Réquiem por la comunidad

Mientras viajo a Madrid, recibo un correo electrónico de Alejandro, un periodista de un diario americano. Dedicado a escribir sobre Derechos Humanos, me pregunta si son respetados en Europa. Los DDHH – le respondo – se han convertido en un catálogo de buenas intenciones. A pesar de que su constitucionalización es un hecho, lo cierto y verdad es que existen muchos ejemplos de atentado contra los mismos. En pleno siglo XXI, hay discriminación por razón de sexo, explotación infantil, homofobia, xenofobia y aporofobia. Estas actitudes, que vulneran la dignidad humana, ponen en evidencia el fracaso del contrato social. El capitalismo salvaje se convierte en la última fase del derrumbe de la comunidad. La lucha por la supervivencia de las empresas, en la selva del mercado, ha suscitado la creación de miles de bienes y servicios distintos. En las baldas de los supermercados, por ejemplo, hallamos una gran variedad de productos dentro de una misma gama. Esta atención a lo individual, desde lo diverso, rompe la estructura de la comunidad. Rota la comunidad, el individuo se convierte en un ave rapaz en el cementerio de la postmodernidad.

La ciudad se ha transformado en un mosaico de millones de versos sueltos que cabalgan, de forma apresurada, de aquí para allá. El otro día, en Italia, un vendedor nigeriano era asesinado en plena calle sin que nadie interviniera. Más allá de la grabación de la agresión, nadie se paró a auxiliar a la víctima. Vivimos en un entorno egoísta del "sálvese quien pueda". Un entorno de peces grandes y chicos donde la fortaleza se mide en función del "tanto tienes, tanto vales". El interés privado prevalece sobre el general. Esta prevalencia destruye la esencia de los partidos políticos. Hace décadas, existía una clara identidad con la comunidad que servía al sociólogo para predecir los resultados electorales. Tanto es así que existía algo de verdad en que no hay nada más inverosímil como "un obrero de derechas" o "un empresario de izquierdas". Hoy, la situación es bien distinta. El individualismo extremo impide a los politólogos elaborar un "pack electoral" acorde con un público objetivo. Es muy complicado que el pack individual coincide con el ofertado. De tal modo que el voto racional siempre se ejercita pagando el precio que supone el coste de oportunidad.

Las Redes Sociales contribuyen a resaltar lo individual. Los perfiles y cuentas son, en su mayoría, de personas concretas con nombres y apellidos. En sus descripciones aparecen, normalmente, sus estudios o profesiones. Casi nadie hace mención a sus preferencias políticas, ni siquiera al pueblo donde reside. Hay pocos signos de identificación patriótica o partidista. La gente critica desde su trinchera particular. Estamos ante un escenario marcado por el imperio de los sables. Sables ruidosos que impiden la reflexión y el pensamiento colectivo. No hay sinergias de grupo sino división, crispación y confrontación. España y su estructura territorial se refleja en las RRSS. El Estado de las Autonomías nació con una desigualdad entre comunidades. Esa desigualdad suscita actitudes etnocéntricas dentro del país. Y esas actitudes, a su vez, son fuente de prejuicios y estereotipos entre "hermanos autonómicos". Sin líderes, capaces de reconstruir la comunidad de antaño, resulta imposible dibujar un interés general que destruya los muros de la individualidad. Estamos ante una batalla campal difícil de parar.

Recordando a Jacinto

Después de una larga enfermedad, el otro día falleció Jacinto. Lo conocí hace años en El Capri. Solía frecuentar el garito los domingos a deshora. Facha de los pies a la cabeza, se ponía nervioso cada vez que oía hablar de Podemos. De carácter visceral y nostálgico con el franquismo, sus elogios al caudillo eran una constante entre copas y carajillos. El día que falleció Fraga, cogió su Seat Toledo y se plantó en las tierras gallegas. Me contaba que don Manuel fue un ministro ejemplar. Fue, y recojo sus palabras "un señor del orden, defensor de los rombos y tricornios". Jacinto criticaba todo lo que oliese a progreso. Odiaba Internet, los móviles y los cajeros automáticos. Decía que el progreso traería la ruina a la humnidad. "Con Franco – decía – vivíamos mejor". Y vivíamos mejor porque, según él,  se podía dormir con la puerta abierta; sin miedo a los okupas y esas cosas del ahora. En el maletero del coche guardaba una bandera con el aguila. Una bandera de la "verdadera España". De esa España unida, sin autonomías y sin historias.

