La deriva individualista

Aparte de Sociología y Ciencia Política, estudié Relaciones Laborales. En aquellos años, mis inquietudes intelectuales eran otras. Me fascinaba todo lo relacionado con las leyes y los trabajadores. Devoraba códigos legales y soñaba con ser un graduado social de renombre. Aspiraba a ser alguien importante dentro del tejido sindical. Alguien que frenara cualquier forma de abuso laboral. Durante aquellos años casi no fui a la universidad. Iba, la verdad sea dicha, dos veces por semana. La economía familiar estaba al borde de la ruina. Tanto que, aparte de estudiar, me ganaba el pan vendiendo ropa en los mercadillos. Ahí, bajo el calor de la lona, aprendí las verdades de la vida. Aprendí la ironía de los malvados, la envidia de los avariciosos y la toxicidad de los neuróticos. Aprendí que ganarse la vida no es tan fácil como parecía. Y aprendí que en esta morada, hay dos tipos de individuos: los bautizados y los sin nombre.

Tras finalizar la carrera, me di cuenta que los sindicatos no eran grupos de presión radicales sino reformistas. Y no lo eran, queridísimos lectores, porque parte de sus ingresos proceden del Gobierno. De un gobierno que subvenciona a sus "caballos de Troya", a quienes critican su gestión en pro de sus afiliados. Así las cosas, observé que en este país existía mucho teatro. Existía una especie de espectáculo barato donde unos pagan a cambio de mentiras. A cambio de unos roles que forman parte del establishment social. Y a cambio de panfletos infectados de ruido. Hoy, queridísimos amigos, hay razones para una huelga general. Abanderamos las cifras de paro juvenil europeo y encabezamos la precariedad: contratos temporales, salarios bajos y parcialidad. Estamos ante una sociedad desigual donde la clase media se alimenta con las migajas de la nobleza. Y esta desigualdad no encuentra una respuesta contundente por parte del tejido sindical.

El capitalismo nos sitúa ante un modelo social individualizado que restringe la conciencia de clase. El asociacionismo pierde fuelle en beneficio del "sálvese quien pueda". Esta cultura del zorro justiciero que lucha contra las causas perdidas, nos ubica en el suicidio colectivo. Los gobiernos lo saben. Saben que los demócratas no estamos unidos. Una sabiduría que pone en valor el "divide y vencerás" y acelera, de alguna manera, la deriva individualista. Esta deriva social no se arregla por sí sola. Necesita que emerjan nuevos líderes más allá de los partidos. Líderes que cultiven la divulgación de la tragedia y reconstruyan la sociedad civil. Para ello hace falta que la política se ejerza desde abajo; desde las asociaciones vecinales, estudiantiles y laborales. El asociacionismo se convierte así en la bisagra entre el individuo y el Estado. Se convierte, como les digo, en un actor social que cohesiona el descontento civil, fomenta la conciencia de clase y alza la voz hacia los tejados del poder.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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