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La deriva artificial

El otro día, discutía con Manuel – psicólogo clínico de las tripas de Alicante – sobre la predicción del comportamiento humano. Decía este estudioso del ser humano que las personas, a diferencia de los animales, no nacen con la conducta preprogramada. Somos el único animal que lo necesita aprender todo para vivir. Así las cosas, Paco es impredecible porque nunca deja de construir su ser. En ese punto, y tras varios años de reflexión, discrepé de Manuel. Más allá de que tengamos la capacidad de decidir, somos animales mamíferos. Pertenecemos a la especie homo. De tal modo que mantenemos paralelismos con el perro, el gato o el león. Somos animales territoriales que luchamos por agua y comida. Y somos criaturas sexuales que mantenemos relaciones con fines reproductivos y placenteros. Disponemos de emociones universales. Emociones como el miedo, la ira, la sorpresa, la tristeza, el asco y la alegría. Son emociones que compartimos con otros semejantes de distinta especie. Aunque hayamos desarrollado el lenguaje, esa condición no nos priva de nuestra animalidad. 

Esta visión del ser humano ya la describió Aristóteles en el siglo IV a.C. Decía, el discípulo de Platón, que somos "animales sociales". No podemos vivir aislados sino imbricados en la poli. Disponemos de alma. Y esa alma no es otra cosa que nuestra forma. Somos animales antropomorfos. Animales compuestos de materia y forma que cumplen funciones compartidas con el resto de los seres vivos. Otros autores, han definido al humano como "una comunidad de células andante bajo una organización armónica". Y si es así, el perro y el gato – por ejemplo – también son un conglomerado de átomos biológicos. No podemos, aunque queramos, renunciar a nuestra animalidad. El niño – Pepito, por ejemplo – no comparte sus juguetes en la playa. Lo suyo es suyo y cuando alguien se lo toca, dice aquello de "¡Mío!, esto es ¡mío!". De ahí que, el altruismo va – la mayoría de las veces – contra nuestra naturaleza territorial. Ese animal que camina por la selva de lo urbano vive bajo las leyes de un darwinismo social. Existe una selección natural o triage que distribuye a los humanos según sus dotes naturales. Somos "animales sofisticados" pero animales por encima de cualquier construcción social.

Llegados a este punto, el comportamiento humano se convierte en previsible. Sobre la base de las emociones universales, la territorialidad y otras necesidades animales, Jacinto se diferencia del chimpancé por el conocimiento. Es el conocimiento, maldita sea, lo que nos define como "animales civilizados". De ahí que si una criatura humana naciera en medio de una selva. Si alguien se criara entre lobos y lobas, reproduciría el modus vital de sus seres ejemplares. La IA se convierte en nuestro depredador. Más allá de que temamos al león, la Inteligencia Artificial es una amenaza real contra nuestro "plus" animal. Si no pensamos de forma independientes. Si un rectángulo digital piensa por nosotros, la mente – como cualquier músculo – perderá fuerza con el paso de los años. Seremos cada día más débiles en lo intelectual. Y así iremos perdiendo parte de nuestro desarrollo como sapiens. La pregunta del millón es la siguiente: ¿nos interesa alimentar al "monstruo de las galletas"? Hoy en día no sabemos, a ciencia cierte, las ventajas y desventajas de la IA. Sabemos que es lista, complaciente y resolutiva. Pero no sabemos si, tarde o temprano, seremos carroña en un mundo de avestruces

Sobre notas y mercados

Más del noventa por ciento, de los presentados, aprueban la PAU. Llegados a este punto, nos debemos preguntar si es necesaria la selectividad. Si es necesaria, como les digo, que miles de adolescentes pasen por el trance que supone esta prueba que condiciona, de alguna manera, su futuro laboral. Desde la crítica, criticamos su existencia. La nota media del bachillerato serviría, por sí sola, como condición necesaria para entrar a la universidad. Una universidad que, si la analizamos bien, no ofrece las mismas plazas en todas las carreras, sino que existe una desigualdad entre las mismas. El número de plazas equivale al precio de un producto en el mercado. No significa que lo "caro" o "barato" sea una cuestión de calidad sino de la confluencia entre la oferta y la demanda. De tal forma que el precio no siempre guarda relación con el valor de uso. Existen carreras que, por su baja acogida, "valen poco" en el mercado educativo. Y otras, como Medicina o Matemáticas, que por su elevada nota están mejor valoradas.

