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Sobre barrios y dinero

Hace trece años, recién acabada la diplomatura en Relaciones Laborales, Alberto – el cuñado de Gregorio – trabajó como agente censal para el Instituto Nacional de Estadística. A partir de ahí supo que se había equivocado de carrera. Lo suyo no eran las leyes y el cálculo de nóminas sino las encuestas y el trato con la gente. Tanto es así, que años más tarde estudió en la UNED y se graduó en Sociología. Como agente censal se dedicó a realizar entrevistas para la elaboración del Censo de Población y Viviendas del año 2001. Le tocaron dos barrios antagónicos: el primero, periférico y marginal; el segundo, céntrico y señorial. El cuestionario censal indagaba sobre el nivel sociocultural de las familias y las condiciones higiénicas de las viviendas. Dentro del cuestionario había alguna que otra pregunta comprometida, que versaba sobre ingresos familiares y temas similares. Aunque su trabajo solo consistía en realizar las preguntas y cumplimentar las casillas; la primera impresión era esencial para que la entrevista transcurriera de la forma deseada. Si no había conexión en los primeros cinco segundos del encuentro, o dicho de otro modo, si la persona entrevistada no se mostraba receptiva para contestar a las preguntas, el "interrogatorio" se convertía en un "combate medieval" entre dos desconocidos. No olvidemos, que por mucha credencial que tuviera Alberto como agente censal; cualquier aspecto de su peinado, cara o vestimenta, se podía convertir en un obstáculo para que el otro – el entrevistado – respondiera con franqueza a las preguntas del cuestionario. 

En el primer barrio – el periférico y marginal – abundaban las casas antiguas y deterioradas; la mayoría con bragas, calcetines y calzoncillos tendidos en las sogas de los balcones. En las esquinas era normal ver a señores mayores; enlutados hasta el cuello, con sombrero, bastón y adictos al Ducados. Las motos de alta cilindrada contrastaban con el olor a cocido que desprendían las casas de puertas para adentro. Me cuenta Alberto, que en las aceras había latas de cervezas vacías e impregnadas de ceniza. Durante el mes que anduvo por aquellas callejuelas, un perro viejo le seguía por todos los rincones. Un perro pulgoso – como diría la gente con dinero – que se alimentaba de las sobras que le dejaban las señoras de la la calle. Los lunes por la mañana, todavía estaban llenos los contenedores de basura. El camión solo pasaba los martes y jueves, por las dificultades que tenía para acceder a tales callejones. A pesar de tanta miseria, la gente lo trató con muchísima cortesía. Tanto es así, que cuando terminaba de censar a alguien, la misma entrevistada o entrevistado le acompañaba hasta la casa del vecino, para que no tuviera que pasar por los filtros del prejuicio. Alberto también censó a muchísimas familias gitanas. En la mayoría de viviendas, los colchones estaban por los suelos; los techos sin escayola; los aseos sin váteres, y las habitaciones sin puertas. La última casa que censó estaba habitada por quince personas – abuelos, padres, hijos, nietos, novias de nietos, sobrinos, cuñados, primos y bisabuelos -. Lo más increíble de todo esto, es que ninguno de los quince censados trabajaba. Nadie supuestamente tenía ingresos, a pesar de tener los Audis y Mercedes aparcados encima de la acera. Aunque en el cuestionario no había preguntas de política, muchos gitanos le contaron – al cuñado de Gregorio – que el señor alcalde les había prometido ayudas y arreglos en sus calles, siempre y cuando votasen por la gaviota. A pesar de tanta miseria, la gente de ese barrio gozaba de buena salud; los hombres eran fuertes y morenos; las mujeres, altas y esbeltas con cabellos negros y rizados.

En el segundo barrio – el céntrico y señorial – abundaban las casas modernas. Todas con las puertas cerradas a cal y canto, e incluso con cámaras de videovigilancia en los portales. En las calles abundaban los coches de alta gama, los escaparates de Lacoste, las oficinas del Santander y los restaurantes Michelín. Por las aceras, las sesentonas paseaban con sus abrigos de visón, como si fueran actrices recién sacadas de la serie Falcon Crest. Mientras en el barrio marginal, las vecinas – con batas, pijamas y zapatillas de estar por casa – saludaban a Alberto por la calle e incluso lo invitaban a café; en éste, sin embargo, si podían le doblaban la cabeza cuando se cruzaban con él. La mayoría de esa gente no quería que nadie las entrevistara. No les gustaba que alguien "inferior a ellas" se sentara en sus sillones y contemplase sus jarrones. No olvidemos que la gente de dinero está acostumbrada a mandar y, por tanto, les sentaba como una patada en el culo que un "don nadie" de la calle les tosiera en su salón. Tanto es así, que varias familias no consintieron contestar al cuestionario, sin que antes lo leyera su abogado. Otras, sin embargo, eran receptivas hasta que comenzaban las preguntas comprometidas. Ante tales preguntas, mostraban sus miedos y temores a confesar lo que ganaban, por si Hacienda se enteraba y les amonestaba. En sentido metafórico: mientras en el barrio pobre, la gente se desnudaba y mostraba sus vergüenzas ante cualquier desconocido, en éste – el barrio rico – los vecinos se cubrían con el escudo para que nadie les hiriera. En este barrio, a pesar de haber tanto dinero, los hombres eran mórbidos – con barrigas como flanes – y rostros pálidos como los retratos de Velazquez. 

