Madrid en la encrucijada

El otro día, Alejandro – un periodista de las tierras colombianas -, me preguntaba acerca del máster de Cifuentes. No entendía, por qué la presidenta madrileña continuaba el sillón, a pesar de la gravedad de los hechos. Gran seguidor del Rincón, desde los tiempos de Bárcenas, defendía que Cristina ya era historia para las siglas de su partido. Tras hablar con Alejandro, me dejé caer por El Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, una inyección de cafeína para despertar la vaguedad de mis neuronas. Tras saludar a Manolo, hablé con Peter sobre el futuro de Cifuentes. Peter nació en Madrid, se crió en el barrio de Vallecas, hasta que, por circunstancias de la vida, terminó en los intramuros de mi pueblo. Según él, la renuncia al máster, por parte de Cristina, no convence a quienes tienen dos dedos de frente. Aunque la presidenta haya pasado todo "el marrón" a la universidad; lo cierto y verdad, es que las turbinas de Ignacio han probado sus mentiras. Y un político que miente, en palabras del borracho, no está "legitimado" para acariciar el cetro.

Por dignidad política, Cifuentes debería preparar las maletas. Las debería preparar como hizo Francisco Camps y Pedro Antonio Sánchez en su día. Esta opción, este autosacrificio político, sería un regalo formidable para las filas de Rivera. La dimisión de Cristina serviría para que la gaviota siguiera volando por el cielo de Carmena. Si dimitiera Cifuentes, estaríamos ante el mismo escenario que en Murcia: "rey muerto, rey puesto". Ahora bien, esta dimisión – y posterior recambio – no afectaría a la "marca blanca de la derecha". Ciudadanos seguiría impoluto de cara a las próximas elecciones autonómicas y locales; como lo hace en la región de Murcia desde el recambio de Pedro Antonio por López Miras. Esta opción, la caída de Cifuentes sería la menos mala para el establishment de Ciudadanos. Ahora bien, Cristina pasaría a la historia como aquella mujer que utilizó sus contactos para conseguir un máster, que a psoteri renunció. Una síntesis que tiraría por la borda sus aspiraciones, en caso de que las tuviera, a conquistar La Moncloa o apoderarse de Génova.

La moción de censura, en el caso de que contase con el apoyo de Ciudadanos, sería un suicido político para las filas de Rivera. El pacto antinatura entre rojos, naranjas y morados solo beneficiaria a Gabilondo de cara a las próximas autonómicas. Gracias a la moción, la Comunidad de Madrid – gran bastión del Pepé – pasaría a las manos de la izquierda; una humillación en toda regla para los nostálgicos de Aguirre y simpatizantes de Cifuentes. Así las cosas, Ciudadanos trata de ganar tiempo para salvar su pellejo de cara a la encrucijada. Mientras los medios continúen erre que erre con el caso del máster, Ciudadanos verá más cerca el desplome de Cristina. Ahora bien, si el ojo mediático se enfocara hacia la moción – algo muy probable ante "el desgaste del máster" -, las filas de Ciudadanos tendrían que decantarse entre: apartarse del camino, o votar la censura de Cristina. En caso de que esta votación llegara a buen puerto, Ciudadanos gobernaría con el PSOE y Podemos contra el argumentario de su partido. De cara a un futuro inmediato, muchos votantes del naranja, procedentes del marianismo, volarían a su nido como expresión de castigo. Un escenario nefasto para la celebración de un segundo matrimonio entre el Pepé y Ciudadanos.

Las migajas de Montoro

Las zanahorias de Montoro no han acallado a los pensionistas de Rajoy. Con el grito unánime: "hay que echar al Partido Popular", miles de "mayores" claman por la dignidad de su descanso tras su vida laboral. El envejecimiento de los españoles, en palabras del letrado, no justifica el recorte de pensiones. En días como hoy, la tercera edad llora el empobrecimiento de su figura ante la Fuente de Cibeles. El sistema de bienestar mediterráneo se distingue por la polarización de sus prestaciones, el bajo interés por la pobreza infantil, la inserción sociolaboral de los jóvenes y el cuidado de los niños. Estamos, como diría Jacinto si me leyera, ante un sistema de pensiones, que reproduce los sesgos sistémicos del mercado laboral. Un mercado dividido entre "outsiders" – trabajadores fijos y bien remunerados – e "insiders" – trabajadores temporales y mal pagados". Esta dualidad entre cuellos blancos y azules es el veneno que subyace en el tallo del marxismo cotidiano.