Gran apasionado por las corridas de toros, cuando alguien se equivocaba, decía aquello de "Manolete, si no sabes torear para que te metes". Un día, lo recordaré toda mi vida, hablamos de política. Decía que don Juan Carlos tenía la culpa de que en España hubiese democracia. "Si don Francisco levanta la cabeza otro gallo cantaría". España, según él, se había convertido en una jaula de grillos. La derecha era distinta a la derecha fraguista de finales de los setenta. ¿Dónde están esos señores de barrigas abultadas, cabezas despobladas y bigotes finos y perfilados como los del caudillo? Jacinto no soportaba a los socialistas. Decía que ellos eran los culpables de la desintegración de la derecha. De los socialistas solo aplaudía su capacidad para frenar a "la Pasionaria" y evitar una España leninista. Franco nunca quiso a los comunistas. Los "rojos ni en pintura". Jacinto era muy crítico con los "nuevos inventos familiares". No entendía que, más allá de la familiar nuclear, podían existir otras formas de convivencia. Amante de las palabras de Ana Botella, siempre repetía aquello de "las peras y las manzanas".

Aficionado a la caza, todos los domingos solía acudir al coto de Aurelio, un conocido del pueblo. Allí, entre disparo y disparo, bebían chatos de vino y celebraban sus cacerías. Jacinto siempre quiso que lo enterraran en el panteón de "los García". Decía que en el suelo, bajo cruces de bambú, solo enterraban a los rojos. El día de su entierro, llegaron curas de los pueblos limítrofes. En su casa era raro el día que no comía un párroco, un sacristán o algún que otro monaguillo. Su señora, doña Josefa, era muy respetuosa con las cosas de la Iglesia. Todos los domingos iba a misa, rezaba por las noches, hacía promesas a la virgen y ponía velones a las almas del cielo. De luto, de los pies a la cabeza, con gafas de pasta y un rosario entre las manos; lloraba desencajada junto al ataúd de Jacinto. Sus hijos – Alberto y Manuela – estudiaron en colegios de monjas. Alberto trabaja como abogado y Manuela como enfermera en una clínica de pago. Peter y yo fuimos al tanatorio, dimos el pésame a la famila y nos volvimos a casa. D.E.P.

De verdades y corbatas

Una de las asignaturas que más me costó sacar en el  grado de sociología fue, si duda alguna, Ecología Humana. Hoy, varios años después, reconozco el valor de aquellos conocimientos. En aquellos tiempos – hace más de una década – ya se hablaba, entre otros temas, del calentamiento global, de especies invasoras, del deshielo y la Ley de Costas. Se abría el debate entre los utópicos – aquellos que creen que los avances tecnológicos mantendrán el planeta a salvo – y los antiutópicos o, dicho de otra manera, los pesimistas con el futuro de la Tierra. En aquellos años, las políticas medioambientales eran algo complementario que no iba va más allá de campañas de conciliación ciudadana y reciclaje de residuos. Hoy, las tornas han cambiado, los efectos del cambio climático acechan nuestras vidas. Y lo hacen con gotas frías, olas de calor, desertización, deforestación, salinización, huracanes y todo tipo de fenómenos atmosféricos. Fenómenos que alteran las características climáticas y ponen en vilo el sino de nuestras vidas. Vidas que transcurren entre miles de contaminantes físicos, químicos y biológicos que, en la mayoría de las ocasiones, causan enfermedades y bajas laborales.

Los efectos del cambio climático ponen en evidencia la desigualdad social de los países. Existen, como saben, colectivos que quieren y no pueden – en contraste con los pudientes – encender el aire acondicionado o la calefacción de sus hogares. En una sociedad de corte mileurista, como la nuestra, la climatización artificial supone un encarecimiento insostenible de la factura de la luz. Tanto es así, que cientos de ancianos han fallecido, en lo que llevamos de verano, por golpes de calor en el interior de sus casas. La ocurrencia de las corbatas – que ya en su día, la tuvo Miguel Sebastián – no deja de ser un brindis al sol. Aunque aflojar el nudo de la corbata suponga liberar calor del cuerpo y conseguir algo de confort térmico. Lo cierto y verdad es que – grado arriba, grado abajo – no es condición suficiente para prescindir del aparato de aire acondicionado. El recurso de la corbata oculta una estrategia política de calado. Gracias a la iniciativa, el discurso ecologista queda enmarcado dentro de las siglas socialistas. En tiempos de cabreo social con el aumento de la temperatura, y la encarecimiento de la luz, cualquier gesto político sirve para construir argumentos de voto. No olvidemos que, junto con el feminismo, el ecologismo es el principal reto que las sociedades deben afrontar de cara a los próximos años.

