Militancia, vocación y puertas giratorias

Una cosa es la política y otra, bien distinta, son los aparatos. En España, como en casi todos los países, la militancia adolece de autocrítica. Los militantes, aquellos que votan sí o sí por las siglas de su partido, carecen – en la mayoría de las veces – de sinceridad política. Mucha gente, la verdad sea dicha, entra en política no por vocación de servicio público sino para la satisfacción de un interés particular. Y ese interés se materializa en la conquista del poder como un medio para conseguir un fin. Un fin que no es otro que la prosperidad del concejal de turno y los suyos. Prosperidad en forma de estatus social, contactos con el tejido empresarial y escalada en los tentáculos del partido. Existe un lubricante maquiavélico que infecta las cañerías de los aparatos y desprestigia lo político. Y las infecta porque activa el clientelismo. Un clientelismo que rinde tributo al cuñadismo y pone en marcha, de alguna manera, la mercantilización de los votos.

Quienes entran en política, sin vocación de servicio público, se covierten en diamantes en bruto para el sector privado. Las puertas giratorias, o dicho de otro modo, la consecución de puestos de trabajo – cargos de consejeros delegados en grandes filiales de renombre, por ejemplo – hacen que el paso por un ayuntamiento o diputación, para algunos, merezca la pena. Esta forma de entender la política, de ejercer un cargo público sin un interés cívico, contribuye a que la autocrítica no fluya en el seno de los aparatos. Y no fluye, claro que no, porque la adulación al líder se convierte en recompensas futuras. Promesas en forma de puestos agraciados en las listas electorales. Es por ello, queridísimos amigos, por lo que se debería, de una vez por todas, sustituir las listas cerradas por abiertas. Por listas, como les digo, donde el elector racional – aquel que no milita en ningún partido – vote al individuo y no a un pack cocinado por los aparatos. De esta manera, se pondría barreras al campo y se impediría la servidumbre que caracteriza a la partidocracia española.

La militancia no interesa al politólogo. Y no interesa porque, salvo en raras excepciones, no cambia su voto ni abandona el partido. Los militantes son, valga la palabra, "incondicionales" de la política, gente que vota a quien se presente, sea Manolo o Pepito el de los palotes. Que vota a líderes que, en la mayoría de las ocasiones, no son los mejores sino los adecuados. Líderes con padrinos ideológicos. Líderes que entran en política en busca del caramelo. Cuando, tales líderes, son cortejados por los barones de los aparatos se convierten en títeres de barrio. En títeres que son recompensados – tras el varapalo electoral o la pérdida del cetro – por las puertas giratorias. Puertas que se abren, a veces, hacia ideologías contrarias. Que producen giros de la socialdemocracia al liberalismo y viceversa. Tales títeres deberían dimitir y entregar su carné de militante. Y deberían, claro que sí, por coherencia, ética y dignidad democrática.

Populismo o libertad

Hace años, en los pergaminos de este blog, escribía "De Podemos a pudieron", un artículo muy critico con la formación morada. A una semana de que se cumplan diez años del movimiento 15-M, el último reducto de aquellas manifestaciones sociales – Podemos – agoniza tras la dimisión de su líder. Estamos, como diría S.M. ante un "tiempo nuevo". Un "tiempo nuevo" marcado por los efectos nefastos de la pandemia, el combate entre Comunidades Autónomas y el castigo social al transfuguismo. Un "tiempo nuevo" marcado por nuevas narrativas como el feminismo y el ecologismo. Narrativas que tienen su reflejo en los programas electorales de partidos emergentes como Más Madrid, por ejemplo. Estamos ante una España de llantos y gritos. Llantos de un país que llora la muerte del multipartidismo. Y gritos procedentes de miles de desengañados por las proclamas del 15-M.

El resultado electoral de Madrid muestra la punta del iceberg de los cambios sociopolíticos que se vislumbran en el horizonte. Unos cambios que recobran, en la actualidad, los viejos conceptos que han identificado a la izquierda y la derecha. Y entre esos viejos conceptos resalta la libertad. Una libertad que adquiere fuerza por los efectos nefastos del Estado de Alarma. La gente tiene ansias de libertad. Ansias de que se abran las fronteras autonómicas. Ansias de reunión con los familiares y allegados sin límite de miembros. Ansias de enseñar los dientes tras casi un año de mascarillas. Ansias de besar y abrazar sin miedo al contagio. Ansias de que desaparezca la distancia de seguridad. Y ansias, maldita sea, de volver a la vida que teníamos antes de la cuarentena. Ansias, queridísimos amigos, de libertad. Y esa libertad, impregnada en el ideario colectivo, ha sido clave para entender por qué Ayuso, recién llegada a la política y con pocas medallas en su vitrina, haya conseguido llenar las urnas con papeletas peperas.

