horas, encerrado en la soledad de mi despacho, decidí dejarme caer por El Capri. Hacia una semana que no hablaba con nadie y, la verdad sea dicha, echaba de menos los estribillos de la barra. Mientras leía el periódico, llegó una señora de unos cincuenta pasados. De piel morena y gafas oscuras, se sentó a dos taburetes del mío. Pidió un carajillo, bien cargado de coñac, y se puso a hablar con Peter. Por su acento supe que no era de la zona; decía "zapato" en lugar de "sapato" y, para más inri, pronunciaba las eses como si fuera de Salamanca. Tras un rato de incómodo silencio, sacó un Ducados de su bolso y me pidió fuego. Le dije que llevaba treinta años sin fumar; que fumé cuando el Malboro valía doscientas veinticinco pesetas, y que lo hice para impresionar a las niñas que bailaban en la Trébol, una discoteca de mi pueblo. Mi padre enfermó de cáncer de vejiga. Todavía recuerdo el día que el oncólogo – don Enrique – le dijo que el intruso de su cuerpo era amigo del tabaco. Fueron malos años para los míos, años de miedo y cobardía ante la culpa por la osadía.

Tras varios minutos de charla pasajera, me preguntó cómo me ganaba la vida. Le dije que era profesor de instituto, un oficio duro para los tiempos que estamos. El diálogo transcurrió de lo superficial a lo profundo. Transcurrió como si estuviéramos desnudando cebollas en medio de un huerto sin árboles. Hace un mes que falleció su marido; un accidente de moto acabó de un plumazo con quien fuera su peor pesadilla. Se fue tras una vida marcada por el dinero, el despilfarro y las infidelidades consentidas. Empresario de renombre, ella se convirtió en su florero. Un florero de rosas marchitadas; de semillas ahogadas por la densidad de la maleza y, de grietas imborrables por infinitas discusiones los fines a deshoras. Ahora se sentía libre. Tanto, que vestía de blanco roto, tras treinta años de luto por la muerte de su sueños. Sueños apagados por el patriarca de su cárcel. Una cárcel de muros construidos con ladrillos de silencio. Mientras hablaba con ella, sonaba de fondo el Cadillac Solitario del amigo Loquillo; un tema que me recordaba a mis tiempos golfos. Tiempos donde lo único importante en mi vida, era que llegara el sábado por la noche; un momento mágico para emborracharme con los colegas en el garito de la esquina.

El olor a Ducados era característico del Capri. Un olor que apagaba la fragancia a jazmín, que desprendían las busconas los viernes a deshoras. En aquellos años, los corredores de fincas se dejaban caer por el garito. Tanto que las servilletas se convertían en el papel de sus contratos. Eran señores con cabezas despobladas, barrigas abultadas y de fácil verborrea. De ellos aprendí las vocales del negocio. Aprendí que las cosas no tienen precio sino que todo depende de las ganas de vender y de las ansias de comprar. Los buenos tratos son aquellos donde se junta el hambre con las ganas de comer. De vez en cuando, Peter recibía alguna que otra propina a cambio de silencio. A veces, aquellos señores llevaban al Capri mujeres de compañía. Mujeres para que algunos vendedores cayeran en la tentación de la carne y, emborrachados por el vicio, firmaran el contrato. La viuda de blanco roto hacia aros con el humo del Ducados. Aros de sosiego ante una atmósfera cargada de excesos y secretos; una atmósfera de amores fracasados, sueños incumplidos y vidas sin sentido.

Pensionistas de Rajoy (II)

Durante los años dorados, El Capri se convirtió en una referencia del jazz a nivel provinciano. Recuerdo que todos los viernes, a eso de las doce, actuaban grupos provenientes de los lugares más recónditos. El saxo se entremezclaba con el olor a tabaco que desprendían las mujeres y hombres a deshoras. Allí, más solo que la una, el que escribe mataba el tiempo peleándose con los cubitos y el limón de la Coca Cola. En aquellos tiempos, mi vida transcurría por las sendas de amores fracasados. Amores equivocados, por llamarlos de alguna manera, que dejaron mi carácter más áspero que el papel de lija. Lo único que deseaba, en aquel campo de batalla, era resistir como un valiente en el taburete de la barra. Peter se convirtió en mi paño de lágrimas; me demostró que más allá de la relación entre un barman y su cliente, se escribía un contrato de confidencialidad entre dos hombres fracasados. Peter nunca fue un agraciado en las tierras del amor. Tras varias relaciones frustradas se casó con Antonia, una clienta que acudía al garito los domingos al mediodía.

En aquellos años conocí a Jacinto, un octogenario de las tripas de mi pueblo. Una vez al mes, se dejaba caer por El Capri para tomar su café y copa de JB. Según él, el café que le preparaba Peter era de tres tenedores: amargo, espeso y aromático. Mientas se lo bebía, solía hablar de su media vida en Suiza. Allí trabajó de camarero en un restaurante de alto estanding. Y allí conoció a Úrsula, su mujer desde los veinte. Aparte de los relojes y los bombones; Jacinto me hablaba de pensiones. De esto que estoy escribiendo hace más de quince años; y ya, desde aquel entonces, Jacinto me decía que en España algún día habría manifestaciones de jubilados. Hoy, la verdad sea dicha, me acuerdo de sus palabras y, desde aquí, me quito el sombrero ante tanta sabiduría. Me contaba que en Suiza existen los "tres pilares", un sistema de pensiones complejo pero eficaz al mismo tiempo. Las pensiones se estructuran en tres ejes: pensiones básicas estatales, planes de pensiones ocupacionales y planes de privados.

