De mínimos y salarios

La Constitución reconoce, como saben, el derecho a un "salario digno". Se entiende por "digno" aquel salario que permite cubrir las necesidades básicas de la vida sin agobios ni excesos. Para garantizar dicha "dignidad salarial", en España – y en muchos países de Europa – existe el Salario Mínimo Profesional (SMI). Tanto Manolo – el barrendero de Alicante – como Jacinto – el diputado de Aragón – deben cobrar el mismo mínimo salarial. Y lo deben cobrar, más allá de las fluctuaciones del mercado. Esta intervención estatal, en el mercado de trabajo, minimiza los riesgos de la precariedad laboral, evita el deterioro de la clase media y frena, de alguna manera, la brecha salarial. El salario mínimo contribuye, de este modo, al mantenimiento de la igualdad social en detrimento de la libertad empresarial. Es necesario, por tanto, que el SMI obedezca al mandato constitucional. Un mandato que debería ir más allá de los intereses políticos del momento.

Desde la crítica, debemos analizar las luces y sombras de las subidas del SMI previstas por el Gobierno. Unas subidas que sitúan, en un horizonte próximo, el salario mínimo en un 60% con respecto al salario medio. Dichas subidas se manifiestan como las más agudas de la serie histórica. Y dichas subidas han sido, como cabía esperar, muy mal acogidas por parte de la patronal. Según esta entidad, el aumento del salario mínimo conllevará a una pérdida de competitividad económica. Una pérdida que activará el aumento de la economía sumergida. Según la élite empresarial, los productos españoles compiten en un mercado global. En un mercado donde los máximos rivales son los "tigres asiáticos". Países donde parte de su "éxito" no es otro que sus salarios bajos y la vulneración de los derechos fundamentales. Un dato que pasa desapercibido para los intereses del consumo y que, sin lugar a dudas, está detrás de las críticas vertidas por las voces liberales.

Más allá de la narrativa de arriba, la subida del SMI no debería ser tan catastrófica para nuestra economía. Y no debería, estimados lectores, porque más dinero en el bolsillo supone más consumo. Y más consumo, más producción. Y más producción, más empleo. Fue Henry Ford quien decidió aumentar sus costes laborales. Elevó, de manera considerable, el salario de sus empleados y consiguió, así, revolucionar el sector del automóvil. El aumento del poder adquisitivo permitió que el coche, que era un artículo de lujo al alcance de unos pocos, se convirtiera en un producto al servicio de las masas. Un hecho que trajo consigo beneficios indirectos para la economía. Beneficios en forma de construcción de carreteras, desarrollo de industrias auxiliares y movilidad laboral. La subida del SMI se convierte en una oportunidad para salir de la cárcel del mileurismo. Un mileurismo que obstaculiza el crecimiento, ralentiza el consumo pesado y perpetúa la riqueza en los mismos de siempre.

Respetar la democracia

A pesar de la investidura de Sánchez. A pesar de gritar, por fin, aquello de "habemus presidente". Lo cierto y verdad es que el panorama político no pinta bien. Y no pinta bien, queridísimos lectores, porque estamos ante un hemiciclo de reproches y rencores. De amenazas y amenazados. Y, si me permiten la expresión, de "política barriobajera". Una política, como les digo, afincada en la crítica destructiva, en los insultos y la retórica barata. Y este tipo de política. De política sin formas, me recuerda a algunas discusiones acaloradas entre los clientes del Capri. Discusiones, como les digo, con miradas a la España, en blanco y negro, de los tiempos del caudillo. En la Hispania del siglo XXI, nuestros elegidos hablan de "matones", "fusiles" y "revólveres". Parece que muchos no han entendido, todavía, qué significa el Estado Democrático.