El otro día, sin ir más lejos, me acordé de Alberto. Me acordé de él por una noticia que publicó El País acerca de los efectos del dinero. Con el titular: "Así será la vida de los que ganen el Gordo de la lotería de Navidad", el redactor – Miguel Ángel Criado – hacía alusión a un estudio sociológico, realizado por la London School of Economics. Según el estudio, las personas agraciadas por la lotería se vuelven más conservadoras y gozan de peor salud física. El estudio – celebrado en Inglaterra – demostraba que hasta el 12% de los afortunados, que solían votar al partido laborista, se volvieron conservadores en las siguientes elecciones. En resumen, la gente que tiene dinero – en nuestro caso, el barrio pudiente – es afín a la derecha y los pobres – los que menos tienen, los del barrio marginal – a la izquierda. Es más hay un dicho popular – no sé si ustedes lo habrán oído – que dice así: "no hay nada más tonto que un obrero de derechas". El otro día, sin ir más lejos, una señora – de las altas esferas de mi pueblo – me decía, que su hijo – de seis años – a menudo estaba resfriado; a pesar de llevarlo al colegio con bufanda, guantes y chaquetón de Domínguez. Y, sin embargo, los niños del calvario – el barrio que censó Alberto -, andaban por las calles con camisetas de tirantes y nunca se resfriaban. ¿No será por qué son pobres?, le contesté.

Árboles doblados

Aparte de sociólogo, soy profesor de secundaria. Antes trabajé en Escuelas Taller, Casas de Oficios y Talleres de Empleo. En tales programas, desempeñé la docencia e inserción sociolaboral con colectivos en riesgo de exclusión social; alumnos provenientes del fracaso escolar, con la autoestima por los suelos y con un severo odio al olor a tiza. Recuerdo que detrás de cada adolescente había un drama familiar: padres alcohólicos, desempleo, hermanos drogadictos, malos tratos e incluso madres prostitutas. Aquellos años de mi vida fueron, sin duda alguna, los que más me desarrollaron como persona. Más que un doctorado en psicología y que todas las carreras juntas. Aquellos adolescentes fueron, para mí, una ventana abierta a un paisaje de árboles abandonados, endémicos de frutos, y con maleza por los suelos. Árboles doblados, les decía, con muchísima falta de regadío, y cuidados intensivos para enderezar sus tallos y curarlos de por vida. Ese era mi reto: convertir a alumnos, a los que nadie daba un duro por ellos, en gente de provecho para el día de mañana.  Tarea difícil, si tenemos en cuenta que la mayoría provenía del fracaso escolar, con expedientes manchados, e incluso algunos habían pasado por centros de menores. Eran alumnos de la calle, gente sin modales, con escaso vocabulario, y cuya frase más repetida en su jerga cotidiana era: "me cago en tu puta madre". Las pocas canas que tengo – en ocasiones se lo digo a mi mujer – me salieron en aquellas "jaulas" de las tripas alicantinas.

A una compañera de trabajo, estos alumnos la llevaron por el camino de la amargura. Tanto es así que un día le pusieron una "mierda" encima del capó de su coche; otro, la grabaron por el móvil; otro, le escondieron el almuerzo. Y así, un día sí y otro también, hasta que consiguieron – los muy "cabrones" – lo que querían: que la pobre mujer se cogiera la baja y abandonara la enseñanza. Desde el primer día de clase, Amelia no conectó con ellos. Aparte de ser una "máquina" en lo suyo – licenciada en pedagogía y premio fin de carrera – , mi compañera no se daba cuenta que su sabiduría no era condición suficiente para que su público aprendiera. No lo era, les decía, porque este tipo de alumnos, lo último que querían era una profesora que les removiera sus heridas escolares. Eran adolescentes "ni ni", ni querían trabajar, ni muchísimo menos estudiar. Lo único que buscaban era "calentar la silla" a cambio del aprobado. Las clases magistrales, los exámenes y las notas no era la tecla adecuada para dominar a las "fieras". No olvidemos que detrás de algunos fracasos académicos se escondían mentes brillantes. Mentes, desaprovechadas por sus circunstancias vitales, que si hubiesen estado en otro cesto, otro gallo cantaría. Eran, por tanto, adolescentes desmotivados ante la ausencia de una causa que les moviese a luchar en la vida. Una causa, les decía, que les subiese la autoestima y les alejase del riesgo de caer por los barrancos de la droga. No olvidemos que existe una alta correlación estadística entre fracaso escolar, drogadicción y delincuencia.

