De churras y merinas

El otro día, recibí una llamada de Horkheimer, un amigo de las tripas alemanas y colaborador de la Revista de Investigación Social desde 1932. Me preguntó por España. Le dije que aquí las cosas no pintaban bien. Le conté cómo había quedado Madrid tras las pasadas elecciones. Y le hablé de los posibles pactos postelectorales, del reparto de sillones y del sinsentido – en algunos municipios – de juntar churras con merinas. Le dije que en la Hispania del ahora hacía falta, más que nunca, una segunda vuelta a la francesa. Y hacía falta, claro que sí, porque no es justo que fulano vote a Ciudadanos, por poner un ejemplo, y sus votos desemboquen en el saco de Vox. Es legal, por supuesto que lo es, pero podría atentar contra la voluntad popular. Por ello para evitar la traición, entre comillas, sería recomendable que la Hispania del presente se abriera, de una vez por todas, esta sandía. Una sandía – el debate sobre la segunda vuelta – amarga en cuanto a la pérdida de representatividad pero necesaria para la estabilidad.

Desde el final de los rodillos, la España que nos envuelve no ha dado pie con bola en el arte de pactar. Y no lo ha dado, queridísimos lectores, porque todavía llevamos tatuada la "partidocracia" en el ombligo. No hemos aprendido que los turnos galdosianos son agua del pasado. Que los tiempos políticos del "ahora tú", "ahora yo" son agua de borrajas. Y que la diversidad es motivo de respeto y tolerancia. Hoy, los partidos están condenados, queramos o no, a pactar. Pero, el principal problema que existe, y por ello no terminamos de hacer bien el encaje de bolillos, es que no hay prospecto dentro de la caja. Por ello hay pactos donde prevalecen los sillones – la alcaldía o la concejalía de Hacienda, por ejemplo -, otros donde lo importante son los puntos de sutura, las líneas programáticas. Y otros, los menos, donde el reparto de la tarta se hace según el "con este sí" y "con este no" porque fulano o mengano me cae bien o me cae mal. Más allá de tales móviles, quien debería decidir el sino de los pactos es la ciudadanía.

Son los votantes, maldita sea, quienes después de las elecciones deberían participar en tales decisiones. Y deberían participar, como les digo, mediante consultas internas de sus partidos o incluso, aunque me tachen de Galileo, mediante nuevas elecciones. No podemos dar pasos inútiles por la senda del pluralismo. Y no podemos consentir, ni un instante más, que nuestros elegidos – los que están hay gracias a nosotros – hagan y deshagan a su antojo. Falta más autocrítica interna en el seno de los aparatos. Hace falta que la militancia salga a la calle, que se manifieste si hace falta contra las sedes de sus partidos. Y que lo haga cuando sus ovejas se salgan del camino. Los elegidos no deberían olvidar, de hoy para mañana, el cheque de su mandato. Y no deberían, queridísimos amigos, porque la comodidad de sus días depende de nosotros. Solo con la segunda vuelta a la francesa, o con más participación en el seno de los partidos, conseguiríamos que los pactos sean algo más que negociaciones clandestinas entre líderes de partidos.

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