Figuras de barro

Tras dos semanas apartado del campo de batalla, ayer recibí un correo de Jacinto, un periodista de las tripas valencianas. Me comentaba que vive angustiado por la incertidumbre laboral. Después de leer su texto, le pedí autorización para publicar su situación. Jacinto cuenta con veinticinco años. Hace dos años que finalizó la carrera y desde entonces se ha convertido en un nómada laboral. Ha firmado más de cinco contratos temporales, salarios bajos y jornadas “a tiempo parcial”. Con estos mimbres tiene dificultades para la emancipación, comprar un coche y crear una familia. Tanto es así que vive con sus padres, se desplaza en patinete y carece de pareja. El periodismo está muy mal pagado. Él trabaja como redactor. Su función no es otra que transcribir notas de prensa. Estamos ante una generación de jóvenes que más que vivir, sobrevive por culpa del "Low Cost". Por culpa de las producción a bajo coste. El trabajador no es un recurso a optimizar sino un coste a minimizar. Tanto es así que estamos ante una mano de obra híper cualificada y barata. Una mano de obra que involuciona hacia las postrimerías del siglo XIX.

Después de leer a Jacinto, visité a Nietzsche. Estaba sin saber de él desde antes de la pandemia. Le pregunté por su salud y la de los suyos. Lo encontré muy desmejorado. Me dijo que padecía insomnio desde hace más de un año. Un insomnio que lo desconcentraba y mantenía irritable el resto del día. Le dije que Marx tenía razón. Vamos para atrás como los cangrejos. De nada ha servido el movimiento obrero, la Internacional y todas las manifestaciones juntas. El capitalismo cada día es más salvaje, menos sostenible y respetuoso con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La Revolución Francesa – me comentaba Friedrich – fue una falsedad en toda regla. Los valores de paz, amor y fraternidad no se corresponden con la praxis del ahora. Ahora abunda la guerra, el odio y el egoísmo. ¿De qué nos ha servido tanto progreso técnico si no hemos avanzado nada en la moral? Estamos ante rebaños envenenados por los celos y la envidia. Estamos ante la conjura de los esclavos contra los amos. En pleno siglo XXI, Dios no ha muerto. Ni siquiera el niño ha dado lugar a los valores del Superhombre. Seguimos siendo el mismo grupo de ovejas miedicas que deambula por las sendas de su amo.

Antes de llegar a casa, hice una parada en El Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, un buen vaso de cerveza que refrescara mi estómago y matara a mis neuronas. Allí, solo en la oscuridad del garito, cogí el móvil y aproveché para depurar el listado de wasap. Borré a contactos de momentos enterrados. Gente que fueron algo en mi vida pero que desaparecieron de la noche a la mañana. Leí una conversación que mantuve hace cinco años con María, una compañera de trabajo que falleció por la enfermedad de moda. Admiradora secreta de Sartre, me comentaba que un día fue arrojada al mundo. A un mundo de cromañones similares a ella pero distintos como los lunares de su vientre. En ese mundo, nacemos sin conductas programadas. A diferencia del gusano que, desde su nacimiento, sabe hacer el capullo de seda, nosotros necesitamos aprenderlo todo para la vida. Y en ese aprendizaje tropezamos con piedras y caemos por cientos de zancadillas. Entre las frases de la conversación, leo que "se necesita inteligencia para la vida". Una inteligencia para gestionar el devenir sin recurrir a los platonismos. Los platonismos han hecho de nosotros seres acomplejados. Seres inferiores y recelosos. Recelosos con Demiurgo, aquel alfarero que construyó figuras de barro con moldes de gigantes.

