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Sobre populismos y realidades

El otro día, Ángel Urbide escribió un artículo en El País titulado: "los caramelos de Podemos". En él, el economista de Caño criticaba el programa electoral de Iglesias por considerarlo surrealista y perjudicial para los intereses económicos de España. Decía, y en ello le doy la razón, que las promesas de Pablo son retórica populista para llegar a La Moncloa, y acciones imposibles para gobernar el país. De todos es sabido que una "renta universal", o dicho de otro modo, "cuatro cientos euros, por la cara, para todo hijo de vecino" – da igual que sea el hijo de Botín o el carnicero de mi pueblo – suponen para las arcas públicas un cuarenta por ciento del PIB. No olvidemos que las políticas sociales son financiadas por el bolsillo ciudadano y, por tanto, la ejecución de las mismas supone aumentar los ingresos, o dicho de otro, modo subir los impuestos. Según Íñigo Errejón – del equipo de Podemos -, tales incrementos tributarios serían soportados por los “los de arriba"; los que han sacado tajada de la crisis y se han enriquecido a costa de "los de abajo". Si se hiciera esta medida, la renta universal – ideal, por supuesto que sí – se activarían, por parte de los empresarios, mecanismos para compensar, de algún modo, la pérdida en sus ingresos. Mecanismos, tales como: incremento de los precios; bajada de salarios y huída de sus negocios hacia otros territorios, donde las cargas fiscales fueran más atractivas.

Aunque Podemos llegara a la Moncloa – y yo me alegraría por ello – nuestro modelo productivo no cambiaría de la noche a la mañana. No olvidemos que la tardanza de España en la salida de la crisis no es otra que la incapacidad de las unidades productivas para reestructurar la economía. No olvidemos que hasta hace siete años, nuestros mimbres económicos eran los ladrillos. Hoy, sin amasijos de cemento por en medio, nos hemos convertido en un país periférico al servicio de los grandes. Mientras Estados Unidos basa su competitividad en la investigación y desarrollo; China en la reducción de los costes productivos y, Alemania en la industria pesada; España, sin embargo, ha perdido el rumbo en el tablero internacional. Así las cosas, sin grúas ni andamiajes solo nos quedan dos opciones: o reinventar nuestro modelo – buscar a toda prisa una ventaja competitiva que nos devuelva el sentido – o ser la África de Europa. La primera opción: "reinventar nuestro modelo", solamente se consigue con el emprendimiento y la investigación.

Para ello, para emprender, el Gobierno debe despertar el letargo ciudadano mediante el espíritu emprendedor. Despertarlo, les decía, mediante la inserción en los currículos educativos de asignaturas transversales que fomenten la creatividad y el talento; la toma de decisiones y, en definitiva: el "sueño americano". El fomento de la investigación se consigue mediante ayudas y estímulos al talento de las aulas para retenerlo en nuestras orillas, y evitar que se nos vaya. La segunda opción: "ser la África de Europa" supone quedarnos como estamos: un país de brazos cruzados cuya solución a la crisis pasa por aprobar reformas laborales, cuya única finalidad es empobrecer a la clase obrera en pro de los intereses patronales.

Durante tres años en La Moncloa, Rajoy ha optado por la segunda opción: "ser la África de Europa". Gracias a esta opción, el Gobierno ha desmantelado el Estado del Bienestar; ha hecho una reforma laboral a la horma de la patronal; ha endurecido el acceso a las becas; ha permitido el éxodo masivo del talento hacia otras orillas; ha ayudado a los bancos a salir de su crisis;  ha incumplido hasta la última coma de su programa; ha aumentado la brecha entre ricos y pobres; ha traído el ébola a España y; ha ninguneado la función social del periodismo mediante ruedas de prensa "emplasmadas" y alejadas de toda ética. Con estos mimbres, los frutos que recogemos de este presidente es un país sin un modelo competitivo; sin ninguna hoja de ruta hacia la salida de la crisis, aunque nos hagan creer lo contrario. En días como hoy, las exportaciones agrícolas han caído por el cerrojo de Rusia; las ventas de automóviles siguen estancadas desde hace siete años; las ventas de viviendas no repuntan por las dificultades del crédito; las Administraciones Públicas "no levantan cabeza" por sus innumerables "púas"; los autónomos hacen malabarismos para sobrevivir en su desierto y; el fracaso educativo continúa, a pesar de que la Lomce iba a ser la panacea. 

Así las cosas, las promesas de Podemos son el único palo ardiendo que le queda al ciudadano para que su sino cambie o caiga para siempre. La opción de Pablo Iglesias es, sin duda alguna, la opción menos mala entre todas las alternativas. El PSOE tuvo su oportunidad de gobierno y “derechizó” su discurso mediante el "decretazo de mayo del 2010" que nunca olvidaremos; el PP prometió el "España va bien" de los tiempos aznarianos y, a día de hoy, estamos en el kilómetro cero de "la culpa fue de Zapatero" y "la herencia recibida". Ante este panorama, por descarte entre opciones malas y peores, solamente queda Podemos – la opción menos mala-. Un partido, les decía, que aunque nos prometa la luna – como diría Federico – y sepamos que es soñar con la utopía, su discurso nos hace felices a las puertas del barranco. La misma felicidad – en palabras del machista – que sienten las feas cuando alguien les dice guapas para llevárselas a la cama.

