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Memoria de un emigrante

Veo miles de inmigrantes deambulando por las calles de Ceuta y me viene a la mente las conversaciones con Andrés. Andrés es un señor octogenario de las tripas de mi pueblo. Tras la Guerra Civil, emigró a Sommières, un pueblecito francés. Allí, vivió durante más de veinte años. Tras la muerte de Franco y la restauración de la democracia, volvió a España. Y volvió con acento francés y el costumbrismo de allí. Me cuenta que él nunca se sintió francés. Aunque consiguió la doble nacionalidad, el patriotismo no se cambia. Rojo de la cabeza a los pies, su padre fue sereno durante la República. Frecuentaba la Casa del Pueblo. Allí jugaba a las cartas y bebía chatos de vino hasta el anochecer. Andrés habla de él sin ningún tipo de admiración. Su padre "le dio muy mala vida a su madre". Su madre, ama de casa, sufrió las borracheras de su padre. Un padre que trabajaba y gastaba todo lo que ganaba en vicios del malvivir. Cuando emborrachaba, la lengua se le soltaba y escupía todo tipo de pestes contra los fachas. 

Tras la guerra, Franco lo desterró a Granada. De los tres hermanos, Andrés se fue con él. Allí, en el barrio del Violón, vivieron en una posada donde comían caldos y dormían en un cuarto maloliente. Desde la ventana, asomaba Sierra Nevada. A las cinco de la mañana, junto a la orilla del Genil, caminaban a un obrador de cáñamo que estaba cerca de la Alhambra. Andrés, con ocho años, veía como los demás niños iban a la escuela. Eran los "hijos de", hijos de gente bien. Y no hijos de un rojo como él. En el obrador, él y su padre trabajaban de rastrilladores. Así, durante diez horas diarias, ambos peinaban el cáñamo. Todavía, Andrés tiene el callo en el pulgar. Un callo de millones de golpes en el taco del rastrillo. La tos nunca le abandonó. El polvo del cáñamo se aposentó en sus pulmones y, ahora, con casi noventa años, todavía tiene la mancha en los pulmones. Así, durante ocho largos años, vivió en la posada. Una posada de "desterraos" y "apestados" del franquismo. Tras cumplir los dieciocho años, Andrés huyó de la sombra de su padre.

Su hermana exiliada en Venezuela y su hermano en París, decidió salir del país. Y salió en un tren repleto de izquierdosos rumbo a Francia. Me cuenta que todavía recuerda el olor a pies que desprendía ese vagón. Un vagón hacinado, sin calefacción ni aire acondicionado. De gente con cestas de mimbres donde viajaban conejos y gallinas. De bolsos con embutidos, tortillas de patatas y botas de vino. Recuerda como el picor de las pulgas se apoderó de sus tobillos. De unos tobillos hinchados por decenas de horas sentado en un asiento duro como la piedra. En Sommiéres, trabajó en la vendimia. Allí, en el campo, desnudaba a las cepas de uva. Y allí, Andrés consiguió hacer un colchón. Al final de la temporada, que duraba unos veinte días, el patrón le entregaba "el bulletin de paie", un cheque bancario con el total acumulado de la campaña. Y gracias a esos cheques, Andrés, mediante el "giro internacional" de Correos, enviaba dinero a su madre. A una madre que se perdió la infancia y la adolescencia de su hijo. Una madre, como digo, señalada por el Régimen. Una esposa de un rojo desterrado a las tierras de Granada. Tierras como las que hoy sueñan miles de emigrantes a las puertas de Ceuta. 

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Filósofo, sociólogo y politólogo. Finalista Premios Internet 2024. Libros publicados:  «El Pensamiento Atrapado» y «Desde la Crítica».
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