De Gabriela y la cuestión territorial

El otro día, recibí un correo de Gabriela, una periodista argentina afincada en Barcelona. Tras varios meses leyendo El Rincón, quería saber mi opinión acerca de su reflexión. Según ella, "España no es un país natural". Y no lo es, me decía, porque su entramado territorial es sinónimo de "transexualidad". Este país sufre un dolor en su interior. Sufre como lo hace cualquier ser que no está satisfecho con su caparazón. Hay personas que cuando se miran al espejo, el cristal no refleja su sentimiento interior con su fachada exterior. Estas personas, sean hombres o mujeres, viven infelices con su conflicto interior. Una infelicidad que se agudiza con el estigma social. Algo parecido sucede en España. Una Hispania de contrastes que sufre, en su interior, el mal de las autonomías. Un mal, o espíritu malherido, que enfrenta a nacionalidades. Nacionalidades que quieren y no pueden someterse al bisturí.

Llegados a este punto, a este problema de identidad que azota el tejido territorial, es importante que reflexionemos al respecto. Más allá de la ideologización del debate. Más allá de si ser unionista es de derechas y federalistas es de izquierdas, debemos alejarnos y mirar. Mirar para darnos cuenta que un país debe buscar el bien. Y ese bien, en palabras de Platón, no es otro que la felicidad. Una forma política que padece una disonancia entre su forma de Estado y su espíritu nacional; se convierte en un país frustrado. Esa frustración, sino se corrige a tiempo, desemboca en crispación y en conductas desviadas. Conductas en formas de violencia e incumplimientos legales. Por ello, en ocasiones, las leyes son necesarias pero insuficientes para solucionar los problemas de identidad. Es en esos momentos, de fragilidad legal, cuando los políticos deben comenzar a dialogar. Es necesario luces largas, altitud de miras, para que las externalidades del problema catalán no enturbien la serenidad nacional.

Esas externalidades, que decíamos atrás, se manifiestan en forma de populismo. Populismo que se alimenta de la crispación y del malestar general. Y populismo que se sirve de la violencia como medio de paz. Es, precisamente, ese caballo desbocado. Esa polvareda que levanta en su trotar, la que provoca la ceguera al político de a pie. Para frenarlo, queridísimos camaradas, hace falta – y no me cansaré de repetirlo – diálogo. Diálogo para que esa frustración que supone el "querer y no poder" no se convierta en una batalla campal. Por ello, hacen falta puentes. Puentes para conectar los puntos que nos unen. Y puentes para evitar que la distancia entre el Estado español y la "nación catalana" acabe en separación. Una separación nefasta si tenemos en cuenta que el sentimiento catalán no es universal en el interior de Cataluña. Por ello, por no ser compartido por todos los ciudadanos, no debemos permitir que nuestros hermanos de corazón sufran una amputación. Una amputación que convirtiría a la "República Catalana" en un Estado muerto antes de nacer.

Los grises del feminismo

El otro día, mientras paseaba a Diana por las calles del vertedero, tropecé con un titular que indignó la calma de mis temores. El titular rezaba así: "El gobierno de la Región de Murcia concede el premio Mujer del Año a una monja". Por mucho que lo leí y releí no encontré dónde estaba la noticia. Y no la encontré, queridísimos lectores, porque lo noticiable hubiese sido el nombre y apellidos de la agraciada y, por supuesto, los méritos de su premio. Méritos, la verdad sea dicha, más allá de su condición de monja, ama de casa o Secretaria de Estado. Precisamente, las monjas – en su mayoría – fueron las ausentes en las manifestaciones, del pasado 8 de marzo. Y lo fueron, a pesar de pertenecer a una organización – la Iglesia – liderada, por los hombres. Son ellas, más allá de las miles y miles de mujeres que gritaron igualdad en el manto del asfalto, quienes sufren a menudo agravios comparativos en el seno de sus vidas.