Si en el 2008, tuvimos una crisis económica. Si el gobierno del PP, abanderado por Rajoy, hizo políticas thatcheristas y aumentó, como nunca, la desigualdad social. Hoy, en la Hispania de 2021, tenemos una crisis de libertad. Una crisis, enmarcada por el Estado de Alarma, que no ha sido uniforme sino variable en función de las políticas llevadas a cabo por las distintas Comunidades Autónomas. Mientras Ximo Puig apostó por la contención, por la restricción de la libertad. Isabel apostó por la libertad. Mientras unos cerraban bares y cortaban las alas a miles de hosteleros y comerciantes. Otros mantenían abiertas sus barras. Barras repletas de ensaladillas y calamares. Esta política, que podríamos llamar populista, siempre ha tenido su recompensa en las citas electorales. Y las ha tenido, queridísimos lectores, porque las restricciones de derechos – aunque sean por una causa justa – no son bien acogidas por la sociedad del ahora. Dentro de unos años, cuando las aguas vuelvan a su cauce, otro gallo cantará en los paraninfos de la izquierda. Será cuando aquellos que hoy votaron libertad pidan a gritos igualdad.

Carta a Sartre

Querido Sartre. Las cosas por aquí andan mal. Desde hace más de un año, nos azota una pandemia que recuerda a la mal llamada "gripe española". Una pandemia que ha dejado miles de muertos y que nos obliga a guardar distancias de seguridad, lavar las manos con geles hidroalcohólicos y usar mascarillas. El otro día, te mencioné en mis clases de Filosofía con motivo de Simone. En segundo de bachillerato, los alumnos estudian el "Segundo Sexo", un libro, como sabes, impregnado de existencialismo. En él habita la esencia de tu mensaje, "el hombre se hace a sí mismo". Y habita porque, como bien dijo quien fuera tu compañera de viaje, "no se nace mujer, se llega a serlo". Hace unos años, leí "Ensayo sobre los datos inmediatos de la consciencia" de Henri Bergson, el mismo que despertó tu pasión por la Filosofía. La última vez que hablamos, me preguntabas por los intelectuales. Intelectuales como tú no existen en el siglo XXI. No existen porque todo está supeditado a las estructuras económicas. Admiro, y me quito el sombrero, cuando rechazaste el Premio Nobel de Literatura en 1964. Lo rechazaste porque amabas la libertad y considerabas que cualquier distinción implicaría perder tu condición como filósofo.

La libertad y la filosofía van cogidas de la mano. Recuerdo que tu estancia en prisión, como prisionero de guerra, no cortó tus alas de escritor. Tanto que tus apuntes, en aquellas celdas de Tréveris, tienen un valor, igual o superior, al diario de Ana Frank. Desde que comenzó la pandemia, en España las plazas están inundadas de silencio. El 15-M se disolvió como lo hace una pastilla en el vaso del enfermo. Siempre, he elogiado tu espíritu solidario. Fuiste solidario con el Mayo Francés, la Revolución Cubana y la Revolución Cultural China. Me encantó la entrevista, que junto con Simone de Beauvoir, hiciste a Ernesto Che Guevara. No se me olvida tu oposición a la guerra de Vietnam. Tanto que, junto con Bertrand Rusell, organizaste un tribunal para exhibir los crímenes de guerra en los Estados Unidos, algo similar a los Juicios de Nuremberg. De ti aprendí que los intelectuales y los políticos no pueden viajar en el mismo vagón. Por eso, a pesar de ser un hombre de izquierdas, nunca te afiliaste al Partido Comunista Francés. Siempre fuiste un crítico con la colonización. Tanto que defendiste, con uñas y dientes, la liberación de Argelia. Antes de que se me olvide, recuerdos para Arlette Elkaïn, tu hija adoptiva.