Estamos ante una democracia indirecta. Una democracia representativa donde la participación ciudadana culmina el día de las urnas. Las papeletas determinan los colores del Congreso. Y éstos, el conglomerado de diputados, eligen – desde la legitimidad de sus escaños y el poder de las mayorías – al presidente del Gobierno. Un presidente que, a su vez, designa a sus ministros. Y estos, constituidos, en Consejo proponen, ejecutan y desarrollan las leyes. Estas son, como saben, las reglas del juego. Unas reglas claras y distintas – como diría Descartes si viviera – que entendería hasta el borracho de mi pueblo. Así las cosas, la investidura de un presidente depende de la aritmética. Depende de que en primera votación se obtengan ciento setenta y seis votos a favor o que, en segunda tanda, se obtengan más síes que noes. La legitimidad de un presidente no depende, por tanto, de quiénes conforman las mayorías sino del número, de la consecución de un número mínimo de votos o de síes.

La investidura de Sánchez no incumple las reglas democráticas. Su investidura ha cumplido con los números establecidos y resulta tan legítima como todas las investiduras de los presidentes anteriores. Dicho esto, sorprende que algunos diputados se hayan visto amenazados a la hora de levantar la mano o manifestar su sí en beneficio de Pedro. Amenazados desde las redes sociales y medios de comunicación. Unas amenazas inadmisibles y carentes de fundamento. Carentes de fundamento porque las mayorías – nos gusten más o nos gusten menos – deben ser aceptadas. Y esa aceptación incondicional forma parte de la deportividad democrática. Una aceptación sin odios ni despechos es necesaria para no revivir las "Dos Españas" de Franco. Ahora es el momento de que cada diputado ocupe su lugar. Es el momento de que quienes hayan sido proclamados para gobernar, gobiernen. Y quienes no, ocupen con responsabilidad el lugar asignado. Los insultos y amenazas carecen de sentido en la España democrática.

Torra, Junqueras y el Estado de Derecho

La eficacia de un Estado de Derecho depende, en último término, del cumplimiento de sus leyes. Las leyes, como saben, tienen color político; unas son más liberales y otras más socialdemócratas. El ordenamiento jurídico surge de la aritmética parlamentaria y esta, a su vez, de la soberanía popular. De tal modo que las leyes, una vez aprobadas, deben contar con mecanismos que garanticen su obediencia. Podemos, faltaría más, criticar el contenido de las mismas. Podemos quejarnos en las plazas y solicitar su derogación. Podemos cambiar el sino de las mayorías parlamentarias por medio de las urnas. Pero, amigas y amigos, de lo que no estamos exentos es de prestar obediencia al contrato social. Por ello, cualquier oveja que se salga de la senda debe ser llamada al orden. Debe ser devuelta al rebaño y, si no es así, por la rebeldía de la misma, establecer su merecido castigo. Así las cosas, sentencias como las de Torra y Junqueras, por ejemplo, deben ser acatadas o recurridas pero nunca desobedecidas.

Para que un Estado de Derecho sea eficaz, aparte del cumplimiento de sus normas, se debe garantizar su independencia. Las togas, que aplican e interpretan las leyes, no deberían mezclar sus agujas con los trajes del Congreso. Cuando la política tose en los platos de las balanzas, estas pierden el equilibrio y precisión que las envuelve. Es por ello que los jueces deberían estar al margen de los asuntos políticos. Y deberían, como les digo, porque como intérpretes legales corren el riesgo de manchar las sentencias con sus tintes ideológicos. Así las cosas, cualquier indicio de inclinación judicial hacia intereses políticos debería ser denunciado por la sociedad civil. Un sistema judicial sometido a ciertas directrices políticas se convierte en un caldo de cultivo para la corrupción y el clientelismo. Las inhabilitaciones de Torra y Junqueras llegan justo el día antes del debate de investidura. Esta cercanía en el tiempo – causal o casual, o como lo quieran llamar – pone en duda, o levanta sospechas, acerca de la supuesta independencia de nuestro sistema judicial.

