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Réquiem por Excálibur

Mientras Excálibur – la mascota de Teresa Romero – ha sido sacrificado por el ordeno y mando de las togas madrileñas, el perro de la mujer contagiada por ébola en Estados Unidos no lo será por cuestiones sentimentales. Las autoridades de Dallas han considerado que "el perro es muy importante para la paciente" y quieren que esté a salvo. Son, precisamente, estas diferencias de trato respecto a los animales de compañía – entre nuestro país y la otra orilla del charco -,  las que invitan a la crítica a reflexionar sobre la decisión judicial que ha acabado de un plumazo con el perro de Romero. Ha acabado de un plumazo, les decía,  sin considerar, el valor emocional que el animal suponía para la vida de la pareja.

Hace quince años a mis padres le regalaron una mascota, Estrella se llamaba. Durante todo ese tiempo el animal se convirtió en uno más de la familia. Al cumplir los tres años de vida, el animal enfermó por un tumor maligno. Recuerdo que perdió mucho peso y, apenas tenía ganas de comer; ni siquiera corría por el pasillo moviendo la colita, al oír el timbre de la puerta, para saludar a sus amos. El animal se estaba muriendo y sus ojos hablaban por sí solos. Cuando lo llevamos al veterinario nos dijo que estaba muy enfermo y quizá, la mejor opción sería sacrificarlo para cortar de raíz su sufrimiento. Eran, lo recuerdo, malos tiempos para los míos. Hacía dos semanas que había fallecido mi abuela materna; a mi padre le iban muy mal el negocio, y yo: en la cola del paro desde hacía más de dos años. Por un lado nos creíamos las palabras del veterinario – sobre las pocas esperanzas de vida que le daba a la mascota – y, por otro, algo en nuestro interior nos decía que nunca nos perdonaríamos hacerle semejante atrocidad a "la Estrella". Así las cosas, después de darle muchas vueltas a la cabeza decidí volver a hablar con don Antonio, el veterinario de mi pueblo. Le miré a los ojos y le pregunté: ¿existe alguna posibilidad, por remota que sea, de que mi Estrella supere el postoperatorio? Hombre – me contestó – el animal está muy débil; tanto que ni siquiera te puedo asegurar que resista la anestesia.

Lo miré, otra vez, y le volví a preguntar: ¿existe, o no, alguna posibilidad de que viva? Como existir, claro que existe, pero en términos de probabilidad, las posibilidades son escasas. Aquella respuesta, aunque ustedes no lo crean, la viví como si me hubiera tocado la mejor de las primitivas. Era tanto el valor sentimental que tenía para los míos: la Estrella, que bastaba con que hubiera una posibilidad entre un millón de que viviera para tener claro, ¡cla-rí-si-mo!, de que no sería sacrificada. Después de la operación, el veterinario – creyente hasta la médula – se santiguó y nos dijo: "ahora es hora de dormir; mañana pasen por aquí y les comunicaré los resultados".  Esa noche no pegué ojo. Conté las horas, los minutos, los segundos y hasta recé un "padre nuestro" a pesar de mi condición de ateo. Quería que mi Estrella viviera; que volviera a correr por el pasillo y que ladrara hasta despertar al vecino. Cuando llegué a la clínica veterinaria oí su ladrido y, yo que no soy ni de lágrimas ni de clínex, tuve que pedirle uno a mi novia – hoy mi mujer – al saber que la Estrella vivía como una campeona. A los dos días recibió el alta. Lo recibió, les decía, y vivió hasta doce años más; y todo gracias a que, en su día, no fue sacrificada. 

Son, precisamente, estas historias extraídas de las vitrinas del recuerdo, las que invitan a la crítica a preguntar: por qué se sacrificó al perro de Teresa sin la carga de la prueba. ¿Por qué?, les decía, se le señaló como un animal infectado y peligroso, sin ni siquiera saber a ciencia cierta que estaba contagiado por ébola. ¿Dónde están los derechos de los animales? – Se preguntaba esta mañana Mariana, mientras compraba pienso para Diana: su amiga, su mascota -. Si el señor que autorizó la muerte de Excálibur – en palabras de Josefa, la vecina de Mariana – hubiese tenido perro, otra suerte habría corrido para el perro de Romero. En este país todavía aplaudimos cuando matan a los toros; todavía hay quienes abandonan a su mascotas cuando se van de vacaciones; todavía hay psicópatas que ahorcan a los perros en parajes alejados; todavía hay mercenarios que trafican con mascotas y, todavía – por desgracia – hay jueces que, sirviéndose de la Ley, ordenan la muerte de animales; sin importarles lo más mínimo, el daño colateral que sus decisiones puedan causar a los amos y allegados. Cuando en este país condenemos el toreo; castiguemos con dureza el mal trato animal y comprendamos que un perro es "uno más de la familia"; entonces, y solo entonces, entenderemos por qué el perro de Dallas sigue vivo y el nuestro – el perro de Romero – muerto, sin la carga de la prueba. Indignante.