Debemos romper, de una vez por todas, el sesgo entre carreras "buenas" y "malas" en función de la nota de corte. La nota, como decimos, está supeditada a la intermediación entre oferta y demanda. Desgraciadamente, el número de plazas determina el futuro laboral de nuestros jóventes. A más plazas de medicina, por ejemplo, más oportunidades para aquellos alumnos que quieren, pero no pueden estudiar la carrera de sus sueños. Alumnos que, de otra forma y siendo brillantes en lo suyo, terminan – por cuestión de centésimas – en carreras supletorias como Fisioterapia, Podología o Enfermería, entre otras. Son carreras ni mejores ni peores sino distintas a la preferente. Ante esta realidad, miles de estudiantes frustrados estudian "las sobras" que le otorga un sistema estatal basado en una lógica de mercado. Ante esta "injusticia" o falta de equidad en el reparto, muchos alumnos deciden estudiar en universidades privadas ante el sesgo de plazas en la pública.

Estamos, queridísimos lectores, ante un darwinismo educativo que entorpece el desarrollo del talento, frustra vocaciones y merma la salud mental de nuestros jóvenes. Las universidades privadas juegan en una liga diferente. Tienen sus propios criterios de selección. Criterios, faltaría más, legales y que responden a los fundamentos de la libertad de empresa y el derecho de admisión. En ellas, el factor económico determina – entre otros criterios – la criba entre los posibles aspirantes. Un factor que favorece a las rentas altas y perjudica, sin duda alguna, a los estudiantes pobres y talentosos. De tal manera que gente con dinero, pero mediocre en el bachillerato, ocupa la plaza de alguien brillante pero escaso en lo económico. Así las cosas, miles de jóvenes no consiguen el sueño de sus vidas. Ni su esfuerzo académico consigue su recompensa por culpa de un déficit de plazas en la pública. Ni su capacidad económica, les permite acceder a la privada. Esta situación tira por la borda el mantra de "si quieres, puedes", "si puedes soñarlo, puedes conseguirlo" y otras frases motivadoras carentes de sentido. 

Amor a la sabiduría

A las ocho de la mañana, los pasillos del instituto se convierten en una romería de jóvenes cargados de mochilas. Mochilas repletas de sueños e incertidumbre ante la vida. Son chavales que han nacido en un mundo de rectángulos digitales. Mientras camino, endirección al aula, me viene a la mente ese adolescente que soñaba con la Luna. Miro, por el retrovisor de la vida, y recuerdo, conpasión, a aquellos profesores que despertaron, en mí, el amor por la sabiduría. Paso lista y pronuncio, uno a uno, el nombre de mis alumnos. De alumnos que se encuentran en plena adolescencia. Mientras sacan sus cuadernos, escribo la fecha en la pizarra. La clase está atenta y relajada. Repaso los rasgos distintivos de la filosofía. Les hablo de la "madre de las ciencias" y su necesidad en nuestros días. En días de Internet, redes sociales e inteligencias artificiales. En días inundados de ondas digitales.

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Eterno retorno

El hantavirus abre las heridas del coronavirus. Seis años después de la pandemia, vuelven las sombras del ayer. El miedo ante una nueva tragedia nos sitúa ante el eterno retorno de Nietzsche. La peste de Camus guardó paralelismos con la Covid-19. El confinamiento, la mascarilla y la sospecha ante la infección del otro activaron las mismas angustias que la fiebre española. La humanidad responde a un cúmulo de instantes que nacen y mueren en un fuego incesante que se enciende y apaga en el devenir. Así las cosas, las vidas reproducen estructuras semejantes. Estructuras ensambladas por un cúmulo de instantes repetidos. Las enfermedades, el trabajo y el ocio, por ejemplo, responden a secuencias y protocolos similares. La anatomía del dolor es atemporal. Un dolor que se repite y nos recuerda nuestra eterna fragilidad. Los medios de comunicación sirven al instante. Reproducen, y amplifican, las noticias. Noticias que no son otra cosa que momentos repetidos a lo largo de los siglos. Por mucho que las presenten como acontecimientos extraordinarios y de interés social. Cualquier noticia – asesinatos, terremotos, cambios políticos, pandemias y celebraciones – ha tenido su "copia esencial" en diferentes épocas del pasado.