El primer día de clase, la tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo de cocina. Tanto es así que ese día tuve que tomarme un paracetamol, ante la invasión de energía negativa que recibió mi sistema. A partir de ahí, me di cuenta que no podía dirigirme a ellos como lo hicieron sus profesores de secundaria. No podía, les decía, porque esas teclas no funcionaron en su día y muchísimo menos ahora. La Escuela Taller era, para ellos, el último cartucho en su senda por las aulas; y mi función como profesor era esencial para enderezar su camino. Olvidé, durante un mes, todo el "rollo" de leyes, exámenes y notas; y puse toda mi atención en cambiar sus actitudes. Me di cuenta que a ellos "les importaba un bledo" los exámenes. Les importaba un bledo, les decía, porque la mayoría no estaban ahí por vocación sino por una cuestión de comodidad; un medio fácil para aprender un oficio con la ley del mínimo esfuerzo. Al fin y al cabo, no nos engañemos, estas Escuelas Taller y programas similares son un buen artilugio para aminorar las tasas de paro. Así las cosas, me puse manos a la obra. Lo primero que hice fue que cambiaran su percepción acerca de mi persona. No quería que me percibieran como un profesor más, de aquellos que "le fastidiaron la vida", sino como un guía en su camino; alguien con quien hablar de sus temas, sin considerárselos tonterías. A renglón seguido rasqué la capa que los envolvía y averigüé cuáles eran sus auténticos deseos. Y por último trabajé hasta el hastío la escucha activa. Me convertí en "el párroco de la escuela", al que todos le cuentan sus secretos y pecados. Gracias a esta estrategia conseguí romper el escudo que los envolvía. Una vez roto descubrí cuáles eran sus miedos y temores; sus sueños rotos y, sobre todo, de dónde procedía la "sangre de sus heridas".

Aquellos adolescentes ya no me veían como un profesor que iba a amargarles la vida, sino como alguien que les guiaba y ayudaba en la búsqueda del camino. Había ganado mi primera batalla, ¡bravo!, pero todavía faltaba la guerra. La segunda fase consistió en transmitirle los conocimientos de mi módulo – Formación y Orientación Laboral – mediante una metodología funcional. Para ello, para que ellos percibiesen que mi enseñanza les servían para algo el día de mañana, les puse ejemplos basados en sus inquietudes e ilusiones. No olvidemos que yo fui su "párroco de escuela", luego sabía que ejemplos ponerles para despertar su curiosidad por la materia. Con esa estrategia conseguí que se interesaran por el módulo; que no lo vieran como algo aburrido y alejado de la calle. Otra herramienta que utilicé para llevármelos a mi terreno fue, sin duda alguna, el refuerzo positivo. Con ello conseguí subirles su autoestima, punto imprescindible para el éxito en los estudios. Nunca les reforcé en negativo, sino todo lo contrario. Ante lo que no me gustaba de ellos: indiferencia. Ante lo que me gustaba: reconocimiento público. Al poco tiempo, el vocerío de las clases y las palabras malsonantes se fueron esparciendo; hasta tal punto que cuando alguno soltaba una palabreja en clase, los otros le miraban de reojo. Le puse pasión, muchísima pasión, a mi trabajo y ellos – mis alumnos – lo percibieron. Vieron en mí, que no era un profesor que iba a "poner la mano a final de mes", sino un docente que creía en lo que hacía y, lo más importante, que creía en ellos (los protagonistas del programa). Y por último, nunca les puse notas numéricas. Solamente utilicé los términos: bien, muy bien o excelente. Con ello, evité agravios comparativos y eliminé de la jerga de mi aula: la palabra "suspenso". En días como hoy, una década más tarde, todavía recibo correos electrónicos de aquellos adolescentes perdidos; algunos de ellos: padres, abogados e ingenieros. 

Los números de María

Por mucho que se empeñe el diario ABC en seguirle el juego a Rajoy, lo cierto y verdad, es que este país está a años luz del final de la crisis. Está años luz, les decía, porque a pesar de haber menos parados en las listas del antiguo INEM, mejores previsiones del PIB y menos miedos al rescate; en la Hispania de Mariano hay millones de familias que no llegan a final de mes y  otras que no tienen ni para comer. Es, precisamente, este contraste de realidades entre las cifras macroeconómicas, arrojadas por los escribas de Rubido – director de ABC -, y las angustias civiles – las de ustedes y la mía -, las que invitan a la crítica a reflexionar sobre el asunto. En términos relativos, o mejor dicho, si comparamos los datos del presente con los últimos días de Zapatero, el escenario económico es diferente. Es diferente porque, como ustedes saben, después de tres años con Mariano en La Moncloa: los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Hay más desigualdad entre los de arriba – las élites, las del portal de la transparencia – y los de abajo – nosotros, los que no aparecemos en tales menesteres -. En días como hoy, la España que nos dibuja Rajoy no es otra que una construcción mediática, orquestada por la derecha, para ganar las próximas elecciones. Unas elecciones que de cumplirse los pronósticos demoscópicos se atisba en el horizonte un cambio de ciclo político; fruto del desgaste del Gobierno, la irrupción de Podemos y la corrupción galopante.

El otro día, sin ir más lejos, María – una vecina de mi barrio – me decía, que en términos económicos su familia estaba en una situación de quiebra financiera. Estar en quiebra financiera significa, en la jerga de María, tener más facturas que pagar que dinero para pagarlas. Decía esta vecina, de las tripas alicantinas, que ganaba mil cien euros al mes; de los cuales: tres cientos veinte se los llevaba la hipoteca; cien, las facturas de luz y el agua; cincuenta, Vodafone; tres cientos, el carro mensual de Mercadona, y cien, gasoil para la Berlingo. Cuarenta, el alquiler de la plaza de garaje; treinta y largos para gastos corrientes: tabaco, prensa, cafés, butano, entre otros; cincuenta, la comunidad del edificio y, unos cien – más o menos – para imprevistos: reparaciones del coche, seguros y averías del hogar. María tiene dos hijos. El mayor – Alejandro – estudia segundo de bachillerato, y el segundo – Paquito – acaba de empezar quinto de primaria. El menor viste con la ropa de su hermano, y el otro suele llevar la ropa de su primo Enrique. La hipoteca, la sacaron para treinta años, o sea, que la última letra la pagaran cuando estén jubilados. Los ahorros que tenían se los han comido desde que Paco – su marido – se fue al paro hace tres años. Ella trabaja como administrativa en una ferretería. Trabaja con un contrato a media jornada, pero hace una media de diez horas diarias. Su jefe la explota pero – como dice ella – "¿dónde voy con cuarenta y seis años; un marido en el paro y dos hijos estudiando?". Si en estos momentos la echaran del trabajo, cobraría el paro a razón de cuatro horas diarias; una ayuda que le daría oxígeno para malvivir durante una temporada y, sería candidata segura para los próximos desahucios.