Hace unas semanas, recibí un wasap de Heidegger, el que fuera tu maestro. Hablamos de la nada y la “nadea”. Reflexionamos sobre el Dasein, de ese "ser ahí" arrojado al mundo. De ese ser que tú, en El Ser y la nada (1943), defiendes como un "ser para sí", como un proyecto que debe hacerse. Según tú, "la existencia precede a la esencia". A través de la vida, de la experiencia vívida, construimos lo que somos, nuestro rasgo distintivo. Así, no existe la persona sino las personas concretas. Y hay tantas vidas como humanos en el mundo. Vidas con sentido en sí mismas, sin "más allá" ni ultramundos como diría Nietzsche en su crítica a los "filósofos momia", a los platonismos que inventaron mundos imaginarios para no afrontar – con valentía – el mundo que vivimos. Me encanta tu defensa de la libertad. Estamos "condenados a ser libres". Pero esa libertad, como bien defiendes, debe ser ejercida con responsabilidad. Somos el único animal que escribe su destino. El único mamífero que sabe que algún día morirá. Y esa sabiduría nos otorga el poder de la existencia. Somos escultores de nuestra vida. De una vida esculpida con martillos y cinceles, con voluntad. Somos el "no ya hecho", el que "se hace así mismo". Por ello es tan importante, querido Sartre, que en la vida tomemos conciencia de nuestras propias decisiones.

El efecto Monasterio

En el debate de la cadena Ser, dirigido por Àngels Barceló, Rocío Monasterio puso en duda las amenazas de muerte a Pablo Iglesias. Amenazas, mediante cartas y balas, que también recibieron Fernando Grande Marlaska y María Gómez, directora general de la Guardia Civil. En un debate donde no asistió la presidenta Ayuso, la líder de Vox disparó todo su arsenal contra el líder de Podemos. Tanto que le invitó a que se levantara y largara del debate, "si usted es tan valiente, ¡levántese y lárguese!", dijo. Acto seguido, tanto Pablo Iglesias, Ángel Gabilondo y Mónica García, de Más Madrid, abandonaron el debate. Un debate que puso en valor la profesionalidad de Barceló por su intento de democratizar lo indemocratizable. Después de lo sucedido, la cuenta oficial del PP de Madrid tuiteó: "Iglesias, cierra la puerta", un tuit en consonancia con Monasterio que, minutos después, fue borrado de la red social.

Estos hechos, narrados en el párrafo de arriba, suponen un antes y un después en las elecciones madrileñas. Y lo suponen, queridísimos lectores, porque los "astros" ya no están alineados en la estela de Ayuso. Estamos ante una líder – Rocío Monasterio –  que, más allá de las diferencias con sus adversarios, no condena las amenazas recibidas por ciudadanos de carne y hueso como ella. Hoy, con el titular "Frenar el odio", el editorialista de El País apela a la condena, los amenazados "merecen una condena firme, contundente y urgente de todas las fuerzas políticas del espectro parlamentario". Así las cosas, por ética democrática, es de obligada condena – por encima de cualquier ideología e interés partidista – cualquier acto de violencia que atente contra la dignidad ciudadana. Y se debería, faltaría más, porque el silencio, o la banalización de cualquier amenaza, nos sitúa en las antípodas de la España democrática. ¿Qué efectos tendrá la actitud de Monasterio de cara al 4 de mayo? La paralización de todos los debates preelectorales, la alteración de los resultados anunciados por las encuestas y la incertidumbre acerca de los pactos postelectorales.

El debate de la Ser ha supuesto la suspensión de los tres debates pendientes. El bloque de izquierda no debate con quienes banalizan las amenazas. Una actitud, comprensible y admisible, que atenta contra el derecho electoral. Sin debates, sin confrontación de ideas, pierde la soberanía popular. En un país sin mítines, sin lectores de programas electorales y sin debates; las elecciones pierden su sentido. Y lo pierden porque votar es algo más que arrojar una papeleta en una urna. Votar implica el depósito de una credencial en la confianza del otro. Y esa credencial se construye mediante argumentos y emociones que despierta cierto líder o partido en el ideario colectivo. Otro efecto, de la intervención de Monasterio, no es otro que los posibles cambios en el resultado electoral. La victimización de Iglesias, lograda por la líder de Vox, servirá para movilizar a la izquierda. Una izquierda que se mueve ante las percepciones injustas, las infravaloraciones y las supuestas mentiras. La misma izquierda que se movió, en el año 2004, por lo que todos sabemos. Y otro efecto, y no menos importante, será la incertidumbre que genera los posibles pactos postelectorales. Incertidumbres que se materializan, entre otras, en las siguientes cuestiones: ¿Pactará Ayuso con Monasterio? y ¿romperá, el PP, sus alianzas autonómicas con Vox? Atentos.

