Sobre crítica y gregarismo

Durante más de diez años, he juntado letras en los pergaminos de este blog. Alejado de los tigres de papel, he querido construir un medio que pusiera en valor la crítica como herramienta democrática. Para ello, como saben, he librado una batalla en solitario. Una batalla donde he aprendido acerca de las reglas de juego. Más allá de mi condición de sociólogo y politólogo, siempre he sido un romántico empedernido. Un soñador de sociedades utópicas y de paces universales; tal y como defendía Kant. Esos sueños han caído, año tras año, en el saco roto de desilusiones y desengaños. Desilusiones porque estamos ante una democracia de trincheras digitales. Y desengaños porque los lectores, en su mayoría, prefieren leer textos previsibles y acordes con sus clichés ideológicos. Así las cosas, esta bitácora se ha convertido en un servicio de lectura al servicio de unos pocos. Unos pocos, como les digo, que siguen la actualidad desde lugares incómodos.

Esos lugares – incómodos, contradictorios, oscuros y abstractos – son incomprendidos. Y esa incomprensión es la que hace que este blog produzca sensaciones agridulces en sus seguidores. Es por ello que, en las últimas semanas, he estado a punto de tirar la toalla. Una toalla con gotas de sudor, lágrimas de cocodrilo y olor a chamusquina. Aún así, con el cuerpo herido de tanta crítica destructiva, he decidido que debo seguir. Seguir, y cuanta razón tenía mi abuelo, es sinónimo de esperanza. Y esa esperanza se convierte en el aliento necesario para naufragar contracorriente. Naufragar contra quienes piensan que escribo a sueldo de partidos nacionales. Naufragar contra quienes desean que sea una oveja más de las miles del rebaño. Y naufragar, y disculpen por la redundancia, contra un modelo periodístico que enmarca sus columna dentro de recintos ideológicos. Hoy, queridísimos lectores, vuelvo al campo de batalla. Vuelvo a combatir contra aquellos gigantes del Quijote. Y vuelvo a convertirme en ese loco que se asoma al prado desde su torre de marfil.

En esta nueva andadura, escribiré sobre aquellos asuntos que muevan mis cimientos interiores. Escribiré para poner en valor la crisis conceptual que atraviesa el conocimiento. Una crisis, como les digo, que afecta a los argumentos de autoridad e infecta la voz de los expertos. Estamos rodeados de todólogos. De gente que habla de cualquier tema como lo hacían los sofistas en la democracia de Pericles. Existe un exceso de verborrea vacía que se apoya en titulares efímeros y efectos especiales. Asistimos a la cultura de lo inmediato, de lo superficial y lo aparente. El ser de Parménides ha sido asesinado por el devenir de Heráclito. Los filósofos de la Jonia han ganado la batalla a los itálicos. Estamos ante un resurgimiento de la Doxa en contraposición con la Episteme. Esta situación – de conocimientos blandos, saberes "útiles" y mercantilización de la "praxis" – provoca una pérdida de sentido que nos arroja al vacío. Un vacío que se manifiesta en tecnodependencia, depresiones, ansiedades y libros de autoayuda. Unos factores que enferman el espíritu, debilitan a la especie y entorpecen el progreso.

Tributo a Marías

El otro día, como saben, falleció Javier Marías. En alguna que otra ocasión critiqué el contenido de sus columnas por su falta de rigor. Aún así se notaba, la verdad sea dicha, que era un gran literato. Era, como dije en una red social, un malabarista de las palabras o, dicho de otra manera, un sofista del mensaje. Desde hace muchísimos años, siempre fui un fiel lector de la columna que publicaba en el suplemento dominical de El País. Escribía de cualquier tema. De vez en cuando hablaba sobre política. Hacia una crítica más general que concreta sobre la actualidad del momento. Se notaba que no era un experto en política sino una persona con criterio que opinaba desde lo alto de su tribuna. Cuando leí, hace años, La desfachatez intelectual, un ensayo de Sánchez Cuenca, supe que Marías estaba dentro de ese catálogo de novelistas que, por su renombre en el mundillo de los libros, formaba parte del columnismo español.