El problema de las pensiones, aparte de la cuestión aritmética, no es otro que la determinación estructural del mercado laboral. Mientras los trabajadores de primera, – aquellos que cuentan con contratos indefinidos y se ubican en los cuadros medios de las empresas -, disfrutan de pensiones generosas, acordes con su vida laboral; los trabajadores de segunda – aquellos que se sitúan en las cloacas del precariado – cuentan con prestaciones próximas a los umbrales de pobreza. Es precisamente esta desigualdad sistémica entre unos y otros; la que pone en evidencia la fragmentación del pensionismo. El retraso de la edad de jubilación a los 67 años fue una condición necesaria, pero no suficiente, para enderezar la supuesta insostenibilidad de las pensiones. Mientras no arreglemos las grietas de los cimientos, no desperecerán los desperfectos del tejado. Para ello, para conseguir "pensiones dignas" se necesita la implicación de los agentes sociales y el esfuerzo ciudadano. Hace falta una Huelga General que diga "basta ya" al precariado laboral del Partido Popular. No olvidemos que el crecimiento del empleo, en condiciones de precariedad, es comida para hoy y hambre para mañana.

Nuestro sistema de pensiones desembocará, tarde o temprano, en el sistema liberal de Estados Unidos. Un sistema de corte asistencial, donde los cuasimercados y el principio de elegibilidad fundamentan su sentido. Desde que comenzó la crisis económica, el desmantelamiento del Estado del Bienestar ha tambaleado los cimientos del Suarismo. Gracias al familiarismo – al "colchón" y la solidaridad familiar -, la Hispania de Rajoy está a años luz de los mendigos de Nueva York. Si no fuera por la solidaridad intergeneracional, la España del ahora sería – otra vez – el país que lloró las penurias del franquismo. Desde la crítica deberíamos reivindicar una mirada hacia el modelo escandinavo. Un modelo basado en la universalidad, generosidad y calidad de la acción protectora. Este modelo, de corte socialdemócrata, se sostiene gracias a la losa de los impuestos. El envejecimiento de nuestra población, la delgadez de la población activa y la dualidad del mercado de trabajo condenan a los pensionistas a hacer malabarismos para llegar a fin de mes. Aunque la medida sea impopular; aunque los partidos no intenten ponerle el cascabel al gato; la subida impositiva es la única vía para que las pensiones asciendan al rango que se merecen.

Otra medida, buena para los mercados y cómoda para los políticos, consiste en derivar al ciudadano hacia planes de pensiones. La combinación entre sistema de reparto y capitalización privada sería posible, si el salario mínimo subiera más allá de la barrera psicológica del mileurismo. Con hipotecas de trescientos euros de media, a treinta años a la vista; letras de coche; cesta de la compra; vestido y un sinfín de gastos imprevistos es irresponsable, por parte de Rajoy, incitar a los plebeyos a ahorrar como nobles para el día de mañana. Ante esta imposibilidad material, ante esta desfachatez política de pedir peras al olmo; el tejido sindical debería actuar de inmediato. Hay motivos, más que suficientes, para vehicular una Huelga General. Una huelga para que el crecimiento económico repercuta en el bienestar de los trabajadores. Hace falta que la contratación no sea solo una cuestión cuantitativa sino cualitativa; que las categorías profesionales esculpidas en los contratos se correspondan con las funciones desempeñadas en los puestos de trabajo y, que las horas del papel sean las mismas que se cuecen en las máquinas de las empresas. Hace falta que se le ponga fin a la brecha salarial entre hombres y mujeres. Y hace falta, mucha falta, que los sindicatos se muevan como liebres para que se produzca una contrarreforma laboral. Si no se hace, si se sigue de brazos cruzados, el pensionismo de este país no tendrá otra que conformarse con las migajas de Montoro.

