De collares y bozales

Tras varios años sin saber de él, ayer recibí un wasap de Popper. Me dijo que estaba abatido por el asesinato de varios miembros de su familia. En estos momentos se hallaba refugiado en Londres, donde impartía lógica y método científico. La experiencia de la guerra hizo que reflexionara sobre los abusos inhumanos del poder político. Tanto es así, que acababa de publicar La sociedad abierta y sus enemigos, una obra escrita en plena contienda. Me preguntó por los míos. Le dije que Laura, mi hija, se hacía mayor. Ya no era aquella niña que jugaba conmigo a las Pinypon. Ahora sus inquietudes eran otras. Ahora era una paloma blanca con ganas de volar. Le dije que París lloraba la quema de Notre Dame. El mismo París que años atrás sufría los atentados de Bataclán y Charlie Hebdo. Me dijo que en su libro precisamente hablaba de eso, de crítica y libertad. La crítica libre puede provocar un cambio y una mejora social. No podéis – me advirtió – ir por las calles con collar y bozal.

Me preguntó cuál era el sistema político que determinaba nuestros días, le dije que la democracia. La democracia, me contestó, es el único sistema que permite la eliminación de aquellos que no merecen el puesto que ocupan. De aquellos que no cumplen con sus obligaciones. En democracia, queridísimo Abel, existe – como en la ciencia – el falsacismo; un gobierno se mantiene mientras no es falsado electoralmente. Esa democracia, la que abandera nuestra Hispania, tiene tres grandes enemigos: el historicismo, el totalitarismo y la utopía. El primero – defendido por Marx – termina con la capacidad crítica del individuo. El dogma histórico impide que los disidentes decidan el sino de sus pueblos. El segundo – el totalitarismo – implica acumulación de poder. Tanta acumulación que termina con la libertad del individuo. Y el tercero – la utopía – los cambios suelen ser tan profundos y radicales que son imposibles de realizar. Tales enemigos son los causantes de sociedades aborregadas.

Popper me preguntó acerca de la izquierda. Le dije que en este país, los rojos seguimos cabalgando con la mochila de cuarenta años de Nodos, sotanas y escopetas. Tres piedras que nos impiden avanzar en el camino hacia el progreso. Todavía tenemos el complejo de inferioridad que nos insufló el franquismo. Complejo por tener las manos ásperas, las caras marrones y la ropa remendada. Ese sentimiento, de tener menos que las barrigas del fraguismo, se ha ido transmitiendo de abuelos a padres y de padres a hijos. Todavía, en España, hay mucho clasismo. Todavía los hijos de la nobleza no juegan a las canicas con los hijos de la plebe. La izquierda, queridísimo Popper, no habla con la libertad que debería. Y no habla porque su estatus suele ser el de "clase trabajadora". Una clase que carece, en su mayoría, de poder en los tejidos empresariales. Esa clase trabajadora – ninguneada por la historia – es, precisamente, la que sueña con la utopía, corre el riesgo en caer en las redes del populismo. Y, por si fuera poco, le resulta incapaz de rebelarse contra el historicismo.

Indecisos de Gasset

Tras tomar café en El Capri, volví a casa. Necesitaba, como diría el arcipreste de Hita si viviera, alejarme del mundanal ruido. Allí, en la soledad de mi despacho, terminé de leer Meditaciones del Quijote, una obra de Gasset que me regaló Martina, filóloga y amante del Rincón desde hace varios años. Aunque no sea un apasionado de los filósofos españoles, me siento identificado, en buena parte, con el pensamiento de Ortega. Comulgo con el credo del raciovitalismo o "la inteligencia para vida" en términos actuales. Pienso, la verdad sea dicha, que la razón es necesaria para vivir. Y pienso que al final, salvando las trampas del camino, somos el producto de nuestras propias decisiones. La vida, como bien decía él, es un naufragio y "estamos obligados a acudir a la razón para bracear y salir adelante". 