Aparte de las monjas, el Tercer Mundo necesita feminismo. Son las mujeres negras, por encima de la blancas, quienes viven anquilosadas en la cárcel del patriarcado. Mujeres, como les digo, que lloran en silencio su condición femenina. Y mujeres, claro que sí, donde sus gobiernos – normalmente dictaduras clientelares – miran hacia otro lado. Es necesario, le dije a Simone, que el feminismo occidental contagie su mensaje a las mujeres africanas. Esta desigualdad geopolítica – en materia feminista – afianza, todavía más, la brecha que siempre ha existido entre el Norte rico y ordenado, y el Sur hambriento y caótico. Una brecha en forma de violencia de género, carencias educativas y desequilibrios económicos. La solución pasaría por la política. Sin voluntad política, sin unos gobiernos que establezcan las condiciones para que sus sociedades sean iguales, el patriarcado negro gana la partida. Y gana porque las mujeres solas, sin el brazo político que las apoye, se convierten en hormigas ante la pisada del elefante.

A pesar de contar con millones de mujeres detrás de las pancartas. A pesar del auge español del feminismo, la diversidad del movimiento – diferentes clases sociales, múltiples teorías y abstracción en las propuestas – se convierte, por desgracia, en su tendón de Aquiles. Hace falta que el movimiento formalice sus reivindicaciones, legitime a líderes visibles e instrumentalice a los partidos para lograr su cometido. Es necesario, como les digo, que el feminismo se concrete. Que establezca medidas precisas. Medidas para acabar con la lacra de la violencia de género, la brecha salarial y la desigualdad de poder entre faldas y corbatas. Para ello, para cambiar el sino de las mujeres. Para que ser mujer no sea un hándicap en pleno siglo XXI, hace falta que sus propuestas se concreten en los programas de los partidos. Es hora de pasar del ruido del asfalto a la pelea en los despachos. Es hora de que la igualdad sea una cuestión de Estado, como lo es la defensa, la economía y el problema migratorio.

Nietzsche, Freud y el discurso de la cultura

Ayer, recibí un wasap de Nietzsche. Me dijo que echaba de menos las tertulias en El Capri y quedamos para tomar un café el sábado a deshoras. Tras un abrazo y un apretón de manos, hablamos largo y tendido sobre cultura y otros menesteres. Me preguntó por la influencia de su obra, más allá de su muerte. Le dije que su pensamiento no había corrido por buenos derroteros. Los contactos de su hermana con un señor llamado Adolf, hicieron que su obra se estudiara en las tripas alemanas. Una Alemania totalitaria, xenófoba y monstruosa. Aparte de este sesgo, su obra sirvió de inspiración a Heidegger, Foucault y Derrida. Hoy, queridísimo Friedrich, usted es conocido como "el abuelo de la postmodernidad". Hoy, sus reflexiones acerca de la deconstrucción de las instituciones heredadas, y la idea del perspectivismo, son necesarias para entender la Hispania del ahora.

Mientras hablábamos sobre el Anticristo y las verdades de Zaratustra, llegó Freud. Saludó a Peter y, acto seguido, nos habló de su último libro "El malestar de la cultura". Existe, nos dijo, un irremediable antagonismo entre las pulsiones del ser humano y las restricciones impuestas por la cultura. Estamos inhibidos, cogidos de manos y pies por la moral colectiva. Estamos, respondió Nietzsche, sometidos al señor. Y mientras no salgamos de nuestra condición de esclavos. Mientras no digamos "basta ya al imperio de las sotanas" seguiremos alienados. La inhibición y el nihilismo son los principales males que azotan nuestras vidas. No somos libres, maldita sea, de vivir como queremos. Estamos atrapados en una red de argumentos de autoridad, circunstancias y creencias que nos impide aflorar la verdad. Esa verdad que cada hombre lleva dentro y que no se atreve a revelar.

