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El postconfinamiento

Tras cuatro años del confinamiento, me doy cuenta que muchos psicólogos y sociólogos estaban equivocados. Somos iguales o más cálidos que antes de la pandemia. Sin mascarillas en el rostro ni distancias de seguridad, los abrazos y besos en la mejilla volvieron a nuestras moradas. La pandemia nos dio una lección de vida. Nos enseñó que a lo largo del viaje nos podemos encontrar con piedras en el camino. Tanto es así que, de un día para otro, nos vimos secuestrados en las celdas de nuestros hogares. Nos convertimos en pajaritos con alas y sin poder volar. Esa angustia vital de "querer y no poder", nos hizo reflexionar sobre la libertad, el tiempo y la enfermedad. La Covid-19, nos puso frente a la verdad. A esa verdad, que decía Nietzsche. La auténtica realidad es que somos seres que envejecemos, enfermamos y morimos. La pandemia nos situó, como les digo, ante nuestro reflejo vital. Nos ubicó ante un enemigo invisible, maldito y traidor.

Hoy, miro por el retrovisor del coche. Miro y veo, a lo lejos de la carretera, a millones de humanos angustiados. Angustiados por la temeridad que supone la incertidumbre. Observo como, en un plis plas, nos vimos obligados a abondar nuestra zona de confort. Abandonar nuestra identidad. Una identidad que, como decía Heidegger, nos la brinda el trabajo. Somos aquello a lo que nos dedicamos. Y cuando dejamos esa profesión u oficio, perdemos parte de nuestro concepto social. Dejamos de ser abogados, profesores, albañiles o cualquier profesión que nos defina. El coronavirus dejó a millones de personas sin trabajo. Los famosos ERTE suscitaron un virus paralelo en la economía. Sin aviones en el cielo, ni trenes en las vías; volvimos a tiempos pretéritos donde el mundo era pequeño. Hoy, recuerdo las calles vacías, las miradas de sospecha y los aplausos a las ocho. Hoy, recuerdo los telediarios inundados de camillas, enfermeros y mascarillas. Y recuerdo, y valga la redundancia, el "Resistiré" del Dúo Dinámico como canción bandera de la pandemia. Desde la desolación, me viene a la mente gente de mi pueblo. Gente que se contagió y falleció por culpa de ese bicho de dudosa procedencia.

Gracias a las pantallas, conseguimos que las ausencias fueran cortas. Conseguimos ver al padre o al abuelo. Conseguimos hablar con el hijo o la hija, que se encontraba confinado dentro de su castillo. El móvil sirvió para aliviar la tristeza que supuso el "arresto domiciliario", el mismo que tuvo Galileo por contradecir al establishment de su época. En casa, leí hasta la saciedad. Leí, sobre todo, La Peste de Albert Camus. Fue una lectura amarga. Amarga porque se convirtió en el reflejo de la realidad. Un reflejo que narraba el horror de la pandemia. Ahí, en ese rincón de soledad, me di cuenta de nuestra vulnerabilidad. Confié en la ciencia como motor de supervivencia. Y aprecié, claro que sí, la razón. Me di cuenta que los problemas dejan de ser problemas cuando encuentran solución. Y la Covid-19 era, mientras no se llegara a la vacuna, una ecuación sin resultado. Hoy, con la normalidad en nuestras vidas, es bueno poner la vista atrás. Mirar atrás para apreciar. Apreciar los detalles de la vida. Apreciar la función de los científicos y apreciar, faltaría más, la libertad.

Sobre ética y democracia

La democracia en Atenas era directa como lo es una reunión de vecinos. En el Ágora, los atenienses decidían los asuntos de la polis. Allí, los hijos de los ricos – asesorados por los sofistas – defendían cualquier cosa y su contrario. La gente votaba con conocimiento de causas y efectos. Existían, por tanto, decisiones mancomunadas entre quienes tenían derecho al voto. Hoy, varios miles de años después, la democracia cabalga por otros derroteros. Aunque se haya conseguido el sufragio universal, lo cierto y verdad, es que las elecciones se han convertido en un cheque en blanco. El votante pierde, desde que arroja su papeleta en la urna, el sino de la misma. Votamos a 350 diputados. Trescientos cincuenta, como le digo, de los que solo conocemos, de cerca, a los líderes de los partidos. El resto son nombres desconocidos, que – una vez elegidos – se convierten en nuestros representantes. Y ahí es cuando nosotros – la soberanía popular – estamos vendidos.

