Votar, ¿para qué?

Hace tiempo, escribí "La España ingobernable", un artículo que reflexionaba sobre el probable fracaso del multipartidismo. Hoy, cuatro años después, la hipótesis se mantiene en pie. Y se mantiene, queridísimos lectores, porque sin la abstención de Ciudadanos y sin el sillón que pide Podemos, es posible que volvamos a votar a mediados de noviembre. A pesar de que fuimos un país ejemplar en los tiempos postfranquistas. A pesar de que consensuamos la Constitución y los Pactos de la Moncloa, lo cierto y verdad es que las circunstancias del suarismo eran distintas a la Hispania del ahora. La mochila de cuarenta años de Nodo, de tricornios y sotanas todavía mandaba mucha romana en el sufrimiento colectivo. Un sufrimiento que pedía a gritos la lucha por el interés general, el Estado Democrático y la paz social. Una pelea que evitaba, a toda costa, el interés parcial, la dictadura y la crispación social.

Hoy, España se parece más a la Franja de Gaza que a los países escandinavos. Y se parece más, salvando las distancias, por la dificultad para llegar acuerdos, por las líneas rojas de los rivales y, por si fuera poco, por la frustración y nihilismo que sufren sus ciudadanos. Más allá del interés partidista, de las heridas de la Guerra Civil y del surco que ha supuesto tres décadas de turnismo y bipartidismo; las causas de esta parálisis se hallan en las propias reglas de juego. Son las reglas, maldita sea, las que impiden que el mejor jugador gane la partida. A diferencia de los ayuntamientos y diputaciones, en el Congreso mandan los síes por encima de los noes. La aritmética electoral se convierte en un juego de suma cero. Un juego, como les digo, donde la victoria electoral, siempre y cuando no sea absoluta, no es condición necesaria ni suficiente para gobernar. Así las cosas, el multipartidismo, tal y como está diseñado el tablero, se convierte en un obstáculo para la estabilidad y la gobernabilidad. Un obstáculo que no se salva con nuevas elecciones sino con un cambio legal.

Aunque volvamos a votar – escaño arriba, escaño abajo – el resultado estructural no cambiará. Y no cambiará, y disculpen por mi pesimismo, porque en este país cada partido lucha por su cuota de mercado. Y lucha, maldita sea, protegiendo su producto por encima de posibles alianzas y fórmulas de cooperación. Ante esta partidocracia, marcada por la cultura de la competitividad y la desconfianza, es muy complicado vehicular aritméticas basadas en el consenso y la durabilidad. Estamos, como diría Hobbes si viviera, ante una jungla de miedos y temores. Una jungla donde, tarde o temprano, la democracia enfermará. Y enfermará por el hartazgo social que supone, una y otra vez, volver a votar a cambio de nada. Este desgaste democrático alimenta el fantasma del nuevo populismo. Un nuevo populismo que probablemente pondrá voz al nihilismo social actual. Un nihilismo que se manifiesta en expresiones como: "los políticos no se entienden", "lo importante son los sillones" y "votar, ¿para qué?".

Secretos de barra

Tras ver la Sexta Noche, me puse las chanclas y bajé al Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, una buena dosis de cafeína para despertar mis neuronas. Mientras estaba en la barra, una señora se acercó a mi vera. Me dijo que me conocía, que había compartido pupitre conmigo en el Primo de Rivera, el colegio que me vio crecer. La miré a los ojos y me vino a la mente aquella niña, de rizos azabaches, que cantaba Sufre Mamón las noches de luna llena. Las patas de gallo y el código de barras, como diría mi abuela si viviera, manchaban la belleza que existía en sus jóvenes primaveras. Se pidió un gintonic, se encendió un cigarrillo, y me tiró el humo a la cara. Me lo tiró como hacen las mujeres a deshoras, cuando buscan hombres para saciar sus deseos. Divorciada desde hace más de cinco años, no encontraba – me decía – perro que le ladrara.

