Hace años, hice un trabajo sobre la Guerra Civil. A través de este, entrevisté a decenas de octogenarios que vivieron, en primera persona, los tiempos de la contienda y el franquismo incipiente. Eran – como llamamos los sociólogos – "historias de vida" que, basadas en la subjetividad, arrojaban luz a la memoria histórica. Con una grabadora, de los años ochenta, frecuenté Hogares del Productor y Casas del Pueblo. Todavía guardo en un cajón aquellas grabaciones. Entre los testimonios, recuerdo el de Gregorio, un periodista de la República. Tras la llegada del caudillo, emigró a Venezuela. Sus artículos – firmados con las iniciales G.M.I. – fueron censurados y tachados de "rojos". Le doy al "play" y escucho, atentamente, su testimonio. Con voz calmada, reflexiona sobre el riesgo de los escritores a lo largo de la historia. Una cosa es "ser lector" y otra, muy distinta, "ser escritor". El escritor arriesga su vida por sus ideas. Se expone mediante su pluma a la crítica ajena y las represalias futuras. El escritor es un "valiente desnudo" en medio de un campo de vestidos.
Tras la llegada de Franco, Gregorio no tuvo escapatoria. Sus escritos hablaban de democracia, urnas y libertades. Crítico con la monarquía, vivió feliz durante los tiempos de la República. Compartió sus escritos con sus clases de geografía en las aulas de Salamanca. A Sócrates lo acusaron de pervertir las mentes de los jóvenes. Lo acusaron por criticar los tentáculos del sistema. Tanto es así que Trasíbulo lo castigó a beber cicuta en la plaza pública de Atenas. Lo mismo ocurrió con miles de rojos republicanos. Nuestra cicuta no fue otra que el exilio. Exiliado en Venezuela, allí se ganó la vida como recauchutador en un taller de Caracas. Todavía recuerda el olor a caucho quemado y los montones de neumáticos gastados cubiertos de hollín. Por las noches, escribía "cartas al cajón". Así tituló a los cientos de textos que acompañaron su nostalgia por los tiempos letrados. Me confesó que sentía envidia por los lectores. Ser lector no conlleva tanto riesgo. Su hermano, tras llegar el caudillo, quemó decenas de ejemplares del Heraldo de Aragón. Tenía miedo a que los "señores del paseíllo" descubrieran el pastel y lo encerraran en Foncalent.
Gregorio abandonó a su familia. En una época sin móviles ni Internet, el exilio era un castigo con el látigo del olvido. Atracado, en el seno de Caracas, perdió la foto de sus padres. Tras la vuelta a España, compró dos ramos de claveles y crisantemos. Dos ramos que colocó a cada lado del nicho. En la Casa del Pueblo – envuelto de olor humo y copas de anís – juega al ajedrez. Piensa y repiensa antes de mover la ficha. "Antes de mover un pie, piensa atentamente dónde moverás el otro", me cuenta. Nunca abandonó su lado periodístico. Durante la grabación, habla con un registro culto. Utiliza un lenguaje denotativo, irónico y mordaz. Un lenguaje rico en adjetivos y dinamita verbal. En aquellos tiempos – cuando lo entrevisté – gobernaba Felipe, un presidente que no era santo de su devoción. A Gregorio no le gustaban las mayorías absolutas porque se parecen a las dictaduras. Nostálgico de Suárez, defendía con uñas y dientes a los hombres de Estado. Creía en la democracia alemana. Tenía claro que España no era una patria cualquiera. Hablaba de las Españas y las patrias chicas.