Otra condición, y llevamos tres, para que un Estado de Derecho sea eficaz es la flexibilidad de sus normas. Se entiende por flexibilidad a la existencia de mecanismos que acerquen la brecha que separa el hecho del derecho. No podemos, a estas alturas del siglo XXI, contar con constituciones rígidas. Constituciones surgidas en el seno de circunstancias históricas distintas a las presentes. Tales normas se convierten en un obstáculo para la realización de la voluntad social. Un obstáculo que desemboca en los puertos de la frustración ciudadana. Por ello es necesario que se habiliten "actualizaciones" de las constituciones vigentes. Actualizaciones que regulen la problemática de los cambios sociales y permitan su ejecución. No deberíamos tachar de antisistemas o anticonstitucionalistas a quienes expresan su voluntad de cambio social. Y no deberíamos, como les digo, porque el inmovilismo legal y político son tóxicos para el progreso. Tóxicos que ponen en evidencia la ineficacia, en este punto, del Estado de Derecho.

De cubatas y sobrasada

Ayer, tras cenar con los míos, bajé al Capri. El humo y la música ochentera inundaban el garito de miradas y pecados. En la pista estaban las cuatro busconas del barrio. Mujeres de la noche, con pantalones apretados y escotes por el ombligo. Rubias de bote con lentillas de colores, y con los dientes amarillos de tanto fumar Ducados. La Nochevieja, me decía Jacinto, es una noche falsa. Una noche donde el maquillaje disimula los surcos de las arrugas. Y una noche donde los deseos de prosperidad forman parte del protocolo. Peter estaba pletórico. Llevaba su traje a rayas, el mismo que se puso hace cuatro años para la boda de Sofía. Tras un fuerte abrazo, le pedí un carajillo. Necesitaba, la verdad sea dicha, desatascar mi intestino de tantos langostinos. A dos taburetes del mío estaba Manolo, el pavimentador de mi pueblo. Manolo es un hombre sencillo. Un hombre que para ser feliz solo necesita un buen vaso de vino.

El garito estaba abarrotado. Lleno de señores trajeados. Trajes, en su mayoría, antiguos como los cuadros de Picasso. Trajes grises y negros, con pantalones acampanados y americanas marineras. Mientras movía el carajillo, me vino a la mente las palabras de mi abuelo. Abel, me decía: "nunca te fíes de los hombres con traje". Hay ladrones de gallinas y delincuentes de ilusiones. Los primeros, son pobres desgraciados. Pobres con vaqueros remendados y angustias en los bolsillos. Los segundos, son vampiros de oficina. Hombres con corbata, palabras refinadas y gatillos oxidados en el interior de sus estómagos. Hay hombres a deshoras donde el único traje que tienen es el de su boda. Ese traje se lo suelen poner el día de Nochevieja para impresionar a las fulanas. Y es el mismo que algunos eligen para el día de su muerte. A las tres de la madrugada, el que más y el que menos se ha desabrochado el botón de la camisa. A esas horas, muchos bailan el "Nel blu dipinto di blu" con los faldones por fuera, y los pantalones tan bajos que se parecen a Cantinflas.

En la calle, el vómito de la Juana se transforma en el plato de Kuki, el perro de Gregorio. Separada desde hace cuatro meses, el gintonic se ha convertido en su segunda casa. El aseo del garito es un ir y venir de hombres malolientes y mujeres sin decoro. Mujeres alegres, unas más guapas y otras más feas. Mujeres, rubias y morenas, con el tubo en la mano, bailando al son de los cubitos y con el maquillaje grasiento de tanto mover el culo. A esas horas, a las cinco de la madrugada, todos los gatos son pardos. La gente está fuera de sí por el efecto de los cubatas. Tanto que el tímido se convierte en aquel político carismático en lo alto de la tribuna. Y tanto que algunas cincuentonas bailan como si fueran adolescentes alocadas en medio de la playa. A esas horas, Peter suele sacar rebanadas de pan con sobrasada. Es una vieja costumbre para apaciguar las aguas antes de que el alba asome por la ventana del garito. A las diez de la mañana, El Capri está cerrado, con las persianas bajadas a cal y canto. Por la calle pasan hombres trajeados y mujeres bien vestidas. Gente, como dirían algunos, que no salieron de casa el día de Nochevieja.