La repetición forma parte de la vida. Y en ese ciclo, las etapas nacen, crecen y mueren en un constante presente. El hijo se convierte en padre. Y desde su nuevo rol, contempla a su hijo en un el instante. Un instante que junta generaciones en diferentes momentos del retorno. Estamos ante un presente que se convierte en "bola de nieve". Un presente que nace y muere en un devenir incesante. Muerto el horizonte, Manolo transita sobre un camino de paisajes repetidos. Un camino sin destino. En ese "sin destino", la vida se convierte en un mero tránsito sin introducción ni desenlace. Su muerte será un instante repetido. Una muerte que reproducirá los esquemas de su instante. Y en esa reproducción surge la angustia en los humanos. El eterno retorno provoca sufrimiento ante el conocimiento del suceso. De ahí que la mente se prepara para resistir ante los avatares de la repetición. Se prepara, como digo, para mitigar los daños del instante. En el viaje, el viajero conoce las piedras del camino. Sabe, por cientos de caminantes, que – en ciertos lugares – hay serpientes y charcos deslizantes. Conoce de atacantes y malhechores en lugares clandestinos. Conoce el histórico de accidentes en distintos puntos kilométricos.  Conoce las vistas hacia lugares bellos como amaneceres y atardeceres. La sabiduría del viajero no es otra que la mirada del veterano ante la vida. De ahí que el envejecimiento sea una aventura hacia las tripas del instante. De un instante que reproduce los momentos vitales en millones de cuerpos similares.

Cuando el tiempo es cíclico, la vida no es otra cosa que un cúmulo de consecuencias predecibles. El ser humano vive en continua consecuencia. Y en la consecuencia surgen los lamentos por la temeridad ante al instante. El humano sufre porque, pese a saber la derivación de sus acciones, comete errores. El eterno retorno no es otra cosa que la personalización de la advertencia. En la advertencia, la sociedad vive en una encrucijada entre vivir sujeto a lo previsible o crear un destino imaginario. Muerta la linealidad y encarcelados en el instante, el ser humano se encuentra con su animalidad. Se encuentra con ese mamífero territorial que defiende el espacio en su lucha por la supervivencia. Esa lucha por vivir se convierte en el instante compartido con el resto de animales. Estamos, por tanto, determinados por un sistema natural que une a las especies en el eterno retorno. El cruce de los instantes sirve para que tomemos conciencia de la repetición. De ahí que el instante del viejo se cruza con el joven. Y en ese cruce, el joven sufre el síndrome de la predicción ante las arrugas del otro. Esa toma de conciencia hace que muchos sufran ante la llegada de ese instante. Un instante que tarde o temprano llegará. No existe escapatoria ante el bucle vital. Ante esta privación de libertad, el ser humano activa la nostalgia ante momentos cadavéricos. Recrea su vista en el álbum de fotos. El álbum es la prueba del eterno retorno. Ahí es donde residen las brasas de un fuego incesante. Un fuego que simboliza la vida frente a la quietud de la muerte.

El espíritu de los poemas

Como profesor de Historia de la Filosofía, antes de tratar el pensamiento de un autor, suelo analizar su contexto histórico. Decía Marx que la infraestructura condicionaba la superestructura. El pensamiento de Agustín de Hipona sería diferente sin la Edad Media como marco de su vida. De la misma manera que Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges no hubiesen proclamado los derechos de la mujer sin un patriarcado omnipresente en el siglo XVIII. Así las cosas, el contexto determina y está, de alguna manera, impregnando en la obra. Sinceramente, pienso que el pensamiento es ajeno al autor. El autor nace en el seno de un pensamiento instaurado que condiciona su mirada. Benito Pérez Galdós retrató la España de su tiempo. Interpretó, desde el ángulo de su pluma, la realidad sociopolítica de su época. Esa realidad determinó sus pinceladas. Goya retrató los avatares de la Guerra de la Independencia. Supo poner de relieve el terror de la contienda a través del movimiento, las manchas y el dramatismo de sus rostros. Sin ese conflicto, "Los fusilamientos" no habrían existido. No existe, por tanto, un "pensamiento puro" y desligado de la situación.

