Entrada siguiente

Repensar el arte

Perdido por las salas del Prado, me vino a la mente el debate entre Walter Benjamin y Theodor W. Adorno. Ambos se preguntaban qué es el arte. Entre sus argumentos, destacaban la autenticidad y la dialéctica. Decía Walter que la obra artística había perdido su aura, o dicho en otros términos, su singularidad. El aumento del número de reproducciones, convertía el arte en un objeto al servicio del mercado. Hoy, sinceramente le doy la razón. La fotografía digital – por ejemplo – y su inmediatez, por medio de los móviles, ha cambiado el valor de las imágenes. Tanto que se han perdido los álbumes del ayer. Y se ha perdido, entre otras cosas, por el bajo coste que supone la reposición de la pieza. Algo similar, ocurre con la pintura. Los programas informáticos ofrecen herramientas que texturizan las imágenes imitan las técnicas de acuarela, óleo y otras técnicas pictóricas. Una imitación, tan perfecta, que simula al mejor de los artistas. Llegados a este punto, el arte postmoderno se convierte en un incomprendido dentro de la sociedad del conocimiento. Estamos ante un arte susceptible de copia, imitación y sometido al imperio de la subasta.

Hoy, el pensamiento de Platón sirve para ilustrar la postura de Benjamin. Decía, el autor de La República, que Demiurgo construyó el Mundo Sensible a imagen y semejanza del Inteligible. Un mundo – el que tocamos, oímos y vemos – que se presenta como una copia imperfecta de la auténtica realidad. Así las cosas, el conocimiento de la belleza en sí, requería el ascenso dialéctico. Un ascenso que solo unos pocos podían conseguir. Los otros, la mayoría de los mortales, solo eran conocedores de las copias que en su día elaboró Demiurgo. En el arte, ocurre algo similar. Solo unos pocos, pueden acceder a la obra auténtica. Una obra que se halla participada por centenares, e incluso miles, de copias. Esa autenticidad requiere poner en valor los pigmentos utilizados, la calidad del lienzo y la textura de los pinceles. Sin esa observación, copia y original se confunden a ojos del lego. Estaríamos ante la Doxa que diría Platón. Una opinión basada en los sentidos e incapaz de descifrar la causa final, en términos de Aristóteles. Hoy, el arte debe se definido en términos más allá de la autenticidad.

Adorno hablaba de la dialéctica. Según él, la obra de arte incluía una contradicción interna que le otorgaba su valor. Así el lienzo de Myra, un cuadro colosal de cuatro metros de alto por unos tres de ancho, representa la belleza en la forma y el terror en el contenido. Myra fue una enfermera que cometió crímenes con niños. Su retrato está pintado, en lugar de con pincelados, con la huellas de las manitas de niños. Existe, por tanto, una dialéctica o contradicción entre la magnitud del retrato y el trasfondo de su verdad. Marcus Harvey, autor del lienzo, consigue detener al espectador y despertar en él un tsunami interior. La contradicción forma parte de la naturaleza humana. Existe, en la experiencia de cualquier sujeto, una disyuntiva vital que le acompaña en diferentes momentos del camino. Esa paradoja produce angustia, sorpresa, miedo y enojo ante la incomprensión. Lo mismo que sucedió con la fotografía realizada por Carter en el sur de Sudán. Este fotoperiodista, esperó veinte minutos a que el buitre levantara las alas antes de hacer la imagen. Un buitre que "posaba" junto al cuerpo de una niña hambrienta. Esta fotografía, que se llevó el Premio Pullitzer, muestra la deshumanización que, en ocasiones, presenta el arte como mercancía.

Deja un comentario

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

  • Categorías

  • Bitakoras
  • Comentarios recientes

  • Archivos

  • Síguenos