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De barras y pecados

El olor a mujer envolvía de pecado los rincones del garito. Aquella noche, la música de los Héroes hizo que Gabriela bailara con Jacinto hasta altas horas de la madrugada. Era un baile sucio. Un baile de susurros entre adultos casados, con hijos y canas en las axilas. Recuerdo que vivía Manolo, toda una institución en El Capri. Peón de albañilería, todos los fines de mes, fundía su nómina por la ranura de las máquinas tragaperras. La perdición de un hombre, le dije en una ocasión, es el vicio. El vicio es como una alcantarilla donde desembocan las aguas fecales de la vida. Sin mujer, ni perro que le ladrara, lo único que tenía en la vida era la telaraña de sus bolsillos. Aquella noche, Manolo conoció a la Juana, una fulana de las tripas de mi pueblo. Era una mujer sin cultura, de esas que dicen hostia, beben vino tinto y juegan a las cartas.

Tras varias copas, Manolo y la Juana salieron por la puerta de atrás del Capri. En la barra, yacía el vaso de la fulana manchado de carmín. Un vaso, la verdad sea dicha, con cubitos derretidos e impregnado de Ducados. En la pista, la gente bailaba el chuchuchú del tren. Un chucuchú de mujeres enfajadas, hombres calvos y descamisados. Un chuchuchú de pecado, tentaciones y sueños prohibidos. Pasaron por delante de mí, un carrusel de miradas lujuriosas hizo que me sintiera desnudo en medio del garito. En la soledad de la barra estaba Martín, un hombre silencioso de esos que mueven la copa antes de acercarla a la boca. Le pregunté por su hijo. Me dijo que se había independizado. Que se había ido del nido. Ahora, me decía, necesitaba devolver a su matrimonio miles de detalles. La última vez que tocó a su mujer fue el día de su cumpleaños. Hace siete meses que duermo solo. Solo como un perro abandonado en la alfombra del salón. La pareja, le dije, es como un huerto. No lo debes descuidar sino se llena de maleza.

En el taburete del fondo, Rodrigo leía El Marca. Lo leía como de costumbre, desde atrás hacia delante. Era un hombre culto, de esos que hablan finodo y bombean la voz cuando toman la palabra. Le gustaba hablar de viajes. De su escapada a Roma, de su aniversario en París o de su picadero en Santander. Le gustaba ostentar y disfrutar del aplauso de la barra. Era un señor con suerte. De esos que fuman pipa, van con rubias de bote y conducen coches caros. Un hombre de la vida, como diría mi abuelo si levantara la cabeza. En una ocasión, Manolo y él discutieron. Recuerdo que Manolo, le dijo: "si de algo tengo pena es de los ricos". Pena porque el dinero corrompe a los hombres, los llena de vanidad y les deshumaniza el espíritu. Rodrigo se reía del "discurso de los pobres". Los pobres "siempre se están quejando". Se quejan de sus vidas, de la miseria de sus trabajos. Se quejan de vicio y no hacen nada para cambiar su destino. Desde lo alto del caballo, le respondió Manolo, el prado se ve diferente. Ojalá que, algún día, los Quijotes sean Sanchos y los Sanchos Quijotes.

Reinventar Europa

El Reino Unido siempre ha sido el verso suelto de Europa. En el ámbito religioso, los ingleses cuestionaron – desde el protestantismo – los dogmas del catolicismo. En el área filosófica, fue su empirismo – con David Hume y John Locke a la cabeza – quien le hizo cara al racionalismo de Descartes, Leibniz y Spinoza. A diferencia de los continentales, los ingleses conducen por la izquierda, beben té a todas horas, entran gratis a los museos, visten diferente y reviven con entusiasmo las cenizas de su imperio. Aún así, el gran mérito de la Unión Europea – la misma que reniegan – se lo debemos a Winston Churchill. Él fue quien paró los pies a Hitler. Y él fue – un inglés de pura cepa –  quien soñó con la reconstrucción de la "familia europea". Quién pensó en "los Estados Unidos de Europa". Y quien dijo aquello de: "la seguridad y la prosperidad de Europa residen en la unidad”.