El voto se convierte en una activo de riesgo. Siempre está la duda de que los diputados no cumplan con su programa. O que, dadas las circunstancias coyunturales, hagan de su capa un sayo y, donde dije digo; ahora digo Diego. La democracia indirecta, por tanto, no siempre es ética. Puede que los elegidos incumplan con la palabra dada. Puede que pacten con los socios "inadecuados". Y puede que pongan en práctica las recomendaciones de Maquiavelo. Cuando ello ocurre, aparecen corrientes de desafección por la política. Corrientes que, en ocasiones, son como una olla a presión. Una olla que puede estallar en forma de manifestaciones como el 15-M, en España, o los "chalecos amarillos", en Francia; por ejemplo. El pacto del PSOE con el espectro independentista pone en solfa lo que aquí comentamos. El pacto está dentro de las reglas de juego. Tras la elección de los 350 diputados, se procedió a la investidura del Presidente del Gobierno. Y este, aunque no le guste a una parte de la población, fue elegido de forma legal – más síes que noes – y legítima – a través de la soberanía popular -.

El pacto con Junts, como con cualquier partido, no es a cambio de nada. El pacto, al parecer, lleva implícito la amnistía, el referéndum y el supuesto indulto – condicionado o no – de Puigdemont. Este pacto, legal salvo que se demuestre lo contrario, no es del todo ético. Y no lo es, queridísimos lectores, porque la amnistía implica una intromisión en la división de poderes. Porque el "perdón por causas políticas" supone un agravio comparativo con otras "causas extrapolíticas”. Aún así, el fin del mismo – según sus defensores – no es otro que calmar la ira separatista e impedir la alternativa. Una alternativa entre PP y Vox, o dicho de otra manera, entre derecha y ultraderecha. Y una alternativa que supondría una vuelta de tuerca al patriotismo, el unionismo y las luchas intestinas entre el centro y la periferia. De ahí que, cualquier pacto implica riesgos, costes y beneficios. La tercera vía hubiese sido pacto entre PP y PSOE. Dicho pacto tampoco sería ético. Y no lo sería porque Feijóo, en la campaña electoral, se mostró muy crítico con el sanchismo. Una crítica que lo ubica – desde el punto de vista moral – entre la coherencia o la hipocresía.

Juguetes rotos

El ser humano busca estadios de confort. La vida no es otra cosa que un refugio en un tiempo y espacio determinado. Ese refugio viene determinado por los acontecimientos históricos del momento. De tal modo que existen condiciones azarosas que delimitan los ejes de la felicidad. Más allá de ellas – de guerras, epidemias y hambrunas – hay un componente estructural, que explica nuestra voluntad. El capitalismo, queridísimos amigos, responde a una estructura – o andamiaje – negativo. Somos, como diría Heidegger, arrojados al mundo. A un mundo trágico que nos obliga a vivir en un mar de dolor incesante. Un dolor cuya única salida no es otra que – y hago una hermenéutica de Schopenhauer – la desconexión. Así, el gimnasio y todo lo que concierne al ocio sirven como válvula de escape ante la adversidad diaria. El encuentro con los amigos, una tarde de cine o el fin de semana, entre otros escapes, suspenden una vida de tragedia incesante. Esta estructura sirve de turbina, como les decía atrás, para la supervivencia del capitalismo.

El superhombre – de Nietzsche – desemboca en la orilla de la autoexigencia. La cultura del "tanto tienes, tanto vales", del "si lo sueñas, puedes conseguirlo" y otros reclamos motivacionales han hecho, del ser actual, un león insaciable. El capitalismo nos ha inyectado unos ideales que sirven a la utopía de la felicidad. Y esos ideales no son otros que "vivir para el escaparate". En tiempos de postureo y reconocimiento fácil, a través de las redes sociales, la vida se convierte en una muestra hacia el otro. Salir de la negatividad, mostrar dientes blancos y viajar responden al canon de la felicidad contemporánea. Hemos sustituido la búsqueda de la ataraxia – de la tranquilidad del alma – por un cúmulo de placeres materiales. La emoción ha sustituido a la razón como condición de felicidad. Vivimos en una carrera de unos contra otros. Una carrera donde el "yo más" se convierte en el dorsal. Un dorsal que sirve a la cultura del escaparate. Las medallas se muestran en las vitrinas de la vida. Los logros se comentan en cualquier escenario vital. El narcisismo impera en los discursos de los bares, peluquerías y demás.

