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Juguetes rotos

El ser humano busca estadios de confort. La vida no es otra cosa que un refugio en un tiempo y espacio determinado. Ese refugio viene determinado por los acontecimientos históricos del momento. De tal modo que existen condiciones azarosas que delimitan los ejes de la felicidad. Más allá de ellas – de guerras, epidemias y hambrunas – hay un componente estructural, que explica nuestra voluntad. El capitalismo, queridísimos amigos, responde a una estructura – o andamiaje – negativo. Somos, como diría Heidegger, arrojados al mundo. A un mundo trágico que nos obliga a vivir en un mar de dolor incesante. Un dolor cuya única salida no es otra que – y hago una hermenéutica de Schopenhauer – la desconexión. Así, el gimnasio y todo lo que concierne al ocio sirven como válvula de escape ante la adversidad diaria. El encuentro con los amigos, una tarde de cine o el fin de semana, entre otros escapes, suspenden una vida de tragedia incesante. Esta estructura sirve de turbina, como les decía atrás, para la supervivencia del capitalismo.

El superhombre – de Nietzsche – desemboca en la orilla de la autoexigencia. La cultura del "tanto tienes, tanto vales", del "si lo sueñas, puedes conseguirlo" y otros reclamos motivacionales han hecho, del ser actual, un león insaciable. El capitalismo nos ha inyectado unos ideales que sirven a la utopía de la felicidad. Y esos ideales no son otros que "vivir para el escaparate". En tiempos de postureo y reconocimiento fácil, a través de las redes sociales, la vida se convierte en una muestra hacia el otro. Salir de la negatividad, mostrar dientes blancos y viajar responden al canon de la felicidad contemporánea. Hemos sustituido la búsqueda de la ataraxia – de la tranquilidad del alma – por un cúmulo de placeres materiales. La emoción ha sustituido a la razón como condición de felicidad. Vivimos en una carrera de unos contra otros. Una carrera donde el "yo más" se convierte en el dorsal. Un dorsal que sirve a la cultura del escaparate. Las medallas se muestran en las vitrinas de la vida. Los logros se comentan en cualquier escenario vital. El narcisismo impera en los discursos de los bares, peluquerías y demás.

En el escaparate, nos sentimos importantes. En la trastienda aguardan los lamentos y la culpa por el paso del tiempo. De un tiempo que se esfuma sin el autoconocimiento. Así las cosas el capitalismo, nos convierte en oferta y demanda. Oferta porque nuestras miserias interesan al otro. Y demanda porque buscamos – en la telebasura – las desgracias del otro. Unas desgracias que nos sirven de alivio a nuestro malestar vital. El sentimiento de fracaso inunda nuestra morada. Un fracaso por no saltar la longitud establecida. Así, en la esclavitud, vivimos amargados. Amargados porque la mirada no está en nosotros sino en el otro. En ese otro más alto, guapo, rico y sabio que nosotros. Y en esa comparación, nos sentimos agraviados. Nos sentimos deprimidos y ansiosos. Y ese deterioro de nuestra salud mental, por culpa del sistema, nos sitúa en la cama leyendo y devorando libros de autoayuda. Libros que sirven al mercado. A un mercado carroñero que necesita la envidia como motor del dinero. El tiempo y el coste del devenir, nos muestra la peor de las tragedias. Tanto que algunos se sienten juguetes rotos el resto de sus vidas.

Valencia, fuego y duelo

El incendio del edificio de Valencia pone en valor la incertidumbre de la vida. Quién le iba a decir, a esa comunidad de vecinos, que sus circunstancias cambiarían de forma repentina. La vida nos condena a vivirla. Y en esa condena, atravesamos por paisajes verdes y amarillos. Pasamos por un cúmulo de momentos que determinan, de alguna manera, los renglones del pergamino. Renglones rectos y torcidos. Renglones pegados los unos a los otros. Y renglones manchados de injusticia y desolación por lo vivido. Entre líneas, oímos el susurro de la intuición. Una intuición que se acentúa con los años y eclipsa a la razón. En casa, en la soledad de mis pensamientos, sufrí la desgracia de quienes vivieron la peor de las circunstancias. Y en ese soledad, observé el vuelo de los buitres. Buitres carroñeros que hacian su agosto con el sufrimiento ajeno. Imágenes – muchas prescindibles – que invitaban a la desesperación e impotencia. Una impotencia vivida enfrente de la pantalla. De una pantalla inundada de aves carroñeras.