Es, precisamente, la situación de María, la que ilustra la auténtica verdad de millones de familias españolas. Economías domésticas – como diría Montoro – que si les aplicásemos algún que otro ratio financiero, de esos que tanto gusta al Gobierno, los resultados serían de culebrón americano. Así las cosas, el portal de la transparencia es una ofensa para nosotros, la mayoría. Es una ofensa, les decía, porque, aunque Rajoy cobre menos que sus mandos intermedios (algunos secretarios generales), lo cierto y verdad, es que su sueldo – 70.000 euros al año, limpios de polvo y paja – está muy lejos de los números de María. Es, precisamente, este abismo entre "los de arriba" y "los de abajo" los que explican las boberías del Presidente cuando anuncia, a bombo y platillo, la salida de la crisis. Ojalá – en palabras del ahorcado -, don Mariano fuera a uno de esos programas televisivos sobre "cambios de familia". Ojalá acudiese a ese tipo de programas porque, de ese modo, sabría lo que supone para gente como María: vivir con la soga al cuello y rezar todas las noches para que no le falte trabajo. Con 70.000 euros de sueldo anual; coche oficial; dietas a la carta y supuestos sobres en "B", es normal que el "transparente" de La Moncloa – nuestro hidalgo caballero: don Mariano Rajoy Brey – vislumbre gigantes donde los otros, nosotros, solo vemos molinos. Es, precisamente, esta distorsión de realidades entre Sanchos y Quijotes, la que justifica los suspensos de "la casta" en los sondeos demoscópicos.

En términos cuantitativos, la España de Rajoy – según titula una portada reciente de ABC – "da por superado el abismo". Lo da porque "el crecimiento casi dobla de la media de la UE; el paro se reduce en 500.000 personas en un año; el déficit es del 5.5%, y la prima de riesgo roza los 100 puntos". Las claves del Gobierno para llegar a tales resultados han sido – siempre según los escribas de Rubido – la Reforma de Báñez; la reducción del déficit y, la reestructuración bancaria, entre otras. En términos cualitativos, sin embargo, estamos en el kilómetro cero del "decretazo" de Zapatero. Digo esto, estimados lectores y lectoras, porque gracias a la reforma de Báñez hay medio millón de personas que han salido del paro. La mayoría con trabajos temporales y parciales e inmersas en los pozos del precariado: mano de obra barata – de usar y tirar – incapaz de activar el consumo de viviendas y automóviles, turbinas necesarias para sacar a España del atolladero. La reducción del déficit ha permitido que España no cayera en los precipicios del rescate. Ahora bien, no olvidemos que esta reducción ha sido gracias al desmantelamiento del Estado del Bienestar. Somos – como diría aquél – más ricos de puertas para afuera – para los ojos de Merkel – pero más pobres de puertas para adentro. Recuperar la clase media costará décadas de pancartas y gritos al unísono. Solamente cuando los contratos sean estables en lugar pasajeros, cuando el copago sea una historia del pasado, cuando el Salario Mínimo Interprofesional salga de su paréntesis, cuando la educación sea una inversión en lugar de un coste, cuando la sanidad sea un asunto de Estado, cuando la corrupción no ocupe las portadas de la mañana y cuando los políticos se miren el ombligo: daremos por superado el abismo.

Gafas rotas

Yo, aunque ustedes no lo crean, nunca fui un alumno ejemplar; tanto es así que repetí octavo de EGB. En mi casa, la verdad sea dicha, no había libros por encima de las mesas, ni periódicos arrugados en las bolsas de la basura; ni tan siquiera tuve primos arquitectos, médicos o abogados. Mi familia era – y es – una familia de orígenes humildes. Gente pobre – como diría mi abuelo si levantara la cabeza – pero trabajadora y honesta como ninguna. A pesar de la escasa cultura que reinaba en los intramuros de la casa, mi padre siempre admiraba – y admira – a la gente con estudios. La admiraba, cierto, porque por circunstancias de la vida – que diría el maestro Gasset si nos oyera -, desde muy jovencito, tuvo que "menar" para ganarse el pan de los suyos. "Menar" es una palabra muy común entre los vecinos de mi pueblo. Significa – en la jerga de Callosa – dar vueltas a la "Mena" para elaborar los hilos del cáñamo, materia prima de las alpargatas. El cáñamo fue la industria "buque insignia" del municipio. Cuentan las lenguas del ayer, que el cáñamo daba de comer a miles de familias callosinas en la Hispania del Caudillo. Así, tanto mi padre como casi toda su generación, el que más y el que menos, tiene callos en las plantas de las manos, de tantas vueltas y vueltas que le dieron a la "Mena". Eran tiempos de hambre y miseria donde la preocupación de la gente no era si subía o bajaba la prima de riesgo; o si la deuda pública se pagaba o se alargaba; ni tan siquiera preocupaba si votar a Pedro o Pablo Iglesias. Lo que de verdad preocupaba a esa gente, de las tripas del franquismo, era que sus pulmones no enfermaran ante los ojos de la "Mena".