Évole, Bosé y el periodismo amarillo

Aunque respeto, faltaría más, las opiniones de todo el mundo, discrepo rotundamente con los negacionistas. Ayer, sin ir más lejos, Jordi Évole entrevistaba – en México – a Miguel Bosé. Y lo entrevistaba, entre otras cosas, por sus polémicas declaraciones en torno al Covid-19. Al parecer, el cantante niega la existencia del virus. Y lo hace desde su convicción y de conformidad con sus "fuentes de información". Fuentes, al parecer, afines a la "teoría de la conspiración". Más allá de sus declaraciones, que carecen de valor científico, existe un periodismo amarillo que hace leña del árbol caído. Y lo hace, queridísimos lectores, otorgando voz a ciertos personajes. Personajes – como Miguel y Victoria Abril, por ejemplo – que reman contra la marea. Y personajes, con toda mi admiración a sus carreras profesionales, que influyen, de alguna manera, en sus seguidores. Existe, por tanto, un supuesto interés periodístico en crear corrientes de opinión contrarias a la mayoría.

Este periodismo, que podríamos calificar como tóxico, se convierte en una bola de nieve que derriba los pilares de la ética informativa. Y los derriba porque su éxito – en forma de altos índices de audiencia – abre la senda para futuros programas similares. Programas basados en entrevistas a terraplanistas, médiums y videntes, entre otros. Programas, como les digo, que generan repercusiones negativas en la convivencia social. Sin ir más lejos, es posible que – tras la entrevista a Bosé – algunas personas decidan no inocularse la vacuna, no desinfectarse las manos con geles hidroalcohólicos y no respetar la distancia de seguridad, por ejemplo. Y todo ello porque, según ellas,  lo ha dicho su ídolo, lo ha dicho Bosé. Y su ídolo – por el efecto de la idealización – ostenta el poder de la verdad. Un poder emocional que algunos confunden con el poder del experto. Tanto es así que cientos de americanos bebieron lejía para combatir el coronavirus. Y lo hicieron de conformidad a la fe de verdad que otorgaron a las recomendaciones de Trump.

Estamos ante una falta, cada vez mayor, de ética informativa. Estamos ante un periodismo maquiavélico donde todo vale por un puñado de euros en los bolsillos. Estamos ante un ring de boxeo donde el gozo se basa en la sangre, el sufrimiento y lo frívolo. Un ring, y disculpen por la metáfora, donde el aplauso del espectador sirve de estímulo para seguir en la pelea. Es necesario que cambiemos el ring. Los españoles merecemos que se pase la página del "pan y circo". Y lo merecemos porque ya no somos la España de analfabetos que habitó en los barrios del franquismo. Ahora, los españoles sabemos leer y escribir. Tenemos formación y por ello no podemos consentir ningún tipo de manipulación. Ni debemos contribuir a alimentar una industria de la cultura que ningunea nuestra inteligencia y nos sitúa en la Hispania del ayer. Se necesita un periodismo que base su negocio en nuevas narrativas. Hacen falta entrevistas a quienes, desde la legitimidad que les proporciona sus credenciales académicas y laborales, hablen desde la humildad.

Hablemos de Madrid

El otro día, Cristina Pardo entrevistaba a Toni Canto. Lo entrevistaba con ocasión de su expulsión de la lista electoral. Al parecer, el actor no cumplía con los requisitos exigidos para figurar en el catálogo del Pepé. En su comparencia, Toni justificó, de alguna manera, su mudanza política. Se proclamó como fiel defensor de la señora Ayuso y lanzó un dardo contra Pedro.  Dijo que Sánchez había sido, y es, "el peor gestor del mundo", en referencia a la pandemia. Y lo dijo, queridísimos lectores, sin alusión a ninguna fuente que lo avalara. No habló de los intereses de los madrileños sino de la cruzada abierta entre Yolanda Díaz Ayuso y Pedro Sánchez. Una cruzada que enmascara los problemas de Madrid. Y una cruzada que nos recuerda a la popularidad exacerbada de la señora Aguirre frente a Rajoy. Existe, desde hace décadas, una inquietud ingenua por Madrid. Parece como si los resultados de la capital fueran la antesala de las próximas generales.