Javier tenía un estilo claro y sencillo. Más cercano a Azorín que Galdós, no era – desde mi punto de vista – un gran constructor de metáforas y aforismos. Describía lo que veía y lo hacía en el lienzo blanco de su imaginación. Más retratista que paisajística, Marías era capaz de encarnar a cualquier personaje, ya fuera niño o mujer. Aún así, desde mi humilde opinión como lector, le faltaba pulir a sus criaturas. Faltaba la conexión con la autenticidad del personaje. Una autenticidad que sí la conseguía Unamuno en libros como San Manuel Bueno Mártir, por ejemplo. El valor de un escritor, me dijo una vez un señor que sabía mucho de libros, no se lo otorga los libros que vende sino la calidad de su prosa. La venta de libros – en su mayoría – viene determinada por el ruido mediático de las novelas. Un ruido causado por el poder económico de la editorial. Las editoriales son empresas. Y como cualquier empresa su finalidad no es otra que ganar dinero. Si un libro no se vende suscita malas caras y relaciones tensas entre el autor y su editor.

Hace años, cuando escribí El Pensamiento Atrapado, supe como funcionaba la industria de la cultura. Nunca pagué por la edición del mismo. Ni tampoco por la edición de mi segundo libro. Aún así, por mi baja implicación en la comercialización de los mismos, se vendieron muy pocos ejemplares. Desde aquel momento, me di cuenta que lo mío no era el mundillo de las casetas y ferias de libros sino juntar letras en los pergaminos de este blog. Cada día, tengo menos ganas de difundir los artículos. A veces siento que la finalidad del conocimiento no es su divulgación sino dejar constancia de un pensamiento por escrito, tal y como creía Marías. Por ello cada día, menos gente se asoma al blog. Aún así, y en eso coincido con Javier, el escritor debe seguir ahí. Debe seguir sin esperar el aplauso de la gente. Sin esperar el abucheo. Y sin anhelar la fama ni el reconocimiento efímero. El escritor debe disfrutar con lo que hace. Son los lectores, quienes corresponde divulgar y compartir, entre sus amigos y conocidos, la obra leída. Los lectores son quienes deben emitir el juicio sobre lo leído. Un juicio que no tiene por qué coincidir con la intención del autor.

De capitalismo y sufrimiento

Tras varias horas de insomnio, me puse las chanclas, cogí un par de galletas y bajé a dar una vuelta a la manzana. El Capri todavía estaba abierto. Eran las dos de la madrugada y desde lo lejos se veía gente apoyada en las penumbras de la barra. Pedí un cortado bien cargado de cafeína y dejé que los pensamientos infectaran mi mente. Eran pensamientos tóxicos y venenosos. Pensamientos que alimentaban mis miedos y temores. Miedo ante posibles enfermedades. Miedo ante quedarme solo el día de mañana y miedo, mucho miedo, al dolor y las expectativas de la muerte. Solo en el taburete, y sin ningún perro que me ladrara, se acercó una señora a mi vera. "Perdona – me dijo – llevas un cigarro". Le dije que no. El último que me fumé fue hace más de treinta años. Me preguntó qué hacía un lunes, a deshora, en la barra del garito. Le dije que mataba las horas entre sorbos de café y noticias del Marca. Viuda, desde hacía un par de años, inundaba sus penas con las burbujas del gintonic. Burbujas manchadas de carmín y de sueños obsoletos.

Me dijo que había estudiado hasta tercero de Derecho. Aunque quiso, no terminó la carrera. El cáncer de su marido vino seguido de penurias económicas. Para estudiar, me decía, se "necesita tener la barriga llena". Hablamos de política y terminamos debatiendo sobre capitalismo y sufrimiento. Le dije que el capitalismo causaba desigualdad social. Una desigualdad que servía para clasificar a la gente en estratos sociales. Esos estratos son los responsables de que unas personas estén arriba y otras abajo. Los "de abajo" sueñan, en la mayoría de ocasiones, con la vida de los "de arriba". Ese sueño deriva en frustración. Una frustración que genera ansiedad por el "querer y no poder". Muchos jóvenes quieren y no pueden trabajar. Quieren y no pueden independizarse. Quieren y no pueden vivir con dignidad. El sistema, me decía esta señora, inyecta sentimientos negativos. Sentimientos, como los celos y la envidia, causan dolor entre las clases sociales. Tanto que la gente sufre por el coche que se ha comprado el vecino o por el ascenso del amigo. Y ese sufrimiento no cesa, ni cesará, mientras queramos igualar por arriba.