La brecha feminista

Más allá de la pandemia, el ecologismo y el feminismo se presentan como los principales retos del siglo XXI. El primero por la frecuencia de las inundaciones, invasión de especies exóticas y calentamiento global, entre otras problemáticas. El segundo, por la injusticia que supone la desigualdad de género. Ante tales retos, existen dos actitudes antagónicas. Por un lado, la actitud utópica. Los utópicos creen que los avances tecnológicos solucionarán los problemas derivados del cambio climático. Y piensan que la educación vencerá al patriarcado. Por otro lado, la actitud distópica. Los distrópicos auguran un futuro desolador. Tanto es así que prácticas como las del rover Perseverance de la NASA, en Marte, son un síntoma que pone en evidencia la gravedad del planeta. Piensan que la desigualdad de género seguirá perenne en muchas sociedades. Estas actitudes resucitan a los clásicos. Ponen en valor las tesis de Simone de Beauvoir y miran de cerca los pronósticos de Greta Thunberg.

El otro día, Irene Montero aseguró que las mujeres afganas y españolas "están sometidas al mismo patriarcado". Según la ministra de Igualdad "el machismo es la base de las vulneraciones graves que están sufriendo las mujeres de Afganistán". Estas declaraciones fueron criticadas desde las trincheras de la derecha. Y lo fueron porque, a diferencia de España, las mujeres afganas tienen que cubrirse la cara en público, no pueden trabajar y deben salir de casa acompañadas por un varón. Más allá de la polémica suscitada por las palabras de Montero, lo cierto y verdad, es que existe un sustrato común entre ambos extremos. Y el sustrato no es otro que la desigualdad de género. Una desigualdad que, como bien dice la ministra, tiene sus raíces en el patriarcado. Un patriarcado que arranca con el reparto de roles en las sociedades primitivas. Un reparto que minusvalora las capacidades de la mujer y elogia, por desgracia, la fuerza del "macho".  Ese reparto desigual nos sitúa ante un hombre "cazador", y garantista de comida, frente a una mujer recluida en las paredes de la cueva.

Hoy, en pleno siglo XXI, existe una brecha feminista. No se debe hablar de feminismo en términos absolutos sino mediante logros geopolíticos e históricos concretos. Hay una dicotomía entre el feminismo blanco y negro. Y una brecha, por qué no decirlo, entre el feminismo franquista y el democrático, por ejemplo. En España existe una desigualdad de género que afecta con más agudeza al mercado laboral. Hay desigualdad salarial y disparidad en los asientos del poder. Y hay, y disculpen por la redundancia, problemas de compatibilidad familiar y laboral. Problemas que afectan, en mayor profundidad, a las mujeres. Y problemas que necesitan la intervención del Estado. Se debería, entre otros puntos, universalizar la educación infantil de 0 a 3 años y flexibilizar, aún más, la jornada laboral. En otros países, la desigualdad afecta a ejes distintos a los nuestros. Es necesario que se construya un relato global del feminismo. Un relato que ponga en valor las debilidades, fortalezas, oportunidades y amenazas de cada cultura particular en materia de igualdad. Y ese relato pasa por la convocatoria urgente de una Convención Internacional Feminista.

Juguetes de hojalata

Septiembre es un mes nostálgico y enérgico al mismo tiempo. Nostálgico porque echamos de menos los amaneceres de agosto, los paseos por la playa y las noches toledanas. Noches de insomnio y vueltas en la cama. Noches que invitan a beber agua, salir al balcón y oír al camión de la basura. Enérgico porque el paréntesis vacacional nos ha recargado las pilas. Nos ha hecho reflexionar sobre el trabajo, la familia y el sentido de la vida. En septiembre, amanece distinto en los pueblos. El día comienza oscuro y las cigarras ya no cantan como antes. También anochece antes. Tanto que hay menos niños en los parques jugando a la pelota. Ahora toca estudiar, emprender un nuevo curso. Volver a la oficina y lidiar cada mañana con nuestros compañeros de batalla. Recuerdo cuando era niño que septiembre era trágico. Trágico porque volvía a la escuela. A la misma que odiaba desde la puerta hasta a la esquina. Una escuela que no recuerdo con alegría sino con rebeldía. Hoy, miro por el cristal de mis gafas y veo aquel niño, con los pelos a lo afro, que se inventaba dolores de cabeza para evitar aterrizar en las aulas del tormento.

