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De elecciones y relatos

Hace dos semanas que no escribo en el blog. Necesitaba, a decir verdad, un ayuno de letras ante la toxicidad del ahora. Hablar de política se ha convertido en un problema. Tanto, queridísimos amigos, que ejercer la libre opinión se ha transformado en una ardua tarea. El odio se ha instaurado entre nosotros y lo ha hecho, entre otros motivos, espoleado por ciertos algoritmos que viralizan la carroña. A veces escribo artículos y los dejo en el banquillo. Escribir, decía un periodista famoso, es meterse en problemas. Aun así, vuelvo al pergamino, a sabiendas de que nunca llueve a gusto de todos y de que hay palabras que hieren más que una patada en el trasero. El otro día, sin ir más lejos, me comentaba Jacinto que tuvo una trifulca en El Capri. Decía que, tras ver Torrente presidente, entendió lo barriobajera que puede llegar a ser la política. Defensor del socialismo, afirmaba que no hay cosa más absurda que "ser un obrero de derechas". Entre un PSOE que promete la subida del SMI y un PP que defiende un mayor control de las bajas laborales, para él era blanco y en botella. Estas palabras, dichas en términos generales y sin señalar a nadie, sufrieron reproches malsonantes y acusaciones hirientes en la barra del bar.

Esa misma crispación de barra de bar se traslada, multiplicada, a las altas esferas del debate nacional. Tras el accidente de Toledo, me tocó discutir con varios conocidos. Todos ellos pedían acaloradamente la cabeza de Puente. La exigían, vaya si la exigían, sin echar un vistazo a las hemerotecas de sus propios espacios políticos. Olvidaban a Federico Trillo, quien no dimitió por la tragedia del Yak-42, y a Alberto Núñez Feijóo, quien siendo presidente de la Xunta de Galicia tampoco dimitió por el accidente de Santiago. Exigían la dimisión inmediata del ministro sin tener en cuenta que el expresidente de la Generalitat Valenciana tardó más de un año en abandonar el cargo tras la DANA. Hoy, la dimisión de Puente es un hecho que altera por completo la narrativa de la campaña electoral. "Mientras ellos se aferran al cargo, nosotros asumimos responsabilidades", proclamaba Sánchez en Valencia. Estamos ante un movimiento estratégico que busca desarmar la argumentación del PP. Ahora la lucha ya no se disputa en el simplista terreno de "buenos" y "malos", sino en las formas de afrontar las crisis por parte de los dirigentes públicos. Mientras unos deciden abandonar el cargo, otros sostienen sus posiciones hasta el último momento.

Ante este panorama, cada día creo menos en la sociología política y más en la pura politología. Antes, ser obrero y de Andalucía era un sinónimo casi matemático de votar a la izquierda. De la misma manera, ser empresario, vivir en Valladolid y acudir a las plazas de toros se alineaba firmemente con la derecha. Actualmente, las tornas han cambiado. Aunque persista cierto anclaje sociológico del voto, hoy existe una alta probabilidad de que un obrero del barrio de Vallecas elija una papeleta de derechas.Estamos ante el imperio del relato, esa fuerza que mueve a los ciudadanos hacia un bando o hacia otro. De tal manera que, más allá de lo que muestren las encuestas, las tendencias se rompen de un instante a otro. Ante esta realidad, los politólogos vencen a los sociólogos. Los politólogos se han convertido en los sofistas del siglo XXI: profesionales encargados de manejar las percepciones colectivas mediante el instrumento de la narrativa. Y ese relato es el que encuentra sus réplicas y estribillos a través de los medios de comunicación y las redes. De ahí que la ciudadanía vote, más allá de la razón objetiva, guiada por la percepción de una historia bien construida. Un relato que, en demasiadas ocasiones, viene cargado de estereotipos, prejuicios, sesgos y falacias. Ante este escenario, ¿quién le pone el cascabel al gato?

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
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