El baile de las ratas

La oscuridad de El Capri inunda de sosiego a los espíritus solitarios. En la barra se entremezclan las angustias de clientes agachados por la ruina de sus vidas. La tempestad no perdona el paso de los años. Allí, en la soledad del desierto, quemo con metralla mis trincheras interiores. Miro por el retrovisor de mi coche y vislumbro la silueta del otro. De ese otro que fui cuando tenía quince años. Un otro, como diría Heráclito, que ha cambiado a cada instante. Tanto que hoy, más de tres décadas después, no se reconoce en el espejo. Mientras muevo el café, noto como mi mirada ha quedado perdida en el baúl de los recuerdos. El humo del Ducados impregna de sequedad el aliento de mi garganta. Son las cuatro de la madrugada. La noche envuelve de paz el baile de las ratas. En la barra, hablo con Lola, la adolescente que bailaba en la Trébol a ritmo de lambada. La misma Lola que quedó embarazada por el hijo de Jacinto. Y la misma joven que manchaba sus penas con litros de tequila.

Sin ganas de hablar con nadie, camino por los surcos de mi móvil. En él, observo como las grandes plataformas manejan nuestras vidas. Observo como la gente muestra dientes blancos en sus fotografías. Son fotos de viajes, de comidas con conocidos y de tardes de domingo. Detrás de esas posturas se esconden miles de lágrimas en el seno de la almohada. Lágrimas por los efectos de los agravios comparativos. Llantos de sirena porque nos consideramos menos que el vecino. Llantos porque la vejez ha secuestrado nuestra primavera. Y llantos, muchos llantos porque la vida es un sueño entre una nada y otra nada. En el silencio, oigo a los mismos perros que me ladraban cuando sacaba la basura. Eran perros blancos y negros como los pasos de cebra. Eran ladridos provenientes de un sistema capitalista. Un sistema que nos inyecta desigualdad y autoexigencia. Nos hemos convertidos en esclavos del qué dirán. Esclavos de una vida material que nos ubica en la pirámide tóxica del "tanto tienes, tanto vales".  El suelo del Capri está sucio. Cientos de servilletas deambulan por el suelo. Unas, manchadas de café y otras, de carmín. Las ratas no paran de roer.

El diálogo es ameno y profundo a la vez. Sonámbulo, en la conservación, escucho las palabras de Gregorio. Son palabras tenues. Tenues como las bombillas de un Burdel. Palabras que desprenden la sabiduría de quien tropezó y se hizo esguinces varias veces en la vida. Las personas, me dice, son una mezcla de espera y esperanza. En la espera fundimos nuestros anhelos y temores. La espera insufla sufrimiento y esperanza por el sino. En la esperanza hallamos el consuelo ante el dolor de la espera. En la esperanza vislumbramos a ese otro imaginario que admiramos y tantas veces deseamos. Ese otro que nos mira desde su torre de marfil y que nos invita subir. A subir por una senda de ríos malolientes. De serpientes y escorpiones que esperan debajo de las piedras. En la espera, algunos desesperan. Otros sufren el síndrome del hastío y el vacío. Un vacío por la huella que borra el agua a su paso por la orilla. Son las cinco de la madrugada, las cinco de un día que nunca se repetirá. De un día único e irrepetible como los dedos de mi mano. De un día único como ese animal que piensa, habla y que sabe que morirá.

Tributo a Pericles

Después de varios años sin saber de él, el otro día recibí un wasap de Pericles. Me dijo que estaba preocupado por su polis. La liga del Peloponeso era más fuerte de lo que aparentaba y la conquista de Sicilia no parecía una buena idea. Tras una larga travesía por la Edad Media y la Moderna, el ateniense llegó a las tripas alicantinas. Quedamos en El Capri. Allí hablamos largo y tendido de democracia y filosofía. Me preguntó por la política del ahora. Le dije que aquí, en el siglo XXI, casi no existen asambleas. La gente no se reune en el Ágora. Ahora el Ágora no es otra cosa que las porterías de los edificios. Porterías que sirven para las reuniones y tomas de decisiones que afectan a las comunidades de propietarios. Ahora, le dije, los filósofos no van por las calles como lo hace Sócrates por las callejuelas de Atenas. Los jóvenes actuales escuchan a sus ídolos a través de directos que suceden en las redes sociales. Me preguntó por nuestra estructura social. Le dije que tras las sociedades estamentales del medievo, la Revolución Industrial trajo consigo la sociedad de clases.