Aunque la lluvia haya limpiado las impurezas del asfalto siempre existirá la huella del pasado. Una huella que nos sirve para recordar lo que fuimos y construir lo que somos. Somos, como diría Sartre, el producto de nuestras propias decisiones. Somos "seres para sí". Seres conscientes, como les digo, arrojados al mundo. A un mundo de animales similares pero únicos y distintos a nosotros. En ese mundo construimos nuestra identidad. Una identidad condicionada por la tierra que nos sostiene, la familia que nos cobija y las creencias transmitidas. Luego somos semilibres. Semi, claro que sí, porque estamos determinados, en palabras de Ortega y Gasset, por las circunstancias. "Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvaré yo". Y esas circunstancias hacen que seamos agradecidos con aquellas condiciones que facilitan nuestra capacidad de elegir. Desde mi interior miro hacia el Primer Mundo y sufro en silencio. Sufro porque aquellos seres son humanos como nosotros. Y sufro porque sus circunstancias impiden que jueguen como los niños de Occidente. En esa angustia interior observo la vanidad de algunos ricos cuando brindan con caviar.

Son las estructuras geopolíticas quienes otorgan identidad a ese ser único e irrepetible que diría Sartre. Nuestra identidad cobra sentido cuando la contextualizamos. Aquí, en la Tierra, somos seres adjetivados. En Marte, por ejemplo, seríamos animales desposeídos de identidad. Y lo seríamos porque allí no hay una organización social que nos sitúe en ese puzzle que algunos llaman modernidad. Miro por el retrovisor de los tiempos y observo como los cambios de régimen han desposeído a millones de seres de identidad. Escucho testimonios de octogenarios. Testimonios como el de Jacinto, que durante años malvivió en el campo de Mauthausen. Allí se convirtió en un "cero a la izquierda". De nada sirvió su reputación como abogado en las calles de su pueblo. Allí, con el uniforme de batalla, Jacinto no era más que un nombre inscrito en las listas negras del régimen. Hoy, en un banco del parque, Jacinto llora el despojo de su ser. Allí aprendió que la vida es un largo caminar. Un largo caminar cargado de mochila. De una mochila que a veces llenamos con pepitas de oro y otras con juguetes de hojalata.

Tertulias al fresco

Amanece nublado en mi pueblo. Desde mi balcón, veo a lo lejos los días de septiembre. Días cortos y apagados que contrastan con las tardes largas y soleadas de julio. Tardes de veraneo, de calor asfixiante y cigarras que cantan desde la copa de los árboles. Se nos va el verano, se nos va. Se nos va un verano insólito. Insólito porque Messi dijo adiós al F.C. Barcelona. Porque han fallecido cientos de personas por coronaviruos. Insólito porque miles de afganos han huido, y huyen, de su país por el regreso de los talibanes. Miro septiembre y vislumbro la vuelta a las aulas. Aulas más apretadas, con menos distancia entre mesas, y con la mayoría de los alumnos vacunados. Aulas temerosas ante las nuevas cepas del virus. Cepas más contagiosas y persistentes. Y cepas que ponen en vilo a negacionistas y vacunados. Llega septiembre, y con él las precipitaciones y las tormentas políticas.

En El Capri, inundo mis penas con la espuma de la cerveza. Allí, solo en el taburete, leo noticias en las páginas del vertedero. Noticias sobre Sánchez y las repatriaciones de Ceuta. Noticias sobre tintoreras en aguas equivocadas. Y noticias sobre una España dividida. Sobre una España que sigue atascada en los prejuicios de la contienda. Y sobre una España que no gestiona bien la diversidad de pensamiento. A dos taburetes del mío, Jacinto discute con Manolo sobre la cuestión territorial. Discuten sobre Cataluña. Sobre el indulto a los presos del procés. Y discuten sin mencionar a Pujol, el mismo que gobernaba con socialistas y populares en provecho de su tierra. Peter ya no es aquel roquero de los ochenta. Ya no cuenta con ese tupé y esa chupa de cuero que cautivaba a las rubias del garito. A los sesenta, la vida se percibe diferente. Se percibe con las gafas de la angustia y las piedras del fracaso. A los sesenta, llegan los lamentos. Y llegan los dolores por las espinas clavadas durante los tiempos de guerrilla.

