La Europa insolidaria

El otro día, recibí un correo de Lorenzo, un periodista de las tripas italianas. Me comentaba que estaba inmerso en un reportaje sobre economía y coronavirus. Me envío el borrador para que lo leyera e hiciese algún, que otro, comentario. Le pregunté por los suyos. Me dijo que Piero, un compañero de la redacción, estaba ingresado por el bicho. Y que su primo Luciano se hallaba muy enfermo en un hospital de Lombardía. "Son malos tiempos para la especie", me dijo. Imprimí su texto, cogí un subrayador y leí atentamente sus ideas. A través de él, Lorenzo hacía un paralelismo entre la crisis del 2008 y lo que supondrá la catástrofe económica postcoronavirus. En el artículo, abría el debate sobre la ruptura, o no, de la Unión Europea. Una Europa – decía en su texto – insolidaria y desequilibrada. Me comentaba que no interesaba navegar en un barco dividido entre calderas y violines.

Si no hubiese sido por la Troika, los hombres de negro y todo ese establishment de burócratas económicos, hoy otro gallo cantaría en los corrales de Europa. El viraje de Zapatero, por los dictámenes de Merkel, supuso el kilómetro cero del desmantelamiento del Estado del Bienestar. Un desmantelamiento, sin escrúpulos, que alcanzó, como saben, la cúspide con las políticas de Rajoy. Durante cuatro años, el neoliberalismo europeo ninguneó a los estados en favor de los mercados. Recortes que sufrimos los de abajo y que enfermaron, al borde la muerte, a la clase media española. Y todo para que la Europa, a dos velocidades, siguiera en pie de cara a la galería. Fueron tiempos de castigos, y amenazas, a quienes se encontraban moribundos en medio de la cuneta. Así de duro, sin remordimientos – y todo por alimentar el ego de los gigantes – España, Italia, Grecia y Portugal fueron, como saben, los patitos feos de un contrato entre partes desiguales, llamado Unión Europea.

Hoy, con una nueva crisis económica encima de la mesa, afloran las debilidades y vergüenzas del ayer. Una vez más, Alemania y Holanda – los fuertes del chiringuito – no están por la labor de allanar el camino a los más necesitados. Y, una vez más, el estribillo de los recortes y sanciones vuelve a sonar con fuerza en los aposentos de Bruselas. Llegados a este punto: ¿merece la pena que sigamos la partida? Merece la pena que continuemos en Europa. En una Europa – sin Gran Bretaña – donde China más que un enemigo se convierte en aliado. La crisis del coronavirus ha puesto en valor el tablero global. Un tablero donde China se proclama como un socio preferente para España. Un socio que vela porque nuestra economía salga a flote a diferencia de Alemania y Holanda, por ejemplo. Cada día que pasa, la Unión Europea carece de sentido. Y carece porque de nada sirve hacer sacrificios en beneficio de unos pocos. En un tablero internacional donde China y Estados Unidos necesita fortalecer alianzas económicas con ciertos países de Europa, no tiene sentido perder autonomía ante una unión insolidaria.

De helenismo y coronavirus

El helenismo supuso el fin del politikon, del animal político que diría Aristóteles. La desintegración de las polis griegas trajo consigo nuevas narrativas. La preocupación por la vida pública pasó a un segundo plano. El hombre de aquellos tiempos se volvió más solitario y la búsqueda de la felicidad individual prevaleció sobre la colectiva. Esa ruptura con la sofística hizo que la filosofía mirase hacia la ética. Y esa mirada no fue otra que el nacimiento del epicureismo, estoicismo y escepticismo. Hoy, el politikon del veintiuno ha vuelto a sus cadenas. El coronavirus ha vaciado las polis de millones de corbatas y tacones. Sin apenas griterío, el silencio del asfalto ha revestido de rareza el ruido de nuestros días. Tanto es así que el hombre se ha convertido en un lobo para el hombre. Un lobo que no sabe, a ciencia cierta, si enfermará o morirá por el aliento de los otros.