En el escaparate, nos sentimos importantes. En la trastienda aguardan los lamentos y la culpa por el paso del tiempo. De un tiempo que se esfuma sin el autoconocimiento. Así las cosas el capitalismo, nos convierte en oferta y demanda. Oferta porque nuestras miserias interesan al otro. Y demanda porque buscamos – en la telebasura – las desgracias del otro. Unas desgracias que nos sirven de alivio a nuestro malestar vital. El sentimiento de fracaso inunda nuestra morada. Un fracaso por no saltar la longitud establecida. Así, en la esclavitud, vivimos amargados. Amargados porque la mirada no está en nosotros sino en el otro. En ese otro más alto, guapo, rico y sabio que nosotros. Y en esa comparación, nos sentimos agraviados. Nos sentimos deprimidos y ansiosos. Y ese deterioro de nuestra salud mental, por culpa del sistema, nos sitúa en la cama leyendo y devorando libros de autoayuda. Libros que sirven al mercado. A un mercado carroñero que necesita la envidia como motor del dinero. El tiempo y el coste del devenir, nos muestra la peor de las tragedias. Tanto que algunos se sienten juguetes rotos el resto de sus vidas.

Valencia, fuego y duelo

El incendio del edificio de Valencia pone en valor la incertidumbre de la vida. Quién le iba a decir, a esa comunidad de vecinos, que sus circunstancias cambiarían de forma repentina. La vida nos condena a vivirla. Y en esa condena, atravesamos por paisajes verdes y amarillos. Pasamos por un cúmulo de momentos que determinan, de alguna manera, los renglones del pergamino. Renglones rectos y torcidos. Renglones pegados los unos a los otros. Y renglones manchados de injusticia y desolación por lo vivido. Entre líneas, oímos el susurro de la intuición. Una intuición que se acentúa con los años y eclipsa a la razón. En casa, en la soledad de mis pensamientos, sufrí la desgracia de quienes vivieron la peor de las circunstancias. Y en ese soledad, observé el vuelo de los buitres. Buitres carroñeros que hacian su agosto con el sufrimiento ajeno. Imágenes – muchas prescindibles – que invitaban a la desesperación e impotencia. Una impotencia vivida enfrente de la pantalla. De una pantalla inundada de aves carroñeras.

No, todo no vale en el periodismo. No vale, por ejemplo, que se profundice en el sufrimiento humano. No vale, maldita sea, que se pongan imágenes hirientes por activa y por pasiva. No vale que se busque la lágrima como mercancía en la industria de la cultura. Lejos de tales imágenes, hablen de soluciones. Hablen de lo que será de esos cientos de familias afectadas por la tragedia. Hablen, y no callen, de medidas preventivas para evitar sucesos similares. Hablen de cómo deberíamos actuar ante una catástrofe de tal envergadura. Y hablen de causas, responsables y responsabilidades. Mientras tanto, el olor a quemado inunda de rabia a los olfatos callejeros. Las cenizas huelen diferente en función del combustible. La madera quemada huele distinta al hierro. Y este distinto a la paja. Y así, sucesivamente. Y en ese olor a chamusquina subyacen miles de recuerdos. El fuego no solo quema lo físico sino lo metafísico de nuestras vidas. El fuego quema los recuerdos. El fuego quema el orgullo por lo conseguido. El fuego deja la huella negra de lo que fue y ya no es.

El duelo se convierte en un caminar desnudo por en medio del desierto. Un desierto donde las distancias son largas y las estancias amargas. Los pies sienten el tacto de la arena. De una arena que invita a la esperanza dentro de la ira. Sin lo material, el ser humano pierde buena parte de su identidad. El hogar otorga sentido a nuestras vidas. En el hogar se estrechan los lazos familiares. En el hogar subyace la intimidad. Una intimidad que abraza el refugio. Un refugio necesario ante las amenazas que supone la selva de lo urbano. Bajo el techo, miramos por la ventana y vemos la vida desde la trinchera. De una trinchera que nos protege de la envidia. De una envidia que se manifiesta con silencio, desaprobación, burlas y mofas ante los logros del esfuerzo. El crepitar de la vida, nos sitúa ante un incendio diario que destroza lo vivido. Cada día muere en un eterno retorno. Cada día yace en un fuego infinito que se enciende y se apaga. Que se apaga y enciende en el transitar de los tiempos. Duelen las quemaduras, y duele la cortina de humo que imposibilita la luz. Que nos asfixia en una tormenta de dudas y confusiones. Luchemos, unos con otros, para que no se apague la vida. Fuerza.