A las cinco de la tarde no hay ni un alma en El Capri. La gente está en las playas. En playas parceladas por eso de la Covid. Playas con cuerpos envueltos de crema, de niños jugando a la pelota y de gente caminando por los relieves de la arena. Playas con miles de diálogos al unísono. Y playas con familias que distraen sus penas con dimes y diretes. Playas repletas de misterios y leyendas. De niños ahogados y colchonetas perdidas. Playas, unas más grandes que otras, que relajan el espíritu e invitan al descanso. Peter, a eso de las ocho, enciende la televisión. Una televisión antigua. De esas que pesaban toneladas y que casi nunca se rompían. En el telediario, miles de peces muertos inundan la pantalla. Peces amontonados al filo de la arena. Peces muertos. Muertos por la pandemia. Por una pandemia que sacude el Mar Menor. Una pandemia que no discrimina entre jóvenes y ancianos. Una pandemia que nos recuerda a las coplas de Manrique. El ventilador mueve el aire del garito. La ola de calor hace sus estragos en las vísceras de mi pueblo. En la calle, los abanicos bañan de color las tertulias al fresco y el sonido de las pipas.

Olimpiadas, ansiedad y la clase mileurista

Las olimpiadas – decía el otro día en una red social – representan los valores del capitalismo. Valores como la autoexigencia, la competitividad y el éxito forman parte de las reglas del juego. Aunque la comparación sea atrevida. Aunque las olimpiadas de la antigua Grecia se celebraran en contextos históricos distintos a los actuales, lo cierto y verdad, es que ambos fenómenos – olimpiadas y capitalismo – guardan paralelismos. En otro orden, la puesta del cuerpo al límite, la soledad del atleta y la responsabilidad por llegar el primero a meta; no están pagados con medallas. Y no lo están, como les digo, porque detrás de ese éxito efímero se encuentra un vacío existencial. Un vacío marcado por las renuncias. Renuncias a los amigos, a la familia, al ocio y renuncias a todo aquello que ponga en riesgo la concentración del momento. Esas renuncias, tarde o temprano, pasan factura a los atletas. Facturas en forma de ansiedad, de intolerancia al fracaso, soledad y frustración. Soledad en los confinamientos. Y frustración cuando el esfuerzo no se corresponde con la recompensa deseada. 

En los últimos días, los medios de contaminación – de "comunicación" – han hablado, y mucho, sobre el estado de salud de los olímpicos. Un estado lastimado, como decíamos atrás, por la presión social a la que están sometidos. El mismo estado que, al parecer, sufren ciertos futbolistas cuando, por hache o por be, no meten los goles estimados. Futbolistas, y otros deportistas, que cobran cifras millonarias. Tanto que, gracias a las mismas, viven en casoplones, conducen coches de lujo, comen gambas rojas y mantienen negocios paralelos. Viven, como diría Jacinto, como marqueses. Como marqueses alejados de la plebe o, como diríamos aquí, de la clase mileurista. De una clase que más que vivir, malvive para llegar a final de meses. Dentro de esta clase hay padres de familia que destinan más del treinta por ciento de su salario a pagar la hipoteca. Padres que hacen malabarismos para estar al corriente en la factura de la luz, el agua, los libros de los niños, el carro de la compra y decenas de imprevistos que surgen a diario. Tales padres, y no padres, también son dignos de un medalla al mérito y el esfuerzo.