Los sesgos de la consulta

A pesar de los impedimentos del Gobierno, la "consulta alternativa" se ha celebrado en Cataluña. Se ha celebrado, cierto, con una participación del treinta por ciento, o dicho de otro modo, uno de cada tres de los votantes ha ejercido su "derecho a decidir". De éstos, uno de cada nueve ha manifestado el "sí, sí" a las dos preguntas planteadas en la papeleta. Así las cosas, ¿se puede decir que la consulta ha sido un éxito? No, rotundamente no. No porque los sesgos de la misma impiden al sociólogo extraer conclusiones válidas y fiables que permitan al político hablar con fundamento. En términos demoscópicos, la "consulta alternativa" no cumple con los requisitos necesarios para ser catalogada como plebiscito ciudadano; ni siquiera por analogía con las estructuras de los referéndums oficiales, la consulta cumple con los requisitos mínimos de un proceso electoral propio del siglo XXI.

La consulta se ha celebrado sin un censo que concretase el universo – relación con los nombres y apellidos de los llamados a las urnas -; no se ha garantizado la aleatoriedad en la composición de las mesas electorales, o dicho en otros términos, las mesas no han sido compuestas por los resultados de un sorteo – como ocurre en las elecciones oficiales –  sino por voluntarios afines a la consulta; el escrutinio de las papeletas no se ha realizado con testimonios objetivos – de conformidad con lo establecido por la ley orgánica del régimen electoral y las recomendaciones europeas – sino por  testimonios subjetivos (interventores, voluntarios y simpatizantes con la cuestión separatista) y, no se sabe qué mecanismos han existido para evitar las votaciones duplicadas y las mentiras en la lectura y recuento de papeletas. Al tratarse de una consulta – y no de un sondeo demoscópico – es imposible averiguar qué hubiesen votado los dos tercios de catalanes que se han abstenido. Así las cosas, con el "pucherazo" de los tiempos galdosianos sobre la mesa, resulta demagógico hablar en términos de éxito sin el fundamento técnico para ello. A pesar de tales sesgos, la "cacicada" del 9-N, le sirve a la corriente separatista para continuar su lucha por la utopía. Gracias a este pseudo-referéndum, tanto Mas como Yunqueras obtienen el dato que necesitaban – casi dos millones de "sí, sí" por la independencia – para presionar al Gobierno a que se celebre el futuro "referéndum".  Un referéndum, les decía, imposible con los mimbres del presente – la Constitución Española – pero probable si ésta algún día se reformara.

Mientras tanto – hasta que llegue ese día -, la crispación catalana entre los "sí, sí"; los "sí, no" y los "no, no" continuará removiendo las aguas tranquilas de los últimos quinientos años entre España y Cataluña. Tanto es así que miles de catalanes no acudieron a las urnas por el miedo a que su acción democrática – presuntamente ilegal – tuviera represalias futuras, por parte de las Administraciones. Los mismos miedos, cierto, que tienen millones de ciudadanos en el mundo sometidos a las cadenas de regímenes dictatoriales. 

Con el dato sesgado sobre el tapete – casi dos millones de separatistas, un tercio de la población catalana – es momento de preguntarse cuál es el paso siguiente en este callejón sin salida. La firmeza de Rajoy – su cierre en banda sobre la imposibilidad del referéndum – solamente canaliza la frustración de los votantes hacia mecanismos de violencia y malestar ciudadano. La propuesta de Sánchez, por su parte, considerar el problema como una cuestión política en lugar de jurídica, implica escuchar a Mas para entrar en el juego histórico de concesiones y privilegios, con tal de "callarle la boca". Un juego de concesiones y privilegios, les decía, que abriría – todavía más – la brecha geográfica entre ellos y nosotros. Esta medida – la medida de Sánchez – se volvería – con el tiempo – en contra de nosotros. Los catalanes serían cada vez  menos dependientes y la solicitud del referéndum adquiriría más fuerza que nunca. Luego, la negociación con Mas para evitar el incomodo de su discurso, no solucionaría el problema sino que lo agravaría.