Galicia y el voto estructural

Una vez más, el PP vuelve a ganar las elecciones en Galicia. Y digo una vez más, y digo bien, porque el partido liberal ha gobernado en la tierra fraguista durante 36 años de los 42 años de autonomía. Este dato se debe interpretar en clave sociológica. Existe, como podemos comprobar, un voto estructural que está por encima de los fenómenos coyunturales, la organización interna del partido y los líderes de turno. Galicia vota PP y lo hace desde una cultura e ideología conservadora, que valora lo tradicional y el costumbrismo local. Así las cosas, cualquiera lectura – en clave nacional – no tiene mucho sentido para el análisis del resultado electoral. Ello demuestra que las victorias gallegas no se deben personalizar en las figuras de Fraga, Feijóo y Alfonso Rueda. Por encima del carisma del líder y el relato electoral está la estructura social, que ha determinado – una vez más – la victoria del liberalismo en detrimento de la socialdemocracia y sus extremos.

Artículo completo en Levante-EMV

Nebulossa, Hiparquia y la zorra de postal

El otro día, mientras escuchaba la canción de "Zorra", me vino a la mente la figura de Hiparquia. Hiparquia, junto con Diógenes, perteneció a la escuela cínica. La felicidad – dirían aquellas voces si vivieran – sería un asunto de frikis. La anteposición de la libertad personal sobre las convenciones sociales, nos distingue del rebaño. Los cínicos emularon la vida de los perros. Quisieron vivir como ellos. Una vida alejada del mundanal ruido y transgresora con el establishment del momento. Hiparquia se hallaba encarcelada en las celdas del patriarcado. Un patriarcado que, en la Antigüedad Clásica, recluía a las mujeres al ámbito familiar. Las mujeres tenían vetado el derecho al voto. Vetada su participación en la Asamblea y, por supuesto, su presencia en el ágora. Eran, por decirlo de alguna manera, "seres inferiores", en términos aristotélicos. Hiparquia quería reflexionar y saber de filosofía. Tanto que, contra las normas de su época, frecuentaba los banquetes masculinos. En ellos, se mostraba desnuda y practicaba sexo en público.

Nebulossa nos trae, a través de su "Zorra", una lección de cinismo. Cinismo porque esta escuela utilizaba el disfraz y la provocación para denunciar la hipocresía moral. Los cínicos eran transgresores de lo políticamente correcto. Y lo eran  porque estaban convencidos que la vida es individual, única e irrepetible. Pensaban que las normas reprimen a los seres. Este mensaje fue recogido por Freud en "El malestar de la cultura". Nietzsche expresó, en sus escritos, su admiración por los cínicos. Defendió la moral natural y criticó la cristiana. Descartes, por su parte, recomendaba – en sus reglas de la moral provisional – seguir a los más moderados, las leyes y costumbres del lugar. Decía que pasar desapercibido era la mejor posición ante la vida. Una posición que permitía una vida tranquila y alejada de problemas. La "Zorra", de Eurovisión, transgrede la semántica del término. Atenta – si se me permite el verbo – contra el significado de la RAE. Ahora la "zorra", ya no es esa "buscona de hombres", que frecuentaba garitos los sábados a deshora. Ahora es una señora que rompe los barrotes de "la moral femenina". Ahora la "Zorra" es aquella Hiparquia, que reivindica su espacio con los mimbres de la sátira.

