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De virus y razones

Decía Nietzsche que estamos ante una sociedad de "niños miedicas". Niños que desde el siglo V, antes de Cristo, han edificado la razón para protegerse de la realidad. Como seguidor de Heráclito, el autor de Zaratustra tiraba por la borda los universales de Sócrates, el mundo inteligible de Platón, el "cogito ergo sum" de Descartes y los "a priori" de Immanuel. La razón, diría Nietzsche, ha fracasado. Y ha fracasado, queridísimos lectores, porque hay más miseria moral e injusticia social. Hoy, en pleno siglo XXI, el asesino de Dios tiene razón. Y la tiene porque el coronavirus demuestra, una vez más, que el progreso técnico y el moral no van cogidos de la mano. El virus que azota China, y que amenaza con propagarse por todos los rincones del planeta, está destapando los brotes esquizofrénicos de la cultura occidental.

Los principales miedos de todo ser humano son, como saben, enfermar y morir. Más allá de las preocupaciones cotidianas, la salud se convierte en el cimiento de nuestras vidas. Por mucho dinero que tengamos en las cartillas, cualquier virus – por insignificante que sea – no distingue entre los de arriba y los de abajo. Y no distingue porque el género homo está hecho de la misma pasta tanto en España como en Pekín. Por ello, el miedo a enfermar se hace viral. Y esa viralidad – propiciada por las redes sociales y la globalización mediática – pone al descubierto los sesgos de la razón. Sesgos en forma de "todos vamos a morir" o de "esta no vamos a salir" conllevan a la histeria social. Una histeria que sin el progreso tecnológico no sería de tanta envergadura. Y no lo sería porque la actitud ante la enfermedad está determinada por un cúmulo de probabilidades. Y las probabilidades de morir por el coronavirus, sin historiales médicos agravantes, no son tan alarmantes.

Ante esta situación de temeridad internacional, los sistemas políticos se ponen a prueba. Se hace necesario la correcta articulación de los mensajes sanitarios, el intervencionismo estatal y la colaboración de los mercados. La comunicación, en estos casos, debería estar basada en estudios comparativos sobre otras epidemias y enfermedades similares. Aparte, de tales estudios, se hace urgente la divulgación de campañas preventivas y protocolos de actuación. En segundo plano, el intervencionismo estatal. El Ejecutivo debe dotar los recursos, técnicos y humanos, necesarios para combatir la enfermedad. Así como las medidas oportunas para minimizar los riesgos de la propagación. Y finalmente, los mercados – la industria farmacéutica – deben colaborar en el suministro, en caso de que fuera necesario, de medicamentos y mascarillas suficientes. Más allá de tales recomendaciones, la gran amenaza no es otra que la histeria derivada de la viralidad digital. No dejemos que suceda.

El pseudoperiodismo

Después de nueve años juntando letras en los pergaminos de este blog, siento que el esfuerzo ha merecido la pena. Desde siempre, he sido una persona rebelde y crítica con el poder. Con trece años, fui un alumno disruptivo. Un niño problemático, de esos que hablan alto y alteran el gallinero. Tanto que los profesores me expulsaban al pasillo y ninguneaban mi presencia delante de los otros. Nadie, absolutamente nadie, daba un duro por mí. Tras repetir octavo, abandoné los estudios. Me tiré cuatro años sabáticos. Cuatro años donde lo único importante era la manera de borrar los granos de mi cara. Aún así, me gustaba escribir. Recuerdo que enviaba cartas a los periódicos. Cartas llenas de faltas de ortografía, mal redactadas y carentes de interés. Cartas que caían en los precipicios de las papeleras y mermaban mi autoestima. Una autoestima de hormiga en una selva de gusanos.