El discurso ecologista siempre ha sido un asunto relevante de la izquierda. La derecha, afín a los intereses del mercado y su defensa del Estado mínimo, ha sido reacia – en multitud de ocasiones – a que la factura medioambiental sea pagada por las grandes corporaciones. Se ha considerado "lo verde" como algo de “progres utópicos” más que un problema de interés general. El sanchismo, por su parte, han entrado en el campo de batalla. El impuesto a las grandes eléctricas supone un paso al frente para frenar la pobreza energética y el retroceso de la clase media. Un tributo que será eficaz siempre y cuando no repercuta, por la puerta de atrás, en las facturas de los contribuyentes. La carencia, en este país, de un partido verde – al más puro estilo alemán – invita a que la socialdemocracia abarque las inquietudes ecológicas y las introduzca en su catálogo. Esta misma estrategia ya la hizo Más Madrid en las elecciones madrileñas. Y también lo hizo Izquierda Unida con su polémica sobre la carne. Aún así, la lucha por la sostenibilidad del planeta es una cuestión a largo plazo. Una lucha, y esta es la cruz de la moneda, que atenta contra los selfies y la inmediatez del ahora.

Las cloacas

Los ERE de Andalucía, lo decía esta mañana en una red social, suponen algo más que dos políticos de renombre entrando en un furgón policial. Detrás de la corrupción existe un presunto sistema que la organiza, dirige y mantiene. Sin ese supuesto entramado sería muy poco probable que algunos fondos públicos corrieran por las cloacas de la política. Para que exista corrupción se necesita complicidad y cadena de favores. Y en esa cadena de favores, queridísimos lectores, circula el silencio. Un silencio, manchado por el dinero, que se convierte en un volcán. Dentro de la malla del secreto, los corruptos gozan de espacios clandestinos. Espacios como restaurantes, apartamentos o retiros donde se tratan acuerdos y repartos. Es en esos contextos donde los canales se convierten en los peores enemigos. Siempre existe el riesgo de que un caballo de Troya sea introducido con micrófonos, teléfonos o cámaras indiscretas.

Las tramas de la corrupción son destapadas, en muchas ocasiones, por la traición. La percepción de una injusticia social, dentro del entramado, saca a la luz aquello que la corrupción esconde. Es precisamente el chivatazo al periodista de turno, o la investigación de oficio por parte de este, quien levanta las alarmas. Casi siempre se produce el mismo modus operandi, un delator deja en paños menores a una serie de hombres y/o mujeres que, durante un tiempo (meses o años), han atentado contra las reglas de juego. Una vez destapada la caja de Pandora, los mismos señalados – por sustraer "el carrito del helado" – es cuando tiran de la manta. Una manta que deja desnudos a gente insospechada que trabaja para los de arriba a cambio de prebendas y otros menesteres. Toda esta miseria, que ocurre en España y cualquier lugar del mundo, es complicada de desarticular sin la presencia de daños a terceros. Dentro de las mallas de la corrupción hay testaferros, encubridores e incluso "hombres de paja" que sirve de puente entre casos, en apariencia, dispares.

Cuando la presunción de inocencia se pierde por la firmeza de una sentencia, la corrupción se pone en evidencia. Es cuando lo que parecía ser verdad, es verdad. Y es cuando se produce el desencanto y desengaño con aquellos que, en su día, se convirtieron en encantadores de serpientes. Para evitar que se articulen redes de corrupción política se deben poner en valor los servicios de control y auditoría. Hace falta que las cuentas públicas sean revisadas por auditores externos a los ayuntamientos o cualquier institución democrática. Hace falta que el portal de transparencia no se convierta en un bunker acorazado por la Ley de Protección de Datos. Es necesario que los cargos políticos no pasen el umbral de los ocho años. Es necesario que haya más periodistas dedicados a la investigación política. Y también es urgente que existan sentencias ejemplares que sirvan de vehículo disuasorio ante posibles corruptelas. La corrupción mancha la ética políitca y hace que se juzguen – por la opinión pública – a justos por pecadores. Se pone en duda el funcionamiento del sistema e insufla sentimientos de desprecio hacia los elegidos.

