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De política y traiciones

Esta mañana, mientras tomaba café en El Capri, he leído en el rotativo de Márius Carol que Alfonso Guerra, el "poli" malo del felipismo, se ha hecho fan de Ciudadanos. En palabras de toda la vida, como diría Jacinto si viviera, el socio de González se ha cambiado de chaqueta. Aparte de Alfonso, hay miles de votantes fluctuantes que cambian de voto, sin atender a sentimientos ni tradicionalismos familiares. Así las cosas, el "cleavage", o dicho en términos menos técnicos, las identidades de partido ya no gozan de la fidelidad de antaño. Hoy, queridísimos lectores, ser madrileño y domiciliado en Vallecas; ya no es una garantía para conquistar al votante de Podemos. Y no lo es, en palabras de la flaca, porque los principios ideológicos de la izquierda están siendo dilapidados por sus mismos anfitriones. 

En días como hoy, ser obrero y de derechas o, pudiente y de izquierdas no es una falacia para el mortal de los creyentes. Estamos, por si alguien no se ha percatado, ante una crisis de la coherencia filosófica. Una coherencia necesaria para curar los males que sufren las democracias actuales. La traición, y disculpen por el término, ha determinado el sino de la historia desde los tiempos olvidados. A lo largo de la evolución, el devenir de los pueblos ha sido escrito por traidores. Traidores, como Hitler, Stalin o Mussolini – por poner algún ejemplo -, que utilizaron el populismo para edificar su profecía. En España, sin ir más lejos, el sino del franquismo cambió gracias a la incoherencia de don Juan Carlos. Una incoherencia positiva, que supuso la ruptura con cuarenta años de Nodos, de tricornios y monaguillos. Esta disonancia política entre los dichos y los hechos ha explicado el giro de varias campañas electorales. Sin ir más lejos, la victoria de Rajoy, allá por el 2011, no fue más que el castigo de los coherentes a la derechización de Zapatero.

En la "tierra de conejos", como diría un fenicio si leyera el estribillo, hace falta un traidor que devuelva la cordura a la jungla de los locos. Hace falta un líder, como les digo, que reconduzca a la derecha por los cauces de la izquierda. Ese "traidor" – en términos literarios – podría ser, sin duda alguna, Albert Rivera. Un político, que ha conseguido que Alfonso Guerra se cambie de chaqueta, se convierte en el mejor troyano para engañar a la derecha. La traición de Rivera a sus votantes – los cabreados con Mariano y los desengañados de Pedro – serviría para que se repitiera, de alguna manera, la "traición" que don Juan Carlos le hizo al generalísimo. Si Albert no lo hace, si su posible victoria no es más que una segunda parte del "marianismo" depurado; estaremos, otra vez, ante un liberalismo retrógrado de corte thatcheriano. Estaremos ante la "nueva derecha", un recambio, en toda regla, entre lo nuevo y lo viejo. Solamente, el engaño de Rivera serviría para que la derecha volviese a los tiempos del fraguismo.

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2 COMENTARIOS

  1. Un gran artículo …

    Saludos
    Mark de Zabaleta

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  2. Julián Serrano

     /  14 junio, 2018

    Como reconoce el artículo, los únicos coherentes son los que usan los mimbres de sensatez para orientar su voto. El forofismo ha hecho demasiado daño, pensando que como procedemos de obreros hay que votar siempre a quien presuntamente los defiende.

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