Mientras tomaba café, ella me hablaba de su vida. Una vida podrida, me decía, por dejarse llevar más allá de su conciencia. Por no haber sido ella quien cogiera las riendas del caballo. Su trabajo de cajera, maldita sea, era la única satisfacción que mantenía en pie los últimos reductos de su autoestima. Con la belleza evaporada y la menopausia asomando a la vuelta de la esquina, no se sentía con fuerza para resucitar aquella joven que llevaba a los tíos de calle. Aquellos tíos que la invitaban a cerveza, a porros y carajillos para obtener su trofeo. Detrás de su mirada todavía se apreciaba el brillo de aquellos ojos negros. Ojos de gata, de diosa de la vida, que atraían al más santo de los curas. Me dijo que yo ya no era aquel niño, gamberro y golfo, que pasaba de los libros como ella de la vida. La vida, querida Lola, es un viaje lleno de sorpresas. A veces encuentras dinero otras, amor y desenfreno; y otra – la mayoría – desgracias; una detrás de otra.

El humo del Capri inundaba de pereza la hora de despedida. Tanto es así que llame a Peter. "Peter, por favor pon el Sufre Mamón de los Hombres G", le dije. En ese momento, Lola y yo comenzamos a cantar. A cantar en la soledad del garito, en la mitad de la noche. En medio de la nostalgia y la magia del recuerdo. Mientras cantaba, volví a ver las mismas carcajadas de aquella Lola de hace más de treinta años. Sin tacones, con los pies llenos de callos y las uñas encarnadas; ahí estaba ella convertida en Cenicienta. Peter se reía, se reía por ver a un par de frikis cantando una españolada ante el coro de los grillos. Salió de la barra, dejó su cáncer, sus deudas y demás piedras en la mochila, y se puso a bailar con nosotros. Eran las tres de la madrugada, sin un alma en la calle salvo los hombres del camión de la basura. Lola estaba contenta, había vuelto a ser aquella joven que miraba a la vida con ganas de vivirla. Aquella joven que horas antes envolvía sus penas en las burbujas del gintonic.

Sánchez, Kafzka y nuevas elecciones

Al salir del ascensor, me percaté de un escarabajo que deambulaba por la oscuridad del rellano. Lo miré atentamente y, no sé por qué, me vino a la mente Gregorio Samsa, el personaje de Kafka. Pensé que más allá de la Metamorfosis, hay personas que se convierten en bichos raros tras su paso por la política. Me acordé de Manuel Valls, un ser incómodo para las tripas de Ciudadanos. Lo comparé con muchos concejales. Concejales que, por desgracia, juran sus cargos "contra su conciencia y honor". La política, me decía el otro día Peter, es kafkiana. Y lo es, queridísimos lectores, porque lo absurdo y surrealista forma parte del entramado político. Las contradicciones de los líderes – el dónde dije Diego y ahora digo Diego -, el postureo, los pactos antinatura y la tergiversación de los conceptos son, entre otras, razones para el nihilismo. Un nihilismo político – como diría Nietzsche – que pide a gritos una reinvención del politikon aristotélico. Hace falta, otra vez, un león que termine con las piedras del camello – la corrupción, la eternidad de los cargos, la mentira… – e inaugure la era del "Nuevo Político". Un hombre, el nuevo político, que gestione el interés general sin las losas del pasado ni los miedos del futuro.

Ante esta realidad, kafzkiana e inverosímil, no nos queda otra que utilizar la intuición, más allá de la razón. La investidura de Sánchez se ha convertido en un callejón. Un callejón, como les digo, cuya única salida no es otra que volver a votar. En estos momentos, Pedro se halla en una encrucijada. Sin la abstención de Casado y Rivera solo caben dos opciones. La primera pactar con los nacionalistas. La segunda, volver a las urnas. Si opta por la primera, los mismos que han causado su decisión – PP y Ciudadanos – lo tacharán de separatista. Si se inclina por la segunda, muchos lo señalaran de rupturista. Rupturista, o antiestadista, por no haber sido capaz de consumar el encargo de S.M. Esta tesitura determina la parálisis de la investidura. Y suscita efectos negativos para la economía y nuestra marca. Si yo fuera Sánchez, lo tendría muy claro, volvería a convocar elecciones. Seguiría por la senda del "no es no" al separatismo, impediría así, por otra parte, la introducción de un caballo de Troya en el Consejo de Ministros. Y utilizaría los recientes pactos autonómicos y locales de las derechas para desenmascarar, todavía más, a las filas de Ciudadanos.