La "zorra" es aquella supermujer que, tras siglos de lucha por la igualdad de género, ha destruido a "la mujer". Ha destruido a la "feminidad" que diría Simone de Beauvoir. Ahora, tras el entierro de la otra, es cuando toca la reinvención. Ahora, la mujer se ríe de sí misma, levanta la cabeza y deambula por la selva de los hombres con garras de leona. Esa supermujer es distinta a la de ayer. La mujer de hoy mira atrás, por el retrovisor del feminismo, y observa aquella primitiva que aplaudía los logros del cazador. De un cazador que no le correspondió y no elogió su función. Hoy, la supermujer vive en las aguas de la igualdad. Y desde esas aguas, navega en la persecución de su sueño. Un sueño que cada día es más real y menos onírico. Ahora, la "zorra" se muestra ante el mundo como la ganadora. Anuncia la muerte del patriarcado. Pide su reconocimiento en la contienda. Y lo hace desde la ironía. Una ironía que sirve de disfraz para el ataque. Un ataque que denuncia el tradicionalismo de género. Ahora, con los heridos en el campo de batalla, la zorra se convierte en la líder del corral. Es hora de aplaudir.

Las semillas del vacío

Estamos ante una relajación intelectual que pone en jaque a los ojos de la crítica. El consumo de "reels" (videos cortos en las redes sociales) y titulares está cambiando nuestra forma de relación con la realidad. Existe un aumento de "lo corto" – de lo superficial -, en detrimento de "lo largo" – de lo profundo -. Estamos en un proceso de transformación social. Pasamos de una sociedad analítica a otra sintética. Y esa "sociedad sintética" determina el futuro del conocimiento. La tormenta de cientos de titulares y reels impide una digestión y reflexión sobre los mismos. Esa fugacidad suscita la proliferación de tópicos, prejuicios y estereotipos; tres tóxicos que ponen en riesgo la salud actitudinal de cualquier colectivo. De ahí que la postverdad inunde de suciedad los jardines de la verdad. La vuelta a lo simple, y el auge de rumores, trae consigo corrientes de escepticismo, que merman – de alguna manera – el entusiasmo por aprender. Todo este cóctel, nos conduce hacia la ”desintelectualización”  y  al retroceso.

Más allá de esta amenaza, la sociedad camina hacia lo superfluo. El auge de las redes sociales y el estímulo del "like", nos sitúa ante una especie que mendiga reconocimiento. Un reconocimiento que ha cambiado su diana. Ya no estamos ante el aplauso por la consecución de logros académicos y materiales, sino que cabalgamos hacia lo irrisorio. Se aluden y comentan fotografías de una taza de café, la foto delante de monumentos archiconocidos o simplemente el selfie de alguien ante el espejo de un ascensor. Ese aplauso hacia aquello que nos sitúa en la masa, nos inyecta una autoestima de bajo vuelvo. Otorgamos el beneplácito de la calidad a manifestaciones que cualquiera puede ofrecer. Y en esa cultura, de recompensa hacia lo fácil, están las semillas del vacío. Nos hemos convertido en cultivadores de maleza. Sembramos una tierra de semillas salvajes que, en un medio plazo, solo serán arbustos sin fruto. Una sociedad que invierte en pobreza intelectual, se convierte en un país vagón en lugar de locomotora. Esta situación no tiene signos de frenada. Y no los tiene, queridísimos amigos, porque existe agua en la fuente equivocada.

En la cultura del postureo, de los dientes blancos y los retoques digitales; cualquiera se convierte en un "don alguien". Y ese "don alguien" trabaja, y produce, día a día para perpetuar su título. Para ello, muestra aquella fotografía que selecciona después de decenas fallidas. Muestra su mejor versión a un rebaño de iguales. Estamos ante una admiración de ovejas que caminan por una polvareda. Ovejas, todas blancas, que no son conscientes del lugar del precipicio. Y en esa senda, de estímulos baratos, las grandes plataformas se convierten en los nuevos pastores. Pastores en forma de influencers que recomiendan y asesoran – mediante videos en directo – a su audiencia. Este rebaño, de creadores de contenido, desorienta a los medios tradicionales. El consumidor digital se ha convertido en un director de programa. Él confecciona su tabla de programas y decide cuándo los consume. Un consumo que no respeta franjas horarias, ni pautas de consumo. Ante esta coyuntura – ni mejor, ni peor que la anterior sino simplemente diferente – se necesita, más que nunca, el desarrollo de un pensamiento crítico. Un pensamiento que ponga en valor la necesidad del contraste de fuentes, los orígenes de las mismas y los intereses que las envuelven.

