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Ministros, sin mérito ni esfuerzo

Hacía mucho tiempo que no frecuentaba las calles de Alicante. Tanto que echaba de menos un paseo por Maisonnave. Aunque vivo en la frontera entre la Comunidad Valenciana y la región de Murcia, me siento más valenciano que murciano. Tengo, la verdad sea dicha, un sentimiento por la patria chica. Cuando estudiaba en la universidad, muchos jueves salía de fiesta por el casco antiguo alicantino. Eran fiestas de locura y desenfreno. De borracheras a deshora y secretos de alcoba. En aquellas fiestas, conocí a María, la dueña de un garito de la zona. De ojos grandes y saltones, solía vestir de negro. Amante de sus amantes, me contaba sus deslices matrimoniales. Estudiante de Filosofía por la UNED, una noche hablamos largo y tendido sobre la cultura del mérito y el esfuerzo. Roja hasta médula, criticaba el mantra de la derecha. ¿Acaso los pobres no se han esforzado?, me decía. Acaso no existe una cosa que se llama "la suerte".

Hoy, como saben, Sánchez ha remodelado su Gobierno. Ha sustituido unas caras por otras. Su nuevo Consejo de Ministros queda formado por gente de mi quinta; año arriba, año abajo. La mayoría, funcionarios de carrera. Atrás queda su primer Ejecutivo. Un Ejecutivo formado por ministros mediáticos. Entre ellos, escritores y astronautas de renombre. Tras leer la noticia, me acordaba de María. Y me he acordaba de ella por lo que decía acerca del mérito y el esfuerzo. Ser ministro es cuestión de suerte. No hay ninguna carrera universitaria que se denomine "Grado de Ministro", ni siquiera un máster que te prepare – en exclusiva – para una u otra cartera. Ser ministro puede ser cualquiera. Cualquiera que simpatice con el presidente del Gobierno puede recibir la llamada de la suerte. Y la puede recibir sin poseer ni siquiera el título de bachiller. Tanto es así que a lo largo de nuestra democracia, hemos tenido ministros con cartera y sin carrera. Ministros que sin méritos y esfuerzo, de un día para otro, "sin comerlo ni beberlo" – como dicen en mi pueblo – han llegado y besado el santo.

Mientras unos, sin esfuerzo, llegan a ministros. Otros, con dos o tres carreras y varios idiomas en la chistera, terminan de cajeros – con todos mis respetos – en supermercados. Luego, no es verdad que el ascenso social es cuestión de mérito y esfuerzo. Hace falta formación para llegar a ser médico o abogado, por ejemplo. Pero esa condición necesaria no resulta suficiente. Para que sea suficiente se necesita la suerte. Y esa suerte depende de lo agraciado, o no, que uno sea. Hay quienes durante toda su vida juegan a la lotería y no les toca nada. Y quienes casi nunca juegan a nada y, el día menos pensado, les toca la primitiva. La vida, cuánta razón tenía María, es como una tómbola. Hay quienes nacen con estrellas y quienes nacen estrellados. Aunque siento cierta estima por los políticos porque algo se han esforzado para ganar elecciones. No siento lo mismo por los ministros. Y no lo siento, queridísimos lectores, porque a cualquiera le podría llegar la llamada de la suerte.

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  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Profesor de Filosofía. Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: “Desde la Crítica” y “El Pensamiento Atrapado”. [email protected]

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