El efecto Casado

El otro día, tras la victoria de Casado, recibí un correo de Alejandro, un periodista de las tripas colombianas. Lector infatigable del Rincón desde hace varios años, quería saber por qué había ganado Pablo en lugar de Santamaría. Desde la politología, la victoria de Casado puede interpretarse, entre otros factores, como la ruptura con el marianismo, la corrupción y todo lo que representa el éxodo de votantes hacia las orillas del morado. Sea cual fuere la interpretación que los politólogos hagamos de este desaguisado, lo cierto y verdad, es que el cetro de Casado no se consiguió por una victoria holgada, sino más bien por un resultado al borde del empate. Aparte de las promesas que tanto Soraya como Pablo hicieran a los cientos de compromisarios, lo que está claro – clarísimo – es que dentro de Génova conviven exaltados – una mayoría de afines a los postulados de Hayek – con moderados – una minoría de afines a los postulados de Rawls -.

Esta división entre la derecha radical y la moderada condiciona, de alguna manera, el camino hacia los próximos comicios. Frente a al centrismo de Soraya, el "pablismo" representa los valores clásicos del conservadurismo. Casado representa, como les digo, la reversión del aznarismo y el fraguismo. La derecha de Pablo es aquella que defiende – según la tradición – el mercado por encima del Estado, la moral cristiana como prioritaria en un país aconfesional, la familia tradicional frente a la pluralidad de modelos de convivencia, y la unidad territorial en detrimento de las autonomías. Casado representa – según se desprende de su discurso – los principios tatcheristas. Principios que pusieron en praxis José María Aznar y Esperanza Aguirre en sus tiempos de mandato. Un gobierno liderado por el delfín de la derecha desembocaría, una vez más, en una España abrazada al credo americano. Una Hispania de muchos pobres y pocos ricos, de apuesta por la educación privada frente a la pública y desmantelamiento del Estado del Bienestar.  Una España, en conclusión, más desigual e injusta en contraste con los resultados de la versión socialdemócrata.

La elección de Casado insufla una bocanada de aire fresco a las filas del morado. Gracias a su cetro, las filas de Rivera recuperan la fuerza de sus sables para conquistar el centro-derecha. Un feudo en barbecho desde que los sorayos perdieron su espacio el pasado domingo. La mancha de Pablo, por las presuntas irregularidades de su máster, deja la puerta abierta al discurso de la corrupción, por parte de Ciudadanos. Con el Pepé dividido entre sorayos y pablistas, la integración de Casado es condición necesaria pero no suficiente para apagar el fuego de cara a los próximos comicios. La victoria de Casado acalla las voces, que atacaban a la derecha por haberse convertido en un partido de carrozas. Ahora, tanto la derecha como "la nueva derecha" – Ciudadanos – cuentan en su haber con dos rostros jóvenes de cara a la galería. El fracaso de Soraya escenifica a una derecha de corte masculino, alejada de los valores feministas y paritarios del partido socialista. El Pablismo sirve a Pedro Sánchez para reforzar su identidad con el voto femenino. Con Casado al frente del Pepé resurgirán los eslóganes del felipismo. Una vez más, la sombra del franquismo vuelve a estar presente en la España del veintiuno. Atentos.

Tras la lectura de Heidegger

El otro día finalicé: "ser y tiempo", la obra más conocida de Martin Heidegger. Cada verano, como saben, lo dedico a la lectura de un clásico de la filosofía. Si el año pasado fue Rorty, este año he optado por el que fuera, según algunos: "el pensador más importante del siglo XX". Aunque políticamente, Martin y yo seamos la noche el día, lo cierto y verdad es que comparto con él, su pensamiento acerca de la temporalidad del ser. Y lo comparto, queridísimos lectores, porque simpatizo con la idea de que somos un trozo de tiempo que navega entre un antes y un después, al que Heidegger llamó "la nada". Gracias a este pensamiento, la vida se presenta como una posibilidad para la construcción de un proyecto, llamado hombre. Este razonamiento, como saben, tira por la borda los planteamientos del pensamiento cristiano. Para Heidegger, la vida nos pertenece. Somos dueños de nuestro destino y por mucho que queramos escapar de él, a través del determinismo religioso, no podemos. Al final de la morada, somos el producto de nuestras propias decisiones.