Si se convocaran elecciones, Ciudadanos sería el más perjudicado. A pesar de que el New York Times lo considere uno de los partidos más centrados del mundo, los hechos corren por otros derroteros. Y corren, claro que sí, porque el equipo naranja juega con el verde en la Junta de Andalucía y Madrid, por ejemplo. Por ello, las filas de Rivera son camaleónicas. Son filas aparentemente desideologizadas pero, en realidad, con marcado pedigrí de liberalismo cristiano. Con el manto bajado, Ciudadanos se convierte en el socio preferente de la caverna. Una caverna que amenaza con deconstruir los logros de Carmena y volver a los tiempos de Botella. Por ello, para frenar a las derechas, el PSOE debe convertirse en el líder de la izquierda. No debería perder energía en suplicar a Rivera su abstención. Y no debería, porque si lo hiciera se convertiría en un rehén de las derechas y traicionaría el "¡con Rivera no!" de la noche electoral. Por ello, el bien menos malo – como diría Leibniz si viviera – no es otro que recurrir a las urnas. Volver a votar por muy kafkiano que parezca sería lo más inteligente. Pedro reforzaría su liderazgo, se frustrarían las expectativas del residuo separatista y, para más inri, las derechas quedarían como los malos de la película.

Tributo a Marx

Después de corregir exámenes en la soledad de mi despacho, bajé al Capri. Allí, en el taburete del fondo, estaba Marx. No sabía de él desde la publicación, en la revista Die Revolution, de su obra "El 18 brumario de Luis Bonaparte". Tras un apretón de manos, le pregunté por Engels. Me dijo que estaba de uñas de Hegel. Y lo estaba, me decía, porque más allá del idealismo dialéctico y de las interpretaciones metafísicas, los filósofos debían cambiar el mundo. Me preguntó por la trascendencia de su pensamiento. Le dije que una encuesta de la BBC, realizada hace unos años, lo consideraba como el "mayor pensador del milenio". Junto a Weber y Durkheim, él se había convertido en uno de los arquetipos principales de la ciencia social moderna. Hablando de todo un poco, me dio recuerdos para Marta Harnecker – periodista, activista y una figura clave para entender la izquierda latinoamericana -. Le dije que falleció el otro día. Se había ido una seguidora de su obra. Una crítica de Ortega y Gasset, y de todos los defensores de las revoluciones "desde arriba". Se había ido, le dije, una marxista de pura cepa. Una marxista alejada del marxismo descafeinado de la Escuela de Frankfurt.

Marx me preguntó por la URSS. Le dije que ya no existía como tal. Que la praxis de su teoría no había sido tan buena como parecía. Que el socialismo solo sirvió para tirar por la borda la razón de los tiempos ilustrados. Le dije, por mucho que me dolió, que el socialismo fracasó. Fracasó la igualdad en pro de la brecha social. Tras la Segunda Guerra Mundial, llegó el Estado del Bienestar. Toda una invención para acallar a las caras marrones del capital. Aún así todavía existe mucho abuso de poder. Todavía muchas familias no llegan a fin de mes. Y todavía, muchos empresarios tratan al obrero como un objeto de usar y tirar. Hay precariedad laboral y mucha, muchísima desigualdad. Hay razones, más que suficientes, para una revolución social. Una revolución que probablemente nunca llegará. Y no llegará, queridísimos lectores, porque existe una explotación consentida. Una crisis de la conciencia de clase y un deterioro, en toda regla, del sindicalismo español. Hay, por otra parte, una aprobación del capitalismo. Y la hay porque dentro de lo malo, muchos intelectuales actuales lo consideran lo menos malo. Cuba y China, últimos bastiones del marxismo, no son el ejemplo a seguir por las tripas de Occidente.

Me preguntó por Adorno, Marcuse y Habermas. Le dije que, a pesar de comulgar con sus ideas, analizaron el fracaso de su ideología. Según ellos, el proletariado ya no era una clase reaccionaria y transformadora de la sociedad. Y no lo era por el aburguesamiento de sus integrantes. Por el pliegue de los "cuellos azules" ante el espectáculo del consumismo, las marcas y el "tanto tienes, tanto vales". Para los de Frankfurt, el Estado del Bienestar había devuelto el optimismo hacia el capitalismo. Keynes tenía la culpa del consentimiento social ante la plusvalía del capital. Y la tenía, queridísimos camaradas, por su capacidad para evitar las crisis económicas. Horkheimer criticó la ecuación: "sociedades justas igual a sociedades libres". Según él, a mayor libertad, menos justicia, y viceversa. Por todas estas razones, la Escuela de Frankfurt justificó el fracaso del marxismo y quiso reformarlo. Aparte de estos señores, Popper también criticó los postulados de Marx. Y lo hizo a través de su obra "La sociedad abierta y sus enemigos". Criticó la praxis marxista por utópica, historicista y totalitaria. Aparte de sus aciertos y errores, el pensamiento de Karl sigue vivo entre nosotros. Su obra El Capital no es ninguna reliquia del pasado. Y no lo es, queridísimos lectores, porque su crítica y denuncia social puede aplicarse, de "pe a pa", al discurso de nuestros días.

