Hablemos de Madrid

El otro día, Cristina Pardo entrevistaba a Toni Canto. Lo entrevistaba con ocasión de su expulsión de la lista electoral. Al parecer, el actor no cumplía con los requisitos exigidos para figurar en el catálogo del Pepé. En su comparencia, Toni justificó, de alguna manera, su mudanza política. Se proclamó como fiel defensor de la señora Ayuso y lanzó un dardo contra Pedro.  Dijo que Sánchez había sido, y es, "el peor gestor del mundo", en referencia a la pandemia. Y lo dijo, queridísimos lectores, sin alusión a ninguna fuente que lo avalara. No habló de los intereses de los madrileños sino de la cruzada abierta entre Yolanda Díaz Ayuso y Pedro Sánchez. Una cruzada que enmascara los problemas de Madrid. Y una cruzada que nos recuerda a la popularidad exacerbada de la señora Aguirre frente a Rajoy. Existe, desde hace décadas, una inquietud ingenua por Madrid. Parece como si los resultados de la capital fueran la antesala de las próximas generales.

Una técnica de investigación política es la política comparada. Se toman dos acontecimientos históricos, dos líderes o dos espacios geográficos y se establecen similitudes y diferencias. Tales paralelismos sirven al politólogo para predecir escenarios futuros. Esta técnica, como todas las que se emplean en ciencias sociales, tiene sus riesgos. Y sus riesgos no son otros que la pericia del investigador y las circunstancias de fondo. Por mucho que comparemos la Revolución Rusa con la francesa hay líneas infranqueables. Entre ellas, la distancia temporal de los acontecimientos, los actores sociales del momento y los cambios culturales. Tras el informe que resulte de tal comparación, el investigador deberá anotar, en distintos pies de páginas, los sesgos de su estudio. Algo parecido pasa cuando comparamos las elecciones autonómicas con las generales. Los intereses de una comunidad no siempre coinciden con los nacionales. Dentro de cada región coexisten problemas locales con nacionales. Y esa interacción explica las oscilaciones electorales entre una cita electoral y otra.

Por ello, Madrid es Madrid. Y lo que se decide el 4 de mayo no es otra cosa que un gobierno que gestione los intereses de los madrileños. Por ello, que Sánchez sea, o no, "el peor gestor del mundo", en palabras de Cantó, no debería ser un condicionante para los intereses de una Comunidad Autónoma. Y no debería, queridísimos señores, porque Sánchez no gestiona – de forma directa – los recursos madrileños. Por ello, Ayuso, Gabilondo y los demás líderes autonómicos deberían hablar de Madrid. Hablar de cómo gestionarán, en los próximos cuatro años, las competencias transferidas. No tiene sentido que RTVE emita un debate electoral entre los candidatos madrileños. RTVE sirve al interés general. Es un ente supraautonómico cuya agenda setting no se debería salir del interés nacional. Y este no es otro que los temas transversales e interautonómicos. Hablar de Madrid en RTVE sitúa el debate autonómico en clave nacional. Una clave que maquilla los intereses regionales, suscita agravios comparativos con otras CCAA y sirve de medidor interno para la toma de decisiones dentro de los aparatos.

AstraZeneca y el mareo de la perdiz

Leo, en las páginas del vertedero, que en Madrid, por ejemplo, un 60% de los ciudadanos convocados para la inyección de AstraZeneca han decidido "quedarse en casa" y no correr los riesgos que, al parecer, entraña la vacuna. Una vacuna que desde sus inicios no ha tenido buena prensa. Y no la ha tenido, como saben, por "el mareo de la perdiz" que hay en torno a ella. Un mareo que alerta a la población, desacredita a la comunidad farmacéutica y pone patas arriba a la Unión Europea. El miedo ante los posibles efectos adversos, entre ellos la supuesta probabilidad de trombos, sitúa a los ciudadanos ante un dilema moral. Dilema entre si hacen bien, o mal, con la inyección – o no – de la vacuna. Y sentimientos de culpa por si, por azares de la vida, contraen el coronavirus por dejar pasar el tren de AstraZeneca. Estas dudas agravan la nosofobia social al Covid-19 y ralentizan, de alguna manera, la llegada a la inmunidad de rebaño.