Estos sentimientos negativos, auspiciados por el capitalismo, son acrecentados por la culpa. El pobre se siente culpable de serlo. Y se siente así porque en un sistema de clases, y alejado de la sociedad estamental, cualquiera se supone que puede aspirar al ascenso social. Un ascenso que se justifica mediante el mérito y el esfuerzo. Luego, los pobres son aquellos que supuestamente no se han esforzado lo suficiente. Se ningunea la suerte y los determinismos de cuna para que nadie se rebele contra la lógica del sistema. Hay, por decirlo de alguna manera, un consentimiento tácito de las reglas de juego. Reglas, por su parte, injustas que crean desequilibrios en las fichas del tablero. Los medios de comunicación inyectan anestesia al sufrimiento. Los programas de cotilleo hacen que "los de abajo" se sientan felices en su comparación con "los de arriba". El operario de fábrica observa como los ricos también lloran. Como los ricos también se separan. Y como los pudientes se tiran pedos y hacen sus necesidades en wáteres similares.

La derecha moderada

El 15-M, y la creación de Podemos, recordaba a la España efervescente de 1982. Una España, como les digo, que clamaba libertad tras cuarenta años de Nodos, rombos y tricornios. Aunque la muerte de Franco supusiera el fin a cuatro décadas de dictadura; los valores del franquismo no se podían borrar de la noche a la mañana. El "conservadurismo" social continuó hasta bien entrado los ochenta. De tal modo que la gente no hablaba abiertamente de sexo. El patriarcado y la familia nuclear vertebraban la estructura social de aquel entonces. Existía un miedo latente ante un regreso a los fantasmas del pasado. Y ese miedo era sentido por la clase trabajadora, la misma que se identificaba con la izquierda en los tiempos de la República. Una clase que regresaba del exilio. Unos de Francia y otros de México, Argentina o Venezuela. Así las cosas, la sociedad española postfranquista se dibujaba como moderada. Una moderación condiciona por el temor a futuras represalias o caída del nuevo régimen. No olvidemos que en febrero de 1981, el golpe de Estado fallido activó todas las alarmas y refrescó el recuerdo del golpe de Estado republicano.

En octubre se cumplen cuarenta años de las elecciones de 1982, aquellas que fueron ganadas por Felipe González, un joven con vestimenta parisina, carisma y visión europeísta. Felipe se proclamaba como la bisagra entre el comunismo – de corte soviético y representado por la Pasionaria – y la derecha retrógrada, representada por hombres corpulentos. Hombres, al estilo de Fraga, con frentes despobladas y barrigas prominentes. Felipe ponía en valor el discurso socialdemócrata. Un discurso que ya calaba en Alemania con al advenimiento de los Estados del Bienestar. Con el eslogan "Cambio", González insufló a la España postfranquista una idea de Estado que anhelaba el borrado paulatino de los residuos franquistas. Con él, llegó el "progresismo" frente al "conservadurismo". Un progresismo que anhelaba por una secularización de la sociedad, una libertad de expresión y otras formas de convivencia. Así, desde 1982 hasta 1996, el PSOE se convirtió en un partido que representaba a una clase media próspera e ilusionada. A la izquierda del partido socialista, Izquierda Unida – con Julio Anguita a la cabeza – reclamaba más derechos para la clase obrera, A la derecha del PSOE, Alianza Popular y después el PP intentaban, de algún modo, pescar en los caladeros de la moderación.

