Nadie muere del todo

El otro día, tomé café con Dickens. Estaba sin saber de él desde que escribió EL Guardavía, un cuento autobiográfico acerca de su fatídico accidente. Me preguntó por Galdós. Le dije que andaba liado con la política. Gracias a su amistad con Sagasta era diputado por Guayama, Puerto Rico. Charles se sorprendió: "¿pero no era socialista?, ¿qué hace tonteando con la derecha?". Cosas de Benito, le respondí. Le dije que el otro día presenté "Desde la Crítica", mi segundo libro. Gran crítico de la pobreza y del clasismo victoriano, Charles no entendía por qué en la España del XXI resurgía, con fuerza, el fantasma del franquismo. Al lado de nosotros estaba Gregorio, un agricultor de las tripas de mi pueblo. Las malas hierbas, queridísimos amigos, nunca mueren. Por mucho que fumigues el huerto, siempre queda algún brote en forma de maleza.

Mueren los políticos. Murieron Hitler, Franco y Mussolini pero, por desgracia, viven el nazismo, el franquismo y el fascismo. Y viven, me decía Dickens, en forma de ideas, valores y recuerdos. Cuarenta años de Nodos, sotanas y tricornios son muchos para que en la Hispania del ahora no existan reductos del generalísimo. Aunque sus restos sean sacados del Valle de los Caídos. Aunque se eliminen de las calles todos los símbolos franquistas, el franquismo seguirá, lamentablemente, vivo entre nosotros. Y seguirá, como les digo, igual que lo hacen nuestros fallecidos. Por ello nadie muere del todo. Mueren los cuerpos y se los comen los gusanos. Pero viven los chistes del abuelo, las anécdotas de la tía Josefina y la mala reputación de Manolo, el garbanzo negro de la familia. Solo el silencio es el asesino de la muerte. Sin silencio, las palabras son las encargadas de resucitar, una y otra vez, las huellas de quienes pisaron la arena.

Hoy, nuevas fuerzas políticas han resucitado el olor a blanco y negro de los tiempos de Francisco. Hoy, existen voces ansiosas para que las corridas de toros, el patriarcado, la caza, las armas y demás tradiciones regresen al futuro. Y lo hacen, amigas y amigos, porque existen intereses en que haya refranquismo. Intereses para que se ensanchen las orillas entre las capas de la nobleza y las migajas del lazarillo. Intereses para que se disuelva, de una vez por todas, el Estado de las Autonomías. Intereses para que el multiculturalismo, la diversidad y el paisaje cosmopolita sean sustituidos por el grito de la patria. E intereses, para que las sotanas del medievo vuelvan a tejer los trajes de la política. Por ello, debemos llevar cuidado. Cuidado porque mueren los políticos pero viven sus discursos. Cuidado porque mueren las monedas pero vive el dinero. Y cuidado porque el pasado vive entre nosotros. Vive el relato familiar. Vive "el abuelo que murió en la guerra". Viven "los años de la vendimia" y vive, estimados amigos, la muletilla "en tiempos de Franco se vivía mejor".

Sobre locales y generales

Después de una semana ocupadísimo con la promoción de mi libro. Ayer, cogí un ejemplar del mismo y se lo dediqué a Peter. Necesitaba, la verdad sea dicha, regalar un trozo de mi pensamiento a una de las personas que más se lo merecen. Y necesitaba, y disculpen por la redundancia, recordar nuestros tiempos golfos. Tiempos donde lo único importante eran los sábados por la noche, los cubatas y las busconas a deshoras. Hablamos hasta altas horas de la madrugada. Hablamos del paso de la vida, del Mercedes que se ha comprado Jacinto y de los últimos divorcios del pueblo. Al final, caímos en la trampa. Terminamos hablando de alcaldables, elecciones y toda la parafernalia que decora nuestras vidas. Me preguntaba Peter si había hecho la quiniela. Si sabía ya, más o menos, quienes ganarían la batalla si fuera hoy el día de las urnas.

En democracias representativas como la nuestra, le dije, no deberíamos hacer política ficción; aunque la mayoría la hacemos. Y no deberíamos porque aunque cada oveja baile con su pareja, también hay casos donde bailan churras con merinas. De las elecciones generales no se deberían extraer conclusiones locales. Y no se deberían, le dije a Peter, porque en los pueblos interfieren otros factores. La cercanía entre los políticos y la gente es mayor. Tanto es así que un mal gesto, o una contestación seca por parte de un concejal a un vecino del barrio, puede suponer la pérdida de varios votos el día del veredicto. En los pueblos se miran otras cosas, tales como la familia del alcalde, su pasado y su carácter. En las locales, la política es de trincheras. La víscera, en ocasiones, pesa más que un kilo de razones. Por ello, en los pueblos hay menos indecisos. Y los hay porque el voto es más una cuestión de sensaciones que de hechos y argumentos.