El síndrome de Diógenes

Aunque don Juan Carlos dijera que la ley es igual para todos; lo cierto y verdad, es que el dinero y las oportunidades van cogidos de la mano. Mientras las clases pudientes disponen de poder adquisitivo para elegir las mejores escuelas y hospitales, las caras marrones del capital solo disponen de la espera y la agonía ante un Estado del Bienestar desmantelado. La igualdad que proclama, a bombo y platillo, el artículo 14 de la Constitución Española no se corresponde con los prados de su praxis. Si Cristina Cifuentes no hubiese sido delegada del Gobierno, otro gallo hubiera cantado en los corrales del paraninfo. Es precisamente el poder de su figura, el que mancha de vergüenza a la élite de los libros. Desde que se conoció el escándalo por los escribas de Ignacio, el prestigio de la universidad ha caído por los suelos. En días como hoy, las sombras del clientelismo han vislumbrado las siluetas del cortijo. Un cortijo de políticos indecentes, que tejen sus curriculums con las agujas de la mentira.

Mientras la familia de Pepito, por poner algún ejemplo, hace malabarismos para que su hijo sea alguien de provecho el día de mañana; otros, sin embargo – por su condición de políticos – consiguen llegar a la meta sin el sudor de sus frentes. Es precisamente, este doble rasero de medir a los alumnos, el que tira por la borda el mérito y el esfuerzo que proclama la derecha. La misma derecha que tejió de forma unilateral la LOMCE, una ley basada en el darwinismo educativo y que hoy, varios años después de su vigencia, sigue en pie como el Coliseo de Roma. El poder universitario nunca debió flirtear con la desigualdad de los alumnos; una desigualdad que nos invade desde que las murallas cerraron las ciudades y nacieron los guerreros. Ante este desaguisado, las lecciones de Maquiavelo son puestas en valor por los discípulos de Mariano. Lecciones de ética política donde el fin justifica los medios sin importar sus efectos. Fines consistentes en la construcción del interés personal a costa de las oportunidades del sistema. Un sistema de pillos y granujas que nos recuerda, las verdades que dijo Quevedo a través de su Buscón. ¿Dónde está la decencia?, en la tumba; contestó la criada.

Ante este panorama de firmas falsificadas, exámenes invisibles y diplomas a la carta; se deben vehicular soluciones. Soluciones para evitar que España se ponga a la cabeza de los países más corruptos de Europa. Desde la crítica, deberíamos exigir una Ley de las Buenas Prácticas Políticas. No es de recibo que la dimisión de un político sea una decisión individual o una cuestión de partido. Por encima de los políticos y sus estructuras hace falta un instrumento legal, una barra de medir,  que imponga responsabilidades y sanciones a quienes, por la oportunidad de su cargo, vulneren las reglas de juego. Así las cosas, la regulación de la corrupción debería servir para que, señoras como Cifuentes y el director de su máster dejen sus sillas ante la ruborización por los hechos. Sin ley mediante, la ética política se convierte en algo relativo. Una ética alejada de los prismas kantianos, y desprovista, por tanto, de criterios universales. A día de hoy, el mareo de la perdiz sirve a las élites corroídas para ganar tiempo en las tablas del hemiciclo. Si nadie dimite, si nadie rinde cuentas al pueblo por todo lo sucedido; Hispania se convertirá, tarde o temprano, en una casa de prostitutas infectada por el síndrome de Diógenes.

El periodismo roto

Tras tomar café en El Capri, leí la entrevista realizada por Arturo Tena a Soledad Gallego-Díaz, periodista con más de 40 años de experiencia en las turbinas de El País. Aparte de las felicitaciones por obtener el Premio Ortega y Gasset a su trayectoria profesional, la entrevista versa sobre la crisis del periodismo en la era digital. Como saben, Internet; las Fake news; las postverdad y la precariedad laboral son, entre otros, los retos que comprometen el futuro del periodismo. Estamos, como dijo Saramago, ante un "overbooking" de información. Un caos informativo donde cada vez resulta más difícil reflexionar sobre la fugacidad de los hechos. Este bombardeo continuo de titulares al unísono bloquea el intelecto e impide el desarrollo del espíritu crítico. Las redes sociales se han convertido en una jungla de miles de titulares repetidos.

