Selectividad, nacionalismo y patria chica

El otro día, los jóvenes de segundo de bachillerato se presentaron a la PAU, más conocida como la Selectividad. En Filosofía, en la Comunidad Valenciana, preguntaron a Tomás de Aquino, Descartes, Kant y Nietzsche. Contra todo pronóstico, y tras varios años, no salió Platón. El examen, la verdad sea dicha, fue asequible. Nada de textos oscuros y términos excepcionales. Como diría Julio César si levantara la cabeza: "Alea jacta est". La prueba de Lengua y Literatura, por su parte, no estuvo exenta de polémica. El comentario de texto versó sobre "La estirpe de los equidistantes", un artículo de Vicente Vallés; publicado, hace un par de meses, en el diario La Razón. El texto recordaba la figura de Manuel Chaves Nogales, escritor y periodista republicano. A colación del escrito, se hizo la siguiente pregunta: "Escriba un texto en registro formal de entre 200 y 300 palabras en el que desarrolle el siguiente tema: 'En qué consiste para Vd. ser patriota'".

Durantes estos días, he recibido varios correos de jóvenes valencianos. Jóvenes que querían saber "En qué consiste ser patriota", un término – según ellos – alejado del lenguaje político de nuestros días y, por tanto, extraño en sus vidas. Tanto el Tesoro de la Lengua Castellana de Sebastián de Covarrubias de 1611 como el Diccionario de Autoridades de 1726 definen patria como "lugar, ciudad o país en que se ha nacido". Así, con estas fuentes en la mano, "ser patriota" sería algo así como "ser de Alicante, Madrid o Barcelona", por ejemplo. L' Enciclopédie añadió, a la definición anterior, la extensión: "el estado libre del que somos miembros y cuyas leyes garantizan nuestras libertades y nuestra felicidad".  Ser patriota, atendiendo a la connotación ilustrada, sería aquel que vive en un lugar que lo hace libre y feliz. Las autocracias – el franquismo y el nazismo, por ejemplo – quedarían fuera del círculo porque no garantizan, entre otras cosas, la libertad de sus miembros. Ser patriota podría identificarse con "el amor a la libertad" y "el amor a la felicidad". O dicho de otra manera, "ser patriota" sería algo así como "ser demócrata".

A partir de la Revolución Francesa, la patria adquirió mayor carga emocional que el concepto "nación". Ser patriota implicaba: "pasión por la tierra". Pasión por esa tierra natal que garantiza la libertad y felicidad de sus miembros. Una pasión que se canta a ritmo de La Marsellesa y que se esculpe en los altares franceses: "El ciudadano nace, vive y muere por la patria". La patria pasional sirvió a los nacionalismos para construir sus proclamas. En España casi nunca cuajó el "¡Todo por la patria!" del vecino germano. Y no cuajó, queridísimos lectores, porque en este país hay como dijo Sánchez un "Estado plurinacional", un mosaico de "patrias chicas" que eclipsa el grito al unísono de la pasión por España. Y ese conglomerado de "patrias chicas" se convierte en un conflicto intrínseco que afecta a nuestra idiosincrasia histórica. Un conflicto, como les digo, entre patriotas – catalanes, valencianos, vascos, andaluces y gallegos, por ejemplo – que suscita odios y rencores. Existe una contienda de sentimientos y afectos culturales que va más allá de la nacionalidad que aparece en el Documento "Nacional" de Identidad.

Polizones, padrinos y la erótica del poder

Decía Aristóteles que la justicia legal, o general, consistía en la virtud ético-política. De hombres buenos, sociedades buenas y viceversa. No existía, o al menos no debería, una línea que separase los intereses particulares de los políticos. Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado. Muchos individuos entran en política con fines lucrativos. Persiguen el interés particular en detrimento del general. Son gente, en muchas ocasiones, sin oficio ni beneficio que avistan en los aparatos una oportunidad de ascenso social y puertas giratorias. La política con fines particulares fue duramente criticada por Max Weber. Decía este sociólogo, de origen alemán, que existen políticos por vocación y políticos por profesión. Para los primeros, la política es un viaje turístico. Un desplazamiento de ida y vuelta. Un viaje cuya finalidad es disfrutar la experiencia del paisaje, Para los segundos, la política es un viaje de negocios. Un viaje para hacer contactos, salir en las fotos y obtener beneficios.