Caprichos políticos

El primer contagio por ébola en territorio europeo se ha producido en España. Es, precisamente, esta noticia extraída de las portadas internacionales, la que sitúa a nuestra marca – la marca España – en los estercoleros de la calle. Los 300.000 euros gastados en repatriar a Manuel y a Pajares, no garantizaron las condiciones de "seguridad plena" al personal sanitario del hospital madrileño. Tanto es así, que una auxiliar de enfermería contrajo el "virus importado" de las tierras africanas. Ahora bien, desde que se conoció la noticia no ha rodado – ni, probablemente, rodará – ni una sola cabeza, por tales: "errores de protocolo". A pesar de que nuestra Constitución obliga a los poderes públicos a velar por la seguridad y salud pública de los ciudadanos; Ana Mato y compañía han puesto en riesgo la salud de su país, por el capricho político de repatriar a dos enfermos moribundos, infectados de ébola. 

El artículo 15 de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales establece una serie de principios en materia preventiva. El primero de todos: evitar los riesgos. Dando cumplimiento a este principio legal, el riesgo biológico de ébola para los trabajadores del Carlos III se podría haber evitado. No olvidemos que un "error de protocolo" suponía un riesgo grave e inminente para la seguridad y salud de los trabajadores. Riesgo, les decía, innecesario ante las escasas posibilidades de vida de Manuel y Pajares. Otro principio: informar y formar a los trabajadores acerca de los riesgos existentes en su lugar de trabajo. Principio que al parecer no se cumplió, supuestamente, en los intramuros de Alcorcón. Tanto es así, que un facultativo declaró que "nadie les enseño a ponerse el traje"; obligación del empresario en materia preventiva. Otra medida legal ante riesgos biológicos, altamente peligrosos, es el "aislamiento". Aislar la fuente del riesgo es condición necesaria para evitar – por sentido común – la propagación del contaminante. A Teresa Romero – auxiliar sanitaria, contagiada por el ébola – no se le aisló del resto de sus compañeros, tras estar en contacto con los dos fallecidos, sino que anduvo como Pedro por su casa por los pasillos del centro hospitalario.

Culpabilizar del contagio por ébola a Teresa Romero es, sin duda alguna, la estrategia del Carlos III para quitarse las pulgas de semejante desaguisado. Así las cosas, el gerente del hospital la Paz – Rafael Pérez Santamaría – comunicó a los sanitarios de Alcorcón que todo se debía a un "fallo humano". Un fallo humano, les decía, con tal de "salvar el culo" a Ana Mato y exonerar de responsabilidad a las élites hospitalarias. La existencia de una negligencia por parte de Teresa, – por no cumplir las normas de protocolo al quitarse el equipo de protección -, invitaría a Rajoy y a los suyos a salir impolutos de cara a la galería. Aunque Romero cargue con la carga de la culpa, lo cierto y verdad, es que el origen del problema reside en la repatriación -oportunista- de Manuel y Pajares desde las tierras alejadas. Si no los hubieran repatriado – cuánta razón tenía el cuñado de Gregorio – hoy dormiríamos tranquilos; sin temor a ser contagiados de ébola. Luego existe un nexo causal entre la decisión del Gobierno y la infección de Teresa. Es, por ello, que desde los renglones de la crítica exigimos la dimisión de Ana Mato; como responsable política de una decisión equivocada. Una decisión, les decía, que entre sus consecuencias contaba con la posibilidad – aunque remota – de errores de protocolo; derivados tanto de fallos técnicos como humanos.

El tiempo transcurrido desde que tuvo lugar el contagio hasta su conocimiento, por parte de la víctima, ha puesto en riesgo de contagio a todas las personas que durante ese periodo han mantenido contacto ella. Tanto es así, que el perro de Teresa es señalado como probable infectado ébola. Matar al perro, si estuviera infectado, es condición necesaria pero no suficiente para romper el eslabón de la cadena. No olvidemos que el virus se transmite por la sangre; fluidos corporales – vómitos, heces y saliva -; agujas, jeringuillas y carne infectada. La hipotética infección del perro supondría una dificultad añadida para frenar la propagación del virus en tierras españolas. Una dificultad añadida, les decía, porque mientras la cadena humana de posibles contagios es fácil de detectar mediante preguntas y respuestas; la huella del can es más difícil de seguir por los investigadores.  Mientras los flujos humanos están controlados por la institucionalización de los deshechos, los flujos animales no corren por los mismos derroteros. No los corren, cierto, porque los perros huelen y lamen la orina de los suelos; se lamen entre ellos como sinónimo de alegría y, saludan a sus amos con lengüetazos vespertinos. Así las cosas, la intoxicación de Teresa y la de su probable mascota traerán consigo más casos de ébola a las portadas internacionales. Mientras tanto seguiremos esperando a que dimita Ana Mato.