Decía Jakob Von Uexküll, un biólogo de los tiempos de Gasset, que para entender un organismo debemos tener presente el mundo circundante en que vive. Esta sabia reflexión, le sirvió a Ortega para extraer la "moraleja" de sus Meditaciones. Según nuestro autor: "yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo". En tiempos de elecciones, me decía Martina, el sujeto está en condiciones de construir su circunstancia. Y esto es así, queridísimos lectores, porque la política explica buena parte de nuestra vida. Por ello, votemos o no el 28-A, no podemos escapar del determinismo político. La clase media, por citar un ejemplo, depende en buena parte del Estado del Bienestar. Sin el reconocimiento constitucional del Estado Social, hoy más de uno, y más de dos, clamarían a gritos la dictadura del proletariado. La herencia de Rajoy, en palabras de Jacinto, no ha sido otra que el distanciamiento de las orillas entre nobles y plebeyos.

Mientras intercambiaba impresiones con Martina, supe de los últimos datos arrojados por el CIS. Datos cuestionados por las derechas, pero al fin y al cabo, datos oficiales para el servicio sociológico. Datos, como les digo, positivos para el PSOE si no fuera por el cuarenta por ciento de indecisos. Gente, como saben, que no tiene claro a quién votar. Y gente, y valga la redundancia, que posiblemente opte por la playa, más allá del compromiso con las urnas. Por ello, desde la crítica, debemos pedir cautela. Cautela para no cantar victoria antes de lo esperado. Y cautela para no cesar en el mantra de "la izquierda debe votar". Dentro de ese cuarenta por ciento se haya el votante de razón; aquel constructor de circunstancias que decíamos atrás. Un votante, más centrista que extremista, que decide – en ocasiones en el último momento – lo mejor para su vida. Un votante que sanciona la mentira, castiga las injusticias, y mira hacia el futuro desde el prisma de los hechos.

Nietzsche y el discurso de la eutanasia

El otro día, tras ver como Ángel ayudaba a María José, su mujer enferma de esclerosis múltiple, a morir; llamé a Nietzsche. Necesitaba, la verdad sea dicha, un diálogo socrático sobre el discurso de la eutanasia. Tras quedar con él en El Caprí, leí varios fragmentos de Ser y Tiempo y El Ser y la Nada de Heidegger y Sartre. La moral de esclavos, me decía Friedrich, es la causante de que en pleno siglo XXI, y en sociedades avanzadas, todavía el ser humano no sea libre para morir. Es el credo de la Iglesia, maldita sea, quien nos ha robado el espíritu dionisíaco. Un espíritu, de los tiempos de Epicuro, basado en los placeres de la vida y contrario al dolor y al sacrificio. Tanto es así, le dije, que la moral de esclavos – la cristiana – fundamenta buena parte de nuestras leyes. Hasta tal punto que Ángel, el marido de María, se enfrenta a diez años de cárcel por no comulgar con el espíritu apolíneo.

En España, me decía Nietzsche, el ordenamiento jurídico está impregnado del pegamento franquista. Todavía, los valores de las sotanas pintan de cristianismo los interlineados de las leyes. Tales valores vienen recogidos en el ideario de las derechas. No olvidemos que el Pepé, sin ir más lejos, se identifica con el liberalismo cristiano. Luego, la eutanasia nunca será un derecho en parlamentos liderados por Riveras o Casados. Y no lo será, queridísimos lectores, porque la Iglesia manda mucha romana en los despachos azules. Por ello, tales líderes hablan de cuidados paliativos con tal de no cuestionar los dogmas religiosos. Un eufemismo – los cuidados paliativos – que suponen, por un lado una barrera a la libertad y, por otro la perpetuación de la moral de esclavos. Esta coacción a la decisión de poner fin al dolor choca – y valga el verbo – con la libertad – de mercado, de educación… – que proclaman, a bombo y platillo, las derechas. Es, precisamente, el derecho a la vida contemplado en la Constitución quien fundamenta, de alguna manera, el rechazo a la eutanasia.