En la sociedad de clases, la educación se convierte en el ascensor social. Un ascensor que sirve de sueño americano para que el hijo del chatarrero llegue algún día a ser médico o abogado, por ejemplo. En nuestra organización social, las mujeres – a diferencia de lo que ocurre en la tierra de Pericles – tienen derecho al voto. Derecho al voto y a la educación. Dos derechos que diferenciaron a las espartanas de las atenienses. Las mujeres atenienses casi no salían a la calle. Estaban recluidas en sus casas como si fueran monjas de clausura. Una discriminación, dije a Pericles, que va más allá de aquel relato mitológico donde el sufragio femenino fue eliminado de Atenas por el enojo de Poseidón tras ser derrotado por Atenea. La esclavitud ya no existe en el ahora. La colonización de "las Indias", por parte de los españoles, hizo mucho daño a nuestra especie. Fue el papa Francisco de Vitoria quien defendió los derechos naturales como inherentes al ser humano. De tal modo que los "otros", los colonizados, no eran salvajes sino personas como lo fuimos los europeos en estadios anteriores.

Pericles quedó sorprendido cuando le conté los estragos de la Covid-19. Me dijo que en Atenas también existía un virus conocido como la peste. Una peste que partía el aire de Anaxímenes y separaba al alma de los cuerpos. Le pregunté por Sócrates. Me dijo que se llevaba a matar con los sofistas. Ambos discutían sobre el fin de la educación. Para el maestro de Platón, la educación debía tener un fin ético. El discípulo debía conocer ciertas verdades absolutas que lo guiasen en su ruta por la vida. Para Gorgias, por ejemplo, la educación no era otra cosa que adiestrar a los hijos de los ricos para que adquirieran prestigio social y éxito en la política. Un adiestramiento relativista, convencionalista y escéptico. Así las cosas, el fin justificaba los medios, tal y como siglos más tarde defendería Nicolás Maquiavelo. El último día, antes de partir para Atenas, Pericles asistió a una de mis clases. Clases donde tocaba hablar de Platón y el filósofo gobernante. Y clases donde comprendió que el prisionero, liberado de las cadenas de la caverna, debía ejercer el poder. Un poder, diríamos hoy, basado en el bien. Un bien transversal y universal que sirviera de punto de partida para edificar la "paz perpetua" de Kant.

Felipismo

Después de leer los Artículos de Larra, bajé al Capri. Necesitaba enjuagar mis recuerdos con las burbujas de la Coca Cola. Mientras leía El Marca, en la televisión ponían imágenes de Felipe González. Me vinieron a la mente, los olores de aquella España convaleciente tras cuarenta años de Nodos, curas y tricornios. Era un país de contrastes. Por un lado, la gente saborea el dulzor de la libertad. Por otro, sentía la losa de los rombos en el seno de sus vidas. El fallido golpe de Estado, por parte de Tejero y los suyos, todavía estaba presente en el miedo colectivo. Así, y para sorpresa de muchos, Isidoro – aquel político de la chaqueta marrón que hablaba de España en los barrios parisinos – se alzó con la mayoría absoluta. Atrás quedaban los discursos de La Pasionaria y las pancartas con la hoz y el martillo. Esa victoria marcó la política bipartidista que tanto criticó Galdós. España asistió a una guerra interna entre "atenienses" y "espartanos". Hoy, varias décadas después del triunfo socialista, Felipe no es el mismo hombre de ayer.

González, le dije a un colega en la barra de El Capri, ya no es aquel político de la chaqueta de pana que tocaba a las vísperas y levantaba pasiones en la Maestranza de Sevilla. Hoy, es un "colombiano" adinerado que habla de negocios y atesora, en su haber,  cinco años de experiencia como miembro del Consejo de Administración de Gas Natural FENOSA. Algo, faltaría más, completamente legal pero paradójico para alguien que, durante más de una década, defendió por activa y por pasiva los intereses de "los de abajo". El "felipismo" sirvió, entre otros menesteres, para que España se distanciara del letargo franquista. Felipe fue algo así como un semillero de progreso. Un progreso fácil si tenemos en cuenta que el desarrollismo – iniciado en los últimos años del caudillo – culminaba con la entrada de miles de francos provenientes de españoles exiliados.  El felipismo estuvo marcado por las grietas de una derecha dividida entre franquistas resignados, fraguistas y centristas. Esa derecha rota arrojó líderes débiles al hemiciclo. A un hemiciclo, como les digo, agujereado en el techo. Unos agujeros que ponían en vilo los cimientos democráticos.