Todos los domingos, mi suegro – un octogenario de sangre republicana – me cuenta cómo los suyos lucharon ante los avatares de la guerra. Tanto él como su padre tuvieron que emigrar, desde muy jovencitos, a las tierras de Granada. Me cuenta, que en aquellos años – de la España en blanco y negro, de curas y manguillos -, no era raro el día que pasaran ataúdes por las orillas del Genil. Ataúdes blancos con cadáveres infantiles, casi todos fallecidos en las frías noches de enero. La vida, me cuenta mi suegro: era – y es – un camino de rosas para unos pocos, y una senda de espinas para los pobres, la mayoría. Algunos domingos, después de comer, cuando él mira las sobras en los platos, nos suele decir aquello de: "¡como se nota que no habéis pasado hambre en tiempos de la guerra!". Y a partir de ahí, nos cuenta – una y otra vez – lo que él y su padre hacían para comer en la España del Caudillo. Nos cuenta que había días que comían pieles de patatas con pan y medallones. Los medallones eran las huellas que dejaban las boquillas de las botellas de aceite en el pan cuando eran golpeadas para extraer sus últimas gotas; lo mismo que hacen, ahora, los jóvenes con el Ketchup cuando comen en el McDonald's. Me cuenta mi suegro lo mal que lo pasaron cuando él y los suyos fueron a París en búsqueda de trabajo. Sin saber ni pío de francés, sin cultura y con telarañas en los bolsillos; no os podéis ni imaginar – cito sus palabras – lo que costaba a una familia de analfabetos comer un plato de fideos en los suburbios parisinos.

A pesar de que mi suegro las pasó canutas en los tiempos de posguerra, lo cierto y verdad, es que nunca fue preso del régimen; a pesar de ser rojo hasta la médula y no tolerar a los curas. Mi abuelo, por su parte, no tuvo la misma suerte. No la tuvo, les decía, porque los tricornios de Franco lo sentenciaron a tres años de cárcel por no comulgar con sus ideas. Todos los días – nos contaba mi abuelo, que en paz descanse -, a eso de las cinco de la mañana, "los funcionarios del tío Paco" sacaban a dos o tres presos a pasear por el patio de la cárcel. A la media hora, más o menos, se oían dos o tres "cohetes" en el cielo de Alicante, como si del día de San Juan se tratase. En otras ocasiones, los señores de la prisión llamaban a las celdas a altas horas de la madrugada. Los elegidos eran azotados con látigos hasta que la sangre asomaba por los surcos de sus espaldas. Tanto es así, y a las pruebas me remito, que nunca se me borrarán de la memoria: las tres líneas rojas que mostraba el "tata Joseíco" – mi abuelo – cada vez que se quitaba la camisa en las tardes de verano. Me contaba que a cinco celdas de la suya estaba preso un poeta de Orihuela. El "cabeza de patata", como cariñosamente le llamaban, era un hombre culto y educado. Un hombre – decía mi abuelo – de esos que domaban a las fieras con el aroma de sus palabras. Cerca de él también se hallaba el abuelo de mi mujer – Máximo -. Un hombre incómodo para el régimen que falleció en el patio de la cárcel cuando su hija – mi suegra – tenía tres años. 

Desde siempre, como les he comentado en alguna que otra ocasión, he tenido vocación de sociólogo y periodista. Me apasionaba – y apasiona – conocer el marco sociopolítico de los espacios vitales, porque gracias a él comprendía – y comprendo – mejor la complejidad del ser humano. Era tanta mi pasión por la sociología que cuando era niño cogía mi grabadora, al salir del colegio, y me iba al "Hogar del Productor" – último bastión de las tertulias orteguianas – para entrevistar a los señores que allí se hallaban. Quería saber cómo se vivía en los tiempos de República, mediante el testimonio vivo de sus espectadores. Aquellas grabaciones – historias de vida, en la jerga sociológica – las guardo como oro en paño en los recovecos de mi casa. La cinta número seis, diez de octubre del 1987, lleva por título: "gafas rotas". Tanto se emocionó don Manolo, mientras me contaba cómo se enamoró de su señora y lo mal que lo pasó cuando mataron a su hermano, que en unos aspavientos con las manos rozó mis gafas, y éstas cayeron al suelo. Cuando las cogió me dijo: "escucha Abel: hay muchos hombres, en este mundo, que viven inmersos en su ceguera; porque al caer sus gafas al suelo no tuvieron cerca a alguien que se las recogiera". Aquella frase me gustó tanto que hasta la escribí en la portada de mi cuaderno de sociales. Después de arreglarme, como pudo, la varilla de mis gafas; Manolo me contó lo que le sucedió con las suyas en la prisión de Alicante. Un día – me contaba – que a las cinco de la madrugada, le sacaron al patio a "tomar el fresco". Allí, después de unos cuantos azotes, sus gafas rodaron por el suelo. Un compañero que allí se hallaba se las cogió, y sin que se enteraran los del látigo, se las metió en el bolsillo de su pijama. Hoy, veintisiete años de aquel diálogo inteligente, comprendo que detrás de unas gafas rotas se esconden – en la mayoría de las ocasiones – cientos de discusiones, palabras malsonantes y malos tratos. Se esconden, les decía, porque el silencio de los miopes hace que vivan inmersos en su ceguera; con lo fácil que sería andar con gafas nuevas.

