¿Debe dimitir Fernando Simón?

Según leo, en un diario local, "los médicos de España piden el cese inmediato de Simón". Sumergido en la noticia, observo que por "médicos" se entiende "los colegios de médicos del país", excepto "el de Cataluña". Luego, no son todos los médicos, tal y como reza el titular. Hecha esta aclaración, necesaria para que exista un periodismo de rigor, pasamos a la segunda cuestión. Según el escrito, emitido por 52 colegios médicos del país, se pide el cese de Simón. Y se pide: "por su incapacidad manifiesta y prolongada durante la evolución de la pandemia". Y, por sus polémicas declaraciones. Al parecer "los profesionales sanitarios – en palabras de Simón – tienen un aprendizaje con respecto a la primera ola. Los gestores hacen mejores circuitos de asistencia en los hospitales. Y obviamente, los sanitarios tienen un mejor comportamiento evitando contagiarse fuera de su espacio de trabajo".

Según la sabiduría popular: "no hay palabras mal dichas sino mal entendidas". Así las cosas, las palabras de Simón, lejos de atentar a la profesionalidad de los sanitarios, también podrían entenderse como un elogio a su labor. Un elogio, como les digo, en términos de perfeccionamiento como consecuencia del ensayo y el error. Al margen de estas manifestaciones, que son buenas o malas en función del cristal con que se miren, el objeto de su cese no es otro que su gestión. Aunque Simón no sea santo de mi devoción. Aunque haya sido víctima de sus contradicciones, lo cierto y verdad es que lo considero un hombre honesto. Y lo considero así, queridísimos amigos, porque ha rectificado cuando se ha equivocado. Porque ha pedido perdón cuando se ha equivocado. Y porque ha mantenido la calma en momentos de histeria colectiva. En momentos de crispación política, de desafección ciudadana y descrédito de los expertos, Simón ha estado ahí.

El comunicado de los médicos – de todos, menos los catalanes – debería, por la misma regla de tres, solicitar otras dimisiones. Dimisiones, por ejemplo, de algunos políticos nacionales y autonómicos. Dimisiones por sus propias contradicciones en "la evolución de la pandemia". Y dimisiones, por qué no, de algunos burócratas por la gestión de los ERTES, entre otras. Sin embargo, el comunicado peca de reduccionista. No olvidemos que Simón es un portavoz que emite comunicados. Comunicados cocinados, y condicionados – en su mayoría -,  en los fogones de la política. Y comunicados basados en fuentes de datos hospitalarias. Llegados a este punto: ¿debería dimitir Simón? Difícil respuesta. Difícil, en primer lugar, porque no hay una clara imputación de "causa – efecto" sino una complejidad de razones que van más allá de "su gestión". Y difícil porque en situaciones de pandemia – de desconocimiento universal y aprendizaje urgente – es probable que políticos, ciudadanos y expertos cometan errores.

Las aulas de Celaá

Isabel Celaá. Consejo de Ministros. Foto: La Moncloa (CC BY-NC-ND 2.0)

Hace años escribí "las aulas de Wert", un artículo que criticaba la LOMCE, una ley que se aprobaba, como saben, con el rodillo azul de la derecha. Una ley, la verdad sea dicha, sin consenso político, educativo y social. Y una ley, y disculpen por la redundancia, que ponía contra las cuerdas a la clase media de este país. El endurecimiento de las condiciones para la obtención de becas, las reválidas, el poder de la Religión, las ayudas a la concertada y el desmantelamiento de la Filosofía, entre otras medidas, supuso la crítica de la bancada progresista. Hoy, varios años después de aquella norma, Isabel Celaá cocina la LOMLOE, la nueva Ley Orgánica educativa – y ya van unas cuantas – que arremete contra aquella vieja gloria de las gaviotas.