Tras retomar los estudios, decidí reinventar el personaje que deambulaba por mi vida. Tenía hambre de saber cómo funcionaban los motores del sistema. Tenía la herida abierta de cientos de rechazos laborales. Tanto que estudié tres carreras, entre ellas Sociología y Ciencia Política. Envié curriculums a todos los periódicos habidos y por haber. Me convertí en un mendigo de reconocimiento en la puerta de una Iglesia. Tocado pero no hundido, decidí crear este blog. Decidí tirar a la cuneta las piedras de mi mochila. Necesitaba contar historias, sacar de mis adentros la vocación de periodista. Durante dos años, aprendí a escribir. Aprendí que lo que puedes decir en dos palabras no lo digas en tres. Descubrí que los lectores no son tontos. Averigüé que saben distinguir la esencia de la paja, la verdad de la mentira y la valentía de la cobardía.

Opté por ser el mismo alumno disruptivo de los años de colegio. Y a partir de ahí, comencé a notar las mismas vibraciones. Sentí la soledad de la incomprensión, la indignación de la injusticia y la burla de los envidiosos. Me sentí desnudo ante un mundo de postureo, hipocresía y clientelismo. Aún así, seguí juntando letras. Seguí soñando en convertirme en alguien de renombre. Un sueño que se evaporó tras la publicación de "El Pensamiento Atrapado", mi primer libro. Todo un fracaso editorial. Con el libro, me di cuenta que en la industria de la cultura: “tanto vendes, tanto vales”. Cinco años más tarde, tropecé con la misma piedra y publiqué "Desde la Crítica". Lo presenté en el pueblo que me vio nacer. Una presentación austera, con muy pocos en la sala. Noté, una vez más, que era un escritor del montón, un friki de los mentideros callejeros. Hoy, con el manto caído, sigo aquí juntando letras ante un mar embravecido. Un mar donde sobramos los románticos, los desnudos del teatro.

Durante estos años, he comprendido que sin una masa lectora crítica es imposible reinventar el modelo periodístico. Estamos ante una prensa quasitotalitaria. Quasitotalitaria porque cada vez se producen más fusiones editoriales. Y cada fusión implica leones más furiosos y gatos más temerosos. Una democracia con pocos medios, grandes y al unísono, deriva en un modelo pseudoperiodístico. Un modelo que no se ajusta a la realidad sociopolítica. Una realidad que tiende hacia el multipartidismo no puede seguir con un cuarto poder quasitotalitario. Y no puede porque un periodismo polarizado no responde a las necesidades informativas de una demanda lectora, diversa y heterogénea. Por ello hacen falta más medios libres, plurales e independientes. Hacen falta versos sueltos para que el estribillo de las estrofas cambie su sentido. Si no lo hacemos, no nos quedará otra que caminar junto a la oveja. Y ello, queridísimos lectores, es lo que distingue a las autocracias de las verdaderas democracias.

La deriva democrática

Tras varios meses sin leer la prensa impresa, el domingo compré El País. En el suplemento, leí "Por qué voto a Vox"; un reportaje acerca del retrato robot de la derecha radical. Entre los motivos, la mayoría de los entrevistados aludían a cinco ejes principales: inmigración, liberalismo, desigualdad, patriotismo y desafección. El rasgo común de los perfiles no era otro que el hartazgo, o rechazo, social contra la inseguridad ciudadana, la Ley sobre la Violencia de Género, el catalanismo, el multipartidismo y la gestión del Estado del Bienestar. Hay, entre los interlineados de los entrevistados, una actitud de protección contra los diferentes enemigos que atacan nuestro sistema. Enemigos en forma de "otros" que amenazan la zona de confort social y el establishment institucional. Son precisamente, los otros – los atacantes de los logros pasados – quienes claman, desde la desesperación de sus percepciones, una España más contundente contra la injusticia social.

Detrás de tales enemigos existe un denominador común, el miedo a la deriva democrática. Un miedo que, de alguna manera, no ha sabido aliviar la partidocracia tradicional y que sirve de relato perfecto al partido de Abascal. Dicho miedo se manifiesta en forma de xenofobia, homofobia y aporofobia, entre otras fobias. Hay, por lo que pude leer en El País Semanal, un malestar latente por el incremento de la inmigración. Una inmigración "enemiga", "incontrolada" y "mal gestionada" que se traduce en consumo de "servicios públicos" y "crispación social". Aparte de este enemigo, no hay un patriotismo o sentimiento de país que haga cara a la fractura social y laboral. Una España dividida entre catalanistas y unionistas, por un lado, y provincias densas y vaciadas, por otro lado; se convierte en un agravante para afrontar, con éxito, la deriva democrática. Una deriva que se muestra impotente ante un sistema mediático, también dividido e ideologizado. Así las cosas, el votante de Vox no es otro que un ciudadano movido por la nostalgia y melancolía por un pasado idealizado.