La entrada en política, a fin de cuentas, es una aventura fácil. Fácil porque cualquiera se puede embarcar sin más requisito que la edad. Fácil porque no hace falta acreditar conocimientos legales, ni económicos ni otros académicos. Ni siquiera se necesita un curso que habilite para el ejercicio de la oratoria, retórica o erística, entre otros. Tampoco hace falta saber, qué es el Debe o el Haber u otras vocales contables. Cualquiera puede ostentar la cartera de ministro. Y la puede ostentar sin acreditar competencia alguna en la materia. Se puede ser ministro de sanidad, por ejemplo, sin conocer cómo se organiza un hospital. O ministro de medio ambiente sin distinguir entre Olmo y Abeto. Estamos, queridísimos amigos, ante una clase política que no atiende al principio de equidad, propio de la justicia distributiva. No existe una correlación entre esfuerzo y mérito. El mérito para llegar a ser político no se basa en el esfuerzo sino en la oportunidad del camino. Tanto es así que en la cúspide de los aparatos, no están los mejores sino los adecuados. En muchas ocasiones, la suerte es la responsable de que fulano o mengano empuñen la hojalata de los cetros.

Dentro de los aparatos, el viaje hacia la cima se presenta arduo y peligroso. Arduo porque existen polizones y padrinos. Polizones que desgastan suelas de zapatos, visitan mercadillos y tejen amigos más allá de sus ombligos. Y padrinos que ponen zancadillas, apuestan por sus ahijados y mueven los hilos desde sus camerinos. La política es peligrosa porque existe lucha de sables entre bambalinas. Una lucha de descalificaciones personales, traiciones, conspiraciones y cambios de chaqueta. Son las cloacas de la política. De una política barata, y barriobajera, donde la foto y el postureo eclipsan, cada día, el rigor de la gestión, las ruedas de prensa y los argumentos en la tribuna. Estamos ante una partidocracia, de tintes maquiavélicos. Una partidocracia presa de la transversalidad. El sillón de los políticos está ubicado en una sala con puertas giratorias. Una sala que asoma a múltiples despachos donde confluyen cientos de intereses económicos y personales. Y en ese circuito con curvas, rectas y giros repentinos es donde reside la erótica del poder. Una erótica que pervierte la vocación por lo público y transforma a los humildes en vanidosos.

Guerra Fría

Hace años, en la sala de profesores del instituto, tuve una conversación intensa con María, una compañera de Geografía e Historia. Apasionada de la política, no entendía por qué seguíamos, en pleno siglo XXI, inmersos en la Guerra Civil. Según ella, la contienda fue algo más que una España dividida entre rojos y azules. Si el conflicto no hubiese derivado en dictadura. Si Franco no se hubiese proclamado "el Generalísimo" por la gracia de Dios, otro gallo hubiera cantado en los corrales de la República. La dictadura, más allá de ausencia de libertades, instauró una ideología conservadora que se fundamentó en una ética cristiana. Los mandamientos del catecismo, el "no cometerás actos impuros", "santificarás las fiestas" y "amarás a Dios sobre todas las cosas", entre otros, abanderaron el credo del franquismo. Tanto que el sexo, sin fines reproductivos, fue prohibido. Y esta prohibición arrastró y criminalizó a cualquier orientación que no fuera heterosexual.

Hoy, la derecha se proclama, en su argumentario,  como liberal y cristiana. Liberal porque defiende los principios del liberalismo – el Estado de Derecho, el sistema de mercado y la división de poderes, entre otros – y cristiana porque comulga con la moral de la Iglesia. Así las cosas, cuando gobierna el PP resurgen las simpatías hacia el catolicismo. Simpatías en forma de la "religión (católica)" como asignatura puntuable en el sistema educativo. Y antipatías – recuérdese a Ana Botella cuando dijo aquello de: "Una pera y una manzana no pueden dar dos manzanas" – contra el matrimonio homosexual. Existe, vaya por Dios, una conexión manifiesta entre el Pepé y la moral católica. Y esa conexión, que no es ni buena ni mala, suscita ambigüedad política. Ambigüedad entre quienes son creyentes y defienden la supremacía del Estado en detrimiento del mercado. Y ambigüedad entre quienes creen en los valores de la familia tradicional y confían en la socialdemocracia. Estamos ante un tipo de votante – miles en toda España – que no se ajusta al pack de la derecha – con el liberalismo cristiano – y que, sin embargo, votan a la gaviota.