En los pueblos, las envidias, los celos y demás tóxicos emocionales son más intensos que en unas elecciones nacionales. La gente se conoce, y la política del tú a tú debe ser cuidada hasta el último detalle. La marca, o si quieren el partido, pasan a un segundo plano. Lo que importa es el líder, el cabeza de cartel. Por ello, aunque el partido sea condición necesaria para que la bicicleta arranque; lo que interesa es el ciclista que mueve los pedales. Es importante que el candidato hable con la gente. Que sea cercano, que regale los buenos días y pregunte al ciudadano por las necesidades de su barrio. Las fotos, y el postureo, son determinantes para llevarse el gato al agua. Y lo son, queridísimos lectores, porque detrás de cada flash hay risas, simpatías, abrazos y manos por el hombro. El paripé, desgraciadamente, forma parte de la política local. En los pueblos ganan los Berlusconis en detrimento de las siglas del partido. En los pueblos pierden los serios, apagados y los alejados de la gente.

Elogio a Rubalcaba

Ayer, presenté "Desde la Crítica", mi segundo libro. Lo presente en Callosa de Segura, el pueblo que me vio nacer. Y lo presenté rodeado de familiares, amigos y conocidos. Me sentí, la verdad sea dicha, contento y orgulloso. Contento porque noté, desde un primer momento, que la gente estaba feliz. Orgulloso porque ahí, entre el público, estaban dos personas importantísimas en mi vida: mi hija y mi mujer. Las dos personas que siempre me han apoyado cuando escribía y nadie me leía, cuando hablaba de mi blog y nadie me entendía. Y las dos que siempre estuvieron ahí cuando estaba moribundo en el rin de la pelea y nadie me cogía. Fue un día, la verdad sea dicha, alegre y triste a la vez. Alegre porque era algo grande para mí. Triste porque coincidió el mismo día que falleció Rubalcaba. Una muerte de alguien grande, y necesario, para entender la socialdemocracia. Alguien con más luces que sombras y que la historia, estoy seguro, pondrá en su lugar.

En el año 2011, decía ayer en el coloquio que hicimos durante la presentación de mi libro, Rubalcaba cogió el testigo del postzapaterismo. Lo cogió en tiempos de indignación, en tiempos difíciles, por el decretazo de José Luis. Y lo cogió sin tener necesidad. Recuerdo que escribí "el último error de ZP", un artículo que criticaba duramente el liderazgo de Alfredo. Lo critiqué porque Rubalcaba fue parte de los logros y fracasos del felipismo y el zapaterismo. En su mochila cargaba con las piedras del "caso Faisán", sus tensiones con Chacón y el estigma de haber sido siempre un segundón. Aquella decisión fue un suicidio político para él. Un suicidio socrático pero al mismo tiempo digno de admiración. Y lo fue, como dije ayer en la presentación, porque ese gesto lo glorificó como hombre de Estado. Cogió el tallo de una rosa marchitada y la empuñó como socialista de pedigrí. Sacrificó su relato a cambio de una mancha en la solapa y ello, queridísimos amigos, es motivo de reconocimiento y admiración.

Alfredo fue algo más que el señor que fraguó el final de ETA. Y digo "algo más" porque fue, más que un político, un pedagogo de la política. Hizo pedagogía de los recortes. Y asumió la difícil tarea de explicar a la sociedad por qué su jefe – Rodríguez Zapatero – aprobó unas medidas "de derechas". Medidas que empobrecieron, y enojaron, a la clase media. Alfredo supo hablar flojito cuando todo el mundo alzaba la voz en el asfalto. Y supo, queridísimos lectores, hablar sin discursos preparados, ni papeles en la mesa. A Rubalcaba le faltó convertirse en un campeón. Su partido, militantes y simpatizantes no se portaron bien con él. La abstención y el castigo a ZP lo pagó él. Y lo pagó, claro que sí, porque no pudo atesorar una victoria electoral. No pudo conseguir la credencial que le quitara, de una vez por todas, el manto de segundón. Aún así, la gente no es tonta. La gente sabe cómo funciona el poder. Y arriba, en la cima, la mayoría de las veces no están los mejores sino los adecuados. Él, en eso, era de los primeros.