Tras la lectura de Heidegger encontré laberintos oscuros en la cueva de su pensamiento. La invención de su propio lenguaje, me recordó la crítica de Wittgenstein cuando decía que lo importante del mensaje no son los términos abstractos, sino los términos corrientes.  De qué sirve la utilización de un lenguaje barroco, si el otro no es capaz de decodificar su significado. Es precisamente este barroquismo, en ocasiones ininteligible para el común de los mortales, el que distingue a Martin del resto de filósofos. Aún así, en las oscuridades de sus significantes se esconde un océano de ideas que sirven al filósofo del presente para pensar caminando. Este semillero de ideas, me recuerda muchísimo a la filosofía de Ortega. Como saben, el autor de las masas no fue un pensador de corte academicista sino más bien un ensayista; un intelectual, como diríamos hoy, comprometido con la opinión de su tiempo. Tanto Heidegger como Gasset han sido acusados, por parte de la crítica, por sus ideas políticas. Ambos fueron hijos del franquismo y del nazismo y ambos – y disculpen por la redundancia – nunca denunciaron públicamente las atrocidades del momento.

La temporalidad de Heidegger de alguna manera comparte discursos con la circunstancia de Ortega. El ser humano – como diría Leibniz si viviera – es una perspectiva única e irrepetible de un cosmos, llamado mundo. Así, hay tantos mundos – mónadas en términos leibnicianos – como personas, siendo la suma de todos ellos, el universo. Tanto Ortega como Heidegger comparten la idea del ser único e irrepetible. Tanto es así que Ortega habló de verdades como sinónimo de perspectivas. La verdad, diría el periodista, es la suma de perspectivas. Luego, nunca sabremos la autenticidad de lo cierto, sin escuchar a todas las partes afectadas por lo mismo. Nietzsche zanjó la polémica de la verdad mediante el argumento del poder. Según Friedrich, la voluntad de los poderosos, o dicho más claro, la opinión de las élites es la auténtica verdad. En días como hoy, los únicos que estarían legitimados para decir si algo “es blanco o negro” serían, según Nietzsche, las élites económicas, sociales y políticas. Una vez más, el "cállate que aquí mando yo" sienta las bases filosóficas del autoritarismo. Un autoritarismo que los tres jinetes del pensamiento nunca desmintieron.

Sobre cuevas y moralejas

Tras conocer la noticia de los niños atrapados en la cueva tailandesa, me vino a la mente una conversación que mantuve hace años con Martín, un peluquero de mi pueblo afincado en París. Después de hablar, largo y tendido, de la Francia de Mitterrand, los surcos del diálogo desembocaron en las grutas del dolor. Me confesó que le habían diagnosticado un cáncer de vejiga. Un bárbaro, me decía, que amenazaba con invadir a sus órganos vecinos. Tras varias biopsias y tratamientos incómodos, lo último que sabía de él es que aquel invasor era de los malos. Un vikingo que, tarde o temprano, terminaría con el bastión de su cuerpo; el mismo que siglos atrás acabó con el Imperio Romano. El otro día, casualidades de la vida, me tropecé con él en El Capri. Sentado en la penumbra de la barra, con gafas de pasta y un sombrero como el que llevaba Sherlock Holmes a finales del diecinueve, no dudé ni un instante en que aquel tipo era Martín.