La corrupción, destapada por el desaparecido Diario 16 – fue la punta del iceberg de la caída del felipismo. Una corrupción galopante que puso en valor el poder de los medios en el andamiaje político. Los famosos "contratos basura", por su parte, no fueron una buena idea. Y no lo fueron, queridísimos lectores, porque ellos supusieron la primera piedra de la dualidad actual de nuestro mercado laboral. Una primera piedra que desembocó en el "precariado" juvenil y en una incipiente derechización del PSOE. Hoy, el juicio histórico deberá situar a Felipe en el lugar que se merece. Desde una oratoria magistral, movilizó a las masas y hundió los sueños de Carrillo. Universalizó el sistema de la Seguridad Social, modernizó la infraestructura del país mediante la construcción de autovías. E inauguró el tramo, Sevilla a Madrid, del AVE. Mantuvo a raya la cuestión territorial mediante alianzas puntuales. Introdujo a España en los foros europeos y abrió el debate acalorado de la OTAN. Hoy, González es un "sabio" de la vida. Un señor de puertos como lo fue Descartes en su día. Y alguien incomprendido por parte de los suyos. Según él, "nunca ha sido una izquierda funcional a la derecha". Aún así, hay quienes lo tildan de "facha".

La nueva esclavitud

Después de una semana, desconectado del mundanal ruido, ayer volví al campo de batalla. En la bandeja de entrada, encontré decenas de mensajes de lectores cabreados. Lectores, como les digo, indignados porque últimamente casi no actualizo el blog. Disuelto entre los "correos no deseados", hallé un mensaje de un periódico de renombre. Un mensaje sobre una propuesta de colaboración a través de una columna de opinión. Acto seguido, contesté que "no". Que "no", queridísimos amigos, porque el compromiso con lo intelectual nunca debe pasar por el sesgo editorial. Si lo hiciera, caería en el rebaño de quienes escriben a sueldo de intereses privados. En el capitalismo, aunque no lo asumamos, la información es mercancía. Una mercancía envuelta de precinto ideológico y con valor económico en las baldas del mercado. Casi no hay versos sueltos en las estrofas del ahora. Todo es una falsa rima que asoma desde las ruedas del carruaje.

Esa falsa rima nos somete a una alienación digital. La calle se ha convertido en una alfombra de miles de cabizbajos al unísono. De miles de sonámbulos que viven en sus mundos digitales y que solo levantan la cabeza ante los cantos de sirena. Viven a merced de grandes plataformas digitales. Plataformas que saben sus gustos, preferencias e incluso hasta sus posibles decisiones. Ese nuevo Gran Hermano es el arquitecto global. Es quien diseña calzadas, pinta pasos de cebra y decide, por nosotros, dónde están los "ceda el paso"  y los semáforos de nuestras vidas. Nosotros – los sonámbulos – deambulamos por sus espacios sin ver más allá de la luz de nuestros móviles. Estamos ante una sociedad dormida, gregaria y dirigida por una nueva religión que algunos llaman tecnología. Esa "nueva religión" crea nuevas comunidades, insufla protocolos y remedios contra la soledad. Contra una soledad real que encuentra su solución en la dimensión digital. El móvil se ha convertido en el mundo inteligible de Platón. Un mundo sin distancias cuyo tamaño no es otro que la palma de nuestra mano.

Esa alienación – o nueva esclavitud – necesita una toma de conciencia. Hace falta una dosis de marxismo aplicado a la cuestión tecnológica. La tecnodependencia destruye relaciones sentimentales, laborales y educativas. Existe una crisis de la comunicación tradicional. Una crisis, como les digo, que afecta a las habilidades sociales y destroza – de alguna manera – la inteligencia emocional. El "hombre cabizbajo" es un contemplador pasivo de realidades digitales. Es un ser que mira constantemente desde la ventana de su móvil y, de vez en cuando, corre la cortina. Una cortina que impregna su tejido de postverdad, manipulación y espirales de silencio. Esa alienación, que decíamos atrás, desemboca en libros de autoayuda y consultas al psicólogo. Cursa con sentimientos de culpa, costes de oportunidad y, en ocasiones, ideas suicidas. Aún así, el tecnodependiente vuelve, una y otra vez, a su fuente de placer. Vuelve a interactuar en las redes sociales. Y lo hace en busca de "likes". La búsqueda constante de reconocimiento pone, en evidencia, la falta de autoestima que mostramos como especie.