No, todo no vale en el periodismo. No vale, por ejemplo, que se profundice en el sufrimiento humano. No vale, maldita sea, que se pongan imágenes hirientes por activa y por pasiva. No vale que se busque la lágrima como mercancía en la industria de la cultura. Lejos de tales imágenes, hablen de soluciones. Hablen de lo que será de esos cientos de familias afectadas por la tragedia. Hablen, y no callen, de medidas preventivas para evitar sucesos similares. Hablen de cómo deberíamos actuar ante una catástrofe de tal envergadura. Y hablen de causas, responsables y responsabilidades. Mientras tanto, el olor a quemado inunda de rabia a los olfatos callejeros. Las cenizas huelen diferente en función del combustible. La madera quemada huele distinta al hierro. Y este distinto a la paja. Y así, sucesivamente. Y en ese olor a chamusquina subyacen miles de recuerdos. El fuego no solo quema lo físico sino lo metafísico de nuestras vidas. El fuego quema los recuerdos. El fuego quema el orgullo por lo conseguido. El fuego deja la huella negra de lo que fue y ya no es.

El duelo se convierte en un caminar desnudo por en medio del desierto. Un desierto donde las distancias son largas y las estancias amargas. Los pies sienten el tacto de la arena. De una arena que invita a la esperanza dentro de la ira. Sin lo material, el ser humano pierde buena parte de su identidad. El hogar otorga sentido a nuestras vidas. En el hogar se estrechan los lazos familiares. En el hogar subyace la intimidad. Una intimidad que abraza el refugio. Un refugio necesario ante las amenazas que supone la selva de lo urbano. Bajo el techo, miramos por la ventana y vemos la vida desde la trinchera. De una trinchera que nos protege de la envidia. De una envidia que se manifiesta con silencio, desaprobación, burlas y mofas ante los logros del esfuerzo. El crepitar de la vida, nos sitúa ante un incendio diario que destroza lo vivido. Cada día muere en un eterno retorno. Cada día yace en un fuego infinito que se enciende y se apaga. Que se apaga y enciende en el transitar de los tiempos. Duelen las quemaduras, y duele la cortina de humo que imposibilita la luz. Que nos asfixia en una tormenta de dudas y confusiones. Luchemos, unos con otros, para que no se apague la vida. Fuerza.

Galicia y el voto estructural

Una vez más, el PP vuelve a ganar las elecciones en Galicia. Y digo una vez más, y digo bien, porque el partido liberal ha gobernado en la tierra fraguista durante 36 años de los 42 años de autonomía. Este dato se debe interpretar en clave sociológica. Existe, como podemos comprobar, un voto estructural que está por encima de los fenómenos coyunturales, la organización interna del partido y los líderes de turno. Galicia vota PP y lo hace desde una cultura e ideología conservadora, que valora lo tradicional y el costumbrismo local. Así las cosas, cualquiera lectura – en clave nacional – no tiene mucho sentido para el análisis del resultado electoral. Ello demuestra que las victorias gallegas no se deben personalizar en las figuras de Fraga, Feijóo y Alfonso Rueda. Por encima del carisma del líder y el relato electoral está la estructura social, que ha determinado – una vez más – la victoria del liberalismo en detrimento de la socialdemocracia y sus extremos.