Si vencemos a los enemigos, como diría el votante de Vox, la partida está ganada. Ahora bien, el trofeo de la victoria no sería otro que el desmantelamiento de las autonomías, la vuelta al mercantilismo, el etnocentrismo y el entretenimiento. Ingredientes que, de alguna manera, configuraron la losa del franquismo. Por ello, queridísimos amigos, ciertas narrativas son tóxicas y peligrosas para la democracia. El miedo a la deriva democrática puede traer consigo un escenario similar a los Estados Unidos de Trump. Un escenario que surgió por el miedo de la América despoblada a la integración de la inmigración y su posible empoderamiento. La ObamaCare fue percibida como una dinamita social contra el honor de "los de arriba". Un sistema económico basado en el low cost, como es el nuestro, supone también un argumento perfecto para que la gente compre el pack de la ultraderecha. Y lo supone, queridísimos lectores, porque cada día la mano de obra barata se convierte en una necesidad del mercado. Una necesidad que amenaza la supervivencia de la clase media. Una amenaza que probablemente rentabilizará Vox.

De Nietzsche, Marx y el minihombre

Decía Nietzsche que el progreso técnico y la moral han desembocado en orillas diferentes. Los valores de la Revolución Francesa, – igualdad, fraternidad y libertad – han fracasado. Y han fracaso, en palabras de Friedrich, porque cada día somos menos solidarios y más egoístas. La paz perpetua, pronosticada por Immanuel Kant, no se corresponde con los hechos presentes. La razón capitalista nos ha traído injusticia social, guerras y explotación internacional. El rico cada día se hace más rico. Y el pobre, cada día más pobre. De qué ha servido la industrialización, la toma de la Bastilla y la Declaración de los Derechos del Hombre, si cada día hay menos respeto a la dignidad del otro. El proyecto ilustrado ha fracasado. El siglo de las luces solo sirvió para poner en evidencia las debilidades de la razón. Una razón que ha derivado en monstruos políticos, protesta callejera y vacío existencial.

Ante este fracaso, Marx tenía la solución. Señores – como diría él – si la razón capitalista ha devenido en desigualdad y fragmentación social; sustituyamos ésta por otra. Sustituyamos el capitalismo por el comunismo y construyamos la sociedad del conocimiento. Una sociedad basada en el tanto eres, tanto vales. Y una sociedad, y disculpen por la redundancia, donde nadie pueda ser más que nadie. Esta razón – la razón comunista – fracasó. Fracasó por su pésima gestión. Y fracasó por la incompetencia de las élites para tomar las decisiones sobre qué, cómo y para quién producir. Nietzsche no creyó en el marxismo. Buscó refugio en el romanticismo. Una corriente que miraba atrás y defendía, en voz alta, aquello de "cualquier tiempo pasado fue mejor". El romanticismo exaltó el corazón frente a la razón, la creatividad frente a la lógica y la libertad individual frente la social. Esa mirada perdida en lo bucólico y en la angustia del ayer trajo consigo el pesimismo filosófico.

Frente a Schopenhauer, Friedrich afrontó la "voluntad de vivir" con coraje. Miró, cara a cara, a la vida y defendió la lucha contracorriente. Una valentía necesaria para salvar a Occidente de su esquizofrenia racional. Nietzsche luchó contra la razón capitalista con valores capitalistas. Y ese, queridísimos lectores, fue su gran error. Los rasgos del superhombre no han servido para desmantelar la correlación: "a mayor progreso técnico, más miseria moral". El nihilismo, resultado de la moral de esclavos, no ha salido de su abismo. Hoy, querido Friedrich, el superhombre ha fracasado. Su figura ha caído en el precipicio de la corrupción, la contaminación, el etnocentrismo y la tensión internacional. Ha llegado su fin y el nacimiento del minihombre. Un minihombre defensor de la transparencia, el paisajismo, la sostenibilidad, la flexibilidad, el relativismo cultural, la cooperación y la conciliación intergeneracional. Bienvenido.