Por su parte, la posición del Ejecutivo, basada en la resistencia como táctica para debilitar al adversario tampoco es la vía acertada. No olvidemos que el desafío mutuo entre Rajoy -por no ceder a las presiones catalanas – y Mas – por no parar en su intento por la utopía – solamente avivan la llama de la crispación entre los que nos "odian": los sí, sí y, los que nos "quieren": los "sí, no" y los "no, no". Llegados a este punto, lo mejor sería modificar la Carta Magna para que decidan en condiciones aceptables y sin sesgos metodológicos. Después, con los resultados sobre la mesa, actuar en consecuencia. ¿Y si el setenta por ciento de los abstencionistas del pasado domingo votaran NO a la independencia? Otro gallo cantaría. Ante ese escenario, el influjo de la mayoría pondría el cerrojo a dos años de discurso separatista. La aceptación sería legítima, tal y como sucedió en Escocia, y viviríamos tranquilos durante alguna que otra década. ¿Y si ese mismo setenta por ciento, en lugar de decir no, dijera SÍ a la independencia? En ese supuesto, la vinculación del referéndum haría que Cataluña fuera un país independiente, como lo son los franceses, los belgas y los andorranos.

Política ficción

Los resultados arrojados por el último barómetro del CIS no podían pasar desparecidos para los ojos de la crítica. La victoria de Pablo Iglesias – en intención de voto directo – y la debacle de Izquierda Unida ponen sobre el tapete el "tiempo nuevo" aludido por don Felipe en el inicio de su reinado. Un tiempo nuevo – y dijo bien S.M. – porque, aunque los sondeos demoscópicos sean un producto perecedero, lo cierto y verdad, es que sirven a los politólogos y sociólogos para trazar hipotéticos escenarios futuros de cara al diseño de estrategias electorales. A esta práctica sociológica, algunos periodistas la llaman de forma despectiva: "política ficción". Política ficción, les decía, porque para tales "analistas políticos" – me refiero a los tertulianos que usted y yo conocemos – las encuestas son copias distorsionadas de la realidad. Con tales mimbres sobre los micrófonos de algunas emisoras, es normal que nuestra ciencia – la sociología – sean ninguneada por quienes otorgan fe de verdad a los contertulios de la mañana. Bien, dicho esto, y perdonen por mi enfado, me permito la licencia de hacer un ejercicio de "política ficción" con la radiografía del CIS.

De cumplirse los pronósticos del barómetro, en el horizonte político se atisban los siguientes escenarios: el primero, y el más probable de todos: la muerte de Izquierda Unida por los mordiscos de Podemos. La renta universal; la jubilación a los sesenta; el impago de la deuda y, al fin y al cabo, el populismo inteligente, cocinado por Iglesias, ha dejado huérfano de discurso a las siglas de Cayo y Llamazares. Tanto es así, que las intervenciones de Alberto Garzón en la "Sexta Noche" no han levantado las pasiones deseadas entre sus clientes, sus votantes. El segundo escenario, y consecuencia del anterior: el tripartidismo. El "intruso del morado" – el color de Podemos – convivirá, en dosis similares, con el azul y rojo acostumbrados. Por último, el tercer escenario: la desideologización. La captura, por parte de Podemos, de electores provenientes de todas las orillas – izquierda y derecha – supone un cambio en el comportamiento electoral. Un cambio, les decía, manifestado en un desalineamiento del voto general; provocado por una sustitución del votante racional por otro de corte emocional, sin tintes ideológicos. Un voto, les decía, justificado por la desesperación; el descontento, y la frustración ciudadana con las políticas llevadas a cabo por socialistas y peperos durante los últimos ocho años.  En conclusión: debacle de Izquierda Unida, hemiciclo tricolor y voto pasional son los principales escenarios que se desprenden de la leyenda demoscópica. En caso de que se cumpla la profecía, el patio de los leones estará compuesto por tres fuerzas políticas con ponderaciones similares. Ante este panorama, la gobernabilidad solo será posible mediante grandes coaliciones o alianzas puntuales. Grandes coaliciones, y digo bien, entre el eje de la izquierda: pablistas y sanchistas, o pactos antinatura: entre populares y Podemos, o entre socialistas y peperos.

El primer supuesto: rojos con morados. Esta alianza perjudicaría seriamente al líder de la coleta. Lo perjudicaría porque ello supondría para los nuevos del hemiciclo: romper la coherencia de su discurso por mezclarse con la "casta" y caer en la mentira por pactar con quienes, según Pablo, nunca lo harían. Así las cosas, de conformidad con tales condicionantes no resulta verosímil una España futura gobernada por socialistas y pablistas. Otra cosa es que donde dije Diego, llegado su momento sea Digo; en ese supuesto Podemos sería un cadáver político al mezclarse con la "casta".  Descartado este hipotético escenario solo nos quedaría analizar una coalición entre Pepé y Podemos – aunque pienso que moriría sin creérmelo – o un pacto entre socialistas y peperos; algo más creíble, si tenemos en cuenta que este pacto antinatura ya se hizo en el País Vasco en tiempos de Patxi y Basagoiti. Estaríamos, por tanto, ante un país gobernado por un matrimonio, de tintes antagónicos, condenado al divorcio a los pocos meses del casamiento. La gobernabilidad más inteligente para los intereses partidistas sería las alianzas puntuales, o dicho en otros términos una España a la holandesa donde la negociación sería la receta cotidiana para la cocina de las leyes; algo que, sin duda alguna, favorecería al interés general y, por tanto, a la democracia. 