El rifirrafe en torno a los criterios de vacunación ha sacado los colores a la Unión Europea. Una Unión que, desde la crisis del 2008, demostró que no era tan eficaz como parecía. Y no lo era porque en su interior conviven países de primera con países de segunda. Existe, como todos sabemos, una Europa rica – que se corresponde con la franja norte – y una Europa pobre – que se relaciona con los países del sur, entre ellos Portugal, Grecia y España -. Esta dicotomía deja en paños menores a esa idea de cohesión que todos teníamos en torno a la UE. Hoy, la UE ha demostrado que lo que impera en su interior es el "sálvese quien pueda" o el "cada uno a la suya". En tiempos de pandemia, se echa en falta una Directiva europea que unifique los criterios en torno a la aplicación de AstraZeneca. No es ético, porque atenta contra el sentir de Europa, que la vacuna sea vetada por unos países y aplicada por otros. Y no lo es porque las contradicciones intracomunitarias derivan en descontento político y social. Un descontento que suscita corrientes euroescépticas y oportunidades populistas.

Otra grieta abierta, en torno a esta vacuna, es qué pasará con los colectivos pendientes de la segunda dosis. Colectivos como docentes que dentro de un par de meses no saben, a ciencia cierta, si le inyectarán AstraZeneca, Jansen, Sputnik, por ejemplo. Así las cosas, existe una percepción social de que desde las élites políticas y sanitarias se está dando palos de ciego. Y estos "palos de ciego", y disculpen por mi enfado, supone jugar con riesgos graves e inminentes que afectan a la salud de las personas. Por ello, aunque no lo comparto, resulta comprensible que existan altos porcentajes de personas que prefieran correr el riesgo a contraer el coronavirus y no el  riesgo de padecer trombos tras el pinchazo de la vacuna. Esta preferencia en la medición de los peligros, nos sitúa ante un terreno pantanoso. Y ese terreno no es otro que la ventaja de la inmovilidad. Dicho de otra manera, dejar que unos edifiquen la muralla mientras otros aguardan encerrados en los intramuros del castillo. Esta actitud pasiva sería muy perjudicial para el avance en la batalla. Y lo sería porque si todos hiciéramos lo mismo – si todos decidiéramos no correr los riesgos de la vacuna – es muy probable que el enemigo nos haga "jaque mate".

Repensar la televisión

Recuerdo cuando era niño que todas las tardes veía Barrio Sésamo. Y lo veía, acompañado del bocata de queso con chorizo que me preparaba mi abuela. Me encantaba, la verdad sea dicha, la rana Gustavo, Espinete y don Pimpón, entre otros. Con ellos aprendí que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, que existen tres tipos de triángulos y que el área del rectángulo es base por altura. Aprendí el valor de la amistad, la fraternidad y la tolerancia. Corrían los años ochenta, años donde la tecnología era sinónimo de máquina de escribir. Años analógicos; sin móviles, sin tablets y sin ordenadores personales. Años donde los niños montaban en bicicleta, jugaban al ahorcado y comían lentejas. Casi toda mi infancia transcurrió en casa de mis abuelos maternos. Allí hacía los deberes, jugaba con mis primos y soñaba con ser policía el día de mañana. En aquellos tiempos no existía Sálvame, ni Supervivientes, ni siquiera la Isla de las Tentaciones  y, muchísimo menos, Gran Hermano.

El viernes era mi día preferido. Y lo era porque, en la primera cadena, ponían el "Un, dos, tres". Recuerdo que mis padres, y yo, nos convertíamos en concursantes. A ver, palabras que empiecen por "pan", por ejemplo: "pantera". Un, dos, tres, responda otra vez: "pantalón", "panceta", "pancarta"…. "¡Tiempoooo!". Después venía la eliminatoria. Y tras ella, la subasta. A mi padre le encantaba el Dúo Sacapuntas, Antonio Ozores y todos los personajes que deambulaban por la mesa de Mayra Gómez Kemp. Normalmente, mis párpados caían rendidos en el sofá. Al otro día, mi madre me contaba como había sido el final del programa. A veces el premio era un apartamento en Torrevieja, otras un Seat Málaga y otras cien latas de anchoas y un abrelatas. Años más tarde, a principios de los noventa, me enganché a la doctora Ochoa. "Hablemos de sexo" y "Luz roja" se convirtieron en mis programas preferidos. A través de ellos, conocí grandes temas que, por vergüenza o tabú, no se hablaban en casa. Aprendí sobre orgasmos, coitos y preservativos.