Es precisamente esta fugacidad de la información, la que terminará hundiendo a los tigres de papel. En días como hoy, los medios digitales son los únicos capaces de hacer frente a la lentitud de las cabeceras tradicionales. La supervivencia del pergamino depende de la calidad de los escritos. Por mucho que se esfuerce la tortuga nunca adelantará a la liebre; por ello, nadar contracorriente – en términos periodísticos – es una garantía de fracaso. En días como hoy, falta más interpretación y menos información. Más interpretación implica ir más allá del columnismo tradicional. Estamos, como bien dijo Sánchez Cuenca en La Desfachatez Intelectual, ante un conjunto de "figurones", de literatos y tertulianos de plató, que no aportan un análisis riguroso sobre el hecho informativo. Hace falta, como saben, más politólogos y menos novelistas en la prensa escrita. El renombre de un novelista no legitima su discurso acerca de acontecimientos políticos, tales como: el independentismo catalán o las crisis de gobierno.

En la entrevista a CTXT, Soledad alude a las suscripciones de pago de los medios digitales. La paradoja de la suscripción reside en que los lectores están dispuestos a pagar información, que pueden obtener de forma gratuita. Así las cosas, The Guardian, en palabras de Gallego-Díaz, es "capaz de dar toda su información gratuita y al mismo tiempo tener muchos suscriptores. Más de 500.000 personas pagan por algo que pueden tener gratis". Desde hace años, llevo planteándome convertir el Rincón en un medio de pago. Normalmente, las cosas son gratis cuando carecen de valor; cuando nadie está dispuesto a pagar por algo; es cuando opera el mecanismo de la gratuidad. Esta pérdida de valor del periodismo presente explica, de alguna manera, su precariedad laboral. Como saben, antes escribía en periódicos. Una tarea que me reportaba prestigio y altas dosis de autoestima. Tras varios años sin cobrar un duro, decidí salirme de las miserias del vertedero. Aún así, de vez en cuando, recibo llamadas de medios de renombre ofreciéndome columnas a cambio de la nada.

Hace falta una toma de conciencia mediática para que el sector recupere su valor. El canibalismo entre los medios; la prostitución informativa y, sobre todo, las noticias falsas son comida para hoy y hambre para mañana. Si la información fuera de pago, la cultura lectora de este país cambiaría hacia otros derroteros. El público sería más exigente con la función del periodista, y ello repercutiría en la calidad de los escritos. Por estas razones, algún día – no muy lejano – el Rincón de la Crítica se convertirá en uno de los primeros blogs de pago. Una decisión arriesgada, pero necesaria, para crear una masa de lectores exigentes que vaya más allá de la pasividad del momento. Gracias a este cambio de cultura, el Rincón conseguiría el compromiso imprescindible para contribuir con rigor a la sociedad del conocimiento. El consumo de una información de calidad, plural, libre e independiente; solo se conseguirá mediante lectores soberanos. Mientras no lo hagamos, seguiremos asistiendo al funeral de lo mediático.

De cetros y Cifuentes

Mientras Annette Schavan y Karl-Theodor, ministros de Gobierno de Merkel, dimitieron por plagiar sus tesis doctorales allá por el año 2013,  "la rubia de Madrid" se atornilla al sillón; a pesar del escándalo de su máster. Es precisamente este contraste de paradigmas, el que invita a la crítica a reflexionar sobre el asunto. El Watergate español, como así se conoce el caso Cifuentes en los lagos internacionales, sitúa al periodismo en el lugar que se merece. Las palabras de Owell: "periodismo es publicar lo que alguien no quieres que publiques" reflejan el poder del periodista ante las Fake News del veintiuno. Una vez más, la España de Antonio Herrero y del antiguo Diario16 vuelven a la palestra en la Hispania del ahora. Una Hispania de pillos y granujas, donde la astucia del guante blanco es aplaudida por el credo americano. Con tales mimbres sobre la mesa del cadáver, el olor a brujería inunda de veneno la pureza del desierto.