Los mileuristas, que también sufren de ansiedad, son invisibles para la parrilla mediática de este país. Y lo son, queridísimos lectores, porque el éxito es la mercancía más valorada en el sistema capitalista. Un éxito que se manifiesta en el número de goles, saltos con pértiga, canastas y todo lo que suponga ganar al adversario. Aquellos que no son agraciados. Aquellos que no meten goles ni encanastan balones no son noticia en los sumarios de la mañana. Y no lo son a pesar de sufrir en silencio el riesgo del despido, el corte de la luz o el desahucio por no pagar la hipoteca.  Simone Biles y cientos de futbolistas guardan similitudes con la clase mileurista. Ambos sufren de ansiedad por la autoexigencia que supone la rutina de sus vidas. Ambos pelean para evitar el fracaso en su tarea. Y a ambos se les presiona, y se les exprime, para que sean más productivos. Sin embargo, cada uno vive su ansiedad desde contextos distintos. Unos lo hacen desde sus mansiones y coches caros. Otros, desde sus pisos de alquiler y coches descatalogados.

La derecha panda

El otro día, leí "La izquierda panda", un artículo escrito por Diego S. Garrocho para ABC. A través del texto, el autor atribuye a la izquierda los atributos asignados a los "profesores panda". Y a la derecha, los asignados a los "profesores rata". Estos calificativos docentes fueron acuñados, según Garrocho, por "un viejo y admirado catedrático". Para este señor, "el profesor panda toma su nombre de esa afable variante asiática de oso, cuya digestión es tan sofisticada que sólo puede comer bambú. El profesor panda, emulando al delicado plantígrado, se caracteriza por sólo ser capaz de impartir docencia de aquellos contenidos que son su estricta especialidad. Una especialidad que, la más de las veces, tiene la extensión de un sello de correos". El profesor rata, por su parte, "está dispuesto a enseñar aquello que haga falta. Al igual que el roedor, este profesor todoterreno se caracteriza por su condición voraz y omnívora. Estos docentes, solicitados y comprometidos, manejan un amplio espectro de conocimientos y, sobre todo, mantienen una firme voluntad de ayuda y compañerismo que les hace ser capaces de digerir, inteligir y transferir casi cualquier contenido. Suelen ser, dicho sea de paso, los mejores enseñantes y los mejores colegas".

Según Garrocho, "la izquierda, al igual que el oso panda, ha ido sofisticando su organismo hasta generar una colección infinita de intolerancias que operan una suerte de expulsión centrífuga. Y esa delicada dieta le acaba siendo letal, puesto que ninguna ideología pude sostenerse demasiado tiempo si no se somete a la fecundidad constructiva de la colisión de ideas. A la izquierda le molesta si vas a los toros, si te tomas un Aperol spritz, si vas a misa, si te gusta la selección, si decides vivir en una urbanización con piscina, si tu coche es diesel…".  Acto seguido, añade "en el ámbito intelectual donde se ejecutan las más autolesivas operaciones de purga en las filas de la izquierda. Cada vez son más los escritores, creadoras, escritores o pensadoras que reciben alguna suerte de reprimenda por no ser suficientemente de izquierdas". "La derecha – continúa el articulista – está sabiendo aprovechar esa torpeza estratégica del adversario. Una prueba de ello es que gran parte de las fuentes intelectuales de las que hoy se nutre la derecha son valiosísimos desechos de lo que la feroz depuración ideológica ha operado en los círculos de izquierda". Hasta aquí el sentir general del escrito. Un escrito que divide al colectivo docente en dos mitades – pandas y ratas -, que apela al carácter atrapalotodo del Partido Popular y que critica a la izquierda por su excesiva especialización.

La Ley Wert – aprobada de forma unilateral por el Pepé – desterró, prácticamente, a la Filosofía del sistema educativo. La Filosofía se consideraría – siguiendo el razonamiento de Garrocho – una asignatura rata. Rata porque es la madre de las ciencias. Y rata porque no hay más roedor – en el buen significado del término – que un filósofo. El Pepé arrinconó esta disciplina – generalista por antonomasia – en beneficio de las ciencias, las "asignaturas panda" de las escuelas. Garrocho alude a la especialización exacerbada de la izquierda. Una especialización que roza la intransigencia social – "a la izquierda le molesta si vas a los toros…si vas a misa" – e intelectual – "escritores, creadoras, editores o pensadoras que reciben alguna suerte de reprimenda por no ser lo suficientemente de izquierdas" -. Llegará un día que al oso panda "solo le quedará bambú". Al parecer existe – según deduzco de las ideas transmitidas en el texto – una izquierdización de la derecha que tarde, o temprano, pasará factura al PSOE y Unidas Podemos.