Durante cuarenta años de sotanas, Nodos y uniformes, asistimos al castigo del bien más preciado, la libertad. Miles de "rojos", o defensores de los intereses plebeyos, salieron de España. Y salieron antes de que los correveidiles del régimen, los acusaran de traidores, o mejor dicho, de ir contra el franquismo. En el mal llamado "Reino de España" se quedaron los afines a los valores del caudillo, gente que encajaba con las derechas republicanas; nostálgicos de la monarquía y curas aburguesados. Gente conservadora que acudía los sábados a los toros y los domingos a misa. Hoy, esos conservadores conviven con quienes, en su día, emigraron a otros países por cuestiones ideológicas. Y conviven en un terreno de juego donde no hay correveidiles de caudillos, ni discriminación – al menos así lo proclama la Constitución – por razones de clase, creencias, orientación sexual u otra condición sociopolítica. Hoy, en España asistimos a una "Guerra Fría". Una guerra que se desarrolla en las barras de los bares, en los bancos de los parques, en las comidas familiares, en las líneas editoriales, en los platós de televisión y en otros recónditos lugares.

Montesquieu, indultos y políticos presos

Corría el año 1690 cuando salió publicado el Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, un manuscrito sobre la división de poderes, escrito por John Locke. Frente al Absolutismo Regio, el poder quedaba fraccionado en legislativo, ejecutivo y federativo. Años más tarde, en 1748, Montesquieu escribía El Espíritu de las Leyes, un tratado político donde separaba el poder en ejecutivo, legislativo y judicial. Esa separación tripartita del poder supuso un punto de inflexión entre lo antiguo – la concentración de poderes en una misma figura, defendido por Luis XIV – y lo moderno, la fragmentación del cetro entre parlamentos, togas y ministros. Y también, por qué no, la división entre coronas y sotanas. Hoy, en pleno siglo XXI, todavía existen autocracias que tiran por la borda los postulados contractualistas. Frente a ellas, la separación de poderes ocupa los pergaminos constitucionales de las democracias occidentales.

La separación de poderes, tal y como la plantearon Montesquieu, Rousseau, James Madison, Alexander Hamilton y John Jay, entre otros, siempre tuvo intromisiones. En EEUU, por ejemplo, el presidente tiene la facultad de veto. Biden, en este caso, puede vetar las leyes que cocina la Asamblea Legislativa. En España, el Fiscal General del Estado es nombrado por el Rey a propuesta del Gobierno. La Constitución establece que el CGPJ está formado por veinte vocales, de los cuales, ocho juristas de reconocida competencia son elegidos por el Parlamento. El Gobierno, en situaciones de extraordinaria y urgente necesidad, puede dictar normas con rango de ley a través de "decretazos". Su Majestad el Rey, previa tramitación por el Ministerio de Justicia, puede ejercer la gracia del indulto y, así, extinguir la responsabilidad penal atribuida al reo. Así las cosas, estamos ante una separación de poderes de corte blando. Una separación donde tienen cabida las injerencias de unos en los asuntos de los otros. Intrusismos que restan valor a la independencia judicial, ejecutiva y legislativa.

Estas intromisiones, permitidas por ley, ocasionan dilemas morales en la opinión pública. Y uno de ellos es el probable indulto a los "políticos presos" del procés. Un indulto que cumple con los requisitos legales – condenados por sentencia firme – pero que divide al hemiciclo entre quienes están a favor y en contra. Más allá de que la derecha esté en contra y el Gobierno a favor; lo que deberíamos analizar es si procede, o no, este instrumento político en nuestro ordenamiento jurídico. Y puestos a opinar, el indulto debería ser reprobado. Y lo debería, queridísimos amigos, porque supone una clara intromisión del poder ejecutivo en el judicial, genera agravios comparativos y atenta contra la seguridad jurídica. No es bueno para un Estado de Derecho que existan prerrogativas penales. No está bien, en términos éticos, que los cetros interrumpan la ejecución de los fallos judiciales. La politización de la justicia deslegitima a los jueces, fomenta el clientelismo y rompe la paz social. No procede, por tanto, el indulto salvo circunstancias muy excepcionales y tasadas ex lege. Y no procede porque el perdón judicial no implica arrepentimiento ni futuras infracciones. Ni siquiera siembra jurisprudencia ante hechos similares.