Después de un abrazo acalorado, varios gintónics y el aroma a café de cientos de recuerdos parisinos, me dijo que su cuerpo, por fin, había vencido al enemigo. Después de sufrir tres ciclos de veneno; de que su mujer lo dejara como a un perro abandonado y, después de que los médicos no dieran ni un duro por él. Después de todo eso, cuando los oncólogos le auguraban un año de vida, la tortilla se dio la vuelta de la noche a la mañana. Nadie se explica por qué, pero lo cierto y verdad, es que en los intramuros de su cuerpo no había ni rastro de invasores. La esperanza, me dijo, fue el medicamento que expulsó al villano de su cuerpo. Sin esperanza, sin un palo donde agarrarse, el enfermo se convierte en un barco a la deriva en medio del abismo. Solamente, el poder de la espera mantiene viva la ilusión por la luz en las tripas de la cueva. Después de tanta oscuridad, de tantas noches en vela, las cuestiones metafísicas hacen que la ciencia se acuerde, de vez en cuando, de las cuestiones filosóficas. Mientras hablaba con Martín, los equipos de rescate se empleaban a fondo por salvar, vivos y sanos, a los doce niños y su monitor atrapados en la cueva.

El rescate de los niños tailandeses ha sido, sin duda alguna, un ejemplo vivo de ciertos proverbios chinos. El rescate de la cueva, decía Martín mientras se tomaba el último gintónic, debería servir de referente para miles de mortales que, por desesperación y frustración, viven atrapados en las grutas de sus cuevas. Decía Peter, tras conocer la noticia, que el tabaco terminó con la vida de su padre. A pesar de que el oncólogo le dijo, una y mil veces, que se dejara el maldito cigarrillo; la falta de voluntad – y por tanto de esperanza – hizo que su padre falleciera antes de lo esperado. Si hubiese "aprendido a nadar", si hubiese confiado en "las palabras de los buzos" y, si hubiese visualizado la luz al final del túnel; quizás hoy, otro gallo hubiese cantado, en las quinielas de su sino. Aunque Frank de la Jungla diga que los niños tailandeses y su entrenador no son héroes nacionales; lo cierto y verdad, es que esta historia de angustia y desesperación ha sido, y será, un ejemplo vivo de lucha contra los miedos, de autocontrol ante la adversidad, de calma y esperanza contra los avatares de la vida. Bravo.

El canto de los grillos

El otro día, no podía conciliar el sueño. El calor sofocante y el ruido de mi mente impedían que la calma secuestrara el control de la vigilia. Así, tras varias horas en vela, decidí romper el castigo de la tortura. Tomé un par de galletas y un vaso de agua fría, le puse el collar a Diana, y salimos a la calle en búsqueda de sosiego. Mientras paseaba a la perra, los hombres de la basura hacían su trabajo bajo la mirada de las estrellas. El maullido de los gatos se entremezclaba con el aroma a café, que desprendía El Capri a las dos de la madrugada. Entre las siluetas de la barra había una señora de rizos azabaches, brazos desnudos y escote galopante. En la puerta, un señor descamisado intentaba arrancar su Vespino con una copa en la mano. Por la acera de enfrente, Manuela – la mujer del barrendero – limpiaba los portales a la luz de la farola. Mientras andaba, el silencio de la noche contrastaba con el llanto de las hermanas de Fernando.

Desde la calle, se veía el ataúd del banquero entre la penumbra de la cortina. En la puerta, varios señores hablaban de las sinrazones de la vida. Las ojeras de María reflejaban el dolor que se siente ante la pérdida del otro. Por mucho que queramos parar el reloj de la pelea, tarde o temprano, las pilas se acaban en medio de la partida. Mientras besaba a la viuda, el frío de su mejilla invadió de gusanos el ladrido de mi estómago. Supe que a veces el silencio es más potente que miles de trompetas en medio de la nada. Solamente el tiempo, el maldito tiempo cura las heridas por la pérdida de los vivos. La distancia es, en estas ocasiones, la única medicina para la reconstrucción del camino. Mientras me despedía de María, Diana jugaba con un par de cartones que había encontrado por el suelo. A lo lejos de la calle, las luces del semáforo se entremezclaban con el canto de los grillos.