La derecha  ha sido la más panda de todas las ideologías. Y lo ha sido, queridísimos amigos, por sus posiciones rígidas sobre el aborto, las parejas homosexuales, la eutanasia, la cuestión religiosa, el modelo educativo, la cuestión territorial, la reforma laboral, la Memoria Histórica, los recortes en servicios públicos, el endurecimiento de los requisitos para las becas y el "pin parental", entre otras.Tanto la intelectualidad conservadora como la progresista han mantenido, desde la Transición, un discurso predecible. Ambas han escrito en rotativos con líneas editoriales afines a sus ideologías. Y ambas han plasmado sus ideas en ensayos antagónicos. Estamos, por tanto, ante una partidocracia de ratas con alma de osos panda. De ratas porque tanto unos como otros buscan comida por cualquier alcantarilla. De pandas porque, más allá de las alcantarillas, protegen su bambú. Un bambú que representa a los fieles de pedigrí; a quienes votan, si hiciera falta, a Perico el de los palotes o a Rita la Cantaora. Y a quienes no se dejan seducir por los dientes de las ratas.

Crítica a la inmediatez

En la sociedad del postureo, las fotografías adquieren un valor efímero. La gente se hace selfies para la obtención de un reconocimiento súbito y vacío. Nos hemos vuelto esclavos de lo inmediato y ello apaga las luces de la constancia. Las redes sociales han cambiado nuestra forma de relacionarnos. Los niños casi no juegan con pelotas de goma, ni improvisan porterías en las calles del mañana. Ni siquiera consumen programas como Barrio Sésamo y otros aciertos del pasado. Ahora todo ocurre entre pantallas. Pantallas de móviles caros y baratos, de tabletas y ordenadores. Pantallas que ocultan conversaciones, compras a deshora y amores clandestinos. En la sociedad del postureo todo el mundo quiere ser visible. Todos luchan por hacer de su muro un número de circo. Lo único que importa es el espectáculo: los videos en directo, las noticias amarillas y los saltos arriesgados. ¿Dónde están los payasos? Aquellos payasos con los ojos pintados, el pelo a lo afro y el humor como bandera. Aquellos ladrones de lágrimas, de preocupaciones y depresiones.

La inmediatez desemboca en la sociedad del envase. La preocupación por el físico y los complejos estéticos han eclipsado el interior. Ese interior que tanto fascinó a los padres de la Iglesia. A una Iglesia que hoy, quinientos años después, ha perdido buena parte del negocio de la fe. Sin fe, el ateísmo vence la partida. Y la vida se convierte en un cúmulo de momentos. De días llenos de vida. Y de vidas llenas de días. La vida, tras la pandemia, se hace corta. Corta porque vivimos ante riesgos inminentes. Riesgos que obstaculizan los planes, apagan la llama de la voluntad y ponen en valor el presente como el bien más preciado. Un presente que se reduce al instante. A un instante que muere cada centésima de segundo. Y dentro de ese retorno de instantes es donde la gente encuentra el sentido de sus vidas. De vidas apagadas por el paro juvenil, la precariedad laboral, el hándicap de la emancipación y la frustración que supone posponer la maternidad. Gana Schopenhauer frente a Nietzsche. Estamos ante un pesimismo que nos hace recurrir, una y otra vez, a los libros de autoayuda.