Aunque el partido socialista y Podemos no formasen gobierno por las causas anunciadas en el párrafo de arriba, lo cierto y verdad, es que el más perjudicado de esta coyuntura sería, sin duda alguna, el Partido Popular. Lo sería, porque su electorado no consistiría que Rajoy y Santamaría bailasen al son de Podemos, los "frikis" de la parrilla. Si lo hicieran, si se arrimaran a "la fea", probablemente en los próximos comicios fueran duramente castigados por sus fieles, sus votantes. Así las cosas, el Partido Popular se convertiría en un jarrón del hemiciclo a la espera de que la "nueva izquierda" – alianzas puntuales entre Podemos y socialistas – se desgastara con el tiempo. En días como hoy, el camino a trazar es el diseño de estrategias electorales para que el PP siga con su mayoría absoluta – muy improbable -, el PSOE salga de las cenizas de Rubalcaba, e Izquierda Unida recupere la merienda que le han arrebatado. Para conseguirlo existen tres grandes caminos, uno para cada partido. El PP: rezar cientos de Padres Nuestros para que el paro disminuya y no salgan más "chorizos" en el seno de sus corrales. El PSOE: conseguir que sus desencantados perciban en Pedro Sánchez a alguien más que una cara bonita en busca de visibilidad por las cloacas televisivas. Izquierda Unida: jubilar a Cayo y a Llamazares; sustituirlos por un líder joven – con rastas y coletas – y arrimarse a los socialistas para debilitar a Podemos.

El Rincón de la Crítica, entre los quince mejores

Con 15.388 blogs nominados, “El Rincón de la Crítica” ha conseguido ubicarse entre los quince mejores   en los X Premios Bitácoras 2014, dentro de la categoría “Mejor blog de periodismo y política”, que promueve RTVE.

Entre los clasificados destacan, por encima del Rincón: el blog de Maruja Torres, Malaprensa y En la boca del lobo y, por debajo, gigantes de la blogosfera, tales como: Escolar.netPolitikon, Principia Marsupia, entre otros.

El Rincón de la Crítica es un blog de opinión segudio por amantes de la lectura que buscan un enfoque crítico de la actualidad. 

Muchísimas gracias por vuestros votos.

Saludos, @Abel_Ros

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El péndulo político

Hace unos años escribí un post titulado: "el deterioro de la marca ZP". En dicho artículo critiqué la segunda campaña electoral de José Luis Rodríguez Zapatero. Una campaña, les decía, de cortes americanos, basada en la figura del líder por encima del partido. En ella, se pretendía poner en valor los logros del presidente durante sus cuatro años de gobierno: talante democrático; políticas sociales y crecimiento económico. Así las cosas, el partido socialista consiguió, por fin, un líder de brisas felipistas que le hiciera cara a una derecha inmersa en cuestiones sucesorias y convaleciente por las heridas de Atocha. Rajoy se convirtió en el hazmerreír de los suyos; Aguirre, Losantos y Pedro Jota etiquetaron a Mariano como un monigote, de usar y tirar, en el circo del partido. Mientras tanto, Rodríguez Zapatero arrastraba con sus redes a miles de votantes provenientes de la casa Llamazares. La campaña de la "ceja" y las notas altas en los sondeos demoscópicos hicieron que la figura del líder disimulara las miserias de su partido. No olvidemos que en Ferraz aún colgaba el sambenito de "corruptos" desde los tiempos de Roldán, Vera y Barrionuevo.

Después de aquella campaña electoral a la americana, José Luis se convirtió en ZP para lo bueno y para lo malo. Digo para lo malo, y digo bien, porque no hubo una línea divisoria que marcara el territorio entre el líder y el partido. Con la llegada de la crisis: la España del talante; de los derechos sociales, y del crecimiento económico, cambió por un paisaje marcado por palos de ciego; políticas neoliberales y un decretazo – mayo del 2010 – que puso fin al zapaterismo. El deterioro del líder le sirvió a la derecha para lanzar todo su arsenal de retórica barata contra Zapatero. "La culpa es de ZP" – como recordarán – se convirtió en la estrategia electoral de Rajoy y los suyos para conquistar La Moncloa. Tanto es así, que la crisis económica, de tintes globales y altas complejidades, fue "causada" por la "ineptitud" de ZP. Así las cosas, el discurso de la derecha caló entre el "analfabetismo económico" mundano y el Pepé – como ustedes saben – ganó por goleada a "el último error de ZP": Rubalcaba. La derecha ganó, les decía, por el influjo del recuerdo. El "España va bien" de los tiempos aznarianos fue el caramelo que le sirvió a don Mariano para llevarse a su bolsillo a los desencantados de Zapatero. Hoy, tres años después de aquella victoria, los sondeos demoscópicos – la reciente encuesta realizada por Metroscopia para El País -, no dan "ni un duro" por aquella derechona que prometió la luna y gobernó, a su antojo, de espaldas a su programa.

