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Filosofía, Celaá y el mito de la caverna

Parece mentira que la nueva ley de educación – cocinada en los fogones de la izquierda – elimine, de un plumazo, a la filosofía de la Educación Secundaria Obligatoria. A partir de ahora, la "madre de las ciencias" desaparecerá del currículo. Y no solo desaparecen las semillas del árbol del conocimiento sino que se le corta las alas, y disculpen por la expresión, al sentido crítico de los jóvenes. La Ley Celaá empeora lo dictaminado en la LOMCE, una norma aprobada por la mayoría absoluta del Partido Popular y que situaba a la Filosofía a la altura del betún. Tanto que dejó de ser obligatoria en segundo de bachillerato y perdió, a su vez, fuelle en el examen de selectividad. Hoy, a pesar de la lucha que hemos librado los profesores de filosofía, hemos perdido la batalla. Estamos ante una sociedad del conocimiento similar a la que presenciaron los ciudadanos del siglo XVII, un siglo marcado por la Revolución Científica donde las letras – y todo aquello que no siguiera un "método científico" – no tenía cabida en las esferas académicas. Fue Renè Descartes quien peleó para salvar a la filosofía de la quema. Fue el pensador francés quien quiso hacer de ella una "Mathesis Universalis".

Hoy, como todos sabemos, existe un agravio comparativo entre ciencias y letras. Parece como si las primeras – las matemáticas y los saberes experimentales – estuvieran por encima de las ciencias sociales y humanidades. Tanto es así que a mis alumnos de bachillerato, sean de un "bando" o de "otro", siempre les repito lo mismo: "los bachilleratos sean de números o de letras no son ni mejores ni peores; simplemente diferentes". Es hora de que los humanistas levantemos la cabeza y defendamos, de una vez por todas, nuestra valía dentro de la sociedad tecnológica. Una sociedad – y ahí es donde radica mi indignación – que necesita hoy, más que nunca – el "saber inútil". La izquierda – con todos mis respetos – nos ha arrebatado la filosofía cuando más la necesitamos. Y la necesitamos, queridísimos amigos, porque Internet – ese mundo global de la información – y las redes sociales – esa dimensión que une a millones de personas – urgen que se haga un buen uso de la racionalidad. Se necesita la razón para discernir entre informaciones de buena y mala calidad. Para establecer prioridades en la búsqueda de la información. Y para analizar y sintetizar lo seleccionado a golpe de click.

Sin filosofía en secundaria, los alumnos pierden un espíritu necesario para la vida. Pierden parte del sentido crítico. Un sentido imprescindible para evitar caer en las redes de la manipulación. Para saber dónde existe riesgo de alienación y para cuestionar  el argumento de autoridad. Sentido crítico, y razón para la vida, para entender la lógica que esconde el populismo. Para evitar caer prisioneros de la publicidad. Y para leer la prensa desde una lejanía que evite caer en los sesgos editoriales. Sin la filosofía, nuestros alumnos pasarán de preguntar por el porqué de las cosas – tal y como hicieron los filósofos de la naturaleza en el siglo VI a.C. – a decir "bee, bee, bee.” como si de un rebaño de ovejas se tratara. Por ello estoy tan cabreado. Cabreado porque me preocupa que los jóvenes sean privados de un saber crítico, radical, autónomo y racional como es la filosofía. Un saber que desmanteló la mitología griega y consiguió que el logos se impusiera a la hora de reflexionar sobre el ser humano y su realidad. Sin filosofía, nuestros jóvenes cabalgan hacia el mito. Cabalgan hacia la caverna de Platón. Hacia el mismo sitio oscuro y tenebroso donde lo único que valía eran las creencias y la imaginación.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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