La cultura, ese artefacto nefasto, debe ser deconstruido. Debemos – dijo un Nietzsche enfurecido – destruir lo que tenemos. Hace falta un martillo que derribe, de una vez todas, los muros de las religiones. No tenemos por qué obedecer, a raja tabla, el relato de los curas. Debemos repensar el bien, el mal y todos los valores impuestos desde arriba. Dónde está la verdad. El perspectivismo, o dicho de otro modo, la fórmula "una persona, un mundo" ha dejado desnuda a la razón. Hoy, querido Sigmund, todo es relativo. Y en esa relatividad, en ese mar de dudas, es donde los argumentos de autoridad se identifican con la verdad. En días como hoy, queridísimo Nietzsche, los políticos, los curas y los directores de periódicos también han perdido su credibilidad. Y la han perdido por los escándalos de corrupción política, por la pederastia de las sotanas y por las Fake News; que cada día envenenan nuestras vidas. 

Quinielas políticas

Tras conocer que el próximo 28 de abril volveremos a las urnas, bajé al Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, una inyección de cafeína para mantener en pie los residuos de mis neuronas. Allí, en los mentideros de la barra, hablé con Fermín. Fermín es un banquero jubilado de las tripas de mi pueblo. De derechas hasta las cejas, no entiende por qué el partido socialista sale agraciado en los sondeos del CIS. Según él, Casado debería ganar las elecciones. Y debería, me decía, porque "los sanchistas han negociado con los golpistas, dilapidado la herencia de Rajoy y, para más, inri, España vuelve a estar en el ojo de la Troika". En casa, mientras calentaba los fideos en la soledad de la cocina, me acordé de Fermín. De Fermín y de La Niebla, una película de Stephen King. En ocasiones, las ideas se convierten en muros infranqueables.

Aunque Fermín no entendiera los resultados arrojados por el CIS, lo cierto y verdad, es que Sánchez podría ganar las próximas elecciones. Y podría, queridísimos amigos, porque ha materializado, en pocos meses de gobierno, el sueño de la izquierda. Frente a Rajoy, Pedro ha cumplido con su programa. Y frente a Ciudadanos, el líder socialista no ha posado con la fea. Aún así, la izquierda no debería caer en la trampa de las encuestas. Y no debería caer porque la movilidad es condición necesaria, para que las derechas no consigan el cetro por cuestiones de aritmética. Por ello, no es bueno que las encuestas del gobierno y otros medios de comunicación jueguen al cuento de la lechera. Más allá de las encuestas y de las quinielas mediáticas siempre quedará la intuición razonada. Tal y como están las fichas en el tablero, es muy probable que Ciudadanos sea noticia por la hecatombe de su derrota. 

Ciudadanos, como saben, no ha jugado limpio de cara a la galería. Y no ha jugado limpio, como les digo, porque detrás de tanta palabrería y de proclamarse como el árbitro de la partida, se ha escondido una versión actualizada de la derecha acostumbrada. Una "nueva derecha", de rostros jóvenes y sin barriga, que tira por la borda la resurrección de los tiempos adolfinos. Por ello, por esta mala praxis, la España que "hoy sabe leer," teme que el voto al naranjito desemboque en el cielo de la gaviota. Así las cosas, es posible que muchos votantes de Ciudadanos vuelvan a sus puntos de partida. Vuelvan a votar al PP y al PSOE, como partidos más cercanos al centro defenestrado. Por su parte, muchos votantes de Podemos -ex cabreados con las políticas de ZP y escépticos de Sánchez – es muy probable que empuñen, otra vez. el tallo de la rosa. 

El aire insuflado al PP, por el globo pinchado de Ciudadanos, se perderá por el éxodo de miles de votantes a las filas de Vox. Miles de "peperos de pedigrí" buscarán en las orillas de Abascal el santo grial del extremismo liberal. Por ello, queridísimos lectores, Casado recuerda, una y otra vez, las gallardonadas de Alberto. Una estrategia electoral, en toda regla, para retener al votante de fe. Ese votante de corte conservador y religioso, más afín a Vox que al PP, es el que inquieta a los sociólogos de Casado. Inquieta porque si el PP radicaliza su discurso, el centro derecha votará a Ciudadanos. Inquieta, porque si modera su mensaje, los votantes de sotana, de aguilas y tricornios volarán a Vox. E inquieta porque el rodillo ya no pinta como ayer.