Cuentos chinos

Noellle Neumann es una politóloga alemana, especialista en medios de comunicación. Ella fue quien instauró en los foros académicos el concepto: "la espiral del silencio". Según esta pensadora – y desde aquí me quito el sombrero – las sociedades modernas se comportan como "borregas" ante las informaciones mediáticas. Para Neumann, los medios crean climas de opinión – favorables o desfavorables – hacia ciertos temas de actualidad. Una vez creada la corriente mayoritaria; las voces díscolas con la misma callan como tumbas ante el rechazo social que su crítica suscita. Así las cosas, los "Mass Media" incrustan en la sociedad mensajes derivados de partidos políticos, afines a sus líneas editoriales. ¿Qué ocurre en este país? que hay un oligopolio periodístico, abanderado por cabeceras fieles a las tripas peperas. Luego existe, en los mentidores de la calle, una opinión pública mayoritaria, sesgada por los filtros de la derecha y, otra minoritaria, formada por las voces progresistas.

Las muertes de Manuel García Viejo y Miguel Pajares – ambos fallecidos en España por el virus del Ébola – corroboran la hipótesis de Neumann. El otro día, sin ir más lejos, se me ocurrió escribir en twitter un tuit crítico con el clima de opinión orquestado en torno a sendas defunciones. En él criticaba al Gobierno por repatriar a los dos enfermos terminales, a sabiendas del riesgo de contagio que el traslado suponía, y los elevados costes del mismo; 150.000 euros por cada repatriado. Pues bien, dicho esto, a los pocos segundos del mensaje llegaron las "bofetadas" desde todos los rincones del globo. Me trataron de "inhumano"; de "mala persona" y otros insultos de corte barriobajero. ¿Es responsable – reitero – poner a cientos de efectivos – médicos y policiales – en riesgo de contagio, ante cualquier error de protocolo, por salvar a dos enfermos moribundos procedentes de Leona? No, pero, lo cierto y verdad, es que gestos como éste dejan en buen lugar a la España de Rajoy de cara a los ojos internacionales. Política internacional de baja intensidad, como diría don Jacinto, a las puertas de la taberna.

Desde que Podemos irrumpió en las gradas europeas, las máquinas de la derecha han hecho todo lo posible para crear "climas de opinión desfavorables" a los nuevos de la parrilla. Desde las tribunas de El Mundo, las plumas de Casimiro han intoxicado a sus lectores con argumentos falaces acerca de la financiación de Podemos y sus diálogos con ETA. Gracias a estas artimañas, provenientes de la caverna, se construyen corrientes mayoritarias, difíciles de desmontar por los críticos de la mañana. Tanto es así que cada vez que Pablo Iglesias sale en la tele se le pregunta por sus "tonteos" con Venezuela. Son tales torpezas, cometidas por pseudoperiodistas de la Cuatro, las que hacen que el rumor se convierta, para la mayoría de los mortales, en un argumento de verdad para las hemerotecas de la calle. Son, precisamente, estos juegos sucios – auspiciados por medios y partidos – los que hacen que se transgreda el derecho a la información veraz desde las trincheras de la demagogia.

La "espiral del silencio" le sirve al tejido mediático de este país para manipular al rebaño y llevarlo hacia sus pastos deseados. Manipular el rebaño, les decía, con los hilos de los partidos. Hilos que se esconden detrás de las cortinas editoriales y hacen de los lectores un sector alienado por las élites tóxicas del poder. Gracias a la espiral, Rajoy vende el "España va bien" de los tiempos aznarianos para mantener sus "barbas" en las aguas de La Moncloa. Mientras Mariano toca a "bombo y platillo" el estribillo de la re-cu-pe-ra-ci-ón, el paro sigue incrustado en las penurias de la calle; los salarios de los funcionarios continúan congelados desde los tiempos de Zapatero; el grifo del crédito, cerrado a "cal y canto" desde el rescate de Bankia; las viviendas, con los carteles de "Se Vende" desde el pinchazo de la burbuja y, la brecha de la desigualdad, cada vez más ancha entre los cuellos blancos del capital y las manos de la plebe. Gracias al estribillo pepero, las filas de Mariano consiguen que la mayoría de los españoles sueñen con la utopía, mientras leen los "cuentos chinos" que se escriben en las cloacas de la caverna. Cuentos chinos, les decía, que invaden las tertulias de los bares, e impiden a la crítica romper la espiral de Noelle.