Ante este aislamiento, debemos mirar a las enseñanzas de los clásicos. Tres enseñanzas para vivir con acierto el periplo del encierro. Según Epicuro, la felicidad consistía en la búsqueda de los placeres y la huída de los sufrimientos. La búsqueda, como les digo, de placeres espirituales despojados de problemas posteriores. Así, en estos momentos, de soledad y abandono, es muy importante que los pensamientos tóxicos no invadan nuestro ahora. Pensamientos en forma de "esto nunca acabará", "cuándo podré salir a correr", entre otros, nos debilitan el espíritu. Ante esta invasión, Epicuro nos dice que busquemos placeres inocentes. Placeres, que no vicios carnales, como tocar la guitarra, hacer yoga o ver una película de Alfredo Landa, por ejemplo. Tales placeres se convierten, claro que sí, en una buena praxis para llevar la cuarentena.

Más allá de Epicuro, no podemos dejar de lado las enseñanzas de Zenón de Citio. Según este representante de los estoicos, todo esta escrito en los lienzos del pergamino. Todos nacemos con una hoja de ruta. Y esta hoja de ruta no es otra que los caprichos del destino. Así, la Dana de septiembre y el coronovirus de marzo son maldades de nuestro sino. Son acontecimientos que forman parte de la madre naturaleza. Acontecimientos que no podemos cambiar pero sí amortiguar. Y los podemos amorgiguar, según Zenón con la actitud del espíritu. Es conveniente cambiar el ángulo de la mirada. Mirar las cosas desde el lado positivo. Solo así, buscando la mejor perspectiva podremos ser felices ante los golpes naturales. El estoicismo, llevado a nuestros días, sería algo así como mirar lo positivo del aislamiento. Algo así como recuperar el valor de la familia, la amistad, el diálogo y el calor que conlleva la presencia de los nuestros.

Pirrón de Elis, por su parte, fue el fundador del escepticismo, una escuela helena cuya receta para alcanzar la felicidad, no era otra que la "epoché". La "epoché" signfica la suspensión del juicio, es decir, la más absoluta indiferencia ante los acontecimientos. Esa forma de "pasar de todo", de dejar el cuerpo muerto, es la receta que Pirrón proponía para ser felices. El dejar aun lado las preocupaciones ante la ausencia absoluta de soluciones. Esta actitud, de no creencia en la razón y las verdades, es la que – de alguna manera – nos otorga la felicidad. Estas enseñanzas, llevadas al presente, serían algo así como dejar de ver telediarios, tumbarnos en el sofá y esperar a que el temporal amaine. Sería algo así como "ojos que no ven, corazón que no siente". Otra actitud, y ya van tres – epicureísmo, estoicismo y escepticismo – para ser felices durante el tiempo de cuarentena.

Sobre bulos y contagios

Desde que comenzó la cuarentena, suelo estar más activo en las redes sociales. Ayer, sin ir más lejos, me perdí por las callejuelas de Twitter. Allí, encontré un tuit que preguntaba por qué a mayor número de contagios, por coronavirus, más presencia de bulos, Fake News y malos olores provenientes del vertedero. La explicación, le contesté a su autora, no es otra que la falta de espíritu crítico. Las pandemias, aparte de sacar las vergüenzas al Estado Social, ponen en evidencia los sesgos del sistema educativo. Como saben, desde las aulas de Wert, el espíritu crítico de los alumnos, en este país, está bajo mínimos. Y lo está, queridísimos lectores, porque la filosofía fue, entre otras, la asignatura más castigada. Así las cosas, la mayoría de los ciudadanos da palos de ciego en los mentideros de la calle. Y los da, claro que sí, porque ante tanta información, no saben separar el grano de la paja. Una carencia que se manifiesta en forma de creencias, impresiones y alusiones a fuentes equivocadas.

Desde que el coronavirus entró en nuestras vidas, muchas noticias falsas han sido aprobadas por grandes mayorías. Noticias como enjuagues con agua caliente, aguantar la respiración diez segundos y otras sinrazones han circulado de boca en boca. Y han circulado porque el periodismo – los profesionales de la información – también han caído como moscas en la trampa del ratón. Una trampa que pone en evidencia las debilidades de nuestra sociedad del conocimiento. Desde la crítica debemos reivindicar más divulgación científica. Hacen falta más programas como el mítico "Redes" de Eduard Punset. Programas de radio y televisión, medios digitales y otros soportes informativos que cuenten, desde un lenguaje asequible, los descubrimientos de la ciencia. Hoy, el periodismo se ha convertido en una carrera escasa para la exigencia que supone informar con rigor y precisión en pleno siglo XXI. Es necesario, y lo he manifestado en los pergaminos de este blog, un periodismo adjetivo. Un periodismo de algo. Hace falta que el grado de periodismo se convierta en un postgrado. Un postgrado que complemente al conjunto de saberes con las artes de la prensa.