Más allá del martillazo a la Religión. Más allá de dejar la asignatura de los curas a la altura del betún, la Ley Celaá no deja bien parada a la Ética. En tiempos de pandemia, de reflexión y crisis moral, la Ética se convierte en la gran olvidada del sistema educativo. Y se convierte así por el voto en contra del PSOE, un partido que, a mí entender, creía en el espíritu crítico. La Ética forma parte de la dimensión práctica de la Filosofía. Y esa dimensión, queridísimos lectores, es necesaria para la vida. Más allá de que, el día de mañana, nuestros alumnos sean abogados o ingenieros. Más allá de que saquen notas brillantes en matemáticas o geografía, entre otras. Más allá de todo eso, se necesita un adiestramiento para la vida. Un adiestramiento que suponga la supremacía de la autonomía con respecto a la heteronomía moral. Y un adiestramiento que desarrolle una actitud, o posicionamiento, relativo u absoluto ante el Bien, la Justicia, la Belleza y otras verdades éticas.

La nueva Ley permitirá que la suspensión de curso sea algo excepcional. Esta media, atacada por las derechas, atentan – según los conservadores – al mérito y el esfuerzo. La Ley Celaá ataca, de alguna manera, el credo del "liberalismo cristiano" y pone en valor el comunitarismo. El aprobado de un alumno pasará a ser una decisión colegiada. Las asignaturas dejan de ser islas independientes y se convierten en "colonias conectadas por puentes de madera". Dicho así, y valga la metáfora, el futuro del alumnado pasa por una opinión consensuada del profesorado. Esta medida fomenta la comunicación entre el claustro, los tutores y las juntas evaluadoras. Incide en la preocupación por el alumno en perspectiva comparada. Y sirve de motivación para quienes, por falta de motivación y aptitud hacia ciertas asignaturas, deciden abandonar el campo de batalla. El tirón de orejas, de la Ley Celaá, a la concertada supone una seria apuesta por la igualdad educativa. El Estado debe dignificar la escuela pública. No olvidemos que la educación es el único ascensor social para los hijos pobres.

Trump, las claves de la derrota

Esta semana, he recibido varios correos de periodistas americanos. Periodistas, críticos con el Gobierno de Trump y escépticos ante la victoria de Biden. Me comentaban que Platón tenía razón. Y la tenía porque entre democracia, oligarquía y aristocracia, en Estados Unidos debería instaurarse un Gobierno de los mejores. Un Gobierno, liderado por personas capaces de realizar el ascenso dialéctico y conocer la idea de Bien. En Estados Unidos – me decía Javier, un politólogo español afincado en Florida – abunda la sospecha. Abunda una sospecha colectiva a perder el estatus social. Existe un temor generalizado al descenso de clase. Y ese miedo explicaría, de alguna manera, porque el discurso de Joe Biden no moviliza tanto como el "Yes we can" de Obama. Obama apeló al sueño americano. Apeló a la posibilidad del ascenso social. Un ascenso posible gracias al incremento del Estado en detrimento del mercado. Un ascenso, como les digo, mediante la apuesta por políticas sociales como el Obamacare.

Los efectos colaterales de las políticas socialdemócratas fueron el tendón de Aquiles de Obama. La afluencia de nuevos ricos supuso una "amenaza" para el establishment americano. Una amenaza, en forma de nuevos competidores en los mercados locales, que activó nuevos mecanismos de defensa. El temor de "los de arriba" a "los de abajo" trajo consigo envidias y odios similares a las luchas europeas entre nobles y burgueses. Trump se convirtió en un viejo "restaurador de monarquías olvidadas". Se convirtió en el freno que evitaba el descenso social. Un freno fabricado con un discurso de tintes populistas y sombras xenófobas. El relato del muro mexicano caló, y mucho, sobre quienes temían a "los nuevos ricos de Obama". Esos mismos, afincados – en su mayoría – en la América vaciada votaron a Trump. Hoy, cuatro años más tarde, la socialdemocracia vuelve a los aposentos de la Casablanca. Y vuelve porque Joe Biden ha conseguido movilizar a los demócratas y parte de los republicanos. 