El crepitar de los fogones atraía a los madrugadores hacia los mostradores de Manolo. Muchos agricultores acudían a la panadería a comprar sus carbohidratos para la jornada siguiente. El calor sofocante invitaba a los marrones a tomar el carajillo en las orillas de El Capri. Allí, se juntaban los hermanos García, Antonio y Ernesto, el capataz de la cuadrilla. Allí hablaban de árboles, de agua y de las enfermedades que padecen cientos de limoneros. El "amor de tiza" y el "déjame" de los Secretos, entre otras reliquias del pasado, acompañaban a Peter en su trance por la noche. En la barra, la señora de rizos azabaches inundaba sus penas con los tragos del gintonic. Tras varias riñas con su esposo, El Capri se había convertido en la única salida para proteger su cordura. En la barra yacía un periódico viejo, de esos que llevan manchas de café y arrugas en las equinas. Mi perra quería irse de allí, me miraba, me ladraba. Era hora de ir a dormir.

Sobre retos y sanchismo

Desde que Pedro Sánchez empuñó el cetro de La Moncloa, el Pepé se encuentra en paradero desconocido. Así las cosas, el acuerdo entre sanchistas, podemitas y nacionalistas está siendo un camino de rosas para la carroza de la izquierda. En días como hoy, el rifirrafe entre Soraya, Cospedal y Casado ha dejado al hemiciclo huérfano de crítica. La dimisión de Màxim por sus irregularidades con Hacienda, el rescate del Aquarius, el acercamiento de los políticos presos a las cárceles de Cataluña, la exhumación de los restos de Franco y la politización de RTVE son, entre otros menesteres, asuntos invisibles para la derecha destronada. Ante esta laguna democrática, la crítica intelectual no puede pasar de puntillas. Por ello es necesario que se analice, de forma constructiva, la praxis del Gobierno y el desempeño de la oposición como vigilante del Ejecutivo.

Si se celebraran hoy elecciones generales, según reza el titular de Marhuenda, el PSOE las ganaría y empataría a escaños con el PP. Con estos mimbres, el PSOE volvería a gobernar gracias al beneplácito de Ciudadanos – algo muy poco probable – o con el apoyo de Podemos y los nacionalistas. Así las cosas, si el Pepé no se espabila tenemos sanchismo para rato. Y lo tenemos, queridísimos lectores, porque Pedro está cumpliendo con los plazos en el pago de su factura. Aparte del gesto migratorio, una cuestión puntual y de índole humanitaria, el primer mes del sanchismo está sirviendo para atar los nudos de su futuro. Gracias a esos nudos – a cada uno lo prometido, según lo convenido -, el PSOE puede convertirse en un referente de la izquierda a nivel europeo. Un referente real, en contraste con la izquierda blanda de Hollande, que resucite el Estado del Bienestar. Un Estado del Bienestar moribundo por el tatcherismo de Rajoy y el pliegue a los dictámenes de Merkel.

El acercamiento de los políticos presos a las cárceles catalanas abre un punto de inflexión en la cuestión separatista. La vía del diálogo, dentro de los mimbres de la Constitución, resulta una vía adecuada para enderezar el caballo desbocado del catalanismo. Solamente mediante una entrada en razones, mediante concesiones de baja intensidad, se podría encajar la pieza de Cataluña en el puzzle nacional. Otra reforma del Estatut, siguiendo la senda de Zapatero, sería la opción menos mala para calmar la crispación en las aguas de Barcelona. Por ello, los guiños de Sánchez a Torra, suponen una bocanada de aire fresco a un problema, cuya solución va más allá que la aplicación del 155. El dicho popular: "si no puedes con el enemigo, alíate con él", se convierte, hoy más que nunca, en una receta necesaria para coser el descosido. Con los catalanes contentos, el PSOE conseguiría combustible para la contrarreforma de la Lomce, el decretazo de Báñez y otras perlas del periplo marianista.