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Nebulossa, Hiparquia y la zorra de postal

El otro día, mientras escuchaba la canción de "Zorra", me vino a la mente la figura de Hiparquia. Hiparquia, junto con Diógenes, perteneció a la escuela cínica. La felicidad – dirían aquellas voces si vivieran – sería un asunto de frikis. La anteposición de la libertad personal sobre las convenciones sociales, nos distingue del rebaño. Los cínicos emularon la vida de los perros. Quisieron vivir como ellos. Una vida alejada del mundanal ruido y transgresora con el establishment del momento. Hiparquia se hallaba encarcelada en las celdas del patriarcado. Un patriarcado que, en la Antigüedad Clásica, recluía a las mujeres al ámbito familiar. Las mujeres tenían vetado el derecho al voto. Vetada su participación en la Asamblea y, por supuesto, su presencia en el ágora. Eran, por decirlo de alguna manera, "seres inferiores", en términos aristotélicos. Hiparquia quería reflexionar y saber de filosofía. Tanto que, contra las normas de su época, frecuentaba los banquetes masculinos. En ellos, se mostraba desnuda y practicaba sexo en público.

Nebulossa nos trae, a través de su "Zorra", una lección de cinismo. Cinismo porque esta escuela utilizaba el disfraz y la provocación para denunciar la hipocresía moral. Los cínicos eran transgresores de lo políticamente correcto. Y lo eran  porque estaban convencidos que la vida es individual, única e irrepetible. Pensaban que las normas reprimen a los seres. Este mensaje fue recogido por Freud en "El malestar de la cultura". Nietzsche expresó, en sus escritos, su admiración por los cínicos. Defendió la moral natural y criticó la cristiana. Descartes, por su parte, recomendaba – en sus reglas de la moral provisional – seguir a los más moderados, las leyes y costumbres del lugar. Decía que pasar desapercibido era la mejor posición ante la vida. Una posición que permitía una vida tranquila y alejada de problemas. La "Zorra", de Eurovisión, transgrede la semántica del término. Atenta – si se me permite el verbo – contra el significado de la RAE. Ahora la "zorra", ya no es esa "buscona de hombres", que frecuentaba garitos los sábados a deshora. Ahora es una señora que rompe los barrotes de "la moral femenina". Ahora la "Zorra" es aquella Hiparquia, que reivindica su espacio con los mimbres de la sátira.

La "zorra" es aquella supermujer que, tras siglos de lucha por la igualdad de género, ha destruido a "la mujer". Ha destruido a la "feminidad" que diría Simone de Beauvoir. Ahora, tras el entierro de la otra, es cuando toca la reinvención. Ahora, la mujer se ríe de sí misma, levanta la cabeza y deambula por la selva de los hombres con garras de leona. Esa supermujer es distinta a la de ayer. La mujer de hoy mira atrás, por el retrovisor del feminismo, y observa aquella primitiva que aplaudía los logros del cazador. De un cazador que no le correspondió y no elogió su función. Hoy, la supermujer vive en las aguas de la igualdad. Y desde esas aguas, navega en la persecución de su sueño. Un sueño que cada día es más real y menos onírico. Ahora, la "zorra" se muestra ante el mundo como la ganadora. Anuncia la muerte del patriarcado. Pide su reconocimiento en la contienda. Y lo hace desde la ironía. Una ironía que sirve de disfraz para el ataque. Un ataque que denuncia el tradicionalismo de género. Ahora, con los heridos en el campo de batalla, la zorra se convierte en la líder del corral. Es hora de aplaudir.

Las semillas del vacío

Estamos ante una relajación intelectual que pone en jaque a los ojos de la crítica. El consumo de "reels" (videos cortos en las redes sociales) y titulares está cambiando nuestra forma de relación con la realidad. Existe un aumento de "lo corto" – de lo superficial -, en detrimento de "lo largo" – de lo profundo -. Estamos en un proceso de transformación social. Pasamos de una sociedad analítica a otra sintética. Y esa "sociedad sintética" determina el futuro del conocimiento. La tormenta de cientos de titulares y reels impide una digestión y reflexión sobre los mismos. Esa fugacidad suscita la proliferación de tópicos, prejuicios y estereotipos; tres tóxicos que ponen en riesgo la salud actitudinal de cualquier colectivo. De ahí que la postverdad inunde de suciedad los jardines de la verdad. La vuelta a lo simple, y el auge de rumores, trae consigo corrientes de escepticismo, que merman – de alguna manera – el entusiasmo por aprender. Todo este cóctel, nos conduce hacia la ”desintelectualización”  y  al retroceso.