En España, como saben, tenemos un sistema de reparto; de tal forma que el activo paga la pensión del pasivo. Las pensiones están estructuradas en contributivas y no contributivas (o asistenciales). Mientras las primeras están sujetas a las cotizaciones realizadas durante la vida laboral, las segundas están financiadas, vía impuestos, a través de los Presupuestos Generales del Estado. El problema de nuestro sistema – aparte del aumento de la esperanza de vida, el envejecimiento y el encogimiento de la población activa -, viene determinado por los salarios y los impuestos. Las pensiones son la consecuencia de las políticas salariales y fiscales. Así las cosas, para bien o para mal, nuestro mercado laboral es dual. Hay, por un lado, trabajadores fijos con sueldos medios y altos y, por otro, trabajadores temporales con salarios bajos. Estos últimos abanderan nuestro mercado y nos sitúan en los primeros puestos del ranking de precariedad laboral europea. Este problema se solucionaría, más que con subidas de las pensiones de uno a cinco euros, como han propuesto el Pepé y el PSOE, con una subida considerable de los salarios. No olvidemos que cuanto mayor sea la suma de los totales devengados, mayor será el importe de las bases de cotización y, por tanto, mayor será – a su vez – la cuantía de las pensiones.

Las pensiones de jubilación asistenciales cabalgan de la mano de los impuestos. Tales prestaciones – cuya cuantía son cuatrocientos cincuenta euros, más o menos, al mes – salen del bolsillo de todos nosotros. La presión fiscal condiciona, de algún modo, el modelo de Estado de Bienestar que tenemos. No olvidemos que somos uno de los países con menor carga impositiva de Europa, por debajo de Irlanda. Para darle la vuelta a la tortilla, o dicho más técnico, para que los ciudadanos en riesgo de pobreza se alejen del precipicio sería necesario que los impuestos aumentaran. Un aumento de impuestos – sea la medida de izquierdas o de derechas – sería la solución necesaria para estrechar la brecha de la desigualdad. Esta medida – sin duda, nada electoralista – nos situaría más cerca del modelo escandinavo. Más cerca de nuestra vecina Francia y, más cerca, de aquellos países que creen en la igualdad por encima de la libertad. Más impuestos, por mucho que nos duela, supondría un crecimiento económico sostenible; alejado del "sálvese quien pueda" del neoliberalismo merkeliano.

Manchas de café

Aquella noche, Peter estaba hecho un don Juan. Recuerdo que su mujer cumplía cincuenta años, y lo quiso celebrar por todo lo alto. La música de Nacha Pop se entremezclaba con el olor a jazmín que desprendían las busconas de la barra. Antonia, su señora, vestía como visten las feas cuando buscan hombres los sábados a deshoras. Vestía con pantalón de los chinos, camisa provocativa y tacones de aguja. Era su noche; una noche mágica para arreglar de un plumazo veinte años de matrimonio fracasado. A lo lejos, en el taburete de enfrente estaba María, una vieja conocida del Capri, de esas que las matan callando cuando llevan dos copas encima. Peter, me contaba sus encuentros con ella en el asiento de atrás de su coche. Me sentía raro, sucio por dentro, de ver como Antonia bailaba por los rincones de la barra, mientras su marido charlaba con la otra.

Mientras leía El Marca, se me acercó una señora de unos cuarenta para arriba. Me preguntó si llevaba fuego y le dije que no, que no fumaba desde que a mi padre le detectaron un cáncer de vejiga. Buscó por su bolso, y sacó un encendedor amarillo con la cara de Felipe González. Tras encender el Ducados, se pidió un carajillo y se puso a ojear el horóscopo en un periódico caducado. Era un periódico arrugado, con manchas de café y olor a tabaco. En aquellos años, como saben, los bares no olían a fregasuelos. Mientras leía el horóscopo, me preguntó por el mío. Le dije que era Libra y que no creía en semejantes bobadas; que respetaba, faltaría más, a los creyentes y nada más. Mientras hablaba con ella, sonaba una clásica de Los Secretos. Una canción de esas que ponen la piel de gallina al común de los mortales. Me dijo si bailaba con ella, le dije que no. Bailar no es lo mío. Se produjo un silencio entre los dos. Un silencio incómodo, de esos que surgen en los ascensores cuando montas con desconocidos.

El cumpleaños de Antonia coincidía con la muerte de Joaquín, un viejo amigo que conocí en Crevillent, un lugar donde trabajé durante dos años. Todas las mañanas almorzaba con él en el bar de Braulio. Allí hablábamos de Zapatero; de los atentados de Atocha y de Aznar. Joaquín militó en el Partido Comunista; estuvo en la cárcel durante los tiempos de Franco y, cuando llegó la democracia, se hizo socialista. Murió por un cáncer de próstata. Recuerdo que me decía: "al final o mueres de accidente, o de infarto o de cáncer". Se murió sin entender por qué ZP dio tanto el brazo a torcer con el Estatut Catalán. Hoy, si levantara la cabeza y viera lo que está pasando en Catalunya, estoy seguro que volvería a escribir otra de sus magníficas Cartas al Director. En la soledad de la barra, con un picor de ojos horrible por el humo del tabaco, le pedí a Peter una copa de Ponche. Una copa como las que solía tomar Joaquín en el bar de Braulio. Al rato, Peter apagó las luces. Una tarta, con un cincuenta encima, rompía la niebla de humo, que envolvía El Capri a las cinco de la madrugada.