Si analizamos los datos, las papeletas de Trump provienen de la clase conservadora, rural y sin estudios. Un electorado, como saben, fiel, e incondicional, que vota al partido por encima del candidato. Por su parte, las papeletas de Biden provienen del electorado socialdemócrata, urbano y con estudios. De un electorado nostálgico de los tiempos de Obama. Y de un electorado que vota contra el candidato conservador por encima de sus mimbres ideológicos. Ese electorado, escarmentado y harto del trumpismo, justifica el triunfo de Biden. Aparte del "voto antipático", aquel destinado al desalojo de Donald de la Casablanca, hay que destacar el efecto coronavirus. La negación de la pandemia, la pésima gestión del sistema sanitario y la minusvaloración de las medidas preventivas – mascarillas, hidrogeles y distancia de seguridad – ha contribuido, y mucho, a la derrota de Trump. Un virus – el Covid-19 – que ha supuesto el recuerdo de la Obamacare y la necesidad del Estado en momentos de urgencia social. Hoy, América está dividida. Dividida entre quienes aplauden a su ganador y quienes niegan la legitimidad de esos aplausos.

Repensar la pandemia

Mientras leo la prensa, tropiezo con "El silencio de los filósofos", una columna de Andrés Ibáñez para ABC Cultural. Según este señor, "los filósofos se lanzaron a filosofar al principio de la pandemia y ahora están curiosamente callados". Añade que "se lanzaron a teorizar e interpretar algo cuyas verdaderas dimensiones no podían ni siquiera imaginar". Como profesor de Filosofía, observo que las afirmaciones de Ibáñez tienen varios contraejemplos que refutan su teoría. Desde que comenzó la pandemia, los que nos dedicamos a la disciplina, no nos hemos dormido en los laureles. Tanto es así que, en los pergaminos de este blog, sigo – siete meses después – juntando letras sobre la Covid-19. Desde el verano, se siguen publicando libros y columnas al respecto. Actualmente, existe más filosofía que nunca sobre la pandemia. Y existe porque la Filosofía está detrás de cualquier debate social que suscite crítica, controversia y preocupación.

Hoy, con "la segunda ola" en el seno de nuestras vidas, la reflexión filosófica se expande por otros derroteros. Hoy, las cuestiones ya no versan sobre la libertad y el sentido de la vida, sino sobre el sentido de la política en tiempos de pandemia. Hoy, tras siete meses de aquel confinamiento primaveral, nos hallamos con los mismos miedos y temores. Nos hallamos inmersos ante la ansiedad que supone el peligro de contagio y su incierto desenlace. Nos situamos, queridísimos lectores, ante el mismo problema pero desde un prisma diferente. Nos ubicamos ante la Covid-19 con algunas lecciones aprendidas. Sabemos que por muchas vueltas que le demos a la tortilla, el confinamiento es la medida más eficaz para aplanar la curva de contagios. Sabemos que la responsabilidad individual es condición necesaria, pero no suficiente, para paralizar los rebrotes. Y sabemos que mientras no haya una vacuna, naranjas de la China. Tenemos los datos del problema. Estamos, en estos momentos, en la elaboración de su planteo. Nos falta llegar a la solución. Una solución que llegará, antes o después, en función de la calidad de su planteo.

El planteo pasa por la precaución y la investigación. La gestión de la preocupación debe realizarse desde la política y la sociedad. Desde la sociedad, mediante la responsabilidad individual – uso correcto de mascarillas, distancia de seguridad y desinfección – . Desde la política, mediante medidas efectivas que corrijan las desviación social. Es, en ese punto, donde nuestros representantes deben ponerse de acuerdo sobre "confinar" o "no confinar". Sobre "confinamiento total" o "parcial". Sobre "quién", o "quiénes", son los responsables de tomar tales decisiones. El planteo del problema requiere, aparte de la precaución, una adecuada investigación. La gestión de la investigación debe realizarse desde la interdisciplinariedad. Más allá de la Biología, la pandemia afecta a  la Psicología, el Trabajo Social, el Derecho y la Sociología; entre otras disciplinas. La transversalidad, tal y como dijimos en un pasado post, es clave para que el problema supere la fase de planteo. Sin embargo, estamos atascados en dicha fase. Y lo estamos porque existe, lamentablemente, irresponsabilidad individual, enfrentamiento político y crispación entre los expertos.