Esta mañana, sin ir más lejos, un periodista ha hecho mofa de las palabras de Sánchez. Como saben, el presidente del Gobierno ayer, en su comparecencia de prensa, habló de "impresoras 4D". Y habló de ellas como un instrumento para crear material sanitario y respiradores. Más allá de que existan tales impresoras, el presidente se refería a impresoras 3D. Ese lapsus, un error sin gran calado, ha servido para que cientos de tuiteros sacaran sus cuchillos contra algo irrelevante. Ante este panorama. Ante una sociedad – en su mayoría – con poco espíritu crítico y un periodismo carroñero y sin escrúpulos, qué queremos. Es hora de que la gente diversifique sus lecturas. Es hora de que se fomenten, desde la escuela, el consumo de revistas especializadas. Y es hora de que, de una vez por todas, frenemos la demagogia. Si no lo hacemos, llegará un momento que el derecho a la información se convierta en el hazmerreír del Estado de Derecho. Es muy probable que los bulos, Fake News y el periodismo carroñero se conviertan en un virus social que infecte, y destruya, el intelecto. No olvidemos su vacuna.

Crítica a Schopenhauer

Tras varios días, encerrado en la soledad de mis temores, ayer envié un wasap a Schopenhauer. Necesitaba desahogarme con alguien sobre los fracasos de la razón en pleno siglo veintiuno. Le dije que estaba aturdido. Que no soportaba, ni un minuto más, este mundo de timbales y platillos. Un mundo de ordenadores, móviles y tabletas al unísono. Una jungla, maldita sea, de gente cabizbaja y aburrida de la vida. Gente envuelta en un rebaño de ovejas blancas y amarrillas. Ovejas polvorientas y hambrientas de mediocridad en los prados de la postverdad. Después de varios minutos, de saludos y cortesías, Arthur me preguntó por el legado de Hegel. Le dije que Foucault tenía razón. Tenía razón porque la filosofía y el péndulo son objetos parecidos. Ambos son un vaivén de idas y venidas; de versiones y reversiones de Platones y Aristóteles. Hegel, su enemigo, fue muerto y resucitado. Muerto por el vitalismo del siglo diecinueve. Resucitado por los nostálgicos de la razón.

Me preguntó por mi blog. Le dije que El Rincón de la Crítica se había convertido en un barco a la deriva. Le dije que me sentía  un ser incomprendido ante la lógica del sistema. Tanto que ningún periódico publicaba mis columnas. Y tanto que cada día tenía más ganas de tirar la toalla. Me dijo que comprendía mi situación. Él también había sido otro apestado de su tiempo. Enemistado con su editor, ya no había perro que le ladrara en los paraninfos alemanes. Tras un paréntesis en el diálogo, y en modo videoconferencia, Arthur sacó la flauta y tocó una de Rossini. Acto seguido, hablamos de igualdad y sobre todo de mujeres. Le dije que si viviera en este siglo se sorprendería. Y se sorprendería, claro que sí, porque aquí mucha gente, la mayoría, creíamos en la revolución de la igualdad. Él que era misógino radical – que ninguneaba el talento femenino y no daba un duro por él – no entendía por qué las mujeres salían a la calle a defender su valía. Le dije que estaba equivocado, que las mujeres no eran seres de segunda, como él defendía. Las mujeres, por si no lo sabía, tenían dignidad. Una dignidad por ser humanas; únicas e irrepetibles. Y una dignidad que la historia casi nunca supo respetar.

Tras un rato de diálogo acalorado, Arthur me preguntó por Kant. Le dije que su síntesis entre racionalismo y empirismo había sido una gran aportación a la psicología. Una gran aportación para los cimientos de la percepción. Hoy, tal y como diría el vecino de Königsberg, hay un sistema fisiológico que determina la mirada. Un sistema, de conexiones sensoriales, experiencias y actitudes, que hace que ante una silueta claroscura; unos veamos a la joven y otros a la vieja.  Me preguntó por la Iglesia, por la santidad y los conventos de clausura. Le dije que sus recetas no habían calado en las mentes del ahora. Le dije que la voluntad de poder de Nietzsche había ganado la batalla a su voluntad de vivir. Los valores del superhombre son los que abundan en las sociedades avanzadas. Cada día, el gusto por el credo americano se impone a la austeridad y los refugios espiritutales. La relajación y la meditación no han cuajado, lo suficiente, en la cultura de lo urbano. Hay tanto ruido en nuestras vidas, tanto griterío, que cuando bajamos el volumen de lo cotidiano, ni siquiera nos oímos.