Abortos políticos

En lo que llevamos de mes, dos cabezas han rodado por los patios de Génova. Si antes fue Ana Botella, la que abandonó el barco de Madrid. Ahora, es su padrino: el señor Ruiz Gallardón, quien dice adiós a tres décadas de lucha por el cetro. Son, precisamente, estos hechos consumados los que invitan a la Crítica a reflexionar sobre el asunto. "Aunque la derecha no lo reconozca – decía esta mañana el barbero de Lavapiés – el chaval de la coleta – se refiere a Pablo Iglesias – les trae por el camino de la amargura. Gracias a él, los fachas de la Moncloa han tenido que alejarse del franquismo para mantener sus caballos en el campo de batalla". Han tenido que "alejarse del franquismo" y, dice bien este barbero, porque con la Ley del Aborto aprobada, otro gallo cantaría en las próximas de mayo. Tanto es así – en palabras del cliente – que han preferido mantener el último bastión de Zapatero (la Ley de Plazos) que aprobar la "gallardonada" de Alberto. 

Si analizamos la dimisión de Gallardón en términos de costes y beneficios para las filas peperas; pesan más los segundos que los primeros. Gracias al fracaso del exministro, la derecha ha matado dos pájaros de un tiro. Por un lado, el Pepé recupera oxígeno para próximas encuestas y, por otro mantiene en sus orillas a los más moderados de la parrilla; aquellos indecisos que en su día dieron su voto a Rajoy por el centrismo de su discurso, y ahora estaban a punto de cambiarse de bando, si se hubiera dado luz verde a la Ley del Aborto. Ahora bien, no todos son luces en las ventanas de Génova. La desautorización de Rajoy a su exministro de justicia pone en evidencia las grietas que se abren en los jarrones de La Moncloa. La dimisión de Botella y Gallardón, en tan poco espacio de tiempo, sitúa al Ejecutivo en su primera crisis de gobierno local y nacional, respectivamente. Por otro lado, el archivo del aborto siembra de enojos al "liberalismo cristiano"; a las sotanas del Vaticano, y a todo el electorado de corte religioso; que ha rezado, día a tras día, para que se derrumbase, "de una vez por todas", la ley de Zapatero.

Así las cosas, lo que está claro, clarísimo, es que el miedo de Mariano a perder su sillón, por salvar a su ministro, era racional para los intereses del partido. Era racional, les decía, porque según el presidente: la Ley del Aborto no era una cuestión de Alberto sino una decisión del Gobierno. Por eso mismo, porque dicha aprobación hubiera perjudicado al "interés general"; el tema del aborto ha quedado en papel mojado, a pesar de ser el "buque insignia" del programa pepero. Es, precisamente, este gesto interesado de cortes "populistas", el que hace que Rajoy haya tomado pulso ante los brazos socialistas, a pesar de perder fuelle con los fieles de su partido. Con la Ley de Plazos sobre los tapetes de Génova se abre un nuevo ciclo de estrategia electoral en las siglas de la gaviota. Se abre un nuevo ciclo, les decía, de discursos descafeinados para no espantar de los prados azules a los verdugos de Zapatero. Discursos descafeinados basados en promesas electoralistas: devolución de la paga extra a los funcionarios públicos, bajada del IRPF, stop a la Ley del Aborto…, para salvar al partido de los embates de Podemos y los reproches socialistas por el desmantelamiento del Estado del Bienestar.

El "consenso social", defendido por Rajoy para apartar el aborto de los asuntos de Estado debería extrapolarse, con carácter retroactivo, al resto de las mareas. La Lomce, por poner un ejemplo, fue aprobada por don Mariano y los suyos, sin oír a las voces de la calle. De nada sirvieron varias huelgas estudiantiles; ni el rechazo unánime de la oposición para aprobar un asunto con tanta "sed de consenso" como es, sin duda alguna, la educación de nuestros hijos. La Ley de Educación fue aprobada, verdad de las grandes, por el poder del rodillo; antes – eso sí – que Podemos apareciera en escena y que el rubalcalismo falleciera. Son, precisamente, las encuestas internas de los intramuros de Génova, las que invitan al sociólogo a pensar que el Pepé está nervioso ante el probable batacazo electoral que le espera en la próxima primavera. Si no fuera así, si el PP no jugara con los datos en contra, no tendría sentido que la Ley del Aborto fuera sacada del horno, tras dos años y medio de cocción a fuego lento.