De aquellos polvos, estos lodos

Como sabéis, aparte de escribir en los pergaminos de este blog, hago reflexiones en Facebook. Las hago, como les digo, porque son una manera de mantener, a raya, mi compromiso con la actualidad. Hoy, sin ir más lejos, tras ver la rueda de prensa de Sánchez, he escrito el siguiente post: "si desde que comenzó la desescalada, todos hubiésemos ido de la casa al trabajo y del trabajo a casa, hoy – posiblemente – no estaríamos inmersos en la segunda ola". El confinamiento, en contra de las predicciones filosóficas, no ha cambiado los hábitos cotidianos. Hábitos, claro que sí, impregnados por una cultura de bares y determinados, de alguna manera, por el sol y la playa. Así las cosas, muchos jóvenes – la población menos sensibilizada con el Covid-19 – no tomaron las precauciones debidas. Precauciones como la distancia de seguridad y el uso de mascarilla fueron incumplidas en las madrugadas veraniegas.

Hoy, como dicen en mi pueblo: "de aquellos polvos vienen estos lodos". Y vienen, queridísimos lectores, porque muchos ciudadanos han jugado al gato y al ratón con la pandemia. El cierre del ocio nocturno ha sido sustituido por lugares alternativos. Por lugares, tales como garajes olvidados, habitaciones juveniles, casas de campo y otros sitios clandestinos. Lugares sin la ventilación recomendada. Lugares con fumadores a bordo y sin mascarilla. Lugares, y disculpen por la redundancia, que han determinado el incremento de contagios. Y lugares que, sin quererlo ni beberlo, hemos pagado, como siempre, los justos – los que hemos guardado cuarentenas voluntarias – por pecadores. Hoy, recogemos la cosecha. Recogemos un Estado de Alarma que pone el acento en la franja nocturna. Un nuevo Estado de Alarma que limita libertades e inyecta, una vez más, nosofobia a tejido ciudadano. Estamos, como diríamos ayer, en el kilómetro cero de la pandemia. Estamos como hace siete meses, con la curva por las nubes y los hospitales colapsados.

Aparte de la pandemia, de una pandemia que lleva consigo preocupación sanitaria, social y económica, hamos de añadir las frivolidades políticas del momento. Frivolidades, en forma de tiras y aflojas, de dimes y diretes y, por si fuera poco, de mociones de censura fracasadas. Mociones que nacen muertas desde el minuto número uno. Y mociones que lo único que provocan es ruido de fondo en medio de la tormenta. Ante esta situación, de dejadez social y política, crece una ola invisible de indignación ciudadana. Una ola que tarde, o temprano, estallará en forma de nuevas narrativas. Nuevas narrativas que atacarán, y pondrán en solfa, la ética del ahora. Una ética utilitarista y hedonista que contrasta con las exigencias necesarias. Exigencias como la solidaridad interregional, intergeneracional e internacional. Y exigencias como la empatía, la renuncia del placer y el respeto a la ciencia. El Covid-19 ha sacado los colores a una España de rojos y azules, de negacionistas y positivistas, de expertos y pseudoexpertos. Una España que no escarmienta, que no aprende de las lecciones pasadas.

De olas, virus y política

Aparte de que Sánchez haya hecho bien o mal las cosas. Aparte de que Fernando Simón sea mejor, o peor, que Cavadas. Y aparte de que la gestión del coronavirus sea mejor, o peor, unitaria que autonómica; lo cierto y verdad es que el problema sigue ahí. Y sigue ahí, queridísimos lectores, a pesar de que la gente lleve puesta la mascarilla. A pesar de que se guarde la distancia de seguridad. Y a pesar de que existan confinamientos locales. Y sigue ahí, como les digo, porque estamos, como diría Jacinto si viviera, matando moscas a cañonazos. Estamos cazando mosquitos sin cerrar las ventanas y, a la mínima de cambio, volvemos al kilómetro cero. Por ello, porque no existe una solución eficaz al problema, estamos en la segunda ola. Y muy probablemente asistiremos a la tercera, a la cuarta y, si me apuran, a la quinta.