De trincheras y venenos

Desde que comenzó la cuarentena, he leído todo tipo de lecturas acerca de la correlación entre enfermedad y globalización. Tanto que algunos, románticos del comunismo, han visto – en el coronavirus – luz al final del túnel. También, en las páginas del vertedero, he leído sobre las miserias del liberalismo y los efectos comunitarios del Covid-19. Y también, y disculpen por la redundancia, he leído todo tipo de críticas al gobierno y al monarca. Críticas al Ejecutivo por sus supuestos errores – consentimiento de la manifestación del 8-M, el mitin de Vox, la asistencia de Pablo Iglesias al Consejo de Ministros y el confinamiento tardío -. Y críticas a Felipe VI por pasar de puntillas, en su discurso televisivo, por las vergüenzas de la Zarzuela. Aparte de todo esto se suma, más allá de los datos oficiales, miles de noticias y desmentidos que confunden a la gente.

Desde la ciencia política, los efectos nefastos del coronavirus son susceptibles de un análisis comparado. Si observamos, el bicho que azota nuestras vidas se combate desde diversas trincheras y venenos. Entre las trincheras: la autocracia China, la socialdemocracia europea y el liberalismo estadounidense. Y entre los venenos: la confinación de la población, los test detectores y la investigación. Estas trincheras y venenos tienen como objetivo común derrotar al enemigo; el único que ha sido capaz de desintegrar la conexión global y apagar, por un instante, la contienda internacional. Si analizamos los datos, China tiene controlada la curva de propagación, Italia ha superado, en número de muertes a China y Corea del Sur ha reducido bajo mínimos el número de infectados. En Estados Unidos, por su parte, se prevé que la pandemia durará, al menos, de doce a dieciocho meses. De los tres venenos – detección precoz, confinamiento e investigación – parece que el primero es el más efectivo.

Las medias de confinamiento calman pero no curan la herida. Y no la curan porque la ausencia de síntomas, en muchos, casos hace que el bicho se propague como la pólvora. Y esa propagación genera repuntes en la curva de afectados que entorpece su descenso. Por ello, aparte de esta medida y mientras dure el Estado de Alarma, es necesario que los ayuntamientos se conviertan en agentes detectores. Es preciso que en todas las ciudades, grandes y pequeñas, se coloquen – por barrios o por zonas – carpas con profesionales sanitarios para la detección precoz del Covid19. Se debería hacer un triage local que calificara a los detectados en leves, graves y muy graves. Solo así, con los números reales sobre la mesa, sería cuando se podría armar una estrategia eficaz para combatir al enemigo. El confinamiento, sin detección precoz, se convierte, en muchas ocasiones, en palos de ciego. Así las cosas Corea del Sur ha apostado por este camino – el descubrimiento incipiente – y sus resultados saltan a la vista. El encierro en los hogares se convierte en una condición necesaria pero no suficiente para atajar el problema.

La investigación y consecución de una vacuna, con la cantidad de contagiados en el mundo, se convierte en una utopía por la urgencia del momento. Por ello, aunque los chinos hayan dado con la tecla se necesita, queridísimos lectores, tiempo para que el experimento en los ratones corrobore las hipótesis. Por ello, esta medida – necesaria para evitar nuevos brotes en los años venideros – no sirve para atajar la sangría. Por mucho dinero que se invierta, en estos momentos, en I+D+I es tarde para recoger los frutos de las semillas. Eso sí, cuando pase la epidemia, la investigación será algo más que un jarrón bonito de cara a la galería. Paralelo a las medidas sanitarias, la socialdemocracia tiene un papel decisivo. Gracias al coronavirus, la necesidad de un Estado de Bienestar se convierte en un ejército fuerte ante posibles invasiones. Y se hace fuerte y necesario porque sin las medidas aprobadas por el Ejecutivo – salvando los matices y las discrepancias partidistas – hoy, millones de familias estarían al borde del precipicio.