Los brotes del Alzheimer

En mis tiempos de EGB, allá por el año 1.987, cuando alguien me preguntaba: qué quería ser de mayor, siempre le respondía que quería ser periodista. Tanta pasión sentía por dicha profesión que a los catorce años ya tenía un programa de radio en la emisora de mi pueblo. Todos los martes, en el 105.0 de la FM, allí estaba Abel Ros con su "Club del Disco"; un programa de música y variedades que incluía un listado con los mejores elepés del momento. Después de dos años en antena, la emisora cerró sus puertas por cuestiones políticas y, mi programa pasó a las vitrinas del recuerdo. Aún tengo en casa de mis padres, algunos cassettes con tales reliquias radiofónicas. Así las cosas, mi vocación de periodista continuó durante años rondando por mi cabeza y, de una manera u otra, hice mis pinitos en el arte del oficio. Escribí "cartas al director" para diarios provinciales; artículos para la revista de San Roque -publicación anual con motivo de las fiestas patronales de mi pueblo – y, hasta elaboré un proyecto de semanario local que nunca salió a la luz. 

Tras finalizar mi primera carrera – diplomatura en Relaciones Laborales – pasé cuatro años buscando trabajo. Recuerdo que eran años duros para los recién titulados. España estaba en los preámbulos de la burbuja y cotizaba más: “saber poner ladrillos y hacer buenos amasijos de cemento" que cien sobresalientes juntos. Todos los días enviaba curriculums; asistía a entrevistas de trabajo y hacía cursillos – financiados por los "fondos europeos" – para complementar mis estudios. Después de tanta angustia por encontrar un empleo, el periodismo volvió a cruzarse en mi vida. Me presenté como alumno trabajador a un Taller de Empleo para jóvenes universitarios y fui seleccionado. En aquel taller hacíamos páginas Web para entidades sin ánimo de lucro y manteníamos un periódico digital. En aquel trabajo aprendí a través de Ana – mi profesora de periodismo – las vocales del oficio. Aprendí a redactar notas de prensa; entrevisté a personajes del mundo de la política y del deporte; hice crónicas sociales; periodismo de datos, y conocí las luces y sombras del oficio. Me gustaba lo que hacía, tanto es así que por las noches soñaba con que se hiciera de día para volver a escribir en la "La Ventana del Segura".

Después de aquella experiencia me volví un "devorador de periódicos". Me daba igual que fuera El País, El Mundo de Pedro Jota o el diario Público de Ignacio. La lectura de prensa mantenía fresca mi vocación periodística. Estar al día se convirtió en el mejor de mis manjares. Recuerdo que siempre hacía – y hago – el mismo ritual cuando caía un periódico entre mis manos. Primero: vista de pájaro por todas sus páginas. Segundo: lectura detenida de aquellas páginas, que tras la primera vuelta, llevaban el plieguecillo en la parte de arriba. Por circunstancias de la vida terminé de profesor de instituto, pero mi inconformismo innato hizo que siguiera luchando por el sueño de mi vida. Tras terminar mi segunda carrera – Sociología – me rondó por la cabeza la creación de un blog para quitarme el gusanillo de mis brotes periodísticos. Estaba harto, la verdad sea dicha, de pasar por la censura y frustrarme cada vez que mis "cartas al director" no salían publicadas en los grandes de la mañana. Así que, lo tuve claro, decidí emprender El Rincón de la Crítica, un lugar para escribir de forma libre, sin pasar por el visto bueno de los otros. Los comienzos fueron duros, recuerdo que diez visitas al día eran todo un reto para una hormiga en un mundo de elefantes. Una página Web es como un trozo de corcho flotando en medio de un océano. Un trozo de corcho, les decía, que necesita de cientos de espejos para ser visto por los ojos de los otros. Sin tales espejos, en términos técnicos: "sin visibilidad", es muy difícil ser respetado en la jungla digital.

A través del blog conseguí escribir mi primer libro: "El Pensamiento Atrapado", una recopilación con los mejores artículos del Rincón; prologado por Javier Valenzuela y editado por La Lluvia. Dice la sabiduría popular que todo mortal, a lo largo de su vida, debe realizar tres cosas imprescindibles para pasar a la inmortalidad: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Bueno, todo es muy discutible. Mi experiencia como escritor novel no fue, para nada, un camino de rosas sino todo lo contrario. Cuando publicas un libro dejas de ser libre; ya no eres un bloguero que escribe para cubrir su vocación de periodista, sino que te conviertes en un producto de estantería comercial donde "tanto vendes, tanto vales". Si tu libro no se vende, muy probable para alguien desconocido, entras a formar parte del rebaño de los anónimos. Si tu libro se vende – por la visibilidad mediática del mismo – aunque escribas "como el culo" te conviertes en un nombre y pasas a formar parte de los "autores del presente". Pues bien mi libro no tuvo tal suerte de pasar la línea del anonimato. No sé si el día de mañana escribiré otro libro, pero lo que sí tengo muy claro es que seguiré escribiendo aunque sea en las servilletas de los bares. Seguiré escribiendo, les decía, para que algo tan frágil como es mi pensamiento perdure entre los otros, y quede a salvo de los brotes del Alzheimer.