Fraudes democráticos

Desde que escribo en el blog, hace más de una década, he recibido ofertas de diversos medios de comunicación. En ocasiones, la verdad sea dicha, he estado a punto de colaborar con ellos. He estado a punto, como les digo, por la visibilidad que me otorga ser firma de opinión. Y también por los contactos que conseguiría escribiendo en un periódico de renombre. Aún así, siempre les he dicho que no. Y les he dicho que no por varias razones. La primera porque perdería libertad y, en ocasiones, faltaría a la verdad moral. Una verdad, que decía Aristóteles, definida como la coherencia entre lo que uno dice y piensa. Y la segunda porque me sentiría como una manzana en el balda de un mercado. Me convertiría en un escritor al servicio de líneas editoriales. Líneas, alineadas a cánones y corsés ideológicos, que escriben para una comunidad lectora previamente definida. Así las cosas, la prensa se convierte en un cúmulo de textos previsibles y aburridos. Textos escritos por un rebaño de escribas al servicio de intereses económicos.

Lo de Ferreras, tal y como lo define Évole, saca a la luz lo que la verdad esconde. Asistimos ante un supuesto uso maquiavélico de la espiral del silencio. Si se corroboran los datos, nos daríamos cuenta de que estamos ante un fraude democrático. Y lo estaríamos, queridísimos lectores, porque habríamos consumido información de mala calidad de una forma torticera y falaz. Un fraude, como les digo, que rompería la confianza mediática. Las grietas del cuarto poder son la primera señal de que existen cloacas informativas. El periodista no es un líder político. Su función no consiste en influir en los electores para que voten a un partido u otro sino en mostrar. Mostrar la actualidad – seleccionada y contada desde el prisma ideológico de su línea editorial – a una audiencia libre e independiente. Cuando se fuerza el relato mediático y se insertan ingredientes presuntamente ficticios, el periodista realiza una "prevaricación informativa". Estaríamos ante la elaboración de una postverdad, semimentira o como la queramos llamar. Una postverdad que, a su vez, construye una opinión pública sesgada. Una "opinión inocente" que construye su narrativa con mimbres de hojalata.

Hoy, en España, asistimos ante una crisis de ética periodística. Una crisis que pide a gritos un pacto entre todos los colegios profesionales para que se elabore un código profesional con carácter "ex lege". No, no es bueno para la democracia, que periodistas con "mala praxis" sigan delante de cámaras, micrófonos o taquígrafos. Tales pseudoprofesionales de la información deberían ser despedidos hasta que una comisión de investigación resolviera sus expedientes. Mientras no se haga, estamos ante un manto de sospecha que se expande como la pólvora. Y esa sospecha es tóxica para la democracia. El derecho a una información veraz, libre e independiente es un derecho consagrado en la Constitución. Dicho derecho es importante que se ejerza de una forma honesta. Es cierto que existe una clara guerra por las audiencias. Es cierto que los medios son como panaderías que venden su pan a los vecinos del barrio. Pero, amigas y amigos, no se debe jugar – llegados a ciertos niveles de seguridad y salud – con la calidad del producto. Por ello, es urgente que se despierte el espíritu crítico. Un espíritu necesario para sancionar los fraudes democráticos.

ETA y los logros de ZP

Corría el año 1997 cuando ETA asesinaba a Miguel Ángel Blanco, concejal del PP en el ayuntamiento de Ermua. Recuerdo que en aquellos tiempos, gobernaba la derecha con José María Aznar a la cabeza. Tiempos, como les digo, donde la marca PSOE estaba por los suelos y el Partido Popular ganaba las elecciones por mayoría simple. Y tiempos donde la banda terrorista nos traía por el camino de la amargura. Una banda que tambaleaba los cimientos del Estado de Derecho y que, a golpe de gatillo, clamaba – entre otros menesteres – el acercamiento de sus presos al País Vasco. Un País Vasco que se convertía en una "zona peligrosa" para el turismo nacional e internacional. Los atentados sacaban los colores al Acuerdo de Madrid sobre Terrorismo, firmado en noviembre de 1987, y al Pacto para la Normalización y Pacificación de Euskadi; más conocido como el Pacto de Ajuria Enea. El buenísimo de los pactos antiterroristas pronto cayó en pozo negro de los partidos.