Son precisamente, las promesas incumplidas – del Pepé – y el papel mojado de su programa, las que ponen a Podemos en la palestra de la mañana. El hartazgo social por las mentiras de don Mariano; los constantes casos de imputados en el Partido Popular y en el Pesoe; la losa del desempleo; el empobrecimiento de la clase media; la cronificación de la crisis económica;  las huelgas estudiantiles; las mareas sanitarias; las tarjetas opacas de Caja Madrid; el caso Urdangarín y, muy reciente, el jaque mate del pequeño Nicolás; son – entre otros – factores que explican por qué los recién llegados al escenario político son aplaudidos por millones de espectadores hartos de "la casta" que les representa. Así las cosas, Podemos se convierte en la fe de los racionales cuando la medicación y las recomendaciones de sus médicos no solucionan sus males fisiológicos. Por ello, a pesar de que Pablo Iglesias prometa la luna – como hace tres años hizo Rajoy, tras el deterioro de la marca ZP – la gente le cree porque detrás de su "coleta" no hay un pasado político que le sirva al rival de la tribuna para decirle: "y tú más"; como ocurre entre socialistas y populares. La ventaja del presente, sin las manchas del pasado, hacen de Podemos una marca impoluta de cara a los comicios. No olvidemos que en España existe la presunción de inocencia, o dicho de otro modo, todos somos santos salvo que se demuestre lo contrario.

 Si se cumplen los pronósticos demoscópicos, Pablo Iglesias se podría convertir en el nuevo presidente de España, gracias al desalineamiento político provocado por el sumatorio de los factores anunciados en el párrafo de arriba. La única baza que le queda a Rajoy para mantenerse en su silla es la recuperación económica. No olvidemos que don Mariano jugó sus cartas al todo o nada, o dicho de otro modo, apostó por sacar al país de la crisis como condición necesaria y suficiente para revalidar su mayoría absoluta y convertirse en un "Aznar segunda parte". El "España va bien" de los tiempos aznarianos se han vuelto contra don Mariano y los suyos. En días como hoy, el Pepé calla como una tumba sobre los "Ronaldos" de José María. Así las cosas, hablar de Rato, Acebes y compañía es como mencionar a Roldán, Vera y Barrionuevo en la era de Zapatero. Por mucho que se esfuerce Cospedal en generalizar la corrupción, más allá de las paredes de Génova, lo cierto y verdad es que aunque "chorizos" hay en todas partes, en unas los hay más que en otras. No olvidemos que en los tiempos de Roldán, la corrupción era un asunto exclusivo del partido socialista. Nadie del Pepé habló de corruptelas como males democráticos sino como asuntos de partido. Gracias a que supieron articular la ecuación: corrupción igual a Pesoe, Aznar se hizo con La Moncloa.

Tortas, napolitanas y cruasanes

Cuando yo iba a octavo de EGB – allá por el año 1.988 – me vi envuelto, sin quererlo ni beberlo, en un caso de corrupción. No sé si la palabra adecuada es "corrupción" por la simpleza del asunto, pero, lo cierto y verdad, es que aquella historia marcó los valores de mi vida. Os cuento lo que sucedió. Todas las mañanas, a eso de las once, cuando sonaba la sirena, los alumnos de octavo "A" del colegio público Rafael Altamira vendíamos tortas, napolitanas y cruasanes en el patio del recreo. Las vendíamos, les decía, para pagar el viaje de estudios. La clase estaba dividida en grupos de vendedores. Cada semana, los grupos rotaban para que no les tocara siempre a los mismos estar al frente del chiringuito. Así las cosas, como éramos cinco equipos, nos tocaba una vez al mes. Al finalizar el recreo se hacía el "cierre de caja". La operación era muy sencilla: recuento de piezas vendidas; beneficios del día y pago al panadero. El delegado de la clase – Ernesto – se encargaba de ingresar, en el banco de la esquina, el dinero recaudado. Hasta aquí todo fenomenal: una clase de octavo que vendía tortas, napolitanas y cruasanes para pagar su viaje estudios.