La duración del sanchismo dependerá de lo bien que se porte Pedro con Podemos. El trofeo de RTVE a las filas moradas será, sin duda alguna, otro reto de Sánchez para seguir en La Moncloa. Aunque en la oposición, tanto podemitas como socialistas hayan criticado, por activa y por pasiva, la politización de la cadena pública. Una vez en el Gobierno, el cura ya no se acuerda de cuando fue monaguillo. Así las cosas, por muchas vueltas que le demos a la tortilla, lo que está claro – clarísimo – es que el próximo dirigente de RTVE no va a ser del Pepé. Aunque de cara a la galería, la televisión pública – la de todos – tiene que ser plural, libre e independiente; todos sabemos que ningún gobernante, por muy imparcial que fuera, arrojaría piedras contra su propio tejado. Con RTVE en las manos de Podemos, el PSOE conseguiría atar otro nudo para amarrar su futuro.

Este precio del sanchismo es el adhesivo necesario para que Pedro se consolide como un líder carismático, más allá de sus fieles de partido. Gracias al pago de la factura nacionalista y podemita, el tallo de la rosa vuelve a crecer en los prados de la izquierda. Con Pedro a la cabeza, la izquierda de Rajoy vuelve a hablar de memoria histórica, de educación para la ciudadanía, de pobreza infantil, de laicismo, de subvenciones europeas y de un sinfín de temas que, con la derecha en La Moncloa, fueron olvidados por la frivolidad de su trato. Así las cosas, el sanchismo puede ser una oportunidad para liderar la recuperación de los valores postindustriales, reducir la desigualdad, resucitar a Keynes, ser el eco del feminismo y, lo más importante de todo, ahuyentar el fantasma del populismo. Solamente falta, las Fake News y las prácticas maquiavélicas no hagan de esta aventura un entierro sin cadáver.

Los huesos de Franco

Con la Ley de Memoria Histórica sobre la mesa, el Valle de los Caídos no debería contemplar los restos del caudillo. Y no los debería, queridísimos lectores, porque allí están enterrados más de treinta mil combatientes provenientes de ambos bandos. Mientras rojos y nacionales perdieron sus vidas en la Guerra Civil, el generalísimo falleció, cuarenta años más tarde, por causas naturales. Es precisamente esta diferencia causal entre los huesos de la contienda y los restos de Francisco; la que invita a la crítica a defender su destierro. El monumento a la conciliación entre los buenos y los malos no debería alojar al artífice de la dictadura. Con sus restos por en medio, el monumento guarda paralelismos con los templos egipcios. Templos, como saben, construidos para rendir tributo a los antojos del tirano.

Tras la exhumación del caudillo, el principal problema reside en analizar el sino de los Caídos. Con el Informe Brincat por en medio, el monumento debería ser un símbolo de denuncia contra los Derechos Humanos. No olvidemos que la obra fue construida por miles de prisioneros políticos. Prisioneros provenientes del bando republicano, que trabajaron como esclavos en el valle de Cuelgamuros. Así las cosas, la propuesta que hizo Leo Brincat – allá por el año 2006 – fue construir un museo educativo. Un museo subterráneo, que sirviera para recordar a los miles de turistas cómo se construyó la belleza que les detiene. En esta controversia sobre el sino de los Caídos, la Iglesia se opuso a la idea de Brincat. Para el poder de las sotanas, el Valle debería ser un lugar de respeto hacia las víctimas, alejado de exaltaciones e intereses políticos. Esta propuesta, de corte religioso, es la que posteriormente recogió la Ley de Memoria Histórica. Aclarado el sino de los Caídos, faltaría por contemplar qué se hace con los restos de Francisco.