Desde la Crítica, mi nuevo libro

Desde la abdicación del Rey Juan Carlos I hasta nuestros días, la realidad sociopolítica de España es distinta. La ruptura del bipartidismo, la cuestión monárquica, la violencia de género, la corrupción, las políticas de austeridad, la irrupción de nuevos partidos y, la cuestión catalana son hechos – entre otros – que nos  sirven para comprender y vehicular el presente.  Durante este tiempo, la política internacional también ha cambiado. La crisis griega, el Brexit, la Francia de Macron, la llegada de Trump, el problema migratorio, la crisis de Venezuela y el auge del populismo; son fenómenos que explican el sino de nuestra historia. Esta obra se presenta como una reflexión crítica y pausada de tales acontecimientos. Un análisis, alejado de la fugacidad de los medios de comunicación, que pretende la comprensión de la actualidad desde un punto de vista crítico, libre e independiente. “Desde la crítica” es una selección de los mejores artículos del blog “El Rincón de la Crítica”. Todos ellos, lienzos literarios con alma de ensayo, publicados desde el bagaje intelectual del autor.

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Reseñas:
El sociólogo y politólogo alicantino Abel Ros publica el ensayo "Desde la Crítica" (Todo Literatura 06/05/2019)

Abel Ros y su nuevo libro (La Pajarera Magazine 03/05/2019)
Abel Ros publica "Desde la Crítica" (Vega Media Press 02/05/2019)
Reseña de "Desde la Crítica" (Diario Siglo XXI 30/04/2019)
Reseña en Beers & Politics (30/04/2019)
Reseña en escritores.org (29/04/2019)

 

Sobre pactos y sanchismo

A toro pasado, decía un nostálgico de mi pueblo, todos somos Manolete. Ayer, tras conocer el resultado electoral, deambulé por los mentidores de Facebook. Allí, encontré varias cartas tiradas en el portal de mi página. Cartas procedentes de seguidores cabreados. Cabreados, como les digo, porque no se cumplieron todos mis pronósticos. Como saben, el día antes de la contienda escribí un "plis plas" que decía: "ganará el PSOE pero necesitará pactar para gobernar. Debacle del Pepé en beneficio de Vox. Caída fuerte de Ciudadanos y subida tibia de Podemos". Con un cuarenta por ciento de indecisos, le decía ayer a Peter, era imposible acertar la quiniela. Y lo era, estimados lectores, porque había varias variables que arrojaban escenarios dispares. Por una lado, el "beso de Judas" de Ciudadanos en Andalucía y la baja participación. Por otro, la crisis de Podemos y la intervención, acertada, de Pablo Iglesias en los recientes debates.

Las hechos de Sánchez, sus "viernes electorales" – en palabras peyorativas de Casado – han servido para explicar la remontada. Tanto es así que la ambigüedad socialista, en el tema de Cataluña, no ha sido castigada por una parte de los indecisos. El fortalecimiento del Estado del Bienestar, un Estado del Bienestar malherido por los navajazos de la derecha, ha resucitado la España de Zapatero. Una España sociológicamente roja que, por fin, ha aprendido que no hay nada más tonto que un obrero de derechas. Gracias al izquierdismo de Pedro, el PSOE ha vuelto a los tiempos felipistas. Tiempos donde la derecha estaba rota y los ciudadanos enfurecidos por cuarenta años de rombos, sotanas y tricornios. El dicho "más vale malo conocido que bueno por conocer" explica, por qué miles de seguidores de Podemos han emigrado a los prados de la rosa. Prados donde la realidad de las políticas contrasta con las promesas, incoherencias y crisis del morado. Así las cosas, miles de indecisos han salido a la calle. Y han salido, la verdad sea dicha, por el miedo ante una España de recortes, mordazas, plasmas y migajas.

A día de hoy, con los datos sobre el tapete. Sánchez debe decidir si baila con "la rubia" o baila con "la fea". Si bailara con la rubia – Unidas Podemos, Compromís y las filas de Rufián, entre otros – tendrá que, de alguna manera, realizar concesiones al independentismo. Algo perjudicial para Pedro y beneficioso para la bancada pepera. Si bailara con la fea – con Ciudadanos – se quitaría el "muerto de encima". Reduciría el problema catalán a las paredes del Parlament y apaciguaría la crispación por la cuestión territorial. Ahora bien pactar con la "fea" supondría el primer engaño de Pedro a su electorado. El "no" de Sánchez a la pregunta de Pablo Iglesias,¿usted pactaría con Ciudadanos si se diera el caso?, sería traicionado. Una traición que, puertas las luces largas, favorecería el liderazgo de Podemos. Así las cosas, Pedro también podría gobernar en solitario. Gobernar, como lo ha hecho hasta ahora, con pactos puntuales y alejado de alianzas permanentes. Esta vía sería coherente. No se vendería a los nacionalistas, ni tampoco traicionaría a sus electores; a quienes le votaron creyendo que su voto no desembocaría en las orillas de Rivera.