Tal semana como ésta; la del tres al siete de noviembre, de hace veintiséis años, nos tocaba a nosotros montar el chiringuito y capotear al toro en el patio del recreo. Nuestro grupo era como una ensalada murciana repleta de tomates, huevos, atunes y pepinillos. En la jerga pedagógica: un grupo muy diverso. En él estaba Braulio, nervio en estado puro; Paco, raro como ninguno; Manoli, una fuera de serie en matemáticas; Javi, el hijo del barrendero; Carmina, una rata de biblioteca; "el tuerto", el nieto de Manolo, y yo: Abel, el gafotas de la clase y el peor jugador de fútbol que jamás haya existido. Manoli era la encargada de cuadrar la caja al final de la “jornada". Todos los días, las cuentas cuadraban "al pelo" hasta que llegó el viernes al mediodía. Ese día, a Manoli no le salían los números. "Esta mañana – recuerdo como si fuera hoy, las palabras de Manoli -, Alberto – el panadero – ha traído veinte napolitanas, cincuenta tortas y quince cruasanes. ¿Cómo puede ser que falten ochocientas pesetas en la caja?". Sin duda alguna: o alguien había cobrado de menos o alguno había metido la mano en la caja de las tortas. Al no salir ningún valiente que reconociese su fechoría, el tema trascendió al tutor; de éste al jefe de estudios y, finalmente a don José, el director. Las ochocientas pesetas malditas se convirtieron en el tema principal a las puertas del colegio. Todos hablaban de la supuesta "corrupción" que se cocía con el "negociete" de las tortas, napolitanas y cruasanes.

Don Luis era nuestro tutor; un señor alto y delgado; de aires quijotescos, y con muy malas pulgas. Cuando se enteró de la noticia, nos reunió a todos en su departamento. Nos dijo, en tono amenazante que: "al no salir la mano negra", se veía en la encrucijada de que pagásemos justos por pecadores. La sanción consistía en reponer, entre todos, las ochocientas pesetas. Ante semejante solución, me negué rotundamente a poner de mi bolsillo un dinero que no había robado. Por un lado, comprendía que el trabajo era en grupo, y por tanto, la responsabilidad era solidaria. Por otro, el encubrimiento de un ladrón me hacía cómplice del "atraco". La reposición del dinero, entre todos, tal y como quería don Luis no era inteligente porque con ello, nuestra honorabilidad quedaba manchada hasta los límites del olvido. Al tutor le interesaba que el tema se solucionara cuanto antes y, la mejor solución para salvar su pellejo de cara a la jerarquía, era – sin duda alguna – su propuesta; a pesar de no garantizar el beneficio moral para la mayoría. Por ello, porque no me parecía una solución acertada, me negué rotundamente a pedirle a mis padres las ciento quince pesetas; para dejar bien a don Luis, y yo quedar  como un chorizo de por vida.

Después de mucha pelea convencí a mis compañeros de no reponer el dinero. Don Luis tomó sus represalias. Las tomó hasta tal punto de que los notables se convirtieron en suspensos; los bostezos en castigos, y los saludos en desplantes. Hoy, veintiséis años después, aún no sé quién metió la mano en la caja de las tortas. No sé si fue Braulio; Manoli; Paco; Carmina; Javi o el tuerto. Lo que sí tengo muy claro, clarísimo, es que por las noches duermo tranquilo; aunque siempre llevaré colgando a mis espaldas la etiqueta de la sospecha. Durante años tuve que aguantar, por "ochocientas pesetas cochinas" que padres de mis amigos cuestionasen mi honestidad; que compañeros de don Luis dijeran que "no ponían sus manos en el fuego por ninguno de nosotros"; que la gente de la calle nos señalara con el dedo y, mil perrerías por el estilo. Desde aquello aprendí que la corrupción de los golfos trasciende a los honestos; que tales fechorías deterioran las instituciones y corroen las jerarquías. Aprendí que la corrupción es caldo de cultivo para rumores y prejuicios; aprendí – y perdonen la redundancia – que la corrupción no entiende ni de edades, ni de cantidades. Aprendí que "manos negras" hay en partidos políticos, bancos; monarquías, iglesias y hasta en patios de recreo.

Nosotros: los tontos, los idiotas

A veces me pregunto: ¿se piensa Rajoy que somos tontos? Me lo pregunto, les decía, porque cualquier tergiversación de la información es válida con tal de arañar un puñado de votos de cara a las próximas elecciones. El otro día, sin ir más lejos, se publicaron – como ustedes saben – los datos de la EPA. La "Encuesta de Población Activa" entiende por activo: cualquier persona, a partir de los 16 años, que durante la semana de referencia – la semana antes a la realización de la entrevista –  haya hecho alguna acción para buscar empleo, o haya trabajado, al menos, una hora. Luego quedan fuera del saco, todos aquellos que han tirado la toalla en su lucha por el curro. A ese grupo de ciudadanos que – hartos de enviar curriculums y de que no les suene el móvil para entrevistas de trabajo -, han decidido no buscar empleo; se les considera, a efectos demoscópicos: "inactivos". Es, precisamente, este razonamiento y, no otro, el que explica por qué los datos de la EPA han sido "mejores" con respecto a trimestres anteriores. Es, cierto, ciertísimo, que durante el verano se ha creado empleo por el influjo del turismo. Pero también es verdad que "medio millón de personas" ya no figuran en la categoría de los activos. Luego con menos población activa, o lo que es lo mismo, con menos sujetos buscando empleo es de sentido común que la tasa de paro haya disminuido; faltaría más.