Aún así, hay quienes echan la culpa, del fracaso contra el virus, al Gobierno. Hay quienes lanzan todo su arsenal de crítica barata hacia las decisiones del Ejecutivo. Decisiones necesarias pero no suficientes para atajar la hemorragia. Una hemorragia que requiere tiempo y paciencia. Tiempo, como les digo, para aprender de los errores y conocer al enemigo. Y paciencia, mucha paciencia, para no entorpecer la función de la ciencia y disponer de la vacuna. Mientras llega ese momento, el virus busca, sin descanso, cuerpos donde alojarse. Y en esa búsqueda, el virus se aprovecha de los descuidos sociales. Se aprovecha de quienes no se ponen correctamente la mascarilla. De quienes no guardan la distancia de seguridad. Y de quienes, y disculpen por la redundancia, no se lavan las manos a menudo. Son esos descuidos sociales, ajenos al Gobierno, quienes tienen – en la mayoría de ocasiones – la culpa de que crezca la curva de contagios.

Así las cosas, los justos pagan – como siempre en esta vida – por pecadores. Y pagan porque, de forma inocente, son – en ocasiones – contagiados por quienes, días atrás, mostraron comportamientos negligentes. Por otro lado, los partidos se comportan como niños enfadados en el patio de colegio. Se tiran los trastos a la cabeza e intentan convencer a los suyos de que con ellos al frente, el Covid-19 sería diferente. Esta falacia cala, desgraciadamente, en el ideario colectivo. Tanto es así que las redes sociales están infectadas de debates malsonantes entre bandos enfrentados. Bandos que comparten miedos y temores ante un enemigo, común e invisible, que amenaza con la muerte. El bicho, queridísimos amigos, anda suelto por el bosque. No discrimina entre ricos y pobres. Ni entre jóvenes ni viejos. Y si no que se lo pregunten a Trump y verán lo que les dice.

Mascarillas

El otro día, mientras tomaba una copa en El Capri, un tipo que estaba sentado a dos taburetes del mío, me preguntaba por el Covid. Me preguntaba sobre el número de infectados en mi pueblo. Le dije que estaba desconectado del mundanal ruido. Que desde hacía dos semanas, no escuchaba las noticias. Que lo único que escuchaba eran canciones de mi juventud. Una juventud, le dije, de drogas, mujeres y desenfreno. Me comentó que Donald Trump había contraído el coronavirus, que Madrid se hallaba en el kilómetro cero de la pandemia y que él estaba hasta el gorro de llevar la mascarilla. Lo peor de la mascarilla, me decía, es el olor a saliva y el dolor de las orejas. Más que dichos inconvenientes, lo peor – le dije – es que, con el paso del tiempo, estamos perdiendo el dibujo de la cara. Tanto que algunos niños y niñas, desde que comenzó el instituto, aún no conocen el rostro de sus profesores.

Me dijo que su nieta se quedó sorprendida cuando Raquel, su profesora de matemáticas, se quitó la mascarilla. Se quedó perpleja, me decía, porque no se la imaginaba así. El rostro que había dibujado en su mente difería, y bastante, del que tenía delante. La mascarilla, le comentaba, nos ha convertido en seres diferentes. La boca y los ojos guardan paralelismos. Tanto que unos ojos tristes no encajan con la peor de las sonrisas. Cada día que pasa, nos acordamos menos de la boca. Nos acordamos menos de la comisura de los labios, de la blancura de los dientes y del contagio del bostezo. La mascarilla disimula las imperfecciones de la cara. Sirve de escudo y maquillaje ante los azotes de la vida. Y nos hace ovejas similares en la multitud del rebaño. Sin mascarilla, me decía el tipo del Capri, la voz suena diferente. Sin mascarilla ganamos en confianza. Y ganamos, faltaría más, porque la honestidad del ser humano no es otra que la autenticidad entre lo que piensa, lo que dice y manifiesta.