Hoy, a dieciocho meses, de las elecciones generales, el PP sigue con la misma batalla de hace cuarenta años. Estamos ante un partido descosido por la crisis reciente de liderazgo, por los casos de corrupción y por la escisión que ha sufrido en los últimos cinco años. Si antes eran la Falange y el CDS, los partidos que vertebraban la derecha. Ahora son VOX y el agonizante Ciudadanos quienes agrietan al partido de Feijóo. Estamos ante una derecha rota, como lo estaba hace cuarenta años, que anhela los mismos motivos de conquista. La derecha desunida – como en los tiempos de Hernández Mancha – no le queda otra que la moderación. Una moderación necesaria para ensanchar su cuota electoral a costa del centro izquierda. Por ello, Feijóo necesita ganarse la percepción social de "hombre de Estado". Necesita, aprovechando el desgaste de Sánchez, pescar en los caladeros del PSOE y en el lago moribundo de Ciudadanos. Solo así, la derecha conseguiría desbancar al sanchismo de la Moncloa. Para conseguirlo, Feijóo debe demostrar que es moderado. Y esa demostración solo se consigue con las credenciales de su pasado y sus hechos actuales.

Las credenciales de su pasado no son otras que las de un presidente autonómico que gobernó con el confort de la mayoría absoluta. Una mayoría que no necesita el poder de la negociación, y la moderación, para sacar los proyectos adelante. Entre lo fácil y lo difícil, lo fácil – para cualquier gobernante – es gobernar con una mayoría holgada. Una mayoría, como les digo, que pone a prueba el talante estadista de cualquier mandatario. Y que sirve, por tanto, para saber si lo que de verdad interesa es el interés general o el particular (partidista). Los hechos actuales, los que prueban la supuesta moderación de Feijóo, son el histórico de leyes aprobadas gracias al beneplácito de su partido. Y de entre ellas, Feijóo no ha dado su brazo a torcer con la norma sobre el ahorro energético. Un gesto que mira más hacia el interés partidista que el general. No olvidemos que Díaz Ayuso y Sánchez están en las antípodas ideológicas. Y cualquier "no" de la presidenta madrileña, que sea respaldado por lo Feijóo está lejos, muy lejos, del espíritu "moderado" que proclama.

Tributo a Toledo

Todos los años, por la segunda quincena de agosto, suelo hacer un viaje familiar por España. Tras tres años, desde que comenzó la pandemia, no había salido de casa. Torrevieja y sus playas han sido, la verdad sea dicha, mis únicas escapadas. Hace una semana, estuve en Toledo, la tierra de las tres culturas. Perdido por sus callejuelas, he viajado al pasado. He estado en Zocodover, la mítica plaza de la ciudad. Una plaza repleta de guías turísticos, gente tomando el fresco y restaurantes de comida rápida. En ese rincón, de la capital de Castilla, la Inquisición hizo de las suyas. Por ahí trasladaban a los herejes hasta la cuesta del Alcázar. Enfrente de esa plaza, entre un arco y una escalera, poso junto a una estatua del Quijote. Estoy envuelto de murallas, puentes y catedrales. Agradezco el calor seco. Un calor distinto a la humedad de mi pueblo. El aroma a las carcamusas y a perdiz estofada contrasta con el olor a paella de las tierras valencianas.

Mientras camino, fotografío las callejuelas del casco antiguo. Calles, estrechas y alargadas, con alguna que otra moto antigua aparcada. Y con algún que otro gato maullando desde las rejas de las ventanas. Hay paz, mucha paz escondida entre estos rincones y recovecos toledanos. Rincones por los que en su día pasearon reyes, duques y doncellas. Y recovecos donde se cruzaron cristianos, judíos y musulmanes. El interior de la catedral sorprende por su tamaño colosal y su estilo recargado. Un interior alejado del ideal de Iglesia propuesto por Bergoglio. Una Iglesia, según él, para los pobres al más puro estilo de San Francisco de Asís. Entre capilla y capilla, un niño pregunta a un guía turístico: "¿por qué ya no se construyen catedrales?". Por qué – en palabras técnicas – la Iglesia ha perdido su poder arquitectónico. Entre la plaza de San Justo y la calle del Lócum está el callejón más estrecho de Toledo. Se llama el callejón del Toro. Dice la leyenda que un toro se escapó de unos corrales cercanos y quedó atrapado en este callejón de menos de un metro de anchura. Un callejón oscuro, de muros altos y acorazados. Muros que invitan a conquistar lo desconocido.