Las manzanas

Aunque sean disciplinas distintas, la Ciencia Política y la Economía guardan grandes similitudes. Ambas ramas del conocimiento pertenecen a las ciencias sociales; utilizan la estadística como herramienta de apoyo y, usan la "tarta" – en sentido metafórico – para explicar los fenómenos políticos y económicos. Mientras en Economía existen empresas y consumidores, en Ciencia Política convergen partidos y votantes. Mientras en la primera hay mercados de productos, en la segunda hay elecciones y programas. En sendas corrientes se utilizan herramientas de marketing para vender las propuestas y, en ambas hay estrategias similares para conquistar cuotas de mercado. Dicho esto, si leemos: "El arte de la guerra", obra escrita por Sun Bin, – estratega militar chino -, allá por el siglo IV antes de Cristo; nos daremos cuenta que tales disciplinas – la Economía y la Ciencia Política – guardan, al mismo tiempo, paralelismos con las estrategias militares. Al fin y al cabo, la lucha por liderar los mercados es una cuestión de estrategia militar donde entran en juego: las debilidades y fortalezas del enemigo, así como las oportunidades y amenazas del entorno. Solamente, quienes ostentan puntos fuertes y oportunidades son los que sobreviven y gobiernan los mercados, los países.

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El New Deal de Podemos

Dos veces por semana, Manolo imparte un taller de "alfabetización económica" en el barrio de Vallecas. Sus alumnos son jóvenes de entre 65 y 85 años con inquietudes intelectuales. Son jóvenes, les decía, porque a pesar de sus edades prefieren estudiar a Keynes y el "Flujo Circular de la Renta", que jugar a las cartas en la taberna de Gregorio. El objetivo de las clases no es que los discípulos salgan doctores en la materia, ni siquiera que le hagan sombra Krugman, sino que comprendan la lógica de los fenómenos económicos. Aunque sea un curso de iniciación, el alumnado no parte del kilómetro cero sino que saben de que se habla cuando su profesor nombra el gasto, los ingresos, la deuda, las compras y las ventas. Lo saben, cierto, porque a lo largo de sus vidas han tenido que gestionar su propia casa; y la Oikos Nomos – etimología de la palabra economía – no es otra cosa que el arte de administrar el patrimonio. Al fin y al cabo, gastar diez euros del bolsillo – por poner un ejemplo – es una decisión económica. Lo es, les decía, porque nuestras necesidades de compra son – virtualmente – infinitas y los recursos con los que contamos escasos; luego tenemos que pensar con acierto qué compramos y a qué renunciamos. Pues bien, tales decisiones, que todos aprendemos desde niños, son similares a las que toma el Gobierno cuando administra su casa – la nuestra -, la suma de todas las economías domésticas. Hoy, la clase versa sobre política económica. Una clase interesante, si tenemos en cuenta que hace pocos días se ha presentado el planteamiento económico de Podemos.

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Sobre piedras y palabras

Si en algo estoy de acuerdo con Sostres es con la frase: "escribir es meterse en problemas", eslogan que aparece en la parte superior derecha de Guantánamo, su blog de opinión alojado en la Web de Casimiro. Estoy de acuerdo con Salvador, les decía, porque aunque uno no lo quiera -salvo que escribas sobre ciencia ficción -, siempre que las palabras salen de la pluma, somos esclavos de las mismas. Somos – como diría el cuñado de Manuela – dueños de lo que pensamos, pero deudores de lo que decimos. Por ello, cuando escribimos, debemos andar con cautela para no meternos en líos por vulnerar los derechos de terceros. Si miramos por el retrovisor de los tiempos, nos daremos cuenta que grandes ilustres del pensamiento han sido decapitados por decir, en algún momento determinado, algo inapropiado. Tanto es así, que en tiempos de la Inquisición, como ustedes saben, existía la "presunción de culpabilidad", o dicho en otros términos, un individuo podía acabar en la hoguera porque alguien le acusara de algo que ni siquiera había dicho, tan solo por injurias y sospechas. Hoy, sin embargo, a pesar de que existe la "presunción de inocencia", una palabra mal dicha; mal entendida o molesta contra el sistema, puede arruinar la vida de cualquiera; aunque vivamos en democracia y exista libertad de expresión.