De pactos y sillones

Ayer, escribía en Facebook un "plis plas" acerca del sino de Sánchez. Decía que Pedro no debería ceder a las peticiones de Podemos. Y no debería por varias razones. La primera de ellas porque Pablo Iglesias siempre quiso ser el líder de la izquierda. Lo quiso cuando su partido hizo el agosto a costa del 15-M y de las cenizas de Zapatero. Y lo quiso, y valga la redundancia, cuando en tiempos marianistas luchó, hasta la médula, por el sorpasso al partido socialista. La condición de un sillón – la cartera de Asuntos Sociales – podría entenderse como un atentado contra la separación de poderes. No olvidemos, queridísimos lectores, que las reglas de juego son distintas para la constitución de sendos organismos. Mientras el Congreso se rige por la aritmética parlamentaria, el Gobierno se nutre de la confianza. Es el Presidente, electo en el hemiciclo, quien debe elegir quienes forman parte de su séquito. Luego no procede que se soliciten prendas para juegos diferentes.

Si Pablo Iglesias tomara posesión de una cartera social. Esta cartera sería un suicidio para Sánchez. Y lo sería porque su proyecto político quedaría huérfano de discurso. El giro a la izquierda, logrado por Pedro en este último año, tiraría por la borda la resurrección de Zapatero. Por ello, Podemos – que de tontos no tienen un pelo – piden Asuntos Sociales, una cartera residual – según ellos – para entrar como troyanos en los intramuros de Moncloa. Por estas razones, por el miedo a que el supuesto "ministro Pablo Iglesias" barra para los suyos, Sánchez no tiene claro si morder en el anzuelo. Si Pedro no pasara por el aro, si no cediera a la condición de Podemos, el encaje de bolillos no sería tan fácil como parecía. Y no lo sería porque las derechas – Casado y Rivera – han cerrado el grifo, a cal y canto, a una posible abstención para que arranque la legislatura. Ante este panorama, Sánchez lo tiene crudo para sacar cuerpo en el Congreso. Y lo tiene difícil, maldita sea, porque cualquier pacto posible se atisba como enemigo.

Ante este panorama – de cerrojos y líneas rojas – quien pierde es la democracia. Pierde la soberanía popular y gana la desafección por la política. Una vez más, el mantra del "volver a votar" vuela nuestro cielo. Y vuela porque nuestros políticos han demostrado que sus luces no alumbran más allá de los intereses de partido. Por ello se ha creado una amalgama de términos insultantes – golpistas, fascistas, franquistas, bolivarianos, populistas y etarras, entre otros – para torpedear la senda del pluralismo y reinstaurar el bipartidismo. Si nuestros elegidos tuvieran altitud de miras y sentido de Estado, arrimarían el hombro para que Sánchez – el más votado – fuera investido como nuevo Presidente. Algo difícil, por desgracia, porque en este país se ha instaurado la inestabilidad como bandera. Una inestabilidad como síntoma de nuestra inferioridad para el diálogo, de nuestros prejuicios ideológicos, de los rencores del pasado y, lo más importante de todo, del hambre de sillones. Son tantas piezas defectuosas, tantos cantos y aristas rotas, que por mucho que hagamos y deshagamos el puzzle, nunca lo acabaremos.