La regulación de la eutanasia pasaría, por tanto, con una nueva regulación del derecho a la vida. Esta regulación debería ser paralela al derecho al aborto. No es "ético" que existan fundamentos jurídicos para impedir el derecho a nacer, ya sea mediante plazos o supuestos, y no haya, por su parte, condicionantes para canalizar la eutanasia. Se deberían habilitar condiciones legales – ventanas a la libertad – para que determinados pacientes pudieran elegir entre vivir o morir. Tales condicionantes – la gravedad de la enfermedad, la tolerancia al dolor, entre otros – servirían para que la muerte asistida fuera una realidad, más allá de sus sesgos religiosos. Así las cosas, es la Iglesia quien tiene la última palabra. Sin el consentimiento de los curas, sus brazos políticos – las derechas – es muy poco probable que cedan ante las demandas ciudadanas. Esperemos que algún día, las sotanas reflexionen y permitan que sus fieles pongan fin al sufrimiento. Mientras tanto, suplicaremos para que valientes como Ángel no vayan a la cárcel.

Tributo a Spinoza

Ayer, mientras leía a Weber, recibí un wasap de Spinoza. Me dijo que estaba pasándolo mal desde el asesinato de Witt por el partido orangista. Tenía miedo de ser perseguido. Un miedo que le recordaba a sus tiempos juveniles, cuando fue expulsado de la sinagoga judía por su crítica a la Biblia. Me preguntó por su obra en los siglos posteriores. Le dije que Hegel dijo de él que "todos los filósofos han sido en un primer momento Spinozas". Le dije que un científico, llamado Einstein, dijo que en el único Dios que creía era en el "Dios de Spinoza". Y le dije, y disculpen la redundancia, que Antonio Damasio y José Bonilla le dedicaron sendos libros. Hasta un tal Borges le dedicó sonetos. Y hasta hoy se escriben novelas policiales ambientadas en su filosofía. Tras varios minutos de temas superficiales, me confesó que estaba enfermo de tuberculosis.

Después de hablar con Baruch, bajé al Capri. Necesitaba hablar con Peter, transmitirle los recuerdos de Spinoza. Le dije que estaba enfermo, una "enfermedad rara" para los mortales del XXI pero nefasta y común para la gente de su época. Tras hablar con Gregorio, un médico que frecuentaba el garito los sábados de madrugada, nos dimos cuenta que nuestro amigo se apagaba como una vela en una procesión de Jueves Santo. Se apagaba el mismo que defendía la supremacía del poder civil sobre las sotanas en pleno siglo XVII. Y se apagaba, queridísimos lectores, el mismo hombre que conquistó la razón para librarse de las pasiones. El hombre que apoyaba la tolerancia política y la libertad de pensamiento. Valores defendidos por las políticas de Witt. Tras varias conversaciones con Baruch, nos confesó que el Tratado teológico político, una obra anónima de su tiempo, había sido escrito por él.

Aquel tratado no era un vulgar panfleto ideológico sino una crítica a la Biblia y una llamada a la libertad de expresión. Le dijimos, Peter y yo, que en la Hispania del presente, la Iglesia todavía mandaba mucha romana en los asuntos de Estado. Hoy, en pleno siglo XXI, millones de creyentes en el mundo rinden homenaje a ese libro que tanto criticó. Y hoy – en nuestra época – queridísimo Spinoza, todavía existe miedo. Miedo a hablar por temor al qué dirán. Y miedo a quitarnos los ropajes del lenguaje y dejar descubierta nuestra mente. Una mente, la nuestra, que se viste de metáforas, de demagogia e hipocresía para sobrevivir en la jungla del capital. Spinoza falleció. La tuberculosis pudo con él. Con tan solo cuarenta y cuatro años, en plena flor de la vida, Baruch nos dejó. Recuerdo, la última vez que dialogamos con él. Nos dijo: "lo único que tengo en la vida son dos camas, dos mesas, un equipo para pulir lentes y ciento cincuenta libros". Grande.