Durante el periplo de la derecha, la banda terrorista ETA continúo con el hacha y la serpiente. Fue precisamente, José Luis Rodríguez Zapatero – un recién elegido secretario general del PSOE – cuando en el año 2000 propuso el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo, más conocido como el Pacto Antiterrorista. Un pacto cuyo objetivo no era otro que la lucha conjunta del bipartidismo contra el terrorismo de ETA. Un pacto que no gozó, en un primer momento, con el beneplácito de Mariano Rajoy pero que finalmente se firmó. El artículo 1 del pacto, decía así: "“El terrorismo es un problema de Estado. Al gobierno de España corresponde dirigir la lucha antiterrorista, pero combatir el terrorismo es una tarea que corresponde a todos los partidos políticos democráticos, estén en el gobierno o en la oposición. Manifestamos nuestra voluntad de eliminar del ámbito de la legítima confrontación política o electoral entre nuestros dos partidos las políticas para acabar con el terrorismo”. El 20 de octubre de 2011, ETA anunciaba el cese definitivo de la actividad armada. Anuncio que se producía dentro de una España gobernada por José Luis Rodríguez Zapatero.

Hoy, veinticinco años después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, se rompe – una vez más – con el sentir general del artículo primero de aquel pacto antiterrorista, orquestado por ZP. Según reza el editorial de ABC – 10 de julio 2022 – "…la presencia de Pedro Sánchez en el homenaje de Ermua provoca muchos sentimientos en las víctimas de ETA. Tiene que asumirlo el presidente del Gobierno, porque viene de pactar con quienes todavía hoy, no han pedido perdón expresamente por cada víctima, ni han repudiado el terrorismo ni condenado los más de novecientos asesinatos cometidos por ETA…". Fue precisamente, el pacto antiterrorista – propuesto por Zapatero – quien sentó las bases sobre la reforma de la Ley de Partidos, que hizo posible la ilegalización de Batasuna. Una ley apta para la ilegalización de cualquier partido que no cumpla con las reglas de juego. Y fue, el gobierno del PSOE, como decíamos atrás, quien puso fin al desarme de la banda terrorista y sembró la paz  en Euskadi. Por ética democrática, se debería respetar – salvo que se demuestre judicialmente lo contrario – la legalidad de los pactos de Gobierno. Pactos surgidos, en última instancia, de la soberanía popular.

De angustias y tragedias

Tras un mes encerrado en la soledad de mi despacho, ayer me dejé caer por El Capri. Estaba tiempo sin saber nada de Peter y, la verdad, necesitaba oxigenar mis neuronas con la espuma de la cerveza. Allí, en el taburete del fondo, quemé los últimos cartuchos de la tarde. Una tarde calurosa como aquellas que sufrieron los prisioneros que levantaron el Valle de los Caídos. Mientras leía los titulares de un periódico caducado, llegó al garito un señor de tierras desconocidas. De aspecto parisino y pelo canoso, me preguntó por una calle de mi pueblo. Le dije que en esa calle fue asesinado con dos disparos en la nuca Manolo, un sindicalista de los tiempos republicanos. Tras hablar de los palos actuales – la guerra de Ucrania, el gasto en defensa y la cumbre de la OTAN -, la conversación giró por otros derroteros. Le dije que tenía un blog y que era profesor de filosofía. Me dijo que él, aunque ahora jubilado, trabajó como periodista para un diario francés de corte progresista.

Me comentaba que el periodismo es un oficio rastrero. Los periodistas se han convertido en un rebaño de ovejas al servicio de intereses económicos. Ovejas que cubren ruedas de prensa y reflejan, en sus escritos, el pensamiento de los lectores. Salvo algún valiente que se hace relevante, la mayoría de periodistas son "chalecos amarillos". Peter, de vez en cuando, se acercaba y aportaba su granito de arena a la conversación. En la entrada del garito, Alejandro fundía su salario por la ranura de las máquinas tragaperras. El Cadillac de Loquillo ambientaba el crepúsculo de la barra. La gente, me decía este señor, busca la felicidad en libros de autoayuda. Libros que sirven de recetas de cocina para conseguir la pseudofelicidad. Una pseudofelicidad en forma de éxito efímero, coches caros y turismo de quirófano. Detrás de selfies, con dientes blancos y relucientes, se esconde un vacío existencial que inunda nuestras vidas. Hay un mal que atraviesa a las sociedades avanzadas. Y ese mal se llama angustia.