No cometerás actos impuros

Hace tiempo, conocí a Gabriel, un tipo que frecuentaba El Capri los sábados a deshoras. Después de hablar, largo y tendido, de Rajoy y de otras frivolidades, me confesó que había sido cura en las tripas de Alicante. Hoy, tras conocer la "cumbre de los obispos", me he acordado de él. Y me he acordado de él, la verdad sea dicha, porque desde aquella conversación aumentó mi crítica hacia los curas. Aparte de creer en el ahora, de importarme un bledo si hay vida más allá del cementerio, no comulgo con los dictámenes de la Iglesia. Pienso que la institución del medievo, necesita un tratamiento de belleza. Un lavado de cara para aflore, de una vez por todas, el polvo que se esconde debajo de sus alfombras. Polvo en forma de "curas salidos", de doble moral y de alcobas clandestinas. Hace falta que la Iglesia no haga demagogía con el sexto mandamiento.

Según reza el titular 100.000 niños en el mundo han sufrido abusos por parte de los curas. Ante este panorama, desolador, es importante que los gobiernos tomen cartas en el asunto. No es digno que ante tales atrocidades, la Iglesia sea merecedora de una casilla en la Declaración de la Renta. Mientras la Iglesia siga pecando, mientras siga cometiendo "actos impuros", no es ético que los curas traten con los niños. No es ético que una institución, con pederastas en su seno, siga organizando campamentos juveniles, impartiendo catequesis y adiestrando a monaguillos. Y no lo es, porque con los datos sobre el tapete, muchos curas han demostrado que son débiles ante "los pecados de la carne". Es necesario que se grite "basta ya" a tanta hipocresía. Hacen falta que la "tolerancia cero", anunciada por Bergoglio, se haga realidad en el seno de la Iglesia.

Aparte de las medidas citadas por Francisco, sería ejemplar que se hicieran unos juicios públicos contra aquellos curas, con nombre y apellidos, que han sido ocultados por el clero. Juicios, como les digo, como los que se hicieron en Nuremberg para condenar a quienes, por capricho hitleriano, asesinaron a miles de judíos. Tales juicios servirían para que las supuestas manchas de las sotanas fueran exhibidas ante millones de cristianos. Manchas de flujos seminales, de comentarios obscenos, de silencios pagados, y de tocamientos oscuros. El perdón a las víctimas se convierte en condición necesaria pero no suficiente. Las penitencias deberían ir más allá de los Padrenuestros, Aves María y Salves acostumbrados. La Iglesia debería resarcir el daño, causado a las víctimas, por medio de indemnizaciones económicas y penas a los curas. Solo así, con sanciones ejemplares, se frenaría esta lacra de curas desviados. Curas que, tras los escándalos de pederastia, dejan a la altura del betún la credibilidad del celibato.

La izquierda debe votar

Si Sánchez hubiera seguido por la senda del relator. Si Felipe González, Alfonso Guerra y algún que otro erudito del partido no hubiesen metido baza en este desaguisado, hoy otro gallo cantaría en el sino del Congreso. Y cantaría, queridísimos camaradas, porque el diálogo es el camino para los males democráticos. Volver a votar no soluciona el problema del catalanismo. Y no lo soluciona porque, sin referéndum por delante, no habrá aprobación de presupuestos por los siglos de los siglos. El desplome del sanchismo deja tocado pero no hundido al buque insignia de la izquierda. Las derechas junto al catalanismo han votado no a la resurrección del Estado del Bienestar. El mismo que desmanteló Rajoy durante sus años de reinado. El fantasma de la ley Wert, la mordaza, las gallardonadas y olor a fraguismo; vuelven a resurgir con fuerza en la Hispania del ahora.