El problema laboral

El otro día, mientras caminaba por las calles del vertedero, tropecé con un titular que despertó mis neuronas. Según Unai Sordo, secretario general de CCOO, "si con el nuevo Ejecutivo no hay cambios en la legislación laboral, iremos a un escenario de movilización". Un "escenario de movilización", o dicho más claro, de huelga laboral, tras casi una década de sequía sindical. Tras casi diez años, maldita sea, sin apenas protestas callejeras; más allá del postureo del uno de mayo. Por ello, ante estos titulares, la crítica no puede pasar de puntillas. Y no puede pasar, queridísimos camaradas, porque no hay excusas para la parálisis. Seguimos con la Reforma de Báñez. Aquella que dinamitó el Estatuto de los Trabajadores y tiró por la borda los logros sindicales de los años felipistas. Estamos inmersos en el mileurismo, la temporalidad y el éxodo de talentos.

El multipartidismo y la inestabilidad política han silenciado el grito del asfalto. La brevedad de las legislaturas ha perjudicado, y mucho, la acción sindical. Tanto es así que sus líderes han perdido el poder de influencia de los tiempos olvidados. Hoy, con el SMI y las prestaciones congeladas, los sindicatos deberían actuar. Es necesario que el sindicalismo influya en los ejecutivos, que presione para que se desarrolle, de una vez por todas, una Ley Orgánica sobre el derecho de huelga. Hace falta que las organizaciones sindicales modernicen sus medios de comunicación y saquen los dientes a la partidocracia. Una sociedad civil débil y pasiva es lo peor que le puede pasar a una democracia. Por ello, hoy más que nunca, hace falta que resurja un movimiento obrero que integre las voces del feminismo, el ecologismo y la discapacidad. Es urgente que los inspectores de trabajo escuchen a los sindicatos. Y es urgente, y no me cansaré de denunciarlo, que se active la conciencia de clase.

El "divide y vencerás", de muchas empresas actuales, ha hecho que el individualismo liberal eclipse el espíritu cívico de antaño. Un individualismo o "sálvese quien pueda" que destruye a la clase media y la somete a los tiempos premarxistas. Una clase encogida – con menos hijos de los deseados; con menos viajes de los soñados y  con altas probabilidades de bajar de escalón social -, se convierte en una tortuga para el progreso. Ante esta clase frustrada, los sindicatos deberían actuar. Actuar para recuperar las ganas de combate. Aparte del problema catalán. Aparte de que Junqueras salga o no de la cárcel. Aparte de que haya investidura de gobierno, en este país persiste el problema laboral. Un problema que se manifiesta en salarios bajos, baja productividad, temporalidad, siniestralidad, absentismo y altas tasas de paro. Un panorama desolador que se incrementa por la ingobernabilidad del país, la parálisis legal y el poder del tejido empresarial.

2019, año mudo

Si mirásemos por el retrovisor de los tiempos, podríamos juntar los acontecimientos históricos en muy poco espacio. Tanto es así que en dos o tres tomos sintetizaríamos la historia de España, por ejemplo. Así las cosas, los puntos de inflexión son los encargados de hilar el relato. Si no fuera por tales puntos – revoluciones, elecciones, alzamientos militares… – estaríamos inmersos en el pasado. Hay décadas que pasan en silencio por la ausencia de tales puntos. Décadas, como les digo, donde no hay nada importante que escribir y, por tanto, pasan desapercibidas. Así, por ejemplo, la Edad Media tuvo cientos de años callados. Años callados hasta que la escolástica fue sustituida por la ciencia moderna. Sin embargo, otros periodos históricos han sido convulsos y llenos de noticias. El siglo XIX español estuvo marcado por el rifirrafe entre liberales y conservadores. Y el siglo XX, a nivel europeo, por dos guerras mundiales y los totalitarismos.