A pesar de la tergiversación. A pesar de lanzar las campanas al vuelo con datos vestidos de mentiras y retórica barata; a la ministra de empleo – la señora Fátima Báñez – se le llena la boca cuando dice que su país está creando empleo desde los tiempos de Zapatero. Hoy, en la España de Rajoy, volvemos a ser noticia por la dualidad de nuestro mercado laboral. El "precariado" de los años felipistas vuelve a monopolizar los contratos que se registran en las oficinas del paro. La temporalidad y la parcialidad, o dicho en términos más claros, los "contratos basura" son los que enorgullecen a las élites de Génova. Contratos, les decía, con fecha de vencimiento, que lo único que crean es "comida para hoy y hambre para mañana"; todo lo contrario a lo que necesita la economía para activar las compras de coches y viviendas. Así las cosas, los contratos de trabajo se convierten en papel mojado para los señores de los bancos. Señores que no sueltan ni un duro sino leen en tales documentos: la palabra "indefinido". Es, por ello, que la creación de empleo es condición necesaria pero no suficiente para arrancar las turbinas del consumo. Sin fomentar la estabilidad en el mercado de trabajo, lo único que consiguen los señores del Gobierno es que los ricos – sus votantes de toda la vida – hagan su agosto, a costa de una reforma laboral hecha a su medida. Mientras tanto, los débiles – la inmensa mayoría – debemos dar gracias por comer las migajas que nos dejan los burgueses.

A las puertas de las elecciones autonómicas y locales, todo son caramelos para nosotros: los tontos, los idiotas. Digo esto – sin que nadie se sienta ofendido – porque al fin y al cabo- aunque no lo reconozcamos -muchos volveremos a votar a la "casta". La votaremos, a pesar de que al día siguiente de otorgarles la victoria, nos vuelvan a golpear con la puerta en las narices. Y es que, estimados lectores y lectoras, somos sadomasoquistas democráticos que caemos, erre que erre, en las trampas electorales. Caemos como ingenuos porque las promesas de creación de empleo y demás parafernalias, enturbian el daño que nos han hecho con los recortes; el copago; la Lomce; el IVA; la reforma laboral; la corrupción y, un sinfín de injusticias sociales que tardaremos décadas en revertir para los nuestros. Si miramos por el retrovisor veremos que de nada han servido dos huelgas generales; seis o siete – he perdido la cuenta – huelgas estudiantiles y, cientos de mareas: verdes, rojas y amarillas, para que la mayoría absoluta de don Mariano gobierne para el pueblo y no para los suyos. Solamente han frenado la reforma del aborto. La han frenado, cierto, porque han visto – tras las elecciones europeas – que si siguen por la senda del "absolutismo" – con Podemos por en medio – se iban a quedar para vestir santos en los próximos comicios. 

A veces pienso que no hemos hecho lo suficiente para plantarle cara a quienes nos castigan con sus políticas antisociales. Políticas, les decía, que nos han situado en la España retrógrada de los tiempos de vendimias. Estamos a años luz de aquel país que levantó la cabeza, tras cuarenta años de censura y opresión por el ordeno y mando de Franco. En días como hoy, la indignación no ha sido suficiente para derrocar del poder a un gobierno que desde que llegó a La Moncloa solo ha hecho incumplir con su programa.

Siento vergüenza ajena cuando veo en las noticias a sociedades civiles como la egipcia o la china que, con peores mimbres que los nuestros, han luchado como hermanos para cumplir sus objetivos. Aquí hemos gritado – cierto -, pero cada oveja por su lado: los médicos con los médicos; los maestros con los maestros; los desahuciados con los desahuciados; los preferentistas con los preferentistas y, los estudiantes con los estudiantes. Muchas mareas pero ningún tsunami social capaz de poner contra las cuerdas a la casta que nos gobierna. Solamente la integración de los versos sueltos, del descontento civil, en una misma estrofa haría cambiar el sino de las políticas antisociales. Por ello, es necesario, realizar huelgas conjuntas: laborales y estudiantiles; mareas multicolor y, mensajes al unísono para que, igual que ha dimitido Gallardón, caigan los otros por reírse de nosotros: los tontos, los idiotas.

Podemos, luces y sombras

El otro día leí un artículo de Ignacio Urquizu, publicado en El País. Ignacio es profesor de Sociología en la Complutense y colaborador de la Fundación Alternativas. Me gusta su forma de escribir porque utiliza metáforas acertadas para ilustrar sus pensamientos. La columna en cuestión se titulaba: ¿Por qué tiene éxito Podemos? En ella, el autor dijo que el partido de Pablo Iglesias era – y es – como un espejo donde se refleja el malestar de la gente.  Es, precisamente, la canalización de la indignación ciudadana, a través de las tribunas de Podemos, la que hace que la organización de Iglesias tome oxígeno, mientras los otros – el pepé y el pesoe – se desinflan como globos en los sondeos demoscópicos. La tecla del "populismo" o, dicho de otra manera, "decirle a la gente lo que quiere escuchar" es condición suficiente para que en tiempos de crisis y desafección institucional – como los que corren -, el pueblo recupere su ilusión por la política; la misma que recuperó con Isidoro en la España de Suresnes. Hasta aquí, el diagnóstico sociológico del éxito de Podemos: discurso populista; desafección civil por la política y, repulsa social contra la "casta política". Unos ingredientes perfectos para conseguir efectos similares al "yes we can" que Obama entonó para vencer a la derecha.

