Aquella noche, El Capri estaba repleto. Corrían los años noventa y Alaska sonaba fuerte en el platillo de la izquierda. Solo, y sin ningún perro que me ladrara, leía El País entre sorbos de café. En aquellos años, mi cabeza daba vueltas como una noria en un parque de atracciones. Me inquietaban temas oscuros como la muerte y el devenir. Preocupado por el día de mañana, soñaba con una vida tranquila, pero rica en saberes y menesteres. Recuerdo, con dificultad, una columna que leí sobre la memoria. Aunque nunca he sido nostálgico, el tiempo es mi bien más preciado. Somos un segmento de vida dentro del universo. Un segmento que, tarde o temprano, desaparecerá y afectará a los otros. Aunque no soy psicólogo, pienso, como filósofo, conexiones que, basadas en la lógica, explican nuestro misterio. En aquella columna, leí que la memoria guarda relación con el contenido que nutre los sentidos. A lo largo de la vida, millones de imágenes se cruzan en nuestro camino. De esas, unas pocas se aposentan en el trastero.
Lo urbano es un obstáculo al recuerdo. Mientras camino por mi barrio, me vienen a la mente inmuebles que existían antes de los presentes. Lo que ahora es la Casa de Cultura, antes era un cine, pasando por un solar urbano y terminando con un bancal de patatas. Existe una huella material que determina los recuerdos. A más solapamientos, más dificultad para el recuerdo. De ahí que los arqueólogos busquen tesoros ocultos en el presente. El paisaje y sus mutaciones contribuyen al olvido. Y lo mismo pasa con los momentos vividos. Una vida repleta de historias, anécdotas y vivencias impide un recuerdo nítido. Sin embargo, una vida plana y vacía de contenido invita a un recuerdo rico en matices. Antes, me cuenta Gregorio, la mayor hazaña de un hombre no era otra que su año en la mili. Las vidas transcurrían entre pocos momentos. Los momentos claves eran, básicamente, el día de la boda y el nacimiento de los hijos. No se celebraban, como ahora, los días de cumpleaños. Ni siquiera, la gente coleccionaba viajes ni escapadas. No existían las fiestas por jubilaciones, ni siquiera las Baby Shower. Ni tampoco, las graduaciones de fin de curso. No, la vida era sota, caballo y rey.
La memoria necesita emoción para la fijación de los recuerdos. Y hoy, en sociedades exageradamente emocionales, la gente colecciona momentos basados en el afecto. Son tantos momentos que muchos terminan en el olvido. Así, Manolo no recuerda a ciencia cierta si la celebración de sus cuarenta fue en Murcia o en Alicante. Y no lo sabe porque todos los años colecciona el momento de su cumpleaños. No estoy haciendo una crítica a las celebraciones, faltaría más, sino una reflexión sobre las crisis de memoria. La vida, dice el eslogan, "son momentos". Y es, precisamente, ese estribillo el que nutre al capitalismo inmaterial. Viajar se ha convertido en una obligación. Las vidas se comparan a través del escaparate. El escaparate no es otro que las redes sociales. Así, "si él viaja, yo también". Todo sea por la exhibición de momentos. Tantos que las RRSS nos los muestran para que los volvamos a mostrar. Vivimos esclavizados a un carrusel de momentos efímeros: Vacaciones, celebraciones y demás, que ilustran una vida llena, pero superficial.