En aquellos años, la televisión cumplía, entre otras, una clara función formativa. Tanto que mis padres sabían muchísimo de leopardos, tigres y leones. Con la serie "Érase una vez el cuerpo humano" aprendí que las defensas del cuerpo son como un ejército con sus soldados, escudos y escopetas. A mi abuelo le encantaba "La Clave", un programa de debate. Recuerdo que los señores hablaban culto, citaban a filósofos e incluso leían fragmentos de libros de bolsillo. Hoy, cuando veo a Rocío, echo de menos aquellos años pasados.  La televisión se convertía, junto a la familia, los amigos y la escuela en un agente más de inculturación. No existían, de la manera que hoy se conocen, los programas de cotilleo. Ni existía la prostitución de la privacidad. La gente no iba, de plató en plató, exhibiendo sus vergüenzas. En aquellos años, la televisión velaba por la dignidad de los platós. Salir en televisión estaba al alcance de unos pocos. Y esos pocos eran, o al menos eso parecía, referentes sociales. Referentes por su templanza, cultura y saber estar. Hoy, los referentes han cambiado. La televisión ya no paga modales, ni siquiera voces cultas que hablen de Cervantes.

El periodismo espejo

Uno de los motivos por los que no abandono este blog no es otro que mi carácter. Mi personalidad no encaja en casi ninguna cabecera. Aunque en los medios que escribo – que son muy pocos – tengo libertad de expresión, faltaría más, existe – no nos engañemos – una línea editorial que determina, de alguna manera, el sentido de las plumas. Los periódicos, y esto no es nada nuevo, barren para su clientela. Aunque su producto sea la información, que lo es, su objetivo radica en vender ejemplares. Detrás de los medios de comunicación hay redactores, jefes de sección, repartidores y administrativos, entre otros. Trabajadores que pagan sus hipotecas, compran en el supermercado y luchan, como todos, para mantener su empleo. En la prensa, como diría un viejo conocido: "o pasas por el aro, o tienes los días contados". Tanto es así que los periodistas trabajan a sueldo de los lectores. Los lectores son quienes marcan, y que nadie se lleve a engaño, la rúbrica de las plumas. Son ellos quienes deciden si compran ABC, El País o La Vanguardia, por ejemplo.

Se han escrito ríos de tinta sobre periodismo. Se ha dicho que el buen periodista es "aquel que le saca los colores al poder". Aquel que "publica lo que los demás no quieren que se publique". Y aquel que "no calla los secretos". Estas afirmaciones no son más que leyendas del oficio. Y lo son, queridísimos amigos, porque habrá periódicos que no publiquen aquello que los otros – patrocinadores, mecenas e inversores – no quieren que publique. Porque habrá cabeceras que evitarán sacarle los colores al poder. Y porque habrá periodistas que callarán secretos con tal de no escupir en la olla que les da de comer. Estamos, por tanto, ante un periodismo sesgado por los intereses del capital y la ideología de los lectores. Dos obstáculos que tiran por la borda el eslogan de una "prensa libre, plural e independiente". Y esos obstáculos suponen, a su vez, una piedra en el camino para que aflore la intelectualidad con mayúsculas. El modelo periodístico, encorsetado en líneas editoriales deterministas, impide la contradicción como rasgo común del tejido intelectual. Esa contradicción que poseía Unamuno, por ejemplo, no tiene cabida en el dogmatismo periodístico actual. Y no la tiene porque la ideología lectora no paga "traiciones".

El periodismo español nació muerto desde el minuto número uno en que se imprimió el primer ejemplar. Muerto porque desde los tiempos republicanos sirvió a los intereses de la partidocracia. Y muerto porque siempre hubo una identidad ideológica en los interlineados de las noticias. Una identidad que dividió las cabeceras en izquierdas y derechas. Y una identidad que catalogó a los lectores en conservadores y progresistas. Tanto que "dime qué periódico lees y te diré a qué partido votas". Estas dos Españas mediáticas se ven reflejadas en los debates televisivos y en las tertulias radiofónicas. El periódico ha sido, y será, el espejo de Narciso. Un espejo que refleja, en sus pergaminos, la idiosincrasia de los lectores. El  periodismo espejo se convierte en algo dogmático, previsible y aburrido. Se convierte en ese lago que vela por su reflejo. En ese espejo, colgado en la pared, que nos retrata y reafirma a lo largo de la vida. El periodismo se ha convertido en una fábrica de escribas al servicio del reflejo. En una industria de plumillas alienados que escriben a sueldo de Narciso.