Esta sociedad del envase alcanza todas las esferas. Podemos hablar de política del envase, economía del envase y cultura del envase, entre otras. Estamos ante una reinvención de lo sagrado. Ya no se rinde culto a las imágenes eclesiásticas sino a cuerpos tatuados con figuras mitológicas. Estamos ante una exhibición de la privacidad constante. Ante una desnudez de los secretos que oculta el cuerpo. El cuerpo se convierte en el vehículo de la interioridad. Y ese vehículo necesita el reconocimiento de los otros como combustible. Se necesita el "like", el emojis con el beso, el aplauso y cualquier símbolo digital que refuerce la autoestima. Estamos ante el crepúsculo de los psicólogos. Ante un cambio en las formas de reforzar el ego. Un ego que se mantiene con cimientos de paja que se desmoronan ante los desplantes digitales. Desplantes en forma de dejar a la gente en "visto", eliminar como amigo o bloquear a quienes – por hache o por be – no piensan como el resto.

Historia y postverdad

Leo, en las páginas del vertedero, que "El PP recibe críticas por el acto de Casado con el exministro Camuñas". Críticas por el silencio del líder popular ante las declaraciones del exministro de UCD y padrino de VOX. Según este señor no fue un golpe de Estado lo que provocó la Guerra Civil sino el gobierno de la República. Estas declaraciones, contrarias al hecho histórico, nos sitúan ante una reflexión sobre la Filosofía del Lenguaje. Decía Wittgenstein que "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". La realidad es una construcción social. Somos nosotros, a través de las palabras, quienes creamos las narrativas históricas. Narrativas edificadas con términos inteligibles para una comunidad concreta. Así las cosas, los conceptos de tales relatos son claves para que la Historia resista la evolución de los mismos. El término "Monarquía", por ejemplo, aunque sufra ajustes y reajustes, a lo largo del tiempo, debe permanecer inmóvil en cuanto a su esencia. Aunque la Monarquía Absoluta, de los tiempos medievales, sea distinta a la parlamentaria; tanto en una como en otra existe, como variable fija, la transmisión genética del poder. Si esta constante cambiara, cambiaría el sino y fiabilidad de la Historia.

En las últimas semanas, asistimos a una alteración de la esencia que sustenta los términos históricos. Lo hemos visto con Cuba, por ejemplo. Mientras unos mandatarios, en medio de las revueltas, calificaban el régimen castrista de dictadura, otros – sin embargo – lo calificaban de democracia. Y otros, como el Presidente del Gobierno, ni siquiera utilizaban un término concreto para nombrarlo. Este ejemplo pone la voz de alarma ante la gravedad que esto supone para las narrativas históricas. Si los conceptos básicos de la Ciencia Política – dictadura, democracia y monarquía, entre otros – son cuestionados, el andamiaje de los pueblos corre un grave peligro. Y lo corre, queridísimos lectores, porque la Historia perdería el rigor que la define. Un rigor definido, no por la objetividad de sus fuentes, sino por el uso de los términos en la construcción e interpretación de los relatos. La pérdida de las esencias conceptuales, nos ubica ante un terreno de postverdades históricas muy difícil de salvar.

Las palabras de Ignacio Camuñas atentan contra las esencias, que decíamos atrás, y ponen patas arriba todo el amueblado de nuestra historia reciente. Su declaración cuestiona el golpe de Estado como concepto político. La admisión de su nueva interpretación, por parte de la comunidad histórica, supondría la reinterpretación de todos los "supuestos" golpes de Estado a lo largo de la historia. Esto nos ubicaría ante un tribunal de juristas conceptuales cuyo fin, no sería otro, que limitar las barreras que separan los conceptos políticos. En este caso, por ejemplo, el tribunal delimitaría los requisitos esenciales que debe tener un golpe de Estado para que sea considerado como tal. Con estos mimbres, las declaraciones de Camuñas caerían en saco roto. Un saco roto que evitaría malos rollos históricos, tergiversaciones políticas y, lo más grave de todo, la conversión de la Historia en un relato de términos relativos, ideologizados y tóxicos para la sociedad del conocimiento. Estamos ante un problema complejo que, si no se soluciona pronto, destruirá el objetivo de la Ley de Memoria Democrática.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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