Anochece en Toledo. Mientras camino por el casco antiguo, observo como los vecinos dejan las bolsas de basura encima del asfalto. Cajas de cartón, apiladas en las persianas de las tiendas, ensombrecen la magia del hechizo toledano. La luz de las farolas ilumina el río de turistas que transita por sus puentes. Puentes amarillos que miran con nostalgia a las aguas del río Tajo. Aguas que recuerdan a las antiguas "playas de Toledo". Desde la Judería deambulo, con el GPS del móvil, en busca de la plaza Zocodover. Tras pasar por el museo del Greco, me viene a la mente "el entierro del conde de Orgaz", lienzo que, horas antes, he contemplado en la Iglesia de Santo Tomé. Entre calle y calle siento el paso de los siglos. Imagino cómo pudo ser la convivencia entre culturas tan diferentes. Atrapado, entre recovecos e intersecciones, no quiero salir de este laberinto de aromas y silencios. Respiro tranquilidad y seguridad entre los turistas toledanos. Una tranquilidad que contrasta con el griterío y jolgorio de las costas españolas. La luna ilumina los muros del Alcázar. A lo lejos se oye el llanto de los ciervos. Brujería.

Regeneración filosófica

En los últimos cinco años se ha incrementado en un 33% los alumnos de Filosofía. Dicho porcentaje – publicado recientemente en las páginas de El País – no sería noticia sino se tratara de la "madre de las ciencias". La filosofía significó el paso del mito al logos. Surgió en la antigua Grecia por la confluencia de condiciones geográficas, económicas y culturales. Gracias a la ubicación geopolítica de Atenas, los griegos tuvieron la oportunidad de viajar hacia nuevas tierras, conseguir prosperidad económica y liberar tiempo para adquirir conocimiento. Se preguntaron por el Arjé o el fundamento último del universo. Siglos más tarde, los sofistas enseñaron “el arte de la oratoria” para triunfar en la esfera política. Sócrates y su discípulo Platón buscaron las esencias de las cosas, o dicho de otra manera, ciertas verdades absolutas como el bien, la belleza o la justicia, entre otras. Tras la muerte de Alejandro Magno (en el 323 a.C.) y la desintegración de la polis, la filosofía helenística puso su acento en la ética. Tanto epicúreos, estoicos y escépticos se preguntaron sobre la felicidad;  una felicidad que se hallaba en la ataraxia o tranquilidad del espíritu. El Cristianismo adquirió buena parte de las enseñanzas de Plotino. San Agustín de Hipona y santo Tomás de Aquino pusieron en valor el debate entre razón y fe. Un debate que siguió perenne hasta el siglo XVII con la llegada de la Nueva Ciencia.

La Nueva Ciencia supuso una mirada a las matemáticas como fuente exacta del saber. El filósofo de moda ya no sería Aristóteles sino Arquímedes. Todo el conocimiento que no estuviera basado en los números no estaría bien considerado en un siglo, que tuvo enfrentados a racionalistas – pensadores de la Europa continental – y empiristas – pensadores británicos -. Para los segundos, con Hume y Locke a la cabeza, la ciencia no podía basarse en certezas sino en probabilidades. La fuente básica del conocimiento eran los sentidos. A través de la inducción se realizaban generalizaciones que nunca gozarían de poder absoluto. Siempre estaría la duda si tras cientos de cisnes blancos habría alguno, en algún que otro lugar recóndito del mundo, que fuera negro. Fue un filósofo de Könisgberg, Immanuel Kant, quien puso paz entre racionalistas y empiristas. Padre del Criticismo hizo una síntesis entre sendas corrientes. El conocimiento, diría el autor de la Crítica a la Razón Pura, es fruto de una subjetivación. El individuo solo conoce el fenómeno, aquello que percibe gracias a unas categorías universales que comparte con el resto de mortales. La cosa en sí, el noúmeno, nunca se llega a conocer.