Ever Given y la España del chapapote

Mientras veía las imágenes del "Ever Given", el megabuque encallado en el Canal de Suez, me vinieron a la mente las imágenes del Prestige y las manchas de chapapote. Manchas de una España sin Ciudadanos ni Podemos. Y manchas de una Hispania inmersa en el sistema bipartidista. La imagen del buque atravesado en el canal, me recordaba a las dos Españas de la contienda. A un país dividido entre quienes creían en la democracia y quienes soñaban con la dictadura, las derechas republicanas. Dos Españas divididas por un barco cargado de contenedores de odio, despecho y mucho chapapote. Un megabuque cargado de sables empuñados por terratenientes, curas y campesinos. Y cargado de toneladas de rencores entre nostálgicos monárquicos y republicanos. Ese "Ever Given", a la española, estuvo encallado durante cuarenta años que duró la dictadura.

Durante cuarenta años, la dictadura separó a España entre los exiliados del régimen y los afines al franquismo; la Iglesia, el ejército y los terratenientes. Hispania estuvo dividida por los valores eclesiásticos, valores escritos en los santos mandamientos, y la moral de los ateos. Durante cuatro décadas, nuestro "Ever Given" dividía al país entre una minoría de familias acomodadas que estudiaban en centros religiosos, y una mayoría de familias analfabetas. Familias que no sabían ni leer ni escribir. Y familias que lo único que aprendían, en los colegios del régimen, era a cantar, coser y rezar. Las dos Españas, a su vez, miraban hacia dos orillas contrapuestas. Una miraba hacia los totalitarismos europeos y la otra hacia la democracia americana. Dos miradas encalladas por una autarquía implantada por, el ordeno y mando de, un tal Francisco Franco. Esa Hispania encallada, frente a una Francia adelantada, no tuvo ninguna grúa que la remolcara.

Aquel "Ever Given" fue desencallado por el "tamayazo" de don Don Juan Carlos, el poder constituyente y la abstención del ejército. Estos remolcadores fueron claves para que las aguas fluyeran, tras casi medio siglo estancadas, por el canal democrático. Eran aguas contaminadas por manchas de chapapote. Por manchas malolientes por los sesgos ideológicos de los afines al generalísimo, por el temor de la Iglesia a perder sus sermones y por quienes entendieron la Transición como un triunfo de los rojos. Esas manchas de chapapote nunca desaparecieron de las aguas actuales. Hoy, cuarenta y tantos años después, España huele a chapapote. Huele a pasado rancio, a rifirrafe entre nobles y burgueses. A malos rollos entre clérigos y seculares. A crispación entre el centro y la periferia. El "Ever Given" que encalló a finales de la República, todavía sigue encallado en las mentes presentes. Mentes envenenadas por odios, recelos y despechos. Mentes manchadas de chapapote.

Ayuso, Madrid y la falacia comunista

Con el eslogan: "Comunismo o libertad", Isabel Díaz Ayuso prepara toda su artillería pesada contra las izquierdas. Así las cosas, la presidenta de la Comunidad de Madrid se proclama como la salvadora de la libertad frente al comunismo. Frente a un "Madrid soviético", liderado – al parecer – por leninistas y marxistas. Un Madrid, como les digo, dirigido por creyentes de la dictadura del proletariado. Así las cosas, el debate electoral no es otro que decidir entre prisión – comunismo – o libertad – neoliberalismo -. Un debate que se aleja, por tanto, de los asuntos que, de verdad, preocupan a los madrileños. Y un debate que parte de una frase que adolece de sentido. Y adolece, queridísimos lectores, porque en la España del siglo XXI existe el Estado del Bienestar. Un Estado compatible con la economía de mercado. La Hispania, que recoge la Carta Magna, responde a un modelo híbrido que aglutina el mercado y el Estado.