Cualquier obra literaria es el resultado de la experiencia del autor. Esa experiencia no es otra que lo vivido, lo leído y lo sentido. De ahí que existen literatos cuyos libros son la recombinación de cientos de lecturas. Y existen, y disculpen por la redundancia, autores cuyos libros son el reflejo de viajes y momentos laborales. La novela surge de ese coctel sensorial. La imaginación, que diría Hume, no es otra cosa que la combinación de cientos de impresiones recogidas por los sentidos y almacenadas en la memoria. Y esas imágenes, por muchos derechos de autor que existan, no pertenecen al creador. El creador aporta su capacidad para ensamblar. Ni siquiera la ciencia ficción es mérito del guionista sino el resultado de varias "ideas facticias" entremezcladas en una misma narrativa. No existe "nuestro pensamiento" sino "el pensamiento". Y "el pensamiento" no es otra cosa que la capacidad de relacionar entre sí los "inputs" de nuestra vida. Por ello, Foucault decretó la "muerte del autor". El autor ha muerto porque no es creador de realidades sino un gestor de las mismas. Su literatura necesita su entorno para ser entendida. Sin ese telón, la obra pierde el eje temporal y espacial. Pierde las condiciones de posibilidad que diría Kant. Dos condiciones necesarias para que exista la comprensión lectora.

Si no existiese el fondo, la forma cambiaría su figura. Ese fondo condiciona la hermenéutica del escrito. De ahí que en Miguel Hernández, por ejemplo, no podamos separar al ser del poeta. El ser está conformado por su contexto histórico. Y el contexto de Miguel no es el actual. Miguel se crio en la huerta de Orihuela. Se crio entre olivos y limoneros. Coqueteó con la Generación del 27 y sufrió los avatares de la Guerra Civil y la privación de libertad. Ese entorno no le perteneció, sino que se lo encontró a su paso por la vida. Pero esa coyuntura determinó su "poesía de guerra". Influyó, como les digo, en Vientos del pueblo o El hombre acecha, por ejemplo. Cuesta separar dónde comienza Miguel y dónde acaba el poeta. Y cuesta porque, como decíamos atrás, no hay autor sin historia. La historia es el soplo de las letras. Un soplo incesante que recoge las angustias y sensaciones que provocan sus ráfagas. De ahí, la importancia de estudiar las vidas de los autores. Vidas marcadas por corrientes metafísicas, hambrunas y epidemias. Vidas que dejan su huella en el espíritu de los poemas.

La muerte del superhombre

Nietzsche, en el siglo XIX, hizo una crítica a la razón ilustrada. Decía que el progreso técnico y la moral no transitaban por los mismos derroteros. Las proclamas de la Revolución Francesa no eran tan idílicas como parecían. A día de hoy, existe más desigualdad, menos fraternidad y libertad. El filósofo culpó a los platonismos, o "filosofía momia", del nihilismo. La cultura occidental está enferma y su principal causa no es otra que la moral de esclavos. Existe un conjura de los de abajo contra los de arriba. Muerta la moral cristiana, Nietzsche propuso el superhombre. Propuso un inmoralista para salvar a Occidente de la tragedia. Hoy, en pleno siglo XXI, el cristianismo sigue vivo pese a las advertencias de Friedrich. Actulamente, gran parte de la sociedad necesita la polvareda del rebaño a su paso por la senda. Existe una resistencia a "salir del grupo". Los grupos de wasap se han convertido en el nuevo gregarismo. Bajo la lana, las ovejas encuentran cobijo ante el frío de la soledad.