El siglo XVIII, o “siglo de las luces”, trajo consigo la supremacía de la razón. Una supremacía que culminará con el Idealismo absoluto de Hegel. La historia se mueve mediante la dialéctica, un movimiento constante de tesis, antítesis y síntesis. La razón es el fundamento último del mundo. Una razón que será cuestionada, en el siglo XIX, por la corriente vitalista. Fue precisamente Paul Ricoeur quien acuñó el término "filósofos de la sospecha". Filósofos, tales como Nietzsche, Marx y Freud, que justificarán el progreso social mediante elementos ajenos a la razón. Friedrich Nietzsche en El Crepúsculo de los Ídolos criticará a esa razón. A través de la genealogía tirará del "árbol genealógico" y descubrirá que el principal error está en el paso del mito al logos. Aquel paso no fue otro que un paso de un mito hacia otro mito. Culpó al cristianismo y a la moral cristiana de los fracasos de la razón. Y decretó la muerte de Dios y el advenimiento del superhombre. Ya metidos en el siglo XX, la filosofía  no se pregunto tanto por las esencias sino por la existencia. Pensadores como Sartre abanderaron el ateísmo como actitud ante una vida donde el ser humano se convierte en un "para sí", en un proyecto de sí mismo. Estamos ante una siglo marcado por una amalgama de corrientes filosóficas que reflexionan sobre la lógica del mundo.

El siglo XXI implica nuevos retos para la filosofía. Retos tecnocientíficos, ambientales y sociopolíticos suponen la necesidad de una reflexión transversal. El filósofo debe reflexionar sobre el uso de los móviles en la sociedad actual. Se debe detener en la tecnodependencia, en esa “nueva esclavitud” que suponen las pantallas. También debe repensar el ecologismo y la finitud del planeta. Debe poner el acento en las líneas que separan la utopía de la distopía. Estamos ante uno de los mayores retos de la humanidad. Un reto que pasa por los riesgos geopolíticos que implica el espacio. También, el filósofo debe examinar, con lupa, la realidad sociopolítica. Debe reflexionar sobre los Derechos Humanos, las actitudes que atentan contra los mismos – xenofobia, homofobia, aporofobia y explotación infantil, entre otros – y abrir nuevos interrogantes al respecto. Es importante que se reflexione sobre la globalización y las Organizaciones Internacionales en tiempos de crisis. Estos retos solo se pueden afrontar mediante un reciclaje continúo y actualizado de la profesión. Hoy, más que nuca, se necesitan pensadores. Se necesitan mentes que se pregunten por el por qué de las cosas. Mentes que cuestionen lo establecido y vehiculen nuevos horizontes. Es el momento de una regeneración filosófica que ponga en valor la mirada individual como complemento de la general.

Playas, qué lugares

El otro día, mientras limpiaba el trastero, llegó a mis manos una foto de mi infancia. La foto estaba tomada en "el cura", una mítica playa de Torrevieja. Mientras contemplaba la imagen, me venían a la mente decenas de recuerdos con mis primos jugando a la pelota. Recuerdos como aquellas neveras con refrescos, agua y bocadillos de mortadela. Al calor de la sombrilla, mis padres y mis tíos hablaban de sus cosas. Corrían los años ochenta. Eran años del Naranjito, de la España de Felipe y del "Un, dos, tres… responda otra vez" los viernes por la noche. Pasábamos largas horas en la playa. Tantas que salíamos con los dedos arrugados y la espalda roja como si fuéramos salmonetes. Las avionetas arrojaban artículos publicitarios a los bañitas de la orilla. Una orilla repleta de castillos de arena y de niños jugando con sus palas y rastrillos. Recuerdo que encima de las toallas había libros de bolsillo. Libros abiertos que aguardaban a sus lectores mientros estos se bañaban.