La supuesta falsificación de las notas, en el máster de Cifuentes, hiere de muerte la honorabilidad de las togas. Togas negras y solemnes se convierten en el hazmerreír de sus discípulos. Ante tanta insensatez, "la rubia de Madrid" resiste como una estatua los embates de la cuestión. La prueba del algodón, como diría aquel anuncio publicitario, no responde ante los ojos de la crítica. El Trabajo Fin de Máster continúa invisible ante el silencio del paraninfo. Un silencio incómodo, de esos que surgen cuando los amantes se cruzan en la ruinas del tanatorio. La invisibilidad de Cifuentes, ante sus compañeros de máster, pone en jaque la verdad de sus palabras. El tráfico de influencias, en palabras del verdugo, hace que quienes tienen dinero ocupen los cargos de los listos sin padrinos. Es precisamente esta injusticia de la vida, la que siembra de espinas las sendas del camino. Un camino fácil para los bienaventurados y difícil para los hijos del barrendero. En los tiempos de Franco solo los "hijos de", aquellos que sus padres tenían amiguetes entre los correveidiles del caudillo, conseguían, con limones y conejos, llegar a ser gente importante a pesar de la flojedad de su talento.

El arte de la palabra no es suficiente para convencer a los plebeyos. En días como hoy, Hispania sabe leer. España ya no es el país en blanco y negro del ayer. Sin los hechos – sin la prueba por en medio – no hay credibilidad del acusado. Una credibilidad necesaria para que la Presidenta de Madrid y el rector del paraninfo permanezcan con el cetro. En momentos cruciales, decía el búho desde lo alto de la rama, es cuando las personas se quitan el disfraz del personaje. Las dudas de Ciudadanos acerca de la moción de censura a Cifuentes, tiran por la borda el respeto hacia el naranja. Las piedras sobre el mismo tejado nunca fueron bienvenidas por los socios de Gobierno. El tráfico de influencias y sus horribles consecuencias resulta nefasto para la salud democrática. En las tierras de Merkel no hizo falta llegar hasta tantos derroteros; la vergüenza del pillado con las manos en la masa, fue condición suficiente para arrojar sus galones en el campo de batalla. No hizo falta retórica, ni noticias al unísono.

De encuestas y conjeturas

El otro día, mientras paseaba por las calles del vertedero, comprobé que la mayoría de las encuestas, otorgaban la victoria a Ciudadanos. La opinión pública habla de giro al centro, de fin de ciclo y de hecatombe del Pepé de cara a las próximas generales. Desde que se formó la Gran Coalición a la alemana – la Triple en A, en términos de Podemos -, lo cierto y verdad, es que no se han hecho reformas de calado; no se ha logrado el Pacto Educativo, ni se han realizado grandes hazañas en cuanto al Pacto por la Violencia de Género. Desde que Rajoy gobierna en minoría, los pensionistas han salido a la calle y las mujeres han dicho basta a la brecha salarial, a través de una huelga laboral. Durante esta legislatura, la cuestión catalana y su correlativo artículo 155 han acaparado el discurso político de nuestros días. Estamos, como dirían algunos, ante un gobierno, maniatado por la lógica del pluralismo, que no toma decisiones trascendentes ante problemas importantes. Entiéndase por importantes, entre otros: el paro juvenil, la precariedad laboral, la brecha salarial, el pacto educativo y las listas de espera en sanidad, por ejemplo.