Huérfanos de reflexión

Como saben, aparte de juntar letras en los pergaminos de este blog, me gano el pan como profesor de filosofía. Me gano el pan, como les digo, explicando a Platón y Descartes, entre otros. Más allá de que mis alumnos aprendan quiénes fueron los principales representantes de cada corriente filosófica, intento que el día de mañana desarrollen la mirada. Que desarrollen la capacidad de abstracción y lejanía propia de las humanidades. Y que aprendan cómo funciona, con sus determinismos pretéritos, la complejidad del ahora. Así las cosas, cuando explico a un autor hago todo lo posible para que lo entiendan en modo de diálogo y perspectiva. Es muy importante que la filosofía renazca de sus cenizas. Es necesario que la Ley Celaá devuelva a la "madre de las ciencias" al lugar que ocupó durante el periplo socialista. Una democracia sin filosofía desemboca, tarde o temprano, en la pseudodemocracia.

La Ley Wert, aprobada unilateralmente por el Pepé, dinamitó – y disculpen por el verbo – a la filosofía. El gobierno de Rajoy dejó huérfano de reflexión al sistema educativo. Al parecer, para algunos nostálgicos del ayer, el espíritu crítico fue un invento de progres y rojos resentidos. Es por ello que durante los últimos años, "las mentes pensantes del mañana" han obtenido sus títulos de bachillerato sin saber, a ciencia cierta, quiénes eran Kant o Nietzsche, por ejemplo. Hoy, tales jóvenes, herederos de Wert y su darwinismo educativo, cursan grados universitarios. Y los cursan, sin conocer la génesis de sus disciplinas. Sin saber que hasta el siglo XVII, todos los saberes eran filosofía. Y sin saber que tanto la psicología como la sociología, por ejemplo, no se entenderían sin las teorías de Freud y Marx respectivamente. Aparte de esta laguna, los jóvenes de Wert crecerán sin los cimientos del espíritu crítico. Y crecerán sin la transversalidad que proporciona una disciplina tan digna, y a la vez tan maltratada, como es el amor a la sabiduría.

Estamos ante una sociedad atragantada. Una sociedad atascada por cientos de canales de comunicación. Estamos ante una cultura abanderada por la cibercultura, la inmediatez y el entretenimiento. Una cultura con una crisis enorme de autoridad. Los profesores y los medios de comunicación han perdido legitimidad por el overbooking de información. Una información que, en ocasiones falsa y maloliente, se convierte en un lodo contaminante para la sociedad del conocimiento. Ante esta contaminación informativa, la filosofía se convierte en necesaria. Si antes era la religión, en palabras de Nietzsche, quien impedía el progreso y la voluntad de poder. Ahora es la postverdad y las fake news quienes han devuelto a su origen el péndulo de Foucault. Estamos, otra vez, ante el camello de Nietzsche. Ante el mismo animal que carga en sus jorobas a una sociedad de cabizbajos, de hombres solitarios y esclavos de pantallas. Hombres enfermos de comunicación, alienados del Big Data y huérfanos del reflexión.

La deriva europea

Tras la noticia del Brexit, recibí un wasap de Jerry, un periodista inglés afincado en Torrevieja. Lo conocí hace años en la cola de los churros. Allí, mientras esperábamos nuestro turno, hablábamos de política, economía y otros temas de actualidad. Republicano de los pies a la cabeza, no entendía por qué en pleno siglo XXI existían instituciones medievales. Me comentaba que el Reino Unido era diferente. Diferente por sus tradiciones, costumbres y otros menesteres. Los ingleses, me decía, "vestimos ropa usada, bebemos café a deshoras, conducimos por la izquierda y hablamos abonico". Los ingleses, en el siglo XVII, cuestionaron la praxis de las sotanas. Y los ingleses, a nivel de filosofía, defendieron el empirismo. Un empirismo – o exaltación de la observación y los sentidos – en contraste con la filosofía "momia" – que diría Nietzshe – de las tripas alemanas.