En las tripas del presente, hay escritores perseguidos y amenazados de muerte por la incomodidad de sus escritos. Roberto Saviano – autor de Gomorra -, sin ir más lejos, vive condenado entre los barrotes de sus palabras por los secretos revelados acerca de la Camorra y del crimen organizado en las sombras sicilianas. Su libro ha sido el culpable de más de dos millones de copias vendidas – evidencia que corrobora las teorías de Mejide en su obra: "#Annoyomics: el arte de molestar para ganar dinero" -, y de una persecución imparable por el clan de los Casalesi. Saviano, hace seis años, tuvo que abandonar su tierra por el alto riesgo de atentado que corrían él y su escolta. Salman Rushdie, por su parte, vive condenado a muerte por la publicación Los versos satánicos. Tanto disgustó su obra a las élites islámicas que, desde febrero del ochenta y nueve, su cabeza tiene precio en el mercado de los matones. Desde entonces, Rushdie no duerme tranquilo, ni siquiera se le ocurriría sacar a pasear al perro sin el chaleco antibalas. Los libros acerca de la guerra de Chechenia, escritos por Ana Politkóvskaya, sentaron como una patada en el culo al régimen de Wladimir. Tras un envenenamiento fallido, la periodista siguió, erre que erre, metiéndose en problemas. Publicó La Rusia de Putin, la gota que colmó el vaso para que fuera asesinada en el ascensor de su casa. No olvidemos, que aparte de tales ejemplos, la homosexualidad y la disidencia con el régimen de Franco, también le costo la vida al autor del Romancero gitano. Mario Benedetti y Beltolt Brecht también se metieron en líos por desnudar su pensamiento en alcobas equivocadas.

En el año 2012, no sé si ustedes lo recordarán, una joven, del Reino Unido, fue condenada a 56 días de cárcel por reírse en la red social del desmayo de un futbolista. Al parecer, la autora escribió un tuit con comentarios racistas y ofensivos contra el jugador, tras desplomarse en el suelo y temerse por su vida. Ese mismo año, el periodista Hamza Kashgari se ganó una condena de muerte por un tuit acerca de Mahoma. Hamad al Naqi, otro bloguero, está condenado a diez años de cárcel por blasfemar en twitter sobre la religión musulmana. En España, un internauta fue condenado a pagar una multa de unos 1.300 euros y pedir perdón a Cifuentes – la delegada del Gobierno de Madrid – por la retahíla de insultos que le escribió en las redes sociales. Francisco José Espinosa, posiblemente sería cabeza de cártel, por UPyD, para la alcaldía de Jerez, si no fuera por aquel famoso tuit: que le dedicó a los catalanes tras la victoria del Real Madrid. Tuit, les decía, de mal gusto que le costó su dimisión. Castelao – la apuesta de Báñez para presidir el Consejo General de la Ciudadanía Española en el exterior – no le quedó otra que dimitir, tras su comentario machista acerca de las mujeres: "las leyes son como las mujeres, están para violarlas".
Como les decía, estimados lectores y lectoras, las palabras son como las piedras del camino, que cuando las cogemos con la mano y las lanzamos al vacío; no sabemos, a ciencia cierta, si caerán en la cuneta o lesionarán al vecino. Por ello, porque no sabemos el sino de las mismas, es mejor, en ocasiones, no lanzarlas por si nos tocara resarcir a los otros por los daños causados.

Luis Gonzalo Segura, autor de Un paso al frente, ha sido arrestado, esta semana, durante 30 días por decisión administrativa. Ha sido arrestado, les decía, por los tentáculos militares para "impedir – en palabras del teniente – que otros militares hagan lo mismo" (que revelen la supuesta corrupción e irregularidades que se cuecen en las tripas cuartelarias). Es, precisamente, la oscuridad que se esconde en los estercoleros de algunas instituciones, la que hacen necesario que escritores como Gonzalo saquen a la luz la basura del sistema. La saquen, les decía, para quitarle la careta a quienes supuestamente viven como reyes, mientras los otros – los humildes – callan en sus garitas por el miedo a los galones. Ante la molestia del escrito surgen las mordazas del poder para acallar a quienes, por meterse en follones, han abierto los ojos a los otros: nosotros, los ciegos, los creyentes. Ojalá, todos los días, se publicaran libros como los de Saviano, Gonzalo o  Benedetti. Ojalá, les decía, porque gracias a esta literatura, de crítica y denuncia social, el vampiro de la corrupción moriría al sacarlo de las tinieblas. Mientras tanto, mientras la mayoría de los autores escriban sobre ciencia ficción y novelas históricas – algunas mal documentadas -, los "chorizos de cuello blanco" seguirán cometiendo fechorías y riéndose de nosotros por no tener quien les escriba. ¿Dónde están los valientes? Escondidos, respondió el camarada.

Censuras democráticas

A menudo recibo correos electrónicos de lectores y lectoras. Hay de todo tipo: algunos son para felicitarme por el blog y otros para sugerirme temas de interés. También recibo correos con quejas y descontentos sobre algún que otro post. Pues bien, el otro día recibí un mensaje de estos últimos. En él, la lectora – cuyo nombre no viene a cuento – exponía las razones por las que había dejado de leer el blog, tras dos años de seguimiento. Criticaba que "El Rincón de la Crítica" no tuviera una línea editorial definida como la tienen el resto de diarios. Esta falta de directriz editorial, le indignaba como lectora porque a veces se sentía incómoda con lecturas que arrojaban piedras contra su propio tejado. Me ponía como ejemplo los recientes artículos, publicados en el blog, sobre Podemos: "las debilidades de Podemos", "Podemos, luces y sombras" y "política ficción", entre otros. Escritos – me decía esta exlectora del Rincón – que barrían más hacía a la derecha que hacia la izquierda. Otro lector, sin embargo, criticaba que el blog tuviera vinculaciones con periódicos digitales, tales como: ElPlural.com y Vegamediapress, entre otros. Diarios – decía – afines a la izquierda, que manchaban la imagen de independencia y pluralidad defendida por esta bitácora. Eduardo García – lector del Rincón y cuyo nombre me autoriza a que sea mencionado – criticaba la ausencia de noticias y echaba de menos la presencia de otros columnistas para que las actualizaciones del blog fueran más frecuentes. Desde México, un estudiante de periodismo denunciaba, el otro día, que en España faltaban más "rincones" como el mío. Gracias a lugares como éste – decía – disponía de una ventana abierta para asomarse a nuestros problemas, con amplitud de miras, sin líneas editoriales definidas por rodillos partidistas.