Más allá de esta amenaza, la sociedad camina hacia lo superfluo. El auge de las redes sociales y el estímulo del "like", nos sitúa ante una especie que mendiga reconocimiento. Un reconocimiento que ha cambiado su diana. Ya no estamos ante el aplauso por la consecución de logros académicos y materiales, sino que cabalgamos hacia lo irrisorio. Se aluden y comentan fotografías de una taza de café, la foto delante de monumentos archiconocidos o simplemente el selfie de alguien ante el espejo de un ascensor. Ese aplauso hacia aquello que nos sitúa en la masa, nos inyecta una autoestima de bajo vuelvo. Otorgamos el beneplácito de la calidad a manifestaciones que cualquiera puede ofrecer. Y en esa cultura, de recompensa hacia lo fácil, están las semillas del vacío. Nos hemos convertido en cultivadores de maleza. Sembramos una tierra de semillas salvajes que, en un medio plazo, solo serán arbustos sin fruto. Una sociedad que invierte en pobreza intelectual, se convierte en un país vagón en lugar de locomotora. Esta situación no tiene signos de frenada. Y no los tiene, queridísimos amigos, porque existe agua en la fuente equivocada.

En la cultura del postureo, de los dientes blancos y los retoques digitales; cualquiera se convierte en un "don alguien". Y ese "don alguien" trabaja, y produce, día a día para perpetuar su título. Para ello, muestra aquella fotografía que selecciona después de decenas fallidas. Muestra su mejor versión a un rebaño de iguales. Estamos ante una admiración de ovejas que caminan por una polvareda. Ovejas, todas blancas, que no son conscientes del lugar del precipicio. Y en esa senda, de estímulos baratos, las grandes plataformas se convierten en los nuevos pastores. Pastores en forma de influencers que recomiendan y asesoran – mediante videos en directo – a su audiencia. Este rebaño, de creadores de contenido, desorienta a los medios tradicionales. El consumidor digital se ha convertido en un director de programa. Él confecciona su tabla de programas y decide cuándo los consume. Un consumo que no respeta franjas horarias, ni pautas de consumo. Ante esta coyuntura – ni mejor, ni peor que la anterior sino simplemente diferente – se necesita, más que nunca, el desarrollo de un pensamiento crítico. Un pensamiento que ponga en valor la necesidad del contraste de fuentes, los orígenes de las mismas y los intereses que las envuelven.

Dignidad democrática

Observo, y lo decía el otro día en X (el antiguo Twitter), que mucha gente se queja de la pérdida de libertad. Sinceramente, no estoy de acuerdo con esta crítica. Antes de reflexionar sobre el tema, debemos esclarecer qué entendemos por libertad. Y en esa averiguación chocamos, de frente, con la pluralidad de definiciones. El ser humano es el animal más libre que existe. Somos más libres que el gato o el ratón. Y lo somos porque, a diferencia de ellos, nuestra conducta no está determinada o, dicho de otra manera, preprogramada. El gusano de seda, sí o sí debe hacer – a lo largo de su vida – el capullo de seda. Nosotros, somos únicos e irrepetibles, y elaboramos nuestro ser desde la toma libre de decisiones. Decisiones determinadas, de alguna manera, por nuestras circunstancias. "Soy yo – decía el maestro Gasset – y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvaré yo". Aún así, hemos renunciado a gran parte de nuestra libertad a cambio de paz y seguridad. De ahí que hayamos construido el ordenamiento jurídico para organizar nuestra convivencia.