Hoy, varias décadas después de aquellas narrativas, la victoria de Boris Johnson tira por la borda el sueño de Churchill. La ejecución inmediata del Brexit pone de relieve el choque de civilizaciones avistado por Huntington. La salida del Reino Unido de Europa exalta el péndulo de Foucault Un péndulo que oscila de la integración a la vertebración mundial y viceversa. La globalización, o dicho de otro modo, la tendencia a la homogeneidad. La tendencia a que todos bebamos Coca Cola, comamos hamburguesas y vistamos similares, no se cumple en ciertos territorios. La vuelta a los nacionalismos. La vuelta a exaltar lo distinto en detrimento de lo parecido hace que surjan ovejas negras en el seno de Europa. Un hecho que no sería preocupante sino fuera por el riesgo de contagio. La crisis económica ha emergido cadáveres de batallas olvidadas. Ha sacado a la palestra el mantra de una Europa a dos velocidades. Dos motores dentro de un coche que neutralizan la optimización de su arranque y lo convierten en mediocre.

El Brexit reconfigura las relaciones comerciales internacionales, cambia los socios preferentes y reabre un episodio de amenazas y oportunidades. Hoy, el Reino Unido vuelve a sus orígenes. Vuelve a poner el punto de mira en sus antiguas colonias del norte, los Estados Unidos. Una alianza que determinará, tarde o temprano, nuestra mirada a Latinoamérica.  Así las cosas, es necesario que Europa busque nuevos aliados comerciales. Nuevos aliados para frenar a los tigres asiáticos y el nuevo elefante yanqui. Con el eje Estados Unidos – Reino Unido, por un lado, y China, por otro, no nos queda otra que mirar a México, Argentina y Chile, por ejemplo. Hace falta que Europa mire más allá de sus líneas continentales. Si no lo hace, si se queda de brazos cruzados, será la nueva África del mundo. Y lo será, queridísimos lectores, porque en el entramado geopolítico, el Norte siempre ha ganado la batalla al Sur en cuestiones económicas. Así las cosas, es necesario que la Troika, Bruselas y toda la parafernalia junta reinventen, de una vez por todas, esta idea llamada Europa.

Bardem, Greta y puntos suspensivos

Ayer, compré el ABC. Necesitaba, la verdad sea dicha, una dosis de "liberalismo monárquico" para encender mis neuronas. Tras un recorrido por las noticias del día, aterricé en la sección de opinión. Allí se encontraban, entre otros, Antonio Burgos, Jon Juaristi, Álvaro Vargas y José María Carrascal. Con el título "Bardem, Greta y la Civilización", Luis Ventoso dedicaba su columna a las palabras del actor. Según él, el protagonista de "Jamón, jamón", "estaba fuera de lugar en el discurso de clausura de la marcha por el medio ambiente". Y lo estaba porque "no es un científico, ni un político vinculado al ecologismo ni un filántropo de los que parte de su fortuna por el bien común". Aparte de de no estar legitimado para hablar del cambio climático, tampoco lo está moralmente. Y no lo está porque, según Ventoso, "nada de su vida particular parece ejemplarmente verde. Conduce haigas contaminantes, va en avión y su mujer anuncia cruceros, que manchan los mares, y colonias cuyos vaporizadores también son ahora pecado".

La columna referida se publica, y valga el inciso, después de que nuestro actor pidiera disculpas en una red social. Disculpas por llamar "estúpido" al alcalde de Madrid. Un insulto que le propinó, en el acto de clausura sobre el clima, "por revertir el Madrid  Central y permitir circular por la capital los vehículos contaminantes". Según Bardem: "el insulto ilegitimiza cualquier discurso y conversación. Por eso – dijo – pido disculpas por haberme dejado llevar por un impulso en absoluto constructivo que flaco favor hacer al verdadero mensaje, único y realmente importante". Más allá del insulto – totalmente reprochable, faltaría más – su función como "telonero" de Greta no es del todo criticable. Y no lo es, queridísimos lectores, porque en este país, precisamente, hay muy poca "legitimidad" en los discursos. Hay mucha, muchísima, gente – tertulianos, sobre todo – que analizan la política, sin ser politólogos. Que analizan los sucesos, sin ser criminólogos. Que hablan de economía sin ser economistas. Y ministros, valga el ejemplo, que gestionan sus carteras sin ser expertos en la materia.