De capitalismo y felicidad

Dicen que la calle es la universidad de la vida. Una universidad que nos sirve para conocer a la gente. Para conocer lo que se esconde detrás de las miradas. Para distinguir a las personas buenas de las malas. Y para saber que, como dijo Kant, "quien te quiere por interés, te niega su amistad". En la calle tomamos conciencia de la diversidad. Nos damos cuenta que las personas son únicas e irrepetibles y que cada uno es hijo de un padre y una madre. En esa diversidad subyace nuestro valor como humanos. Un valor – la dignidad – que fundamenta los Derechos Humanos, los mismos que fueron catalogados en la Declaración Universal de 1948. En las avenidas se entremezclan los altos con los bajos, los rubios con los morenos, los viejos con los jóvenes y los ricos con los pobres. En esa heterogeneidad conviven creencias religiosas, ideas políticas, tradiciones culturales, costumbres y normas morales. Una heterogeneidad que activa los motores de la ética.

Si hay un punto donde se cruzan los deseos de millones de personas diferentes, ese es la felicidad. Si preguntáramos a cada uno de los habitantes de este mundo: "Y usted: ¿busca la felicidad?", Por unanimidad, todos responderían que sí. Las personas buscan – buscamos – la felicidad. Y esa felicidad ha llevado a la Filosofía por el camino de la angustia. La felicidad es algo más que miles de euros en una cuenta bancaria. Y lo es, queridísimos amigos, porque los ricos también lloran;  porque hay pobres que ríen y son felices con un plato de fideos. Decía un tipo que conocí en El Capri que la felicidad está relacionada con los proyectos acabados. Aquellas personas que no terminaron sus carreras, que no se atrevieron a declarar su amor a la persona deseada; no fueron felices. Y no lo fueron porque dentro de sus entrañas hay una espina clavada que les provoca dolor. Y ese dolor se traduce en ansiedad y depresión. Estamos ante un sistema – el capitalismo – que fomenta la infelicidad. Y la fomenta porque vivimos secuestrados por valores materialistas.

El capitalismo lleva implícito la desigualdad. La ruptura de la sociedad estamental no trajo consigo la igualdad. La mujeres, tras la Revolución Industrial, siguieron ninguneadas y postergadas en el patriarcado. Siguieron sujetas a las "servidumbres de la maternidad", en palabras de Beauvoir. Y siguieron, y disculpen por la redundancia, en el rol de las "otras" con respecto al varón, "el gladiador y protector". El capitalismo nos hizo más miserables, envidiosos y celosos. Nos puso la mirada constante en el vecino. Y esa mirada obstaculizó el "conócete a tí mismo" del maestro Sócrates. Estamos ante un darwinismo social que selecciona a los mejores, a las jirafas de cuello largo en detrimento de las que no llegan a la copa de los árboles. Hace falta que construyamos una sociedad basada en la espiritualidad. Y ello se consigue mediante una sustitución de los valores supracapitalistas por valores infracapitalistas. Por valores que pongan el acento en el "feminismo", "salario digno", "economía sostenible", "comercio justo", "ecologismo", "Responsabilidad Social Corporativa" y "Renta Básica Universal", entre otros.

Riñas vecinales

"Hay actos que tienen consecuencias y se tienen que asumir", dijo Karima Benyaich, embajadora de Marruecos en Madrid. Y lo dijo porque España acogió, como saben, al líder del Polisario, Brahim Ghali, para recibir tratamiento contra el Covid-19 y no informar de ello a Marruecos. Un gesto – el acto – que tuvo como "consecuencia" el envío, en 36 horas, de 8.000 migrantes a Ceuta, una ciudad de 85.000 habitantes. Una acción-reacción, como diría Newton si viviera, que ha tambaleado las relaciones diplomáticas entre España y el vecino del sur. Unas relaciones que, más allá de las grietas del multipartidismo, nos afectan como Estado. El cruce de acusaciones, el pasado miércoles en el Congreso, entre Sánchez y Casado acerca de esta crisis, nos sitúa ante una clase política que no distingue entre el interés general y el particular. Una clase política, como les digo, que conduce con luces cortas. Y una clase política que no ve más allá que los costes y oportunidades que supone, en ocasiones, remar a contracorriente.