En días como hoy, Ciudadanos sube en las encuestas, y sube por el desgaste de Rajoy, la corrupción del Pepé, la indignación de los pensionistas, la huelga del 8-M y la cuestión catalana. Albert Rivera se ha convertido en el líder joven que representa a la nueva derecha. Una derecha, de perfil blando, que contrasta con el Pepé de Bárcenas, del caso Gürtel, del caso Rato, de los recortes, del plasma, y de las ruedas de prensa sin preguntas. Por todo ello, Ciudadanos, un partido sin pasado – sin manchas en la solapa -, se ha convertido, según atestiguan las encuestas, en la posible alternativa al marianismo. Estamos pues ante un partido similar al que construyó Aznar frente al fraguismo; un partido virgen, alejado de los contaminantes del pasado. Una vez más, lo viejo contra lo joven vuelve a cruzarse en los intramuros de la historia. Aún así, el éxodo de votantes del Partido Popular hacia los mares de Ciudadanos; no es condición suficiente para que gane por goleada el "naranjito".

En España, por muchos partidos que conformen el abanico, existen tres ideologías: el neoliberalismo, la socialdemocracia y los nacionalismos. La irrupción de Ciudadanos ha supuesto la fragmentación de la derecha, algo que no sucedía desde la unificación aznariana a finales de los ochenta. Antes de esta grieta, el Partido Popular aglutinaba a todo el espectro de centro-derecha. Hoy, las tornas han cambiado. El votante cabreado con las filas de Mariano tiene una alternativa, que le permite un cambio de voto sin sacrificar el bando ideológico. Por ello, Ciudadanos avanza en las encuestas. Avanza porque a sus orillas acuden los náufragos de un barco que se hunde en el medio del océano. El PSOE, por su parte, sigue convaleciente de los mordiscos de Podemos y de las heridas internas. Aún así, el "Sanchismo" se enfrenta a un posible varapalo por parte de sus votantes más radicales; aquellos que sueñan con los primeros años de Zapatero. Tales votantes dudarán entre la playa o el voto hacia Podemos. Llegados a este punto, es muy probable que, en los próximos comicios, suba Ciudadanos a costa de los enfadados con Mariano y, que suba Podemos, a costa de los despechados con la derechización del PSOE. Ante este escenario, es muy probable que presenciemos una coalición a la valenciana; siempre y cuando el Pepé y Ciudadanos no consigan la mayoría.

De política y Miguel Hernández

El otro día, recibí un correo de Étienne, un periodista francés que sigue el Rincón desde los años de Zapatero. De vez en cuando, intercambiamos opiniones sobre temas internacionales. Aparte de nuestra inquietud por la política, lo que verdaderamente nos une es la pasión por la poesía. Antes, los poetas eran gente respetada por sus pueblos. No existían los programas de cotilleo, ni el periodismo amarillo que "envenena" nuestras vidas. La cultura, como bien dice su término, era cosa de cultos; de gente preocupada por las humanidades. La persona que despertó mi curiosidad por el género fue don Antonio, alias "El Divino". Tanto, que hace años le dediqué "Aulas Divinas", un post que recreaba mis años de instituto. Étienne, me escribió con motivo del aniversario de la muerte de Miguel Hernández, un poeta de mi tierra; que vivió a quince kilómetros de mi pueblo.

Mi abuelo y el abuelo de mi mujer, analfabetos de las letras y sabios de la vida, conocieron a "cara de patata". Y lo conocieron no por sus libros, sino por el sufrimiento que vivieron juntos entre los barrotes de la cárcel. Como saben, Miguel Hernández se crió entre cabras y limoneros en la huerta del Segura. Fue, como dirían las malas lenguas, un cateto de pueblo; de esos que llevan boina y tropiezan con las aceras cuando pisan la Gran Vía. Rojo hasta la médula, nunca fue bien considerado por Orihuela, su ciudad natal. No olvidemos que Orihuela es conocida como "Orihuelica del señor"; una ciudad conservadora, de curas y monaguillos. Fue precisamente, su condición política, la que hizo que este hombre no fuera profeta en su tierra. Me contaba mi abuelo, y valga recordarlo, que todos los días, a eso de las seis de la mañana, sonaban las sirenas en el patio de la cárcel. Desde los barrotes se veían las sombras de los presos elegidos para dar "el paseillo".