Decidir entre "libertad o comunismo" sería algo así como elegir entre Adam Smith y Lenin. Dos extremos difíciles de encajar en la complejidad geopolítica del presente. Este debate, que proclama Ayuso, resucita las secuelas de la Guerra Fría. Una guerra que se libró, como todos sabemos, entre EEUU – buque insignia del capitalismo salvaje – y la URSS – baluarte del socialismo con mayúsculas -. Y una guerra que finalizó con la caída del muro de Berlín y la "capitalización" de Rusia. El neoliberalismo extremo tuvo lugar en la Inglaterra de la Revolución Industrial. En aquella Inglaterra – sin Estado del Bienestar – surgió la cuestión social y, con ella, la sociología. En esa Inglaterra – injusta por antonomasia – existía una desigualdad exacerbada entre los propietarios de los medios de producción – el tejido empresarial – y los proletarios. Fueron los segundos quienes, influenciados por el pensamiento marxista – tomaron conciencia de clase y consiguieron – después de que corriera mucha sangre – que se llevara a las constituciones, y dignificara, el derecho del trabajo. Y dicha constitucionalización inició lo que hoy conocemos como socialdemocracia. La misma que Ayuso, al parecer, confunde con comunismo.

El comunismo fracasó, entre otras cosas, porque se llevó a cabo en el lugar equivocado. Y fracasó porque se desarrolló el Estado del Bienestar, un elaborado social que sirvió para que surgiera, en Europa,  la clase media. Hoy, en un mundo interconectado y organizado por sistemas económicos híbridos, el comunismo no tiene cabida. Y no la tiene en ninguna democracia avanzada y menos, todavía, en Madrid. Por ello, el eslogan "Comunismo o libertad" se presenta como un insulto a la inteligencia política. Si por comunismo se entiende la articulación de un "Madrid Soviético", no hemos entendido nada de política. Y si por libertad entendemos "lo contrario a dictadura", el mensaje de Ayuso deja mucho que desear. Y lo deja porque su sinónimo sería algo así como "Liberalismo o dictadura". Y este eslogan, amigas y amigos, no tendría cabida en la España constitucional. Estaríamos ante un mensaje irreal, provocador y poco respetuoso con nuestras instituciones. El mensaje de Ayuso resulta engañoso, polarizador e incendiario. Tres adjetivos que retratan la baja calidad de nuestra democracia.

De motos y garitos

Aquella noche, El Capri estaba abarrotado. El Cadillac de Loquillo sonaba con fuerza en los altavoces del fondo. Peter estaba pletórico. Lucía una camiseta de los Rolling y un pantalón descosido por los tobillos. Compartía barra con Gabriela, una mujer de esas que dicen "bacalado", usan perfumes baratos y lucen tatuajes en la ranura del escote. Rondaba el año 1992, un año malo para los míos. Un año donde el negocio familiar hacia aguas. Y un año donde terminé como vendedor ambulante por los mercadillos de Alicante. Allí, debajo de la lona, aprendí más que cientos de horas en un grado de Psicología. Aprendí que las cosas no son bonitas ni feas sino que todo depende del cristal con que se miran. Aprendí que la Ley de la Demanda se cumple como las leyes de Newton. Y aprendí que la vida se parece mucho a las tortillas. Refugiado en el alcohol, en las mujeres y en el juego; mi vida se convirtió en un callejón sin salida.

Mientras envolvía mis penas con las burbujas del Gintonic, una señora se sentó a mi vera. Era una señora madura, de unos cincuenta y tantos cumplidos. Lucía un pantalón desgastado, unos tacones baratos y un bolso de los chinos. El olor a carmín ensuciaba de lujuria mi mente turbulenta. Me preguntó si bailaba. Le dije que no, que lo mío no era el baile. Que no sabía ni bailar la jota. Y que la última vez que baile fue en las fiestas del pueblo. Tanto que al otro día terminé con agujetas. El humo del tabaco inundaba los diálogos de tentaciones y pecados. Me dijo que estaba recién divorciada. Divorciada de su Manolo. Y divorciada de la vida. Le dije que yo había roto con mi pareja. Y que había roto por traiciones y mentiras. Tanto que estaba roto. Roto porque no me esperaba los reveses de la vida. Y roto porque el desengaño forma parte de las heridas del alma. Le dije que era un hombre apagado. Apagado como una bombilla fundida en medio de un cumpleaños.

