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Urnas de cristal

Hace unos días, viajé al siglo XVII. Necesitaba, la verdad sea dicha, cambiar de aires. No soportaba, ni un minuto más, el estribillo que se oye por las calles del vertedero. Allí, tomé café con Descartes. Hablamos de política, de religión y sobre todo de ciencia. Me preguntó por las repercusiones de su "método" en la Europa del ahora. Le dije que sus cuatro reglas, para hallar las evidencias, han sido las semillas del método hipotético-deductivo. Hablamos sobre los paralelismos que existen entre su siglo y el mío. Y la principal similitud no es otra que la palabra "crisis". René odiaba su época. Una época, como saben, marcada por el rifirrafe entre empiristas y racionalistas, protestantes y católicos, burgueses y nobles, Iglesia y Estado y, razón y fe. Un siglo de transición entre lo antiguo y lo moderno. Le dije que el siglo XXI también es un "siglo horribilis". Horribilis porque ha sufrido la Gran Recesión del 2008, la Pandemia del 2019, los efectos tangibles del cambio climático y, lo más grave de todo, la crisis del reconocimiento.

Descartes me preguntaba por la crisis del reconocimiento. Para ello, le hablé de las redes sociales. Le dije que las nuevas tecnologías de la información y comunicación han prostituido nuestras vidas. Nuestras vidas se han convertido en urnas de cristal. Urnas donde cualquiera tiene acceso a nuestra privacidad. Una privacidad que, de forma voluntaria, hemos hecho pública por necesidad. Por una necesidad de aplauso constante y pertenencia al grupo. Nos hemos convertido en periodistas de nuestra biografía. Una biografía donde todo gira en torno al verbo "mostrar". Nos mostramos ante los demás a través de un escaparate tóxico. Un escaparate – las redes sociales – donde cada uno viste a su propio maniquí. Un maniquí que luce para los demás. Y luce en las grandes avenidas de la tecnodependencia. Avenidas donde transitan millones de peatones desnudos de privacidad. Estamos ante la sociedad del destape. Un destape de secretos, insinuaciones y posturas inusuales cuyo único fin no es otro que la consecución de "likes". El "like" es el éxito que enriquece los egos de la postmodernidad. De egos que brillan en medio del estiércol. El "like" es la nueva droga del siglo XXI.

Y esa droga, nos convierte en mendigos de lo efímero. Estamos delante de la catástrofe. De una catástrofe espiritual que la digerimos en la soledad y que nos cuesta reconocer en sociedad. La gente publica lo más insólito de sus vidas. Publica la taza del café, las migajas del bocadillo y cualquier otra frivolidad con tal de sentir el calor de los demás. Con tal de sentirse "importante" dentro de un escenario de miseria moral y vacío existencial. El "like" pone en evidencia las consecuencias nefastas del individualismo capitalista. La pandemia rompió los lazos que unían el tejido social. Durante dos años, hemos vivido la robotización. Nos hemos convertido en robots, o dicho de otra manera, en represores del lado emocional. En robots, como les digo, en medio de la soledad. Una soledad que busca su curación en las pantallas. En pantallas que se convierten en adictivas. Tanto que cuando se rompe el móvil o la tableta, desarrollamos el síndrome de abstinencia digital. Una abstinencia que se manifiesta en forma de enfado, nerviosismo y frustración ante la ausencia del objeto.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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