Por una selectividad diversa

Con el titular "Por una selectividad única", los escribas de ABC apoyan la proposición no de ley que presentó ayer el PP en el Congreso. Al parecer, la dificultad del examen de matemáticas, en la Comunidad Valenciana, ha sido el detonante del debate. Un debate, más político que académico, que pone sobre la opinión pública la cuestión acerca de un único examen para toda España o, por el contrario, uno por cada Comunidad Autónoma. Según los escribas de la Caverna, la propuesta de la derecha tiene como fin "acabar con las incomprensibles discrepancias que existen entre las distintas autonomías a la hora de evaluar el acceso a la Universidad, ya que, hoy por hoy, cada gobierno regional decide tanto la fecha como el contenido de los exámenes, pervirtiendo con ello el principio de igualdad". Ante una apariencia de verdad, esta frase adolece de varios sesgos – o silencios – que desde la crítica debemos aclarar.

Aunque cada gobierno regional decida el contenido de los exámenes, tales contenidos son elegidos sobre unas directrices generales. Los contenidos de segundo de bachillerato vienen recogidos en un Real Decreto, concretamente el 1105/2014 de 26 de de diciembre, que regula el contenido mínimo del currículo – para toda España – tanto de la ESO como del Bachillerato. Luego, no se debería afirmar, que cada comunidad de manera libre y autónoma decide el examen de Selectividad. Cambian las preguntas, cierto, pero lo que no cambia es el telón de fondo, el contenido común que los alumnos deben estudiar a nivel nacional. Platón, Aristóteles o las leyes de la Trigonometría, por poner un ejemplo, siempre serán las mismas en Murcia y en Aragón. El temario básico, para que nos entendamos, es el mismo. Y ello, queridísimos lectores, es garantía de igualdad. Luego no hay una "perversión" de tal principio, tal y como reza el editorial de ABC. La prueba de Selectividad cumple, a priori, con las garantías de validez y fiabilidad. Dos requisitos imprescindibles para que un examen goce de legitimidad.

Una prueba común, tal y como claman las derechas – el Pepé y Ciudadanos – supondría, y cito textual las palabras de Celá: "un empobrecimiento del currículo". Y lo supondría, claro que sí, porque atentaría contra nuestro modelo geopolítico de Estado. Gracias a las transferencias educativas, España cuenta con un modelo educativo troncal y diverso. Troncal porque existe un tronco común – una Ley Orgánica y un Real Decreto – que vertebra la uniformidad territorial de la política educativa. Y diverso porque la normativa autonómica complementa el marco legislativo estatal. Un complemento que sirve para enriquecer la educación con las peculiaridades del entorno socio cultural de cada comunidad. La propuesta legislativa, más que corregir el sesgo de la igualdad – que no existe como tal – supondría una involución en materia territorial. Detrás de esta propuesta, queridísimos lectores, se esconde una supuesta intención de las derechas para escorar al PSOE en el puerto del independentismo. Todo un reduccionismo barato que va más allá de la mayor o menor dificultad del examen de Selectividad.

De churras y merinas

El otro día, recibí una llamada de Horkheimer, un amigo de las tripas alemanas y colaborador de la Revista de Investigación Social desde 1932. Me preguntó por España. Le dije que aquí las cosas no pintaban bien. Le conté cómo había quedado Madrid tras las pasadas elecciones. Y le hablé de los posibles pactos postelectorales, del reparto de sillones y del sinsentido – en algunos municipios – de juntar churras con merinas. Le dije que en la Hispania del ahora hacía falta, más que nunca, una segunda vuelta a la francesa. Y hacía falta, claro que sí, porque no es justo que fulano vote a Ciudadanos, por poner un ejemplo, y sus votos desemboquen en el saco de Vox. Es legal, por supuesto que lo es, pero podría atentar contra la voluntad popular. Por ello para evitar la traición, entre comillas, sería recomendable que la Hispania del presente se abriera, de una vez por todas, esta sandía. Una sandía – el debate sobre la segunda vuelta – amarga en cuanto a la pérdida de representatividad pero necesaria para la estabilidad.

Desde el final de los rodillos, la España que nos envuelve no ha dado pie con bola en el arte de pactar. Y no lo ha dado, queridísimos lectores, porque todavía llevamos tatuada la "partidocracia" en el ombligo. No hemos aprendido que los turnos galdosianos son agua del pasado. Que los tiempos políticos del "ahora tú", "ahora yo" son agua de borrajas. Y que la diversidad es motivo de respeto y tolerancia. Hoy, los partidos están condenados, queramos o no, a pactar. Pero, el principal problema que existe, y por ello no terminamos de hacer bien el encaje de bolillos, es que no hay prospecto dentro de la caja. Por ello hay pactos donde prevalecen los sillones – la alcaldía o la concejalía de Hacienda, por ejemplo -, otros donde lo importante son los puntos de sutura, las líneas programáticas. Y otros, los menos, donde el reparto de la tarta se hace según el "con este sí" y "con este no" porque fulano o mengano me cae bien o me cae mal. Más allá de tales móviles, quien debería decidir el sino de los pactos es la ciudadanía.