De portadas y debates

Tras ver los debates, decidí apagar, por un instante, el reloj de la pelea. Necesitaba, la verdad sea dicha, reflexionar en solitario. Sacar mis propias conclusiones, más allá de los contaminantes del vertedero. La primera pregunta que me vino a la mente fue: ¿quién había ganado la partida? Después de dos horas, dándole vueltas al asunto, deduje que cualquiera de los cuatro podría ser el vencedor. Y lo podría, queridísimos lectores, porque no existen reglas de juego que regulen la contienda. Así las cosas, en función de unos, u otros, criterios medidores; el péndulo de la victoria puede oscilar de forma considerable. Si tomamos, por ejemplo, la agresividad en el ataque, podríamos afirmar que Rivera fue el afortunado. Si hablamos de "saber estar", Pedro Sánchez se convirtió como un señor en un rifirrafe de cantina. Si apelamos a "concreción de las medidas", Pablo Iglesias ganó por goleada. Y, si hablamos de rapidez de respuesta, Casado estuvo más lúcido de lo esperado.

Ante la imposibilidad de saber quién ganó la contienda, decidí perderme por las callejuelas del vertedero. Quería saber si era yo el raro del ganado o, por el contrario, los medios se comprometían en la proclama de vencedores. Así las cosas, caminé por la senda de las dudas. Dudas que se despejaron tras llegar a la Caverna. Allí tropecé con las portadas de ABC y El Mundo. Para los escribas de Rubido: "Sánchez naufraga en el primer debate televisivo". Para las plumas de Rosell:”Rivera desafía a Casado y ambos baten a un Sánchez desarbolado". La derrota de Pedro contrasta con el relato de El País. Para el histórico de la izquierda: "Sánchez salva el debate y no logra imponer el tema catalán". La portada de Marhuenda, sin embargo, sorprendió gratamente mi atención. Con el subtítulo: "No hubo ganador y no se citó explícitamente a Vox", La Razón no barrió para los suyos y emplazó a sus lectores al siguiente debate.

Tras visionar el segundo debate, volví a las calles del vertedero. Desde la Caverna, tanto ABC y El Mundo volvieron a arremeter contra el presidente del Gobierno. Según el monárquico de la mañana: "Sánchez pierde un debate a su medida". Para los escribas de Rosell: "La trifulca entre Sánchez y Rivera da vuelo a Casado". Para el País, sin embargo, el subtítulo de la portada corre por otros derroteros: "Casado y Rivera se lanzan a un cuerpo a cuerpo por el voto". Y finalmente, la portada de Marhuenda rinde homenaje a sus fieles de Kiosco. Con el titular "Casado crece ante Sánchez" se cumple, una vez más, el periodismo de partidos que riega nuestros prados. La relatividad de la verdad, como diría Ortega y Gasset, trae consigo titulares que encajan a la perfección en sus líneas editoriales. Titulares predecibles y ajustados a las perspectivas de sus lectores. Y titulares, y disculpen por la redundancia, que cumplen con el dicho "nadie tira piedras a su propio tejado". Estamos, por tanto,  ante una prensa – más dependiente que independiente – que escribe sus relatos para sus lectores, sus clientes.

De collares y bozales

Tras varios años sin saber de él, ayer recibí un wasap de Popper. Me dijo que estaba abatido por el asesinato de varios miembros de su familia. En estos momentos se hallaba refugiado en Londres, donde impartía lógica y método científico. La experiencia de la guerra hizo que reflexionara sobre los abusos inhumanos del poder político. Tanto es así, que acababa de publicar La sociedad abierta y sus enemigos, una obra escrita en plena contienda. Me preguntó por los míos. Le dije que Laura, mi hija, se hacía mayor. Ya no era aquella niña que jugaba conmigo a las Pinypon. Ahora sus inquietudes eran otras. Ahora era una paloma blanca con ganas de volar. Le dije que París lloraba la quema de Notre Dame. El mismo París que años atrás sufría los atentados de Bataclán y Charlie Hebdo. Me dijo que en su libro precisamente hablaba de eso, de crítica y libertad. La crítica libre puede provocar un cambio y una mejora social. No podéis – me advirtió – ir por las calles con collar y bozal.