En el perfil de su wasap, Jerry tiene una foto de Lady, una gata que vive con él desde que falleció su señora. Un tumor en el pulmón terminó con Lola, la misma que se bañaba en la playa de locos en las frías mañanas de enero. Recuerdo que fui a su entierro. Tras volver del cementerio, Jerry cumplió con el deseo de su esposa. Y su deseo no era otro que celebrar con alegría el fin de su existencia. Así, como el que no quiere la cosa, bailamos y brindamos por ella. Y lo hicimos, como le gustaba a Lola, con jamón, queso y vino tinto. Entre los allí presentes estaba Manolo, un vecino de Almería. No se lo pensó dos veces, y nos deleitó con su guitarra. Fue una noche mágica dedicada a quien más se lo merecía. Una noche alejada de las lágrimas y alumbrada de farolas positivas. Tras abrir el wasap de Jerry, veo una imagen. Es una foto del reverso de un billete de cincuenta euros. En la foto aparece la silueta de Europa. Pero, observo una Europa diferente. Es una Europa amputada por arriba. Una Europa sin cabeza, sin el Reino Unido en la cúspide de Francia.

Tras cenar, le puse el collar a Diana y nos fuimos a pasear por las calles del vertedero. Allí encontré a Manoli, una octogenaria que todos los días, a eso de las diez, baja la basura. Maestra en los tiempos cadavéricos, sabe de qué habla cuando habla de política. Me preguntó por el Brexit. Me decía que este desplante supone un golpe bajo para Europa. Los ingleses siempre han sido listos en los asuntos internacionales. Hoy, con su "independencia", es muy probable que Inglaterra se convierta en la enemiga de Europa. Y lo es, queridísimos lectores, porque los ingleses conocen nuestros puntos fuertes y débiles. Conocen los planes que se cuecen en los despachos de Bruselas. Y Conocen sus fines y objetivos. El Reino Unido se convierte en el exsocio despechado de una empresa floreciente en un mercado maniatado. Tanto que su libertad en las políticas fiscales y monetarias podría convertirse, en el corto plazo, en su ventaja competitiva. Una ventaja, en forma de "paraíso fiscal", que podría tambalear los cimientos europeos. Atentos.

De aulas y sotanas

El otro día, coincidí con Manolo, un cura jubilado de las tripas de mi pueblo. Tras un fuerte apretón de manos, me preguntó por Jacinto. Jacinto, por si no lo saben, perdió a su hijo en un accidente de tráfico. Creyente hasta las cejas nunca entendió, por qué Dios le convirtió en el hombre más desgraciado de la tierra. Jacinto, desde aquel fatídico día, no quiere a los curas ni en pintura. Y no los quiere, queridísimos amigos, porque las hostias de la vida no distinguen entre ateos y creyentes. Manolo, aunque no lo diga, está desengañado. Desde que colgó la sotana, frecuenta El Capri los viernes a deshoras. Siente vergüenza por los escándalos del clero y se muestra cabizbajo, claro que sí, cuando alguien le pregunta por la Santa Inquisición. Una institución que quemó a Giordano Bruno y a otros eruditos que cuestionaron los dogmas cristianos.

Hoy, la ciencia y la fe cabalgan en carruajes separados. Las sotanas ya no tosen en los telescopios de Galileo. Y no tosen, queridísimos ateos, porque casi nadie apoya la divinidad como causa final. Ese Dios creador que ponía en marcha el mundo – el gran reloj terrenal – ha perdido su razón. Y la ha perdido porque señores como Guillermo de Ockham y Descartes, entre otros, se jugaron la piel por cuestionar las doctrinas de la fe. Doctrinas que solo aplaudían la física aristotélica como fuente de razón. En otro orden, la política y la fe también viajan en vagones separados. Fue Nicolás Maquiavelo quien inauguró el pensamiento político moderno. Un pensamiento que dejó atrás las simbiosis entre capas y sotanas. Y un pensamiento que ahuyentó, de alguna manera, la legitimidad de los políticos por razones de fe. Hoy, como saben, los curas hurgan menos en los gobiernos de hoy. Y hoy, muy poquitos regímenes occidentales están legitimados por la gracia de Dios.