Si criticamos a Javier por ser un actor. Si decimos que Bardem no fue el adecuado para cerrar la manifestación. Y criticamos que no lo fue por carecer de carreras y masteres sobre el clima. También podríamos extrapolar el argumento al activismo en general. Podríamos criticar a Greta Thunberg por no ser una científica en la materia. Y podríamos criticar a todo aquel que defiende una causa sin tener un diploma que lo legitime. Así las cosas, existen, por ejemplo, columnistas que no son periodistas. Gente que escribe novela histórica sin ser historiadora. Y sujetos que cambian el aceite de su coche sin ser  mecánicos titulados. Por ello, la elección de Bardem debería entenderse más por su condición de famoso que por experto en emisiones de gases invernadero. Así las cosas, podría haber sido, por qué no, cualquier artista del candelero como Antonio Banderas o Rafa Nadal, entre otros. Y no por ello, su presencia hubiese sido criticable. No olvidemos que el análisis del activismo van más allá de lo meramente intelectual. El activismo se nutre de emoción, indignación y denuncia de las injusticias. Se entiende como llamada de atención, eco mediático y puesta en escena. Y no hay nada mejor como un actor para conectar con la masa.

Tributo a Descartes

El siglo XVII, o mejor dicho, los tiempos de Leibniz, Descartes y Spinoza estuvieron marcados por la cruzada entre protestantes y católicos, el absolutismo regio, el desmoronamiento gradual de la sociedad estamental y la crisis del teocentrismo. El método compositivo-resolutivo acabó, de una vez por todas, con el método inductivo-deductivo aristotélico. Gracias a Guillermo de Ockham, la separación entre fe y razón, y por tanto el derrumbe de la escolástica, desembocó en la Nueva Ciencia. Una Nueva Ciencia que tiró por la borda la cosmovisión geocéntrica del mundo y las metafísicas del momento. La resurrección de los pitagóricos contribuyó a la instauración de los números como elementos explicativos del mundo. Es precisamente en este siglo, de convulsiones sociales, culturales y políticas, donde el racionalismo y el empirismo se mantuvieron enfrentados. Un enfrentamiento que culminó con la síntesis kantiana. Fue Inmanuel Kant, un señor tímido de Konisgberg, quien unió sendas corrientes y sentó las bases de la psicología contemporánea.

Descartes, junto con Leonardo Da Vinci y otros pensadores del momento, fue un intelectual polifacético. Cultivó la geometría, la óptica y la cosmología. Formado en la escolástica de Suárez, y crítico con sus ideas, soñó con la "Mathesis Universalis". Soñó, como les digo, con una unidad de la razón y un método de inspiración matemática. Las cuatro reglas de su método – la evidencia, el análisis, la síntesis y la enumeración – sirvieron para encontrar las verdades universales. Verdades, alejadas de la observación empírica y, fundamentadas en la deducción. Su primera verdad – el pienso luego existo o, dicho en términos de la época, el cogito ergo sum – quedaba inmune ante los dardos de la duda. A pesar de su crítica a la escolástica, Descartes recurrió a la muleta divina para justiciar sus sustancias derivadas. Recurrió a Dios – como idea de perfección – para la fundamentación de la res extensa. En cuanto a su pensamiento antropológico, Descartes, como todos los racionalistas,  tuvo que enfrentarse al problema de las dos sustancias: cuerpo y alma. Un problema que solucionó con el recurso a la glándula pineal, una bisagra necesaria para unir dos realidades antagónicas.

Hoy, varios siglos después, Descartes no levanta mis pasiones. Y no las levanta, queridísimos lectores, porque fue un autor errático. En primer lugar, utilizó un método para la unificación de la ciencia. Un método que fue condición necesaria pero no suficiente para acabar con los residuos metafísicos. Un método que no explicó, contra toda expectativa, los misterios de la física. René utilizó, como fuente de inspiración, el método geométrico. Un método que pretendió hacer de la filosofía una ciencia. Un intento que en pleno siglo XXI ha quedado reducido a un catálogo de buenas intenciones. Quiso unificar la ciencia bajo la "mathesis universalis". Hoy, los caminos del conocimiento han ido por otros derroteros. Lejos de una universalización de la ciencia, la ciencia ha sido espectadora de su propia vertebración. La medicina actual también ha demostrado que no existe la glándula pineal. Descartes será recordado, por tanto, como aquel señor que quiso salvar a la filosofía de la oscuridad de las sotanas y las luces de la ciencia. En pleno siglo XXI, la ética es el único salvavidas que le queda, valga la paradoja, a "la madre de las ciencias".