Vivimos, me comentaba este señor, en una sociedad angustiada. Angustiada por el agravio comparativo y constante que suscita el sino capitalista. Angustiada por los frutos de lo efímero. Se ha perdido la paciencia y las luces largas de antaño. Se nos ha olvidado que las mejores vistas son aquellas que se avistan desde lo alto de la cima. Son aquellas que necesitan gotas de sudor y dolor. Un dolor, que diría Nietzsche, para devorar la moral de esclavos y atesorar los beneficios del "superhombre". Vivimos dentro de una angustia que se manifiesta con brotes de ansiedad y depresión. Ansiedad por el "querer y no poder". La gente quiere tener casa en propiedad y no puede. Quiere estabilidad laboral y recibe precariedad. Quiere llegar al final de mes y hace malabarismo para pagar la factura de la luz. Ante esta situación, de frustración colectiva y pesimismo estructural, es necesario que aprendamos a vivir con la tragedia. Una tragedia que carece de la nostalgia del romanticismo. Se ha perdido la mirada perdida al horizonte, el gusto por la poesía y el sueño con lo bucólico. El burgués del siglo XXI es el nuevo tiburón que naufraga desorientado y malherido por playas clandestinas.

La OTAN, Zelenski y la Segunda Guera Fría

Tras un mes apartado de las calles del vertedero, el otro día compré el periódico. Necesitaba, la verdad sea dicha, papel para limpiar los cristales del coche. Antes, leí los artículos que se cocían en los fogones de ABC. Artículos que versaban sobre la cumbre de la OTAN y la marca España. Una marca que se vio reforzada por los selfies de los altos dirigentes deambulando por los pasillos del Museo del Prado. Me recordó, la verdad sea dicha, a las panorámicas de París cuando el Tour, y su pelotón multicolor, pasa por los Campos Elíseos. Y es que, queridísimos lectores, la política y el espectáculo van cogidos de la mano. Los congresos, las inauguraciones y los mítines ponen en valor la estética del poder. Una estética que sirve de metamorfosis para que la humildad de los recién llegados se transforme en la vanidad de los veteranos. Asistimos a una cumbre, la de Madrid, de políticos canosos que utilizan estos encuentros, entre otros menesteres, para ganar popularidad en el ranking internacional. Una popularidad que eclipsa a la oposición y empodera a los cetros y coronas.

Más allá de la parafernalia del otro día, la cumbre de Madrid ha servido para recordar a Putin que la Alianza Atlántica no es una reliquia de la Guerra Fría, sino que guarda la esencia de su primer día. La OTAN pone en valor el poder de la unión occidental ante la amenaza rusa. Una amenaza que, más allá del comunismo de la URSS, se percibe como un pulso entre titanes para ver quién ostenta el poder mundial en el siglo XXI. Un pulso que refresca los miedos fantasmagóricos de las dos potencias del ayer. Y un pulso que sitúa a Ucrania como un rehén internacional. Si antes era la desconfianza ante la posible posesión de armas nucleares. Ahora es la tensión internacional por la incertidumbre que genera el desenlace de la guerra. Una guerra que se atisba como interminable por su carácter estructural y geopolítico. El miedo a una Tercera Guerra Mundial, por parte de la OTAN, invita a la realización de cumbres. De cumbres para que Putin visualice los costes y oportunidades que le supondría la entreda en un conflicto global.

La victoria de Ucrania en Eurovisión, su futura pertenencia a la Unión Europea y el testimonio de Zelenski en la cumbre de la OTAN son condición necesaria, pero no suficiente, para que se decrete el alto el fuego. La OTAN, más allá de esta cumbre, no se convertirá en el "Zorro justiciero" que algunos desean. Y no lo hará porque sería un suicidio internacional. Estaríamos ante un escenario bélico global que supondría una hecatombe para el establishment mundial. Por ello la estrategia pasa, y no será de otra manera, porque la OTAN se convierta en un staff de apoyo al pueblo ucraniano. Un staff – y disculpen por el término – económico, armamentístico y humanitario que sirva de ayuda paliativa mientras dure el conflicto. Aún así, la cuerda tendrá momentos de tensión y distensión. Asistimos ante una Segunda Guerra Fría de resistencia y desgaste contra el enemigo. Una contienda que traerá encarecimiento de materias primas y corrientes inflacionistas. Dos efectos colaterales que traeran, a su vez, cambios de gobiernos.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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