Artículo completo en Levante-EMV

Pedagogía energética

La cruzada de Isabel Díaz Ayuso contra el gobierno de Sánchez se ha convertido en algo predecible y aburrido. En España, la gente sabe leer. No estamos ante el país de la época franquista donde la inmensa mayoría de la población era analfabeta. Un país, como les digo, donde el fútbol y los toros servían de cortinas de humo para esconder las miserias del régimen. Hoy, gracias al progreso democrático, existe una cierta alfabetización política que sirve  para desenmascarar a los políticos. Existe una lucha por La Moncloa que pone sobre la mesa las teorías de Maquiavelo. Todo vale, como les digo, en tal de desbancar al otro y dejarlo en la cuneta. Y en ese "todo vale" entra en juego el interés partidista por encima del interés general. Si antes fue, el enfrentamiento de Ayuso – en tiempos de pandemia – contra el cierre de los bares decretado por el Gobierno. Ahora es la "pataleta" contra las medidas, para el fomento del ahorro energético, decretadas por Sánchez.

Ayuso recuerda, por su afán de protagonismo, a los tiempos de Esperanza Aguirre. Tiempos, como saben, donde la expresidenta madrileña salía en más fotos que el propio Mariano Rajoy. El plantón contra el cierre de bares sirvió para conseguir el beneplácito de miles de hosteleros madrileños y ganar las elecciones. Si miramos por el retrovisor de los tiempos, el populismo ha sido la tecla infalible para conseguir victorias electorales. Cualquier dictadura mantiene a raya a sus súbditos mediante la estrategia, archiconocida, del "pan y circo". Ahora bien, en política hay decisiones que son impopulares. Decisiones como la subida de impuestos, la bajada del salario a funcionarios, la congelación de las pensiones y los recortes en educación y sanidad, entre otras. Son medidas que afectan directamente al bolsillo de la gente, hieren sensibilidades y traen consigo futuros castigos electorales. Hoy, las medidas decretadas por Pedro Sánchez son impopulares. Y lo son, queridísimos lectores, porque atentan contra el tejido turístico y comercial del país.

El apagón de los escaparates inunda de tristeza a las calles de Madrid. Resta glamour a los viandantes de la capital y suscita cualquier tipo de miedos y temores asociados con la oscuridad. Cualquier crítica contra estos apagones será aplaudida y bienvenida por los nostálgicos de la luz. Nostálgicos, con nombre y apellidos, como son los miles de vecinos, turistas y familias que regentan tiendas en cualquier calle de la ciudad. La privación de la luz y sus efectos estéticos son sensibles ante los ojos de la gente. Tanto que los argumentos abstractos – ahorro macroeconómico, distopía lumínica y demás – no son comprendidos por muchos ciudadanos. En esa incomprensión – basada en las luces cortas – es donde tiene cabida y acierto la postura de Ayuso. Su defensa del encendido, aunque vaya en contra de las recomendaciones de los expertos, es bien acogida por el mercado. Un mercado salvaje que destruye, de forma silenciosa, el planeta y amenaza con el agotamiento de los recursos energéticos.

Ante estas medidas impopulares, los políticos deben realizar pedagogía energética. Se necesita una labor pedagógica que tenga como objetivo la concienciación ciudadana sobre los riesgos ecológicos. En días como hoy, donde el cambio climático se ha tomado por una gran parte de la población a cachondeo, es complicado dar la vuelta a la tortilla. Es complicado que la toma de conciencia sea adquirida de la noche a la mañana. Para que esa pedagogía afecte a la población hace falta que se traspasen ciertas líneas rojas. Hace falta – y lo digo con ironía – "que la pobreza energética estrangule a la clase media y que los huracanes, y las danas, sean más frecuentes y dañinos. Hace falta que los golpes de calor se cobren más vidas que de costumbre. Y hace falta, maldita sea, que se produzca una hecatombe para que, de una vez por todas, se sancione el despilfarro energético y se interiorice el ahorro responsable". Si no lo hacemos, pronto echaremos de menos la luz de las farolas. Pronto prestaremos más atención a los mensajes de Greta Thunberg y otros líderes que luchan contra el cambio climático. Y pronto exigiremos responsabilidades a quienes, en pro del populismo, critican y entorpecen las medidas ecológicas.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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