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De progresos y regresos

Me preocupa, se lo decía el otro día a Peter, el devenir de nuestros hijos. Se ha producido una transmutación de los valores, entre nuestra generación y la de ellos, que impide una comprensión entre las mismas. El acceso, fácil y en la mayoría de las ocasiones gratuito, a la información ha cambiado la consideración de los expertos. El acceso a Internet ha desplazado a las bibliotecas de antaño. Este overbooking de información abre nuevos horizontes a la Filosofía y, por tanto, al pensamiento crítico. Ahora, más que nunca, se corre el riesgo de un resurgimiento del escepticismo. Las Redes Sociales ponen en evidencia y visibilizan la suma de perspectivas que diría Ortega. El lanzamiento de un post suscita cientos de opiniones que, en la mayoría de las ocasiones, van más allá de las intenciones del emisor. En este griterío se siembra la parálisis. Una parálisis marcada por el margen de duda que lleva consigo la disparidad de pareceres. En la jungla informativa no se valora el contenido sino el envase. Un envase que envuelve bisutería barata.

En este albaroto, los todólogos hacen su agosto. Son gente con presencia, desparpajo y voces radiofónicas. Gente, en su mayoría, que habla de todo y lo hace de un día para otro. Observamos señores que hablan de volcanes sin ser vulcanólogos. Y observamos, y disculpen por la redundancia, a literatos de renombre que escriben de política. Esa desfachatez o atrevimiento de hablar de "cualquier cosa" denigra al periodismo. Estamos ante un periodismo de vísceras más que de cerebros. Todo gira en torno a la emoción. Una emoción que se divulga y se corre como la dinamita. Hasta tal punto que los sucesos se convierten en un reclamo social que inunda las programaciones. Y en esa preocupación por la "sangre", las "peleas" y, últimamente, los "fenómenos paranormales" surgen efectos colaterales. Y entre ellos, y el más claro, es la escasez de una oferta televisiva dirigida a los niños. Se han perdido los "dibujos animados". Se ha perdido "Érase una vez el cuerpo humano", "Érase una vez la Tierra", "La vuelta al mundo en 80 días" y "D'Artacán y los tres mosqueperros", entre otros.

Se ha perdido la calle como lugar de recreo. El bocadillo de chorizo, envuelto en papel de aluminio, y los partidos de fútbol con pelotas de papel han sido sustituidos por los píxeles de Internet. Tanto que se han agudizado los dolores de espalda, las miopías y los problemas psicológicos relacionados con la sociabilidad. Ya casi no se ven las pandillas de antaño. ¿Dónde está el modelo de pandilla que también supo visibilizar la serie de "Verano Azul"? Estamos pagando un precio por el progreso tecnológico. Un progreso que, faltaría más, tiene sus ventajas. Gracias a él, los niños saben más del mundo. Tienen más oportunidades de conocer otras experiencias más allá de las calles de sus barrios. Hemos ganado en seguridad. Seguridad cuando nos hallamos en situaciones de inseguridad. Gracias al móvil se han realizado rescates y otras hazañas que sin él, sin esa llamada de auxilio, hubiese sido imposible. Aún así, cada día hablamos más a través de los aparatos y menos cara a cara. Todo es encorsetado, repensado y editado. Se pierde lo espontáneo del diálogo a la luz de la farola.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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