Tiempos de guerra

El sábado por la tarde, horas antes de que Sánchez declarara el Estado de Alarma, fui al Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, saludar a Peter. Allí, a un taburete del mío, estaba Gregorio. Gregorio es un octogenario, de las tripas de mi pueblo, que luchó como ninguno contra las tropas de Paco. Tras hablar del coronavirus, del bicho que azota al mundo y pone en jaque nuestras vidas, me comentaba que la cuarentena abriría las heridas de la guerra. Y las abriría, me decía, porque – aunque sea por causas diferentes – se reproducen emociones y escenarios similares. Se reproduce el miedo a salir a la calle y la falta de libertad. Se reviven las angustias de vivir entre los barrotes de las celdas. Y se recrean, claro que sí, paisajes paralelos a los sistemas militarizados. La represión de las libertades y la presencia del ejército ponen en cuarentena los estribillos democráticos.

En tiempos de guerra, me decía Gregorio mientras fumaba su Ducados, los ciudadanos temían al enemigo. Temían a que, el día menos pensado, amanecieran maniatados en las cunetas de sus pueblos. Ese temor al otro es el mismo que hoy, millones de españoles, tememos ante el coronavirus. Un enemigo que amenaza nuestras vidas, limita nuestras libertades y atenta contra nuestra integridad física y psíquica. En la contienda civil se produjo una especie de desconfianza y guerra fría entre civiles. Se produjo, me decía este señor, un lubricante de sospecha que infectaba de tensión las relaciones callejeras. Una sospecha parecida a la que hoy transmitimos cuando alguien tose cerca de nosotros. Sospechas basadas en la alianza del vecino con el credo del enemigo. Una alianza que convertía a las personas en transportadoras de maleza. Una maleza, como les digo, que destruía las relaciones e infectaba los hogares de asco, dolor y miedo. Eran tiempos de guerra. Tiempos de bandos y repulsa al enemigo.

"En aquellos tiempos – en palabras de Gregorio – los Estados de Alarma destruyeron la democracia y la transformaron en dictadura. Fue tanto lo que duró la cuarentena que hoy, casi medio siglo después, revivo con dolor aquellos meses encerrado en el patio de mi casa. Encierros sin Internet, sin móviles ni wasap. Encierros sin comida. Encierros de millones de analfabetos sin un mendrugo de pan que llevarnos a la boca. El llanto desesperado de los niños inundaba de tensión el paseo silencioso de los uniformados. Fueron meses duros. Durísimos para los míos. Meses donde las cuarentenas se interrumpían por la irrupción del paseíllo". Hoy, España está en cuarentena. Una cuarentena por causas bien distintas a los tiempos de guerra. Pero una cuarentena que revive las angustias del pasado. Angustias en forma de incertidumbre, de problemas económicos y temeridad ante el enemigo. En tiempos de guerra, la gente contaba los minutos al calor de sus hogueras. Minutos de diálogo, de riñas familiares y gemidos clandestinos.

Nosofobia

Aparte de profesor de filosofía, en el instituto también imparto psicología, una asignatura optativa de segundo de bachillerato. Durante las dos últimas semanas, hemos abordado los trastornos emocionales y de la conducta. Entre ellos, la depresión, ansiedad, esquizofrenia, anorexia y bulimia. Por defecto profesional, suelo relacionar los problemas psicológicos con los filosóficos. Pienso que el ser humano es una realidad muy compleja. Tan compleja que su conocimiento requiere la integración de todos sus determinantes. Determinantes fisiológicos, culturales, espaciales y temporales convierten al Homo en un animal cautivo. Cautivo porque a pesar de nacer libre, necesita aprenderlo todo para sobrevivir. Y ese aprendizaje lo convierte en un híbrido formado por temperamento y carácter. Un híbrido, a su vez, único e irrepetible. Único porque no hay dos personas idénticas en el mundo. Irrepetible porque la deriva genética, como diría Motoo Kimura, es muy poco probable que se repita.

Más allá de esa diversidad, que nos hace dignos en la jungla de los humanos, compartimos una universalidad. Dicha universalidad no es otra que las emociones. Y entre ellas, está el miedo. El ser humano, como dirían los existencialistas, es arrojado al mundo. No somos, por tanto, responsables de vivir sino el producto de una decisión ajena a nuestra voluntad. Pero una vez arrojados a la vida no nos queda otra que vivirla. Vivir un cúmulo de momentos. Unos buenos y otros malos. Unos, agradables como una comida entre amigos, la obtención de un título universitario o un ascenso en el trabajo. Otros, amargos como la pérdida de nuestros padres y abuelos. Es, precisamente, ese juego entre palos y zanahorias; el que inunda a la vida de magia y misterio. Por un lado queremos vivir el placer de los estímulos. Por otro, tenemos miedo a las hostias de la vida. Y ese miedo, no es otro, que el miedo a perderla. El miedo a enfermar, morir o a volverse loco hace que el Homo sufra de ansiedad. Una ansiedad que, en dosis permisibles, no es perjudicial sino sinónimo de prudencia y solemnidad.