Esa autenticidad solo se descubre mediante la lectura de la cara. Tanto es así que miles de amantes, cuando desconfían entre ellos, dicen aquello de: "mírame a la cara". Las personas somos como casas. Algunas con fachadas elegantes e interiores malolientes. Otras, con puertas humildes e interiores elegantes. Y casi todas con recovecos que dejan al descubierto lo que la verdad esconde al trasluz de sus cortinas. La cara, y valga la metáfora, es el recoveco de nuestro mundo interior. A través de sus millones de gestos, nos asomamos a la verdad de los otros. El rostro nos muestra el delincuente, el canalla, el cura o el currante que todos llevamos dentro. Con mascarilla el misterio, que cada uno guarda detrás de su lenguaje, cuesta horrores descifrarlo. Con mascarilla, perdemos una parte importante del relato. Perdemos accesibilidad y autenticidad. Y perdemos, y esto es lo más crudo, credibilidad, confianza en el diálogo y sinceridad emocional. Sin mascarilla, nos convertimos en combatientes sin escudo en medio de la adversidad.

Tributo a Sócrates

Tras explicar – a mis alumnos – el origen de la filosofía, más conocido como el paso del mito al logos, recibí una llamada de Sócrates. Estaba sin saber de él desde que el gobierno de Trasíbulo le condenara a beber cicuta en la plaza pública de Atenas. Aturdido por la sentencia, hablamos largo y tendido de los sofistas. Me preguntaba si en pleno siglo XXI existían "usurpadores de la palabra" y "tejedores de mentiras". Si existían asesores políticos que enseñaran: retórica, oratoria y erística. Y que la enseñaran, me decía, con el único fin de conseguir el éxito social y el gobierno de la polis. Le dije que la España del ahora no difiere mucho de la Atenas de su época. Le dije que hoy existe una crisis de verdad. Una crisis más allá del relativismo, el escepticismo, el convencionalismo y el empirismo político que defendían Protágoras, Gorgias, Hipias, Trasímaco, Calicles o Pródico, entre otros. Hoy estamos ante la "postverdad", un concepto que atraviesa y rompe la definición tradicional de verdad.

Después de varios minutos de conversación telefónica, quedamos en El Capri. Allí, sentados en los taburetes de la barra, dialogamos como lo hacían los jóvenes de Atenas. Tras un intercambio acalorado de dimes y diretes, de aproximaciones y lejanías, Sócrates llegó a varias conclusiones. La primera, que la verdad, tal y como él la entendía, no existía en los tiempos de Internet. Reconocía que el diálogo entre los hombres había servido para llegar a unos universales equivocados. Unos universales que demostraban el fracaso de la mayéutica. Y unos universales que eran aceptados por una masa de ingenuidad manipulada. La segunda conclusión, que la sociedad actual confundía verdad con autoridad. Se toma como verdad, decía Sócrates, aquello que dicen "los de arriba". Existe una crisis de espíritu crítico. Una crisis de cuestionar las tripas de la realidad. El ser humano es el único animal que mira la fecha de caducidad. El único que antes de introducir un alimento en la boca, pone en valor el efecto de su acción. Ese animal que cuestiona su comida no cuestiona, sin embargo, la comida informativa.

Entre cerveza y cerveza, Sócrates me preguntó por Maquiavelo. Le dije que Nicolás retomó las ideas de los sofistas. Que, ajeno a la búsqueda de la verdad, entendió la política como un fin en sí misma. Entendió que "todo vale" en la lucha por el cetro. Y entendió que el poder y el dinero guardan relaciones. Ambos están en constante riesgo de caer en el vicio de la ambición. Una ambición que corrompe a los hombres en su afán lucrativo. Y una ambición que se retroalimenta por la teoría del valor. La abundancia de riqueza y el exceso de poder tarde, o temprano, transforman la humildad en vanidad. Y esa vanidad, me decía Sócrates, convierte al político en un esclavo de su asiento. El poder se convierte en algo erótico. Se convierte en una lucha de egos que, más allá de salvaguardar el interés general, busca el interés particular. Y ahí, en ese punto, es cuando la sociedad – el rebaño de ingenuos – se convierte en una víctima del sistema. Una víctima que sobrevive en un mundo de universales erróneos y postverdades artificiales.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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