Hoy, después de 76 años de la muerte de Miguel, es necesario que la crítica destape lo que la verdad esconde detrás de sus poemas. Más allá de sus Aceituneros y de sus Nanas de la Cebolla, Hernández fue detenido en Huelva, por las fuerzas de Salazar, mientras intentaba cruzar la frontera de Portugal. Una aventura que le costó una sentencia de muerte; aunque más tarde fue conmutada por treinta años de cárcel. Afiliado al partido republicano y alistado en el 5º Regimiento, Miguel luchó por la República. En la cárcel, escribió, en hojas de papel higiénico, los relatos que dedicó a "Manolito", el hijo que casi no pudo. Ver. Murió supuestamente de "tuberculosis" a los treinta y un años. Hoy, Orihuela, Elche y Jaén sacan las uñas por su legado. En Orihuela, en la "calle de Arriba", todavía se encuentra la casa que le vio nacer. Una casa rústica, que permite al visitante conocer las raíces humildes del poeta. Un poeta que fue ninguneado por la Generación del 27 y acallado por el Régimen.

De vidas y teatros

Ayer, sin quererlo ni beberlo, me perdí por las callejuelas del laberinto. Tras más de dos horas buscando la salida, encontré trozos de sueños rodando por el suelo, cadáveres del pasado y cicatrices producidas por los navajazos de la vida. Durante el camino, hallé pergaminos con frases ilustres de grandes pensadores. Al final, guiado por el sonido de mis miedos, conseguí salir de la oscuridad de los pasillos. Mientras me duchaba, todavía vislumbraba la silueta en medio del laberinto; el mismo que atrapa a millones de noctámbulos ante la gravedad de sus problemas. En el coche, las "Mañanas de Menéndez" rompieron la soledad del volante; la misma que sienten los actores cuando atraviesan la línea que separa su verdad del personaje. En clase, me puse el atuendo de "profe", e interpreté el papel que me tocaba. Hoy, les dije a los alumnos, es el Día Mundial del Teatro; un buen día para mirar lo que se esconde detrás del camerino.

En casa, colgué los hábitos de docente y me puse los de padre. Dicen los mentidores de la calles que las mejores facultades de psicología son las lecciones de los hijos. Al anochecer, me puse el disfraz de deportista, corrí por la circunvalación de mi pueblo hasta sudar la camiseta. De nuevo, en la soledad de la noche, entré en los callejones del laberinto. Un laberinto más claro que de costumbre; con señales de salida y ráfagas de aliento. Mientras me duchaba, volví a preparar el papel del personaje; solo faltaban diez horas para interpretar ante los míos las fuentes del derecho. Mientras desayunaba, la caja tonta hablaba de pensiones y política. En el primer plano, el político de turno denunciaba las penurias del sistema. Hablaba como quienes hablan de hambre con las joyas en la mano. La política, me dijo un tipo en El Capri, es teatro. Teatro del bueno, como dirían algunos, porque la función trasciende más allá de la duración de la obra.

A veces, son tantas las capas que envuelven a la cebolla; que el escozor de los ojos impide que se vea su secreto. Hay tantas caretas que resulta imposible saber, a ciencia cierta, dónde está la verdad en medio de la mentira. Desde hace mucho tiempo, por circunstancias de la vida, no frecuento las butacas del teatro: La última obra que visioné fue El Tartufo de Moliere, que refleja el servilismo francés hacia Luis XIV. Vivimos en un constante teatro. Teatro hacen las prostitutas cuando gimen en la cama, los políticos cuando venden sus programas y, los creyentes cuando se acuestan con la amante. Hay tanto teatro en nuestras vidas que las grandes avenidas se han convertido en películas de reparto. El Día Mundial del Teatro debería ir más allá de figuras ilustres como Lope de Vega, Shakespeare o Jean Racine. Aparte de Romeo y Julieta, Hamlet, La Celestina, Don Juan Tenorio, La Divina Comedia o Fuenteovejuna, entre otras; hay obras más ilustres en el devenir de nuestras vidas. La doble moral, la corrupción, los nacionalismos y el rifirrafe entre partidos son, entre muchas, otras formas de teatro.