Tales miedos no entienden ni de libertades ni jerarquías. La muerte y la enfermedad no distinguen entre ricos y pobres. Ante una amenaza vital, las lágrimas de los de arriba valen lo mismo que las lágrimas de los de abajo. Las amenazas desnudan a la fiera o al cordero que todos llevamos dentro. Una fiera o un cordero que desde la humildad o el orgullo teme a la incertidumbre que supone las posibilidades de enfermar y morir. El coronavirus – un virus inusual, resistente y mortal – ha puesto al descubierto la fragilidad del ser humano. Una fragilidad que hasta ahora había estado acorazada con los muros del dinero y la razón. Hoy, el Primer Mundo mira con respeto a la deriva del Tercer Mundo. Un Tercer Mundo que resiste ante el depredador occidental. Un depredador, invisible y poderoso, que ha despertado la misma fobia que sienten los ratones ante la sombra del león. Un depredador, sin juicio ni razón, que ha puesto al descubierto el estado natural que tanto denunció Hobbes. Un estado de nosofobia social que destruye las relaciones de producción y nos condena a la igualdad. Una igualdad de seres despojados de su posición social, y unidos por la temeridad.

Sociedad y coronavirus

Tras un mes refugiado en los intramuros de mi mente, ayer fui al Capri. Necesitaba, la verdad sea dicha, una inyección de diálogo callejero. Una inyección de energía que encendiera, de una vez por todas, el apagón de mis bombillas. A dos taburetes del mío, estaba Martina, la mujer de Jacinto. En nuestros tiempos adolescentes, nos tiramos los tejos. Tejos que cayeron en el saco roto de los amores frustrados. Mientras hablaba con ella, miré más allá de su fachada. Y tras mirar, descubrí que en su interior colgaban piedras. Piedras en forma de sueños rotos, deseos reprimidos y secretos oscuros. Hablamos de la vida, de los hijos y del coronavirus. Me preguntó si tenía miedo. Le dije que más que miedo sentía indignación. Indignación por la incertidumbre que suscita cualquier problema hasta que se soluciona.

Más allá de los datos oficiales, me comentaba Martina, hay miles de enfermos clandestinos. Enfermos, sobre todo americanos, que por falta de dinero no son conscientes, a ciencia cierta, si padecen, o no, el coronavirus. Esta situación suscita brotes de agorafobia, nosofobia y xenofobia colectiva. Brotes que se manifiestan mediante conductas de evitación y rechazo social. El maldito bicho provoca cierta repulsa a lo chino y lo italiano. Tanto es así que cualquier tos, por insignificante que sea, suscita miradas de recelo entre los salvados del momento. Estas miradas de rechazo alimentan el miedo ciudadano a ser estigmatizados por parte de sus círculos. El Covid-19 ha puesto en jaque la utopía de la globalización. La idea de una sociedad conectada no es el mejor escenario para erradicar, de una vez por todas, el dichoso virus. Así las cosas, el cierre de fronteras – y la vuelta temporal al mercantilismo – se convierte en una de las posibles soluciones.

Aparte del aislamiento, y de recetas antiglobalización, la lucha contra el virus necesita otros armamentos. Necesita que los ciudadanos lleven cuidado con lo que tocan. Y ese cuidado con "lo que tocan" es tan complicado de llevar a la práctica que se convierte en fantasía. El contacto con el dinero, el manejo de monedas y billetes se convierte en un factor importante de contagio. Tanto es así que sería recomendable que la mayoría de las compras se hicieran con tarjeta. Es importante, como les digo, que los ayuntamientos apliquen desinfectantes en el mobiliario urbano. Y es necesario que los centros comerciales desinfecten – a diario – mostradores, probadores y barandillas. Aparte de todo ello, se deben restringir y, si es posible, cancelar la asistencia a eventos multitudinarios. Mientras tanto, el Gobierno debería poner todos los recursos necesarios para que la investigación fluya sin obstáculos añadidos. Es importante que, a pesar de las medidas locales, no se rompan los lazos internacionales. Y es urgente que los medios, más allá del relato amarillo, pongan el foco en los vencedores del momento.