Son los votantes, maldita sea, quienes después de las elecciones deberían participar en tales decisiones. Y deberían participar, como les digo, mediante consultas internas de sus partidos o incluso, aunque me tachen de Galileo, mediante nuevas elecciones. No podemos dar pasos inútiles por la senda del pluralismo. Y no podemos consentir, ni un instante más, que nuestros elegidos – los que están hay gracias a nosotros – hagan y deshagan a su antojo. Falta más autocrítica interna en el seno de los aparatos. Hace falta que la militancia salga a la calle, que se manifieste si hace falta contra las sedes de sus partidos. Y que lo haga cuando sus ovejas se salgan del camino. Los elegidos no deberían olvidar, de hoy para mañana, el cheque de su mandato. Y no deberían, queridísimos amigos, porque la comodidad de sus días depende de nosotros. Solo con la segunda vuelta a la francesa, o con más participación en el seno de los partidos, conseguiríamos que los pactos sean algo más que negociaciones clandestinas entre líderes de partidos.

De Podemos, Ciudadanos y la victoria socialista

Tras conocer el resultado electoral, puse el collar a Diana y deambulé cabizbajo por las calles del vertedero. Necesitaba, la verdad sea dicha, reflexionar sobre la derrota de Podemos. Una derrota que ha servido para que, en cientos de pueblos como el mío, Ciudadanos baile con la fea. Manolo – un pepero de mi barrio – se cruzó en mi camino. Se cruzó, como les digo, para darme el pésame por la caída del tripartito tras cuatro años de gobierno. Acto seguido, recibí un wasap de Puig, un amigo de las tripas parisinas. Me decía que no entendía por qué las filas de Rivera tonteaban con la derecha y las de Macron con la Izquierda. En España, le respondí, el centro se ha convertido en "el comodín de la llamada". Por mucho que se hable de pactos programáticos, lo cierto y verdad, es que en la Hispania de Unamuno hay mucha hambre de sillones.

En este país, de timbales y panderetas, no hay vergüenza de cara a las hemerotecas. Y no la hay porque las palabras valen menos que los ceros a la izquierda. Y digo esto, queridísimos lectores, porque fue precisamente las filas de la derecha quienes, en tiempos marianistas, abrieron el debate acerca de la lista más votada. Un debate donde los conservadores defendían que en los pueblos gobernara el partido con más papeletas en el saco. Hoy, esos mismos señores, más allá de la lista más votada, claman el feudo madrileño por cuestiones de aritmética. Es precisamente este posible gobierno de carambola, en el feudo de Carmena, el que insufla algo de oxígeno al cáncer de las gaviotas. Gaviotas moribundas en prados repletos de rosas vigorosas. El efecto Sánchez ha contagiado de rojo a miles de pueblos. Pueblos que han votado por la municipalización de los servicios, las ayudas sociales y las políticas verdes.

El fenómeno Vox no ha sido tan fiero como parecía. El discurso populista no ha calado, como se esperaba, en la España vaciada. Esa Hispania de campo, de agua en los botijos, boinas descosidas y camisas anudadas por encima del ombligo. Gracias a ese retroceso, el PP ha salvado los muebles en buena parte del mapa. Y los ha salvado, aparte de este inciso, por el beneplácito de Ciudadanos. Por el beneplácito, y disculpen por mi enfado, de quienes nunca han ido de cara. De quienes, bajo el pretexto de proclamarse los árbitros del tablero, han defenestrado al PSOE en las tierras andaluzas. Y lo han defenestrado a pesar de proclamarse liberales progresistas y cosas similares. Por ello, el enemigo número uno de la izquierda no es la derecha sino las filas de Rivera. Con Podemos agonizando en el campo de batalla, ellos – Ciudadanos – son los únicos que pueden pintar los ayuntamientos de rojo. Gracias a ellos, la derecha resucita. Resucita de su crisis de liderazgo, de los mordiscos de Vox y de la bofetada socialista.