En varias ocasiones, he manifestado, en distintos foros de opinión, que "El Rincón de la Crítica" no recibe subvenciones por parte de empresas y/o partidos. Es, precisamente, esta ausencia de servilismo económico hacia los intereses ideológicos, la que hace que el blog no posea una línea editorial definida, como sí la tienen La Razón de Marhuenda o el ABC de Rubido, por poner algún ejemplo. Así las cosas, el blog se distingue del resto de medios por la ausencia de censura, tanto en sus artículos como en sus comentarios. Entre los suscritos al Rincón, hay diputados del Pepé; alcaldes del Pesoe; lectores de Interviú; periodistas de la Sexta y adictos a Podemos. Quiero decir con esto, que el concepto de Crítica, tal y como algunos lo entienden en España, está a años luz de la función sociológica del mismo. En este país, y por favor no se sientan ofendidos, los lectores están acostumbrados a lecturas afines a sus mimbres ideológicos. Tanto es así que es raro, rarísimo- que las plumas de la Caverna hablen mal de Rajoy o de Aguirre, por ejemplo. Como tan inusual resultaría que el diario Público o el medio de Ignacio Escolar pusiera a parir – en sus habitáculos de opinión – a Sánchez o a Llamazares. Podrían, pero no es muy frecuente. Si lo hicieran a menudo recibirían cartas de denuncia y críticas de sus lectores; como así ha sucedido en El País desde que cambió de director. En tales medios, les decía, los periodistas opinan de conformidad con las directrices que les marca su línea editorial. Algunos buscan medios afines a sus modos de pensar. Otros, sin embargo, por cuestiones económicas o por falta de oportunidades, se torturan en los barrotes de su mente. Sus pensamientos, lo que de verdad opinan, no pueden trascender a las líneas del papel porque ello supondría una transgresión de la buena fe profesional y, por tanto, una carta del lector, quejándose por tal o cual opinión contraria a sus expectativas lectoras.

En el Rincón, por su parte, nadie determina sus escritos. Soy yo quien dice en voz alta lo que se cuece en su cocina. En ocasiones, mis pensamientos son afines con los colores de algún que oto partido, pero ello no es una condición necesaria que se cumpla en todos los artículos. No olvidemos que no existen dos personas en el mundo que piensen igual en todos los sentidos. Siempre existen y existirán puntos de discordia en el diálogo cotidiano. Hasta las parejas más afines han discutido, alguna que otra vez, por desacuerdos y formas de percepción distinta. Luego, estimados lectores y lectoras, si escribiera siempre, de conformidad con tal o cual partido, estaría siendo hipócrita con mis pensamientos. Sería un escritor populista, o dicho de otro modo, una pluma que escribe de acuerdo con los moldes de los otros; lo mismo que hacen la mayoría de columnistas de este país. 

Si tan independiente soy, ¿por qué escribo en diarios progresistas?, os preguntaréis algunos. Si observáis, tanto en ElPlural.com como en Vegamediapress – medios en los que colaboro desinteresadamente – mis artículos aparecen enlazados al Rincón. Gracias a esta forma de publicación, los escritos ganan visibilidad y, al mismo tiempo, nunca pierden su fuente original. Desde que escribo en el blog me han llegado muchas sugerencias de periódicos y revistas; invitándome a que escriba para ellos. Me piden que "desinteresadamente", o sea gratis, les autorice para que publiquen mis artículos, de forma íntegra, en sus medios. A todos les respondo que "no", precisamente por ello, para salvaguardar mi opinión de tales marcos ideológicos. Otra cosa, bien distinta, es que la colaboración sea entrelazada – como lo es en ElPlural y Vegamediapress – donde los artículos comienzan en el medio colaborador y acaban en el Rincón.

Si algún día me pagaran por escribir en el ABC, El Mundo o El País, entonces me convertiría en un escritor populista, como lo son la mayoría. Quizá si escribiera en el diario de Rubido tendría que contar hasta diez antes de poner a parir a Rajoy, o si escribiera para Público, tal vez, tendría que ser moderado en mis críticas contra la izquierda. Así las cosas, en muchas ocasiones he enviados artículos a periódicos, díscolos con los mismos, y nunca han salido a la luz. Nunca han salido a la luz, les decía, porque en este país, aunque ustedes no lo crean, todavía quedan residuos de las censuras de Franco.

  • SOBRE EL AUTOR

  • Abel Ros (Callosa de Segura, Alicante. 1974). Sociólogo y politólogo. Dos libros publicados: «Desde la Crítica» y «El Pensamiento Atrapado». [email protected]

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