Hace años, un señor de mi pueblo me decía que deberían existir cementerios para "las glorias del pasado". Cementerios para los huesos de dictadores, generales, cardenales y "peces gordos" que, por hache o por be, hubieran saboreado la erótica del poder a lo largo de sus vidas. En ese lugar, de tintes imaginarios, los restos de Franco tendrían su lugar adecuado. En dicho camposanto, los interesados acudirían expresamente a su panteón, sin necesidad de esquivar los "huesos del enemigo". Cada año, como saben, miles de turistas deambulan por el interior de los Caídos, sin saber a ciencia cierta, el significado de la obra. Así las cosas, Franco debería ser enterrado en un lugar inequívoco. Un lugar donde los visitantes acudiesen para recordar a su mesías, sin ambigüedades por en medio. No olvidemos que la figura de Francisco, por mucho que a la mayoría nos moleste, forma parte de nuestra historia reciente. Cuarenta años de Nodos, de tricornios y monaguillos; no se evaporan del ideario colectivo de la noche a la mañana. Y no se evaporan, queridísimos lectores, por mucho que Franco siga enterrado en el Valle de los Caídos o en el cementerio de mi pueblo.

Sobre Gregorio y la sucesión de don Mariano

Tras un mes sin tomar café en El Capri, ayer me dejé caer por allí. Necesitaba, la verdad sea dicha, una inyección de cafeína para despertar las neuronas de mi patio. En la barra estaba Gregorio, el marido de Francisca. Estaba sin hablar con él desde que el Pepé ganó la partida a las filas de Zapatero. Tras varios años, veraneando en la piscina de mi pueblo, me dijo que en agosto, por fin, se iba con su mujer y los críos a las tripas de Sevilla. El gran problema era su coche, un Seat Toledo de los años de Felipe; con más kilómetros que los trenes de la Hispania del exilio. Aunque su coche había pasado la ITV y estaba al corriente de los cambios de aceite, no sabía, a ciencia cierta, si resistiría ocho horas de asfalto en plena travesía del desierto. Le dije que la calidad del viaje era un requisito importante, para que el hechizo no se rompiera antes de la media noche. Afiliado al PSOE desde que falleció su abuelo, me preguntó acerca del Gobierno y la deriva pepera.

Ni Casado, ni Soraya, ni Cospedal; lo que el Pepé necesita, me dijo, es adaptar su ideología al siglo XXI. Hace falta un líder que vaya más allá de la unidad de España, los privilegios a la Iglesia y el culto a los pudientes. En días como hoy, la cuestión territorial y religiosa no se arregla con la imposición del Estado de Derecho. Y no se arregla, porque Torra continuará erre que erre echando leña a la hoguera separatista. Es necesario diálogo, ir por las buenas más que por las malas, para que, de una vez por todas, Cataluña encuentre su rima en la estrofa de las autonomías. Una derecha flexible, alejada de las rigideces del fraguismo, cortaría el éxodo de votantes a las filas de Ciudadanos. Tanto Soraya como Cospedal representan el marianismo tardío. Representan los papeles de Bárcenas, la imposición de la Lomce, las ruedas de prensa sin preguntas, el caso Gürtel y los daños de la Mordaza. Casado podría ser un buen activo, si no fuera por las dudas que se vierten acerca de su mérito y esfuerzo en la consecución de su máster.