En la pista, Jacinto tonteaba con Manuela, la mujer del chatarrero. Miradas y susurros se entremezclaban con el ritmo de la lambada. Era un baile sucio. Un baile de secretos entre adultos y casados. En las máquinas tragaperras, Antonio arrojaba su nómina por el hueco de las monedas. En los sillones del lado oscuro, las busconas se dejaban querer por los hombres de paso. Por los hombres que entraban y salían del aseo. Hombres de aspecto desaliñado, con zapatos de mercadillo y camisas desabrochadas. Hombres casados, viudos y separados. Y hombres que buscaban, al fin y al cabo, a mujeres a deshoras para pasar el rato. A las cuatro de la madrugada, Peter solía sacar rebanadas de pan con queso y sobrasada. Era todo un detalle por gentileza de la casa. En la calle, el ruido de las motos atraía a las urracas. Eran motos gordas. Motos de tíos forasteros que se dejaban caer por el garito. De tíos con chupas de cuero, patillas pobladas y pantalones vaqueros. Tíos, con brazos tatuados, que se llevaban de calle a las rubias de bote.

Cisnes, pavos y vacunas

Después de un año sin saber de ellos, ayer quedé con Russell, Nietzsche y Popper. Quedamos en la terraza de El Capri. Provistos de mascarilla y cansados por el viaje, hablamos del coronavirus. Les dije que necesitaba sus testimonios para un artículo sobre ciencia y vacunas. Les conté todo el revuelo que se ha montado con AstraZeneca. Entre cafés y manzanillas, Popper intervino. Según él – el padre del racionalismo crítico – la ciencia no va sobre verificaciones sino refutaciones. Y para ello, puso el ejemplo del cisne negro. Aunque hayamos visto miles de cisnes y todos sean blancos, siempre nos quedará la duda de que en un tiempo muy lejano haya existido un cisne negro. Por mucho, añadió, que se hayan inoculado millones de vacunas siempre estará la duda de algún efecto inesperado. Y lo estará, concluía, porque la ciencia no entiende de certezas sino de probabilidades.

Acto seguido, Bertrand puso como ejemplo "el pavo inductivista". El pavo se muestra feliz porque todos los días le dan de comer a la misma hora. Un día no ocurre así. Es Navidad y el pavo termina, desgraciadamente, descuartizado en la olla del cocido. Siempre, concluyó Russell, estará la excepción a la regla. De tal manera que nada es para siempre. Ningún mal dura cien años y hasta las mejores tortillas terminan dándose la vuelta. Las hipótesis, por tanto, no proceden por verificaciones sino por refutaciones. Y si no que se lo pregunten a Newton. Sus Leyes estuvieron vigentes hasta que fueron falsadas por la teoría de la relatividad de Einstein. Estamos, como diría Kuhn ante una ciencia que se mueve mediante paradigmas. Los paradigmas son "el conjunto de conceptos, datos, experiencias, procedimientos, etc., en los que se desarrolla el trabajo de los científicos". Estos paradigmas están vigentes durante un tiempo – ciencia normal – hasta que tiene lugar una revolución científica, o dicho de otra manera, un cambio de paradigma. Así, la ciencia no es estática sino dinámica.

Nietzsche, muy callado hasta el momento, intervino en la tertulia. "La cultura occidental – queridos amigos – es como aquel pavo satisfecho de su belleza que mueve sus plumas con orgullo y ostentación, sin sospechar, que se acerca el día de Navidad". La confianza en la razón ha sido el virus que ha enfermado a Occidente. Creíamos que el progreso técnico nos salvaría de la miseria moral y, sin embargo, no ha sido así. Sabemos mucho de medicina, geografía y tecnología pero estamos verdes como humanos. Cada vez hay más desigualdad, envidias, recelos y conjuras de los esclavos contra los amos. Es hora de que la moral natural – la inmoralidad – venza a la moral artificial. Estamos ante el crepúsculo de los ídolos. Y ese crepúsculo lo hemos visto con las vacunas. La gente sospecha del juicio de autoridad y se refugia en sus sentimientos. Así las cosas, hay quienes no saben, a ciencia cierta, si hacen bien o mal poniéndose la vacuna. Y no lo saben porque la razón ha perdido su función en los paraninfos de la ética.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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