El periplo de Botella

Con el editorial "Una administradora eficaz", la pluma de Marhuenda no tiene reparos en elogiar a la discípula de Gallardón. "Quien suceda a Ana Botella recibirá una ciudad solvente, con la deuda generada durante el último periodo de expansión completamente saneada, unos presupuestos con superávit, las menores tasas impositivas de entre las grandes capitales del país y con una Administración municipal eficaz y equilibrada". Tales elogios, provenientes de La Razón, contrastan con las últimas encuestas publicadas por El País. Según tales sondeos, el Pepé perdería la mayoría absoluta, tanto en la Comunidad de Madrid como en el Ayuntamiento de la capital, en las próximas elecciones autonómicas y locales. Son, precisamente, estos pronósticos y no los balances de Marhuenda, los que han hecho que Ana Botella "de por cerrada una etapa muy importante de su vida". 

Aparte de los elogios vertidos por el director de La Razón, el periplo de Botella ha estado marcado por la pésima gestión en las tareas de comunicación y negociación política. En primer lugar, la mujer de Aznar no estuvo a la altura en la tragedia del Madrid Arena. No lo estuvo, les decía, porque se mantuvo en las burbujas del spa, mientras cinco adolescentes morían aplastadas en la macrofiesta de su ciudad. En segundo lugar, la señora Botella hizo el ridículo internacional con su pésimo dominio del “inglés” en la ceremonia de la candidatura olímpica de Madrid, celebrado en Argentina.  El "relaxing cup of café con leche" ocupó, para espanto de muchos, la séptima posición de las meteduras de pata cometidas por los políticos durante el 2013; ranking publicado por la prestigiosa revista Time. En tercer lugar, Botella no demostró talante negociador en la pasada huelga de basuras. Durante trece días, la capital de España fue portada de los principales rotatorios nacionales e internacionales por la imagen dantesca de sus calles. Calles inundadas de bolsas de basura, peatones con mascarillas y ratas de alcantarilla en búsqueda de comida. Durante trece días, Madrid se convirtió en un mal ejemplo para la atracción turística y el tejido comercial. En cuarto lugar, la deplorable situación del arbolado municipal. En tres meses, dos personas han fallecido aplastadas por sendas caídas de ramas de árboles. Son, precisamente, estas cuatro razones, entre otras, las que explican por qué la "administración eficaz", defendida por Marhuenda, no ha sido aplaudida por las voces demoscópicas.

Así las cosas, ya suenan las campanas sobre quién sucederá a la mujer de Aznar en la pugna por la capital. Aguirre, Cifuentes y Sáenz de Santamaría son las apuestas más sonadas en las quinielas mediáticas. Recuerden que el Pepé no celebra primarias para la elección de sus candidatos. El "dedazo" de Rajoy será quién decidirá cuál será "la cabeza de cartel" para la alcaldía de Madrid y, tratándose de Mariano, la decisión probablemente se demorará hasta la víspera electoral. Esperanza Aguirre goza de un gran gancho mediático y, sobre todo, con una dilatada experiencia al frente de la Comunidad. Ahora bien, su enemistad con Rajoy y el incidente judicial por escapar de la policía municipal la dejan tocada, aunque no hundida, en su lucha por el cetro. Cifuentes, a pesar de su negativa manifiesta a la sucesión de Botella, cuenta con el apoyo de Dolores de Cospedal y no resulta incómoda para Rajoy. Y, por último, Sáenz de Santamaría. La vicepresidenta tendría el apoyo de su jefe y de buena parte de los "peces gordos" del partido. Ahora bien, su candidatura abriría una crisis en el equipo de gobierno a pocos meses de las elecciones generales. Así las cosas, de las tres hipotéticas candidatas – Aguirre, Cifuentes y Santamaría -, Cristina es, sin duda alguna, la que más papeletas tiene para conquistar el "dedazo" de Rajoy.

Ana Botella es, en palabras del director de La Razón, "una mujer inteligente, en nada afecta al populismo y que, desde un convencimiento liberal, ha tenido como principal mira política hacer de Madrid un lugar atractiva para la iniciativa empresarial y el impulso económico". No olvidemos, que antes de las elecciones europeas, la mujer de Aznar no descartaba su candidatura a la alcaldía de la capital. No lo descartaba, les decía, porque entre sus promesas electoralistas estaba la rebaja del Impuesto de Bienes Inmuebles y la supresión de la tasa de basuras para el año 2015; medidas "populistas", en el más amplio sentido del término, que cuestionan las líneas vertidas por Marhuenda. La irrupción de Podemos en la palestra electoral y la caída libre de Botella en las encuestas son, a juicio de la crítica, las principales razones que se esconden detrás de su caída. Sin Podemos por en medio y con las encuestas a su favor, otro gallo cantaría en los corrales de Botella. Ahora bien, si se aprobara la ley de "regeneracionismo democrático", propuesta por Rajoy, la lista más votada sería la que obtendría el cetro de las alcaldías; luego no tendría sentido la decisión de Ana Botella, porque aunque no obtuviera la mayoría absoluta nadie le movería la silla.