Una técnica de investigación política es la política comparada. Se toman dos acontecimientos históricos, dos líderes o dos espacios geográficos y se establecen similitudes y diferencias. Tales paralelismos sirven al politólogo para predecir escenarios futuros. Esta técnica, como todas las que se emplean en ciencias sociales, tiene sus riesgos. Y sus riesgos no son otros que la pericia del investigador y las circunstancias de fondo. Por mucho que comparemos la Revolución Rusa con la francesa hay líneas infranqueables. Entre ellas, la distancia temporal de los acontecimientos, los actores sociales del momento y los cambios culturales. Tras el informe que resulte de tal comparación, el investigador deberá anotar, en distintos pies de páginas, los sesgos de su estudio. Algo parecido pasa cuando comparamos las elecciones autonómicas con las generales. Los intereses de una comunidad no siempre coinciden con los nacionales. Dentro de cada región coexisten problemas locales con nacionales. Y esa interacción explica las oscilaciones electorales entre una cita electoral y otra.

Por ello, Madrid es Madrid. Y lo que se decide el 4 de mayo no es otra cosa que un gobierno que gestione los intereses de los madrileños. Por ello, que Sánchez sea, o no, "el peor gestor del mundo", en palabras de Cantó, no debería ser un condicionante para los intereses de una Comunidad Autónoma. Y no debería, queridísimos señores, porque Sánchez no gestiona – de forma directa – los recursos madrileños. Por ello, Ayuso, Gabilondo y los demás líderes autonómicos deberían hablar de Madrid. Hablar de cómo gestionarán, en los próximos cuatro años, las competencias transferidas. No tiene sentido que RTVE emita un debate electoral entre los candidatos madrileños. RTVE sirve al interés general. Es un ente supraautonómico cuya agenda setting no se debería salir del interés nacional. Y este no es otro que los temas transversales e interautonómicos. Hablar de Madrid en RTVE sitúa el debate autonómico en clave nacional. Una clave que maquilla los intereses regionales, suscita agravios comparativos con otras CCAA y sirve de medidor interno para la toma de decisiones dentro de los aparatos.

AstraZeneca y el mareo de la perdiz

Leo, en las páginas del vertedero, que en Madrid, por ejemplo, un 60% de los ciudadanos convocados para la inyección de AstraZeneca han decidido "quedarse en casa" y no correr los riesgos que, al parecer, entraña la vacuna. Una vacuna que desde sus inicios no ha tenido buena prensa. Y no la ha tenido, como saben, por "el mareo de la perdiz" que hay en torno a ella. Un mareo que alerta a la población, desacredita a la comunidad farmacéutica y pone patas arriba a la Unión Europea. El miedo ante los posibles efectos adversos, entre ellos la supuesta probabilidad de trombos, sitúa a los ciudadanos ante un dilema moral. Dilema entre si hacen bien, o mal, con la inyección – o no – de la vacuna. Y sentimientos de culpa por si, por azares de la vida, contraen el coronavirus por dejar pasar el tren de AstraZeneca. Estas dudas agravan la nosofobia social al Covid-19 y ralentizan, de alguna manera, la llegada a la inmunidad de rebaño.

El rifirrafe en torno a los criterios de vacunación ha sacado los colores a la Unión Europea. Una Unión que, desde la crisis del 2008, demostró que no era tan eficaz como parecía. Y no lo era porque en su interior conviven países de primera con países de segunda. Existe, como todos sabemos, una Europa rica – que se corresponde con la franja norte – y una Europa pobre – que se relaciona con los países del sur, entre ellos Portugal, Grecia y España -. Esta dicotomía deja en paños menores a esa idea de cohesión que todos teníamos en torno a la UE. Hoy, la UE ha demostrado que lo que impera en su interior es el "sálvese quien pueda" o el "cada uno a la suya". En tiempos de pandemia, se echa en falta una Directiva europea que unifique los criterios en torno a la aplicación de AstraZeneca. No es ético, porque atenta contra el sentir de Europa, que la vacuna sea vetada por unos países y aplicada por otros. Y no lo es porque las contradicciones intracomunitarias derivan en descontento político y social. Un descontento que suscita corrientes euroescépticas y oportunidades populistas.