El año que nos deja, el 2019 pasará a la historia por ser un año mudo. Un año sin datos relevantes, e inmerso en el inmovilismo. Hoy, a punto de comernos las uvas, estamos en el kilómetro cero que hace doce meses. Seguimos con un multipartidismo anquilosado y polarizado. Continuamos con el problema catalán pisándonos los talones. Y estamos, como diría Gregorio, en una situación que "ni palante, ni patrás". Lo único significativo, por subrayar algún fenómeno, ha sido la dimisión de Rivera y el auge de Vox. Más allá de tales titulares, el panorama político se presenta desolador. Desolador, y digo bien, porque – aunque tengamos investidura en breve – el inmovilismo legal está garantizado. Y lo está, queridísimos lectores, porque en este país de pandereta la partidocracia y el multipartidismo es un coctel explosivo. La política española se ha convertido en un juego de suma cero. Un juego donde cada uno barre para su lado. Y un juego donde los relatos están tan definidos que casi nadie mueve ni un punto ni una coma.

Si nadie tuerce el brazo. Si los partidos y sus líderes no son capaces de encender las luces largas; España derivará hacia una democracia bananera. Una democracia caracterizada por la incompetencia de sus elegidos, las legislaturas cortas y el insulto verdulero. Un país galdosiano marcado por el mantra del "rey muerto, rey puesto". Ante esta situación, la soberanía popular, más allá de la abstención o el cambio de chaqueta, no puede hacer gran cosa. Estamos cerca, muy cerca, de parecernos países como Israel. Países donde votar una y otra vez se ha convertido en un círculo vicioso. Un círculo vicioso cuyo final es el cabreo colectivo, la parálisis legal y el éxodo de capitales. Es necesario, maldita sea, que pasemos página a la España de los rojos y los azules. Es urgente que inauguremos la cultura de la postpartidocracia. Una cultura que rompa con los estereotipos de la derecha y la izquierda. Y una cultura donde prevalezcan los planteamientos, las previsiones cuantitativas y la autocrítica. Una nueva cultura necesaria para salir, de una vez por todas, del sesgo del año mudo.

De vidas y pergaminos

El otro día, tras salir del trabajo, fui al supermercado. Necesitaba comprar una bolsa de fideos y algo de verduras. En la puerta estaba Carmelo, un viejo conocido de mi pueblo. Un chico que conozco desde mis tiempos desviados. Tiempos donde los cigarrillos, la juerga y las mujeres eran lo más importante en mi vida. Tras un saludo, nos deseamos felices fiestas. Le di un abrazo y un apretón de manos. Sus manos estaban frías. Frías como una farola en una plaza de Siberia. Me dijo que no tenía dinero. Que acaba de salir del talego y lo único que llevaba en el bolsillo era la chapa de la cerveza. Saqué la cartera, y arrojé sobre sus manos un puñado de calderilla. Le pregunté con quién iba a pasar la Nochebuena. Me dijo que tenía una orden de alejamiento de su madre. Una orden por agresión. Su "vieja" no comprendía que estaba enfermo. Enfermo de hachís, coca y nicotina.

Me despedí de él. Me fui cabizbajo por toda la avenida. Tocado y "jodido" por aquella conversación. La vida es generosa para unos y cruel para otros. Unos, decía mi abuelo, nacen con estrella y otros estrellados. Estaba tan mal que, tras dejar la compra encima de la mesa, bajé al Capri. Tomé un café, saludé a Peter, y volví a casa. Ese día comía solo. Mi mujer hacía jornada continua y mi hija comía en casa de una amiga. Nunca me ha gustado comer solo. Me molesta la soledad de la casa. Necesito diálogo. Soy, aunque no lo aparento, un ser bastante social; un "animal político" como diría Aristóteles si viviera. Mientras hervían los fideos, me iba y venía a la mente la imagen de Carmelo. La imagen de aquel niño que jugaba al futbolín en los recreativos de Manuela. La imagen, maldita sea, de aquel adolescente que hacía caballitos con la moto en la puerta de la Trébol. Aunque aquellos tiempos hayan pasado. Aunque agua pasada no mueva molinos. Lo cierto y verdad es que detrás de cada hombre hay un pergamino.

