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Dignidad democrática

Observo, y lo decía el otro día en X (el antiguo Twitter), que mucha gente se queja de la pérdida de libertad. Sinceramente, no estoy de acuerdo con esta crítica. Antes de reflexionar sobre el tema, debemos esclarecer qué entendemos por libertad. Y en esa averiguación chocamos, de frente, con la pluralidad de definiciones. El ser humano es el animal más libre que existe. Somos más libres que el gato o el ratón. Y lo somos porque, a diferencia de ellos, nuestra conducta no está determinada o, dicho de otra manera, preprogramada. El gusano de seda, sí o sí debe hacer – a lo largo de su vida – el capullo de seda. Nosotros, somos únicos e irrepetibles, y elaboramos nuestro ser desde la toma libre de decisiones. Decisiones determinadas, de alguna manera, por nuestras circunstancias. "Soy yo – decía el maestro Gasset – y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvaré yo". Aún así, hemos renunciado a gran parte de nuestra libertad a cambio de paz y seguridad. De ahí que hayamos construido el ordenamiento jurídico para organizar nuestra convivencia.

La filosofía contractualista – desde Hobbes, Rousseau o Rawls – ha defendido el contrato social. Un contrato de renuncia a la anarquía y subordinación al Estado. Un Estado que ostenta el uso legítimo de la violencia. Existe, por tanto, un compromiso de cumplimiento con las leyes. Leyes, que a su vez, emanan – en los países democráticos – de la soberanía nacional. Dentro de esas leyes, existe una jerarquía entre las mismas. En la cúspide reside la Carta Magna. Una Carta – la Constitución – que porta la transcripción de buena parte de los derechos escritos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Derechos cuyo fundamento no es otro que la salvaguardia de la dignidad. La dignidad, o mejor dicho nuestro valor como humanos, es protegida por un conjunto de derechos sumarios y preferentes. Cualquiera que vulnere el honor del otro, debe resarcir el daño causado. Esa dignidad, más allá de las personas físicas, también se podría extrapolar a cualquier colectivo, ya sea político, sindical, cultural o deportivo, entre otros.

El otro día, sin ir más lejos, se vulneró la dignidad de Sánchez. Los actos acontecidos en Ferraz – la Nochevieja – son un ejemplo de crítica destructiva. Más allá de que una parte de la sociedad no esté de acuerdo con la formación del nuevo Gobierno. Por encima de las decisiones políticas, está – y faltaría más – la dignidad de nuestros elegidos. Existen actitudes como la homofobia, xenofobia, aporofobia, racismo, violencia de género y explotación infantil, entre otras, que vulneran la dignidad. Tales actitudes existen en la sociedad. Existen, y disculpen por la redundancia, corrientes de intolerancia colectiva hacia ciertas personas por su color de piel, lugar de origen, orientación sexual, identidad de género y condición económica. Tales actitudes son los gérmenes que infectan la salud democrática. Son actitudes basadas en la intransigencia, la falta de respeto y la imposición de ciertos pensamientos "únicos". Desde la crítica, debemos denunciar cualquier acto que perturbe el contrato social. Mucha gente confunde libertinaje con libertad.

Si miramos atrás, observamos en muchas manifestaciones culturales – cine, teatro, televisión y literatura – un libertinaje que hoy, tratamos de erradicar. Desde el retrovisor veo escenas cinematográficas que vulneraban, y casi nadie lo cuestionaba, la dignidad de las mujeres, de los homosexuales  y de los pobres. Hoy, algunos llaman censura a esa rectificación de los guiones en las reversiones de los mismos. E incluso, en la música, se escuchan letras que representaban el patriarcado de mediados de los ochenta. Es cierto que lo cultural es un reflejo del carácter de las sociedades. Pero, por encima de todo está la Constitución. Y esa Carta Magna sigue siendo la misma desde la Transición. Ahora, y de ello nos debemos alegrar, se han puesto en valor los Derechos Humanos. Existe, por tanto, una conciencia sobre los mismos. Y esa conciencia exige una sociedad basada en el respeto. En un respeto a la libertad del otro. Mi libertad termina donde empieza la de Jacinto. Y la de Jacinto donde empieza la de Francisco. Y así con cada uno de los humanos que componemos la sociedad. De ahí que, todo no vale en democracia. No valen aquellas conductas que vulneran la dignidad. Y esa dignidad, queridísimos amigos, es como un castillo que entre todos debemos defender.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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