De discursos y alcaldables

En víspera de elecciones, suelo recibir correos de las élites. Muchos provienen de políticos, que me envían sus discursos para que les oriente sobre los mismos. Hace años, un alcaldable de las tripas andaluzas me decía que una cosa son las palabras y otra las personas. En los pueblos, la gente vota a la persona. Vota a fulanico o menganico porque es "el hijo de" o porque es conocido; por su condición de maestro, banquero o miembro destacado de alguna cofradía. No hace falta esmerarse en el programa. Y no hace falta, me decía, porque se convierte, por desgracia, en un texto tosco y aburrido. El valor de las familias, como sucede en Estados Unidos, es el que sirve al candidato para formar la lista del partido. Lista donde, en la mayoría de las veces, no están los mejores sino los más adecuados. 

Es precisamente esta idiosincrasia democrática, la que explica, entre otros motivos, por qué existen diferencias considerables entre los resultados locales y nacionales. Mientras en las elecciones generales, la mayoría vota más al partido que a la persona; en las locales, por su parte, el candidato eclipsa a las siglas del partido. Con tales mimbres sobre la mesa, la política local viene determinada, en buena parte, por el rostro y carisma del candidato. Luego es importante, le contesté a mi lector, emplearse a fondo en el marketing político. El discurso local es diferente al nacional. A nivel local, el líder debe conocer todos los rincones del campo de batalla, su pueblo. Debe saber, antes de preparar el mensaje, las necesidades de la gente. Y para ello debe conectar, y mucho, con la Sociedad Civil. Es necesario que el alcaldable hable, día a día, con los portavoces de las distintas asociaciones vecinales, deportivas, culturales y empresariales, entre otras. El alcaldable necesita ejercitar una escucha activa que ponga en valor las inquietudes de los votantes.

Una vez detectadas las necesidades, el líder debe establecer un plan de acción. Un plan de acción que concrete soluciones a los problemas de los ciudadanos. Aparte de este análisis, el "cabeza de cártel" debe realizar una crítica constructiva de la gestión municipal, que se ha llevado a cabo durante los últimos cuatro años. Una crítica, como les digo, que vaya más allá de los descalificativos y reproches y concluya con un catálogo de propuestas de mejora. Esta mesura, cualidad necesaria de cualquier candidato, debe servir para analizar los problemas reales por encima de intereses partidistas. Ese discurso ideal – basado en la detección de necesidades, la crítica constructiva y las propuestas de mejora – no debería ensuciarse por el fango del populismo y las redes clientelares. Dos tóxicos que manchan las campañas electorales de retórica barata y que, a la larga, solo producen una alta desafección ciudadana. Desafección por los efectos nocivos del "donde dije digo, ahora digo Diego".

Sobre política y vocación

Hace unos meses, me llamó Weber. Estaba sin saber de él desde que fue nombrado catedrático de economía, en la Universidad de Friburgo, allá por el 1892. Me llamó, como les digo, para invitarme a una conferencia que impartía a estudiantes de Munich, durante el invierno revolucionario de 1919. En el viaje leí Leviatán, una obra de Hobbes que justifica el poder absoluto del soberano ante la ineptitud de los hombres para ponerse de acuerdo. Lo leí, queridísimos lectores, por recomendación de Weber. Me dijo que su ponencia versaba sobre ética y política. Dos conceptos que en el mundo clásico eran inseparables y que hoy, desde la obra de Maquiavelo, siguen cuestionados en el debate cotidiano. En la conferencia compartí asiento con Durkheim, un sociólogo de la época, relevante por sus investigaciones acerca del suicidio. Me preguntó por la repercusión de Weber en el siglo XXI. Le dije que su defensa extrema de los liderazgos tuvo sus efectos nefastos en la figura de Hitler.