Los ladrillos del silencio

España, por si ustedes no lo saben – decía don Gregorio a sus alumnos de grado – es el país más ruidoso del mundo, después de Japón. Vivimos, en palabras del antropólogo, en una cultura de bares y mercadillos que nos impide calmar el chirrido de máquinas que invade nuestro interior. Máquinas, les decía, que fabrican, las veinticuatro horas del día, pensamientos incontrolados. Pensamientos tóxicos que azotan nuestras conciencias y nos impiden alcanzar la esencia de nuestro "yo". Es necesario luchar para que la sociedad del silencio llegue a nuestras orillas y nos salve los oídos. Una sociedad, queridos lectores y lectoras, incómoda por el malestar que sentimos ante la callada del otro, pero imprescindible para reducir la ansiedad y el estrés que sacude nuestras vidas. Sin silencio, la ciudad se convierte en una jungla de timbales y trompetas; de graves y agudos; de tijeras y cuchillos, donde solamente son oídos quienes alzan la voz por encima del rebaño.

Las "sociedades del silencio" son aquellas que valoran la reflexión de los otros como un bien necesario para la construcción del conocimiento. En tales ambientes, los niños son socializados a través de hogares y escuelas calladas, donde los gritos y voceríos son considerados como síntomas de inmadurez emocional y desviación ante las reglas sociales. Es, precisamente, en tales ambientes donde los ladrillos del silencio son necesarios para que los decibelios mundanos desciendan hasta los umbrales del respeto. En los hogares callados hay menos violencia doméstica que en los entornos turbulentos. Hay menos violencia, les decía, porque los efectos del ruido sobre el organismo son sustituidos por las consecuencias positivas de una paz aprendida. En los colegios, de tales sociedades, se recogen los frutos del silencio cosechado en los hogares. Son aulas calmadas, de aguas quietas y voces apagadas, donde la voz del maestro se deja oír sin ser censurada por el travieso de la mañana. En tales colegios, no se oye ni un alma por el horizonte de los pasillos. Son, como diría el filósofo, espacios determinantes para la construcción del conocimiento.

Las calles de las "sociedades calladas" son la viva imagen de una película del cine mudo de los años olvidados. Las avenidas están repletas de desconocidos inculturizados tras los barrotes del silencio. Desconocidos que hablan por sus móviles en lugares apartados, para evitar invadir con su voz el espacio del otro. Hablar alto en tales avenidas se considera una infracción muy grave, por la violencia que supone la ruptura mental del viandante de la esquina. El ruido se considera un tóxico social que atenta contra la privacidad mundana. Una privacidad necesaria para conseguir la calma interior, que todo mortal necesita, para encontrar el sentido a una vida marcada por las prisas, el dinero y la angustia existencial. Calmar la mente, estimados lectores del rincón, es necesario para revitalizar la creatividad y construir una sociedad basada en la innovación e investigación. Una sociedad, les decía, alejada del ruido permanente de las redes sociales y los medios de comunicación.

Para conseguir la utopía – la utopía del silencio – es necesario cambiar nuestros cimientos culturales por otros que nos alejen, de una vez por todas, del ranking de los más ruidosos del mundo. El cambio de mimbres implica introducir en nuestras vidas instrumentos que silencien nuestros ruidos vitales. Para ello, para calmar nuestras vidas, es recomendable habilitar, en nuestro día a día, momentos de lectura y escritura. Momentos de lectura y escritura – cierto – consistentes en leer y escribir sobre aquellos temas que nos permitan desconectar de los tóxicos de afuera. La meditación y el yoga, tanto en los hogares como en los colegios, debería ser una asignatura obligatoria para depurar y dilatar la frecuencia de los ruidos que invaden nuestras mentes. Estos mimbres personales son necesarios, pero no suficientes, para conseguir la utopía. Para conseguirla es necesario institucionalizar el silencio mediante normas y sanciones, más severas que las actuales. Una institucionalización, les decía, que extrapole el silencio de las bibliotecas, iglesias, tanatorios y cementerios, a los intramuros de los hogares; los espacios educativos; los espacios laborales y, los rincones de la calle.