Calles sin nombre

Tras una tarde corrigiendo exámenes de filosofía, cogí un par de galletas, y dos onzas de chocolate, y salí a la calle. Recuerdo que Manolo, un psicólogo de mi pueblo, decía que la calle es terapéutica. Si has discutido con tu pareja, ¡sal a la calle! Si estás pasando por una mala racha, ¡sal a la calle! La calle, decía este viejo conocido, es la universidad de la vida. La calle, cuánta razón tenía, te enseña cosas que no están escritas en los pergaminos de los libros. Cosas como la mirada del mendigo, la insinuación de las putas y el maullido de los gatos. Durante el paseo, visité a Gregorio; un amigo de mis años de colegio. Divorciado desde hace seis meses, sin apenas dientes y sin un centavo en los bolsillos; aún guarda la mirada de gangster de sus años juveniles. Años donde su presencia era una institución en El Capri. Años en los que bebía copas de Ricard. Y años donde su verborrea era muy cotizada por las busconas del barrio.

Sentado en el taburete del fondo, con la mirada cabizbaja, y el Ducados entre los dedos; lo saludé. Le pregunté cómo estaba y le regalé una bolsa con naranjas. Hablamos de la vida, del mérito y el esfuerzo. Le dije que el esfuerzo, por si solo, no es suficiente para tener éxito en la vida. Hay gente que se ha esforzado muchísimo y, sin embargo, no han conseguido ser alguien importante en el curso de sus sueños. Y gente que, por ser hijos de abogados y de señores de renombre, sin apenas esfuerzo han llegado y besado el santo. Por ello, no compro la teoría del sueño americano. Creo que no siempre los golpes a una piedra acaban por romperla. A veces, no es cuestión de  cinceles y martillos sino de la elección de la presa. Si fuera así, si todo fuera consecuencia del mérito y el esfuerzo, los mendigos tendrían la culpa de su sino. Y la tendrían, como le dije a Gregorio, porque – según muchos liberales – no se habrían esforzado lo suficiente. Así, por mucho que hablemos de sociedad de clases, todavía hay mucha estructura estamental en pleno siglo XXI.

Sin la calle por en medio, hoy no entenderíamos muchos hechos históricos. No entenderíamos, por ejemplo, la Toma de la Bastilla, la Revolución Bolchevique, el Mayo del 68, la Revolución de los Claveles, el Movimiento 15-M, los chalecos amarillos, la Primavera Árabe y, muy recientemente, las Revueltas en Chile. Fenómenos atados a la calle y, fenómenos que sin cristales rotos no serían atendidos. En la calle, me contaba Gregorio, mataron a su padre. Lo mataron por ser rojo y por pensar distinto a los correveidiles del caudillo. Lo mataron por hacer ruido en los tiempos de República. Por salir a la calle y gritar "curas de mierda" en la puerta de los templos. Las sotanas, le dije, siempre han mandado mucha romana en los asuntos de la calle. Tanto que, durante los siglos medievales, sometieron la razón a la fe. Y tanto que crearon la Inquisición para reprimir a los listos del momento. En la calle se cuecen las propuestas indecentes, los pagos sin factura y las miserias del saludo. En la calle se levantan iglesias, museos y rascacielos. En la calle duermen, sin techo, personas y perros abandonados.

Elogio al logos

Todos los años, tal día como hoy, quedo con Platón y Aristóteles. Quedo, como les digo, con motivo del Día Internacional de la Filosofía. En la comida, también se dan cita otros colegas de profesión. Hoy, sin ir más lejos, he compartido mesa con Guillermo, Agustín, Kant, y Hume, entre otros. Me preguntaba Plotino, qué había sido del Neoplatonismo a lo largo de los siglos. El neoplatonismo, le he contestado, fue muy criticado por Nietzsche, un filósofo disgustado con la razón y los efectos del cristianismo. Tanto es así, que quiso eliminar al platonismo y, en consecuencia, acabar con Dios. En pleno siglo XXI, el cristianismo sigue vivo. Y sigue vivo, a pesar de las críticas de Lutero y las atrocidades de la Inquisición. La fe y la razón, en palabras de Tomás – un señor de las tripas de Aquino -, van cogidas de la mano. Si no fuera por la navaja de Guillermo, hoy la escolástica seguiría más viva que nunca. Fue el señor de Ockham quien separó a las sotanas de la física de Aristóteles.