Me preguntó cuál era el sistema político que determinaba nuestros días, le dije que la democracia. La democracia, me contestó, es el único sistema que permite la eliminación de aquellos que no merecen el puesto que ocupan. De aquellos que no cumplen con sus obligaciones. En democracia, queridísimo Abel, existe – como en la ciencia – el falsacismo; un gobierno se mantiene mientras no es falsado electoralmente. Esa democracia, la que abandera nuestra Hispania, tiene tres grandes enemigos: el historicismo, el totalitarismo y la utopía. El primero – defendido por Marx – termina con la capacidad crítica del individuo. El dogma histórico impide que los disidentes decidan el sino de sus pueblos. El segundo – el totalitarismo – implica acumulación de poder. Tanta acumulación que termina con la libertad del individuo. Y el tercero – la utopía – los cambios suelen ser tan profundos y radicales que son imposibles de realizar. Tales enemigos son los causantes de sociedades aborregadas.

Popper me preguntó acerca de la izquierda. Le dije que en este país, los rojos seguimos cabalgando con la mochila de cuarenta años de Nodos, sotanas y escopetas. Tres piedras que nos impiden avanzar en el camino hacia el progreso. Todavía tenemos el complejo de inferioridad que nos insufló el franquismo. Complejo por tener las manos ásperas, las caras marrones y la ropa remendada. Ese sentimiento, de tener menos que las barrigas del fraguismo, se ha ido transmitiendo de abuelos a padres y de padres a hijos. Todavía, en España, hay mucho clasismo. Todavía los hijos de la nobleza no juegan a las canicas con los hijos de la plebe. La izquierda, queridísimo Popper, no habla con la libertad que debería. Y no habla porque su estatus suele ser el de "clase trabajadora". Una clase que carece, en su mayoría, de poder en los tejidos empresariales. Esa clase trabajadora – ninguneada por la historia – es, precisamente, la que sueña con la utopía, corre el riesgo en caer en las redes del populismo. Y, por si fuera poco, le resulta incapaz de rebelarse contra el historicismo.

Indecisos de Gasset

Tras tomar café en El Capri, volví a casa. Necesitaba, como diría el arcipreste de Hita si viviera, alejarme del mundanal ruido. Allí, en la soledad de mi despacho, terminé de leer Meditaciones del Quijote, una obra de Gasset que me regaló Martina, filóloga y amante del Rincón desde hace varios años. Aunque no sea un apasionado de los filósofos españoles, me siento identificado, en buena parte, con el pensamiento de Ortega. Comulgo con el credo del raciovitalismo o "la inteligencia para vida" en términos actuales. Pienso, la verdad sea dicha, que la razón es necesaria para vivir. Y pienso que al final, salvando las trampas del camino, somos el producto de nuestras propias decisiones. La vida, como bien decía él, es un naufragio y "estamos obligados a acudir a la razón para bracear y salir adelante". 

Decía Jakob Von Uexküll, un biólogo de los tiempos de Gasset, que para entender un organismo debemos tener presente el mundo circundante en que vive. Esta sabia reflexión, le sirvió a Ortega para extraer la "moraleja" de sus Meditaciones. Según nuestro autor: "yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo". En tiempos de elecciones, me decía Martina, el sujeto está en condiciones de construir su circunstancia. Y esto es así, queridísimos lectores, porque la política explica buena parte de nuestra vida. Por ello, votemos o no el 28-A, no podemos escapar del determinismo político. La clase media, por citar un ejemplo, depende en buena parte del Estado del Bienestar. Sin el reconocimiento constitucional del Estado Social, hoy más de uno, y más de dos, clamarían a gritos la dictadura del proletariado. La herencia de Rajoy, en palabras de Jacinto, no ha sido otra que el distanciamiento de las orillas entre nobles y plebeyos.

Mientras intercambiaba impresiones con Martina, supe de los últimos datos arrojados por el CIS. Datos cuestionados por las derechas, pero al fin y al cabo, datos oficiales para el servicio sociológico. Datos, como les digo, positivos para el PSOE si no fuera por el cuarenta por ciento de indecisos. Gente, como saben, que no tiene claro a quién votar. Y gente, y valga la redundancia, que posiblemente opte por la playa, más allá del compromiso con las urnas. Por ello, desde la crítica, debemos pedir cautela. Cautela para no cantar victoria antes de lo esperado. Y cautela para no cesar en el mantra de "la izquierda debe votar". Dentro de ese cuarenta por ciento se haya el votante de razón; aquel constructor de circunstancias que decíamos atrás. Un votante, más centrista que extremista, que decide – en ocasiones en el último momento – lo mejor para su vida. Un votante que sanciona la mentira, castiga las injusticias, y mira hacia el futuro desde el prisma de los hechos.