Trincheras éticas

El otro día, en clase de valores éticos, pedí a mis alumnos que dibujaran la "dignidad". Antes, introduje el tema y les expliqué que las personas tenemos valor por el simplemente hecho de ser "seres humanos". Ese valor nos lo otorga nuestra singularidad. Somos únicos e irrepetibles, dos características que nos convierte en animales dignos de respeto. Mientras las manzanas abundan en las baldas de las fruterías, los diamantes escasean en las vitrinas de las joyerías. Nosotros, somos diamantes. Pero no un diamante cualquiera sino diamantes originales sin ninguna copia en el mundo. De todos los dibujos, hubo uno que me llamó mucho la atención. Un alumno dibujó un corazón enladrillado que representaba la dignidad. La dignidad, me decía el autor del dibujo, se debe proteger. Somos responsables de la misma. Debemos proteger nuestro castillo, y defender sus aposentos, desde lo alto de sus torres. Para ello se necesita asertividad, coraje y determinación. Y si con ello, no tenemos suficiente artillería, debemos acudir a los tribunales.  No olvidemos que el fin último de los Derechos Humanos no es otro que la protección de la dignidad.

Hace unas semanas, los medios de comunicación se hicieron eco de los insultos que un grupo de chicos, de una residencia de estudiantes, les propinaron a las chicas que residían en la residencia de enfrente. Al parecer, según leí en algunas cabeceras, los "insultos" se debían enmarcar dentro de "los juegos benévolos del lenguaje". Dentro, como diría Wittgenstein, de un marco situacional de broma y consentimiento que no atentaría – en este caso – contra la dignidad. La crítica debe abrir el debate sobre las líneas rojas del insulto. ¿Se debe tolerar el insulto en ciertas ocasiones? Si David Hume levantara la cabeza, probablemente diría que sí. Las éticas empiristas defienden que el bien y el mal son cuestiones del corazón. Si los insultos no ofrecen resistencia. Si el otro no se siente mal por los mismos, entonces y solo entonces estaríamos obrando bien. Aplicando esta ética al caso que nos ocupa, los insultos de la residencia estarían dentro del bien porque, al parecer, estaban enmarcados dentro de la tradición y la praxis festeja estudiantil.

Si utilizáramos, para el análisis de la cuestión, una ética racional. Estaríamos, sin ninguna duda, ante una situación denunciable. No, no es bueno, para la paz social que alguien insulte a otro. Insultar, dirían los platónicos, es malo. Y lo es aquí, en Pekín; en el siglo XXI y en el siglo IV a.C. Estaríamos ante un código ético universal que atentaría contra el relativismo moral que defendían, entre otros, los sofistas. Robar, por ejemplo, sería bueno si nos lo pidiera nuestra intuición. Sería bueno si nuestro hijo estuviera pasando hambre y no tuviéramos dinero para comprar una barra de pan. Existe, por tanto, un conflicto de valores éticos que se libra en la sociedad. La postmodernidad ha traído consigo una diversidad de actitudes para afrontar la cuestión: ¿qué debo hacer? Esa amalgama de herramientas éticas, para dirigir nuestra conducta y vivir en sociedad, provoca conflictividad. Una conflictividad que enfrenta a las éticas racionales con las emocionales. Dos trincheras que dificultan, a su vez, la compatibilidad entre la libertad pública y la privada. Y dos trincheras que se deben gestionar dentro del Estado social, democrático y de derecho.

Sobre crítica y gregarismo

Durante más de diez años, he juntado letras en los pergaminos de este blog. Alejado de los tigres de papel, he querido construir un medio que pusiera en valor la crítica como herramienta democrática. Para ello, como saben, he librado una batalla en solitario. Una batalla donde he aprendido acerca de las reglas de juego. Más allá de mi condición de sociólogo y politólogo, siempre he sido un romántico empedernido. Un soñador de sociedades utópicas y de paces universales; tal y como defendía Kant. Esos sueños han caído, año tras año, en el saco roto de desilusiones y desengaños. Desilusiones porque estamos ante una democracia de trincheras digitales. Y desengaños porque los lectores, en su mayoría, prefieren leer textos previsibles y acordes con sus clichés ideológicos. Así las cosas, esta bitácora se ha convertido en un servicio de lectura al servicio de unos pocos. Unos pocos, como les digo, que siguen la actualidad desde lugares incómodos.