Immanuel Kant, un señor introvertido, proveniente de Königsberg, me preguntaba por la trascendencia de su teoría. Él hizo posible la intersección entre racionalistas y empiristas. Este pensador, como les digo, quería saber si el noúmeno – o dicho en otros términos, la cosa en sí – podía ser conocida. Hoy, en pleno siglo XXI, sus conjeturas han sido resueltas por buena parte de la psicología. La psicología se descolgó de la filosofía a finales del diecinueve. Y desde entonces, la percepción, el aprendizaje y la memoria cabalgan en solitario. Hoy, los fundamentos biológicos de la conducta explican lo que sucede en buena parte de la mente. La percepción ha sustituido, casi en su totalidad, a la epistemología. Aún así, existen tantas puntos de vista como personas en el mundo. Esta subjetividad de la realidad fue recogida por el perspectivismo de Gasset, un pensador del siglo XX.  Así las cosas, nada es feo ni bello sino que todo depende del cristal con que se mire.

Justo a mi derecha, a dos sillas de la mía, estaba David Hume. Tras darnos un abrazo y un apretón de manos, hablamos largo y tendido sobre la universalidad de la ciencia. Según él, como saben, la ciencia no es una cuestión de certezas sino de probabilidades. Me decía que de los sentidos no podemos inducir universales. La premisa universal del silogismo aristotélico; aquella que decía "Todos los cisnes son blancos", no es una condición necesaria. Y no lo es, como diría Popper, porque siempre existirá la duda de que algún día aparezca, ante nosotros, un cisne negro. Le conté a Hume que Bertrand Russell, un señor del siglo XX, defendió sus ideas. Y las defendió, le dije, con un ejemplo muy sencillo. Si a un pavo todos los días le das de comer a la misma hora, nuestro pavo inducirá que siempre comerá a la misma hora. Un día, el día de Navidad, no ocurre lo esperado y termina troceado en el horno de su amo. En el fondo de la mesa, Maquiavelo hablaba largo y tendido con Agustín de Hipona, un clérigo del medievo. Nicolás decía que la Iglesia y el poder terrenal no debían ir cogidos de la mano. Una cosa son las cuestiones del espíritu y otra, bien distinta, los asuntos de la calle. No mezclenos sotanas con coronas.

De Ricardo y migraciones

Desde que escribo en las líneas de este blog, suelo recibir mensajes de periodistas americanos. Me preguntan sobre temas de política internacional. Hoy, sin ir más lejos, he recibido un correo de Ricardo, un columnista de un medio mexicano. Sorprendido por el ascenso de Vox, quería saber por qué en esta orilla del charco triunfaba el populismo ultraliberal. No entendía por qué las brisas de Trump calaban en nuestra tierra. Por qué aquí, con un Estado de Bienestar generoso – en contraste con el sistema de Estados Unidos – había tanto recelo contra los inmigrantes. Trump consiguió, con su discurso anti mexicano, movilizar a las clases medias de la América vaciada. Una América rural que temía – por las políticas llevadas a cabo por Obama – el empoderamiento laboral de los latinos. Ese temor, a que el otro les robara la comida, hizo posible que el discurso mercantilista ganase por goleada.

En España, las tornas son distintas. Aquí, a diferencia de Estados Unidos, tenemos un Estado de Bienestar universal. Un sistema que no deja a nadie en la cuneta. Y un sistema – junto con el colchón familiar – que hace menos visible la miseria de la pobreza. Las prestaciones asistenciales permiten que las situaciones de desempleo, enfermedad o accidente, por ejemplo, no sean tan crudas como en los Estados Unidos. Así las cosas, el miedo a un empoderamiento laboral, por parte de los inmigrantes, no es un argumento suficiente para explicar el ascenso de la ultraderecha. Es precisamente el Estado del Bienestar, y no el mercado, el que explica parte de lo ocurrido. Mientras en la América de Trump se teme al robo del puesto de trabajo aquí – en la Hispania ingobernable – se teme por el deterioro del Estado del Bienestar. Un deterioro – según las lenguas de las calle – ocasionado por quienes consumen servicios públicos y no contribuyen a su sostenimiento.