Dignidad democrática

Observo, y lo decía el otro día en X (el antiguo Twitter), que mucha gente se queja de la pérdida de libertad. Sinceramente, no estoy de acuerdo con esta crítica. Antes de reflexionar sobre el tema, debemos esclarecer qué entendemos por libertad. Y en esa averiguación chocamos, de frente, con la pluralidad de definiciones. El ser humano es el animal más libre que existe. Somos más libres que el gato o el ratón. Y lo somos porque, a diferencia de ellos, nuestra conducta no está determinada o, dicho de otra manera, preprogramada. El gusano de seda, sí o sí debe hacer – a lo largo de su vida – el capullo de seda. Nosotros, somos únicos e irrepetibles, y elaboramos nuestro ser desde la toma libre de decisiones. Decisiones determinadas, de alguna manera, por nuestras circunstancias. "Soy yo – decía el maestro Gasset – y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvaré yo". Aún así, hemos renunciado a gran parte de nuestra libertad a cambio de paz y seguridad. De ahí que hayamos construido el ordenamiento jurídico para organizar nuestra convivencia.

La filosofía contractualista – desde Hobbes, Rousseau o Rawls – ha defendido el contrato social. Un contrato de renuncia a la anarquía y subordinación al Estado. Un Estado que ostenta el uso legítimo de la violencia. Existe, por tanto, un compromiso de cumplimiento con las leyes. Leyes, que a su vez, emanan – en los países democráticos – de la soberanía nacional. Dentro de esas leyes, existe una jerarquía entre las mismas. En la cúspide reside la Carta Magna. Una Carta – la Constitución – que porta la transcripción de buena parte de los derechos escritos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Derechos cuyo fundamento no es otro que la salvaguardia de la dignidad. La dignidad, o mejor dicho nuestro valor como humanos, es protegida por un conjunto de derechos sumarios y preferentes. Cualquiera que vulnere el honor del otro, debe resarcir el daño causado. Esa dignidad, más allá de las personas físicas, también se podría extrapolar a cualquier colectivo, ya sea político, sindical, cultural o deportivo, entre otros.

El otro día, sin ir más lejos, se vulneró la dignidad de Sánchez. Los actos acontecidos en Ferraz – la Nochevieja – son un ejemplo de crítica destructiva. Más allá de que una parte de la sociedad no esté de acuerdo con la formación del nuevo Gobierno. Por encima de las decisiones políticas, está – y faltaría más – la dignidad de nuestros elegidos. Existen actitudes como la homofobia, xenofobia, aporofobia, racismo, violencia de género y explotación infantil, entre otras, que vulneran la dignidad. Tales actitudes existen en la sociedad. Existen, y disculpen por la redundancia, corrientes de intolerancia colectiva hacia ciertas personas por su color de piel, lugar de origen, orientación sexual, identidad de género y condición económica. Tales actitudes son los gérmenes que infectan la salud democrática. Son actitudes basadas en la intransigencia, la falta de respeto y la imposición de ciertos pensamientos "únicos". Desde la crítica, debemos denunciar cualquier acto que perturbe el contrato social. Mucha gente confunde libertinaje con libertad.

Si miramos atrás, observamos en muchas manifestaciones culturales – cine, teatro, televisión y literatura – un libertinaje que hoy, tratamos de erradicar. Desde el retrovisor veo escenas cinematográficas que vulneraban, y casi nadie lo cuestionaba, la dignidad de las mujeres, de los homosexuales  y de los pobres. Hoy, algunos llaman censura a esa rectificación de los guiones en las reversiones de los mismos. E incluso, en la música, se escuchan letras que representaban el patriarcado de mediados de los ochenta. Es cierto que lo cultural es un reflejo del carácter de las sociedades. Pero, por encima de todo está la Constitución. Y esa Carta Magna sigue siendo la misma desde la Transición. Ahora, y de ello nos debemos alegrar, se han puesto en valor los Derechos Humanos. Existe, por tanto, una conciencia sobre los mismos. Y esa conciencia exige una sociedad basada en el respeto. En un respeto a la libertad del otro. Mi libertad termina donde empieza la de Jacinto. Y la de Jacinto donde empieza la de Francisco. Y así con cada uno de los humanos que componemos la sociedad. De ahí que, todo no vale en democracia. No valen aquellas conductas que vulneran la dignidad. Y esa dignidad, queridísimos amigos, es como un castillo que entre todos debemos defender.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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