Esos lugares – incómodos, contradictorios, oscuros y abstractos – son incomprendidos. Y esa incomprensión es la que hace que este blog produzca sensaciones agridulces en sus seguidores. Es por ello que, en las últimas semanas, he estado a punto de tirar la toalla. Una toalla con gotas de sudor, lágrimas de cocodrilo y olor a chamusquina. Aún así, con el cuerpo herido de tanta crítica destructiva, he decidido que debo seguir. Seguir, y cuanta razón tenía mi abuelo, es sinónimo de esperanza. Y esa esperanza se convierte en el aliento necesario para naufragar contracorriente. Naufragar contra quienes piensan que escribo a sueldo de partidos nacionales. Naufragar contra quienes desean que sea una oveja más de las miles del rebaño. Y naufragar, y disculpen por la redundancia, contra un modelo periodístico que enmarca sus columna dentro de recintos ideológicos. Hoy, queridísimos lectores, vuelvo al campo de batalla. Vuelvo a combatir contra aquellos gigantes del Quijote. Y vuelvo a convertirme en ese loco que se asoma al prado desde su torre de marfil.

En esta nueva andadura, escribiré sobre aquellos asuntos que muevan mis cimientos interiores. Escribiré para poner en valor la crisis conceptual que atraviesa el conocimiento. Una crisis, como les digo, que afecta a los argumentos de autoridad e infecta la voz de los expertos. Estamos rodeados de todólogos. De gente que habla de cualquier tema como lo hacían los sofistas en la democracia de Pericles. Existe un exceso de verborrea vacía que se apoya en titulares efímeros y efectos especiales. Asistimos a la cultura de lo inmediato, de lo superficial y lo aparente. El ser de Parménides ha sido asesinado por el devenir de Heráclito. Los filósofos de la Jonia han ganado la batalla a los itálicos. Estamos ante un resurgimiento de la Doxa en contraposición con la Episteme. Esta situación – de conocimientos blandos, saberes "útiles" y mercantilización de la "praxis" – provoca una pérdida de sentido que nos arroja al vacío. Un vacío que se manifiesta en tecnodependencia, depresiones, ansiedades y libros de autoayuda. Unos factores que enferman el espíritu, debilitan a la especie y entorpecen el progreso.

Tributo a Marías

El otro día, como saben, falleció Javier Marías. En alguna que otra ocasión critiqué el contenido de sus columnas por su falta de rigor. Aún así se notaba, la verdad sea dicha, que era un gran literato. Era, como dije en una red social, un malabarista de las palabras o, dicho de otra manera, un sofista del mensaje. Desde hace muchísimos años, siempre fui un fiel lector de la columna que publicaba en el suplemento dominical de El País. Escribía de cualquier tema. De vez en cuando hablaba sobre política. Hacia una crítica más general que concreta sobre la actualidad del momento. Se notaba que no era un experto en política sino una persona con criterio que opinaba desde lo alto de su tribuna. Cuando leí, hace años, La desfachatez intelectual, un ensayo de Sánchez Cuenca, supe que Marías estaba dentro de ese catálogo de novelistas que, por su renombre en el mundillo de los libros, formaba parte del columnismo español.

Javier tenía un estilo claro y sencillo. Más cercano a Azorín que Galdós, no era – desde mi punto de vista – un gran constructor de metáforas y aforismos. Describía lo que veía y lo hacía en el lienzo blanco de su imaginación. Más retratista que paisajística, Marías era capaz de encarnar a cualquier personaje, ya fuera niño o mujer. Aún así, desde mi humilde opinión como lector, le faltaba pulir a sus criaturas. Faltaba la conexión con la autenticidad del personaje. Una autenticidad que sí la conseguía Unamuno en libros como San Manuel Bueno Mártir, por ejemplo. El valor de un escritor, me dijo una vez un señor que sabía mucho de libros, no se lo otorga los libros que vende sino la calidad de su prosa. La venta de libros – en su mayoría – viene determinada por el ruido mediático de las novelas. Un ruido causado por el poder económico de la editorial. Las editoriales son empresas. Y como cualquier empresa su finalidad no es otra que ganar dinero. Si un libro no se vende suscita malas caras y relaciones tensas entre el autor y su editor.