Con motivo de esta crisis geopolítica, escribí el siguiente tuit: "De entre todos los vecinos de una comunidad, hay que llevarse bien, especialmente, con el de abajo". ¿Por qué?,  porque su techo es tu suelo y su suelo es tu techo. Siempre se corre el riesgo que nuestro vecino de abajo, ante los efectos del enfado, golpee el techo con un palo de escoba y el de arriba – rebotado por el ruido – arrastre sus mesas por el suelo. Estaríamos, sí o sí, ante un conflicto vecinal difícil de solucionar sin la intervención de la comunidad. Sin la intervención de una comunidad que solo podría arbitrar y proponer soluciones, siempre y cuando gozara de paz y tranquilidad. Si la comunidad estuviera agrietada. Si existieran malos rollos entre sus vecinos, apaga y vámonos. Y ese apaga y vámonos es lo que ocurre – con una complejidad llevada al extremo – entre España y Marruecos. Estamos ante una comunidad de vecinos – España – donde el de arriba – Ceuta – y el de abajo – Marruecos – están enfrentados por su situación geopolítica. Y esa comunidad a su vez está crispada porque dos de sus vecinos – Pablo y Pedro – no se llevan bien. Y no se llevan bien porque uno es el presidente de la misma y el otro un aspirante al cetro.

La solución pasaría porque un árbitro, o pacto vecinal, arrojara algo de paz a ese conflicto vecinal. España necesita la intervención urgente de un árbitro nacional o internacional. Nacional podría ser S.M. – Felipe VI – e internacional, algún personaje o institución transversal. Podría ser, por qué no, el presidente de cualquier Organización Internacional que velase por los Derechos Humanos. O la intervención, al unísono, de la Unión Europea. Por otro lado, el país necesita un paco migratorio. Un pacto que vaya más allá del horizonte de los cuatro años, que reúna en su seno la integración de las diferentes miradas autonómicas, que teorice un plan de emergencia ante situaciones similares a la vivida durante estos días y, lo más importante, que sea planteado como algo patriótico y, por tanto, superior al sistema de partidos. Desde la Transición Democrática, en España se han firmado varios pactos de Estado. Se han firmado los Pactos de la Moncloa, contra el terrorismo, sobre las pensiones, la Justicia y, no hace mucho, sobre la Violencia de Género. Ahora toca el Pacto Migratorio, un pacto necesario para que las riñas vecinales no deriven en tragedias mayores.

Reinventar la docencia

Mientras limpiaba el trastero, encontré un cuaderno de mis tiempos de bachillerato. Era un cuaderno rojo, desgastado por el paso de los años, y con apuntes de Filosofía. Apuntes sobre el dualismo antropológico de Platón y su Mito de la Caverna, Aristóteles y su Ética a Nicómaco, y Descartes y su Discurso del Método; entre otros. Sus hojas olían a tinta vieja, un olor que me transportaba a los pupitres del Gabriel Miró, el instituto que determinó mi pasión por los estudios. Tras cuatro años sin pegar un palo al agua, a los dieciocho años volví a las aulas. Necesitaba desintoxicarme de la calle, de las malas compañías y ser "alguien de provecho – como decía mi madre – el día de mañana". En aquellos años, Internet no existía. La enciclopedia del salón y la biblioteca del pueblo eran las fuentes que teníamos para realizar los trabajos. Trabajos maquetados con portadas llenas de florituras y fotografías recortadas. Y trabajos encuadernados con cartulinas y grapas de toda la vida.

En aquellos años, a los profesores se les llamaba de "don". "Don Antonio" y "doña Manolita" se convertían en gente respetada. Lo que decía "el profe" o "la profe" (seamos inclusivos) iba a Pekín y volvía. La profesión gozaba de respeto por parte de la comunidad educativa. Un respeto que se forjaba por la admiración que provocaba la sabiduría. El profesor era una pieza clave para la construcción de la sociedad del conocimiento. Se convertía, como les digo, en una correa de transmisión para el funcionamiento del ascensor social. La mayoría de los jóvenes eran hijos de familias analfabetas. Familias que, por circunstancias económicas, emigraron a países más adelantados para sobrevivir ante las penurias del franquismo. Los padres confiaban en la función de los docentes. Y confiaban porque de ellos dependía, en buena parte, que sus hijos fueran algo el día de mañana. Los profesores de la "democracia incipiente" tenían el poder del conocimiento, el mismo que ostentaron las sotanas durante los tiempos del caudillo.