Marx – filósofo de la sospecha – no decretó la muerte de Dios. Dijo que la religión era "opio para el pueblo". El proletariado, alienado en la infraestructura capitalista, encuentra en el "más allá",  un calmante para su miseria vital. De tal modo que la religión se converte en un vehículo para la felicidad. Kant, por su parte, en el siglo XVIII, reubicó a la religión. Dijo que la religión no atendía a la razón teórica sino a la práctica. Por un lado estaba la ciencia y por otro las creencias. Hoy, debemos repensar el fenómeno religioso. Estamos ante un entorno digital que nos lanza a una sobreexposición constante de nuestras vidas. La "vida escaparate" nos convierte en maniquíes ante los ojos de la gente. La carcasa resiste los avatares de la tristeza. La gente muestra sus dientes blancos en un escenario donde la felicidad se compra en la tienda de la esquina. Ante esta "nueva esclavitud", el superhombre nietzscheano se siente agotado. En una sociedad de leones y caballos relucientes, solo sobreviven las ovejas fosforitas.

Los humanos sufrimos ante el devenir. Y ese sufrimiento se traduce en el  síndrome de Peter Pan. El envejecimiento se percibe como decadencia humana. La vejez simboliza la pérdida de la "voluntad de poder". De tal modo que existe una fobia colectiva ante la biografía. El paso de los años ya no es sinónimo de respeto y sabiduría sino una pérdida de oportunidades ante la vida. Esta verdad se manifiesta en la "angustia por el devenir". Sin Dios en el horizonte, el ateísmo necesita fuerza para afrontar la cruda verdad. Necesita saber que, tarde o temprano, enfermará, envejecerá y morirá. Y todo surgirá en un eterno retorno. La vida se entiende como un cúmulo de instantes que se repiten, de forma circular, en una espiral infinita. De ahí que debamos gestionar esos "instantes repetidos". Instantes que son la esencia de lo diverso. Y en esa jungla de animales, cada uno de padre y una madre, debemos luchar contra la barbarie. Una barbarie que nos aleja de la paz perpetua que defendía Kant. Alejados de la paz, nos convertimos en una sospecha ante los ojos de los otros.

Neofotografía

Ayer, mientras limpiaba el armario, encontré una bolsa llena de fotografías. Eran el testimonio vivo de otras fases de mi vida. En ellas, vislumbré un otro que no se corresponde con las imágenes del ahora. Tras más de treinta años, las fotos mostraban espacios apagados. Hoy, en la era de los móviles, la fotografía ha cambiado su función. Somos la generación más fotografiada de la historia pero, sin embargo, se ha perdido el ritual de la espera. En la sociedad de lo inmediato, Manolo – por poner un ejemplo – no necesita la espera para ver su reflejo. Ahora, las fotos son reveladas en milésimas de segundos. En la era de los selfies, el carrete se convierte en "espacios en la nube". La inmensa mayoría utiliza la "cámara del móvil". Las máquinas analógicas se han convertido en reliquias para nostálgicos del papel. Sin papel, muere el álbum del ayer. Y con su muerte, el ritual en torno a él. Ahora, casi nadie queda con el otro para "ver el álbum". El álbum era una muestra de amistad. Era, como les digo, una ventana abierta a la intimidad.

Hoy, en la sociedad de la imagen, las fotos han salido del ámbito privado. Las fotos se hacen, en su mayoría, para su publicación en las redes sociales. La gente muestra su vida en espera de "Likes". El "like" se convierte en el verificador de la imagen. Las fotos valen más, o menos, en función de su recepción visual. De tal manera que muchos arriesgan sus vidas con el objeto de inmortalizar su hazaña. En ese álbum público, las fotos no quedan olvidadas en el cajón sino que trascienden las líneas del devenir. Tras el fallecimiento, las redes sociales siguen mostrando la imagen del que se fue. El algoritmo no distingue entre vivos y no vivos sino que rastrea en función de su configuración. Y ello provoca alegría y dolor al espectador. Ahora, maldita sea, el recuerdo digital es quien genera el efecto bola de nieve. El presente recoge los residuos del pasado y los convierte en un "eterno instante". Somos una reactualización continua de una foto que se reproduce a lo largo de la vida. Conforme bajamos la pantalla, regresamos al pasado. No hace falta ninguna hipnosis. Ahora la hipnosis se consigue mediante el deslizamiento de los dedos por el lado del rectángulo.