Esta situación – de aparente injusticia social – es la que explica por qué muchas papeletas han cambiado de color el día de las urnas. Esta percepción negativa, de una supuesta "inmigración privilegiada" que se adueña de nuestro Estado del Bienestar, contribuye a afianzar el patriotismo. Esta visión – retrógrada y egoísta – se convierte en un tóxico para la convivencia. Un tóxico que se traduce en el auge de la violencia callejera y etnocentrismo cultural. La visión de la inmigración como amenaza es el lubricante que une el éxito de Trump con los populismos europeos. Ante esta situación, la crítica intelectual no puede pasar de puntillas. Es necesario que desde las trincheras de la izquierda se derriben, de una vez por todas, los muros del credo ultraliberal. El Estado del Bienestar supone la supremacía de la igualdad en detrimento de la libertad. El inmigrante, como portador de dignidad, no se merece un trato diferente. Y no se lo merece, faltaría más, porque sino estaríamos cabalgando hacia atrás. Estaríamos retrocediendo hacia etapas olvidadas. Etapas donde los extranjeros eran ciudadanos de segunda.

Vox, Rivera y otras distracciones

Tras la dimisión de Rivera, recibí un wasap de Carlota, la mujer del farmacéutico. Xenófoba de los pies a la cabeza, no entendía por qué había tanto individuo escondido en las filas de Ciudadanos. Dos horas más tarde, coincidimos en El Capri. Desde que falleció su madre, víctima del cáncer, se deja caer por el garito. Hoy, me decía, "por fin los míos se han quitado la careta". Por fin, en este país, la gente ha plantado cara al negocio de las autonomías, al engaño del maltrato y al hartazgo social de que los inmigrantes hagan su agosto en la huerta del Segura. Mientras hablaba, la miré a sus ojos. Me asomé a su interior y deslumbré una Hispania en blanco y negro. Una Hispania sin líneas por en medio, sin caras marrones en el campo y con duros aranceles. La calada del Ducados se entremezclaba con el olor a café que desprendían sus palabras. Unas palabras cargadas de tono, ira y dogmatismo político.

En casa, abrí el frigorífico. Necesitaba, la verdad sea dicha, un par de galletas para calmar el apetito. Para pensar, decía Platón, se necesita calmar el hambre y tranquilizar el corazón. En el despacho, encendí el ordenador y deambulé por las calles del vertedero. Quería saber por qué ese repunte de la ultraderecha española. Por qué discursos de tintes xenófobos, homófobos, antiabortistas, patrióticos y religiosos calaban en la sociedad del veintiuno. Una sociedad – la nuestra – que se suponía empática, dialogante y tolerante. Empática, maldita sea, por qué fue emigrante y sintió como el sudor le caía por los surcos de su frente. Dialogante porque consiguió hacer de la palabra el vehículo de la Transición. Supo combinar el hambre de franquismo con las ganas de libertad. Y tolerante. Tolerante, estimados amgos, porque aprendió el significado de la democracia tras cuarenta años de Nodos, sotanas y tricornios. Parte de esta Hispania hoy vota a Vox. Y vota a Abascal, y ello no es criticable, porque tales principios han perdido la fuerza del pasado.

España ya no es tan tolerante. Y no lo es porque el multiculturalismo, para muchos, se ha convertido en amenaza. La presencia del otro se percibe como un coste social. Un coste social o, en palabras de Carlota, un "encarecimiento del Estado del Bienestar". Un encarecimiento – en forma de más profesores y ambulancias – que empobrece a los de dentro y beneficia a los de fuera. España ya no es tan empática. Y no lo es porque el individualismo, para muchos, "el sálvese quien pueda" ha desplazado el espíritu cívico de los ochenta. El bienestar, de cierta parte de la clase media, ha olvidado el malestar de sus padres y abuelos. Ese olvido intergeneracional suscita el sorpasso del interés individual al general. España ya no es tan dialogante. Y no lo es, como les digo, porque la ley no siempre ofrece soluciones. En ocasiones, tal y como ocurre con el auge de los nacionalismos, se necesitan relatores, medidores y creatividad internacional para la resolución de conflictos. Esa pérdida de empatía, tolerancia y diálogo ha hecho que la ultraderecha construya su relato. Un relato aceptado por los menos dialogantes, empáticos y tolerantes.