Miro por el retrovisor de mi vida y vislumbro a ese quinceañero con pelo a lo afro, gafas de pasta y granos en la cara. Y lo veo, en el balcón de su casa, rodeado de sus primos y amigos. Ahí, desde ese balcón de los ochenta, contemplábamos el desfile de moros y cristianos. Mi padre, por aquel entonces en la treintena, desfilaba en la comparsa Sarracenos. Al pasar por allí, miraba hacia el balcón y saludaba con la espada. Por la calle, los caballos lucían con jinetes elegantes. Caballos negros y marrones que anunciaban la llegada de carrozas y fuegos artificiales. En aquellos años, mi vida no era otra cosa que un cúmulo de fracasos. Con la autoestima por los suelos, me convertí en el capítulo feo de la novela. Rebelde con el mundo, no quería estudiar ni pensar en el mañana. Hoy, con saberes adquiridos a través de rectángulos de papel, observo de reojo a ese otro que soñaba con la nada. El tiempo es el mejor medicamento para las heridas del espíritu. A través de su paso, los vinos jóvenes se convierten en añejos. En vinos con aroma a vainilla, cuero y frutos secos.
Los años pasan. Pasan para los feos y guapos, y pasan para los nobles y plebeyos. La vida no se detiene, aunque soñemos con la inmortalidad. Y en ese sin parar, el espejo se convierte en la verdad. A través del espejo, vemos el reflejo de los años. En el espejo, Manolo sufre la presencia del devenir. Sabe que, antes o después, morirá. No puede escapar ante el sí o sí de la finitud. Y en esta encrucijada, la angustia se aposenta en su mente. Una angustia que necesita anestesia para la paz. Manolo necesita creer en la eternidad y la doble dimensión. Manolo necesita el refugio de la religión. La vida se vive mejor si alguien encuentra su porqué. La Iglesia se convierte en el antídoto contra la finitud. Durante una hora, el creyente encuentra sosiego ante la verdad. Sin embargo, el ateo vive la angustia sin anestesia. No sueña con la eternidad, sino que goza del instante como único presente. Vive el poder del ahora. No planifica más allá de lo inmediato. Vive mientras camina y camina mientras vive. Para él lo que importa es el disfrute del paisaje. Un paisaje de árboles caídos y olor a jazmín.
La vida en los pueblos es distinta a las ciudades. En el pueblo yace un sentimiento de comunidad. La huella de la amistad surca las familias. Familias que viven en la buena vecindad. El “nosotros” eclipsa al "yo" de la capital. El silencio de las calles se rompe con la motocicleta de Javier. Los gallos cantan desde corrales toledanos que invitan al café. El olor a cocido invade la casa de Inés. El tiempo pasa despacio. A lo lejos, Andrés sufre la espera del agricultor. Los árboles necesitan años para crecer. Los frutos del limonero no llegan de hoy para mañana. Y esa espera contrasta con la era de las prisas. La vida de la ciudad es ruidosa y apresurada. A través de las pantallas, las respuestas están a golpe de clic. No hay espera, ni sufrimiento ante el parto del limonero. En el pueblo, la gente alza la voz para hablar con el vecino. La separación de las casas invita al grito. Un grito humano y nítido. Un grito puro y no contaminado por el ruido de lo urbano. Después de cenar, los vecinos charlan al fresco. El coro de las sillas viene acompañado con tajadas de melón. Entre tajada y tajada, Carmela riega la calle. El olor a tierra mojada se entremezcla con la luz de la Luna.