Hoy, las tornas han cambiado. El profesor ha perdido el "don" de los años ochenta. Ha sido defenestrado por "papá Google" y humillado por una sociedad que cuestiona el argumento de autoridad. La función docente ha perdido su valor. Y lo ha perdido, queridísimos lectores, porque estamos ante una prostitución informativa. El ciudadano ya no necesita asistir a las aulas para saber de biología. Ni siquiera necesita desplazarse a una biblioteca para ilustrar sus neuronas con manuales de geografía. Hoy, el conocimiento está a un golpe de clic. El profesor debe reinventar su función sino quiere que su figura muera en las décadas venideras. Los profesores se deben convertir en los nuevos líderes del mañana. Deben aportar, más allá de la transmisión de conocimientos, sabiduría para la vida. Deben despertar conciencias, vehicular el espíritu crítico y acompañar a sus alumnos en sus proyectos vitales. Los profesores deben – debemos – "estar ahí". Y ese "estar ahí" implica compromiso, tolerancia y empatía. Tres principios que van más allá de los intramuros educativos.

Volverá el 15-M

Se cumplen diez años del 15-M, un movimiento social que removió las conciencias de nuestra sociedad. Hoy, un periodista me preguntaba si presenciaremos la segunda parte de los indignados o, en términos peyorativos de los "camorristas y pendencieros" de Esperanza Aguirre. Aquel movimiento, que en principio se proclamó apolítico y desideologizado, tuvo su réplica política en Podemos. Un partido astuto que recogió las proclamas de aquellos jóvenes y no tan jóvenes y consiguió, junto a Ciudadanos, romper los cimientos del bipartidismo. El movimiento 15-M dio lugar a las mareas. Mareas que protestaron, durante años, contra los recortes marianistas en materia sanitaria y educativa. Recortes abusivos, y sin escrúpulos, que adelgazaron la clase media, aumentaron la desigualdad social y deterioraron la calidad de los servicios públicos. La llegada de Podemos al Congreso de los Diputados supuso una voz de esperanza para aquellos "descamisados de Dragó", que pocos años antes protestaban en la Plaza Sol.

Durante estos años, las protestas del 15-M se han canalizado a través de las tribunas y despachos. Las fuerzas rojas del hemiciclo han clamado por la subida del Salario Mínimo Interprofesional, la vivienda digna, la conciliación familiar, la igualdad en la protección social, los impuestos a la banca, la reducción de las condiciones para tener acceso a becas, la disminución de las subvenciones a la educación concertada y la defensa de una escuela laica, entre otras. Estas proclamas han servido de anestesia al activismo. Un activismo que en el último año y medio ha estado callado por las restricciones de la pandemia. Hoy, sin Pablo Iglesias al frente de la batalla, habrá cambios en el medio y largo plazo. El resultado electoral de Ayuso, en la Comunidad de Madrid, supone la punta de iceberg. Vuelven, en términos nacionales, los tiempos de derecha, el bipartidismo y los recortes merkelianos. Y vuelven porque la cabra tira al monte, porque la mona por mucho que se vista, mona se queda. Y porque la derecha, aunque diga lo contrario, barre – como la mayoría de partidos –  para los suyos.

Con una derecha férrea en el poder, una derecha apuntalada por las fuerzas de Vox, estamos ante las puertas de una dieta de adelgazamiento del Estado del Bienestar. Vienen tiempos de "apretarse el cinturón", tiempos de congelación del SMI, de las pensiones y del salario a los funcionarios. Estamos ante una clase trabajadora, alienada por el Low Cost, que ha normalizado su condición de "mileurista". Estamos ante un precariado determinado por los tigres asiáticos. Un precariado de verdugos y víctimas del sistema. Verdugos por la exigencia de precios bajos y el veneno de "comprar barato". Víctimas porque el precariado ha caído presa de sus propias exigencias. El mileurismo no se ha percato que consumo y salarios van correlacionados. Y no se ha percatado, y perdoden por la redundancia, que el dinero de las nóminas proviene del consumo. De un consumo que exige factores productivos baratos para que las empresas salven sus márgenes de beneficios y aumenten, por tanto, sus cuotas de mercado. Por ello, volverá. Y volverá con fuerza el 15-M. Volverá porque tiempos de derecha envueltos de recortes, low cost  y precariedad laboral se convierten en una olla a presión que, tarde o temprano, estallará.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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