En la conferencia, Weber habló de los políticos. Distinguió al político que vive de la política del político que vive para la política. El primero – el que vive de la política -, en España hay más de uno y más de dos, pone su trabajo al servicio de una causa egoísta e interesada. Es aquel que utiliza los sillones para llenar sus bolsillos. Le importa un bledo el bienestar de su pueblo. Su fin no es otro que el bienestar de los suyos. El segundo, el que vive para la política, pone su trabajo al servicio de una causa común. Goza del servicio a los demás, del calor de la gente. Tiene claro que su paso por el cargo es un viaje de ida de vuelta. Un viaje de aventuras cuyo único fin es el disfrute del paisaje. Una excursión alejada de negocios y contactos, de oportunidades y caramelos. Este último político es el que ejercer la política como vocación. Una vocación llevada a cabo con una doble ética. La ética de la convicción y la ética de la responsabilidad.

La política por vocación requiere pasión y mesura. Pasión para defender la causa común sin caer en la vanidad. Y mesura para alejarse y mirar desde arriba las necesidades de la gente. Dicho de otro modo, la política necesita razón y corazón. Razón para decidir con frialdad sin llegarse llevar por los impulsos de la emoción. Y corazón para comprender los deseos y motivaciones de los demás, más allá de la razón. Estas herramientas, decía Weber, son fáciles en la teoría pero complicadas en la práctica. Un exceso de pasión, de ganas de poder, puede desencadenar la utopía. Y un exceso de mesura, de razón exacerbada, puede acabar en tecnocracia. Por ello, el demócrata debe ponderar tales riesgos antes de votar. Una cosa es conquistar el poder – y para ello se necesita pasión – y otra, muy distinta, su gestión – y para ello se necesita razón -. A Hitler, por poner un ejemplo, le sobró pasión y le faltó razón. Algo muy normal, le dije a Durkheim, en el funcionamiento de los populismos. Café, por favor.

La cola de Las Estrellas

Tras una semana apartado del ritual de la pelea, ayer decidí pasear a Diana por las calles del vertedero. Mientras deambulaba por caminos contagiados de estiércol y mentiras, leí un titular que activó la quietud de mis neuronas. Un titular que versaba sobre la agonía de los quioscos de prensa. Una agonía que refleja la crisis del periodismo que azota a la Hispania del ahora. Tras leerlo, me vino a la mente aquellos domingos de mis años juveniles. Domingos, como les digo, donde lo primero que hacía era comprar El País en Las Estrellas. Allí, en el mostrador del comercio, se mezclaban los lectores de la Caverna con las trincheras de la izquierda. Era, la verdad sea dicha, un momento tenso. Tenso porque comprar el ABC era de "fachas" y Público de rojos. Tanto es así, queridísimos lectores, que en la cola, algunos miraban de reojo el color de las portadas.

Tras comprar el periódico, acudía al Capri a tomar el café. Allí, en los taburetes de la barra, leía muy por encima los titulares del día. Tras esa primera lectura, hacía un dobladillo en aquellas páginas que más me interesaban. Ese protocolo de lectura, lo aprendí de don Antonio, un profesor de historia de los años de instituto. Después de comer, en la soledad de la cama, emprendía la segunda lectura. Una lectura profunda sobre las páginas del dobladillo. Aquellas lecturas sagradas, me sirvieron para comprender la complejidad de presente. Gracias a ellas, la verdad sea dicha, aumentó mi sed por comprender la complejidad del sistema. Una sed, que a día de hoy, todavía no he podido saciar. Y no he podido saciar, queridísimos lectores, porque cuanto más leo, más conciencia tomo de lo tonto que soy. Un tonto, y valga el adjetivo, que siempre ha buscado respuestas en los sitios equivocados.