En pleno siglo XXI, y en una tierra llamada España, todavía hay reductos de fe. Todavía existe una intromisión de las sotanas en los laberintos del poder. Y todavía, y valga la repetición, existe la religión en los intramuros del saber. Una asignatura que desde la Ley Wert convive, y en igualdad de condiciones, con otras disciplinas, tales como las matemáticas y el inglés, entre otras. Una asignatura impartida, como saben, por profesores ajenos al sistema de concurso – oposición. La ley que prepara Celaá en los fogones de Moncloa refleja el sentir constitucional del Estado aconfesional. La inmediata ley educativa convierte a la religión en una materia voluntaria y sin alternativa. Una materia alejada del corsé académico como podría ser la danza, el ajedrez u otra por el estilo. A pesar de las críticas vertidas por el clero, la "ley Celaá" abre, de una vez por todas, la independencia entre aulas y sotanas. Una independencia urgente y necesaria para la supremacía de la pluralidad ideológica en detrimento del sesgo religioso.

El efecto parental

Desde la semana pasada, la Región de Murcia es noticia, como saben, por el Pin Parental. Al parecer, los padres podrían decidir sobre las actividades complementarias de sus hijos. Podrían, de alguna manera, censurar charlas, películas, obras de teatro y todo aquello que supuestamente vulnerase la ética y tradición familiar. Esta medida, orquestada por las derechas murcianas, encierra un dilema moral. Y el dilema no es otro que decidir si está bien o mal que los padres intervengan, o no, en las instituciones educativas. Está bien que Gregorio – conservador hasta las cejas – impida que a su hijo – a Pepito – le impartan una charla sobre homosexualidad, por ejemplo. Según Vox, sí. Y según Vox, sí, porque consideran que los hijos son propiedad de los padres. Una propiedad que les otorga el derecho de dirigir los intramuros de los centros.

En las democracias representativas, las leyes – y entre ellas, las educativas – forman parte del contrato social. Las leyes educativas ostentan el rango de orgánicas. Son normas que necesitan para su aprobación mayorías cualificadas. Y son normas que una vez aprobadas deben ser, como todas, respetadas por la sociedad. Aunque los hijos pertenezcan a los padres, faltaría más, la potestad legislativa forma parte del poder legislativo a propuesta, la mayoría de las veces, del Ejecutivo. Tras la publicación en el BOE, las leyes deben cumplirse. Podemos criticarlas, manifestarnos contra ellas pero lo que no debemos es incumplirlas. Y ello es precisamente lo que se pretende con el Pin Parental, un incumplimiento indirecto de la normas con el pretexto de la moralidad. La intromisión de los padres en los asuntos legales vulnera la separación de los poderes. Va en contra de las reglas de juego y pone en riesgo la convivencia social.

Si se permitiera el pin parental, algo muy improbable por su ilegalidad, estaríamos ante una legitimación de la desobediencia civil. Y dicha desobediencia, esa potestad para incumplir ciertos postulados legales, suscitaría un agravio comparativo con el resto del ordenamiento jurídico. Un agravio que traería consigo cientos de pines parentales en otros ámbitos sociales, tales como fiscales, militares e institucionales, entre otros. Tal medida, queridísimos lectores, abriría la veda al beneplácito de la ilegalidad. Una ilegalidad que contrasta con la defensa del cumplimiento estricto de la ley, por parte del PP, en otros sectores civiles. Otros sectores como, por ejemplo, la aplicación a raja tabla del artículo 155 en Cataluña. Una aplicación que, al parecer, no admite "pines parentales". Así las cosas, el pin parental se convierte en un polvorín de dinamita en el seno del Estado de Derecho. Un polvorín que obstaculiza la libertad de cátedra, desobedece las reglas de juego y amenaza con expandirse a cualquier institución que no predique el credo de las derechas.