Hace años, cuando escribí El Pensamiento Atrapado, supe como funcionaba la industria de la cultura. Nunca pagué por la edición del mismo. Ni tampoco por la edición de mi segundo libro. Aún así, por mi baja implicación en la comercialización de los mismos, se vendieron muy pocos ejemplares. Desde aquel momento, me di cuenta que lo mío no era el mundillo de las casetas y ferias de libros sino juntar letras en los pergaminos de este blog. Cada día, tengo menos ganas de difundir los artículos. A veces siento que la finalidad del conocimiento no es su divulgación sino dejar constancia de un pensamiento por escrito, tal y como creía Marías. Por ello cada día, menos gente se asoma al blog. Aún así, y en eso coincido con Javier, el escritor debe seguir ahí. Debe seguir sin esperar el aplauso de la gente. Sin esperar el abucheo. Y sin anhelar la fama ni el reconocimiento efímero. El escritor debe disfrutar con lo que hace. Son los lectores, quienes corresponde divulgar y compartir, entre sus amigos y conocidos, la obra leída. Los lectores son quienes deben emitir el juicio sobre lo leído. Un juicio que no tiene por qué coincidir con la intención del autor.

De capitalismo y sufrimiento

Tras varias horas de insomnio, me puse las chanclas, cogí un par de galletas y bajé a dar una vuelta a la manzana. El Capri todavía estaba abierto. Eran las dos de la madrugada y desde lo lejos se veía gente apoyada en las penumbras de la barra. Pedí un cortado bien cargado de cafeína y dejé que los pensamientos infectaran mi mente. Eran pensamientos tóxicos y venenosos. Pensamientos que alimentaban mis miedos y temores. Miedo ante posibles enfermedades. Miedo ante quedarme solo el día de mañana y miedo, mucho miedo, al dolor y las expectativas de la muerte. Solo en el taburete, y sin ningún perro que me ladrara, se acercó una señora a mi vera. "Perdona – me dijo – llevas un cigarro". Le dije que no. El último que me fumé fue hace más de treinta años. Me preguntó qué hacía un lunes, a deshora, en la barra del garito. Le dije que mataba las horas entre sorbos de café y noticias del Marca. Viuda, desde hacía un par de años, inundaba sus penas con las burbujas del gintonic. Burbujas manchadas de carmín y de sueños obsoletos.

Me dijo que había estudiado hasta tercero de Derecho. Aunque quiso, no terminó la carrera. El cáncer de su marido vino seguido de penurias económicas. Para estudiar, me decía, se "necesita tener la barriga llena". Hablamos de política y terminamos debatiendo sobre capitalismo y sufrimiento. Le dije que el capitalismo causaba desigualdad social. Una desigualdad que servía para clasificar a la gente en estratos sociales. Esos estratos son los responsables de que unas personas estén arriba y otras abajo. Los "de abajo" sueñan, en la mayoría de ocasiones, con la vida de los "de arriba". Ese sueño deriva en frustración. Una frustración que genera ansiedad por el "querer y no poder". Muchos jóvenes quieren y no pueden trabajar. Quieren y no pueden independizarse. Quieren y no pueden vivir con dignidad. El sistema, me decía esta señora, inyecta sentimientos negativos. Sentimientos, como los celos y la envidia, causan dolor entre las clases sociales. Tanto que la gente sufre por el coche que se ha comprado el vecino o por el ascenso del amigo. Y ese sufrimiento no cesa, ni cesará, mientras queramos igualar por arriba.

Estos sentimientos negativos, auspiciados por el capitalismo, son acrecentados por la culpa. El pobre se siente culpable de serlo. Y se siente así porque en un sistema de clases, y alejado de la sociedad estamental, cualquiera se supone que puede aspirar al ascenso social. Un ascenso que se justifica mediante el mérito y el esfuerzo. Luego, los pobres son aquellos que supuestamente no se han esforzado lo suficiente. Se ningunea la suerte y los determinismos de cuna para que nadie se rebele contra la lógica del sistema. Hay, por decirlo de alguna manera, un consentimiento tácito de las reglas de juego. Reglas, por su parte, injustas que crean desequilibrios en las fichas del tablero. Los medios de comunicación inyectan anestesia al sufrimiento. Los programas de cotilleo hacen que "los de abajo" se sientan felices en su comparación con "los de arriba". El operario de fábrica observa como los ricos también lloran. Como los ricos también se separan. Y como los pudientes se tiran pedos y hacen sus necesidades en wáteres similares.