La mayor alegría como lector de periódicos fue el día que me divorcié de El País. Tras dos décadas de fidelidad lectora, me di cuenta que leer siempre lo mismo, enturbiaba la flexibilidad de expresión. Tanto es así que decidí alternar las lecturas. Una alternancia necesaria para salir de ese surco que, de alguna manera, había determinado mi forma de mirar. Por ello, tras salir de la zona de confort, me convertí en un devorador de ABC, El Mundo y La Razón. Periódicos díscolos con mi condición pero necesarios para salvar las consecuencias de la unilateralidad. La transversalidad lectora, la lectura de todo tipo de diarios, sirvió para forjar el espíritu crítico. Un espíritu necesario para discernir entre lo blanco y lo negro. Y necesario para romper los dogmas y tabúes que todavía existen en democracia. Recuerdo que ese cambio en las lecturas, no fue entendido por aquellos compradores de periódicos. Compradores que, domingo tras domingo, compartían la espera en la cola de Las Estrellas.

De Gabriela y la cuestión territorial

El otro día, recibí un correo de Gabriela, una periodista argentina afincada en Barcelona. Tras varios meses leyendo El Rincón, quería saber mi opinión acerca de su reflexión. Según ella, "España no es un país natural". Y no lo es, me decía, porque su entramado territorial es sinónimo de "transexualidad". Este país sufre un dolor en su interior. Sufre como lo hace cualquier ser que no está satisfecho con su caparazón. Hay personas que cuando se miran al espejo, el cristal no refleja su sentimiento interior con su fachada exterior. Estas personas, sean hombres o mujeres, viven infelices con su conflicto interior. Una infelicidad que se agudiza con el estigma social. Algo parecido sucede en España. Una Hispania de contrastes que sufre, en su interior, el mal de las autonomías. Un mal, o espíritu malherido, que enfrenta a nacionalidades. Nacionalidades que quieren y no pueden someterse al bisturí.

Llegados a este punto, a este problema de identidad que azota el tejido territorial, es importante que reflexionemos al respecto. Más allá de la ideologización del debate. Más allá de si ser unionista es de derechas y federalistas es de izquierdas, debemos alejarnos y mirar. Mirar para darnos cuenta que un país debe buscar el bien. Y ese bien, en palabras de Platón, no es otro que la felicidad. Una forma política que padece una disonancia entre su forma de Estado y su espíritu nacional; se convierte en un país frustrado. Esa frustración, sino se corrige a tiempo, desemboca en crispación y en conductas desviadas. Conductas en formas de violencia e incumplimientos legales. Por ello, en ocasiones, las leyes son necesarias pero insuficientes para solucionar los problemas de identidad. Es en esos momentos, de fragilidad legal, cuando los políticos deben comenzar a dialogar. Es necesario luces largas, altitud de miras, para que las externalidades del problema catalán no enturbien la serenidad nacional.

Esas externalidades, que decíamos atrás, se manifiestan en forma de populismo. Populismo que se alimenta de la crispación y del malestar general. Y populismo que se sirve de la violencia como medio de paz. Es, precisamente, ese caballo desbocado. Esa polvareda que levanta en su trotar, la que provoca la ceguera al político de a pie. Para frenarlo, queridísimos camaradas, hace falta – y no me cansaré de repetirlo – diálogo. Diálogo para que esa frustración que supone el "querer y no poder" no se convierta en una batalla campal. Por ello, hacen falta puentes. Puentes para conectar los puntos que nos unen. Y puentes para evitar que la distancia entre el Estado español y la "nación catalana" acabe en separación. Una separación nefasta si tenemos en cuenta que el sentimiento catalán no es universal en el interior de Cataluña. Por ello, por no ser compartido por todos los ciudadanos, no debemos permitir que nuestros hermanos de corazón sufran una amputación. Una amputación que convirtiría a la "República Catalana" en un Estado muerto antes de nacer.