La filosofía contractualista – desde Hobbes, Rousseau o Rawls – ha defendido el contrato social. Un contrato de renuncia a la anarquía y subordinación al Estado. Un Estado que ostenta el uso legítimo de la violencia. Existe, por tanto, un compromiso de cumplimiento con las leyes. Leyes, que a su vez, emanan – en los países democráticos – de la soberanía nacional. Dentro de esas leyes, existe una jerarquía entre las mismas. En la cúspide reside la Carta Magna. Una Carta – la Constitución – que porta la transcripción de buena parte de los derechos escritos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Derechos cuyo fundamento no es otro que la salvaguardia de la dignidad. La dignidad, o mejor dicho nuestro valor como humanos, es protegida por un conjunto de derechos sumarios y preferentes. Cualquiera que vulnere el honor del otro, debe resarcir el daño causado. Esa dignidad, más allá de las personas físicas, también se podría extrapolar a cualquier colectivo, ya sea político, sindical, cultural o deportivo, entre otros.

El otro día, sin ir más lejos, se vulneró la dignidad de Sánchez. Los actos acontecidos en Ferraz – la Nochevieja – son un ejemplo de crítica destructiva. Más allá de que una parte de la sociedad no esté de acuerdo con la formación del nuevo Gobierno. Por encima de las decisiones políticas, está – y faltaría más – la dignidad de nuestros elegidos. Existen actitudes como la homofobia, xenofobia, aporofobia, racismo, violencia de género y explotación infantil, entre otras, que vulneran la dignidad. Tales actitudes existen en la sociedad. Existen, y disculpen por la redundancia, corrientes de intolerancia colectiva hacia ciertas personas por su color de piel, lugar de origen, orientación sexual, identidad de género y condición económica. Tales actitudes son los gérmenes que infectan la salud democrática. Son actitudes basadas en la intransigencia, la falta de respeto y la imposición de ciertos pensamientos "únicos". Desde la crítica, debemos denunciar cualquier acto que perturbe el contrato social. Mucha gente confunde libertinaje con libertad.

Si miramos atrás, observamos en muchas manifestaciones culturales – cine, teatro, televisión y literatura – un libertinaje que hoy, tratamos de erradicar. Desde el retrovisor veo escenas cinematográficas que vulneraban, y casi nadie lo cuestionaba, la dignidad de las mujeres, de los homosexuales  y de los pobres. Hoy, algunos llaman censura a esa rectificación de los guiones en las reversiones de los mismos. E incluso, en la música, se escuchan letras que representaban el patriarcado de mediados de los ochenta. Es cierto que lo cultural es un reflejo del carácter de las sociedades. Pero, por encima de todo está la Constitución. Y esa Carta Magna sigue siendo la misma desde la Transición. Ahora, y de ello nos debemos alegrar, se han puesto en valor los Derechos Humanos. Existe, por tanto, una conciencia sobre los mismos. Y esa conciencia exige una sociedad basada en el respeto. En un respeto a la libertad del otro. Mi libertad termina donde empieza la de Jacinto. Y la de Jacinto donde empieza la de Francisco. Y así con cada uno de los humanos que componemos la sociedad. De ahí que, todo no vale en democracia. No valen aquellas conductas que vulneran la dignidad. Y esa dignidad, queridísimos amigos, es como un castillo que entre todos debemos defender.

Polarizados

De todas las candidatas, la Fundación del Español Urgente (FundéuRAE) ha elegido, como palabra del 2023, "polarización". Según este organismo, "Es uno de los términos que más ha resonado a lo largo del año, en relación con diferentes cuestiones: políticas, sociales, de ideas, en el área de las redes sociales… Aunque, originalmente, el sustantivo polarización aludía a ideas complementarias, como puede ser el contraste entre ciencias y humanidades, hoy también se emplea de manera específica para referirse a situaciones en las que hay dos enfoques o bandos extremos, en ocasiones con una idea implícita de conflicto". Decía Wittgenstein, filósofo del lenguaje, que "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Siguiendo su reflexión, "polarización" sería un reflejo de nuestra realidad. La relación entre los términos y las cosas, o dicho de otro modo, el problema de los universales inquietó a buena parte de los filósofos medievales. Así las cosas, hubo un debate acalorado entre los realistas – que defendían que los universales existían verdaderamente al modo de la ideas platónicas – y los nominalistas – que defendían que solo existen los entes individuales, no existe "la persona" sino esta persona o aquella -.