Hoy, más que nunca, la izquierda debe votar. La izquierda debe levantarse del sofá para evitar, a toda costa, que La Moncloa se convierta en la nueva Andalucía. Votar para que la suma progresista detenga, de una vez por todas, el conservadurismo retrógrado, liderado por Casado. La convocatoria de elecciones, por parte de Sánchez, deja sin aire al vuelvo de las gaviotas. La rotura de las negociaciones con los independentistas y el respeto a las líneas rojas, marcadas por la Constitución, sitúan al partido socialista en una posición ventajosa de cara al día de las urnas. Y digo ventajosa, porque los tres años de sanchismo han sido suficientes para curar las heridas por la derechización de Zapatero. Así las cosas, Sánchez puede ganar. Y puede porque dentro de su liderazgo entra en juego su poder de resistencia. Resistencia ante los dardos lanzados desde las trincheras de su partido. Y resistencia para mandar, a golpe de decreto, ante la amenaza permanente de sus socios de gobierno.

De cara a las próximas elecciones, Ciudadanos será, muy probablemente, el más perjudicado. Perjudicado por ir de Sócrates cuando en realidad son Maquiavelo. Perjudicado por pasar de ser los árbitros del juego a los díscolos del partido. Y perjudicado por posar con Vox en la foto de Andalucía. Por todo ello, el partido de Rivera ya no convence ni a los socialistas indecisos, ni a los populares moderados. Así las cosas, Ciudadanos se vuelve a mover en sus aguas preferidas, la ambigüedad. Rivera no habla claro. No dice si, el día siguiente de las urnas, abrazará a Vox, bailará con los socialistas o se casará con la gaviota. Una oscuridad, en toda regla, para quienes defienden la transparencia con timbales y platillos. Es momento, señores y señoras, de quitarse la careta. Momento de conocer, a ciencia cierta, qué pasará con las papeletas cuando sean arrojadas por la ranura de las urnas. Si los políticos no se quitan la careta, si cada uno lucha por el respaldo de su silla, muy pocos irán a votar en la próxima primavera.

Sobre Sánchez y el acierto del relator

Si algo aprendí de Einstein es que para obtener resultados distintos hay que hacer cosas diferentes. Si no cambiamos de tecla, si siempre pulsamos la misma, la trompeta sonará igual. Esta vieja enseñanza podríamos aplicarla a la cuestión catalana. La aplicación del artículo 155 es condición necesaria, pero no suficiente, para solucionar el conflicto territorial. Aunque la derecha convoque a la sociedad civil. Aunque Casado lance los tigres a Sánchez, la Constitución por si sola no basta para conseguir la paz en Cataluña. Y no basta, queridísimos camaradas, porque el Estado de Derecho no es una varita mágica para la solución de todos los problemas. Hay problemas que se escapan de los tentáculos legales. Ante este hecho, es necesario que se activen los mecanismos del diálogo. Un diálogo instrumentalizado por la figura de un relator y dentro, faltaría más, de la legalidad.

La rendición de ETA, como recordarán, se logró por la combinación entre leyes y negociación. Gracias a la mediación, el gobierno de Zapatero consiguió la paz en Euskadi. En aquellos años, Rajoy criticó hasta el hastío el instrumento del diálogo. El recurso al relator es urgente y necesario para solucionar el conflicto catalán. Urgente porque el nacionalismo catalán determina, por cuestiones de aritmética parlamentaria, las decisiones del Congreso. Necesario porque, visto lo visto, la aplicación del artículo 155 reprime y enciende el odio entre el centro y la periferia. Un odio que alimenta la xenofobia, resucita el fantasma del populismo, y levanta el vuelvo de la gaviota. Por ello, Sánchez iba por el buen camino con la figura del relator. Una propuesta que ha quedado en agua de borrajas tras las palabras de los "jarrones chinos" de su partido. Con los hechos en la mano, con el paso atrás de Pedro, se ha demostrado que sus decisiones no pesan tanto en su partido.