A pesar de que Barack se llevó el Nobel de la Paz por el "arte de la oratoria", lo cierto y verdad, es que su mensaje electoral está a años luz de sus hechos presidenciales. Digo esto porque el buque insignia de su campaña: "un Sistema de la Seguridad Social a la española" fue tirado por la borda por la Tea Party legislativa. Tan cortadas tiene las alas el líder de La Casa Blanca, que la mayoría de sus propuestas socialdemócratas, – aquellas que le valieron cuotas altísimas de popularidad en la víspera electoral – acaban, un día sí y otro también, en agua de borrajas. Ahora bien, a pesar del engaño. A pesar de no cumplir con las líneas de su programa y frustrar a quienes vieron en él, al mesías de su futuro; los hechos son que su oratoria – populista, retórica barata o como ustedes la quieran llamar -, le sirvió para hacerse con el cetro, y darle una patada en el culo a George, nuestro Aznar americano. Algo parecido, estimados lectores y lectoras, ha sucedido con don Mariano y su aplastante mayoría. Gracias a la crisis y las angustias de cinco millones de parados; Rajoy articuló – recomendado por Arriola – un discurso basado en promesas populistas para una masa enfurecida. Propuestas, todas ellas, basadas en el "España va bien" de los tiempos aznaristas. Tiempos en los que Rato era el Dios de la burbuja, y hoy – diez años más tarde – se ha convertido en una mancha negra para la marca de su partido.

Obama; Rajoy e, incluso Artur Mas han hecho gala de promesas electoralistas para llevarse a sus bolsillos a millones de ignorantes. Gracias a la "consulta separatista", el delfín de Cataluña ha entretenido a los suyos para tapar, con disimulo, las miserias de su gestión económica al frente de el Parlament. Tanto es así, que su popularidad ha subido como la espuma de la cerveza, que cada domingo se toma Josefa en la tasca de Rogelio. La contienda de la independencia solo ha servido para generar frustración a Cataluña. Frustración, les decía, a un pueblo que soñó que vivía en los tiempos de Maquiavelo. Hoy, el salvador de Cataluña se ha convertido en un charlatán de mercadillo donde su palabra vale menos que los ceros a la izquierda. Por ello, por engañar y jugar con las ilusiones de la gente, hoy los tres jinetes de la mentira – Obama, Rajoy y Mas – son el espejo al que no se debe asomar Podemos sino quiere terminar como ellos al paso de los años. Así las cosas, Pablo Iglesias y los suyos no parecen haber entendido que los tiempos de Suresnes no son los actuales. Aquellos años estaban pintados con el blanco y negro de cuarenta años de No-Do; de censura y miseria intelectual. Una España nostálgica por los tiempos de república y ansiosa de democracia, donde las mentiras electoralistas eran bienvenidas con tal de derrocar al tío Paco de su silla, su mandato. Hoy, la gente está harta de embustes y de juegos emocionales. La gente busca coherencia y eso es lo que le falta al líder de Podemos.

A Podemos le falta coherencia – sí señor – porque su discurso cala en los oídos de la gente pero se desmorona en los prados de la lógica. El "yes we can" de Pablo Iglesias no es suficiente para vehicular una alternativa de gobierno a la Tea Party europea. Digo esto porque el programa de Podemos está muy bien de cara a la galería pero, sin embargo, no es válido para quienes entienden – un poquito – de macroeconomía. No está bien para los entendidos en la materia porque la jubilación a los sesenta; el impago de la deuda; la renta básica para todo hijo de vecino, y otras medidas similares; supondrían comida para hoy y hambre para mañana. Tan malo es el liberalismo exacerbado como una socialdemocracia al borde del comunismo. La jubilación a los sesenta pondría en peligro la sostenibilidad de las pensiones; el impago de la deuda nos costaría la expulsión de Europa y, la renta básica supondría un cuarenta por ciento del PIB que los ricos – me temo – no estarían dispuestos a pagar. No lo estarían, les decía, porque en mundo globalizado como el nuestro buscarían otros países con menores cargas fiscales y más comodidades para seguir ganando dinero a costa de los débiles. Dicho esto, aunque me gustaría muchísimo creerme la utopía, auguro que el discurso de Podemos seguirá aumentando simpatizantes porque a nadie le amarga un dulce; pero cuando lleguen a la cima, muchísimos de sus votantes se acordarán de aquella fábula titulada: "El flautista de Hamelín". Atentos.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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