Alcaldes de Rajoy

Con la llegada de septiembre comienza el nuevo curso político. Pujol, la consulta separatista, las elecciones municipales y regionales y, la reforma electoral son, entre otros, los temas candentes que nos tendrán entretenidos los próximos meses. La propuesta planteada por las filas peperas para la elección de los alcaldes no podía pasar de puntillas para los ojos de la crítica. La medida está fundamentada, en palabras de la derecha, como instrumento necesario para impedir la proliferación de la corrupción. Corrupción, valga la redundancia, sobrevenida por los pactos postelectorales entre grupos políticos de distinto signo. Esta razón ha sido cuestionada por El País, tras publicar ayer, el sondeo realizado por Metroscopia. Según esta empresa de sondeos "de los 98 mayores Ayuntamientos de de España, sólo 13 están dirigidos por Gobiernos de coalición y, entre estos, solo uno está afectado por un caso corrupción", luego – estimados lectores y lectoras – el argumento esgrimido por Rajoy para cambiar las reglas de juego está más cerca de intereses partidistas que de higiene democrática.

Si observamos la secuencia de los hechos, la medida de don Mariano – la reforma electoral del régimen local – ha sido propuesta justo después de las elecciones europeas; tras conocerse los resultados electorales de las mismas y, tras digerir que un millón dos cientos mil votantes se inclinaron por nuevas fuerzas políticas afines a la izquierda, poniendo en jaque el bipartidismo acostumbrado de los últimos treinta años. La victoria de Podemos, o dicho en otros términos, la extrapolación del escenario europeo a los pueblos españoles supondría, para desgracia de algunos, que los incipientes de la parrilla se hicieran con las llaves de sus castillos. El miedo a la sangría en tan probable contienda ha puesto nerviosos a las filas de la derecha. Tanto es así que bajo la rúbrica "regeneración democrática" el Pepé quiere cambiar las reglas de juego para que en las próximas elecciones de mayo gane la lista más votada. Gane la lista más votada, o dicho más claro, gobiernen las mayorías simples sin oportunidad de pactos postelectorales, hasta ahora democráticos. Así las cosas, la nueva "bofetada" que se cocina en La Moncloa nos sitúa a las puertas de los modelos "a una vuelta" americanos. Modelos basados en distritos uninominales y sistemas electorales bipartidistas por las consecuencias de la Ley Duverger.

Desde la crítica debemos reflexionar sobre los pros y contras del "debate interesado", abierto por Rajoy y los suyos, en la opinión pública española. Es cierto, ciertísimo, que en nuestra historia democrática se han producido pactos antinatura – PP, PSOE – con consecuencias negativas para la convivencia ciudadana. Es verdad, y sería de ingenuos negar la mayor, que con el sistema electoral actual muchos ganadores han visto como otros – los perdedores – se han salido con la suya, tras repartirse el pastel del poder con cuchillos de segunda. "Sin pacto mediante – en palabras de Jacinto, un "facha" de los pies a la cabeza – otro gallo cantaría en los corrales andaluces".  Son, precisamente, estas palabras extraídas de los bares madrileños, las que invitan a la izquierda a poner tierra por medio para que esta "oportuna medida" no llegue a nuestros pueblos. No olvidemos que el partido que nos gobierna ostenta la mayoría absoluta y que si quiere, o dicho en términos coloquiales, "si le da la gana" puede tirar por la borda todo el sueño de Podemos.

La elección de la lista más votada supondría una grave herida para la democracia representativa. En primer lugar, la composición de los gobiernos impediría a las fuerzas menos votadas la oportunidad de diálogos y acuerdos para formar gobiernos representativos acordes con la diversidad electoral. Este fenómeno traería consigo una centralización del voto en partidos mayoritarios – Pepé y Pesoe – ante el sesgo colectivo de que el voto a las minorías sea un acto sin sentido. La medida supondría un aumento del bipartidismo en perjuicio del pluralismo manifiesto en nuestra Constitución. La medida, no hace falta ser doctor en políticas para darse cuenta de la jugada, beneficiaría, sin duda alguna, al Pepé y perjudicaría a los débiles de la parrilla. Partidos, les decía, que sin oportunidades de pactos "a posteriori" lo tendrían crudo para conseguir alcaldías. Lo más justo para evitar "pactos antinatura" y "listas más votadas" sería un sistema electoral "a dos vueltas", tal y como está instaurado en Francia. Un sistema electoral semipresidencialista aplicado al régimen local. Con este sistema, todas las fuerzas políticas tendrían cabida en la primera vuelta. Solamente en la segunda vuelta ganaría la lista que obtuviese la mayoría absoluta. El sistema "a dos vueltas" mantendría inmune el pluralismo incipiente y supondría un fortalecimiento de las voces ciudadanas. Ahora bien, ni el sistema de "lista más votada", propuesto por Rajoy, ni el sistema "a dos vueltas", propuesto por la Crítica, estaría a salvo de las corruptelas de despacho.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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