Sin relatores en el camino. Tras el regreso al artículo 155, la ira de la derecha y el llamamiento a la unidad de España no tiene sentido. Y no lo tiene, porque Cataluña – sin reforma constitucional – seguirá cosida a Hispania por los siglos de los siglos. Seguiremos sufriendo el auge del populismo, la crispación territorial y el repliegue ante quienes tienen la llave del hemiciclo. Por ello, el inmovilismo, el llamamiento a la sociedad civil y la defensa de la unidad nacional no son la solución. Y no lo son porque la sociedad catalana está dividida entre unionistas y separatistas. Y este conflicto, que afecta al Estado de las Autonomías, es un problema de todos. Un problema que necesita diálogo, mucho diálogo, para que la vecindad recupere su cordura. Un diálogo orquestado por un relator. Por alguien que acerque posturas, pondere concesiones y busque una solución ventajosa para los de dentro y los de fuera. Un relator, por tanto, que actúe – faltaría más – dentro de las reglas de juego. Un relator, eso sí, sin las manos manchadas de cal.

Réquiem por Venezuela

Ayer, tras ver la entrevista que Évole realizó a Maduro, bajé al Capri. Necesitaba, la verdad dicha, emborracharme con el olor a café y las noticias del vertedero. Mientras estaba en el taburete, llegó Jacinto, un octogenario de las tripas de mi pueblo. Jacinto vivió en Caracas durante más de veinte años. Me comentaba que el problema no es Nicolás, ni muchísimo menos. El problema, queridísimo Abel, es el crudo. El maldito petróleo es el que pone los dientes largos a los yanquis del imperialismo. Si no fuera por el caldo, Venezuela sería un cero a la izquierda para los intereses de Trump. Desde la guerra de Irak, Estados Unidos ha dejado de ser el ombligo del mundo. Ya no son los yanquis quienes parten el bacalao en el globo. La crisis de Venezuela les viene como anillo al dedo para recuperar el cetro internacional.

Aunque parezca mentira, el lenguaje de las bombas, de la intervención armada, y del "no a la guerra" suena, otra vez, en la Hispania del ahora. La decisión de Sánchez ha sido, sin duda alguna, una torpeza en toda regla para nuestra convivencia democrática. Y lo ha sido, queridísimos camaradas, porque su posicionamiento junto a Trump nos recuerda a Aznar y la foto de las Azores. El encargo de Pedro a Guaidó, la convocatoria de elecciones, resulta ingenuo y surrealista. Ingenuo porque antes de convocar las elecciones, el nuevo legítimo tendrá que pasar por encima del "cadáver" de Maduro. Y surrealista porque el Derecho Internacional ha quedado a la altura del betún. A estas torpezas hay que sumar el efecto colateral que traerá la legitimación de Guaidó en las tierras catalanas. No olvidemos que lo que ha hecho el venezolano es similar a lo que en su día hizo el catalán. Con la única diferencia que el primero ha sido reconocido como legítimo y el segundo, junto a su séquito, sancionados y entre rejas.

La legitimidad de un gobernante debe ser unánime por todos los países del mundo. Y para ello, las reglas del juego no deberían cambiarse de la noche a la mañana. Si las reglas son la democracia. Si las últimas elecciones en Venezuela fueron acatadas por la Comunidad Internacional, lo más ético sería que Maduro convocase elecciones conforme al ordenamiento jurídico. Unas elecciones, eso sí vigiladas y controladas, para que se decida quién merece el cetro de Venezuela. Si Maduro no cayera de la burra, si llegado el final de su mandato no llamara a las urnas, sería entonces cuando podríamos hablar de intervención internacional. Nicolás, y no le falta razón, se considera el legítimo de su "pseudemocracia", y por ello se atrinchera entre pistolas. Hoy, más que nunca, hacen falta mediadores internacionales. Gente que sea capaz de convencer a este señor para que convoque elecciones. Unas eleccciones para que los venezolanos decidan el sino de su patria. Una patria empobrecida a pesar de su riqueza.