La fotografía nos recuerda que somos devenir. Por mucho que gastemos en tratamientos antienvejecimiento antes o después envejeceremos. La foto es la esencia de la verdad. Nuestra verdad queda inmersa en las murallas del móvil. No hay escapatoria. La mirada atrás, por nuestro álbum público, nos recuerda que la vida es un espectro o segmento. Un segmento que se desliza de lo joven hacia lo viejo y viceversa. De ahí que muchos optan por prescindir de la foto. Sin foto no existe el sufrimiento ni dolor por el tránsito de los años. La actualización permanente de nuestra imagen nos inmuniza ante la tragedia. Ni siquiera el espejo es tan cruel. Y no lo es porque el espejo refleja siempre el ahora. No nos muestra los reflejos de ayer. La IA permite cambiar el sino de la cámara. Permite alterar la verdad y adulterar nuestra esencia. Gracias a la inteligencia artificial, la gente consigue detener el envejecimiento. Y en esa detención se halla la nueva felicidad. Una felicidad basada en la ensoñación y el reflejo artificial.

China, Sánchez y Trump

Sin la irrupción de Donald Trump en La Casablanca otro gallo hubiese cantado en los aposentos de Sánchez. Mientras en EEUU, el republicanismo aboga por el mercado en detrimento del Estado, en la España socialdemócrata es justo lo contrario. De tal modo que, por coherencia ideológica, Sánchez y Trump son enemigos políticos. Esta condición dificulta que tengamos otra foto de las Azores. Y, al mismo tiempo, escenifica dos rivalidades dentro del tablero internacional. Un tablero que suscita alianzas simbólicas entre "países rojos" y "azules". Así las cosas, Pedro Sánchez se convierte en una pieza incómoda para el imperialismo americano. Su resistencia ante los avances del americano cambia las tornas del relato. No estamos ante un panorama similar a la Guerra Fría. Ya no hay una bicefalia entre un Occidente, liderado por EEUU, y un Oriente, capitaneado por la URSS. Ahora Occidente tiene ovejas díscolas en su rebaño.

El viaje de Sánchez, en plena controversia internacional, no responde – desde mi interpretación como politólogo – a ninguna casualidad sino a estrategia estatal. La foto de Pedro, por las calles del gigante asiático, ubica a España en la encrucijada. Por un lado, el presidente del Gobierno lanza un mensaje subliminal a Trump. Un mensaje, en forma de "oye que mi compañero de viaje es tu quebradero de cabeza". Si China coquetea con España, y viceversa, EEUU se convierte en prescindible para buena parte de nuestros intereses económicos. Las relaciones comerciales de nuestro país con China son muy superiores con respecto a América. Así las cosas, por sentido común, el viaje de Pedro al país de la muralla es lógico y fructífero. Aún así, hay quienes lo han criticado. Nunca, en política, llueve a gusto de todos. Da igual que lo que hagas que la crítica está asegurada. Mientras para unos es un viaje responsable, para otros – sin embargo – es un gasto de combustible y tiempo innecesario.

Pedro Sánchez, en su defensa del Estado por encima del mercado, no ha pasado por el aro americano. El líder socialista se ha convertido en el alumno díscolo de Trump. Un alumno que se atreve a incumplir los deseos del republicano en pro de los intereses que considera convenientes para su Estado. De tal modo que el presidente no ha cedido ante la subida del gasto militar. Ni tampoco ha apoyado la guerra contra Irán. El "No a la guerra" simboliza la desobediencia a los dictámenes del emperador. Y esa desobediencia tambalea y pone, contra las cuerdas, la partida internacional. Sánchez se convierte en un pacificador. Más allá de su función de presidente, estamos ante embajador que se mueve en un espacio "contraamericano". Y ese espacio es el territorio que lo sitúa en la popularidad constante. Una popularidad que se retroalimenta con los ataques del gigante. Ahora el debate no es otro que la duda sobre el efecto Sánchez en los años venideros.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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