Otra grieta abierta, en torno a esta vacuna, es qué pasará con los colectivos pendientes de la segunda dosis. Colectivos como docentes que dentro de un par de meses no saben, a ciencia cierta, si le inyectarán AstraZeneca, Jansen, Sputnik, por ejemplo. Así las cosas, existe una percepción social de que desde las élites políticas y sanitarias se está dando palos de ciego. Y estos "palos de ciego", y disculpen por mi enfado, supone jugar con riesgos graves e inminentes que afectan a la salud de las personas. Por ello, aunque no lo comparto, resulta comprensible que existan altos porcentajes de personas que prefieran correr el riesgo a contraer el coronavirus y no el  riesgo de padecer trombos tras el pinchazo de la vacuna. Esta preferencia en la medición de los peligros, nos sitúa ante un terreno pantanoso. Y ese terreno no es otro que la ventaja de la inmovilidad. Dicho de otra manera, dejar que unos edifiquen la muralla mientras otros aguardan encerrados en los intramuros del castillo. Esta actitud pasiva sería muy perjudicial para el avance en la batalla. Y lo sería porque si todos hiciéramos lo mismo – si todos decidiéramos no correr los riesgos de la vacuna – es muy probable que el enemigo nos haga "jaque mate".

Repensar la televisión

Recuerdo cuando era niño que todas las tardes veía Barrio Sésamo. Y lo veía, acompañado del bocata de queso con chorizo que me preparaba mi abuela. Me encantaba, la verdad sea dicha, la rana Gustavo, Espinete y don Pimpón, entre otros. Con ellos aprendí que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, que existen tres tipos de triángulos y que el área del rectángulo es base por altura. Aprendí el valor de la amistad, la fraternidad y la tolerancia. Corrían los años ochenta, años donde la tecnología era sinónimo de máquina de escribir. Años analógicos; sin móviles, sin tablets y sin ordenadores personales. Años donde los niños montaban en bicicleta, jugaban al ahorcado y comían lentejas. Casi toda mi infancia transcurrió en casa de mis abuelos maternos. Allí hacía los deberes, jugaba con mis primos y soñaba con ser policía el día de mañana. En aquellos tiempos no existía Sálvame, ni Supervivientes, ni siquiera la Isla de las Tentaciones  y, muchísimo menos, Gran Hermano.

El viernes era mi día preferido. Y lo era porque, en la primera cadena, ponían el "Un, dos, tres". Recuerdo que mis padres, y yo, nos convertíamos en concursantes. A ver, palabras que empiecen por "pan", por ejemplo: "pantera". Un, dos, tres, responda otra vez: "pantalón", "panceta", "pancarta"…. "¡Tiempoooo!". Después venía la eliminatoria. Y tras ella, la subasta. A mi padre le encantaba el Dúo Sacapuntas, Antonio Ozores y todos los personajes que deambulaban por la mesa de Mayra Gómez Kemp. Normalmente, mis párpados caían rendidos en el sofá. Al otro día, mi madre me contaba como había sido el final del programa. A veces el premio era un apartamento en Torrevieja, otras un Seat Málaga y otras cien latas de anchoas y un abrelatas. Años más tarde, a principios de los noventa, me enganché a la doctora Ochoa. "Hablemos de sexo" y "Luz roja" se convirtieron en mis programas preferidos. A través de ellos, conocí grandes temas que, por vergüenza o tabú, no se hablaban en casa. Aprendí sobre orgasmos, coitos y preservativos.

En aquellos años, la televisión cumplía, entre otras, una clara función formativa. Tanto que mis padres sabían muchísimo de leopardos, tigres y leones. Con la serie "Érase una vez el cuerpo humano" aprendí que las defensas del cuerpo son como un ejército con sus soldados, escudos y escopetas. A mi abuelo le encantaba "La Clave", un programa de debate. Recuerdo que los señores hablaban culto, citaban a filósofos e incluso leían fragmentos de libros de bolsillo. Hoy, cuando veo a Rocío, echo de menos aquellos años pasados.  La televisión se convertía, junto a la familia, los amigos y la escuela en un agente más de inculturación. No existían, de la manera que hoy se conocen, los programas de cotilleo. Ni existía la prostitución de la privacidad. La gente no iba, de plató en plató, exhibiendo sus vergüenzas. En aquellos años, la televisión velaba por la dignidad de los platós. Salir en televisión estaba al alcance de unos pocos. Y esos pocos eran, o al menos eso parecía, referentes sociales. Referentes por su templanza, cultura y saber estar. Hoy, los referentes han cambiado. La televisión ya no paga modales, ni siquiera voces cultas que hablen de Cervantes.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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