La vida es un misterio. Sabes cuando empieza pero no, cuando termina. Por eso es tan importante vivir el día a día. Vivir en el "eterno retorno" que dría Nietzsche. Vivir porque hoy, queridísimos amigos, estamos bien y mañana no sabemos lo que será de nuestro sino. Hay tantas probabilidades y posibilidades en el camino; que la excepción en la vida es el cumplimiento de los planes. Por ello, porque vivir es una oportunidad única e irrepetible hay que aprovecharla. Hay que saborear los pequeños detalles. Detalles como el olor a café o el saludo del vecino son, al fin y al cabo, los que merecen la pena. Hoy, recuerdo a Carmelo. Y lo recuerdo porque es él, el mismo que aparece en la esquela del bar Joaquín. Es él, aunque no lo pueda creer, quien ha dejado de ser. Y es él, aquel que saludé a las puertas del supermercado, quien puso el punto y final al contenido de su pergamino. D.E.P.

De barras y pecados

El olor a mujer envolvía de pecado los rincones del garito. Aquella noche, la música de los Héroes hizo que Gabriela bailara con Jacinto hasta altas horas de la madrugada. Era un baile sucio. Un baile de susurros entre adultos casados, con hijos y canas en las axilas. Recuerdo que vivía Manolo, toda una institución en El Capri. Peón de albañilería, todos los fines de mes, fundía su nómina por la ranura de las máquinas tragaperras. La perdición de un hombre, le dije en una ocasión, es el vicio. El vicio es como una alcantarilla donde desembocan las aguas fecales de la vida. Sin mujer, ni perro que le ladrara, lo único que tenía en la vida era la telaraña de sus bolsillos. Aquella noche, Manolo conoció a la Juana, una fulana de las tripas de mi pueblo. Era una mujer sin cultura, de esas que dicen hostia, beben vino tinto y juegan a las cartas.

Tras varias copas, Manolo y la Juana salieron por la puerta de atrás del Capri. En la barra, yacía el vaso de la fulana manchado de carmín. Un vaso, la verdad sea dicha, con cubitos derretidos e impregnado de Ducados. En la pista, la gente bailaba el chuchuchú del tren. Un chucuchú de mujeres enfajadas, hombres calvos y descamisados. Un chuchuchú de pecado, tentaciones y sueños prohibidos. Pasaron por delante de mí, un carrusel de miradas lujuriosas hizo que me sintiera desnudo en medio del garito. En la soledad de la barra estaba Martín, un hombre silencioso de esos que mueven la copa antes de acercarla a la boca. Le pregunté por su hijo. Me dijo que se había independizado. Que se había ido del nido. Ahora, me decía, necesitaba devolver a su matrimonio miles de detalles. La última vez que tocó a su mujer fue el día de su cumpleaños. Hace siete meses que duermo solo. Solo como un perro abandonado en la alfombra del salón. La pareja, le dije, es como un huerto. No lo debes descuidar sino se llena de maleza.

En el taburete del fondo, Rodrigo leía El Marca. Lo leía como de costumbre, desde atrás hacia delante. Era un hombre culto, de esos que hablan finodo y bombean la voz cuando toman la palabra. Le gustaba hablar de viajes. De su escapada a Roma, de su aniversario en París o de su picadero en Santander. Le gustaba ostentar y disfrutar del aplauso de la barra. Era un señor con suerte. De esos que fuman pipa, van con rubias de bote y conducen coches caros. Un hombre de la vida, como diría mi abuelo si levantara la cabeza. En una ocasión, Manolo y él discutieron. Recuerdo que Manolo, le dijo: "si de algo tengo pena es de los ricos". Pena porque el dinero corrompe a los hombres, los llena de vanidad y les deshumaniza el espíritu. Rodrigo se reía del "discurso de los pobres". Los pobres "siempre se están quejando". Se quejan de sus vidas, de la miseria de sus trabajos. Se quejan de vicio y no hacen nada para cambiar su destino. Desde lo alto del caballo, le respondió Manolo, el prado se ve diferente. Ojalá que, algún día, los Quijotes sean Sanchos y los Sanchos Quijotes.