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Recuerdos de Navidad

Tras la cena de Nochebuena, le puse el collar a Diana y salí, como de costumbre, a dar una vuelta a la manzana. En la soledad del paseo, me perdí por las callejuelas de la nostalgia. Allí, sin una brújula a la mano, deambulé por las aceras de mi infancia. Me venía a la mente, la imagen de mis padres en casa de mis abuelos. A eso de las nueve, todos veíamos el mensaje de S.M. Y lo veíamos "en color", en la Telefunken que había junto a la chimenea. Allí, entre troncos y batines, mis tías cantaban villancicos al calor de las panderetas. Recuerdo que mi abuelo, que en paz descanse, invitaba a cenar a alguien muy necesitado. "¡Manolo – decía mi abuela – come hasta que quede porque hoy es Nochebuena y mañana, Dios dirá!". No existían móviles, ni gente cabizbaja mirando las pantallas. A eso de las once, llamaban – desde París – mi tío Antonio y su mujer. Era un momento mágico, todos callados en torno al diálogo. Un diálogo lleno de afecto y sentimiento. Un diálogo que finalizaba con un villancico al unísono y lágrimas, muchas lágrimas de nostalgia y alegría.

Mis tías preparaban, por tradición, "pavo a la naranja" y "bacalao meneao". Éramos tantos en la mesa que, los últimos años, teníamos que cenar en dos turnos. Primero, los niños y, después, los mayores. Es cierto que no faltaba, entre los cuñados, el tema de la política. Mi abuelo estuvo preso durante el régimen de Franco. Años duros para los suyos que fortalecieron su espíritu y su sabiduría ante la vida. Entonces, en aquellos años, gobernaba Felipe. Eran los ochenta, años del destape, de las películas de Andrés Pajares y Fernando Esteso. Años, y disculpen por la redundancia, de Mocedades y sin ira libertad. Existía una creencia firme por el "interés general". Tanto que el bipartidismo encontraba puntos de unión que se traducían en grandes pactos de Estado. Hoy, no queda ni su sombra de aquellos troncos calcinados. Hoy, existe crispación, toxicidad y desafección por la política. Después de la cena, mi abuelo sacaba la guitarra y todo el mundo a cantar. Cantábamos siempre el mismo repertorio.

A eso de la una, mi tío – vestido de Papá Noel, tocaba la puerta. Era un momento único e irrepetible. Allí, cargado de regalos, repartía a cada uno el suyo. Y cuando digo a cada uno, también incluyo a tíos, tías, cuñados, cuñadas y sobrinos. Al final, el salón se inundaba de papel de regalo, alegría y brindis. Brindis por la salud. Recuerdo que mi abuela decía: "¡Salud que tengamos para otro año!". Hoy, se lo decía el otro día a mi mujer, los buenos momentos hay que disfrutarlos. Hay que vivir cada instante como si fuera el último de nuestra vida. Hay que vivirlos porque aunque vengan otros momentos nunca serán esos que se marchitaron en aquel mismo presente. Por ello, la Navidad es bonita cuando todavía la vida no te ha enseñado su verdad. Cuando viven todos los seres queridos – la abuela, el abuelo, el tío, los suegros y demás -, la alegría inunda el entorno de sosiego. Pero cuando faltan, la cosa no pinta igual. Ante esta presncia del vacío, el ser humano debe tomar conciencia de la vida. Debe acariciar los pequeños detalles y olvidar, por un instante, los temores. Solo así conseguiremos que cada día sea, de nuevo, Navidad.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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