Hace un mes, quién le iba a decir a Rajoy que tal día como hoy, estuviera revisando escrituras en el registro de Santa Pola. Ha sido todo tan rápido, que la maquinaria del Pepé no está en condiciones para superar el duelo sucesorio. Tras el dedazo de Aznar, la derecha se ha convertido en el Seat de Gregorio; un coche antiguo para los asfaltos modernos. La moción de censura ha supuesto un jarro de agua fría para el tradicionalismo pepero. Tanto es así, que sus engranajes internos no están preparados para afrontar la sucesión de don Mariano, más allá de la fórmula aznariana. Así las cosas, el sucesor de Rajoy será elegido por un raquítico censo de afiliados, solo siete de cada cien censados – aproximadamente 66.000 militantes – están inscritos en la lista de votantes. Una cifra ridícula para un partido que cuenta, supuestamente, con 800.000 carnés de fieles a su doctrina. La desafección de la militancia ante la sucesión de su líder, pone en evidencia la enfermedad que padece un partido que, hasta hace poco, gobernó España a golpe de rodillo. Con estos mimbres, el sucesor de Rajoy se convierte en un líder débil para representar a los suyos. Recuérdese que, probablemente, más del noventa por ciento de los militantes callarán como tumbas el día de las urnas.

Cultivar la crítica

Aunque Ortega y Gasset no sea santo de mi devoción, reconozco que comparto con él, su teoría de la verdad. Como saben, el intelectual del Novecentismo defendió las verdades relativas en detrimento de las absolutas. Existen, decía, tantos relatos de la realidad como seres hay en el mundo. Así las cosas, sin nada seguro donde agarrarse, el sujeto debe ser capaz de componer su verdad con la suma de perspectivas. Para conseguirlo, para separar la paja del trigo, es necesario el desarrollo de un espíritu crítico. Un espíritu crítico, como les digo, para discernir entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo racional y lo emocional y, lo más importante de todo: los dichos y los hechos. En la Hispania del presente, el modelo periodístico, que marca las sendas de la opinión pública, converge con los prismas orteguianos. Sin embargo, la niebla de las ideologías, las afiliaciones e identidades de partido impiden, en la mayoría de los casos, el desarrollo de una cultura crítica plural e independiente.

En las últimas semanas, he recibido correos de lectores y lectoras enfadados conmigo. Lectores, como les digo, cabreados porque en Facebook, sobre todo, comparto noticias de "medios antagónicos". A diferencia de la mía, La mayoría de páginas en las redes sociales guardan una línea ideológica. Así las cosas, es muy poco probable que Ignacio Escolar, por poner algún ejemplo, comparta artículos de Marhuenda, o de otras cabeceras procedentes de la caverna. En mi caso, sin embargo, los tiros van por otros derroteros. La crítica, como subgénero periodístico, se distingue por la visión antropológica de los dichos y los hechos. Una visión transversal, más allá de los sesgos editoriales del modelo mediático que nos envuelve. A muchos lectores, alienados por sus surcos ideológicos, les molesta la lectura de relatos críticos, que vayan en contra de sus esquemas perceptivos. Así las cosas, no entienden, no comprenden, por qué en una misma página convergen polos antagónicos. Tanto es así, que han llegado a insultarme por mezclar churras – titulares de Inda, por ejemplo – con merinas – noticias de Público, por ejemplo -.

Hace años escribí, en los pergaminos de este blog, "El Pensamiento Atrapado", un post que criticaba la maquinaria de la opinión pública. Dije que la lectura de fuentes antagónicas era, y es, necesaria para desarrollar el espíritu crítico. Sin contraste, por en medio, el intelecto corre el riesgo de desembocar en las orillas del fanatismo. Tanto es así, que quienes están en ese trance desarrollan mecanismos de defensa para justificar las fechorías de sus partidos. Las cataratas del conocimiento impiden al fanático ejercer la autocrítica en momentos extremos. Así las cosas, este blog no goza de una amplia masa lectora, en contraste con otros medios de pedigrí ideológico. Los medios de pedigrí, aquellos que nunca arrojarían piedras contra su propio tejado, se convierten en un caldo de cultivo para la cocina de las Fake News. Ante este paradigma de medios alineados con corrientes ideológicas, es necesario que exista una alternativa, de medios independientes que despierten a muchos lectores de su ceguera. Si todos despertaran, si la gente de izquierda consumiera medios de derecha y viceversa, otro gallo cantaría en los mentideros políticos.