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De censura y periodismo

Tras dos semanas, alejado de las calles del vertedero, el domingo compré El País. Necesitaba, la verdad sea dicha, papel para encender una barbacoa y, como saben, no hay nada mejor como el papel del periódico. Antes, hice un dobladillo en las páginas de  interés. Con el titular "La BBC, contra la opinión en redes de sus periodistas", leo, en la cuarenta y seis,  que el nuevo director de la radiotelevisión pública británica – Tim Davie – no permitirá que sus columnistas emitan opiniones personales – sobre actualidad – en las redes sociales. Esta medida tiene como finalidad combatir los ataques del conservador Boris Johnson. Ataques que cuestionan la imparcialidad informativa en temas como el Brexit o la gestión de la pandemia, por ejemplo. Así las cosas, los periodistas de la BBC no podrán desvincularse de la línea editorial tras su jornada laboral.

Esta noticia, que pasa desapercibida para la mayoría de los lectores, cobra una importancia relevante para el juicio de la crítica. Y la cobra, queridísimos amigos, porque atenta contra la libertad de expresión. Una libertad que se consagra como derecho fundamental en las democracias avanzadas. Y una libertad que contrasta con la censura mediática de las autocracias. Lo preocupante de esta medida no es otro que su posible contagio. Su posible contagio, como digo, a otros medios de renombre. Un contagio que supondría una involución sobre los avances conseguidos en libertad de opinión. Y una involución que devolvería parte del poder perdido a los tigres de papel. Desde la crítica debemos denunciar todo tipo de censuras en contextos democráticos. El periodista, más allá de su condición profesional, es libre de opinar sobre la actualidad en el ámbito privado. Si no lo hace, si reprime su expresión se convierte en un súbdito del mercado.

La imparcialidad de un periódico, querido Davie,  no se debería medir por el silencio de sus columnistas en su ámbito privado. La imparcialidad reside en la suma de perspectivas. Se consideran noticias "imparciales" aquellas que ponen todas las cartas sobre la mesa. Aquellas que analizan la información desde distintos puntos de vista. Y aquellas, y valga la redundancia, donde el periodista se convierte en un mero transmisor de acontecimientos relevantes. La imparcialidad, querido Davie, reside en cabeceras desideologizadas. Cabeceras desprovistas de intereses partidistas. Y cabeceras provistas de firmas de opinión policromadas. Firmas de opinión, ajenas a la línea editorial, que, de forma libre, emitan sus opiniones de manera transversal. Hoy, la imparcialidad se ha convertido en utopía. Y es así, queridísimos lectores, porque los periódicos más que información venden ideología. Una ideología patente en la construcción de titulares, la selección de noticias y el comentario de las mismas.

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